¡Cómo
nos gustan las historias de ladrones de tubas! Recuerdo leer con placer “El
ladrón de tumbas” de Antonio Cabanas o alguna de las novelas de la serie sobre Egipto
de Christian Jacq pero nunca imaginé que esas historias podrían vivirse en Las
Merindades. Y no, no estoy hablando de domingueros armados de detectores de
metales que descontextualizan hallazgos de escaso valor monetario para engrosar
estúpidas colecciones privadas.
Debemos
desplazarnos hasta el año 1707 cuando se abrió una causa penal contra los
agricultores Domingo López; Manuel Zorrilla y su esposa María Ruiz de Andilla; Simón
Fernández y María Zorrilla, su mujer; Bernardo Fernández, hijo de los
anteriores; y contra Ángela Galaz que se jactaba de ser zahorí en Medina de
Pomar. Pero una zahorí que no parecía estar especializada en encontrar
corrientes de agua para hacer pozos sino -según la RAE- en “encontrar cosas”.
La señorita Galaz ya tenía fama en Medina de Pomar de encontradora de tesoros.
¿Cómo
conocemos este asunto? Gracias a los documentos del archivo de Villarcayo que
se han salvado del hambre de roedores y de la estulticia de humanos que sólo
veían papeles viejos para la chimenea. Una pena porque hoy estos vetustos
combustibles son vistos como verdaderas joyas. Y, también, gracias a la
concejala del ayuntamiento de Villarcayo, Rosario Martínez, que transcribió
este proceso. Se lo debemos agradecer, y mucho, porque la letra del escribano
que completó los legajos es difícil, muy difícil, de interpretar.
Aquellos
eran años de guerra civil por mor del testamento de Carlos II (1661-1700) -el
hechizado- que entregó España a la dinastía Borbón que ya gobernaba en Francia.
En ese entorno, Manuel Zorrilla, vecino de la Roza de Bocos, en un viaje a Medina
de Pomar el 29 de septiembre de 1706, les propuso a sus vecinos José González y
Domingo López reunirse con Ángela Galaz en Medina de Pomar para convencerla de
utilizar sus artes de zahorí para entrar a la cueva crecida de Hondo, un lugar cuya
ubicación hoy desconocemos. José González no se atrevió y no quiso sumarse a la
aventura a pesar de necesitar el dinero.
El
uno de noviembre de 1706, o fecha próxima, Manuel Zorrilla trajo a Ángela desde
Medina de Pomar. Esta estuvo en Bocos una semana o así. Una muestra de que
intentaba que la muchacha pasase desapercibida fue que, en contra de su
comportamiento habitual, Manuel intentó alejarse de sus vecinos cuando salía
con sus bueyes. Quizá porque se paseaba con la zahorí por distintos lugares para
marcar dónde podría haber tesoros. Seguro que tenían en mente las leyendas de
las cuevas de los moros o los tesoros escondidos por los judíos expulsados en
1492. Al parecer, en el término de Casares encontraron una
pila llena de perlas después de varias noches abriendo tumbas y dejando huesos humanos
a la intemperie. Supongo que escogieron el lugar por los enterramientos más que
por las capacidades sobrenaturales de Ángela. Debemos puntualizar que esas
tumbas habían sido “descubiertas” recientemente al ser un terreno agreste,
lleno de malas yerbas e inútil. Un argumento para afirmar que habían encontrado
esa pila de perlas era que, sino no hubieran levantado sepulturas ni huesos “porque
de estos no necesitaban”. Pura contradicción.
Pila bautismal visigoda
Después
de encontrar la pila de perlas se reunieron Domingo López, Bernardo Fernández,
Manuel Zorrilla, María Ruiz y Ángela Galaz en casa de Simón Fernández para
buscar la forma de traer la pila. Dijo Bernardo Fernández que lo hicieran con
un carro porque la pila pesaba mucho. Los demás no estaban de acuerdo porque,
decían, eso costaría mucho. De esta reunión dedujeron durante el juicio que
todos eran igualmente partícipes en el delito. Poco se imaginaban que “el
toribio”, tocando las campanas de la iglesia, había visto luz a deshoras en la
casa de Simón. Y lo contaría.
Finalmente,
trajeron la pila de perlas -¿en carro?- a Bocos. ¿Por qué cogieron toda la pila y no
solo las perlas? Porque, lo más seguro es que, las perlas no estarían “dentro”
de la pila bautismal sino decorándola y les resultaría más cómodo y seguro
romperla en la casa de alguno de los implicados y no en un descampado. La
existencia de una pila bautismal implicaba que hubo un templo. En este sentido,
algunos investigadores adscriben la iglesia de Casares a San Andrés. En el
proceso judicial no se indica de qué material estaba hecha la pila, ni su
tamaño, ni su peso. O no lo hemos descifrado o se lo comieron los roedores. Se
supone que sería grande cuando era necesario un carro para transportarla. Eso
sí, se dice que la llevaron a Villarcayo a casa de José Gómez de Escalante. ¿No
la llevaban a Bocos? ¿Por qué no se procesa a José?
(Cortesía de Condado de Castilla)
Pero
no solo expoliaron ese lugar. Les debió resultar tan fructífera la aventura de
Casares que estuvieron en una tumba en Santa Centola una noche mucho antes de
amanecer como corroboraron varios testigos. Uno de ellos era José González,
aquel vecino que estuvo con Manuel y Domingo en Medina de Pomar, que vio luz en
Santa Centola desde Salazar. De hecho, cuenta otro de los testigos que cuando
vio una luz donde la ermita de la santa “causándole pavor porque no se
atrevió a irla a registrar y no se duda que era por manifestar tesoros porque
de otra suerte a tales horas no hubiera luz”. Vio una luz, no a ellos.
Una
precisión sobre Santa Centola y es que no se está refiriendo a la famosa ermita
de Valdelateja sino que se hablan de un despoblado actual en Campo pero a
cincuenta metros del límite con La Quintana de Rueda. Hoy está casi olvidada
esta ermita cuya advocación se generaliza en el siglo IX. Si lo visitan, sin
detector de metales, es un yacimiento arqueológico datado en la Baja Edad
Media. Curiosamente al año siguiente de la profanación de los de Bocos se
produjo la habitual visita diocesana anotándose que debían reparar la pared en
que estaban las campanas y arreglar la puerta. Dependía de la parroquia de San
Juan de Campo.
Fuente Google
Sondearon,
también, una granja de religiosos de San Bernardo según declaración de Antonio
Saravia (31 años) -Yerno de Simón- que recibió la información por parte del
Licenciado Álvarez, antiguo Capellán en Medina de Pomar y, en aquel momento, cura
beneficiado en otra villa. Dijo el licenciado Álvarez, que Simón Fernández,
Domingo López, Manuel Zorrilla y Bernardo Fernández habían ido a una granja de
los religiosos del Monasterio de Rioseco que llaman Zelada con Ángela Galaz -¡muchacha
que era sobrina de dicho sacerdote!- y de allí fueron a la ermita de San
Cristóbal. Antonio preguntó al cura Álvarez si los de Bocos habían encontrado
algo y este respondió que habían cavado en varios lugares y que le llevaría a
verlo. Las dotes de la zahorí se emplearon, a su vez, en la sierra de La Tesla;
en aquella cueva “muy honda” no localizada; y en la villa de Villarías, siempre
de noche. Evidentemente, en todos estos lugares actuaron como un elefante en
una cacharrería.
La
aventura en La Tesla les entretuvo durante cuatro días, que fueron los que una
yegua de Simón Fernández estuvo desaparecida, y en Villarías sólo pudieron
estar una noche porque los lugareños pusieron guardas y ya no volvieron más
allí. Para justificar la falta de la yegua, por si se lo preguntan, Simón dijo
que el pastor la había extraviado. Pero, es que, también faltó esos días Simón
según testimonio de Gregorio de Rueda. Aunque peor fue el testigo Antonio
Saravia que había oído decir a José González que una criada de Simón Fernández
había oído que estando en su casa junto a Manuel Zorrilla, Bernardo Fernández y
Domingo López habían hablado de cómo traer una pila y Bernardo dijo que en un
carro a lo que Manuel Zorrilla dijo: “¡Calla, hombre, que cantará y nos
oirán!”. Antonio Saravia siguió “piando” y confesó haber oído a María
Zorrilla, mujer de Simón Fernández, que había llevado a su casa a Ángela y
escondido cinco reales de a ocho en plata y, preguntándola, le dijo que no los
había hallado.
Por
otra parte, los saqueos de tumbas alto medievales no les debió generar mucho
beneficio porque no había ajuares abundantes. Así que entendemos la respuesta
de Manuel Zorrilla a Antonio cuando yendo para su casa una noche y siendo
preguntado cómo iba la caza del tesoro respondió aquel: “Calla, hombre, que
la fortuna ha sido contra nosotros, que no ha aparecido cosa alguna”. Lo
raro de esta conversación es que, si todo era tan secreto, ¿cómo es que Antonio
sabía del tema y, si era así, por qué se subraya que los implicados lo llevaban
con mucho secretismo?
Uno
de los testigos que hablaron con el alcalde de Bocos, Manuel de Pereda, para el
proceso aseguró que, una noche, de la casa de Simón Fernández salió gente con
un tizón de lumbre metido en una olla y María Zorrilla su mujer dijo: “No
vayáis por donde casa de Gaspar de Balmaseda porque ha de ladrar la perra y
hacer ruido”. Entre esa gente se indicaba que estaba la zahorí. Vemos así
que trataban de que sus vecinos no sospechasen, pero ¿qué iban a hacer cuando
mostrasen la riqueza fruto de las perlas? Gregorio de Rueda (51 años), vecino
de Bocos, dijo que había oído a Antonia López que una noche por los Santos de
1706 habían salido a deshoras de casa de Simón Fernández este, Bernardo
Fernández y Manuel Zorrilla a quienes acompañaba Domingo López con un tizón de
lumbre. Otro testigo dijo que “había oído a Antonia López, mujer de Bernardo
García, que viniendo para su casa desde la del Mesón a horas extraordinarias
había visto por el Día de los Santos [de 1706] que salieron de casa de
Simón Fernández embozados y con un tizón de lumbre metido en una olla y que
después se había atrevido a decírselo a su marido”. Como se lee fuentes
directas.
Otros
testigos señalaron que en una cueva llamada “del raposo”, localizada cerca del
lugar donde se descubrieron las sepulturas, se habían cometido actos inmorales.
Ya, pero, ¿cuáles?
¿Cómo
se les descubrió el pastel para las autoridades? No nos lo deja claro, pero uno
de los testigos, Toribio de 64 años, sin parentesco con los acusados, dijo “haber
ido a sallar unas avenas y reparó sobre lo cavado y descubierto de sepulturas
antiguas y vio al principio de la peña unas que estaban con huesos al parecer
de hombres y desde la acordanza en el sitio que llaman de Casares nunca vio se
labrase ni cultivo, que puede ser por ser una peña y que el lugar era terreno
abierto y pasto común”.
Solo
sabemos que se celebró un juicio por estos hechos. El acusador, fiscal, fue
Pedro García de Llanos que tenía el cargo de justicia de Bocos. Se les acusaba
de haber roto sepulturas antiguas en el término de Casares, de haber sacado una
“pila llena de perlas”, de haber ido a Santa Centola, la Tesla, a una
cueva muy honda, a una granja de los religiosos de San Bernardo, a la villa de
Villarias de noche… donde causaron grandes destrozos. Para la acusación
-usaremos el término fiscalía- los testigos eran personas honradas, buenos
cristianos, temerosos de Dios y de sus conciencias y nunca mentían. Pues vale,
tío. Pero la defensa recusaba a Pedro García porque “es émulo y enemigo
declarado de mis partes y tal se reconoce de las declaraciones de mis testigos
que concluyen haberle oído decir en público que habría jurado en falso en esta
causa”. Durante el proceso Domingo López, Manuel Zorrilla y Bernardo
Fernández estuvieron presos en la cárcel.
Embargo a Manuel Zorrilla
Los
acusados fueron condenados a pena de prisión y embargo de bienes, aunque la
defensa siempre argumentó que sus defendidos eran inocentes y que los testigos
habían calumniado, pidiendo la liberación de los acusados. En un escrito del 9
de abril de 1707 firmado por un abogado apellidado Saravia Rueda, se dice que
las partes aceptan lo favorable y niegan lo demás. Con la información sumarial
pide revocar el auto de prisión y el embargo de bienes por defecto y que se
deje libres a sus representados Manuel Zorrilla, Domingo López y Bernardo Fernández
porque “las costas y gastos y larga prisión se les han seguido a mis partes
muchos daños en sus labranzas los que les estiman en más de cuatrocientos
ducados […] que desde luego ponen en demanda […] que piden que
sean condenados los autores de la calumnia y porque además de esto protesto en
nombre de mis partes”. La defensa insistió que la mala labor del fiscal se
reflejaba en que los acusados no tendrían que haberlo sido en razón del
“provecho no poseso”. Algo así como que no habían hallado nada que les diese
beneficio alguno.
Manuel
Zorrilla lo pasó mal después de la sentencia teniendo que dejar sus tierras de
labranza y pasar a ser jornalero. Sus bienes no fueron suficientes para el pago
de la multa enfrentándose a varios acreedores. Además, debió vender lo que
podía para sobrevivir al día a día y pagar su defensa. Simón Fernández se la
juró a su yerno y vio cómo se ponían a la venta algunos de sus bienes para
cubrir la sanción.
Embargo de Domingo López
Por
último, ¿Qué fue de la pila bautismal de las perlas? Y, ¿Cómo es que había
perlas en ese humilde yacimiento? Era algo raro porque las piedras preciosas y
las perlas tenían una importancia destacada en las joyas medievales. No solo embellecían,
sino que tenían poderes mágicos y curativos. El uso de piedras preciosas y
perlas en las joyas era un privilegio de los ricos y poderosos, y a menudo
simbolizaba el favor divino y la autoridad terrenal. Las perlas se consideraban
un símbolo de pureza y a menudo se asociaban con la Virgen María. Además, eran
especialmente populares para collares, pendientes y como adorno de la ropa. Quizá
adornaron la pila con las perlas obtenidas de las cuentas de un rosario. Quizá.
O
quizá nunca existió esa pila de las perlas y todo fue un proceso kafkiano en el
que unos aprendices de Indiana Jones perdieron sus ilusiones, su libertad y su
patrimonio.
Bibliografía:
Periódico
“Crónica de Las Merindades”.
“Las
Siete Merindades de Castilla Vieja. Castilla Vieja, Sotoscueva, Valdeporres y
Montija”. María del Carmen Arribas Magro.
Documentos
del archivo de Villarcayo.
Transcripción
de los Documentos del archivo de Villarcayo por Rosario Martínez.
Condado de Castilla.