Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 28 de junio de 2026

Otro clan menés triunfante en América.

  
Es sorprendente la capacidad del Valle de Mena para crear clanes comerciales exitosos mundialmente. Ya hemos hablado varias veces sobre los Gómez-Mena y ahora nos toca Prudencio Unanue Ortiz, otro Menés. Menés para todos menos para la publicación “The basques of New York: A Cosmopolitan Experience” apadrinada por el Gobierno Vasco que nos dice que los fundadores de esta empresa “hispana” (el entrecomillado es de la publicación supongo que para indicar irónicamente que no es de hispanos) eran “Prudencio and Carolina Unanue, both immigrants from the Basque Country, met and married in Puerto Rico, and they founded Goya Foods, Inc. in 1936 in New York”. Que traducido dice que ambos eran inmigrantes procedentes del País Vasco, que se conocieron y casaron en Puerto Rico y fundaron Goya Food, Inc. en Nueva York. También nos cuenta Gloria Totoricagüena que “los Unanue eran clientes y visitantes habituales del “Centro Vasco-Americano” (escrito en castellano en un libro en lengua inglesa) y que participaban regularmente en las actividades culturales vascas”. Esto último podría ser cierto, pero cuando se enlaza tras mentiras o inexactitudes parece justo dudar de la veracidad de la afirmación. Prudencio era Menés, a pesar de su apellido. Cómo hay vascos que se apellidan López, Williams o Bouirig. ¡Qué cansinos!

Villasana de Mena
 
Decíamos que el menés Prudencio Unanue Ortiz, nació en Villasana de Mena el 6 de abril de 1886. Procedía de una familia acomodada. Su madre se llamaba Adelaida Ortiz (1855-1922) y su padre, José Unanue Novales (1849-1922), llegó a ser alcalde de Villasana de Mena de 1887 a 1891 y repitió en el cargo de 1895 y 1897. Todavía se conserva la casa familiar de la calle Ángel Nuño de Villasana de Mena, a la que la familia de Prudencio se mudó desde Villanueva de Mena donde vivieron antes. Prudencio tuvo siete hermanos: Eugenia, Isabel, Luisa, Jesusa, Francisco, Donato y Francisca. Francisco Unanue, ingeniero industrial, en la posguerra tuvo en la planta baja de la casa familiar la central de distribución y administración de Tabacalera Española. Los estancos de Las Merindades, como el de Espinosa de Los Monteros, Villasana o Medina de Pomar, pasaban por allí a retirar los cupos de tabaco para sus establecimientos. Nuestro Prudencio emigró en 1903 acompañado de un primo materno hacia Puerto Rico, donde ya vivía desde 1870 un hermano de Adelaida, el empresario Julián Ortiz Sainz.
 
Prudencio se estableció en el municipio de San Lorenzo, donde comenzó un pequeño negocio de distribución alimentaria y se enamoraría de Carolina que regentaba una tienda de ultramarinos. En el año 1918, Unanue supo aprovechar los vínculos cada vez más estrechos entre Puerto Rico y Nueva York, para dar el salto a la Gran Manzana, en principio para realizar estudios de estenografía, mecanografía y dictado, en el Albany Business College. Lo que nos indica que, en una isla castellano hablante había aprendido inglés. En la ciudad de Nueva York encontraría por esos años una pequeña colonia de inmigrantes españoles –otra valiosa red de contactos y futuros clientes–, y una gran colonia de inmigrantes hispanohablantes de otros países. En las abigarradas calles de Brooklyn,  Harlem o del Lower East Side, le tocaría ver muy de cerca cómo la población de puertorriqueños crecía de forma vertiginosa. La concesión de la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños, en 1917, provocó la llegada de muchos de estos a Nueva York que cambió para siempre tanto el destino de la ciudad como el de Prudencio.

Prudencio y Carolina.
 
Tras terminar los estudios, volvió a Puerto Rico (1921), donde se casó con Carolina Casal de Valdés, gallega oriunda de Caldas de Reis (Pontevedra). Carolina y su hermana Ana, después de quedar huérfanas, habían ido a vivir a Puerto Rico con su abuelo materno, un terrateniente que fue alcalde de su municipio. Con este matrimonio pudieron enlazarse dos redes de contactos decisivas para el futuro fundador de Goya Foods, Inc. Su primer hijo, Charles, nacerá antes de volver a Nueva York. Para 1924, encontramos a la pareja y su primogénito instalados en Nueva York de forma definitiva. Para 1931 habían nacido sus cuatro hijos. Pero Goya Foods aún no existe.
 
En algunas fuentes cuentan que el primer negocio que intentó fue uno de exportación de aparatos de radio que no llegó a cuajar o que trabajó como agente comercial para las empresas españolas que operaban en los Estados Unidos. Quizá por morriña propia, y de otros inmigrantes de la creciente colonia de hispanos, empezaron a importar alimentos desde España para venderlas en una pequeña tienda que abrirían al sur de Manhattan, en el número 20 de la calle Duane, en lo que ahora es el barrio de Tribeca en Nueva York, en el año 1936. Entre estos productos destacaban las aceitunas, el aceite de oliva o incluso las sardinas, productos poco consumidos por los norteamericanos y, por lo tanto, no tan frecuentes en los mercados neoyorquinos. Se llamaba “Unanue & Sons".

 
La última guerra civil española conllevó el bloqueo en las importaciones. Esto supuso un golpe para el matrimonio que buscó nuevos proveedores. Un amigo español, José Calderón, les vendió un lote que acababa de llegar de Marruecos: quinientas latas de sardinas en aceite de oliva. “Las cajas venían con una etiqueta en la que se podía leer Goya”, contaba Joseph Unanue en una entrevista para la BBC. Prudencio tuvo una revelación con ese nombre porque “era simple y fácil de pronunciar tanto en español como en inglés”, además evocaba España y a uno de sus grandes pintores. Decidió adquirir ese nombre comercial para su propia marca comercial y pagó un dólar por el mismo. A partir de ese momento, empezó a comercializar todos sus productos -legumbres en conserva, aceite de oliva, aceitunas y demás encurtidos- bajo esa marca.
 
“La filosofía de don Prudencio era dar la bienvenida al emigrante a través de la comida. Primero al español, pero después de la Segunda Guerra Mundial empezaron a llegar a Nueva York portorriqueños, cubanos, dominicanos, mexicanos...”, comentó Robert I. Unanue y Carlos A. Unanue opina que “fue un visionario”. Y algo sabrán porque ambos lo tuvieron como abuelo.
 
Prudencio Unanue Ortiz, ante esta oleada hispana, importó productos gastronómicos de esos países para abastecerles. El negocio iba creciendo, tanto como para comprar primero una pequeña fábrica neoyorkina en la que embotellar aceite de oliva (Seville Packaging Company), uno de los primeros productos que comercializó. En 1949 construyen una factoría en Río Piedras, Puerto Rico, para envasar gandules y otros granos... Fue así cómo los productos de la empresa empezaron a manifestar la presencia de las diversas comunidades inmigrantes en los Estados Unidos.

 
Prudencio y Carolina tuvieron cuatro hijos varones que estudiaron en colegios católicos y en la Catholic University of America, en Washington. Prudencio, cuando sus hijos salían de clase, les mandaba enlatar aceitunas a cambio de un dólar con el que se pagaban el transporte hasta la planta. Con el tiempo aprenderían todas las facetas de la industria alimentaria, desde la compra hasta la distribución, pasando por los aspectos financieros y humanos.
 
A finales de la década de 1960 a 1970, Prudencio Unanue cedió el testigo a sus hijos, primero a Charles y luego a Joseph, mientras que otro de sus vástagos, Frank, dirigió la división de la compañía en Puerto Rico y fue uno de los fundadores de la Cámara de Comercio España-EEUU en Nueva York. Por su parte, Anthony compró en 1973 una fábrica en Alcalá de Guadaíra (Sevilla), lo que supuso, en cierta forma, la vuelta de los Unanue a España. Esta fábrica es envasadora de aceite de oliva y encurtidos y la mayor exportadora de aceite de oliva virgen a EEUU. En Andalucía se creó en 2006 “Goya Nativo” al comprar “Goya Foods” la empresa “Nativo”.
 
Fruto de esto, el hijo de Anthony, Robert, estudió en la Universidad de Sevilla y adoptó la nacionalidad española, junto con la estadounidense. En 2004, Robert, maniobró para desalojar de la cúpula de la empresa a su tío y al heredero de éste, su primo Andy. Otro hijo de Anthony, William, se encuentra al cargo de Goya Nativo, la división en España de esta multinacional norteamericana.

 
Prudencio Unanue murió el 17 de marzo de 1976 en Río Piedras y su esposa Carolina el 8 de septiembre de 1984. Ambos están enterrados en un panteón familiar situado en el cementerio Porta Coeli de Bayamón, en Puerto Rico, donde solían pasar los meses de invierno.
 
Centrándonos en los hijos del menés diremos que,
 
Joseph Andrew Unanue (14 de marzo de 1925-12 de junio de 2013) fue presidente de Goya Foods y nativo de Brooklyn. Joseph asistió a la escuela de gramática St. Joseph y más tarde la escuela secundaria de St. Cecilia. En 1943, se graduó de la escuela secundaria y fue reclutado por el ejército de Estados Unidos. Después del entrenamiento básico, Unanue asistió a la Universidad de Puget Sound en Tacoma, Washington. Sin embargo, debido a la intensidad de la guerra, fue enviado al frente europeo. En 1944, su compañía aterrizó en Francia y se unió al tercer ejército del general George S. Patton en la batalla de las Ardenas. Unanue tenía sólo 19 años de edad y era un soldado de primera clase cuando su sargento murió en acción. Fue nombrado sargento accidental y se hizo jefe de pelotón. Unanue mantuvo vivos a sus hombres y fue galardonado con la Estrella de Bronce por su valentía.
 
En 1946 fue desmovilizado y se matriculó en la Universidad Católica de América en Washington D. C., donde se graduó con una licenciatura en Ingeniería Mecánica. Se unió a la empresa familiar, junto con sus hermanos Anthony y Frank. Aprendió todas las facetas de la industria alimentaria. Al principio, los grandes supermercados rechazaban productos hispanos dada la demografía hispana en EEUU. Finalmente, al aumentar el peso de este grupo social los supermercados se interesaron. Goya Foods comenzó a suministrar productos al supermercado de Safeway en Harlem y al resto poco después.
 
En 1956, se casó con Carmen Ana Casal de Unanue, una coleccionista de arte y filántropa puertorriqueña, con quien tuvo seis hijos. Dejó la empresa en el 2004, tras haber sido su presidente durante 30 años, y falleció en 2013 en su residencia de Alpine, en Nueva Jersey.
 
Charles Unanue (1923) nació en Puerto Rico. En 1969, fue director de operaciones y director ejecutivo de todas las compañías familiares. Sin embargo, luego fue despedido.
 
Anthony Unanue (1927–1976) fue ingeniero y trabajó brevemente para el gobierno federal de EEUU. Murió en 1976 a los 48 años. Tenía seis hijos.
 
Francisco -Frank- Unanue (1931–2002) Fundó Goya de Puerto Rico en la década de 1960 convirtiéndose en presidente de esa división. También fue fundador de la Cámara de Comercio española en Nueva York. Frank Unanue Casal nació el 17 de junio de 1931, en Ridgefield Park, Nueva Jersey, y murió en Puerto Rico el 13 de diciembre de 2002. Su funeral fue celebrado en la Iglesia de Santa Teresita en Santurce. Fue enterrado en el Cementerio Porta Coeli en Bayamón. Se casó con Diana Margarita López y tuvo cuatro hijos: Frankie, Carlos, Anne-Marie y Jorge.

 
La etiqueta azul de Goya que pueden encontrar en las estanterías de los supermercados americanos durante las últimas décadas ha encontrado un nuevo target en otras comunidades como la africana, la india o la asiática.
 
 
 
Bibliografía:
 
www.memoralia.es
Revista “Vanity Fair”.
Periódico “Libertad Digital”.
Periódico “El Mundo”.
Blog “Galicia en Puerto Rico”.
www.novelame.com
Periódico “El Nacional”.
Periódico “Infobae”.
Periódico “Diario de Burgos”.
Periódico “Libre Mercado”.
Secretaría General Iberoamericana.
gw.geneanet.org
Find a Grave.
Europa Press.
Revista “Forbes”.
Periódico “Crónica de Las Merindades”.
“The basques of New York: A Cosmopolitan Experience”. Gloria Totoricagüena, Emilia Sarriugarte Doyaga y Anna M. Renteria Aguirre.
www.cibercuba.com
 

domingo, 21 de junio de 2026

Enrique III de Castilla. Ya saben: el doliente (II) o lo bueno, si es breve, dos veces bueno

 
 
Retomamos la vida de Enrique III donde la dejamos: cuando asumió la mayoría de edad con 14 años. Nada que ver con nuestros días en que a un tipo con la barba cerrada y 17 años, once meses y 20 días lo llamamos niño. Pues, con catorce años, nuestro Enrique III nombró gobierno. Los cargos de mayor relieve político recaerían en personas de su absoluta confianza. Una de las primeras decisiones que tomó Enrique III fue restar atributos a las Cortes, en particular el cobro de las alcabalas (impuestos sobre el comercio) que ahora pasarían directamente a la corona. Al mismo tiempo Enrique creaba la figura del corregidor como delegado del poder regio en las ciudades. La corona concentraba en sus manos los principales resortes del reino. Señales de un mundo medieval terminal.

Enrique III de Castilla
 
Las Cortes se abrieron el 15 de noviembre. El rey declaró que, habiendo cumplido los catorce años y tomado la dirección y regimiento del reino, libre ya de tutorías, era su voluntad confirmar y guardar los privilegios y libertades que sus pueblos gozaban; que revocaba todo lo hecho y ordenado por los tutores, sobre todo en lo tocante a donaciones, mercedes, tierras y quitamientos; y que atendidas las necesidades del reino y algunas deudas que tenía que satisfacer del tiempo de su padre, esperaba le diesen dinero. ¿Deudas del tiempo de su padre? ¿A qué se refiere? Pudiera referirse a las deudas para afianzarse en el trono procedentes del tratado de Bayona: había que pagar al duque de Lancáster la renta anual de 60.000 ducados, aunque sí se le entregó los 600.000 ducados de oro de pago inicial. Los procuradores respondieron por escrito al rey recomendándole que procurara rodearse de buenos consejeros, prelados, caballeros y hombres buenos de las ciudades; le rogaban moderase sus gastos y no se pasase con los impuestos que debían ser aprobados por las Cortes.
 
Enrique, ya que estaba en Burgos, decidió ese septiembre ir a jurar los fueros del señorío de Vizcaya. Desde Bilbao envió cartas a los vizcaínos para que se juntasen en los lugares acostumbrados. Sucesivamente juró en Larrabezúa, en Bermeo, y en Guernica. El nuevo Señor de Vizcaya concedió a los vizcaínos el derecho de tener juicio por desafío como en Castilla y en León. Luego pasó por Vitoria camino de Castilla.
 
Durante los primeros meses de 1394 fueron incorporándose al Consejo del rey sus fieles que ejercían el poder a través de los oficios en la corte. Entre ellos estaban: Juan Hurtado de Mendoza, Diego López de Zúñiga, Ruy López Dávalos, Pedro López de Ayala, Juan Fernández de Velasco, Diego Hurtado de Mendoza y Lorenzo Suárez de Figueroa. Esto enfadó a los parientes del rey. Para evitar la confrontación, se atendió algunas de las demandas de aquellos: al conde de Niebla se le confirmaron sus privilegios para que pudiera restaurar su autoridad en Sevilla, o la reconciliación con Pedro Tenorio. Aun así, los parientes de rey, que no renunciaban a ejercer el gobierno del reino, intentaron formar una liga auspiciada por la reina Leonor, los condes de Trastámara y Noreña y el duque de Benavente. El Consejo del Rey envió al mariscal Garci González Herrera con una generosa propuesta de reconciliación que fue rechazada. Los rebeldes crearon una liga en una reunión a la que asistieron el arzobispo de Santiago y el infante Juan, hijo bastardo del difunto Pedro I de Portugal, que estaba exiliado en Castilla. E hicieron un llamamiento para levantar tropas, que fue contestado de la misma forma por el Consejo. Pero la falta de un liderazgo y de un plan de acción dejo a la liga con poca capacidad de acción.

 
En abril de 1394, la tregua con el reino nazarí de Granada estuvo en peligro de romperse cuando Martín Yáñez de la Barbuda, maestre de Alcántara, influido por un ermitaño visionario, informó a Enrique III que preparaba una expedición contra los musulmanes. El rey, el maestre de Santiago y otros jefes de la frontera intentaron detener el disparatado ataque, pero no lo consiguieron. Ante ello, el Consejo ordenó al duque de Benavente y a los condes de Noreña y Trastámara que se unieran al rey con las tropas que pudieran reunir. Esta orden les permitió reunir un ejército que ya no era necesario, porque el maestre de Alcántara acababa de ser derrotado y muerto por los nazaríes en la Vega de Granada. ¿De verdad no era necesario el ejército a estos parientes del rey? Al rey no. Pero a ellos… Al poco Enrique III salió de Toledo con mil seiscientas lanzas hacia Illescas. Allí esperó al marqués de Villena, que presionado por Juan I de Aragón y Carlos III de Navarra, venía con mil quinientas lanzas. Rápidamente se constituyó una alianza alrededor del rey en la que entraron, entre otros, Pedro Tenorio, el maestre de Santiago y Juan Hurtado de Mendoza. Pero una serié de desencuentros hizo que el marqués de Villena abandonara y volviera a Aragón. A pesar de ello, la corte continuó su marcha hacia Valladolid. Allí tuvieron noticias de que: el duque de Benavente estaba en Cisneros (Palencia) con seiscientas lanzas y dos mil peones; el arzobispo de Santiago estaba en Amusco (Palencia) con quinientos caballos y mil infantes; el conde de Noreña continuaba levantando tropas en Asturias; la reina Leonor se encontraba refugiada en Roa (Burgos), y no se sabía la cantidad de tropas que el conde de Trastámara levantaba en Galicia. En junio de 1394, uno tras otro acudieron los rebeldes a Valladolid, y con la excepción del conde de Noreña y de Leonor de Navarra, prestaron y firmaron la sumisión al rey. Al día siguiente se firmó un tratado de paz y ayuda entre Castilla y Navarra. En el mismo acto, Enrique III prometió solemnemente entregar a la reina Leonor a su marido Carlos III, bajo la garantía de que recibiría buen trato, en cuanto la agarrase.

Leonor de Aragón.
 
Enrique ya estaba hasta las narices de sus parientes y ese julio de 1394 decidió el encarcelamiento de los más peligrosos: el duque de Benavente, los condes de Trastámara y Noreña, y la reina Leonor. Por ello, el de Benavente fue encarcelado y llevado al castillo de Burgos cuando asistía a una reunión del Consejo; el de Trastámara logró huir con sus tropas y refugiarse en Roa con la reina Leonor. Para hacerse con él, el rey marchó hacia Roa, pero, debido a que el conde había huido hacia Galicia, sólo consiguió hacer prisionera a la reina Leonor y enviarla al monasterio de Santa Clara en Tordesillas (Valladolid) a la espera de entregarla a su esposo.
 
En agosto, Enrique III se dirigió a Asturias para enfrentarse al conde de Noreña. Durante el trayecto, además de someter a villas y fortalezas partidarias de los rebeldes y de enviar mensajeros al conde exigiéndole la rendición, recibió en Cisneros al arzobispo de Santiago, que exageró su fidelidad a la Corona y se retiró a Galicia, desde la que más tarde huyó a Portugal por temor a Pedro Tenorio. A su paso por León, el rey recibió la petición de clemencia, que fue aceptada, del conde de Trastámara.

Castillo de Noreña.
 
En septiembre, el ejército del rey entró en Asturias apropiándose casi sin resistencia de las posesiones del conde de Noreña, que tuvo que replegarse hacia el castillo de Gijón. A principios de noviembre se inició el asedio de la fortaleza, pero tras duros combates sin conseguir la rendición y con la amenaza de la proximidad del invierno, se levantó el asedio tras negociar una tregua de seis meses. Tiempo que serviría para que, a petición de ambos contendientes, Carlos VI de Francia actuara de árbitro y determinase si las reclamaciones del conde para que se le devolviesen sus posesiones eran justas. Enrique III volvió a Valladolid y convocó Cortes para principios de diciembre de 1394 en San Esteban de Gormaz. Pero, cómo las comunicaciones eran cómo eran, las Cortes comenzaron en la última semana de diciembre en Medina del Campo con poca asistencia y escasos acuerdos. Entre ellos: petición de subsidios y las condiciones en que se haría la entrega de la reina Leonor a su esposo. En febrero de 1395, Enrique III llevó a su tía Leonor hasta la frontera con Navarra cerca de Alfaro y la entregó a su esposo, después que éste hiciera los juramentos previstos de seguridad y honra ante los legados papales: los obispos de Zamora y de Albi. Ni cumplir “órdenes de alejamiento” ni leches. El rey estaba harto de su tía.
 
Culminadas las treguas con el conde de Noreña, Enrique III comenzó un segundo cerco a Gijón haciendo caso omiso a la petición de Carlos VI de ampliar el plazo para dictar sentencia. Defendía la fortaleza la esposa del conde, Isabel, hija bastarda del difunto rey de Portugal Fernando I. Tras más de dos meses de duros combates, la condesa se rindió y huyó por mar con sus partidarios después de quemar la fortaleza (otras fuentes dicen que la quemó el rey). Una vez conseguida la caída de los enemigos además de parientes, que se rindieron o exiliaron, Enrique III comenzó la tarea de reafirmar la autoridad de la monarquía. Para ello, necesitaba pacificar los bandos nobiliarios que ensangrentaban con sus luchas algunas de las más importantes ciudades de Andalucía y Murcia, y restaurar el orden público consolidando la figura de los corregidores que se encargarían de la justicia y la represión del bandidaje, entre otras tareas.

Gijón siglo XIII (Dibujo de Gaspar Meana)

 

También en aquel año 1395, el incumplimiento de Castilla de los acuerdos suscritos con Portugal sobre la entrega de prisioneros pudo romper la tregua. Para evitarla, se reunieron dos jueces arbitrales de ambos reinos y evaluaron que los daños por el quebrantamiento ascendían a cuarenta y ocho mil doblas de oro en contra de Castilla. El rey portugués reclamó el pago y Enrique III contestó “que sí, que sí…”, pero no saldó la deuda.
 
En diciembre de 1395, Enrique III se trasladó a Sevilla donde encomendó a Pedro Tenorio y a Diego López de Zúñiga la investigación de los actos de indisciplina cometidos en la ciudad y de los saqueos de las aljamas; y a Ruy López Dávalos para poner fin a las banderías de los nobles. En enero de 1396, como resultado de las indagaciones, fueron recuperados algunos bienes robados a los judíos y encarcelado el arcediano Ferrán Martínez como único culpable de las algaradas. En lo que respecta a las luchas en las ciudades entre los nobles; hasta la primavera no fueron pacificadas las dos últimas: las jiennenses Úbeda y Baeza.

Juan I de Avis
 
El rey portugués Juan I de Avís, en mayo de 1396, para acelerar el cumplimiento de los pactos suscritos con Castilla, conquistó Badajoz y cogió prisionero a su obispo en una acción “de comando”. Como consecuencia de ello, y después de unas negociaciones de paz que fracasaron, la caballería de los maestres de Santiago, Alcántara y Calatrava invadió Portugal por la zona entre los ríos Tajo y Guadiana. Además, naves vizcaínas desvalijaron a dos grandes naos portuguesas.
 
A mediados de 1397, los portugueses incendiaron las instalaciones portuarias de Cádiz; en represalia, una flota de seis galeras portuguesa procedente de Génova fue capturada por naves castellanas. A partir de aquella actuación, comenzó una serie de ataque de corsarios castellanos contra barcos portugueses sin que Portugal pudiera presentar una defensa eficaz en el mar. Por ello, el condestable portugués Nuno Alvares Pereira atacó Cáceres, quizá buscando bajar la presión, y que terminó en un duro fracaso.
 
En enero de 1398 se descubrió en Galicia una conspiración contra Enrique III propiciada por Juan I de Portugal y apoyada por el arzobispo de Santiago, que habían aprovechado las discordias internas para intentar debilitar al rey castellano. En mayo, Los portugueses atravesaron la frontera con un ejército y tomó Salvatierra de Pontevedra y puso sitio a Tuy. También por aquellas fechas, el arzobispo de Santiago regresó a Galicia con tropas y se apoderó de la ciudad Pontevedra, que posteriormente fortificó. Enrique III intentó desestabilizar Portugal con el reconocimiento como rey por parte de Castilla del infante Dionís, hijo ilegítimo del difunto Pedro I de Portugal. En febrero de 1399 se iniciaron negociaciones de paz con Portugal que fracasaron. Ante la necesidad de encontrar una solución se pactó una tregua hasta julio para que los negociadores buscaran una solución. ¿Respetaron la tregua? Portugal no. Para tener más bazas con las que negociar, atacó en el verano la fortaleza de Alcántara. Fue socorrida por tropas castellanas que, además de conseguir que los portugueses levantaran el campo, entraron en Portugal y tomaron varias villas. En agosto, los castellanos tomaron Miranda de Duero, ciudad portuguesa fronteriza con Zamora. Por lo menos en diciembre de 1399, se firmó una tregua… de cuatro meses para reiniciar las negociaciones. Por cierto, en mayo de 1399 fallecía el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio.

 
A primeros de enero de 1400 las negociaciones fracasaron porque los portugueses pedían la devolución de los prisioneros y de las plazas conquistadas, y los castellanos querían, además, una indemnización para los exiliados y para la reina Beatriz, hija del difunto Fernando I de Portugal y segunda esposa del anterior rey de Castilla Juan I. Como no había ganas de guerra, no recomenzaron las hostilidades, pero sí se prorrogó la tregua, primero hasta octubre y luego un año más.
 
Enrique III tuvo tiempo en todo este maremágnum del 1400 para enviar una escuadra a destruir Tetuán que era un nido de piratas. Capturó a sus moradores y demolió sus edificios, dejando la ciudad despoblada por más de noventa años. El famoso Pero Niño, conde de Buelna, verificó un crucero por el Mediterráneo en busca de piratas musulmanes.
 
Enrique III, en 1401, envió una embajada a Samarcanda a Amir Timur, nuestro Tamerlán, que era el último Gran Khan del Imperio mongol y que amenazaba por el este al Imperio turco otomano. Aplicando eso de “el enemigo de tu enemigo es tu amigo”. Los mongoles asediaban Bagdad y Damasco y estrechar lazos con el poder mongol significaría atrapar a los musulmanes en una pinza. En serio. Además, el rey, ese año, convocó cortes en Tordesillas. En ellas presentaron los procuradores de las ciudades, y el rey otorgó, diez y seis peticiones unas dirigidas a corregir y refrenar la codicia de los arrendadores públicos que se enriquecían a costa de los pueblos, otras encaminadas a eliminar a los magistrados y jueces que torcían la justicia y abrían la mano al cohecho, inclinándose siempre del lado y en favor del más rico. Diríamos hoy que pedían luchar contra la corrupción.

Fernando I de Trastámara, 
rey de Aragón.
 
Para redondear el año, la reina Catalina de Lancaster dio a luz a María el 14 de noviembre de 1401. Este nacimiento empezaba a alejar al infante Fernando de la corona castellana ya que, hasta entonces, había actuado como heredero al Trono. En enero de 1402, la princesa María fue jurada heredera de Castilla y de León en unas Cortes en Toledo. María de Castilla (1401-1458)contraería matrimonio con Alfonso V de Aragón.
 
En junio de 1402, Enrique III rechaza una propuesta portuguesa de paz porque, además de sus demandas anteriores, quería ayuda militar y naval. Pero esta circunstancia dio pie la firma de una tregua de diez años, que se firmó en agosto, donde Castilla retiraba su apoyo a Beatriz y a los exiliados portugueses; ambos reinos se otorgaban libertad de comercio, excepto para el oro, plata, armas y cabalgaduras; y se devolvían las plazas tomadas: Castilla devolvía Braganza, La Piconia, Miranda de Douro, Binhaes, Pena Maçor, Pena Garza y Nódar y Portugal restituía Badajoz, Tuy, Salvatierra y Santa María de Miño.

 
Ruy González de Clavijo partirá hacia Samarcanda a finales de mayo de 1402 para entrevistarse con Tamerlán. Tardaron más de un año en llegar y aunque fueron bien tratados y agasajados, fueron despedidos debido a la inestabilidad del imperio fruto de la muerte de Tamerlán en febrero de 1405. Los embajadores castellanos tuvieron que malvender todo lo que llevaban para salvar el pellejo. Consiguieron volver a Castilla en marzo de 1406. Posteriormente Clavijo escribió un relato con las experiencias de aquel viaje al que tituló “Embajada a Tamorlán”.
 
En 1043 nacerá Catalina de Castilla (1403-1439) que se casará con su primo carnal Enrique de Trastámara, hijo del rey Fernando I de Aragón y de la reina Leonor de Alburquerque.

 
Enrique III fue el rey que inició la conquista de las islas Canarias. Esas en las que hoy Marruecos ansia clavar su bandera con aliados poderosos. La posesión castellana de las mismas fue en 1404 de la mano de dos normandos, Juan de Bethencourt y Gadifer de la Salle. ¡Anteriores en casi doscientos años a Granada o Navarra! Bethencourt era un comerciante corsario que poseía factorías textiles y tintoreras, y se había enterado de que en Canarias abundaba la orchilla, un liquen que se empleaba como colorante púrpura. Para vender la idea al rey Enrique III indicó que su posesión permitiría llegar a tierra de infieles y evangelizarlos. Con ello el Papa Martín V concedió bulas de indulgencia para quienes se sumaran a la expedición. Lo de ser estación comercial y salto para América será muy posterior, por lo que vemos.

 
A ver, ¡que todo el mundo sabía que estaban allí! Griegos y romanos supieron de su existencia. Y los árabes frecuentarán sus costas. Pero ninguno se asentó en ellas. Las cosas cambiaron entre los siglos XIII y XIV cuando barcos europeos navegarán sus aguas gracias a mejores instrumentos de navegación y búsqueda de nuevas rutas que eludan a los turcos del Mediterráneo oriental. Eran un secreto a voces tal que aparecen, en 1375, en el Atlas del mallorquín de Abraham de Cresquès que las dibuja con sus nombres actuales. De hecho, Lanzarote se llama así por el italiano Lanzarote Malocello que en 1312 se asentó en esa isla durante veinte años. Y sabemos quiénes fueron los primeros misioneros: una comunidad de franciscanos mallorquines que puso casa en Telde (Gran Canaria) hacia 1350. Aunque la mayoría de visitas fue de esclavistas.
 
Cuando llegó a Lanzarote, Bethencourt fue recibido muy amistosamente por el rey local, que se llamaba Guardafia. El normando construyó un fuerte para proteger a los isleños de ataques piratas y proteger su inversión. Constituida la alianza con Guardafia, este se comprometió a ayudar al normando en la conquista de Fuerteventura, la vecina isla del sur. Pero todo fue a peor porque los colonos, cómo después en América, se encontraron con más hambre y privaciones que gloria. Hubo peleas, motines y deseos de esclavizar a los nativos. Bethencourt regresa a Castilla en busca de ayuda. La Salle quedó gobernando la isla. Entonces los normandos que han quedado en Lanzarote aprovechan para capturar guanches con el propósito de llevarlos consigo como esclavos. El rey Guardafia les atacará. Fueron largos meses de guerra. Derrotado por Gadifer de La Salle, aceptó convertirse al cristianismo. En eso regresó Bethencourt que tenía más mano izquierda y arregló el matrimonio de la hija de Guardafia, Teguise, con su propio sobrino, Maciot de Bethencourt. Así ganó el respaldo del rey guanche para conquistar Fuerteventura. Pero Bethencourt había ganado algo más: en Castilla había obtenido el derecho de señorío sobre la isla. Gadifer de La Salle quedaba fuera de juego. Bethencourt consiguió someter Fuerteventura y Lanzarote. Después hizo lo propio con El Hierro, que repobló con colonos castellanos y normandos. No logrará los mismos éxitos en Gran Canaria y La Palma, tampoco en Tenerife. Cuando tuvo lo que quería, se marchó de allí dejando como gobernador a su sobrino Maciot quien, unos años después, venderá sus derechos de señorío al conde de Niebla.

 
Y tras este interludio en las islas afortunadas nos fijaremos en un golpe de suerte que le vino a Enrique III. Estamos en marzo de 1405 y en Toro cuando nace el príncipe Juan. Se convocaron Cortes en Valladolid donde fue jurado heredero por los procuradores. Y, aprovechando el curso del Pisuerga, en aquellas Cortes se volvió a plantear el problema del odio hacia los judíos, que con los años se había agravado. Por ello, se estableció un Ordenamiento de segregación recial entre judíos y cristianos.
 
Curiosa la preocupación con los judíos cuando el problema para los meses siguientes serán los musulmanes de Granada. Entre marzo y mayo de 1406 Muhammad VII atacó Vejer y Medina Sidonia, Estepa y Écija, y zonas de Jaén. En octubre, a pesar de que en ese mismo mes se había firmado una tregua por dos años, las tropas nazaríes entraron en Quesada y atacaron Baeza. El adelantado de León, Pedro Manrique, acudió con sus tropas y se enfrentó con los musulmanes en una batalla de resultado confuso. Pero, ¿Qué locura les había dado a los moros? ¡A saber! Pero, como en el caso de la guerra de Ucrania de 2022, hay que mirar hacia atrás en el tiempo para ver cómo se había llegado a la guerra. Debemos saber que, aunque había tregua entre el reino Nazarí y Castilla, la frontera era una zona ambigua. Recordemos el ataque de 1394 por parte de Martín Yáñez de la Barbuda. O cómo, en 1397, fray Juan Lorenzo de Cetina y fray Pedro de Dueñas, intentaron predicar el Evangelio en el reino moro y fueron degollados. El cruce de embajadas granadinas y castellanas hacía entrever la firma de una tregua que debía durar dos años. Pero Muhammad VII no quiso o no pudo controlar a los suyos -que podrían estar apoyados por los benimerines- que en plenas negociaciones intensificaron los ataques. Los cristianos se defendieron y aun cuando perdieron Ayamonte, obtuvieron una victoria cerca de Baeza en la batalla llamada de “los Collejares” (8 de octubre de 1406).

 
El rey desde Madrid despachó cartas convocando a Cortes en Toledo para obtener recursos y hombres para atacar a los nazaríes. Dada la delicada salud de Enrique III fue el infante Fernando quien habló a las cortes. Solicitaba diez mil hombres de armas, cuatro mil jinetes, cincuenta mil peones, treinta galeras armadas, cincuenta naves, seis bombardas gruesas, y correspondiente provisión de ingenios, trabucos, arneses y demás útiles de guerra. Echadas las cuentas de lo que sumarían aquellos gastos, y después de alguna resistencia por parte de los obispos, y de detenida discusión por la de los procuradores, se acordó otorgarle un servicio de cuarenta y cinco cuentos de maravedís, autorizándole además para que si la necesidad apremiase pudiese por una vez y solo por aquel año hacer un nuevo repartimiento sin necesidad de llamar las cortes.
 
Mientras se negociaba en las cortes Enrique III fallecío. Inmediatamente se buscó un culpable: El médico del rey, el judío Mayr, que fue detenido y murió bajo el tormento. Desgraciadamente no sabremos de qué expiró Enrique, aunque sabemos que su salud nunca fue buena y que en los últimos años había delegado muchas responsabilidades en su hermano Fernando de Antequera. Incluso será regente durante la minoría de su sobrino Juan II de Castilla.

Sepulcro de Enrique III de Castilla.
 
El cadáver de Enrique III fue sepultado en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo. El sepulcro está colocado sobre la sillería del coro, en el lado del Evangelio, adosado, de estilo plateresco. La cartela del epitafio dice:
 
“Aqui iace el mui temido y justiciero rei don Enrique de dulce memoria que dios de santo paraiso hijo del catholico rei don Juan nieto del noble cavallero don Enrique en 16 años que reino fue castilla temida y honrrada nacio en Burgos dia de san Francisco y murio dia de Nabidad en Toledo iendo a la guerra de los moros con los nobles del reino fino año del señor de 1407”.
 
Y, si se han fijado, hay una errata. El rey murió el 25 de diciembre de 1406 con 27 años. Pero por utilizarse entonces la era de la Natividad, era aquél el primer día del año. Esta es la razón por la que en muchos libros se da el año 1407 como fecha de su muerte.
 
El reinado de Enrique III se caracterizó por la reorganización de la administración apuntando un centralismo que se vería en los siglos siguientes en Europa. Así 1395 y 1399 reorganizó la Administración. La reordenación interna favoreció a los nobles debido a los reajustes en sus propiedades y señoríos. La caída de los parientes del Rey puso en manos de Enrique III un gran número de estados señoriales, disponibles para ser entregados como remuneración a los fieles. El sostenimiento de la forma de vida de los nobles correspondía mayoritariamente a las rentas, y en menor proporción al comercio. Las transformaciones sociales del siglo XIV habían propiciado que los sectores más elevados del tercer estado quedaran asimilados en muchos aspectos a la nobleza, y reclamaron la exención de tributos. Las Cortes de Toro de 1398 dictaminaron que hidalguía era una condición hereditaria que poseían únicamente los de solar conocido, esposas y viudas, pero no las hijas que casasen con no hidalgos. Faltaban más de cien años para las revueltas comuneras.

Medina del Campo.
 
Otra característica del reinado de Enrique III fue la administración de justicia. El Rey no quería modificar las atribuciones de los jueces locales, en los concejos y los señoríos, pero reforzó el sistema de alzadas y la intervención de los altos funcionarios reales buscando la eficiencia. La creación de los corregidores (1396) fue entendida por la nobleza como un fuerte golpe, pero a los ojos de los ciudadanos eran funcionarios reales encargados de poner orden donde éste faltaba. Ubicó la Audiencia Real, o Chancillería, en Valladolid, acometiendo una depuración entre jueces y oidores.
 
El Consejo del rey se convirtió en un verdadero órgano de gobierno en manos de algunos linajes privilegiados, que se repartían los oficios: la justicia para los Zúñiga, la mayordomía para los Mendoza, condestables son los Dávalos, camareros los Velasco... ¡Los Velasco!
 
 
 
 
Bibliografía:
 
“Historia de España”. Colección de editorial SALVAT.
“Atlas de historia de España”. Fernando García de Cortázar.
Web Reyes Medievales. 
Real Academia de la Historia. Historia Hispánica.
“Historia general de España”. Modesto Lafuente.
“La conquista de Canarias”. (Cuadernos 16).L. Diego Cuscoy, M.A. Ladero, E. Aznar y M. Ballesteros.
“Historia de Castilla: de Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González y otros autores.
“Una batalla olvidada: Collejares 1406”. Pablo López Fernández.
“Madrid, un libro abierto”. Gregorio García-Solans Molina.
 

domingo, 14 de junio de 2026

Enrique III de Castilla. Ya saben: el doliente (I) o lo bueno, si es breve, dos veces bueno

 
 
Trataremos la vida del rey Enrique III de Castilla y primer príncipe de Asturias, con lo que conllevará. Era hijo de Juan I y de Leonor de Aragón (hermana de Martín I el humano rey de Aragón) y fue entronizado niño. Lo cual le permitió reinar un tiempo porque, también, murió joven. Entre los encargados de la educación de Enrique estuvieron Juan Niño y su esposa Inés Lasso de la Vega; el obispo de Tuy, Diego Anaya y Maldonado, que más tarde sería arzobispo de Sevilla; el obispo de Cuenca, Álvaro de Isorna que lo sería de Santiago de Compostela; su confesor el dominico Alonso de Cusanza; y el mayordomo real Juan Hurtado de Mendoza, que fue su ayo.

 
Por su naturaleza enfermiza Enrique III fue apodado “el Doliente”. Tuvo un hermano más joven, Fernando “el de Antequera” por su valor en el asedio a esa ciudad andaluza y que reinaría tras la muerte de Enrique… ¡en Aragón! Enrique nació en Burgos el 4 de octubre de 1379 y su padre Juan I murió, con treinta años, en octubre de 1390, al caerse de un caballo y romperse el cuello. Esto completó la situación catastrófica del reino: tensiones con Portugal e Inglaterra, la hacienda pública arruinada y múltiples revueltas. Pero no nos aceleremos…
 
Enrique III fue casado el 17 de septiembre de 1388 con Catalina de Lancáster, hija de Juan de Gante, duque Lancaster, y nieta, por parte de madre, de Pedro I de Castilla. Es decir, era su prima segunda de quince años. Él tenía nueve. La boda era parte del acuerdo entre Lancaster y Juan I y fue una boda rápida… si pensamos que era fruto del Tratado de Bayona firmado el 22 de julio de 1388. Claro que el matrimonio hubo de ser confirmado más adelante por la escasa edad de uno de los contrayentes. El acuerdo conllevaba la constitución del Principado de Asturias, título que ostentarán en adelante los herederos de la corona de Castilla. Además, se vinculaban esos territorios a la Corona, desposeyendo de sus derechos al infante Alfonso Enríquez, hijo bastardo de Enrique II de Trastamara, que le había otorgado el título de conde de Gijón y de Noreña, cediéndole los señoríos de Gijón, Noreña, Villaviciosa, Ribadesella, Nava, Laviana, Cudillero, Luarca y Pravia en Asturias, además de las Babias y los Arguellos, tierras leonesas colindantes. Alfonso estaba casado con una hija ilegítima del rey Fernando de Portugal y mantenía estrechos vínculos con la corona portuguesa. Señalar que este caballero tenía una larga trayectoria como magnate díscolo y altanero. La boda fruto del acuerdo de Bayona buscaba que, cuando naciese un heredero varón, la dinastía usurpadora de Trastámara quedaba unida a la dinastía legítima del difunto rey Pedro I y se legitimara el trono de Enrique III y su descendencia. Por cierto, la boda fue en la Catedral de San Antolín de Palencia.

 
Enrique III ascendió al trono con once años y su minoría fue turbulenta. Juan I, quizá en una muestra de misoginia terrible que no tenía nada que ver con los 16 años de la reina Beatriz -es ironía-, no le entregó a esta la regencia. Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, ocultó la muerte del rey Juan I hasta que el niño fuese reconocido como Rey por señores, prelados y villas. Así logró evitar que, antes de la proclamación, se produjeran alborotos por los que querían apoderarse de la gobernación de los reinos, entre los que se encontraban los parientes del rey. Dado la edad del rey se convocaron Cortes en Madrid para la segunda quincena de noviembre de 1390. Allí llegaron, tanto para asistir a la asamblea como a los funerales del difunto rey, el arzobispo de Toledo y los maestres de Santiago y de Calatrava, Lorenzo Suárez de Figueroa y Gonzalo Núñez de Guzmán, respectivamente, después de que ambos se jurasen en Ocaña (Toledo) mutuo apoyo.
 
En la primera semana de noviembre, el arzobispo de Toledo se reunió con unos pocos, pero suficientes, nobles y procuradores de las ciudades que habían llegado para proponer que, basándose en las Partidas de Alfonso X, el Sabio, se nombrase una regencia de una, tres o cinco personas, que él encabezaría. ¡Como no! Durante aquella reunión, Pero López de Ayala, cronista y alcalde mayor de Toledo, informó del testamento que había hecho el difunto Juan I en 1385 en Celorico de la vega (Portugal), que guardaba Pedro Tenorio y cuyas clausulas le convenían. Pero también fue rechazado porque Juan I había defendido en las Cortes de Guadalajara de 1390, en contra de su propio testamento, la fórmula de una regencia amplia integrada por representantes de todos los estamentos del reino. Algo así como regencia múltiple que funcionase como una representación de las Cortes. El arzobispo de Toledo no lo quería porque una regencia reducida le facilitaría su control. Además, objetivamente, una asamblea numerosa dificultaría los acuerdos y las rápidas decisiones. Salió la opción de crear un Consejo de regencia apadrinada por el arzobispo de Santiago de Compostela.

 
Mientras tanto, los procuradores que iban llegando presentaban su obediencia a Enrique III. Aunque no todos porque Fadrique, duque de Benavente y hermanastro del difunto Juan I, y Pedro, conde de Trastámara y sobrino del difunto rey Enrique II, no acudieron. Cómo si fuese Puigdemont con Pedro Sánchez obligaron al rey a aceptar sus condiciones para gobernar: conservar todos sus privilegios, títulos y propiedades. Incluidos derechos y rentas que no les correspondían. Un trágala en toda regla.
 
Por fin, en enero de 1391, ciento veintitrés convocados a Cortes se reunieron en la iglesia de San Salvador de Madrid y nombraron un Consejo de regencia integrado por veinticuatro miembros: dos prelados, Pedro Tenorio y Juan García Manrique, arzobispo de Santiago; nueve nobles que eran el duque de Benavente, el conde de Trastámara, Gonzalo Núñez Guzmán (maestre de Calatrava), Pedro López de Ayala; Lorenzo Suárez de Figueroa (maestre de Santiago), Pedro Suárez de Quiñones (adelantado de Asturias y León), García González Herrera (mariscal), Alvar Pérez de Osorio y Ruy Ponce de León; y trece procuradores de las ciudades y villas. Se impusieron al Consejo unas duras condiciones para el buen desarrollo de sus funciones. Entre ellas se le impedía: nombrar corregidores, alcaldes o jueces en las villas a no ser por petición de los vecinos; mandar matar, lisiar o desterrar a persona sin juicio; alargar los pleitos, acallar a los litigantes para que no fueran escuchados; conceder el perdón a los homicidas; imponer tributos que no hubiesen sido otorgados en Cortes o Ayuntamientos; y hacer la guerra sin el acuerdo del reino. Por otra parte, el Consejo respetaría las hermandades establecidas con autoridad del rey; mandaría labrar moneda de buena ley ajustándola a la moneda vieja; y guardaría las ligas o alianzas pactadas por los reyes anteriores. Pero el gran número de consejeros y su disparidad de intereses condenaban al fracaso, desde el principio, al Consejo y, eso que, los prelados y magnates dejaban de formar parte del consejo si se ausentaban de la Corte. Por su parte los caballeros y procuradores alternarían y se relevarían cada seis meses. Las cartas del rey irían firmadas por un prelado, un grande, un caballero, y el procurador de la provincia a que fuese dirigida la carta. Las medidas de carácter monetario fueron una victoria de la pequeña nobleza que capitaneaba el arzobispo de Santiago. Todo tenía un tufillo a que sabían que saldría mal.

 
A principios de febrero de 1391, los regentes empezaron a jurar sus cargos. Pedro Tenorio, enfurruñado, se negó a hacerlo alegando defectos jurídicos. Aunque lo hizo una semana más tarde cuando los demás regentes le exigieron que expusiera sus argumentos en la plaza pública ante los ciudadanos. Pero esto no fue una rendición de Tenorio, sino que su guerra con el presidente del consejo Juan García Manrique continuó. El arzobispo de Toledo fomentó una alianza de parientes del rey integrada, entre otros, por: el duque de Benavente; Alfonso de Aragón, marqués de Villena; el conde de Trastámara; y la reina Leonor, hermana de Juan I que no quería volver junto a su esposo Carlos III de Navarra con la excusa de recibir vejaciones y zascandileaba todo lo que podía. Y podía mucho al ser dueña de un enorme señorío entre Sepúlveda y Roa, cerca de Aranda. Era esposa de Carlos III de Navarra como prenda de paz entre ambos reinos. El grupo de parientes regios fue liderado por el conde de Noreña, Alfonso Enríquez, hermanastro del difunto rey Juan I, que estaba encerrado por orden de éste en un castillo de Pedro Tenorio. El arzobispo de Toledo, en estos momentos, quería desvincularse del encarcelamiento del conde de Noreña y consiguió del Consejo que el conde fuera trasladado a un castillo perteneciente al maestre de Santiago, en la fortaleza de Monreal. Vamos, que endosó la patata caliente a otro.
 
Una de las primeras actuaciones del grupo de los parientes del rey fue la de enviar matones armados a la reunión del Consejo para intimidarlos. También, el duque de Benavente, que había abandonado la corte por un enfrentamiento con el arzobispo de Santiago, intentó introducir tropas en Madrid, pero al no conseguirlo, escapó a sus posesiones. Recuerden que es esta época todavía tenían mesnadas los nobles que actuaban como señores feudales de las películas. Por su parte, el arzobispo de Toledo también abandonó Madrid y se refugió en Alcalá de Henares desde donde escribió cartas a los reyes aliados de Castilla, al papa cismático de Aviñón Clemente VII, a los tutores nombrados en el testamento de Juan I, a las ciudades y a las demás fuerzas políticas castellanas, para convencerles de que el Consejo de regencia era ilegal. Las cartas eran acompañadas de una copia del testamento de Juan I.

 
Durante las sesiones de las Cortes de marzo de 1391 se produjo una falta de autoridad en Castilla por las luchas de poder. Y, cuando uno pierde la autoridad otro la coge. Aunque sea por la fuerza: hubo motines de toda índole, pero, principalmente, contra los judíos. La chispa para estos asaltos la provocaban predicadores fanáticos, como fue el caso del provisor (especie de vicario) de la iglesia de Sevilla Ferrán Martínez, que ya había conseguido a finales de 1290, cuando era arcediano de Écija, la destrucción de las juderías de su ciudad y la de Alcalá de Guadaíra. Martínez detestaba a los judíos, a los que consideraba depósito de todos los males. Los judíos, que eran prestamistas, deicidas y “causaban” la peste focalizaban los odios. Semejantes prédicas hicieron enormemente popular a Ferrán. Y, en un paso más, el clérigo se atribuyó la jurisdicción sobre los judíos de la diócesis, pasando de los sermones a los hechos ya en 1376. Los judíos protestaron ante el rey y Enrique II (1334-1379) amonestó públicamente al arcediano. Como años más tarde Ferrán insistiera en sus prédicas, Juan II le amenazó con duras penas. Y, para prevenir males mayores envió a los Monteros de Espinosa a proteger la judería. En 1383 el conflicto ya había llegado hasta la cúspide del reino. La reina Leonor se puso de parte del clérigo. Martínez siempre se defendió diciendo que sus prédicas no tenían otro fin que servir a la Iglesia y a la corona. Pero la corona le vetó expresamente atacar a los judíos y, la Iglesia, después de un proceso canónico le suspendió en sus funciones eclesiásticas so pena de excomunión. ¿Resuelto el asunto? ¡Ni por asomo! Ferrán esperó su oportunidad que llegó en 1390 con la muerte del rey Juan y la del arzobispo de Sevilla que crearon un vacío de poder. El cabildo de la catedral sevillana, movido por la presión popular, nombró a Ferrán Martínez vicario general. Y el arcediano, inmediatamente, cursó órdenes a todas las parroquias de su diócesis para que destruyeran las sinagogas y se incautaran de todo el material litúrgico de los judíos.
 
El arzobispo de Toledo, reconocido protector de los judíos, consiguió que el Consejo enviase cartas conminatorias ordenando que cesaran las violencias a las juderías. Pero éstas continuaron y sólo se consiguió la destitución del provisor Ferrán. La situación fue aprovechada por los enemigos del Consejo para acusarlo de incapacidad para mantener el orden y falta de autoridad. Ante la situación de insurrección, el arzobispo de Santiago intentó negociar con el arzobispo de Toledo enviándole una embajada a Alcalá de Henares. No hubo acuerdo. Además, Pedro Tenorio, contaba con aliados como: el duque de Benavente, el conde de Trastámara, el marqués de Villena, el conde de Niebla, el maestre de Alcántara y Diego Hurtado de Mendoza, sobrino de Juan Hurtado, que le proporcionaban tropas.

 
La Iglesia consideraba a los judíos como sujeto de evangelización, es decir, que había que convertirlos, pero no potenciaba la animadversión del pueblo. Entre marzo y junio de 1391 Sevilla ardió literalmente contra los judíos. En la primavera de 1391 llegaron ante el Consejo del reino de Castilla los judíos de la corte y contaron las noticias recibidas de la aljama de Sevilla. Las autoridades tomaron cartas en el asunto. El conde de Niebla, Juan Alfonso, y el alguacil mayor de Sevilla, Alvar Pérez de Guzmán, detuvieron a un tipo que se había significado por sus agresiones a los judíos y le hicieron azotar. Con ello esperaban dar un escarmiento suficiente, pero el resultado fue el contrario: el pueblo de Sevilla se levantó, tomó preso al alguacil e incluso trató de matar al conde. El fuego se extendió por Córdoba, Burgos, Toledo, Logroño y otras muchas localidades de Castilla. La corona envió procuradores con orden de sofocar las revueltas, pero la tarea llevó tiempo. Fue una carnicería. Naturalmente, a la matanza siguió el saqueo de las posesiones de los judíos. ¿La religión era un pretexto? ¿Lo dudan?

 
Los que escaparon a las matanzas se acogieron a la protección de los grandes señores, los cuales cobraban a los judíos fuertes sumas para garantizar su seguridad, de manera que la comunidad se empobreció bruscamente. Por lo que parece siempre hay oportunidades para hacer negocios. ¿No cuentan que el judío George Soros cobraba a los nazis por delatar a otros judíos? No fue hasta 1393 que, con la mayoría de edad de Enrique III y el nombramiento de un nuevo arzobispo de Sevilla, se terminó con el liderazgo popular del arcediano Martínez, que fue encarcelado. Pasará poco tiempo entre rejas, pero los sevillanos tardarán diez años en pagar la multa que la corona les impuso. Enrique III restableció en 1393 el estatus judío invocando las antiguas tradiciones, pero aplicó de manera decidida las disposiciones conciliares en relación con la residencia obligatoria de los judíos en barrios señalados, la generalización del uso de la rodela bermeja, y la supresión de los antiguos privilegios judiciales. Por parte de los judíos se dispararon las ya habituales conversiones. No solo por los pogromos sino por una incorporación a la mayoría social. Caso ejemplar fue la conversión, en 1390, del rabino mayor de Castilla, Salomón Ha Leví, que a partir de entonces se llamaría Pablo de Santa María. Con él se convirtió toda su familia, claro.
 
Pero ¿por qué surgieron los pogromos en esos años? Quizá porque estaban agrietándose las bases del modelo feudal con sus vinculaciones personales y grupales y nos dirigíamos a una sociedad edificada sobre la homogeneidad de identidades, intereses y vínculos.

 
Y, mientras el acoso a los judíos seguía, llegaba en abril una segunda embajada del Consejo, esta vez a Toledo, exigiendo que el arzobispo Tenorio -el protector de judíos- volviese a Madrid. Pero también fracaso cuando Pedro Tenorio pidió seguridades ante una supuesta conspiración contra él. Pocos días después, una tercera embajada tampoco obtuvo resultados positivos porque el Consejo pedía que el arzobispo acudiese a Madrid con el testamento, a lo que Tenorio se negó. En los últimos días de abril, el Consejo decidió clausurar las Cortes y ratificar el Consejo de regencia que tendría una vigencia hasta octubre de 1395 cuando el Enrique cumpliese los dieciséis años de edad. Y se le supusiese adulto y capaz de gobernar.
 
A mediados de mayo de 1391, el Consejo de regencia instaló a Enrique III en la segura fortaleza de Segovia. Allí, el conde Pedro de Trastámara se pasó al bando del arzobispo de Santiago cuando exigió al Consejo, y le fue concedido, el nombramiento de condestable (jefe del ejército) que ostentaba el marqués de Villena y que decía haberle sido ofrecido a él por el rey Juan en las cortes de Guadalajara. Es puesto recibía 60.000 maravedís y su falta fastidiaría al de Villena. Con el conde, también cambió de bando la reina Leonor de Navarra.

Firma de Leonor de Trastámara.
 
Mientras tanto, los embajadores llegaban para asistir a los funerales y a apoyar al Consejo de Regencia. Entre ellos acudió el obispo de San Ponce, legado del Papa Clemente VII, que se ofreció al Consejo como mediador en una cuarta entrevista a celebrar en Buitrago entre Pedro Tenorio y Juan García Manrique. Otro fracaso porque el arzobispo de Toledo exigió que primero se disolviera el Consejo y, después, las Cortes eligiesen entre aplicar el testamento de Juan I o aplicar las Partidas de Alfonso X. ¿Respuesta? El Consejo envió una quinta -¡una quinta!- embajada a Pedro Tenorio que se encontraba en Illescas. La formaban el conde de Trastámara y el maestre de Santiago. Nada. Pero nada. ¿Por qué no había acuerdo? Se supo la respuesta a los pocos días cuando el arzobispo de Toledo unió sus tropas a las del maestre de Alcántara, Martín Yáñez, y a las del duque de Benavente en Talavera. ¿Lo recuerdan? Los señores territoriales tenían tropas. Algo que se solucionaría unos cien años después.
 
Para junio de 1391 las rivalidades en el Consejo de regencia permean en los ayuntamientos de las ciudades generando enfrentamientos y luchas nobiliarias entre familias rivales. Y volvemos a Sevilla, donde la familia del conde de Niebla y la del señor de Marchena se enfrentaron por una cesión del cargo de alguacil mayor de la primera familia a la segunda, dando lugar a una crisis de autoridad en la ciudad que fue aprovechada para crear tumultos antijudíos. Al mes siguiente el Consejo se acercó a Valladolid para obtener ayudas en la comarca. La guerra civil estaba a punto de estallar, pues también el arzobispo de Santiago comenzaba a levantar tropas y ofrecía mercedes para obtener partidarios.

 
El concejo de la ciudad de Burgos -agosto de 1391-medío y trasladó al Consejo de regencia un acuerdo que invitaba a los rivales a acudir a unas nuevas Cortes en esa ciudad. Leonor sabía que si la nobleza acudía dividida el poder pasaría a los burgueses y, por ello, buscó la reconciliación. Para llegar al acuerdo, el arzobispo de Santiago estaba dispuesto a hacer concesiones, no así Pedro Tenorio que ya tenía un ejército. Al final, después de varias reuniones, Pedro comprendió las razones de la reina Leonor y accedió a una entrevista en la villa vallisoletana de Perales (hoy inexistente). Allí, ambos bandos aceptaron el testamento de Juan I, pero ampliándolo con el duque de Benavente, el conde de Trastámara y el maestre de Santiago. Es decir, estaría compuesto por: los tres anteriores, el marqués de Villena, el conde de Niebla, el alférez mayor, los arzobispos de Toledo y de Santiago, y el maestre de Calatrava, junto con los seis buenos hombres de Burgos, Toledo, León, Sevilla, Córdoba y Murcia. La Concordia de Perales eliminaba a casi todos los procuradores de las ciudades, pero el nuevo Consejo de regencia tendría que ser refrendado por las nuevas Cortes que se celebrarían en Burgos y que comenzarían en octubre. En septiembre, el arzobispo de Santiago y el maestre de Santiago pusieron en libertad al conde de Noreña para que pudiera entrar en el Consejo de Regencia en una proyectada ampliación, y así contrarrestar la influencia del duque de Benavente. Este hecho provocó el descontento de los parientes del rey.
 
Las cortes burgalesas no pudieron empezar hasta mediados de diciembre de 1391 y la primera discrepancia se manifestó cuando el arzobispo de Santiago pidió, que para elegir el Consejo de Regencia, se mantuviese el testamento de Juan I con la entrada, si hubiera ampliación, del conde de Noreña. Sus contrarios se opusieron porque querían atenerse a lo acordado en Perales. Era una lucha nobiliaria para conseguir el máximo de votos en el futuro Consejo. El duque de Benavente se opuso al arzobispo y Pedro Tenorio se mantuvo al margen. Para avanzar, el tercer estado impuso que las Cortes aplicaran el voto secreto. Ante ello, la reina Leonor maniobró para unir a los nobles convenciendo al duque de Benavente con una nueva propuesta; pero ya era tarde. Unos días antes de la votación, se produjo el asesinato en Burgos de un caballero partidario del conde de Noreña. ¿Quién era el inductor del asesinato? Partidarios del duque de Benavente, decían. Ese crimen impulsó a los procuradores del tercer estado a mantener el testamento original de Juan I, con lo que el duque de Benavente quedaba fuera del Consejo. El duque de Benavente asumió la decisión y, airado, se retiró a sus dominios zamoranos. Ello supuso el alza del poder de las ciudades y, en opinión de la nobleza, una amenaza al poder real.

 
Lo que parecía increíble se consiguió: que acabaran las cortes. Era marzo de 1392. El Consejo envió embajadores a la frontera de Portugal para renegociar la tregua entre ambos, que estaba a punto de concluir. Después inició su trasladó a Segovia. Por el camino, aprovechando la muerte del alcaide de la fortaleza de Peñafiel, el arzobispo de Santiago nombró alcaide a su partidario Diego López de Zúñiga quien mantendría la custodia de tres hijos bastardos del rey Pedro que hacía tiempo se hallaban presos en aquella fortaleza.
 
El arzobispo de Toledo exigió en mayo que se reincorporasen al Consejo el marqués de Villena y el conde de Niebla, que no asistían por diferentes motivos. Todo para cumplir el manido testamento del rey difunto. Pero, muy cuco él, añadió que, si no acudieran, permitieran que él usara sus votos. Con la respuesta negativa de ambos nobles, Pedro Tenorio pidió al duque de Benavente que volviera a la corte para formar una alianza que incluía al conde de Trastámara.

 
El rey Enrique III pasó el verano en Segovia. Con el rey en esa ciudad los partidarios del arzobispo de Santiago colocaron como alcaide al mayordomo real Juan Hurtado de Mendoza. Este cambio enfadó al bando de los familiares del rey con el duque de Benavente a la cabeza, que ya estaba preparando un ejército y una alianza con el rey Juan I de Portugal. Esta marejada política afectó negativamente en las treguas, ya que los castellanos sólo consiguieron una prórroga de dos meses en lugar de una más larga debido a las exigentes peticiones portuguesas. Para resolver el problema, la reina Leonor, ejerciendo de mediadora, llevó al Consejo la propuesta del duque de Benavente de matrimoniar con su prima Leonor, hija del conde Sancho, que llevaba una dote muy importante. La petición fue aceptada, pero el duque se retractó y rompió nuevamente con el Consejo e intentó negociar un matrimonio con una hija bastarda del rey portugués. Ante aquella situación el Consejo negoció con el duque a través de Pedro Tenorio, que sólo pudo hacerles llegar la desconfianza que el Consejo inspiraba al duque. Este recelo se plasmó en Zamora cuando el duque introdujo pequeños grupos de tropas en su castillo, que le era fiel, con la oposición del concejo de la ciudad, partidario del Consejo, que cerró las puertas de la muralla y llamó a los habitantes y al maestre de Calatrava para, junto con sus tropas, asaltar el castillo.
 
A finales de octubre, el arzobispo de Santiago llevó al rey y los regentes a Medina del Campo para controlar Zamora y los movimientos del duque, que se había trasladado, con un poderoso ejército, a las cercanías de Toro. En diciembre, ante una casi inevitable guerra civil, el Consejo volvió a llamar al arzobispo de Toledo para que mediara ante su aliado el duque de Benavente. Pero éste, apoyado en la fortaleza de su ejército, se negó a negociar.

 
Y así estaba la corona de Castilla: revueltas internas y tensión fronteriza con Portugal. ¡¡¡Menos mal que el moro estaba tranquilo!!! Por qué estaba tranquilo, ¿no? Pues… el viejo reino Nazarí de Granada tenía una frontera caliente con su poderoso vecino. No había guerra, pero tampoco paz: algaradas fronterizas, pequeñas incursiones de saqueo (por ambas partes)… sin oscilaciones territoriales. La ciudad de Granada sobrepasaba los 165.000 habitantes y el reino tenía unas 300.000 personas. Había esplendor comercial que no estaba afectado por las luchas palaciegas. Pero murió Muhammed V en 1391. Este rey debía su retorno al trono a Pedro I de Castilla. Pero siempre se negó a deberle nada al castellano. De hecho, intentaba sobrevivir con alianzas frágiles con Castilla o con los benimerines. Incluso había aprovechado el caos castellano para conquistar plazas como Úbeda. Pero, para su heredero, el equilibrio era más difícil: o mantenían la paz con los cristianos pagando en dinero y en tensiones religiosas; o se afirmaba como paladín islámico con el respaldo de los benimerines lo que le enfrentaría a las armas de Castilla. Cada posición tenía un partido en la corte nazarí: Yusuf II, hijo y heredero de Muhammed V, un tipo pacífico y amante de las letras que buscaría la paz, aliado o tributario de los castellanos; y el hijo menor de Yusuf, Muhammad, ambicioso y aguerrido que quería ganar territorio a costa de los cristianos con el apoyo de los benimerines de Marruecos. Los marroquíes sabían que su poder dependía de su influencia sobre el rico reino hispano de Granada, que les garantizaba fluidas vías comerciales. Influían a través de la religión. Si se paran a pensarlo es lo mismo que hoy con la diáspora marroquí o turca en Europa. Incluso en el tema de la compra de voluntades o el chantaje.

 
Yusuf II ascendió al trono en 1391 e inmediatamente hubo una revuelta – “revolución de color” lo llamamos ahora- en Granada promovida por su hijo menor Muhammad, apoyado por los benimerines. ¿Rebelión? ¿Por qué? Por el pacifismo de Yusuf. Este, para contentar a los fundamentalistas, rompió la tregua con los cristianos y atacó las tierras murcianas. Pero no halló calma interna. Yusuf, acorralado, optó por los viejos remedios: cárcel, destierros, ejecuciones... Uno de los perjudicados fue el poeta Ibn Zamrak, que había sido visir del viejo Muhammed V y que ahora daba con sus huesos en la cárcel. Se abrió la caja de los truenos, y la tempestad eliminó a Yusuf en 1392 envenenándolo. A Yusuf II debía sucederle su hijo mayor, Yusuf III, pero este fue apartado del trono por la facción fundamentalista de la corte y encerrado en el castillo de Salobreña. En su lugar fue proclamado rey el hijo menor, Muhammad VII, el hombre de los marroquíes en Granada. Repito, nada que no se pudiese ver en la Unión Europea de Von der Leyen. Muhammad consolidó su poder con un doble tratado de paz: con Castilla y con los benimerines. Parecería que lo que ayer era humillación del islam hoy era pragmatismo y deseos de paz. Pero sus verdaderas intenciones no eran nada pacíficas: la tregua con Castilla no tenía otro objeto que ganar tiempo para lanzar una gran ofensiva.
 
La variable que no controlaba era que la Castilla de Enrique III no era el débil reino de las guerras civiles anteriores. Aunque no quitaba que fuese una “jaula de grillos”. En diciembre de 1392, Muhammad VII, con el pretexto de las incursiones de almogávares cristianos en su territorio, atacó con un poderoso contingente de tropas la comarca de Lorca e incendió Caravaca, obligando a la población de ésta última a refugiarse en el castillo. A su regreso, con abundante botín, la expedición nazarí fue sorprendida y derrotada por las tropas castellanas. Tras este acto hostil… la tregua se mantuvo.

 
¿Y eso? El Consejo de regencia estaba a otros asuntos mucho más importantes para ellos. Al fin y al cabo, eran políticos y el bienestar del pueblo y la nación siempre les es secundario. En enero de 1393, como último recurso, el Consejo presentó su dimisión y puso la regencia en manos de Juan Hurtado de Mendoza y de los procuradores de las ciudades. Pero el duque de Benavente no aceptó y recurrió a las armas para apoderarse de Zamora. Esto le valió la deserción de varios de sus capitanes. Al final lo intentó en febrero de 1393 pero las tropas del maestre de Calatrava se lo impidieron y el duque de Benavente, derrotado, tuvo que abandonar sus tierras al tiempo que Enrique III y los regentes entraban en Zamora en medio de un gran recibimiento.
 
El arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, viéndose aislado en el Consejo, anunció su regreso a su diócesis, siempre y cuando se cumpliesen las promesas realizadas. A saber: compensar económicamente al duque de Benavente y permitirle volver a sus señoríos, con la obligación de prestar auxilio militar al rey siempre que fueses necesario; nombrar almirante de Castilla a Diego Hurtado de Mendoza; y camarero mayor a Juan Fernández de Velasco. El Consejo sólo aceptó la petición referente al duque. Decisión que no satisfizo a Pedro Tenorio. Ante unos rumores de que el arzobispo de Toledo pretendía organizar una revuelta con Fernández de Velasco, el Consejo ordenó encerrarlos en el castillo de Zamora. Posteriormente, cuando fueron liberados mediante entrega de rehenes, el arzobispo de Toledo pronunció un entredicho (prohibición del uso de santos oficios y/o sacramentos) y excomunión sobre la corte y las diócesis de Zamora, Palencia y Salamanca. ¡Con dos…!

 
En la primavera de 1393, el arzobispo de Santiago estaba en la cima del poder. Había evitado la amenaza de guerra con Portugal firmando una tregua por quince años, aunque bajo condiciones desfavorables, había anulado políticamente a Pedro Tenorio y dominado a casi todos sus enemigos. Lo de las nuevas treguas incluía que el rey Enrique, o sus herederos, no apoyasen a la reina viuda Beatriz, ni a los hijos del rey Pedro y de Inés de Castro, Juan y Dionís, en sus pretensiones sobre Portugal. Ofrecía a Enrique, también, no ayudar a los enemigos de Castilla. Para completar su tarea el arzobispo de Santiago, viajó a Tordehumos (Valladolid) donde sobornó al duque de Benavente para que regresara a la corte al lado de Enrique III.
 
En julio de 1393, el obispo de San Ponce, actuando nuevamente de legado papal, volvió a Burgos y levantó el entredicho y la excomunión dictados por el arzobispo de Toledo. Como consecuencia de ello, Enrique III tuvo que comprometerse a reparar los perjuicios hechos a Pedro Tenorio. Con ello, parecía, erróneamente, que se terminaban las luchas entre las fuerzas políticas castellanas. El dos de agosto, durante una reunión del Consejo en el monasterio burgalés de Las Huelgas, Enrique III, alentado por sus consejeros Diego López de Zúñiga y Juan Hurtado de Mendoza, decidió asumir el gobierno dos años antes de lo estipulado y sin el consentimiento de las Cortes. Para la Iglesia, los 14 años eran mayoría de edad. (¡Cómo se enteren algunos partidos españoles tenemos la edad de votar a esa edad!) No obstante, se sabía que no se tenía la madurez suficiente como para llevar un reino. Puede que la causa de obtener la mayoría de edad fuera el deterioro del prestigio del gobierno del arzobispo de Santiago, que con sus actuaciones había minado la autoridad de la Corona, había provocado el descontento por el reparto de prebendas entre sus aliados y porque los nobles habían comenzado a unirse para ir contra él. Que pena. Un arzobispo que un par de meses antes se sentía invulnerable ahora… ¡Le hacían un Rajoy!

La Huelgas Reales de Burgos.
 
¿Estaría contento con irse? Porque el Reino estaba en una situación lastimosa. Los tutores andaban desavenidos; cada cual, por hacerse adeptos, prodigaba mercedes, rentas y tenencias de castillos; se perdían en estos menesteres hasta treinta y cinco millones de maravedís; las rentas del reino no lo podían soportar, y los mismos regentes reconocían que la administración estaba en desorden y el estado caminaba hacia su ruina. Creo que ese dos de agosto de 1393, en el monasterio de las Huelgas de Burgos, sentado en su trono real, con presencia del legado pontificio, del arzobispo de Santiago, del duque de Benavente, del maestre de Calatrava, y de varios otros señores y caballeros, Enrique III empezaría a sufrir por su reino. ¡Igual lo de “el doliente” no era solo por su delicada salud! Allí dijo públicamente que cesaban los tutores y regentes en sus cargos, y que nadie sino él gobernaría el reino en lo sucesivo. El arzobispo de Santiago pronunció un discurso pintando con los colores más favorables que pudo los actos de la regencia -¡Qué cuajo!- , y el rey expidió cartas convocando a cortes generales en Madrid para octubre de 1393 en que cumplía los catorce años.

 
Fin de la primera parte. La próxima semana relataremos los años de edad adulta de este Trastámara.
 
 
 
Bibliografía:
 
“Historia de España”. Colección de editorial SALVAT.
“Atlas de historia de España”. Fernando García de Cortázar.
Web Reyes Medievales. 
Real Academia de la Historia. Historia Hispánica.
“Historia general de España”. Modesto Lafuente.
“La conquista de Canarias”. (Cuadernos 16).L. Diego Cuscoy, M.A. Ladero, E. Aznar y M. Ballesteros.
“Historia de Castilla: de Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González y otros autores.
“Una batalla olvidada: Collejares 1406”. Pablo López Fernández.
“Madrid, un libro abierto”. Gregorio García-Solans Molina.