Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 10 de mayo de 2026

Un matrimonio de alto…coste.

 
Debemos aterrizar en el 5 de abril de 1571, año de la batalla naval de Lepanto, cuando se firmaban en Berlanga las capitulaciones matrimoniales de Francisco Tomás de Borja Centelles y Juana de Velasco ante el escribano Diego López de Espinosa. Los partícipes eran el condestable Íñigo Fernández de Velasco y Tovar (1520-1585) y Francisco Juan Roca, deán de Gandía y canónigo de la Metropolitana de Valencia, en nombre del Duque de Gandía, Carlos de Borja y Castro (1550-1592), hijo del canonizado Francisco de Borja y Aragón. Lo que se dice dos pesos pesados de la política en los reinos de España. La fecha de la boda se fijó seis meses después de la llegada de la dispensa de Roma porque Juana era hija de Ana Ángela de Aragón y Guzmán (1525-1589), pariente de los Borja. El matrimonio estrecharía más los vínculos -y los intereses- de estos dos poderosos clanes nobiliarios. Finalmente, las bodas se realizarían en octubre de 1572. Casó a Francisco y Juana el patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia, Juan de Ribera.
 
El duque de Gandía cedía a su hijo el título de marqués de Lombay y una serie de tierras y rentas asociadas a ese marquesado. A su vez donaba a la futura marquesa, como aumento de dote, 32.500 ducados, cuya renta gozaría mientras viviese. Francisco entregó a su prometida 500 libras en moneda valenciana para gastos de ayuda de cámara, que serán 1.000 en el momento de efectuarse el enlace. Por su parte, Juana de Velasco llevará de dote 65.000 ducados, de los cuales recibirá 6.000 ducados en joyas, alhajas y otros objetos de valor y 2.000 ducados en moneda, dentro de los ocho días posteriores al de la boda. El resto de la dote se repartió: 4.000 ducados en ajuar y vestidos y 53.000 ducados hipotecando bienes y haciendas de los estados del Condestable.

 
Ningún problema porque sabemos que los Velasco tenían fortuna y poder. O igual no. El problema era que no disponían de liquidez para cumplir el acuerdo. No eran como el Tío Gilito y su almacén de monedas y billetes. Las cosas no funcionaban -ni funcionan- así. Muchos de los bienes estaban incluidos en un mayorazgo del cual no se podían enajenar o hipotecar. E, incluso, no se podía suplicar licencia al rey para ello.
 
Se consiguió que se enterase Felipe II -no se “suplicó”- y este, “sin verse obligado a ello”, firmó en Madrid, el 26 de junio de 1571, una cédula real permitiendo hipotecar, por una vez y como excepción, bienes del mayorazgo. Impuso la obligación de levantar las cargas lo antes posible. La firmó, también, el secretario del rey, Juan Vázquez de Salazar; la escribió el doctor Velasco y es registrada por Jorge Olalde de Vergara. Juan, hijo y heredero de la casa de Velasco y hermano de la desposada autorizó, con su firma, estas hipotecas. La tasación fue hecha ante el escribano, y encargado de los negocios del Condestable, el briviescano Diego de Bañuelos el 28 de abril de1572 en Madrid. Fueron nombrados diversos tasadores para diferentes tipos de elementos: para los vestidos y hechuras de oro y plata, Juan Navarro, Gregorio López y Benito Sáez que eran sastres; y para los bordados Diego Ramírez -que bordó el ajuar y vestido de Juana-, Lucas de Burgos y Juan de Zaragoza, bordadores todos ellos.

 
El inventario nos permite conocer los bienes y su valor. Tenemos, entre otras prendas: una saya de tela de oro encarnada bordada en canutillo de plata valorada en 300 ducados con 442 Reales y medio; saya, capote y ropa de raso pardo bordado en canutillo de plata, prensado el canutillo, se tasa en 8.758 reales y medio; una basquiña de tela de plata bordada con dos rayas de terciopelo blanco con canutillo de oro 1.682 reales y medio; dos jubones de telilla de oro y plata de Milán 616 reales; o ropa de damasco carmesí con pasamanos y alamares de oro por 780 reales. La lista concluye con dos sombreros: uno encarrujado bordado de oro y plata de canutillo por 11.250 maravedíes y otro bordado de azabache con plumas negras por 6.000 maravedíes. Las joyas, y objetos de plata, fueron numerosas: sesenta puntas de cristal guarnecidas de oro, valorado en 155.662 maravedíes; collar de diamantes y rubíes con una esmeralda grande y unas arracadas de oro y con seis diamantes y dos pinzantes de perlas que costaba 93.750 maravedíes; sortijas, botones, cruces y cadenillas; y, sobre todo, una silla de montar en plata con sus gualdrapas para mula y otra para cuartago (un caballo de mediana alzada). Toda la plata y las joyas sumaban 295.245 maravedíes. Esta valoración la acepta Francisco de Borja, marqués de Lombay, y son testigos Sancho de Viedma y Carvajal, el doctor Pérez, alcalde mayor, y el contador Gabriel de Godoy, Nicolás de Barrientos, criado del contestable, vecinos de Berlanga. No lo especifica la fuente, pero suponemos que, cuando se refiere a Berlanga, es Berlanga de Duero.
 
¿Mucho por una boda? Quizá. Pero piensen que Francisco Tomás futuro VI duque de Gandía, era el heredero de los títulos nobiliarios más importantes de España, que tenía grandeza de primera clase desde 1520. Y sería un aliado político de los Velasco en La Corte.
 
Francisco Tomás y Juana fueron padres de:
 
  • Carlos Francisco de Borja Centellas y de Velasco (1573-1632), el heredero.
  • Íñigo (1574-1622), maestre de campo en Flandes (donde en 1606 obtuvo una dramática victoria contra las tropas rebeldes del conde Mauricio) y castellano de Amberes, se casó con Hélène d’Hénin-Liétard.
  • Francisco (nacido en 1575), franciscano en el convento de San Roque de Gandía.
  • Gaspar (1580-1645), primado de España y arzobispo de Sevilla, cardenal, virrey de Nápoles, miembro del Consejo de Estado y embajador en Roma.
  • Baltasar (1586-1611), obispo y virrey de Mallorca.
  • Melchor (1587-1645), caballero de San Juan de Jerusalén y comendador de Aliaga, del Consejo de Guerra y capitán general de las Galeras de España, se casó con Leonor de Recalde.
  • Juan, quien nació en 1589 y murió, de niño, siendo ya caballero de Santiago.
  • Magdalena, quien se casó con su primo Íñigo Fernández de Velasco y Tovar (conde de Haro).
  • Catalina, clarisa en Gandía.
 
En 1576 el apoderado de los marqueses de Lombay, Bernardo de Trincado, concierta un préstamo con el convento de Santa Clara de Briviesca de 4.000 ducados. La garantía fue una hipoteca sobre la dote de la marquesa que estaba garantizada por los 53.000 ducados que gravaban, con facultad real, el mayorazgo de Velasco y de manera particular el palacio de Burgos y los juros, égidas, pastos, tierras y alcabalas, pecho y derechos en Briviesca, Cerezo, Haro y Belorado. ¡Otra vez problemas de liquidez en un Velasco! El poder para permitir a Trincado hacer esta operación está extendido en la casa palacio de los condestables de Villalpando, ante Francisco de Mayorga, escribano de la citada villa. Y lo firman Francisco de Borja y Juana de Velasco. Los réditos, 810.294 maravedíes, se pagarían en tercios: el primero en 1 de enero de cada año, el segundo el 1 de mayo y el tercero el 1 de septiembre. La escritura se firma en Briviesca ante Pedro de Aguirre, escribano y actúa en nombre de las clarisas Diego de Urna, donado del convento, que exhibe poder otorgado por la abadesa Mencía de Salazar. Cuando los Velasco levantaron las deudas por este enlace quedó olvidada esta deuda de 4.000 ducados y sus réditos sin pagar.

 
Ochenta y dos años después -repito: ¡Ochenta y dos años después!- , Miguel de Yanguas, en nombre de la abadesa y monjas de Santa Clara, pidió al alcalde mayor que obligase al condestable a pagar los intereses atrasados. Algo así como lo que hacen los políticos de nuestro país con la deuda: pasarlo a nuestros nietos. Y no pagarlas. Evidentemente, se originó un largo pleito que fue fallado a favor de las clarisas por la Real Chancillería de Valladolid. Apeló el condestable Íñigo Melchor Fernández de Velasco y Tovar y vuelve a perder el caso debiendo realizar el pago de los intereses. Años después, muriendo el siglo XVII, la casa de Velasco devuelve los 4.000 ducados del principal del préstamo, concluyendo así un enojoso problema que nació con las dificultades económicas que pesaban sobre Francisco Tomás de Borja Centelles y Juana de Velasco y cuyas salpicaduras alcanzaron casi un siglo.
 
Ellos se libraron de pagar.
 
 
 
Bibliografía:
 
“Una página olvidada de la historia de los Condestables”. Jesusa de Irazola.
PARES. Portal de archivos españoles. Ministerio de Cultura.
Real Academia de la Historia. Historia Hispánica.
 

domingo, 3 de mayo de 2026

¿De dónde viene tu nombre, Oña?

 
 
Son curiosas las palabras. ¿Qué nos lleva a llamar algo con un fonema o con dos? ¡A saber! Pero en nuestro entorno y dentro de Las Merindades hay nombres de este estilo: río Oja -en La Rioja-, río Oca -en Burgos- o nuestra protagonista: el pueblo de Oña. Esta población es conocida gracias al conde de Castilla Sancho García y de su esposa Urraca al decidir fundar un monasterio donde situar, como abadesa, a su hija Tigridia. Era el año 1011. Pero, ¿había una población allí antes de ese momento o fue fundada exnovo?

 
Lo digo porque, aunque la zona de Oña estaba apartada de la “vía aquitana” que comunicaba Astorga con el suroeste de la Galia y pasaba por Virovesca (Briviesca), teníamos cerca Salionca (Poza de la Sal). Oña, así, era paso obligado para, a lo largo del valle del río Vesga, llevar la sal hasta el Ebro y por el desfiladero de La Horadada a Trespaderne y la costa. En el desfiladero hay restos tardoromanos o visigodos (fortaleza de Tedeja) que podrían suponer un punto de control de época romana en esa vía. Carecemos de información sobre Oña hasta el siglo IX, en que los documentos conservados en las colecciones monásticas aportan algún dato. Pero es en el siglo X cuando la información se vuelve algo más densa y permite mayores precisiones.
 
Hay un documento de 967 que menciona el lugar de Sorroyo por referencia a un alfoz de Oña: “Imprimis trado memetipsa cum corpus simul et anima, deinde in alfoce de Onie uilla que uocitant Arroio de Sancti Fructuosi cum integritate”. Aunque se trata de una única cita, el texto apoya la idea de que a mediados del siglo X existía un distrito territorial cuyo centro era la villa de Oña. La cosa cambia con su elección como sede monástica al desgajar jurisdiccionalmente Oña del territorio circundante. A lo largo del siglo XI, el distrito se llamará Petralata, por su fortaleza principal, que se cita repetidamente en el período de ocupación navarra. Oña debió ser un pueblo pequeño, en una tierra accidentada y rodeado por otros similares como Penches o Tamayo. No se han hallado referencias a un monasterio en Oña entre los documentos conservados anteriores a 1011 y, de haber existido tales textos antes de la desamortización, los eruditos de época moderna se hubieran referido a ello. Seguro.

 
Retomemos el documento del año 967, donde se recogía el topónimo Oña, y la existencia de una villa de ese nombre. Bueno, eso de que “se recogía el topónimo Oña” diríamos que lo hace de forma “diversa”. La evolución del latín y la pronunciación de sus fonemas afectó a la forma en que escribían las palabras. Sobre todo, sin reglas ortográficas claras. En los documentos de compraventa de las tierras para el monasterio de Oña se observan ya formas diferentes como Honia, Onia, Onna, Onie, en el año 1011. Ongia y Hongea en el 1045; Onga, en el 1099; Unia, en el año 1103; y Onnia, 1148. Hay otras variantes como Honya u Hongia, pero la que se consolida en la lengua romance es Onna, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIII.
 
Pero, ¿de dónde procede el nombre? ¿Qué significa? La primera explicación la tenemos que buscar en Espinosa de los Monteros y en la leyenda de la Condesa Traidora. La Crónica Najerense (hacia 1160), que relata la historia, dice que el monasterio lo fundó el conde Sancho, donde fue enterrado: “Sepultus apud Onie monasterium, quod fecerat". En 1243, la “Historia de Rebus Hispaniae” del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, cuenta: "Tandem comes Sancius contriti cordis penitencia stimulatus, construxit monasterium ualde nobile quod Oniam nominavit, eo quod matrem uiuentem Mioniam more Hispanico appellabat". Hay una alusión a una tal Mionia, madre de Sancho García conde de Castilla que fue fundador del monasterio, como origen del nombre Oña. Pero no es hasta la “Primera Crónica General de España”, de Alfonso X (hacia 1290), cuando se extiende la leyenda de la condesa traidora asociada al nacimiento del topónimo. Dice la leyenda que la condesa, para entregar el señorío a Almanzor, y tras deshacerse con artimañas de su marido, quiso envenenar a su hijo, pero éste la obligó a beber primero del vaso que le ofrecía: “Et ella con aquel miedo, beuio el uino, et cayo luego muerta. Empos esto el conde don Sancho, con pesar et crebanto por que matara a su madre de aquella guisa, fizo por ende un monesterio muy noble, et pusol nombre Onna por del nombre de su madre […] Argumentaban que la razón del nombre era que, en Castilla, llamaban Mioña a las señoras y que la condesa Sancha era tenida por señora en todo el condado de Castilla. Por ello, el conde quitó de ese apelativo el “mi” quedando como nombre del monasterio Oña.

 
En el siglo XV otras crónicas hacen referencia a esta historia. Mosén Diego de Valera dice en su “Crónica abreviada de España” que “et ovo este porque en aquel tiempo por madre dezían Oña”. En “Las bienandanzas e fortunas”, de Lope García de Salazar, se explica que: “E por el nonbre de aquella mala doña Sancha ovo nonbre aquel monesterio de doña Sancha, e por tienpo dexose el de Sancha e quedose el de doña, e así se llamó e llama Oña”. Vamos, una deformación de “doña” donde se perdía la “D”.
 
Aparte de que la leyenda es ficción el nombre de la esposa del conde Garci Fernández se llamaba Aba, nombre que fue cambiado equivocadamente por Oña en una traducción al romance de una escritura otorgada por el hijo de Fernán González. Además, ya hemos visto que Oña es un nombre que aparece antes de la fundación del monasterio.

 
Gregorio de Argáiz escribe, en 1675, que el topónimo Oña deriva del nombre de un prefecto romano llamado Publio Petronio, que estuvo en la zona durante la guerra con los cántabros: [...] Aunque los tres emperadores, Julio Cesar, Octaviano, y Galba, estuvieron en España, y los tres passearon a las Provincias de Rioja y Bureba: el que más cierto es que dio nombre a este Valle y Villa de Oña, fue Publio Petronio, el Prefecto de Augusto Cesar, que viniendo de la guerra de Cantabria, entró por la Bureba, y por el dificultoso Valle de Oña (cuya entrada por los lugares de Pino, y de Castellanos, estava defendida de los Cántabros) y lo ganó con grande valor, porque subió por las espaldas de la Sierra, que llaman hoy la Mesa del Abad de Oña […]. Lo mismo al sitio donde baxó a poner sus tiendas, de llamarle Castra Petronia, que abreviado se vino a deslizar en Petronia, Pionia y vltimamente Oña”. El padre Argáiz desbarra al establecer la etimología del topónimo Oña, aunque manifiesta preocupación por aclarar el asunto.
 
Enrique Flórez, en 1772, recoge la denominación “Villa Omnia”, que aparece en una escritura de dotación del monasterio, para acercar la etimología de Oña a la palabra latina OMNIA (todo), aunque con dudas: “Acaso provino de allí Oña por la general fertilidad del valle, a quien atribuyeron el elogio de que allí nacía todo, Omnia, Onia, Oña”.

 
Juan del Álamo, en 1950, se muestra partidario de adscribir Oña al Euskera donde la voz “OIN” (pie), como “pie de monte”, encajaría con la situación topográfica de Oña. Otra lengua no indoeuropea, como la ibérica, es reivindicada por algunos autores como origen de Oña. Justo Pérez de Úrbel sugiere que el nombre está relacionado con la voz “ONI” (pie), que dice que es vasca o ibérica, participando así de la teoría del vasco-iberismo. En contra del origen eusquérico de Oña está la escasez de topónimos vascos en esta zona a pesar de que abundan en La Rioja y aledaños. Aunque estos son producto de la Reconquista y, por tanto, posteriores a la romanización. Además, Oña está incluida en el territorio que ocupaban los autrigones en el momento de llegar los romanos a la Península. Los autrigones eran un pueblo celta, que por el Este llegaba hasta el río Nervión, lo que se aprecia en los nombres del Oeste de Vizcaya y Álava que son de etimología celta, salvo los más recientes producto de la repoblación. Como apoyo hablaremos del origen celta del topónimo “Bureba” al descubrirse varias aras dedicadas al dios prerromano “Vurovius”. Es un teónimo encontrado también en Bélgica, en la demarcación de los antiguos Neruii, de donde vendría el nombre del río Nervión.
 
Siguiendo la teoría de Martín Sevilla Rodríguez, la forma céltica reconstruida ONNA (fresnos), que ha sobrevivido casi idéntica en el galés o el bretón y que procedería de la raíz indoeuropea “OS-”, podría ser el origen del topónimo Oña. En Asturias, el río Güeña aparece mencionado en un documento del siglo XII en la expresión “per flumine Onna”. Del mismo origen serían los topónimos “Bueña”, en Teruel, y “Güeñes”, en Las Encartaciones vizcaínas situadas a la izquierda del río Nervión. Hay autores que prefieren una etimología a partir de la voz precéltica ONNO, ONNA que sería un curso de agua o fuente. Se basa en la aclaración ONNO (numen) que aparece en un tratado antiguo de nombres galos.

 
Y… ¿en Oña hay manantiales, ríos o fresnos? Sí, sí y, seguramente, sí. Es un lugar propicio para los fresnos que son árboles de ribera, aunque hoy sólo los vemos replantados en el monasterio. Pero, en el momento de surgir Oña bien pudiera ser el fresno un árbol frecuente junto al río o a orillas de sus manantiales. Por otro lado, la toponimia relacionada con el fresno es muy frecuente en el norte de España (La Fresneda, Fresnedo, Fresnedilla, Lizarra (Estella), etc.). Todo esto hace pensar que el origen celta es el más probable para el topónimo Oña.
 

 
Bibliografía:
 
“Los nombres de lugar en Oña (Burgos): un caso de toponimia en el primitivo solar del castellano”. Eduardo Rojo Díez.
“Toponimia de Oña y Tamayo (Burgos) en el Catastro del marqués de la Ensenada (1751)”. Eduardo Rojo Díez.
“Amo a mi pueblo”. Emiliano Nebreda Perdiguero.
“Los orígenes de Oña y el estudio del territorio”. Francisco Reyes Téllez y Julio Escalona.
Toponimia Asturiana.
Revista “La Esfera”.
“Oña, apuntes para el recuerdo”. Asociación “El Colmillo”.