Encontraremos
la Peña del Mazo al noreste del pueblo de Pajares tras avanzar por una cómoda
pista. El yacimiento ocupa una meseta, de unos cien metros cuadrados en
pendiente, y la pared sur de un espigón rocoso que forma parte de la Sierra de
Arcena. La pared norte es un cortado vertical inaccesible de unos cincuenta metros.
Este tipo de hábitat enrocado es fruto de la inestabilidad producida por el
derrumbe del estado en el Imperio Romano Occidental y, posteriormente, por los
ataques musulmanes a la Castella Vetula de los primeros siglos altomedievales (siglos
VIII hasta primera mitad del XI). Llegada la calma se abandonará la Peña del
Mazo y los residentes descenderán al valle.
A
unos 200 metros se encontraba Bergaza, que hoy es un despoblado, y que se
documenta en 1193 en una pesquisa durante el reinado de Alfonso VIII a través
de su iglesia dedicada a San Juan, que era un monasterio con funciones de
parroquia en la Alta Edad Media. Relata Argaiz que el monasterio de San Juan
estaba situado entre Vergara y Plágaro y que pertenecía a San Millán de la
Cogolla. En 1278 Gonzalo Pérez de Bergaza hizo de testigo en una pesquisa sobre
las heredades que tenía el monasterio de Vadillo en Zangandez. Se vuelve a
documentar en 1410 cuando Catalina Pérez, su hija y su yerno venden un solar de
casas tejadas y otras heredades en el lugar de “Vergasa” por 30.000 maravedís. Con
el tiempo quedó una ermita denominada primero de San Esteban y luego de San
Justo, desaparecida definitivamente en 1724.
El
yacimiento de la Peña del Mazo fue parcialmente excavado en la década de los
setenta por el equipo de arqueólogos de Alberto del Castillo. Entre los años
2004 y 2005 se analizó casi toda la peña, unos 4.500 metros cuadrados por
Aratikos Arqueólogos.
Sabiendo
todo esto vamos a acércanos a la Peña del Mazo. Por el camino observamos
claramente, en la pared sur, dos oquedades superpuestas a las que se accederá a
través de una rudimentaria escalera tallada. Algunas dataciones de radio carbono
dicen que esta peña estuvo ocupada desde principios del siglo VI y hasta
mediados o finales del siglo VIII. Aunque otros trabajos indican dos fases de
ocupación con diferentes actividades durante cada una de ellas. Un periodo en la
tardo-romanidad (siglos IV-V), a la cual corresponden siete tumbas y dos
estancias semirrupestres al noroeste y noreste del roquedo; y otra época
altomedieval (siglos VIII-XI) en la que tenemos una iglesia parcialmente rupestre
y la necrópolis de lo alto del promontorio.
Respecto
a las oquedades excavadas en la pared sur, la inferior tiene tres metros de
boca, 2`5 metros de profundidad y 1`5 metros de altura y en su interior se han
documentado siete tumbas excavadas en la roca, tres de ellas cubiertas de
sedimento. La cuevilla superior tiene dos metros de boca, uno de profundidad y uno
y medio de altura. Estos dos habitáculos de la pared sur podrían vincularse a la existencia de grupos de eremitas o de solitarios anacoretas que pudieron
servir a la posterior instalación de comunidades monásticas o establecimientos
religiosos rurales de mayor envergadura, ya que es muy común la presencia de
cámaras talladas en la roca junto a iglesias construidas. Uno de los
habitáculos tiene una clara función sepulcral lo que no presupone que originariamente
fuese un cementerio. Pudo ser un lugar de oración aislado y privado y al cabo
del tiempo, posiblemente en la etapa de mayor auge de la necrópolis de la roca
superior, ser reutilizado como panteón. Esta es la opinión que defiende la
mayor parte de los estudiosos que han afrontado este tema. La cuestión es saber
para quién estaban reservadas estas sepulturas. ¿Para personajes destacados
dentro de la vida social o religiosa de esta comunidad? Estas oquedades se
conectaban con la zona superior del farallón mediante unas escaleras talladas
en la roca.
Tenemos
claro el momento de la primera ocupación tardo-romana al encontrarse abundantes
restos arqueológicos en los niveles de abandono y en los derrumbes asociados a
un marcado corte de la roca en el sector noroeste de la peña. Son restos de tejas
romanas y cerámica a torno común vistos en otros yacimientos de los siglos IV y
V. Consta una estancia que aprovecha las diferencias de cota y las oquedades de
la roca para tallar un corte longitudinal, muy marcado, de 250 cm de longitud y
18 cm de altura que sigue la pendiente natural de la peña (Referencia: UE 116).
El resto de la estancia queda definida por la pared natural, irregular y menos
precisa, que tiende a cerrar una estancia rectangular con unos dos metros
cuadrados de superficie. En el sector oriental de este recinto, aprovechando
que la base rocosa está más elevada, se documenta una zona de habitada presidida
por un hogar dado el sedimento gris de composición cenicienta y los abundantes
fragmentos de cerámica común. En el sector oeste de la estancia, a una cota más
baja, hay cinco piedras alineadas, bloques grandes y sin desbastar, paralelo al
corte que define la estancia rupestre. Mide 140 cm de longitud y que sería la
hilada de base de un murete de dicho recinto.
Este
habitáculo tiene otro seguido que aprovecha una amplia y profunda grieta
natural. Las paredes de esta fosa son irregulares y asimétricas y la base
apenas tiene superficie, pero en algún punto pueden intuirse repicados muy
superficiales que posiblemente se hicieron para regularizar la pared. Diríamos
que fue un espacio auxiliar al primero. No se conserva el alzado de los muros,
pero supondremos que esta construcción excavada en parte estuvo recrecida con
piedra en la zona del zócalo, ya que en la sucesión de derrumbes documentado en
este sector abundan los bloques de arenisca sin desbastar.
En
alguno de los depósitos sedimentarios tardo-romanos hay cerámica, tejas y
ladrillos triturados. Su presencia por otros sectores de la peña permite interpretar
otros cortes rupestres como dependencias domésticas de este periodo. Tal sería
el caso de la referencia del mapa de Aratikos UE 129, situado en el sector Noreste,
el más elevado de la peña, dado que fue una zona muy alterada por la necrópolis
medieval.
Un
caso similar plantea otra explanación de gran envergadura en torno a la
referencia del mapa de Aratikos UE 104. Aquí se documenta un amplio corte
angular rupestre que delimita una superficie amplia, diáfana y perfectamente
nivelada; en origen tal vez superaba los treinta y dos metros cuadrados y
llegaba hasta el mimo borde de la peña, pero ha sufrido un deterioro progresivo
y ahora es difícil determinar su perímetro. Se documentan varios hoyos para
encajar vigas a lo largo de toda la base interna del corte. Se trata de los
únicos restos visibles de una estructura que pudo tener alzado de madera. Sus
dimensiones, la ausencia de cualquier vestigio de carácter doméstico y su
emplazamiento –el más destacado de toda la peña junto al borde sur-, nos
permiten plantear que tal vez fuera una construcción para ejercer el control de
este sector del valle en época tardo-romana. ¡La famosa Turris! Una turris
semirrupuestre que contralaría un paso (meatus) que ascendería la Sierra de
Arcena Y que dominaría visualmente casi todo el valle de Tobalina. En época
medieval se tallaron varias tumbas aprovechando que se la superficie ya estaba
nivelada.
A
este primer momento de ocupación hay que asociar las siete tumbas de lajas –las
únicas de estas características en todo el yacimiento- documentadas en el extremo
noroeste, en la parte baja de la plataforma, en el mismo ámbito donde se ha
documentado la estancia doméstica con hogar. Sólo en esa zona permite excavar
tumbas de estas características. Además, se ha comprobado que cuando se
abandonó esa estancia se aprovechó parcialmente para colocar alguna de las
tumbas. Están construidas con una o ambas paredes de lajas hincadas de canto,
aunque, algunas tienen la base de la pared tallada en la roca y después se
recrece mediante una sucesión de lajas colocadas en horizontal que pueden estar
calzadas con fragmentos de teja. En tres fosas la cabecera está delimitada por
una teja curva entera de gran envergadura (la imbrex) hincada
en vertical que sobresaldría de la tumba a modo de lápida. Es muy posible que
las otras hayan perdido este elemento identificativo ya que se documentan
fragmentos de teja de similares dispersos por todo este espacio. El eje de
estas piezas está recorrido por una o varias líneas onduladas y paralelas realizadas
con dedos. Además, algunas sepulturas también presentan un fragmento de teja
curva para cerrar los pies de la fosa. Por último, también es muy cuidado el
sistema de “orejeras” -tejas o lajas de piedra- que permiten mantener la
posición forzada de la cara del inhumado mirando en dirección este, hacia la
salida del sol. Hecho comprobado gracias a la abundancia de restos humanos
encontrados en las fosas de las diferentes épocas estudiadas en la Peña del
Mazo.
Podemos
pensar que, tras esta primera ocupación romana tardía, un sector de la peña se
transforma en cementerio. Y como tal asociado a un templo que se mantendrá en
época medieval. Pero, la existencia de ese templo no implica una ocupación
continuada desde el Imperio. Eso sí, las poblaciones que hubo en el Valle de
Tobalina durante época romana estuvieron siempre asociados a recintos
militares, normalmente de pequeño tamaño, que se instalaban en puntos
estratégicos para control del territorio, de las vías de comunicación y de los
recursos naturales. Será en un momento posterior cuando estos establecimientos
se despojan de su carácter militar para convertirse en aldeas estables. Lo que
comentábamos en el inicio de la entrada.
En
la fase de ocupación altomedieval tenemos estructuras construidas y excavadas
en la roca que avalan una ocupación posterior a la tardo-romana. La iglesia es
la principal protagonista. Conserva en pie la base de todo su perímetro y se
distinguen dos tipos de fábrica. Además, los distintos rebajes, entalles y
subestructuras de su interior son indicadores de transformaciones en su
estructura.
Ante
nosotros tenemos una planta inicial cuadrada con una superficie interna de dieciséis
metros cuadrados y acceso en el muro sur. Antes de levantar los muros se repica
todo el perímetro y sobre esta superficie nivelada se alzan las paredes
construidas con grandes lajas de arenisca. Muy posiblemente solo se empleó
piedra en el zócalo y, para el resto, tapial o madera. Dentro se marcan dos
espacios separados por un escalón. Así el santuario está al este, con la base
repicada en la roca y sobre elevado respecto a la nave. En él destaca un bloque
macizo, bajo y estrecho integrado en el propio muro testero. El hoyo que aparece
en su parte frontal serviría para encajar un poste con el que tener un apoyo más
estable para el altar y conseguir mayor amplitud y altura en la mesa. La
posición del altar implica que el oferente solo podía oficiar de espaldas a los
fieles. Por otro lado, los dos hoyos laterales colocados en una posición más avanzada
permitirían encajar el poste de sujeción de sendas cancelas, diferenciando y
reservando de esta manera el santuario del resto del templo.
En
una segunda etapa este cuerpo original se alarga hacia el oeste y hacia el norte
dando lugar a una nave rectangular de mayor capacidad (medidas internas: 4 x 6
m). Sus muros eran de ochenta centímetros de anchura construidos mediante el
sistema de doble paramento con relleno de ripio. El muro testero se coloca
sobre la base del muro del edificio anterior y el resto directamente sobre la
roca. En acceso anterior se ciega y se traslada al extremo oeste de ese muro
sur. Avanzan el altar que coincidiría con el encaje situado más adelante,
tangente y centrado respecto escalón que antaño separaba la nave del santuario.
Se trataría de un altar de mesa que permite oficiar de cara a los fieles. Al
analizar las proporciones del templo se observa que dicho hoyo queda
descentrado y, sin embargo, coincide perfectamente con el eje central del
primer edificio. A pesar de las numerosas huellas y entalles que circundan todo
el templo, se duda sobre la existencia de un pórtico.
La ampliación del templo pudo producirse por el incremento de la población, adecuación de la iglesia a la liturgia romana o algún fallo constructivo que
obligara a una reestructuración de la planta que afectó a la organización de
los espacios litúrgicos. Posiblemente la mayoría de los cambios se producen en
un mismo momento y, como hipótesis, dicho momento fue tras la obligatoriedad de
cambiar la liturgia mozárabe por la romana (Concilio de Burgos, año 1080. Bajo
el reinado de Alfonso VI). Podríamos asociar el templo primitivo -la pequeña
aula de 16 metros cuadrados-, a la fase tardo-romana, hacia el siglo V, ya que
las tumbas de lajas necesariamente tendrían que estar vinculadas a un lugar de
culto. Pero la mayoría de los estudiosos asumen que la evangelización en Las
Merindades empezaría en los siglos VI y VII. ¿Entonces?
Quedan
restos constructivos de un edificio de grandes dimensiones (rectángulo de unos
quince metros cuadrados) adosado a los pies del templo. La base del muro
occidental de la iglesia no presenta ninguna apertura y, por tanto, hay que
suponer que no había comunicación directa entre ellos, a no ser que fuera en
altura.
Las
tumbas altomedievales encontradas se distribuyen por toda la superficie de la
peña, casi 4.500 metros cuadrados en el que se documentan 103 sepulturas, las siete
de lajas ya analizadas y el resto excavadas en la roca, aunque existen indicios
de haber empleado mampuestos para completar la estructura en algunas. Curiosamente,
las tumbas más alejadas del templo en dirección este son más complejas. Esto hace
suponer que el periodo de ocupación de la necrópolis dentro de esta fase
altomedieval fue amplio. Las sepulturas excavadas son: 8 rectangulares; 46 en
forma de bañera; 41 antropomorfas; y una de difícil interpretación. Las
cabeceras son cuadradas en 52 tumbas, rectangulares en 9, redondeadas en 27,
con forma de herradura en 4 e inidentificable en otras cuatro. Han sido
asignadas treinta y una a adultos, veintiocho a jóvenes, treinta y siete a
infantes y dos sin determinar. Aparentemente la población adulta e infantil en
el asentamiento era muy similar, lo que resulta anormal porque, aunque la tasa
de mortandad antes de alcanzar la madurez era elevada, siempre había un dominio
claro de las tumbas adultas. Las noventa y seis fosas excavadas se distribuyen
por casi toda la superficie del farallón. Sin embargo, destacan dos zonas de
concentración: el extremo occidental de la plataforma y extremo oriental, lo
que contrasta con lo habitual en las necrópolis rupestres conocidas donde el
área sepulcral es más intensa en el espacio inmediato al templo.
Para
finalizar, disfruten del recogimiento y paz que produce este asentamiento y de
la libertad de perder la miranda en el horizonte. Quizá eso fue lo que mantuvo,
durante varios siglos, este lugar habitado. Y ha permitido el descanso
tranquilo de aquellos cristianos que nos podrían contar cómo eran Las
Merindades en aquellos años.
Bibliografía:
“Intervención
arqueológica en el yacimiento La Peña del Mazo, Pajares (Valle de Tobalina,
Burgos). Campañas de 2004 y 2005”. Aratikos Arqueólogos, S.L.
www.lasmerindades.com
“Las
Merindades de Burgos: Un análisis jurisdiccional y socioeconómico desde la
Antigüedad a la Edad Media”. María del Carmen Sonsoles Arribas Magro.
Blog “Conoce Atapuerca”.
Blog “Necrópolis medievales excavadas en la roca”.
Blog
“Tierras de Burgos”.
“Estudio
arqueológico del Desfiladero de La Horadada: La transición entre la
tardorromanidad y la Alta Edad Media (SS.V-X D.N.E.)”. José Ángel Lecanda.
“Valpuesta
y Berberana. El Valle de Tobalina. Medina de Pomar y sus aldeas. Villalba de
Losa y su vez. Frías y sus arrabales”. María del Carmen Arribas Magro.
“Eremitorios
rupestres en la comarca de Las Merindades (Burgos)”. Judith Trueba Longo.