Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 1 de febrero de 2026

George Woodberry un Húsar que ayudó a Las Merindades y atacó la monarquía hispánica en Venezuela.

  
Debemos viajar a la católica irlanda de 1759 para asistir al nacimiento del decimonoveno Regimiento de Dragones Ligeros con el conde de Drogheda como coronel y muchos de los soldados reclutados en esa isla. En 1763 se le cambió el numeral por el decimoctavo y en 1766 por el de cuarto regimiento. El 1769 recuperara el numeral decimoctavo. Estuvo tres décadas acantonado en Irlanda pero durante la Guerra de la Convención sirvió en la isla de La Española y, luego, en la Expedición Helder a Holanda, luchando en Bergen en 1799.

 
No cambiará en número de regimiento, pero sí su nombre: en 1805, pasó a llamarse Regimiento de Dragones Ligeros Irlandeses del Rey en honor al rey Jorge III; y en 1807, se llamará ya regimiento de húsares. Durante la Guerra de la Independencia de España luchó en Sahagún (1808), Benavente (1808), La Coruña (1809), Burgos (1812), Morales (1813), Vitoria (1813), Sorauren (1813), Orthes ( 1814) y Toulouse (1814). Al año siguiente, participó en Waterloo (1815) antes de unirse al Ejército de Ocupación de Francia. En 1821 el regimiento fue disuelto.
 
Evidentemente en esta bitácora hablamos de esta unidad británica porque cabalgó por Las Merindades, y con ella, George Woodberry que fue autor de unos diarios de la guerra. Y, si son seguidores de este blog, tampoco fue el único que escribió uno. Estos diarios fueron publicados íntegramente en 1896 por Georges Helie en francés que abarcaba desde enero de 1813 hasta julio de 1815.

 
Aquellos que han estudiado estos textos se sorprendieron al encontrarse que había dos versiones. Recuérdenlo. De todas formas, el estilo de escritura de George es fluido y ordenado mostrando que fueron escritos por alguien formado y que, además, era un escritor y narrador talentoso. Las entradas del diario son frescas y despejadas, con visión retrospectiva; divertidas, pero a menudo brindan la verdad sin adornos, tal como él la vio. A pesar de que comenzó a escribir a regañadientes, pronto se convirtió el diario en una fuente de consuelo para él y dejó de ser una tarea. Y, quizá, los conservó con vistas a publicarlos.
 
George Woodberry afirmaba haber nacido el 13 de abril de 1792 y consideraba Worcester su hogar. Es casi seguro que procedía de la familia Woodberry. Su abuelo George fue bautizado en Pershore, cerca de Worcester, y se casó con Hannah Mills en Claines el 22 de enero de 1760. Nuestro George era hijo de la siguiente generación de George Woodberry, que se casó con su madre María (de soltera Pitman), en Claines el 18 de julio de 1786. Pero no hay registros del bautismo de George en 1792.

 
Tampoco sabemos cómo hizo dinero su familia, aunque, el padre de George fue un amigo cercano del teniente general Sir John James Hamilton, primer baronet (1755-1835) de Woodbrook que era un oficial respetado y experimentado de la Honorable Compañía de las Indias Orientales. Se supone que el padre hizo su dinero comerciando con el lejano oriente, pero no sería miembro de la Compañía de las Indias Orientales, ya que no se lo puede encontrar en sus registros. La idea del comercio familiar está respaldada por la declaración de George de que su hermano mayor William había muerto en Surinam el 19 de agosto de 1809 y no parece haber servido en la Marina Real.
 
George Woodberry se unió al ejército, un poco tarde para alguien que comenzaba una carrera militar, ya que tenía veinte años cuando fue nombrado alférez en el décimo Regimiento de Infantería (North Lincolnshire) el 16 de enero de 1812, en sustitución de otro alférez que había renunciado a su cargo. ¿Por qué George comenzó su carrera militar tan mayor y por qué eligió un regimiento de Lincolnshire? Misterio. Aunque bien puede haber tenido algo que ver con el hecho de que un teniente coronel John Potter Hamilton, posiblemente pariente del citado general James Hamilton, estaba sirviendo allí. Por supuesto, George había comprado este rango, el precio reglamentario era entonces de 400 libras esterlinas, lo que no era una cantidad pequeña en ese momento y demuestra que claramente provenía de un entorno adinerado.

 
No sabemos si George se incorporó al décimo Regimiento de Infantería, porque entonces servía en el Mediterráneo, dado que no tardó en pasarse al más elegante decimoctavo Regimiento de Dragones Ligeros (Húsares) como corneta el 9 de abril de 1812, bajo el mando de R. Greville, que había sido ascendido. George volvió a comprar este puesto, el precio reglamentario para un corneta en un regimiento de caballería de línea era de nada menos que 735 libras esterlinas, aunque habría recuperado 400 libras esterlinas con la venta de su insignia en la infantería. Como vemos algo alejado de esa imagen de militares profesionales que los anglosajones se construyen.
 
El registro de George en el Regimiento de Húsares le hace nacer en Worcester, que tenía 21 años y que medía 1`75 metros de altura. Habiendo servido sólo ocho meses en los húsares, apenas tiempo para completar su entrenamiento de equitación, compró un puesto de teniente el 10 de diciembre de 1812, en el regimiento de Samuel Greathead, que se había retirado. Esta compra le habría costado la suma de 997 libras y 10 chelines, aunque habría recibido 735 libras de vuelta por la venta de su puesto de corneta.

 
Los costes de convertirse en oficial de caballería eran astronómicos: se necesitaba un corcel, un segundo caballo y un caballo de carga, talabartería, uniformes de gala y de ordinario, un sable de caballería ligera curvado modelo 1796 y pertrechos, así como un equipo de campamento adecuado para que un joven caballero pudiera ir de campaña. Sin contar los necesarios sirvientes hablaríamos de unas 458 libras esterlinas. Por tanto, el padre de George habría desembolsado más de 60.000 euros de hoy para obtener su grado de teniente. Quizá esta sea una de las razones por las que los ingleses actuaron como lo hicieron en la tierra de sus aliados: el dinero. Un teniente cobraba 164 libras esterlinas y 5 chelines al año cuando se calculaba que un oficial necesitaba una asignación -en nuestro caso de su padre- de no menos de 500 libras esterlinas al año para mantener el nivel que se esperaba de un oficial subalterno.
 
El 1 de enero de 1813, al parecer de mala gana, comenzó a escribir el diario cuando el regimiento salió desde Brighton para unirse al ejército de Portugal. ¿Por qué escribía un diario? La respuesta obvia sería que era común que un oficial llevara un diario, casi con toda seguridad para fijar los recuerdos y leerlo y leérselos a su familia en años posteriores. En el caso de George existe el hecho inusual de que han existido dos versiones del primer volumen que van desde enero a septiembre de 1813, aunque la que se usó para la traducción francesa parece haberse perdido junto con los diarios que continuaron hasta 1815. ¿Por qué dos copias? Solo puede ser porque había prometido enviar una copia de su diario a casa, posiblemente en lugar de escribir cartas, ya que hay pocas pruebas en su diario de que alguna vez les escribiera, aunque a menudo menciona que escribía a su novia en Inglaterra y, por supuesto, a su contable. Las sutiles diferencias entre los textos de las dos versiones se deberían a una ligera censura porque no repite algunos encuentros con mujeres o suaviza las descripciones de algunas de sus travesuras, pero a veces también cambia ligeramente sus declaraciones, probablemente basándose en un conocimiento más completo de un incidente ocurrido en un momento posterior.

 
Como decíamos, a principios de 1813, George llega a Lisboa, donde el regimiento estaba con otros dos de húsares para unirse al Ejército del Duque de Wellington que estaba invernando a lo largo de la frontera portuguesa. Con la primavera el ejército anglo-portugués marcharía a España para continuar la guerra y arrasar tierras y franceses. E industria. Y rapiñar.
 
El ejército de nuestros “aliados” británicos desbordaba optimismo porque había llegado la noticia de que Napoleón había perdido su “Armée” en Rusia ese invierno y los franceses estaban reduciendo sus efectivos en España para compensar las pérdidas en el norte. Ese ejército avanzará derrotando a los franceses. A mitad de junio de 1813 los húsares del decimoctavo regimiento, procedentes de Burgos, llegan a Las Merindades. Su camino será por el páramo de Masa, por el camino del pescado. Pasarán por Cernégula, Puente Arenas, Los Hocinos, Horna y Medina. Allí estará el teniente de húsares George Woodberry. Y sus impresiones y experiencias escritas en sus diarios:

 
[…] Burgos, que para mí pesar sólo vi a tres kilómetros de distancia, es la capital de Castilla la Vieja, y algunos escritores dicen que es la Bravum de Tolomeo. Por mucho tiempo fue el asiento de la monarquía castellana, pero el emperador Carlos V transfirió esta dignidad a Madrid. Burgos, sin embargo, está todavía considerada como la segunda ciudad en España, en dignidad e importancia antigua [...]”. En la otra versión leemos: “El famoso convento de la cartuja de Miraflores se encuentra cerca del lugar de nuestra última acción”.
 
“Cernégula. Lunes 14 de junio [de 1813]. La carretera siguió por inmensas llanuras de montaña [...] Estábamos todos muy cansados al llegar aquí, después de haber marchado por lo menos ocho leguas. Esta aldea, con una luz bonita, está al pie de un alto monte [...] La otra versión nos dice: “La ruta continuó a través de grandes montañas y llanuras durante ocho millas hasta este hermoso pueblo, que se eleva al pie de una alta montaña, y estaba a su vez a dos mil pies sobre el nivel del mar”. Vemos que, aquí, las variaciones son mínimas.

 Horna

“Orne [Horna]. Martes 15 de junio. Poco después de las cuatro marchamos hacia este lugar, y descubrimos que estaba todavía más lejos que el de ayer, al ser nueve leguas. La carretera por las cinco primeras leguas va por un llano. Después llegamos a un paso tremendo formado por elevadas montañas [...] Aquí llegamos a Puente Arenas y pasamos el Ebro por un bonito puente. Ahora teníamos que ir por otro desfiladero por el que discurre el río. Es imposible imaginar un escenario más terriblemente salvaje que este estrecho paso entre los montes. El escenario es de lo más hermoso [...] Después de dejar el río llegamos a un hermoso valle rodeado de altas montañas, y que está ricamente adornado con campos de cereal, árboles frutales y corrientes transparentes [...] Agarré un cordero de un rebaño en la orilla del camino, lo maté al estilo húsar, con mi espada, y lo dividí con Mr. Barrett del decimoquinto de húsares. Cené aparte y pienso que no he disfrutado más una comida en mi vida. Me duele el corazón por la desafortunada infantería, a la que vi pasar hoy marchando, tanta gente tirada en la cuneta, sin poder dar un paso más. Es imposible para los pobres muchachos marchar de treinta a cuarenta millas dos días seguidos [...]”. Cómo hemos comentado las dos versiones que hay de los diarios tienen diferencias: “Partimos esta mañana a las cuatro de la mañana para Horna, un viaje de nueve leguas. Hemos visto a las columnas enemigas moverse por la llanura en dirección a Miranda de Ebro, donde cruzan el río, y donde me entero de que han tomado posición. Ellos estuvieron anoche a ocho leguas del río, y nosotros a cinco. Estuve con Barrett, del decimoquinto de Húsares, a campo a través. Tomamos un cordero de un rebaño, lo tratamos a la manera de los húsares, con el sable, lo descuartizamos y tuve una parte de él para mi cena, que me pareció muy buena. Me duele el corazón por los desafortunados soldados de infantería ¡Hay algunos tirados a un lado del camino! Es imposible que los pobres diablos hagan marchas de treinta o cuarenta millas dos o tres días seguidos en un clima tan caluroso. Pero Lord Wellington quería hacer que el ejército cruzara el río hoy. ¡Solo Dios sabe lo que puede suceder mañana!”
 
“Torres, cerca de Medina, el miércoles 16 de junio. Esta mañana marchamos a las cuatro a Medina, donde la brigada paró casi tres horas por órdenes [...] Fui a Medina y compré varías cosas para añadir a mi almacén de campaña, eso es, coñac, jamón, higos, nueces, etc. Es un pueblo muy antiguo. Tiene tres iglesias y un hermoso castillo romano [ejem], que le da un noble aspecto al lugar. También tiene muchas mujeres hermosas, a quienes vi en sus ventanas muy bien vestidas de negro. Las mujeres son de tez más clara por lo general, y mucho más hermosas que las portuguesas. Parecen encariñadas de nuestros ingleses. En mi opinión son muy parecidas a las mujeres de mi país, y las aprecio más por eso. Estamos acampados en un bosque de robles, encantadoramente situado en las orillas del Trueba, como medio kilómetro de la aldea de Torres, una aldea abandonada, debería de haber dicho, ya que no queda en ella media docena de habitantes, aunque hasta hace poco estaba habitada por 350 personas. Actualmente está en un estado ruinoso. Los restos de su antiguo estado se ven claramente por las ruinas de varias casas muy excelentes [...] Fumar es un pasatiempo favorito entre todo tipo de hombres en España. Aparte del placer que produce, ellos estiman que previene contra enfermedades resultantes del frío y la humedad de las noches de este país”.

 
Miramos ahora la otra versión de sus diarios: “Esta mañana, marcha sobre Medina, donde la brigada hizo un alto de tres horas para esperar órdenes. Fue enviado a esta ciudad el decimoprimero, decimosegundo, decimocuarto, y decimosexto de dragones ligeros; tercero y cuarto de dragones de la guardia; los dos regimientos de la Guardia y los Azules; el Regimiento de Húsares Alemanes; y nuestra brigada: décimo, decimoquinto y decimoctavo Regimientos. Ayer por la mañana, el enemigo ofreció batalla al general Hill, que la rechazó porque sólo tenía quince mil hombres, mientras que los franceses tienen cuarenta y cinco mil. He ido a Medina y he comprado, para completar mis provisiones de campaña, aguardiente, tocino, higos y nueces. Vi mujeres muy atrevidas en sus ventanas, vestidas de negro muy coquetamente; generalmente son muy rubios y mucho más hermosos que las portuguesas. Parece que les gustan mucho los ingleses, y se parecen mucho a las mujeres de mi país; las admiro aún más. Vivaqueamos en un bosque de robles deliciosamente situado a orillas del Trueba y a un cuarto de milla de Torres”. Vemos que en esta versión se acentúan las referencias militares y es, un poco, más atrevida en las descripciones de mujeres. Desde aquí sólo veremos una de las versiones, pero nos será suficiente.
 
 “San Lorente, jueves 17 de junio. El camino estaba en mal estado hoy. Más de mil hombres están acampados a cuatro millas de nosotros. Ahora estamos haciendo el servicio de puestos de avanzada. Los enemigos están en Vitoria con gran fuerza. Se retiraron de Burgos a placer, pensando que tenían a todo el ejército inglés en su retaguardia, y sólo cuando supieron que nosotros habíamos marchado por su flanco se retiraron con toda la prisa posible. Creo que mañana recogeremos a los rezagados y que tal vez podamos hacer frente a algún cuerpo de ejército francés. Mi amigo Smith es el joven más irlandés que he conocido. En este momento, cuando todos los soldados tienen que dar ejemplo, creo que está muy equivocado. Su distancia de la señora Smith puede ser la causa de esto, pero tal motivo no es aceptable para un húsar. Algunos de los guerrilleros españoles están vestidos ropas y sombreros franceses y los otros con viejos uniformes ingleses”. ¿Qué insinúa sobre el irlandés Smith? ¿Lo escribiría en la otra versión?

San Llorente
 
“Desde una campa frente a Berberana, viernes 18 de junio. Hablamos al final de la mañana. Pensamos ir hasta Vitoria, pero cuando llegamos frente a Villa Albia [Villalba de Losa], nosotros, el general Graham, nos enfrentamos al enemigo, que defendió una aldea y un paso durante casi una hora, y luego se retiró en desorden a Vitoria, pisándole los talones nuestra infantería. Como el país es montañoso, la caballería se vuelve inútil y hoy pasaremos a la retaguardia. Después de haber recorrido casi cuatro horas, durante las cuales llovió sin parar, llegó la orden de vivaquear donde pudimos encontrar agua y forraje. Nuestro campamento está debajo de una colina alta en el valle. entre Villa Albia y Berberana, cuartel general de Lord Wellington”.
 
“Sábado, 19 de junio. Al no haber recibido ninguna orden de marcha, seguimos sin información. No tenemos árboles que nos cobijen. El ejército español ha comenzado a pasar cerca de nuestro campamento a las dos de la madrugada y a las once sigue marchando, pero la lluvia me ha impedido ir a verlo. He visto al general español Ballesteros. Es un hombre guapo que parece tener sesenta años. Su estado mayor estaba compuesto por una docena de oficiales bien montados y bien vestidos. Vi a una tropa guerrillera vestida así: una pelliza de húsares y un collar con el penacho (perteneciente al séptimo), un par de calzones franceses de felpa escarlata y botas de salvavidas”.

 
Este fue el último comentario sobre Las Merindades y desde Las Merindades. Llegará a la batalla de Vitoria y a Francia, será herido en Mendionde (País Vasco francés) en un enfrentamiento con la caballería francesa mientras Wellington avanzaba. George, Jorge, tras bautizarse en la Iglesia Católica y abandonar la tierra de Napoleón, retornará a su patria. En 1818 se retiró del ejército inglés y se estableció en Trinidad para aliviar su reumatismo. Llevaba en su pecho la Medalla de Waterloo. En la isla hizo amistad con William White, amigo de Simón Bolívar. En una carta entre ambos, White recomendó a Woodberry, quien deseaba luchar contra la Corona Española. Bolívar, en carta del 29 de septiembre de 1818, lo acepta. A finales de ese año llegó George a Guayana, donde se enroló, recibió el despacho de teniente coronel y fue transferido a artillería. Entre el 15 de julio y el 5 de agosto de 1819, Rafael Urdaneta llevó a cabo una expedición armada en las provincias orientales de Venezuela, con voluntarios extranjeros en su mayoría. George Woodberry tomará parte en ella atacando la plaza realista de Barcelona. Por diversas razones los mercenarios proporcionados por la corona británica se amotinarán siendo licenciados y organizando una división con parte de esas tropas. Al mando estará el coronel Fridental y como mayor tendremos a nuestro George. En noviembre de 1819 es nombrado jefe del estado mayor de la Legión Británica. En noviembre de 1820 lo encontramos como jefe de Estado Mayor de la Guardia en carácter interino. En 1821, el teniente coronel Woodberry será nombrado Jefe de Estado Mayor de la Tercera División. En 1823 era Jefe del Estado Mayor del general Páez.

 
George, como en la Guerra de la Independencia española, escribirá un segundo diario que va desde el 25 de noviembre de 1820 en Sabana Larga hasta el 14 de junio de 1821 en Barquisimeto. Se casará y tendrá familia en Venezuela donde se retira de la vida militar. Al fallecer es enterrado y su cadáver es posteriormente trasladado de cementerio, pero sus restos desaparecen.
 
 
Bibliografía:
 
“Tras las huellas del coronel George Woodberry”. Carlos Pérez Jurado.
“Carlos Eloy Demarquet y George Woodberry, dos voluntarios extranjeros de grata recordación”. Héctor Bencomo Barrios.
“Viajeros por Las Merindades”. Ricardo San Martín Vadillo.
The Gareth Glover Collection
National Army Museum.
Diarios de George Woodberry.
Arre Caballo!
 
Para saber más:
 
Arre Caballo!
 
 

domingo, 25 de enero de 2026

Solo el dinero del pueblo salva al pueblo.

 
 
Hace tiempo estuvimos husmeando entre los viejos documentos que se han salvado de la hoguera, o de la tripa de los ratones, en los archivos de Barriosuso. Nuestro agradecimiento por ello a todos los que pensaron que esos legajos llenos de polvo tienen algún valor. Al menos para esta bitácora. Además, la que leeremos tiene una anotación a lápiz que ha sobrevivido y de la que hablaremos luego.
 
Cojan su DeLorean y nos situamos en el año 1829 para comprender esta circular donde el Arzobispo de Burgos, Alonso Cañedo Vigil, lanzaba una petición para todos los curas y clérigos de su diócesis incluidos los superiores de los monasterios y conventos. ¿Qué pedía el bueno de Alonso? Dinero a una sociedad que estaba en crisis económica desde la victoria contra Napoleón.

 
¡¿Acaso esperaban que un cura pidiese otra cosa en 1829?! No respondan, era un pregunta retórica. Dirán ustedes que la Iglesia ya recaudaba lo suyo. Y lo suyo era:
 
  • Diezmo: la décima parte de la producción agrícola y ganadera del feligrés, recaudado por la Iglesia para su propio sustento y el de sus obras. Pero debemos entender que, de este dinero, la Iglesia también entregaba parte al estado, Corona y la nobleza, a través del subsidio y el excusado.
  • Primicia: sobre el primer fruto o la primera cría.
 
Por no dejarles con la curiosidad les diremos que el subsidio eran pagos obligatorios que la Iglesia hacía a la Corona a cambio de no ser sometida a impuestos reales. El excusado, por su parte, era una contribución implantada durante el reinado de Felipe II donde la propia Casa Real recibía el diezmo de forma íntegra de una parroquia, elegida previamente por el monarca. Evidentemente no elegía Barriosuso.
 
Además, recuerden, estamos en el reinado de Fernando VII. Esto significa que todavía no ha empezado la cascada de desamortizaciones asociadas a la primera guerra carlista. Vamos: que tendría que haber “pasta”. Y capacidad de obtenerla. Piensen que el diezmo y las primicias eran impuestos directos obligatorios para todo el mundo que gravaban la renta de la tierra y que, para recaudarlo, se necesita información sobre los contribuyentes y un recaudador. ¡Pues la Iglesia lo tenía!: el cura de cada pueblo. ¿Acaso pensaban que se preocupaba solo de las almas?

Iglesia de Barriosuso.
 
Entonces, ¿por qué pedía dinero el señor arzobispo? Leamos la circular:
 
“Angustiado nuestro corazón del más acervo dolor, nos vemos precisados a recordaros el triste espectáculo que presentan nuestra afligida imaginación las ruinas, muertes, desolación, y desamparo de tantas familias oprimidas por la desgracia a que las ha reducido el espantoso terremoto que en la tarde del veinte y uno del pasado [21 de marzo de 1829] se ha dejado sentir, y hecho una horrible explosión en muchos pueblos de las Provincias de Murcia, y Orihuela. Por no atormentar vuestra memoria dejamos a los papeles oficiales que publiquen la descripción, y relación circunstanciada de los inauditos padecimientos de aquellos infelices habitantes, que en tan breves momentos han perdido los unos la vida, otros sus fortunas, muchos la habitud para ganar el sustento en lo sucesivo, y todos se hallan aun poseídos de imágenes de terror.
 
Hijos: adoremos humildes los inescrutables juicios del Altísimo, Dios Omnipotente, de cuya mano debemos recibir con la mayor sumisión así las felicidades como las desgracias, unas y otras encaminadas por los designios de su alta Providencia a nuestro mayor bien. Pero no nos olvidemos de sacar de esta calamidad las espirituales utilidades que ella misma nos ofrece. ¿Somos nosotros acaso mejores que nuestros hermanos afligidos? ¿Tenemos alguna seguridad de que no descargará sobre nuestras espaldas el mismo azote que los ha herido? O ¿negaremos insensatos el poder de nuestro Dios, irritado por la multiplicada serie de nuestros extravíos? Amados nuestros en el Señor: reconozcamos nuestro infeliz estado. Preparémonos a desarmar su justa ira mientras hay tiempo, y antes qué seamos sorprendidos. Escarmentemos en cabeza ajena, ya que la misericordia del Señor nos llama todavía como Padre amoroso poniendo delante de nuestros ojos este funesto ejemplo para que conmovidos confesemos con humildad nuestros excesos, le pidamos perdón de todos ellos, y nos propongamos una verdadera enmienda. Si una sola muerte repentina que una, u otra vez oís, o veis os espanta, os llama hacia vosotros mismos como expuestos a padecer el mismo accidente. ¿Cuánta impresión no deben causar en vuestro espíritu tantas súbitas muertes como sabéis se han verificado en breves instantes? ¡Ay de nosotros, si sordos a los llamamientos del Señor, dejamos pasar con indiferencia este paternal aviso, nos olvidamos, y no nos aprovechamos de tan eficaz auxilio!”
 
Creo que se identifican las ideas fuerza de estos dos párrafos: Ayudar a las víctimas del desastre de Orihuela y Murcia y “aflojar la mosca” en ese sentido porque si no, el dios vengador puede llegar a desatar su ira sobre los tacaños burgaleses al igual que lo ha hecho sobre los pecadores murcianos. Un mensaje claro: paga pecador para contener la ira de Dios porque Él sabe que tú eres un pecador merecedor del castigo celestial. Y no piensen que hoy no se aplican estos retorcidos métodos de coacción porque…
 
“Pero no es este solamente el objeto de nuestra pastoral exhortación. Nuestros hermanos, a quienes fuera de los vínculos sociales nos unen los más estrechos de la caridad cristiana, yacen cadáveres entre las ruinas y escombros de sus habitaciones y fortunas; y los que sobrevivieron a la calamidad carecen de todo recurso humano para atender a su subsistencia. Millares de familias sin albergue, andan errantes sin tener a donde volver sus tristes ojos para aliviar su miserable situación. Los hospitales están llenos de personas estropeadas por el impulso de esta desgracia. Lágrimas tan solamente ofrecen en la desventura de haber perdido en un momento las personas más amadas, imposibilitados de tributar a sus almas los sufragios religiosos, pues que ellos mismos no tienen medio alguno para atender a sus principales necesidades. ¿Quién no se duele de semejante estado de miseria? Criaturas inocentes sin Padres; padres ancianos sin los hijos en quienes tenían cifradas sus justas esperanzas; esposas sin maridos; huérfanas destituidas de personas allegadas, moribundos, estropeados, este es el cuadro del horror causado en pocos minutos. La sola compasión que naturalmente nos excita es demasiado estéril, y nuestra sagrada Religión exige en su favor recursos positivos. Nuestro piadosísimo Monarca [Fernando VII] en la Carta-orden circular que se ha servido dirigirnos con fecha de 5 del corriente, se digna como Padre verdadero de sus súbditos desvalidos tomar su voz dándonos el ejemplo de caridad en medio de los apuros que le rodean, y recordándonos nuestro cristiano deber para con nuestros hermanos desamparados. Da en ella las regias más oportunas para impedir que se extravíen, o malogren los recursos que se proporcionen, y para que se distribuyan a los indigentes según la verdadera clase de necesidad de cada uno”.
 
Nos carga de sentimentalismo la tragedia para ablandar nuestros corazones (léase bolsillos) y nos presenta el ejemplo de la generosidad de Fernando VII enviando 1.500.000 reales y 20.000 fanegas de trigo para la reconstrucción. ¡Justamente Fernando VII! Por suerte, nuestro sistema tributario actual nos permite sabernos protegidos y que, en caso de tragedia -por un decir: terremotos, volcanes, pandemias, inundaciones o descarrilamiento de trenes-, siempre dispondremos de los medios de auxilio de forma rápida y abundante. Quizá. Quizá no.

 
“Ea pues, amados hijos: Si queremos acreditar que permanece en nosotros la caridad de Dios, no neguemos a nuestros próximos los socorros que nos reclama. Esforcémonos a contribuir con aquello que permita nuestra respectiva fortuna en favor de tantas personas afligidas. Venerables hermanos nuestros, dignos individuos de nuestra Santa Iglesia Metropolitana, cuya caridad es tan notoria: Presidentes y Cuerpos Eclesiásticos de nuestra Diócesis; Vicarios, Curas, Beneficiados, y demás cooperadores en nuestro sagrado Ministerio, de uno y otro Clero a vosotros principalmente se dirige nuestra voz pastoral en esta ocasión, esperando que no saldrán defraudadas nuestras justas esperanzas, vuestra generosa compasión animará al Pueblo para prestarse dócil a reconocer la obligación que tiene de socorrer tantos miserables, cuando en fuerza de vuestro deber le expliquéis hasta donde se extiende este precepto. No se nos oculta la escasez de vuestras fortunas por un efecto de la calamidad de los tiempos; pero no os arredre para dejar de contribuir la pequeñez de vuestros dones. El mismo Dios a quien haréis este obsequio, lejos de desdeñar la escasa ofrenda de la mujer viuda, la ha dado un mérito superior a cuantiosos dones: y en esta ocasión no dudéis que los aceptará benigno […] el afecto que la cantidad siempre que sea proporcionada a vuestros medios.
 
Fieles pudientes: reconoced que el Señor os ha colmado de bienes temporales, para que cubiertas vuestras atenciones , dais con el sobrante imitar su caridad distribuyéndole en socorrer las urgencias de vuestros hermanos menesterosos. Cercenad al menos a la comodidad y ostentación una parte de sus consumos, y apresuraos a repartirla con mano benéfica entre tantos como gimen en la miseria. No olvidéis que muchos de los que hoy imploran vuestros socorros han quedado en breves momentos privados de tantos, o acaso más medios que los que poseéis. Vuestro desprendimiento estimulará a hacer sus esfuerzos aun a las clases menos acomodadas, y harán algún sacrificio por tener una parte, en favor de tan criticas urgencias: y de esta suene las cantidades reunidas, aunque no sean considerables llenarán los paternales deseos de nuestro amado SOBERANO, y enjugarán las lágrimas amargas de tantas personas desgraciadas. Un Pueblo que tantas pruebas nos tiene dadas de que a ninguno cede en principios de religiosidad, que con docilidad sumisa oye siempre la voz paternal de sus Pastores. ¿Por qué habrá de faltar a las justas esperanzas que nos inspira?”
 
No se libraron ni los clérigos. Les exigían aportaciones sin que pudiesen excusarse en una vida humilde porque debían de servir de ejemplo para sus fieles ricos y fieles pobres. Y remarcaba la presión sobre los feligreses ricos adulándoles declarando que debían ser guías de los más menesterosos.
 
“Luego que nuestros Vicarios hayan recibido esta nuestra exhortación la circularán inmediatamente a los Curas Beneficiados de su Partido, quienes la publicarán al ofertorio de las Misas mayores en los tres primeros días festivos. No se detendrá cada uno de estos Beneficiados en ponerse de acuerdo para la subscripción con la Justicia del Pueblo, a quien por la citada Real orden se encarga la recolección de estas limosnas, y les facilitarán una lista exacta de las personas que se suscriban en beneficio de esta necesidad expresando la suma, o especies con que cada uno haya contribuido. Remitirán a la mayor brevedad estas listas a poder de los Vicarios respectivos, quienes nos las habrán de dirigir originales para cumplir por nuestra parte con lo que nos previene S. M. en la referida Real orden. Así estos como los Presidentes de los demás Cuerpos Eclesiásticos de nuestra Diócesis acusarán el recibo de estos ejemplares por medio de nuestra Secretaría de Cámara, y entre tanto recibid todos nuestra Pastoral bendición”.
 
Este párrafo ya debe ser de consumo interno de la organización porque nos habla de cómo actuar y cómo registrar los nombres de las personas generosas.
 
“Dada en nuestro Palacio Arzobispal de la Ciudad de Burgos a diez y ocho de Abril de mil ochocientos veinte y nueve, rubricada de nuestra mano, sellada con el mayor de nuestras armas, y refrendada del infrascrito nuestro Secretario de Cámara. Alonso, Arzbpo. de Burgos”.

 
A todo esto, ¿fue tan grave lo de Murcia y Orihuela? Les cuento: el del 21 de marzo de 1829 fue un terremoto más dentro de una serie de sismos en la zona de Murcia y Alicante. Aun así, es el más conocido con el nombre de “Terremoto de Torrevieja” porque fue el más destructivo en el sudeste de la Península Ibérica en los últimos 500 años, pero no el único en esos años. Hubo terremotos el 17 de enero de 1802 y 18 de enero de 1802 en Torrevieja y Torrelamata con réplicas hasta el día 6 de febrero de 1802; el 8 de octubre de 1822 con réplicas durante 26 días en Orihuela; día 10 de enero de 1823 con más de doscientas réplicas en veinte y cuatro horas y que se sintió en Cartagena, Alicante, Murcia y pueblos intermedios; día 7 de junio de 1827, con epicentro en Crevillente; a partir de septiembre de 1828 y hasta septiembre de 1829 se suceden infinidad de terremotos como el del 15 de septiembre de 1828 y el del día 21 de marzo de 1829 en dos tandas, una al mediodía y otra a las 18:30 horas que se repitió a los pocos segundos. Este evento del veintinueve, el de Torrevieja, fue relatado por J. A. Larramendi con estas palabras: “[…] en un momento quedaron enteramente en ruinas Torrevieja y muchos otros pueblos; perecieron centenares de individuos, de ganados, frutos y otros efectos de toda especie; quedaron familias enteras sepultadas bajo ruinas, y otras en la más espantosa miseria”. José Agustín de Larramendi fue un Ingeniero de Caminos español y comisionado por el Secretario de Estado, Manuel González Salmón, para desplazarse a la zona, reconocer los estragos y proponer las medidas precisas.
 
Por si esa sucesión de terremotos no hubiera sido suficiente en la noche del día 23 de marzo, dos días después, hubo otro terremoto en la zona. El último sismo se produjo tras la circular del arzobispo de Burgos: el sábado santo 18 de abril de 1829.
 
Los daños causados por el terremoto de Torrevieja y los anteriores dejaban un paisaje desolador como lo muestra el cuadro de Larramendi:
 
 
Vemos que era una gran tragedia. Pero no la única a la que se refieren los viejos papeles.
 
Comentábamos que había unas notas escritas con lapicero que, milagrosamente, no se habían borrado con el tiempo y que nos muestra cómo escribía alguien del arzobispado de Burgos. En esa nota se solicitaba que se cantase un Te Deum por la muerte de la reina María Josefa Amalia de Sajonia el 18 de mayo de 1829. Si se fijan la fecha del documento es anterior al fallecimiento de la reina. No es que el DeLorean diese un salto de más, sino que desde la redacción del documento, su impresión y la organización del reparto pasó demasiado tiempo.
 
María Josefa Amalia de Sajonia.
 
 
 
Bibliografía:
 
“La fiscalidad eclesiástica frente a las exigencias financieras borbónicas y la guerra de Independencia: las diócesis de México, Michoacán y Guadalajara, 1790–1821”. Élida María Tedesco.
“La Hacienda de la Corona de Castilla en el Antiguo Régimen”. Gema Duque Martín.
“La catástrofe sísmica de 1829 y sus repercusiones”. Gregorio Canales Martínez (Dir.), Francisco Calvo García-Tornel, Ana Melis Maynar, José Delgado Marchal, Fermín Crespo Rodríguez, Antonio Merlos Martínez, Carlos López Casado, José Giner Casado.
Real Academia de la Historia. Historia Hispánica.
Congreso de los diputados del Reino de España.
Revista de Folklore.
Circular de Alonso Cañedo Vigil.
 


Fotografías del documento gracias a 
José Antonio San Millán Cobo.
 
 
Anexos:
 
Alonso Cañedo y Vigil: Grullos, (Asturias), 22 de enero de 1760. Era hijo de un rico matrimonio de la nobleza asturiana formado por Fernando Cañedo y Francisca Teresa Vigil Jove. Inició su formación en la Universidad de Oviedo, donde se gradúa de bachiller en Cánones y Leyes, para seguir los estudios mayores en la de Salamanca, ingresando el 6 de octubre de 1781 en el Colegio de San Pelayo, o de los verdes, donde se ordena sacerdote. En 1790 obtuvo una Canonjía en la cátedra de Badajoz, y en julio de 1798 fue nombrado vicario de la catedral de Toledo, por Carlos IV. Durante la invasión francesa se refugia en Asturias. Es nombrado por la Junta General del Principado diputado para las Cortes de Cádiz. Toma posesión de su cargo de diputado en la sesión secreta celebrada el día 28 de octubre de 1810. Su actividad como diputado fue intensa y participó desde el primer momento en discusiones de especial interés en aquellos momentos de revolución política. Cañedo podría adscribirse al bando tradicionalista. Fue elegido presidente de las Cortes para el período desde el 24 de diciembre de 1810 al 23 de enero de 1811. La vuelta de Fernando VII en 1814 supondrá, por una parte, la rehabilitación de los diputados que le defendieron y la persecución para los diputados del grupo liberal. Cañedo fue nombrado obispo de Málaga el 19 de febrero de 1815. En Málaga residirá hasta 1820, negándose a tomar parte de la nueva etapa constitucional, lo que le acarrea su destierro a Gibraltar. Con la vuelta de Fernando VII, en 1823 es repuesto en su obispado malagueño el primero de marzo de 1825 es elevado al arzobispado de Burgos, donde fallece el 21 de septiembre de 1829 en la más completa pobreza.
 
 
María Josefa Amalia de Sajonia: Nacida en Dresde el 6 de diciembre de 1803 y muerta en Aranjuez el 18 de mayo de 1829. Era hija del príncipe Maximiliano de Sajonia y la princesa Carolina de Borbón-Parma. Como sus hermanos, recibió una instrucción cuidadosa. Se casó con su tío segundo, el rey Fernando VII, viudo y sin hijos, el 20 de octubre de 1819. Él tenía treinta y cinco años en el momento de la unión, y ella dieciséis. María Josefa Amalia falleció prematuramente de fiebres graves en el Palacio Real de Aranjuez. Su cuerpo reposa en el Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial, pues tradicionalmente el Panteón de los Reyes está reservado a las reinas que han tenido descendencia.
 
 

domingo, 18 de enero de 2026

Juan I de Castilla: “por el amor de una mujer”.

 
 
Enrique II murió el 29 de mayo del año 1379, en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja). Llegaba así al trono su hijo mayor, Juan I. El nuevo monarca había nacido en Épila (Aragón) durante el destierro de su padre, el 24 de agosto de 1358. Se describe a Juan I como frágil, pálido y de barba cerrada. Alterando las costumbres castellanas, no se conformó con la proclamación y el 25 de julio, día de Santiago, se hizo coronar en Las Huelgas, siendo al tiempo armado caballero por medio de ese muñeco articulado que representa al apóstol y aún se conserva. Tenía los títulos de rey de Castilla, de León, de Portugal (desde 1383), de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar y de las Islas Canarias y señor de Lara, de Vizcaya (desde 1370) y de Molina.

Juan I de Castilla
 
Contrajo matrimonio con Leonor de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso, en el convento de San Francisco de Soria el 18 de junio de 1375. Fruto de este matrimonio nacieron Enrique III de Castilla (1379-1406); Fernando I (1380-1416) rey de Aragón -el de Antequera-; y la infanta Leonor, nacida en Cuéllar el 13 de septiembre de 1382. Desgraciadamente falleció y se llevó a su madre de sobreparto.
 
El nuevo rey convocó Cortes en Burgos que se abrieron el 1 de agosto de 1379. Allí los representantes reclamaron que las leyes aprobadas en Cortes sólo por las Cortes pudieran ser modificadas. No se promulgó, pero la Corona obedeció esa solicitud. Se puso fin entonces a la concesión de señoríos o “mercedes” consecuencia de la guerra civil de Enrique y Pedro. No solo gobernó en colaboración con las Cortes, sino que impulsó la reforma religiosa que había comenzado en 1372 con la fundación jerónima de Lupiana. Conservó la estructura que su padre dio al reino: una alta nobleza de parientes, tres hermanos bastardos, un primo y otros dos parientes, Manuel y Guzmán respectivamente; otra intermedia de señores y ricohombres: Mendoza, Velasco, Stúñiga, Ayala, Manrique, Álvarez de Toledo, Ponce de León y pocos más; y una baja, más numerosa, de caballeros e hidalgos. Comenzó, sin embargo, arrebatando a esta nobleza las rentas que algunos linajes, como protección mafiosa, habían impuesto a monasterios. No solo Juan I sino todos los Trastámara, como dinastía, fueron consolidando la línea sucesoria, pusieron al día la Casa y Corte del Rey y reformaron la Audiencia (órgano judicial formado por alcaldes y oidores) y el Consejo Real (órgano competencial en materia administrativa, gubernativa y judicial). La administración territorial no experimentó, sin embargo, grandes novedades, subsistiendo los parámetros implantados por Alfonso XI a mediados del siglo XIV en materia de gestión y de fiscalidad. Fracasaron, por lo demás, los sucesivos intentos de crear un ejército profesional.

Juan I de Castilla
 
El 13 de septiembre de 1382 murió la reina Leonor dejando viudo a Juan con veinticuatro años. Un padre de dos niños de poca salud que necesitaba una nueva esposa. Varias candidaturas se manejaron. Pero la reina de Portugal Leonor Téllez, temiendo que el mayor de los hijos de Inés de Castro fuera proclamado sucesor de la Corona de Castilla, envió a un noble de su confianza, Juan Fernández de Andeiro -quédense con el nombre-, exiliado castellano y su presunto amante, para hacer a Juan I la propuesta de que se casara con Beatriz, llegando a ser Rey de Portugal, pero manteniendo las dos coronas separadas.
 
Contra los consejos de algunos de sus principales colaboradores, Juan I aceptó unas condiciones desfavorables ya que, según ellas, a la muerte de Fernando la regente sería la viuda Leonor, y no Juan, hasta que Beatriz tuviera un hijo que alcanzase catorce años de edad, el cual asumiría el gobierno y título de rey de Portugal, y sus padres dejarían de serlo. Las capitulaciones se firmaron en Salvaterra de Magos (Portugal) el 3 de abril de 1383. Los hijos de Inés de Castro serían apresados y también Alfonso de Noreña, que estaba casado con una hija bastarda de Fernando, rey de Portugal. Las bodas se celebraron con gran pompa en Badajoz los días 13 y 14 de mayo. La novia tenía sólo diez años y tres meses. Pero se levantó acta según la cual, examinada por competentes matronas, la niña estaba capacitada para consumar matrimonio. ¡Toma! Hoy eso es -todavía- delito en España. Juan demostró gran afecto a Beatriz y ella, cuando su marido falleció, se retiró a una vida privada diciendo que, habiendo perdido esposo de tanta calidad, no quería volver a casarse. La muchacha, que no tuvo hijos, murió en Toro, en el mayor silencio.

 
1383 fue el momento culminante del reinado. Y no por la boda real. La gran victoria francesa de Rosebeeke, en la que participaron también castellanos -por ello fue armado caballero Pedro López de Ayala-, aseguraba los espacios del comercio exterior en toda la costa hasta Flandes y la paz en el mar.
 
En las Cortes de Segovia de 1383 empezaron las reformas —se cambió la Era hispánica por la del Nacimiento de Cristo— y Juan I pidió a su suegro Pedro IV un ejemplar de su Ordenamiento de Casa y Corte para emplearlo como guía en su proyecto. De ahí partía la separación del poder real en tres sectores: legislativo (Cortes), ejecutivo (Consejo) y judicial (Audiencia), que anuncian la tendencia del Estado moderno. En las Cortes se comenzó a tratar de un programa de reformas que abarcaba más aspectos: el religioso, continuando la tarea emprendida y extendiéndola a la disciplina del clero; y el social, poniendo límite a los excesos en que los miembros de la primera nobleza venían incurriendo. En este último campo, algunas medidas se habían tomado, como reasumir la herencia de los dos hermanos de Enrique II, Tello y Sancho, es decir, Vizcaya y Alburquerque. Lo mismo para Pedro, conde de Trastámara, Alfonso de Noreña y Juan Sánchez Manuel, conde de Carrión, a quien ya Enrique II había tenido que despojar del adelantamiento de Murcia por sus abusos. Las protestas, incluso armadas, del reino murciano sirvieron para que el Rey se decidiera a deponer al adelantado, pasando el oficio a un miembro de la segunda nobleza, Alfonso Yáñez Fajardo, que hizo una buena labor de gobierno y pudo instalarse como adelantado. De este modo, se demostraban tres cosas: que el reino prefería la administración por los oficiales de la Corona, que se fortalecía el poder real y que la mediana y baja nobleza tenía, en el servicio del Rey, un camino de ascenso.

 
Pero por lo que más se recuerdan a los reyes de este periodo -la Edad Media- es por sus batallas. Bueno, a Alfonso X también por sus escritos. Nuestro Juan I tuvo su gran guerra en 1385 cuando estuvo en condiciones de pelear por la Corona de Portugal tras la muerte de su suegro, el rey portugués Fernando I, que había fallecido de tuberculosos con treinta y ocho años el 22 de octubre de 1383, dejando como regente a su esposa Leonor, y al favorito Andeiro. La heredera estaba en Castilla. Dicho así no parece que hubiese problemas, pero Leonor Téllez de Meneses, hija de un importante linaje con ramas en Castilla y Portugal, era la exesposa del señor de Pombeiro, con quien tuvo un hijo. Fernando I se enamoró de ella, la sedujo, forzó la anulación del matrimonio de ella y la desposó. Leonor intervendrá en asuntos de gobierno y maniobrará en la política exterior. Inteligente y ambiciosa, Leonor terminó convirtiéndose en la pieza clave del trono portugués para descontento de los nobles. Todo se complicó aún más por el hecho de que Leonor no dio herederos varones a Fernando; le nacieron dos hijos, Pedro y Alfonso, pero ambos murieron en el parto. Solo sobrevivió su hija Beatriz. Juan de Castilla tenía, ahora, derecho a titularse rey de Portugal. Claro que pocos portugueses estaban por la labor. ¿Comprenden por qué se oponían en Castilla a la boda de su rey viudo?
 
La noticia de la muerte del rey portugués llegó a Juan I de Castilla y Beatriz en Torrijos, una vez clausuradas las Cortes en Segovia. El maestre de Avís -¡él!- le escribió instándole a que tomara la corona portuguesa que le pertenecía a través de su esposa, y el propio maestre asumiría la regencia. ¡Cuidado con el de Avís! Para evitar problemas dinásticos con el primogénito de Inés de Castro, Juan, lo encerró en el Alcázar de Toledo. El rey castellano reunió al Consejo en Montalbán y mandó a Alfonso López de Tejeda con instrucciones para que la regente portuguesa procediera a proclamar reyes de Portugal a Beatriz y a él mismo. La proclamación fue realizada, pero en Lisboa y en otros lugares, como Elvas y Santarém, se manifestó un rechazo popular en favor de Juan, el primogénito de Inés de Castro. Juan I de Castilla adoptó el título y armas de rey de Portugal, lo cual fue reconocido por el papa de Aviñón y ordenó la puesta en marcha de sus tropas, ya que el canciller de Beatriz, que era el obispo de Guarda, Affonso Correia, le prometió la entrega de la plaza. El rey Juan I de Castilla entró en Portugal con su esposa para asegurar la obediencia y los derechos de su esposa.

 
Leonor intentó gobernar con el apoyo del conde Andeiro pero fue inútil. Parte de la aristocracia portuguesa se oponía a una “anexión” a Castilla. También la burguesía comercial, que temía perder sus relaciones privilegiadas con Inglaterra. Un hermanastro bastardo del difunto rey Fernando, el infante Juan, gran maestre de la orden de Avís, dio un paso al frente. Un importante caballero portugués, Nuno Alvares Pereira, formó hueste, proclamó su apoyo a Juan de Avís y puso cerco a las ciudades que simpatizaban con el partido castellano. El país se dividió, aunque ya eran mayoría los partidarios del de Avís.
 
El maestre de Avís asesinó al favorito de la regente, Juan Fernández de Andeiro, conde de Ourém, y, tras ello, se produjo un levantamiento del pueblo llano contra el gobierno a instigación de Álvaro Pais, en el que resultó muerto el obispo de Lisboa. El levantamiento se extendió por las provincias, cobrándose la vida de otros procastellanos. La reina huyó de Lisboa con la Corte y se refugió en Alenquer. En Lisboa, Álvaro Pais propuso el matrimonio del maestre de Avís con Leonor para encargarse de la regencia de forma conjunta, pero ella lo rechazó y ante las noticias de la venida del rey castellano, el maestre de Avís fue elegido defensor y regente del reino. El 16 de diciembre de 1383, como defensor de los derechos del infante Juan de Portugal, primogénito de Inés de Castro, designó a João das Regras como canciller y a Nuno Álvares Pereira como condestable, y pidió ayuda a Inglaterra. Juan de Avís trató de asediar Alenquer pero Leonor huyó a Santarém, de modo que regresaron a preparar la defensa de Lisboa. En Santarém, Leonor procedió a reclutar un ejército y solicitó ayuda a su yerno. Juan I de Castilla tomó la decisión de controlar la situación en Portugal y dejó en Castilla un Consejo de regencia formado por el marqués de Villena, el arzobispo de Toledo y el mayordomo del Rey. En enero de 1384 el rey Juan I de Castilla, junto con Beatriz, emprendió el camino de Santarém ante la llamada de la reina regente para poder controlar la situación del reino.

Juan I de Avís
 
El 13 de enero de 1384, el rey Juan I de Castilla obtuvo de la reina Leonor la renuncia a la regencia y del gobierno en su favor, lo cual hizo que muchos caballeros y gobernadores de castillos se presentasen a jurar obediencia tanto a él como a su esposa Beatriz. Leonor tratara de conspirar contra su yerno y fue enviada al monasterio de Tordesillas. Esto permitió al maestre de Avís justificar la revuelta en tanto que se había conculcado el tratado de Salvaterra de Magos.
 
Juan I de Castilla fracasó ante Coímbra y Lisboa. El 3 de septiembre de 1384 dejó guarniciones en las plazas de sus partidarios, regresó a Castilla y pidió ayuda al rey de Francia. Mientras, el maestre de Avís intentó apoderarse de plazas fieles a sus adversarios, y aunque tomó Almada y Alenquer, fracasó en Cintra, Torres-Novas y Torres Velhas, tras lo cual se dirigió a Coímbra, donde había convocado Cortes para marzo de 1385. En ellas Beatriz fue declarada ilegítima y se procedió a elegir y proclamar al maestre como Juan I de Portugal el 6 de abril. Dejaba de ser regente de otro Juan para apoderarse del trono. Después de las Cortes, el nuevo soberano emprendió una campaña para controlar el norte del reino, y así obtuvo Viana do Castelo, Braga y Guimarães. Juan no tenía la menor intención de abandonar sus derechos al trono portugués. Después de todo, no le avalaba solo su matrimonio, sino los compromisos contraídos por el difunto rey portugués, que tenían valor de ley.

Fernando I de Portugal
 
Pero el difunto rey Fernando, el mismo que firmó el pacto matrimonial de Beatriz con Castilla, había suscrito acuerdos con el duque de Lancaster, casado con una hija de Pedro el Cruel, para recuperar el trono castellano. Irónico porque los Trastámara estaban del lado francés y los barcos de Castilla no habían dejado de atacar puertos ingleses en los años anteriores. Así que ahora, en esta pugna por el trono de Portugal, castellanos y portugueses no iba a estar solos: una hueste de arqueros ingleses compareció al lado de Juan de Avís, mientras que una numerosa tropa francesa engrosó el bando de Juan de Castilla.
 
Era junio de 1385 cuando Juan I de Castilla entró de nuevo en Portugal. Lo hizo por el centro, en lo que hoy es la frontera con Cáceres, con el propósito de llegar a Lisboa. La fuerza reunida por el rey castellano era temible: unos treinta mil hombres entre peones, lanceros y ballesteros, con un refuerzo de dos mil caballeros franceses. Los portugueses habían concentrado sus fuerzas en el castillo de Tomar, al noreste de Lisboa. Allí estaban el nuevo rey Juan de Avís y el caballero Nuno Alvares Pereira, recién nombrado condestable del reino con unos seis mil quinientos hombres. Estaban obligados a salir a la caza de los castellanos si quería evitar que entraran en Lisboa.

Movimientos previos a Aljubarrota
 
La diferencia de tropas se había vuelto irrelevante gracias a una eficaz utilización del terreno y a los arcos largos ingleses. Seguramente Juan de Castilla y sus caballeros franceses ignoraban que en Portugal iban a encontrarse con los mismos arqueros que habían aniquilado a la caballería del rey de Francia.
 
Era el mediodía del 14 de agosto de 1385 cuando se encontraron las fuerzas. Los de Juan de Avís ocupaban la cima de una colina cerca de Leiria, entre riachuelos que protegían sus flancos. Los castellanos bordearon la colina en busca del lugar más accesible para atacar. Los portugueses organizaron el campo según el modelo inglés: una gruesa línea de infantería en el centro, sendos contingentes de arqueros en los flancos y una fuerza de reserva en retaguardia. Delante de la línea central de infantería, un laberinto de fosos, zanjas y troncos para frenar el empuje de la caballería pesada enemiga, exactamente igual que habían hecho los ingleses en Crécy y Poitiers. ¡¡¿¿Juan de Castilla y sus franceses no lo esperaban??!!
 
Sin embargo, hubo una cadena de errores fatales: el rey de Castilla dio la orden de atacar. Eran ya las seis de la tarde cuando la tropa castellana completó la maniobra tras una jornada de marcha bajo el sol de agosto. Lanzaron una carga de caballería pesada sobre la línea de infantería sin analizar el terreno. La caballería francesa quedó atrapada en el laberinto de zanjas y trincheras excavado por los portugueses y se convirtió en un blanco fijo para los arqueros ingleses, que diezmaron a los jinetes. En ese momento la segunda línea castellana que debía haber intervenido para auxiliar a la caballería, seguir el combate a pie y llegar hasta la infantería enemiga, no lo hizo así. Avanzó cansada y no llegó al contacto. La caballería había sido sacrificada en vano.

 
Así las cosas, los contendientes quedaron frente a frente en un estrecho campo listos para el combate a pie. La tropa castellana era más numerosa, pero eso, en un campo tan angosto como el dispuesto por el enemigo, terminó siendo un grave inconveniente. La extensa línea castellana atacó, la angostura del campo entre riachuelos desorganizó a la fuerza, y en ese momento los portugueses hicieron avanzar a su retaguardia. Los castellanos quedaron atrapados entre los accidentes naturales del terreno y las líneas del enemigo. Al caer el sol, Juan I de Castilla se rindió a la evidencia: había perdido y ordenó la retirada. Retirada que fue desordenada y degeneró en matanza a manos de tropas y lugareños portugueses.  Si en la batalla habían muerto cinco mil hombres, otros tantos fueron asesinados después, en la matanza posterior.
 
Al amanecer del día siguiente, 15 de agosto de 1385, el curso de los ríos del lugar habían quedado estancados por la cantidad de cadáveres que descansaban en el lecho. Lo más notable de la aristocracia castellana pereció allí: hijos de los Mendoza, de los Téllez, de los Manrique de Lara... En cuanto a los franceses, el rey Juan de Avís dio orden de asesinar a los supervivientes. Sin más. El propio rey Juan I de Castilla tuvo que huir a uña de caballo, oportunamente puesto a salvo por su ayo, Pedro González de Mendoza, guerrero y poeta, señor de Hita y Buitrago, mayordomo del reino, que le entregó su montura y esperó en pie la acometida del enemigo mientras el monarca escapaba. Juan I de Castilla huyó a Santarém y desde allí bajó el río Tajo hasta encontrarse con su flota en torno a Lisboa. En septiembre la flota castellana regresó a Castilla y Juan I de Portugal obtuvo el dominio de las plazas que aún le eran adversas.

 
Hay en Portugal un monasterio, el de Batalha, y una villa del mismo nombre, que conmemoran aquella carnicería. Ambos fueron elevados por Juan de Avís en acción de gracias por la victoria. Reinó como Juan I de Portugal y dio nacimiento a una dinastía propia. Juan I de Castilla, tras el descalabro de Aljubarrota, tendrá nuevos problemas.
 
Las huestes de Juan I de Castilla estaban desguazadas lo que permitía a cualquier señor de la guerra dar un golpe al rey. Sobre todo, si estaba del lado inglés. Una intervención en Castilla podría privar a Francia de uno de sus principales aliados y, aún más, poner la poderosa flota castellana al servicio de Inglaterra. Debemos saber que el 9 de mayo de 1386, Portugal e Inglaterra estipularon una alianza por el Tratado de Windsor y en el verano de 1386, un contingente inglés desembarcó en La Coruña. Su comandante era Juan de Gante, duque de Lancaster, cuarto hijo varón del rey de Inglaterra Eduardo III. Tenía apenas veinte años cuando se casó con Blanca de Lancaster. Enseguida murió su suegro, el duque de Lancaster, y Juan heredó todas sus posesiones. Esas posesiones en cuestión eran 20.000 hectáreas de tierras en el noroeste de Inglaterra y en otros lugares, treinta castillos en Inglaterra y Francia, rentas abundantísimas y un papel determinante en la corona. Juan enviudó de Blanca en 1369 y volvió a casarse con Constanza de Castilla, ¡hija de Pedro I, el Cruel!

 
Recordemos que Pedro había muerto a manos de Enrique de Trastámara y que los “derechos” de Pedro I pasaron a Constanza. Por ello, Juan de Gante vio la oportunidad de reclamar la Corona de Castilla. ¿Se imaginan la dinastía Lancaster reinando en la Corona de Castilla? ¿Cambiaría el castillo o el león por la rosa roja de Lancaster? Juan de Gante avanza por Galicia sin oposición: aún ardían los rescoldos de la última guerra civil castellana y en esta región eran muchos los que habían tomado el partido de Pedro el Cruel. Para ellos, Lancaster no era un príncipe extranjero, sino el valedor de los derechos de Constanza, la hija de Pedro. Controlada La Coruña, el duque de Lancaster penetra hacia el sur y se instala en Orense. Allí levanta su corte.
 
El duque cuenta con el apoyo portugués. El pacto consistió probablemente en que el de Lancaster se cobraría el trono de Castilla a través de su esposa Constanza, mientras que Juan de Avís, rey de Portugal, incorporaría a su reino las tierras de León. Para soldar la alianza, Lancaster otorga a Juan de Avís la mano de su hija Felipa, nacida del primer matrimonio del inglés. Conviene no minusvalorar estos enjuagues: si los dos Juanes obtenían la victoria, la alianza así formada controlaría toda la fachada occidental europea. Claro que para eso tenían que doblegar al tercer Juan: Juan I, rey de Castilla. Y aún no había dicho su última palabra.

 
Las tropas de Inglaterra y Portugal entraron en territorio de León. Los choques armados se sucedieron mes tras mes. El propósito de Lancaster y Avís era infligir a los castellanos otra derrota decisiva que barriera a Juan del trono. Pero no habrá tal, porque Juan I de Castilla rehuyó la confrontación directa porque la fuerza castellana había quedado muy disminuida después de Aljubarrota, pero el reino seguía siendo una de las grandes potencias de la época y no era fácil darle el jaque definitivo. Decenas de miles de hombres fueron movilizados para acudir al combate. Las tropas de Lancaster y Avís andaban de saqueo por Villalpando y Benavente, pero el hambre y las enfermedades estaban minando su hueste. ¡Ni de lejos tenían fuerza suficiente para conquistar la ciudad de León! Pero la Corona de Castilla tampoco podía aspirar a reunir un ejército que diera cuenta de los invasores: el mero esfuerzo de frenar a los anglo-portugueses había obligado a vaciar de hombres las principales ciudades. Juan de Gante pensó golpear una capital importante. ¿Cuál? Palencia. ¿Y por qué Palencia? Porque era una ciudad muy notable y les era asequible. Palencia había sido la primera ciudad española que vio nacer una universidad en su suelo: el Estudio General fundado en 1208 por el obispo Tello Téllez de Meneses. Pero, a medida que se consolidaba la expansión hacia el sur quedó como una ciudad de segundo orden.
 
En Palencia, cómo hemos dicho, no quedaban soldados: todos estaban en el área de Valderas, a poco más de cincuenta kilómetros hacia el oeste, tratando de acosar al enemigo. Lancaster lo supo y se lanzó. Pero... cuando Juan de Gante llegó ante los muros de Palencia, vio las almenas repletas de defensores. Alguien había dado la voz de alarma. Ante la llegada del enemigo, las mujeres de la ciudad, con los viejos, los niños y los plebeyos, habían tomado las murallas. Y el invasor, que esperaba una victoria rápida y fácil, se vio en una mala tesitura: o intentar de todas formas el asalto, exponiéndose a que sus ya cansadas y hambrientas huestes recibieran un severo golpe, o replegarse de nuevo hacia Portugal. Si atacaba y perdía, le sería francamente difícil volver a sus bases portuguesas; si se retiraba, salvaría al menos a su hueste y podría seguir devastando campos y causando estragos en su camino de vuelta a casa. No sabemos si hubo combate ante los muros de Palencia, pero sí conocemos el final de la historia: Juan de Gante, duque de Lancaster, volvió grupas y levantó el sitio. Las mujeres de Palencia habían vencido al inglés.

 
De esta manera se llegó a una situación en la que todo el mundo apostó por la negociación. Los contendientes se entrevistaron en Troncoso, Portugal, en 1388. Allí se dibujaron las líneas del acuerdo que enseguida iba a firmarse en Bayona el 8 de julio. Como tantas otras veces, la prenda de la paz sería un matrimonio: el heredero del trono castellano, Enrique, se casaría con la hija de Lancaster y Constanza, Catalina. Eso significaba volver a unir las dos ramas que se disputaban el trono: la de los Trastámara y la de Pedro el Cruel. El inglés renunciaba al trono de Castilla, pero a cambio recibía 600.000 francos de oro y su esposa, Constanza, obtenía las rentas y derechos de Guadalajara, Olmedo, Medina del Campo y Huete. Asimismo, Juan I de Castilla se comprometía a perdonar a todos los hijos de Pedro el Cruel que estaban en prisión o en el exilio. Y, por otro lado, Castilla firmaba con Portugal una tregua de seis años que terminaría haciéndose (casi) definitiva. Juan de Avís se aseguraba un largo reinado.
 
Los herederos, Enrique y Catalina, se casaron en la catedral de San Antolín de Palencia el 17 de septiembre de 1388. Sí, Palencia: el escenario de aquella gesta de unas mujeres singularmente bravas. En el mismo acto, los herederos del trono castellano recibían el título de Príncipes de Asturias, que desde entonces se atribuye al heredero de la corona en España. Y en cuanto a las mujeres de Palencia, el rey les concedía una recompensa singular: el derecho de portar sobre su corpiño la banda dorada, el distintivo de una orden creada medio siglo atrás por Alfonso XI y que hasta entonces era exclusivo de los caballeros. Desde aquel día, y hasta hoy, las mujeres de Palencia exhiben esa banda con orgullo.
 
La interrupción de la guerra de los Cien Años en la tregua de Leulinghem motivó la tregua de Monçao de 23 de noviembre de 1389, por la que Castilla y Portugal restauraban al adversario las plazas ocupadas.

Juan I de Castilla
 
Los nuevos príncipes de Asturias iban a tardar muy poco en reinar: el 9 de octubre de 1390, apenas dos años después del Tratado de Bayona, el rey Juan I de Castilla caía de su caballo junto a la puerta de Burgos, situada a extramuros del Palacio arzobispal de Alcalá de Henares y fallecía en el acto.
 
Ahora bien, Enrique, el heredero, aún era menor de edad en ese momento: once años. El cardenal Pedro Tenorio, pieza clave del reino, mantendría la muerte de Juan en secreto hasta dejar bien dispuestos los detalles de la regencia. Después de su defunción, el cadáver de Juan I de Castilla fue trasladado a la ciudad de Toledo, donde recibió sepultura en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.
 
En cuanto a Juan de Gante, duque de Lancaster, dejó España y volvió a Inglaterra, donde le aguardaban serios problemas políticos: el reinado de su sobrino Ricardo II había levantado resistencias por todas partes, entre otras razones por los sucesivos aumentos de impuestos que exigía la larga guerra con Francia. Allí, en Inglaterra, morirá Constanza, la hija de Pedro el Cruel, ya en 1394. Lancaster aprovechó para casarse con la que había sido su amante durante los últimos veintiocho años: Catalina de Roet-Swynford. Juan de Gante morirá en 1399. Uno de sus hijos será rey de Inglaterra.
  
 
Bibliografía:
 
“Santiago y cierra, España!”. José Javier Esparza.
“Historia de castilla de Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González y otros autores.
“Atlas de Historia de España”. Fernando García de Cortazar.
“Historia de España. La crisis del siglo XIV. El declive de la civilización medieval y el triunfo de los Trastámara”. Salvat.
“Las dinastías reales de España en la Edad Media”. Jaime de Salazar y Acha.
Real Academia de la Historia.