Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
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domingo, 14 de junio de 2026

Enrique III de Castilla. Ya saben: el doliente (I) o lo bueno, si es breve, dos veces bueno

 
 
Trataremos la vida del rey Enrique III de Castilla y primer príncipe de Asturias, con lo que conllevará. Era hijo de Juan I y de Leonor de Aragón (hermana de Martín I el humano rey de Aragón) y fue entronizado niño. Lo cual le permitió reinar un tiempo porque, también, murió joven. Entre los encargados de la educación de Enrique estuvieron Juan Niño y su esposa Inés Lasso de la Vega; el obispo de Tuy, Diego Anaya y Maldonado, que más tarde sería arzobispo de Sevilla; el obispo de Cuenca, Álvaro de Isorna que lo sería de Santiago de Compostela; su confesor el dominico Alonso de Cusanza; y el mayordomo real Juan Hurtado de Mendoza, que fue su ayo.

 
Por su naturaleza enfermiza Enrique III fue apodado “el Doliente”. Tuvo un hermano más joven, Fernando “el de Antequera” por su valor en el asedio a esa ciudad andaluza y que reinaría tras la muerte de Enrique… ¡en Aragón! Enrique nació en Burgos el 4 de octubre de 1379 y su padre Juan I murió, con treinta años, en octubre de 1390, al caerse de un caballo y romperse el cuello. Esto completó la situación catastrófica del reino: tensiones con Portugal e Inglaterra, la hacienda pública arruinada y múltiples revueltas. Pero no nos aceleremos…
 
Enrique III fue casado el 17 de septiembre de 1388 con Catalina de Lancáster, hija de Juan de Gante, duque Lancaster, y nieta, por parte de madre, de Pedro I de Castilla. Es decir, era su prima segunda de quince años. Él tenía nueve. La boda era parte del acuerdo entre Lancaster y Juan I y fue una boda rápida… si pensamos que era fruto del Tratado de Bayona firmado el 22 de julio de 1388. Claro que el matrimonio hubo de ser confirmado más adelante por la escasa edad de uno de los contrayentes. El acuerdo conllevaba la constitución del Principado de Asturias, título que ostentarán en adelante los herederos de la corona de Castilla. Además, se vinculaban esos territorios a la Corona, desposeyendo de sus derechos al infante Alfonso Enríquez, hijo bastardo de Enrique II de Trastamara, que le había otorgado el título de conde de Gijón y de Noreña, cediéndole los señoríos de Gijón, Noreña, Villaviciosa, Ribadesella, Nava, Laviana, Cudillero, Luarca y Pravia en Asturias, además de las Babias y los Arguellos, tierras leonesas colindantes. Alfonso estaba casado con una hija ilegítima del rey Fernando de Portugal y mantenía estrechos vínculos con la corona portuguesa. Señalar que este caballero tenía una larga trayectoria como magnate díscolo y altanero. La boda fruto del acuerdo de Bayona buscaba que, cuando naciese un heredero varón, la dinastía usurpadora de Trastámara quedaba unida a la dinastía legítima del difunto rey Pedro I y se legitimara el trono de Enrique III y su descendencia. Por cierto, la boda fue en la Catedral de San Antolín de Palencia.

 
Enrique III ascendió al trono con once años y su minoría fue turbulenta. Juan I, quizá en una muestra de misoginia terrible que no tenía nada que ver con los 16 años de la reina Beatriz -es ironía-, no le entregó a esta la regencia. Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, ocultó la muerte del rey Juan I hasta que el niño fuese reconocido como Rey por señores, prelados y villas. Así logró evitar que, antes de la proclamación, se produjeran alborotos por los que querían apoderarse de la gobernación de los reinos, entre los que se encontraban los parientes del rey. Dado la edad del rey se convocaron Cortes en Madrid para la segunda quincena de noviembre de 1390. Allí llegaron, tanto para asistir a la asamblea como a los funerales del difunto rey, el arzobispo de Toledo y los maestres de Santiago y de Calatrava, Lorenzo Suárez de Figueroa y Gonzalo Núñez de Guzmán, respectivamente, después de que ambos se jurasen en Ocaña (Toledo) mutuo apoyo.
 
En la primera semana de noviembre, el arzobispo de Toledo se reunió con unos pocos, pero suficientes, nobles y procuradores de las ciudades que habían llegado para proponer que, basándose en las Partidas de Alfonso X, el Sabio, se nombrase una regencia de una, tres o cinco personas, que él encabezaría. ¡Como no! Durante aquella reunión, Pero López de Ayala, cronista y alcalde mayor de Toledo, informó del testamento que había hecho el difunto Juan I en 1385 en Celorico de la vega (Portugal), que guardaba Pedro Tenorio y cuyas clausulas le convenían. Pero también fue rechazado porque Juan I había defendido en las Cortes de Guadalajara de 1390, en contra de su propio testamento, la fórmula de una regencia amplia integrada por representantes de todos los estamentos del reino. Algo así como regencia múltiple que funcionase como una representación de las Cortes. El arzobispo de Toledo no lo quería porque una regencia reducida le facilitaría su control. Además, objetivamente, una asamblea numerosa dificultaría los acuerdos y las rápidas decisiones. Salió la opción de crear un Consejo de regencia apadrinada por el arzobispo de Santiago de Compostela.

 
Mientras tanto, los procuradores que iban llegando presentaban su obediencia a Enrique III. Aunque no todos porque Fadrique, duque de Benavente y hermanastro del difunto Juan I, y Pedro, conde de Trastámara y sobrino del difunto rey Enrique II, no acudieron. Cómo si fuese Puigdemont con Pedro Sánchez obligaron al rey a aceptar sus condiciones para gobernar: conservar todos sus privilegios, títulos y propiedades. Incluidos derechos y rentas que no les correspondían. Un trágala en toda regla.
 
Por fin, en enero de 1391, ciento veintitrés convocados a Cortes se reunieron en la iglesia de San Salvador de Madrid y nombraron un Consejo de regencia integrado por veinticuatro miembros: dos prelados, Pedro Tenorio y Juan García Manrique, arzobispo de Santiago; nueve nobles que eran el duque de Benavente, el conde de Trastámara, Gonzalo Núñez Guzmán (maestre de Calatrava), Pedro López de Ayala; Lorenzo Suárez de Figueroa (maestre de Santiago), Pedro Suárez de Quiñones (adelantado de Asturias y León), García González Herrera (mariscal), Alvar Pérez de Osorio y Ruy Ponce de León; y trece procuradores de las ciudades y villas. Se impusieron al Consejo unas duras condiciones para el buen desarrollo de sus funciones. Entre ellas se le impedía: nombrar corregidores, alcaldes o jueces en las villas a no ser por petición de los vecinos; mandar matar, lisiar o desterrar a persona sin juicio; alargar los pleitos, acallar a los litigantes para que no fueran escuchados; conceder el perdón a los homicidas; imponer tributos que no hubiesen sido otorgados en Cortes o Ayuntamientos; y hacer la guerra sin el acuerdo del reino. Por otra parte, el Consejo respetaría las hermandades establecidas con autoridad del rey; mandaría labrar moneda de buena ley ajustándola a la moneda vieja; y guardaría las ligas o alianzas pactadas por los reyes anteriores. Pero el gran número de consejeros y su disparidad de intereses condenaban al fracaso, desde el principio, al Consejo y, eso que, los prelados y magnates dejaban de formar parte del consejo si se ausentaban de la Corte. Por su parte los caballeros y procuradores alternarían y se relevarían cada seis meses. Las cartas del rey irían firmadas por un prelado, un grande, un caballero, y el procurador de la provincia a que fuese dirigida la carta. Las medidas de carácter monetario fueron una victoria de la pequeña nobleza que capitaneaba el arzobispo de Santiago. Todo tenía un tufillo a que sabían que saldría mal.

 
A principios de febrero de 1391, los regentes empezaron a jurar sus cargos. Pedro Tenorio, enfurruñado, se negó a hacerlo alegando defectos jurídicos. Aunque lo hizo una semana más tarde cuando los demás regentes le exigieron que expusiera sus argumentos en la plaza pública ante los ciudadanos. Pero esto no fue una rendición de Tenorio, sino que su guerra con el presidente del consejo Juan García Manrique continuó. El arzobispo de Toledo fomentó una alianza de parientes del rey integrada, entre otros, por: el duque de Benavente; Alfonso de Aragón, marqués de Villena; el conde de Trastámara; y la reina Leonor, hermana de Juan I que no quería volver junto a su esposo Carlos III de Navarra con la excusa de recibir vejaciones y zascandileaba todo lo que podía. Y podía mucho al ser dueña de un enorme señorío entre Sepúlveda y Roa, cerca de Aranda. Era esposa de Carlos III de Navarra como prenda de paz entre ambos reinos. El grupo de parientes regios fue liderado por el conde de Noreña, Alfonso Enríquez, hermanastro del difunto rey Juan I, que estaba encerrado por orden de éste en un castillo de Pedro Tenorio. El arzobispo de Toledo, en estos momentos, quería desvincularse del encarcelamiento del conde de Noreña y consiguió del Consejo que el conde fuera trasladado a un castillo perteneciente al maestre de Santiago, en la fortaleza de Monreal. Vamos, que endosó la patata caliente a otro.
 
Una de las primeras actuaciones del grupo de los parientes del rey fue la de enviar matones armados a la reunión del Consejo para intimidarlos. También, el duque de Benavente, que había abandonado la corte por un enfrentamiento con el arzobispo de Santiago, intentó introducir tropas en Madrid, pero al no conseguirlo, escapó a sus posesiones. Recuerden que es esta época todavía tenían mesnadas los nobles que actuaban como señores feudales de las películas. Por su parte, el arzobispo de Toledo también abandonó Madrid y se refugió en Alcalá de Henares desde donde escribió cartas a los reyes aliados de Castilla, al papa cismático de Aviñón Clemente VII, a los tutores nombrados en el testamento de Juan I, a las ciudades y a las demás fuerzas políticas castellanas, para convencerles de que el Consejo de regencia era ilegal. Las cartas eran acompañadas de una copia del testamento de Juan I.

 
Durante las sesiones de las Cortes de marzo de 1391 se produjo una falta de autoridad en Castilla por las luchas de poder. Y, cuando uno pierde la autoridad otro la coge. Aunque sea por la fuerza: hubo motines de toda índole, pero, principalmente, contra los judíos. La chispa para estos asaltos la provocaban predicadores fanáticos, como fue el caso del provisor (especie de vicario) de la iglesia de Sevilla Ferrán Martínez, que ya había conseguido a finales de 1290, cuando era arcediano de Écija, la destrucción de las juderías de su ciudad y la de Alcalá de Guadaíra. Martínez detestaba a los judíos, a los que consideraba depósito de todos los males. Los judíos, que eran prestamistas, deicidas y “causaban” la peste focalizaban los odios. Semejantes prédicas hicieron enormemente popular a Ferrán. Y, en un paso más, el clérigo se atribuyó la jurisdicción sobre los judíos de la diócesis, pasando de los sermones a los hechos ya en 1376. Los judíos protestaron ante el rey y Enrique II (1334-1379) amonestó públicamente al arcediano. Como años más tarde Ferrán insistiera en sus prédicas, Juan II le amenazó con duras penas. Y, para prevenir males mayores envió a los Monteros de Espinosa a proteger la judería. En 1383 el conflicto ya había llegado hasta la cúspide del reino. La reina Leonor se puso de parte del clérigo. Martínez siempre se defendió diciendo que sus prédicas no tenían otro fin que servir a la Iglesia y a la corona. Pero la corona le vetó expresamente atacar a los judíos y, la Iglesia, después de un proceso canónico le suspendió en sus funciones eclesiásticas so pena de excomunión. ¿Resuelto el asunto? ¡Ni por asomo! Ferrán esperó su oportunidad que llegó en 1390 con la muerte del rey Juan y la del arzobispo de Sevilla que crearon un vacío de poder. El cabildo de la catedral sevillana, movido por la presión popular, nombró a Ferrán Martínez vicario general. Y el arcediano, inmediatamente, cursó órdenes a todas las parroquias de su diócesis para que destruyeran las sinagogas y se incautaran de todo el material litúrgico de los judíos.
 
El arzobispo de Toledo, reconocido protector de los judíos, consiguió que el Consejo enviase cartas conminatorias ordenando que cesaran las violencias a las juderías. Pero éstas continuaron y sólo se consiguió la destitución del provisor Ferrán. La situación fue aprovechada por los enemigos del Consejo para acusarlo de incapacidad para mantener el orden y falta de autoridad. Ante la situación de insurrección, el arzobispo de Santiago intentó negociar con el arzobispo de Toledo enviándole una embajada a Alcalá de Henares. No hubo acuerdo. Además, Pedro Tenorio, contaba con aliados como: el duque de Benavente, el conde de Trastámara, el marqués de Villena, el conde de Niebla, el maestre de Alcántara y Diego Hurtado de Mendoza, sobrino de Juan Hurtado, que le proporcionaban tropas.

 
La Iglesia consideraba a los judíos como sujeto de evangelización, es decir, que había que convertirlos, pero no potenciaba la animadversión del pueblo. Entre marzo y junio de 1391 Sevilla ardió literalmente contra los judíos. En la primavera de 1391 llegaron ante el Consejo del reino de Castilla los judíos de la corte y contaron las noticias recibidas de la aljama de Sevilla. Las autoridades tomaron cartas en el asunto. El conde de Niebla, Juan Alfonso, y el alguacil mayor de Sevilla, Alvar Pérez de Guzmán, detuvieron a un tipo que se había significado por sus agresiones a los judíos y le hicieron azotar. Con ello esperaban dar un escarmiento suficiente, pero el resultado fue el contrario: el pueblo de Sevilla se levantó, tomó preso al alguacil e incluso trató de matar al conde. El fuego se extendió por Córdoba, Burgos, Toledo, Logroño y otras muchas localidades de Castilla. La corona envió procuradores con orden de sofocar las revueltas, pero la tarea llevó tiempo. Fue una carnicería. Naturalmente, a la matanza siguió el saqueo de las posesiones de los judíos. ¿La religión era un pretexto? ¿Lo dudan?

 
Los que escaparon a las matanzas se acogieron a la protección de los grandes señores, los cuales cobraban a los judíos fuertes sumas para garantizar su seguridad, de manera que la comunidad se empobreció bruscamente. Por lo que parece siempre hay oportunidades para hacer negocios. ¿No cuentan que el judío George Soros cobraba a los nazis por delatar a otros judíos? No fue hasta 1393 que, con la mayoría de edad de Enrique III y el nombramiento de un nuevo arzobispo de Sevilla, se terminó con el liderazgo popular del arcediano Martínez, que fue encarcelado. Pasará poco tiempo entre rejas, pero los sevillanos tardarán diez años en pagar la multa que la corona les impuso. Enrique III restableció en 1393 el estatus judío invocando las antiguas tradiciones, pero aplicó de manera decidida las disposiciones conciliares en relación con la residencia obligatoria de los judíos en barrios señalados, la generalización del uso de la rodela bermeja, y la supresión de los antiguos privilegios judiciales. Por parte de los judíos se dispararon las ya habituales conversiones. No solo por los pogromos sino por una incorporación a la mayoría social. Caso ejemplar fue la conversión, en 1390, del rabino mayor de Castilla, Salomón Ha Leví, que a partir de entonces se llamaría Pablo de Santa María. Con él se convirtió toda su familia, claro.
 
Pero ¿por qué surgieron los pogromos en esos años? Quizá porque estaban agrietándose las bases del modelo feudal con sus vinculaciones personales y grupales y nos dirigíamos a una sociedad edificada sobre la homogeneidad de identidades, intereses y vínculos.

 
Y, mientras el acoso a los judíos seguía, llegaba en abril una segunda embajada del Consejo, esta vez a Toledo, exigiendo que el arzobispo Tenorio -el protector de judíos- volviese a Madrid. Pero también fracaso cuando Pedro Tenorio pidió seguridades ante una supuesta conspiración contra él. Pocos días después, una tercera embajada tampoco obtuvo resultados positivos porque el Consejo pedía que el arzobispo acudiese a Madrid con el testamento, a lo que Tenorio se negó. En los últimos días de abril, el Consejo decidió clausurar las Cortes y ratificar el Consejo de regencia que tendría una vigencia hasta octubre de 1395 cuando el Enrique cumpliese los dieciséis años de edad. Y se le supusiese adulto y capaz de gobernar.
 
A mediados de mayo de 1391, el Consejo de regencia instaló a Enrique III en la segura fortaleza de Segovia. Allí, el conde Pedro de Trastámara se pasó al bando del arzobispo de Santiago cuando exigió al Consejo, y le fue concedido, el nombramiento de condestable (jefe del ejército) que ostentaba el marqués de Villena y que decía haberle sido ofrecido a él por el rey Juan en las cortes de Guadalajara. Es puesto recibía 60.000 maravedís y su falta fastidiaría al de Villena. Con el conde, también cambió de bando la reina Leonor de Navarra.

Firma de Leonor de Trastámara.
 
Mientras tanto, los embajadores llegaban para asistir a los funerales y a apoyar al Consejo de Regencia. Entre ellos acudió el obispo de San Ponce, legado del Papa Clemente VII, que se ofreció al Consejo como mediador en una cuarta entrevista a celebrar en Buitrago entre Pedro Tenorio y Juan García Manrique. Otro fracaso porque el arzobispo de Toledo exigió que primero se disolviera el Consejo y, después, las Cortes eligiesen entre aplicar el testamento de Juan I o aplicar las Partidas de Alfonso X. ¿Respuesta? El Consejo envió una quinta -¡una quinta!- embajada a Pedro Tenorio que se encontraba en Illescas. La formaban el conde de Trastámara y el maestre de Santiago. Nada. Pero nada. ¿Por qué no había acuerdo? Se supo la respuesta a los pocos días cuando el arzobispo de Toledo unió sus tropas a las del maestre de Alcántara, Martín Yáñez, y a las del duque de Benavente en Talavera. ¿Lo recuerdan? Los señores territoriales tenían tropas. Algo que se solucionaría unos cien años después.
 
Para junio de 1391 las rivalidades en el Consejo de regencia permean en los ayuntamientos de las ciudades generando enfrentamientos y luchas nobiliarias entre familias rivales. Y volvemos a Sevilla, donde la familia del conde de Niebla y la del señor de Marchena se enfrentaron por una cesión del cargo de alguacil mayor de la primera familia a la segunda, dando lugar a una crisis de autoridad en la ciudad que fue aprovechada para crear tumultos antijudíos. Al mes siguiente el Consejo se acercó a Valladolid para obtener ayudas en la comarca. La guerra civil estaba a punto de estallar, pues también el arzobispo de Santiago comenzaba a levantar tropas y ofrecía mercedes para obtener partidarios.

 
El concejo de la ciudad de Burgos -agosto de 1391-medío y trasladó al Consejo de regencia un acuerdo que invitaba a los rivales a acudir a unas nuevas Cortes en esa ciudad. Leonor sabía que si la nobleza acudía dividida el poder pasaría a los burgueses y, por ello, buscó la reconciliación. Para llegar al acuerdo, el arzobispo de Santiago estaba dispuesto a hacer concesiones, no así Pedro Tenorio que ya tenía un ejército. Al final, después de varias reuniones, Pedro comprendió las razones de la reina Leonor y accedió a una entrevista en la villa vallisoletana de Perales (hoy inexistente). Allí, ambos bandos aceptaron el testamento de Juan I, pero ampliándolo con el duque de Benavente, el conde de Trastámara y el maestre de Santiago. Es decir, estaría compuesto por: los tres anteriores, el marqués de Villena, el conde de Niebla, el alférez mayor, los arzobispos de Toledo y de Santiago, y el maestre de Calatrava, junto con los seis buenos hombres de Burgos, Toledo, León, Sevilla, Córdoba y Murcia. La Concordia de Perales eliminaba a casi todos los procuradores de las ciudades, pero el nuevo Consejo de regencia tendría que ser refrendado por las nuevas Cortes que se celebrarían en Burgos y que comenzarían en octubre. En septiembre, el arzobispo de Santiago y el maestre de Santiago pusieron en libertad al conde de Noreña para que pudiera entrar en el Consejo de Regencia en una proyectada ampliación, y así contrarrestar la influencia del duque de Benavente. Este hecho provocó el descontento de los parientes del rey.
 
Las cortes burgalesas no pudieron empezar hasta mediados de diciembre de 1391 y la primera discrepancia se manifestó cuando el arzobispo de Santiago pidió, que para elegir el Consejo de Regencia, se mantuviese el testamento de Juan I con la entrada, si hubiera ampliación, del conde de Noreña. Sus contrarios se opusieron porque querían atenerse a lo acordado en Perales. Era una lucha nobiliaria para conseguir el máximo de votos en el futuro Consejo. El duque de Benavente se opuso al arzobispo y Pedro Tenorio se mantuvo al margen. Para avanzar, el tercer estado impuso que las Cortes aplicaran el voto secreto. Ante ello, la reina Leonor maniobró para unir a los nobles convenciendo al duque de Benavente con una nueva propuesta; pero ya era tarde. Unos días antes de la votación, se produjo el asesinato en Burgos de un caballero partidario del conde de Noreña. ¿Quién era el inductor del asesinato? Partidarios del duque de Benavente, decían. Ese crimen impulsó a los procuradores del tercer estado a mantener el testamento original de Juan I, con lo que el duque de Benavente quedaba fuera del Consejo. El duque de Benavente asumió la decisión y, airado, se retiró a sus dominios zamoranos. Ello supuso el alza del poder de las ciudades y, en opinión de la nobleza, una amenaza al poder real.

 
Lo que parecía increíble se consiguió: que acabaran las cortes. Era marzo de 1392. El Consejo envió embajadores a la frontera de Portugal para renegociar la tregua entre ambos, que estaba a punto de concluir. Después inició su trasladó a Segovia. Por el camino, aprovechando la muerte del alcaide de la fortaleza de Peñafiel, el arzobispo de Santiago nombró alcaide a su partidario Diego López de Zúñiga quien mantendría la custodia de tres hijos bastardos del rey Pedro que hacía tiempo se hallaban presos en aquella fortaleza.
 
El arzobispo de Toledo exigió en mayo que se reincorporasen al Consejo el marqués de Villena y el conde de Niebla, que no asistían por diferentes motivos. Todo para cumplir el manido testamento del rey difunto. Pero, muy cuco él, añadió que, si no acudieran, permitieran que él usara sus votos. Con la respuesta negativa de ambos nobles, Pedro Tenorio pidió al duque de Benavente que volviera a la corte para formar una alianza que incluía al conde de Trastámara.

 
El rey Enrique III pasó el verano en Segovia. Con el rey en esa ciudad los partidarios del arzobispo de Santiago colocaron como alcaide al mayordomo real Juan Hurtado de Mendoza. Este cambio enfadó al bando de los familiares del rey con el duque de Benavente a la cabeza, que ya estaba preparando un ejército y una alianza con el rey Juan I de Portugal. Esta marejada política afectó negativamente en las treguas, ya que los castellanos sólo consiguieron una prórroga de dos meses en lugar de una más larga debido a las exigentes peticiones portuguesas. Para resolver el problema, la reina Leonor, ejerciendo de mediadora, llevó al Consejo la propuesta del duque de Benavente de matrimoniar con su prima Leonor, hija del conde Sancho, que llevaba una dote muy importante. La petición fue aceptada, pero el duque se retractó y rompió nuevamente con el Consejo e intentó negociar un matrimonio con una hija bastarda del rey portugués. Ante aquella situación el Consejo negoció con el duque a través de Pedro Tenorio, que sólo pudo hacerles llegar la desconfianza que el Consejo inspiraba al duque. Este recelo se plasmó en Zamora cuando el duque introdujo pequeños grupos de tropas en su castillo, que le era fiel, con la oposición del concejo de la ciudad, partidario del Consejo, que cerró las puertas de la muralla y llamó a los habitantes y al maestre de Calatrava para, junto con sus tropas, asaltar el castillo.
 
A finales de octubre, el arzobispo de Santiago llevó al rey y los regentes a Medina del Campo para controlar Zamora y los movimientos del duque, que se había trasladado, con un poderoso ejército, a las cercanías de Toro. En diciembre, ante una casi inevitable guerra civil, el Consejo volvió a llamar al arzobispo de Toledo para que mediara ante su aliado el duque de Benavente. Pero éste, apoyado en la fortaleza de su ejército, se negó a negociar.

 
Y así estaba la corona de Castilla: revueltas internas y tensión fronteriza con Portugal. ¡¡¡Menos mal que el moro estaba tranquilo!!! Por qué estaba tranquilo, ¿no? Pues… el viejo reino Nazarí de Granada tenía una frontera caliente con su poderoso vecino. No había guerra, pero tampoco paz: algaradas fronterizas, pequeñas incursiones de saqueo (por ambas partes)… sin oscilaciones territoriales. La ciudad de Granada sobrepasaba los 165.000 habitantes y el reino tenía unas 300.000 personas. Había esplendor comercial que no estaba afectado por las luchas palaciegas. Pero murió Muhammed V en 1391. Este rey debía su retorno al trono a Pedro I de Castilla. Pero siempre se negó a deberle nada al castellano. De hecho, intentaba sobrevivir con alianzas frágiles con Castilla o con los benimerines. Incluso había aprovechado el caos castellano para conquistar plazas como Úbeda. Pero, para su heredero, el equilibrio era más difícil: o mantenían la paz con los cristianos pagando en dinero y en tensiones religiosas; o se afirmaba como paladín islámico con el respaldo de los benimerines lo que le enfrentaría a las armas de Castilla. Cada posición tenía un partido en la corte nazarí: Yusuf II, hijo y heredero de Muhammed V, un tipo pacífico y amante de las letras que buscaría la paz, aliado o tributario de los castellanos; y el hijo menor de Yusuf, Muhammad, ambicioso y aguerrido que quería ganar territorio a costa de los cristianos con el apoyo de los benimerines de Marruecos. Los marroquíes sabían que su poder dependía de su influencia sobre el rico reino hispano de Granada, que les garantizaba fluidas vías comerciales. Influían a través de la religión. Si se paran a pensarlo es lo mismo que hoy con la diáspora marroquí o turca en Europa. Incluso en el tema de la compra de voluntades o el chantaje.

 
Yusuf II ascendió al trono en 1391 e inmediatamente hubo una revuelta – “revolución de color” lo llamamos ahora- en Granada promovida por su hijo menor Muhammad, apoyado por los benimerines. ¿Rebelión? ¿Por qué? Por el pacifismo de Yusuf. Este, para contentar a los fundamentalistas, rompió la tregua con los cristianos y atacó las tierras murcianas. Pero no halló calma interna. Yusuf, acorralado, optó por los viejos remedios: cárcel, destierros, ejecuciones... Uno de los perjudicados fue el poeta Ibn Zamrak, que había sido visir del viejo Muhammed V y que ahora daba con sus huesos en la cárcel. Se abrió la caja de los truenos, y la tempestad eliminó a Yusuf en 1392 envenenándolo. A Yusuf II debía sucederle su hijo mayor, Yusuf III, pero este fue apartado del trono por la facción fundamentalista de la corte y encerrado en el castillo de Salobreña. En su lugar fue proclamado rey el hijo menor, Muhammad VII, el hombre de los marroquíes en Granada. Repito, nada que no se pudiese ver en la Unión Europea de Von der Leyen. Muhammad consolidó su poder con un doble tratado de paz: con Castilla y con los benimerines. Parecería que lo que ayer era humillación del islam hoy era pragmatismo y deseos de paz. Pero sus verdaderas intenciones no eran nada pacíficas: la tregua con Castilla no tenía otro objeto que ganar tiempo para lanzar una gran ofensiva.
 
La variable que no controlaba era que la Castilla de Enrique III no era el débil reino de las guerras civiles anteriores. Aunque no quitaba que fuese una “jaula de grillos”. En diciembre de 1392, Muhammad VII, con el pretexto de las incursiones de almogávares cristianos en su territorio, atacó con un poderoso contingente de tropas la comarca de Lorca e incendió Caravaca, obligando a la población de ésta última a refugiarse en el castillo. A su regreso, con abundante botín, la expedición nazarí fue sorprendida y derrotada por las tropas castellanas. Tras este acto hostil… la tregua se mantuvo.

 
¿Y eso? El Consejo de regencia estaba a otros asuntos mucho más importantes para ellos. Al fin y al cabo, eran políticos y el bienestar del pueblo y la nación siempre les es secundario. En enero de 1393, como último recurso, el Consejo presentó su dimisión y puso la regencia en manos de Juan Hurtado de Mendoza y de los procuradores de las ciudades. Pero el duque de Benavente no aceptó y recurrió a las armas para apoderarse de Zamora. Esto le valió la deserción de varios de sus capitanes. Al final lo intentó en febrero de 1393 pero las tropas del maestre de Calatrava se lo impidieron y el duque de Benavente, derrotado, tuvo que abandonar sus tierras al tiempo que Enrique III y los regentes entraban en Zamora en medio de un gran recibimiento.
 
El arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, viéndose aislado en el Consejo, anunció su regreso a su diócesis, siempre y cuando se cumpliesen las promesas realizadas. A saber: compensar económicamente al duque de Benavente y permitirle volver a sus señoríos, con la obligación de prestar auxilio militar al rey siempre que fueses necesario; nombrar almirante de Castilla a Diego Hurtado de Mendoza; y camarero mayor a Juan Fernández de Velasco. El Consejo sólo aceptó la petición referente al duque. Decisión que no satisfizo a Pedro Tenorio. Ante unos rumores de que el arzobispo de Toledo pretendía organizar una revuelta con Fernández de Velasco, el Consejo ordenó encerrarlos en el castillo de Zamora. Posteriormente, cuando fueron liberados mediante entrega de rehenes, el arzobispo de Toledo pronunció un entredicho (prohibición del uso de santos oficios y/o sacramentos) y excomunión sobre la corte y las diócesis de Zamora, Palencia y Salamanca. ¡Con dos…!

 
En la primavera de 1393, el arzobispo de Santiago estaba en la cima del poder. Había evitado la amenaza de guerra con Portugal firmando una tregua por quince años, aunque bajo condiciones desfavorables, había anulado políticamente a Pedro Tenorio y dominado a casi todos sus enemigos. Lo de las nuevas treguas incluía que el rey Enrique, o sus herederos, no apoyasen a la reina viuda Beatriz, ni a los hijos del rey Pedro y de Inés de Castro, Juan y Dionís, en sus pretensiones sobre Portugal. Ofrecía a Enrique, también, no ayudar a los enemigos de Castilla. Para completar su tarea el arzobispo de Santiago, viajó a Tordehumos (Valladolid) donde sobornó al duque de Benavente para que regresara a la corte al lado de Enrique III.
 
En julio de 1393, el obispo de San Ponce, actuando nuevamente de legado papal, volvió a Burgos y levantó el entredicho y la excomunión dictados por el arzobispo de Toledo. Como consecuencia de ello, Enrique III tuvo que comprometerse a reparar los perjuicios hechos a Pedro Tenorio. Con ello, parecía, erróneamente, que se terminaban las luchas entre las fuerzas políticas castellanas. El dos de agosto, durante una reunión del Consejo en el monasterio burgalés de Las Huelgas, Enrique III, alentado por sus consejeros Diego López de Zúñiga y Juan Hurtado de Mendoza, decidió asumir el gobierno dos años antes de lo estipulado y sin el consentimiento de las Cortes. Para la Iglesia, los 14 años eran mayoría de edad. (¡Cómo se enteren algunos partidos españoles tenemos la edad de votar a esa edad!) No obstante, se sabía que no se tenía la madurez suficiente como para llevar un reino. Puede que la causa de obtener la mayoría de edad fuera el deterioro del prestigio del gobierno del arzobispo de Santiago, que con sus actuaciones había minado la autoridad de la Corona, había provocado el descontento por el reparto de prebendas entre sus aliados y porque los nobles habían comenzado a unirse para ir contra él. Que pena. Un arzobispo que un par de meses antes se sentía invulnerable ahora… ¡Le hacían un Rajoy!

La Huelgas Reales de Burgos.
 
¿Estaría contento con irse? Porque el Reino estaba en una situación lastimosa. Los tutores andaban desavenidos; cada cual, por hacerse adeptos, prodigaba mercedes, rentas y tenencias de castillos; se perdían en estos menesteres hasta treinta y cinco millones de maravedís; las rentas del reino no lo podían soportar, y los mismos regentes reconocían que la administración estaba en desorden y el estado caminaba hacia su ruina. Creo que ese dos de agosto de 1393, en el monasterio de las Huelgas de Burgos, sentado en su trono real, con presencia del legado pontificio, del arzobispo de Santiago, del duque de Benavente, del maestre de Calatrava, y de varios otros señores y caballeros, Enrique III empezaría a sufrir por su reino. ¡Igual lo de “el doliente” no era solo por su delicada salud! Allí dijo públicamente que cesaban los tutores y regentes en sus cargos, y que nadie sino él gobernaría el reino en lo sucesivo. El arzobispo de Santiago pronunció un discurso pintando con los colores más favorables que pudo los actos de la regencia -¡Qué cuajo!- , y el rey expidió cartas convocando a cortes generales en Madrid para octubre de 1393 en que cumplía los catorce años.

 
Fin de la primera parte. La próxima semana relataremos los años de edad adulta de este Trastámara.
 
 
 
Bibliografía:
 
“Historia de España”. Colección de editorial SALVAT.
“Atlas de historia de España”. Fernando García de Cortázar.
Web Reyes Medievales. 
Real Academia de la Historia. Historia Hispánica.
“Historia general de España”. Modesto Lafuente.
“La conquista de Canarias”. (Cuadernos 16).L. Diego Cuscoy, M.A. Ladero, E. Aznar y M. Ballesteros.
“Historia de Castilla: de Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González y otros autores.
“Una batalla olvidada: Collejares 1406”. Pablo López Fernández.
“Madrid, un libro abierto”. Gregorio García-Solans Molina.