Retomamos la vida de
Enrique III donde la dejamos: cuando asumió la mayoría de edad con 14 años.
Nada que ver con nuestros días en que a un tipo con la barba cerrada y 17 años,
once meses y 20 días lo llamamos niño. Pues, con catorce años, nuestro Enrique
III nombró gobierno. Los cargos de mayor relieve político recaerían en personas
de su absoluta confianza. Una de las primeras decisiones que tomó Enrique III
fue restar atributos a las Cortes, en particular el cobro de las alcabalas (impuestos
sobre el comercio) que ahora pasarían directamente a la corona. Al mismo tiempo
Enrique creaba la figura del corregidor como delegado del poder regio en las
ciudades. La corona concentraba en sus manos los principales resortes del
reino. Señales de un mundo medieval terminal.
Las Cortes se abrieron el 15
de noviembre. El rey declaró que, habiendo cumplido los catorce años y tomado
la dirección y regimiento del reino, libre ya de tutorías, era su voluntad
confirmar y guardar los privilegios y libertades que sus pueblos gozaban; que
revocaba todo lo hecho y ordenado por los tutores, sobre todo en lo tocante a donaciones,
mercedes, tierras y quitamientos; y que atendidas las necesidades del reino y
algunas deudas que tenía que satisfacer del tiempo de su padre, esperaba le diesen
dinero. ¿Deudas del tiempo de su padre? ¿A qué se refiere? Pudiera referirse a
las deudas para afianzarse en el trono procedentes del tratado de Bayona: había
que pagar al duque de Lancáster la renta anual de 60.000 ducados, aunque sí se
le entregó los 600.000 ducados de oro de pago inicial. Los procuradores respondieron
por escrito al rey recomendándole que procurara rodearse de buenos consejeros,
prelados, caballeros y hombres buenos de las ciudades; le rogaban moderase sus gastos
y no se pasase con los impuestos que debían ser aprobados por las Cortes.
Enrique, ya que estaba en
Burgos, decidió ese septiembre ir a jurar los fueros del señorío de Vizcaya. Desde
Bilbao envió cartas a los vizcaínos para que se juntasen en los lugares
acostumbrados. Sucesivamente juró en Larrabezúa, en Bermeo, y en Guernica. El
nuevo Señor de Vizcaya concedió a los vizcaínos el derecho de tener juicio por
desafío como en Castilla y en León. Luego pasó por Vitoria camino de Castilla.
Durante los primeros meses
de 1394 fueron incorporándose al Consejo del rey sus fieles que ejercían el
poder a través de los oficios en la corte. Entre ellos estaban: Juan Hurtado de
Mendoza, Diego López de Zúñiga, Ruy López Dávalos, Pedro López de Ayala, Juan
Fernández de Velasco, Diego Hurtado de Mendoza y Lorenzo Suárez de Figueroa. Esto
enfadó a los parientes del rey. Para evitar la confrontación, se atendió
algunas de las demandas de aquellos: al conde de Niebla se le confirmaron sus
privilegios para que pudiera restaurar su autoridad en Sevilla, o la
reconciliación con Pedro Tenorio. Aun así, los parientes de rey, que no
renunciaban a ejercer el gobierno del reino, intentaron formar una liga
auspiciada por la reina Leonor, los condes de Trastámara y Noreña y el duque de
Benavente. El Consejo del Rey envió al mariscal Garci González Herrera con una
generosa propuesta de reconciliación que fue rechazada. Los rebeldes crearon
una liga en una reunión a la que asistieron el arzobispo de Santiago y el
infante Juan, hijo bastardo del difunto Pedro I de Portugal, que estaba
exiliado en Castilla. E hicieron un llamamiento para levantar tropas, que fue
contestado de la misma forma por el Consejo. Pero la falta de un liderazgo y de
un plan de acción dejo a la liga con poca capacidad de acción.
En abril de 1394, la tregua
con el reino nazarí de Granada estuvo en peligro de romperse cuando Martín
Yáñez de la Barbuda, maestre de Alcántara, influido por un ermitaño visionario,
informó a Enrique III que preparaba una expedición contra los musulmanes. El
rey, el maestre de Santiago y otros jefes de la frontera intentaron detener el
disparatado ataque, pero no lo consiguieron. Ante ello, el Consejo ordenó al
duque de Benavente y a los condes de Noreña y Trastámara que se unieran al rey
con las tropas que pudieran reunir. Esta orden les permitió reunir un ejército
que ya no era necesario, porque el maestre de Alcántara acababa de ser
derrotado y muerto por los nazaríes en la Vega de Granada. ¿De verdad no era
necesario el ejército a estos parientes del rey? Al rey no. Pero a ellos… Al
poco Enrique III salió de Toledo con mil seiscientas lanzas hacia Illescas.
Allí esperó al marqués de Villena, que presionado por Juan I de Aragón y Carlos
III de Navarra, venía con mil quinientas lanzas. Rápidamente se constituyó una alianza
alrededor del rey en la que entraron, entre otros, Pedro Tenorio, el maestre de
Santiago y Juan Hurtado de Mendoza. Pero una serié de desencuentros hizo que el
marqués de Villena abandonara y volviera a Aragón. A pesar de ello, la corte
continuó su marcha hacia Valladolid. Allí tuvieron noticias de que: el duque de
Benavente estaba en Cisneros (Palencia) con seiscientas lanzas y dos mil
peones; el arzobispo de Santiago estaba en Amusco (Palencia) con quinientos
caballos y mil infantes; el conde de Noreña continuaba levantando tropas en
Asturias; la reina Leonor se encontraba refugiada en Roa (Burgos), y no se
sabía la cantidad de tropas que el conde de Trastámara levantaba en Galicia. En
junio de 1394, uno tras otro acudieron los rebeldes a Valladolid, y con la
excepción del conde de Noreña y de Leonor de Navarra, prestaron y firmaron la
sumisión al rey. Al día siguiente se firmó un tratado de paz y ayuda entre
Castilla y Navarra. En el mismo acto, Enrique III prometió solemnemente
entregar a la reina Leonor a su marido Carlos III, bajo la garantía de que
recibiría buen trato, en cuanto la agarrase.
Leonor de Aragón.
Enrique ya estaba hasta las
narices de sus parientes y ese julio de 1394 decidió el encarcelamiento de los
más peligrosos: el duque de Benavente, los condes de Trastámara y Noreña, y la
reina Leonor. Por ello, el de Benavente fue encarcelado y llevado al castillo
de Burgos cuando asistía a una reunión del Consejo; el de Trastámara logró huir
con sus tropas y refugiarse en Roa con la reina Leonor. Para hacerse con él, el
rey marchó hacia Roa, pero, debido a que el conde había huido hacia Galicia,
sólo consiguió hacer prisionera a la reina Leonor y enviarla al monasterio de
Santa Clara en Tordesillas (Valladolid) a la espera de entregarla a su esposo.
En agosto, Enrique III se
dirigió a Asturias para enfrentarse al conde de Noreña. Durante el trayecto,
además de someter a villas y fortalezas partidarias de los rebeldes y de enviar
mensajeros al conde exigiéndole la rendición, recibió en Cisneros al arzobispo
de Santiago, que exageró su fidelidad a la Corona y se retiró a Galicia, desde
la que más tarde huyó a Portugal por temor a Pedro Tenorio. A su paso por León,
el rey recibió la petición de clemencia, que fue aceptada, del conde de
Trastámara.
Castillo de Noreña.
En septiembre, el ejército
del rey entró en Asturias apropiándose casi sin resistencia de las posesiones
del conde de Noreña, que tuvo que replegarse hacia el castillo de Gijón. A
principios de noviembre se inició el asedio de la fortaleza, pero tras duros
combates sin conseguir la rendición y con la amenaza de la proximidad del
invierno, se levantó el asedio tras negociar una tregua de seis meses. Tiempo
que serviría para que, a petición de ambos contendientes, Carlos VI de Francia actuara
de árbitro y determinase si las reclamaciones del conde para que se le
devolviesen sus posesiones eran justas. Enrique III volvió a Valladolid y
convocó Cortes para principios de diciembre de 1394 en San Esteban de Gormaz.
Pero, cómo las comunicaciones eran cómo eran, las Cortes comenzaron en la
última semana de diciembre en Medina del Campo con poca asistencia y escasos
acuerdos. Entre ellos: petición de subsidios y las condiciones en que se haría
la entrega de la reina Leonor a su esposo. En febrero de 1395, Enrique III llevó
a su tía Leonor hasta la frontera con Navarra cerca de Alfaro y la entregó a su
esposo, después que éste hiciera los juramentos previstos de seguridad y honra
ante los legados papales: los obispos de Zamora y de Albi. Ni cumplir “órdenes
de alejamiento” ni leches. El rey estaba harto de su tía.
Culminadas las treguas con
el conde de Noreña, Enrique III comenzó un segundo cerco a Gijón haciendo caso
omiso a la petición de Carlos VI de ampliar el plazo para dictar sentencia. Defendía
la fortaleza la esposa del conde, Isabel, hija bastarda del difunto rey de
Portugal Fernando I. Tras más de dos meses de duros combates, la condesa se
rindió y huyó por mar con sus partidarios después de quemar la fortaleza (otras
fuentes dicen que la quemó el rey). Una vez conseguida la caída de los enemigos
además de parientes, que se rindieron o exiliaron, Enrique III comenzó la tarea
de reafirmar la autoridad de la monarquía. Para ello, necesitaba pacificar los
bandos nobiliarios que ensangrentaban con sus luchas algunas de las más
importantes ciudades de Andalucía y Murcia, y restaurar el orden público
consolidando la figura de los corregidores que se encargarían de la justicia y la
represión del bandidaje, entre otras tareas.
Gijón siglo XIII (Dibujo de Gaspar Meana)
También en aquel año 1395,
el incumplimiento de Castilla de los acuerdos suscritos con Portugal sobre la
entrega de prisioneros pudo romper la tregua. Para evitarla, se reunieron dos
jueces arbitrales de ambos reinos y evaluaron que los daños por el quebrantamiento
ascendían a cuarenta y ocho mil doblas de oro en contra de Castilla. El rey
portugués reclamó el pago y Enrique III contestó “que sí, que sí…”, pero no
saldó la deuda.
En diciembre de 1395,
Enrique III se trasladó a Sevilla donde encomendó a Pedro Tenorio y a Diego
López de Zúñiga la investigación de los actos de indisciplina cometidos en la
ciudad y de los saqueos de las aljamas; y a Ruy López Dávalos para poner fin a
las banderías de los nobles. En enero de 1396, como resultado de las
indagaciones, fueron recuperados algunos bienes robados a los judíos y
encarcelado el arcediano Ferrán Martínez como único culpable de las algaradas.
En lo que respecta a las luchas en las ciudades entre los nobles; hasta la
primavera no fueron pacificadas las dos últimas: las jiennenses Úbeda y Baeza.
Juan I de Avis
El rey portugués Juan I de
Avís, en mayo de 1396, para acelerar el cumplimiento de los pactos suscritos
con Castilla, conquistó Badajoz y cogió prisionero a su obispo en una acción “de
comando”. Como consecuencia de ello, y después de unas negociaciones de paz que
fracasaron, la caballería de los maestres de Santiago, Alcántara y Calatrava
invadió Portugal por la zona entre los ríos Tajo y Guadiana. Además, naves
vizcaínas desvalijaron a dos grandes naos portuguesas.
A mediados de 1397, los
portugueses incendiaron las instalaciones portuarias de Cádiz; en represalia,
una flota de seis galeras portuguesa procedente de Génova fue capturada por
naves castellanas. A partir de aquella actuación, comenzó una serie de ataque
de corsarios castellanos contra barcos portugueses sin que Portugal pudiera
presentar una defensa eficaz en el mar. Por ello, el condestable portugués Nuno
Alvares Pereira atacó Cáceres, quizá buscando bajar la presión, y que terminó
en un duro fracaso.
En enero de 1398 se
descubrió en Galicia una conspiración contra Enrique III propiciada por Juan I de
Portugal y apoyada por el arzobispo de Santiago, que habían aprovechado las
discordias internas para intentar debilitar al rey castellano. En mayo, Los portugueses
atravesaron la frontera con un ejército y tomó Salvatierra de Pontevedra y puso
sitio a Tuy. También por aquellas fechas, el arzobispo de Santiago regresó a
Galicia con tropas y se apoderó de la ciudad Pontevedra, que posteriormente
fortificó. Enrique III intentó desestabilizar Portugal con el reconocimiento
como rey por parte de Castilla del infante Dionís, hijo ilegítimo del difunto
Pedro I de Portugal. En febrero de 1399 se iniciaron negociaciones de paz con
Portugal que fracasaron. Ante la necesidad de encontrar una solución se pactó
una tregua hasta julio para que los negociadores buscaran una solución.
¿Respetaron la tregua? Portugal no. Para tener más bazas con las que negociar,
atacó en el verano la fortaleza de Alcántara. Fue socorrida por tropas
castellanas que, además de conseguir que los portugueses levantaran el campo,
entraron en Portugal y tomaron varias villas. En agosto, los castellanos
tomaron Miranda de Duero, ciudad portuguesa fronteriza con Zamora. Por lo menos
en diciembre de 1399, se firmó una tregua… de cuatro meses para reiniciar las
negociaciones. Por cierto, en mayo de 1399 fallecía el arzobispo de Toledo, Pedro
Tenorio.
A primeros de enero de 1400
las negociaciones fracasaron porque los portugueses pedían la devolución de los
prisioneros y de las plazas conquistadas, y los castellanos querían, además,
una indemnización para los exiliados y para la reina Beatriz, hija del difunto
Fernando I de Portugal y segunda esposa del anterior rey de Castilla Juan I. Como
no había ganas de guerra, no recomenzaron las hostilidades, pero sí se prorrogó
la tregua, primero hasta octubre y luego un año más.
Enrique III tuvo tiempo en
todo este maremágnum del 1400 para enviar una escuadra a destruir Tetuán que
era un nido de piratas. Capturó a sus moradores y demolió sus edificios, dejando
la ciudad despoblada por más de noventa años. El famoso Pero Niño, conde de
Buelna, verificó un crucero por el Mediterráneo en busca de piratas musulmanes.
Enrique III, en 1401, envió
una embajada a Samarcanda a Amir Timur, nuestro Tamerlán, que era el último
Gran Khan del Imperio mongol y que amenazaba por el este al Imperio turco
otomano. Aplicando eso de “el enemigo de tu enemigo es tu amigo”. Los mongoles asediaban
Bagdad y Damasco y estrechar lazos con el poder mongol significaría atrapar a
los musulmanes en una pinza. En serio. Además, el rey, ese año, convocó cortes en
Tordesillas. En ellas presentaron los procuradores de las ciudades, y el rey
otorgó, diez y seis peticiones unas dirigidas a corregir y refrenar la codicia
de los arrendadores públicos que se enriquecían a costa de los pueblos, otras
encaminadas a eliminar a los magistrados y jueces que torcían la justicia y
abrían la mano al cohecho, inclinándose siempre del lado y en favor del más
rico. Diríamos hoy que pedían luchar contra la corrupción.
Fernando I de Trastámara,
rey de Aragón.
Para redondear el año, la
reina Catalina de Lancaster dio a luz a María el 14 de noviembre de 1401. Este
nacimiento empezaba a alejar al infante Fernando de la corona castellana ya
que, hasta entonces, había actuado como heredero al Trono. En enero de 1402, la
princesa María fue jurada heredera de Castilla y de León en unas Cortes en
Toledo. María de Castilla (1401-1458)contraería matrimonio con Alfonso V de
Aragón.
En junio de 1402, Enrique
III rechaza una propuesta portuguesa de paz porque, además de sus demandas
anteriores, quería ayuda militar y naval. Pero esta circunstancia dio pie la
firma de una tregua de diez años, que se firmó en agosto, donde Castilla retiraba
su apoyo a Beatriz y a los exiliados portugueses; ambos reinos se otorgaban
libertad de comercio, excepto para el oro, plata, armas y cabalgaduras; y se
devolvían las plazas tomadas: Castilla devolvía Braganza, La Piconia, Miranda
de Douro, Binhaes, Pena Maçor, Pena Garza y Nódar y Portugal restituía Badajoz,
Tuy, Salvatierra y Santa María de Miño.
Ruy González de Clavijo partirá
hacia Samarcanda a finales de mayo de 1402 para entrevistarse con Tamerlán. Tardaron
más de un año en llegar y aunque fueron bien tratados y agasajados, fueron
despedidos debido a la inestabilidad del imperio fruto de la muerte de Tamerlán
en febrero de 1405. Los embajadores castellanos tuvieron que malvender todo lo
que llevaban para salvar el pellejo. Consiguieron volver a Castilla en marzo de
1406. Posteriormente Clavijo escribió un relato con las experiencias de aquel
viaje al que tituló “Embajada a Tamorlán”.
En 1043 nacerá Catalina de
Castilla (1403-1439) que se casará con su primo carnal Enrique de Trastámara,
hijo del rey Fernando I de Aragón y de la reina Leonor de Alburquerque.
Enrique III fue el rey que
inició la conquista de las islas Canarias. Esas en las que hoy Marruecos ansia
clavar su bandera con aliados poderosos. La posesión castellana de las mismas
fue en 1404 de la mano de dos normandos, Juan de Bethencourt y Gadifer de la
Salle. ¡Anteriores en casi doscientos años a Granada o Navarra! Bethencourt era
un comerciante corsario que poseía factorías textiles y tintoreras, y se había
enterado de que en Canarias abundaba la orchilla, un liquen que se empleaba
como colorante púrpura. Para vender la idea al rey Enrique III indicó que su
posesión permitiría llegar a tierra de infieles y evangelizarlos. Con ello el Papa
Martín V concedió bulas de indulgencia para quienes se sumaran a la expedición.
Lo de ser estación comercial y salto para América será muy posterior, por lo
que vemos.
A ver, ¡que todo el mundo
sabía que estaban allí! Griegos y romanos supieron de su existencia. Y los
árabes frecuentarán sus costas. Pero ninguno se asentó en ellas. Las cosas
cambiaron entre los siglos XIII y XIV cuando barcos europeos navegarán sus
aguas gracias a mejores instrumentos de navegación y búsqueda de nuevas rutas
que eludan a los turcos del Mediterráneo oriental. Eran un secreto a voces tal
que aparecen, en 1375, en el Atlas del mallorquín de Abraham de Cresquès que
las dibuja con sus nombres actuales. De hecho, Lanzarote se llama así por el
italiano Lanzarote Malocello que en 1312 se asentó en esa isla durante veinte
años. Y sabemos quiénes fueron los primeros misioneros: una comunidad de
franciscanos mallorquines que puso casa en Telde (Gran Canaria) hacia 1350. Aunque
la mayoría de visitas fue de esclavistas.
Cuando llegó a Lanzarote,
Bethencourt fue recibido muy amistosamente por el rey local, que se llamaba
Guardafia. El normando construyó un fuerte para proteger a los isleños de
ataques piratas y proteger su inversión. Constituida la alianza con Guardafia, este
se comprometió a ayudar al normando en la conquista de Fuerteventura, la vecina
isla del sur. Pero todo fue a peor porque los colonos, cómo después en América,
se encontraron con más hambre y privaciones que gloria. Hubo peleas, motines y
deseos de esclavizar a los nativos. Bethencourt regresa a Castilla en busca de
ayuda. La Salle quedó gobernando la isla. Entonces los normandos que han
quedado en Lanzarote aprovechan para capturar guanches con el propósito de
llevarlos consigo como esclavos. El rey Guardafia les atacará. Fueron largos
meses de guerra. Derrotado por Gadifer de La Salle, aceptó convertirse al
cristianismo. En eso regresó Bethencourt que tenía más mano izquierda y arregló
el matrimonio de la hija de Guardafia, Teguise, con su propio sobrino, Maciot
de Bethencourt. Así ganó el respaldo del rey guanche para conquistar
Fuerteventura. Pero Bethencourt había ganado algo más: en Castilla había
obtenido el derecho de señorío sobre la isla. Gadifer de La Salle quedaba fuera
de juego. Bethencourt consiguió someter Fuerteventura y Lanzarote. Después hizo
lo propio con El Hierro, que repobló con colonos castellanos y normandos. No
logrará los mismos éxitos en Gran Canaria y La Palma, tampoco en Tenerife.
Cuando tuvo lo que quería, se marchó de allí dejando como gobernador a su
sobrino Maciot quien, unos años después, venderá sus derechos de señorío al
conde de Niebla.
Y tras este interludio en
las islas afortunadas nos fijaremos en un golpe de suerte que le vino a Enrique
III. Estamos en marzo de 1405 y en Toro cuando nace el príncipe Juan. Se
convocaron Cortes en Valladolid donde fue jurado heredero por los procuradores.
Y, aprovechando el curso del Pisuerga, en aquellas Cortes se volvió a plantear
el problema del odio hacia los judíos, que con los años se había agravado. Por
ello, se estableció un Ordenamiento de segregación recial entre judíos y
cristianos.
Curiosa la preocupación con
los judíos cuando el problema para los meses siguientes serán los musulmanes de
Granada. Entre marzo y mayo de 1406 Muhammad VII atacó Vejer y Medina Sidonia,
Estepa y Écija, y zonas de Jaén. En octubre, a pesar de que en ese mismo mes se
había firmado una tregua por dos años, las tropas nazaríes entraron en Quesada
y atacaron Baeza. El adelantado de León, Pedro Manrique, acudió con sus tropas
y se enfrentó con los musulmanes en una batalla de resultado confuso. Pero,
¿Qué locura les había dado a los moros? ¡A saber! Pero, como en el caso de la
guerra de Ucrania de 2022, hay que mirar hacia atrás en el tiempo para ver cómo
se había llegado a la guerra. Debemos saber que, aunque había tregua entre el
reino Nazarí y Castilla, la frontera era una zona ambigua. Recordemos el ataque
de 1394 por parte de Martín Yáñez de la Barbuda. O cómo, en 1397, fray Juan
Lorenzo de Cetina y fray Pedro de Dueñas, intentaron predicar el Evangelio en
el reino moro y fueron degollados. El cruce de embajadas granadinas y
castellanas hacía entrever la firma de una tregua que debía durar dos años.
Pero Muhammad VII no quiso o no pudo controlar a los suyos -que podrían estar
apoyados por los benimerines- que en plenas negociaciones intensificaron los
ataques. Los cristianos se defendieron y aun cuando perdieron Ayamonte,
obtuvieron una victoria cerca de Baeza en la batalla llamada de “los
Collejares” (8 de octubre de 1406).
El rey desde Madrid
despachó cartas convocando a Cortes en Toledo para obtener recursos y hombres para
atacar a los nazaríes. Dada la delicada salud de Enrique III fue el infante
Fernando quien habló a las cortes. Solicitaba diez mil hombres de armas, cuatro
mil jinetes, cincuenta mil peones, treinta galeras armadas, cincuenta naves,
seis bombardas gruesas, y correspondiente provisión de ingenios, trabucos,
arneses y demás útiles de guerra. Echadas las cuentas de lo que sumarían
aquellos gastos, y después de alguna resistencia por parte de los obispos, y de
detenida discusión por la de los procuradores, se acordó otorgarle un servicio
de cuarenta y cinco cuentos de maravedís, autorizándole además para que si la
necesidad apremiase pudiese por una vez y solo por aquel año hacer un nuevo
repartimiento sin necesidad de llamar las cortes.
Mientras se negociaba en
las cortes Enrique III fallecío. Inmediatamente se buscó un culpable: El médico
del rey, el judío Mayr, que fue detenido y murió bajo el tormento. Desgraciadamente
no sabremos de qué expiró Enrique, aunque sabemos que su salud nunca fue buena y
que en los últimos años había delegado muchas responsabilidades en su hermano
Fernando de Antequera. Incluso será regente durante la minoría de su sobrino
Juan II de Castilla.
Sepulcro de Enrique III de Castilla.
El cadáver de Enrique III fue
sepultado en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo. El
sepulcro está colocado sobre la sillería del coro, en el lado del Evangelio,
adosado, de estilo plateresco. La cartela del epitafio dice:
“Aqui iace el mui temido y
justiciero rei don Enrique de dulce memoria que dios de santo paraiso hijo del
catholico rei don Juan nieto del noble cavallero don Enrique en 16 años que
reino fue castilla temida y honrrada nacio en Burgos dia de san Francisco y
murio dia de Nabidad en Toledo iendo a la guerra de los moros con los nobles
del reino fino año del señor de 1407”.
Y, si se han fijado, hay
una errata. El rey murió el 25 de diciembre de 1406 con 27 años. Pero por
utilizarse entonces la era de la Natividad, era aquél el primer día del año.
Esta es la razón por la que en muchos libros se da el año 1407 como fecha de su
muerte.
El reinado de Enrique III
se caracterizó por la reorganización de la administración apuntando un
centralismo que se vería en los siglos siguientes en Europa. Así 1395 y 1399 reorganizó
la Administración. La reordenación interna favoreció a los nobles debido a los
reajustes en sus propiedades y señoríos. La caída de los parientes del Rey puso
en manos de Enrique III un gran número de estados señoriales, disponibles para
ser entregados como remuneración a los fieles. El sostenimiento de la forma de
vida de los nobles correspondía mayoritariamente a las rentas, y en menor
proporción al comercio. Las transformaciones sociales del siglo XIV habían
propiciado que los sectores más elevados del tercer estado quedaran asimilados
en muchos aspectos a la nobleza, y reclamaron la exención de tributos. Las
Cortes de Toro de 1398 dictaminaron que hidalguía era una condición hereditaria
que poseían únicamente los de solar conocido, esposas y viudas, pero no las
hijas que casasen con no hidalgos. Faltaban más de cien años para las revueltas
comuneras.
Medina del Campo.
Otra característica del
reinado de Enrique III fue la administración de justicia. El Rey no quería
modificar las atribuciones de los jueces locales, en los concejos y los
señoríos, pero reforzó el sistema de alzadas y la intervención de los altos
funcionarios reales buscando la eficiencia. La creación de los corregidores
(1396) fue entendida por la nobleza como un fuerte golpe, pero a los ojos de
los ciudadanos eran funcionarios reales encargados de poner orden donde éste
faltaba. Ubicó la Audiencia Real, o Chancillería, en Valladolid, acometiendo
una depuración entre jueces y oidores.
El Consejo del rey se
convirtió en un verdadero órgano de gobierno en manos de algunos linajes
privilegiados, que se repartían los oficios: la justicia para los Zúñiga, la
mayordomía para los Mendoza, condestables son los Dávalos, camareros los
Velasco... ¡Los Velasco!
Bibliografía:
“Historia de España”.
Colección de editorial SALVAT.
“Atlas de historia de
España”. Fernando García de Cortázar.
Web Reyes Medievales.
Real Academia de la
Historia. Historia Hispánica.
“Historia general de
España”. Modesto Lafuente.
“La conquista de Canarias”.
(Cuadernos 16).L. Diego Cuscoy, M.A. Ladero, E. Aznar y M. Ballesteros.
“Historia de Castilla: de
Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González y otros autores.
“Una batalla olvidada:
Collejares 1406”. Pablo López Fernández.
“Madrid, un libro abierto”.
Gregorio García-Solans Molina.