Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 20 de septiembre de 2026

Bergaza, la Peña del Mazo y el mundo altomedieval con vistas

 
 
Encontraremos la Peña del Mazo al noreste del pueblo de Pajares tras avanzar por una cómoda pista. El yacimiento ocupa una meseta, de unos cien metros cuadrados en pendiente, y la pared sur de un espigón rocoso que forma parte de la Sierra de Arcena. La pared norte es un cortado vertical inaccesible de unos cincuenta metros. Este tipo de hábitat enrocado es fruto de la inestabilidad producida por el derrumbe del estado en el Imperio Romano Occidental y, posteriormente, por los ataques musulmanes a la Castella Vetula de los primeros siglos altomedievales (siglos VIII hasta primera mitad del XI). Llegada la calma se abandonará la Peña del Mazo y los residentes descenderán al valle.

 
A unos 200 metros se encontraba Bergaza, que hoy es un despoblado, y que se documenta en 1193 en una pesquisa durante el reinado de Alfonso VIII a través de su iglesia dedicada a San Juan, que era un monasterio con funciones de parroquia en la Alta Edad Media. Relata Argaiz que el monasterio de San Juan estaba situado entre Vergara y Plágaro y que pertenecía a San Millán de la Cogolla. En 1278 Gonzalo Pérez de Bergaza hizo de testigo en una pesquisa sobre las heredades que tenía el monasterio de Vadillo en Zangandez. Se vuelve a documentar en 1410 cuando Catalina Pérez, su hija y su yerno venden un solar de casas tejadas y otras heredades en el lugar de “Vergasa” por 30.000 maravedís. Con el tiempo quedó una ermita denominada primero de San Esteban y luego de San Justo, desaparecida definitivamente en 1724.

 
El yacimiento de la Peña del Mazo fue parcialmente excavado en la década de los setenta por el equipo de arqueólogos de Alberto del Castillo. Entre los años 2004 y 2005 se analizó casi toda la peña, unos 4.500 metros cuadrados por Aratikos Arqueólogos.
 
Sabiendo todo esto vamos a acércanos a la Peña del Mazo. Por el camino observamos claramente, en la pared sur, dos oquedades superpuestas a las que se accederá a través de una rudimentaria escalera tallada. Algunas dataciones de radio carbono dicen que esta peña estuvo ocupada desde principios del siglo VI y hasta mediados o finales del siglo VIII. Aunque otros trabajos indican dos fases de ocupación con diferentes actividades durante cada una de ellas. Un periodo en la tardo-romanidad (siglos IV-V), a la cual corresponden siete tumbas y dos estancias semirrupestres al noroeste y noreste del roquedo; y otra época altomedieval (siglos VIII-XI) en la que tenemos una iglesia parcialmente rupestre y la necrópolis de lo alto del promontorio.

 
Respecto a las oquedades excavadas en la pared sur, la inferior tiene tres metros de boca, 2`5 metros de profundidad y 1`5 metros de altura y en su interior se han documentado siete tumbas excavadas en la roca, tres de ellas cubiertas de sedimento. La cuevilla superior tiene dos metros de boca, uno de profundidad y uno y medio de altura. Estos dos habitáculos de la pared sur podrían vincularse a la existencia de grupos de eremitas o de solitarios anacoretas que pudieron servir a la posterior instalación de comunidades monásticas o establecimientos religiosos rurales de mayor envergadura, ya que es muy común la presencia de cámaras talladas en la roca junto a iglesias construidas. Uno de los habitáculos tiene una clara función sepulcral lo que no presupone que originariamente fuese un cementerio. Pudo ser un lugar de oración aislado y privado y al cabo del tiempo, posiblemente en la etapa de mayor auge de la necrópolis de la roca superior, ser reutilizado como panteón. Esta es la opinión que defiende la mayor parte de los estudiosos que han afrontado este tema. La cuestión es saber para quién estaban reservadas estas sepulturas. ¿Para personajes destacados dentro de la vida social o religiosa de esta comunidad? Estas oquedades se conectaban con la zona superior del farallón mediante unas escaleras talladas en la roca.
 
Tenemos claro el momento de la primera ocupación tardo-romana al encontrarse abundantes restos arqueológicos en los niveles de abandono y en los derrumbes asociados a un marcado corte de la roca en el sector noroeste de la peña. Son restos de tejas romanas y cerámica a torno común vistos en otros yacimientos de los siglos IV y V. Consta una estancia que aprovecha las diferencias de cota y las oquedades de la roca para tallar un corte longitudinal, muy marcado, de 250 cm de longitud y 18 cm de altura que sigue la pendiente natural de la peña (Referencia: UE 116). El resto de la estancia queda definida por la pared natural, irregular y menos precisa, que tiende a cerrar una estancia rectangular con unos dos metros cuadrados de superficie. En el sector oriental de este recinto, aprovechando que la base rocosa está más elevada, se documenta una zona de habitada presidida por un hogar dado el sedimento gris de composición cenicienta y los abundantes fragmentos de cerámica común. En el sector oeste de la estancia, a una cota más baja, hay cinco piedras alineadas, bloques grandes y sin desbastar, paralelo al corte que define la estancia rupestre. Mide 140 cm de longitud y que sería la hilada de base de un murete de dicho recinto.

 
Este habitáculo tiene otro seguido que aprovecha una amplia y profunda grieta natural. Las paredes de esta fosa son irregulares y asimétricas y la base apenas tiene superficie, pero en algún punto pueden intuirse repicados muy superficiales que posiblemente se hicieron para regularizar la pared. Diríamos que fue un espacio auxiliar al primero. No se conserva el alzado de los muros, pero supondremos que esta construcción excavada en parte estuvo recrecida con piedra en la zona del zócalo, ya que en la sucesión de derrumbes documentado en este sector abundan los bloques de arenisca sin desbastar.
 
En alguno de los depósitos sedimentarios tardo-romanos hay cerámica, tejas y ladrillos triturados. Su presencia por otros sectores de la peña permite interpretar otros cortes rupestres como dependencias domésticas de este periodo. Tal sería el caso de la referencia del mapa de Aratikos UE 129, situado en el sector Noreste, el más elevado de la peña, dado que fue una zona muy alterada por la necrópolis medieval.

 
Un caso similar plantea otra explanación de gran envergadura en torno a la referencia del mapa de Aratikos UE 104. Aquí se documenta un amplio corte angular rupestre que delimita una superficie amplia, diáfana y perfectamente nivelada; en origen tal vez superaba los treinta y dos metros cuadrados y llegaba hasta el mimo borde de la peña, pero ha sufrido un deterioro progresivo y ahora es difícil determinar su perímetro. Se documentan varios hoyos para encajar vigas a lo largo de toda la base interna del corte. Se trata de los únicos restos visibles de una estructura que pudo tener alzado de madera. Sus dimensiones, la ausencia de cualquier vestigio de carácter doméstico y su emplazamiento –el más destacado de toda la peña junto al borde sur-, nos permiten plantear que tal vez fuera una construcción para ejercer el control de este sector del valle en época tardo-romana. ¡La famosa Turris! Una turris semirrupuestre que contralaría un paso (meatus) que ascendería la Sierra de Arcena Y que dominaría visualmente casi todo el valle de Tobalina. En época medieval se tallaron varias tumbas aprovechando que se la superficie ya estaba nivelada.

 
A este primer momento de ocupación hay que asociar las siete tumbas de lajas –las únicas de estas características en todo el yacimiento- documentadas en el extremo noroeste, en la parte baja de la plataforma, en el mismo ámbito donde se ha documentado la estancia doméstica con hogar. Sólo en esa zona permite excavar tumbas de estas características. Además, se ha comprobado que cuando se abandonó esa estancia se aprovechó parcialmente para colocar alguna de las tumbas. Están construidas con una o ambas paredes de lajas hincadas de canto, aunque, algunas tienen la base de la pared tallada en la roca y después se recrece mediante una sucesión de lajas colocadas en horizontal que pueden estar calzadas con fragmentos de teja. En tres fosas la cabecera está delimitada por una teja curva entera de gran envergadura (la imbrex) hincada en vertical que sobresaldría de la tumba a modo de lápida. Es muy posible que las otras hayan perdido este elemento identificativo ya que se documentan fragmentos de teja de similares dispersos por todo este espacio. El eje de estas piezas está recorrido por una o varias líneas onduladas y paralelas realizadas con dedos. Además, algunas sepulturas también presentan un fragmento de teja curva para cerrar los pies de la fosa. Por último, también es muy cuidado el sistema de “orejeras” -tejas o lajas de piedra- que permiten mantener la posición forzada de la cara del inhumado mirando en dirección este, hacia la salida del sol. Hecho comprobado gracias a la abundancia de restos humanos encontrados en las fosas de las diferentes épocas estudiadas en la Peña del Mazo.

 
Podemos pensar que, tras esta primera ocupación romana tardía, un sector de la peña se transforma en cementerio. Y como tal asociado a un templo que se mantendrá en época medieval. Pero, la existencia de ese templo no implica una ocupación continuada desde el Imperio. Eso sí, las poblaciones que hubo en el Valle de Tobalina durante época romana estuvieron siempre asociados a recintos militares, normalmente de pequeño tamaño, que se instalaban en puntos estratégicos para control del territorio, de las vías de comunicación y de los recursos naturales. Será en un momento posterior cuando estos establecimientos se despojan de su carácter militar para convertirse en aldeas estables. Lo que comentábamos en el inicio de la entrada.
 
En la fase de ocupación altomedieval tenemos estructuras construidas y excavadas en la roca que avalan una ocupación posterior a la tardo-romana. La iglesia es la principal protagonista. Conserva en pie la base de todo su perímetro y se distinguen dos tipos de fábrica. Además, los distintos rebajes, entalles y subestructuras de su interior son indicadores de transformaciones en su estructura.

 
Ante nosotros tenemos una planta inicial cuadrada con una superficie interna de dieciséis metros cuadrados y acceso en el muro sur. Antes de levantar los muros se repica todo el perímetro y sobre esta superficie nivelada se alzan las paredes construidas con grandes lajas de arenisca. Muy posiblemente solo se empleó piedra en el zócalo y, para el resto, tapial o madera. Dentro se marcan dos espacios separados por un escalón. Así el santuario está al este, con la base repicada en la roca y sobre elevado respecto a la nave. En él destaca un bloque macizo, bajo y estrecho integrado en el propio muro testero. El hoyo que aparece en su parte frontal serviría para encajar un poste con el que tener un apoyo más estable para el altar y conseguir mayor amplitud y altura en la mesa. La posición del altar implica que el oferente solo podía oficiar de espaldas a los fieles. Por otro lado, los dos hoyos laterales colocados en una posición más avanzada permitirían encajar el poste de sujeción de sendas cancelas, diferenciando y reservando de esta manera el santuario del resto del templo.
 
En una segunda etapa este cuerpo original se alarga hacia el oeste y hacia el norte dando lugar a una nave rectangular de mayor capacidad (medidas internas: 4 x 6 m). Sus muros eran de ochenta centímetros de anchura construidos mediante el sistema de doble paramento con relleno de ripio. El muro testero se coloca sobre la base del muro del edificio anterior y el resto directamente sobre la roca. En acceso anterior se ciega y se traslada al extremo oeste de ese muro sur. Avanzan el altar que coincidiría con el encaje situado más adelante, tangente y centrado respecto escalón que antaño separaba la nave del santuario. Se trataría de un altar de mesa que permite oficiar de cara a los fieles. Al analizar las proporciones del templo se observa que dicho hoyo queda descentrado y, sin embargo, coincide perfectamente con el eje central del primer edificio. A pesar de las numerosas huellas y entalles que circundan todo el templo, se duda sobre la existencia de un pórtico.

 
La ampliación del templo pudo producirse por el incremento de la población, adecuación de la iglesia a la liturgia romana o algún fallo constructivo que obligara a una reestructuración de la planta que afectó a la organización de los espacios litúrgicos. Posiblemente la mayoría de los cambios se producen en un mismo momento y, como hipótesis, dicho momento fue tras la obligatoriedad de cambiar la liturgia mozárabe por la romana (Concilio de Burgos, año 1080. Bajo el reinado de Alfonso VI). Podríamos asociar el templo primitivo -la pequeña aula de 16 metros cuadrados-, a la fase tardo-romana, hacia el siglo V, ya que las tumbas de lajas necesariamente tendrían que estar vinculadas a un lugar de culto. Pero la mayoría de los estudiosos asumen que la evangelización en Las Merindades empezaría en los siglos VI y VII. ¿Entonces?
 
Quedan restos constructivos de un edificio de grandes dimensiones (rectángulo de unos quince metros cuadrados) adosado a los pies del templo. La base del muro occidental de la iglesia no presenta ninguna apertura y, por tanto, hay que suponer que no había comunicación directa entre ellos, a no ser que fuera en altura.

 
Las tumbas altomedievales encontradas se distribuyen por toda la superficie de la peña, casi 4.500 metros cuadrados en el que se documentan 103 sepulturas, las siete de lajas ya analizadas y el resto excavadas en la roca, aunque existen indicios de haber empleado mampuestos para completar la estructura en algunas. Curiosamente, las tumbas más alejadas del templo en dirección este son más complejas. Esto hace suponer que el periodo de ocupación de la necrópolis dentro de esta fase altomedieval fue amplio. Las sepulturas excavadas son: 8 rectangulares; 46 en forma de bañera; 41 antropomorfas; y una de difícil interpretación. Las cabeceras son cuadradas en 52 tumbas, rectangulares en 9, redondeadas en 27, con forma de herradura en 4 e inidentificable en otras cuatro. Han sido asignadas treinta y una a adultos, veintiocho a jóvenes, treinta y siete a infantes y dos sin determinar. Aparentemente la población adulta e infantil en el asentamiento era muy similar, lo que resulta anormal porque, aunque la tasa de mortandad antes de alcanzar la madurez era elevada, siempre había un dominio claro de las tumbas adultas. Las noventa y seis fosas excavadas se distribuyen por casi toda la superficie del farallón. Sin embargo, destacan dos zonas de concentración: el extremo occidental de la plataforma y extremo oriental, lo que contrasta con lo habitual en las necrópolis rupestres conocidas donde el área sepulcral es más intensa en el espacio inmediato al templo.

 
Para finalizar, disfruten del recogimiento y paz que produce este asentamiento y de la libertad de perder la miranda en el horizonte. Quizá eso fue lo que mantuvo, durante varios siglos, este lugar habitado. Y ha permitido el descanso tranquilo de aquellos cristianos que nos podrían contar cómo eran Las Merindades en aquellos años.
 
 
Bibliografía:
 
“Intervención arqueológica en el yacimiento La Peña del Mazo, Pajares (Valle de Tobalina, Burgos). Campañas de 2004 y 2005”. Aratikos Arqueólogos, S.L.
www.lasmerindades.com
“Las Merindades de Burgos: Un análisis jurisdiccional y socioeconómico desde la Antigüedad a la Edad Media”. María del Carmen Sonsoles Arribas Magro.
Blog  “Conoce Atapuerca”. 
Blog “Necrópolis medievales excavadas en la roca”
Blog “Tierras de Burgos”.
“Estudio arqueológico del Desfiladero de La Horadada: La transición entre la tardorromanidad y la Alta Edad Media (SS.V-X D.N.E.)”. José Ángel Lecanda.
“Valpuesta y Berberana. El Valle de Tobalina. Medina de Pomar y sus aldeas. Villalba de Losa y su vez. Frías y sus arrabales”. María del Carmen Arribas Magro.
“Eremitorios rupestres en la comarca de Las Merindades (Burgos)”. Judith Trueba Longo.