De
este centro no queda más que el solar porque la vivienda residencial del siglo
XVII debió ser derribado por ruina. Estaba en la calle que luego se llamaría Fundador
Villota número siete y fue donde estuvo la casa de Agustín de Villota. Los
textos consultados no nos dicen cómo amasó su fortuna Agustín, pero en su
testamento dedicó una cantidad de fondos a la creación de un colegio de niñas y
dotación de doncellas (dar un dinero a las chicas cuando se casasen o cuando se
hiciesen monjas). Ese documento fue otorgado el 9 de agosto de 1779 ante el
escribano Juan de Careaga, de Cádiz. En la cláusula seis de este documento se
designaba a Ignacio Díaz de Saravia como ejecutor del testamento, pero
concediéndole el poder de ser sustituido en el encargo de fideicomisario. Ignacio
era un conocido comerciante gaditano que, mortis causa, delegó en su esposa María
del Rosario Díaz de Saravia y en Lucas Ontañón, secretario del Tribunal del Consulado,
por escritura otorgada en Cádiz el 5 de abril de 1802 ante el Notario Juan
Gómez de Torres, la gestión de la última voluntad de Agustín. Fueron testigos
de la firma Francisco de Paula Fret, Juan José Rubio y José Ortega, vecinos de
Cádiz. Los estatutos del Colegio fueron aprobados el 30 de septiembre de 1827.
Agustín
de Villota nació en Medina de Pomar el 28 de agosto de 1728. Fue hijo de Ventura
de Villota y Vicencia de Mardones. Tras estudiar lo que pudo entre la oferta
existente en Medina de Pomar, algunos autores dicen que ingresó en la carrera
de Indias a las que marchó a desempeñar su cometido. En otras de las mínimas biografías
lo denominan clérigo. Murió en 1779 con cincuenta y un años. Y, surgen los
problemas: No sabemos si fue a algún virreinato ultramarino, pero sí parece
importante la vinculación de Agustín con Cádiz de donde era su albacea
testamentario, Ignacio Diaz de Saravia. De hecho, Agustín e Ignacio aparecen
como consignatarios gaditanos de Diego de Agüero que era un comerciante
asentado en el Río de la Plata. Además, Agustín figura en reuniones de comerciantes
de esa ciudad. Con esta información, ¿era Agustín un jándalo? Lo parece. Y,
quizá, descartamos eso de ser un clérigo o su marcha a América.
Agustín
no solo creó ese colegio del que hablaremos, sino que, también, ayudó a otra institución
de Medina de Pomar: la Preceptoría de gramática latina fundada por Isabel de Salcedo.
El 20 de Julio de 1779 Agustín de Villota, y en su nombre Ignacio Díaz de
Saravia, aumentó la dotación de la preceptoría en 2.500 pesos de a quince
reales vellón. Dichos 2.500 pesos o 30.000 reales los tenía impuestos sobre las
haciendas de María Ordoño Rosales, mujer de Bartolomé Tirso de Velasco, vecino
de Espinosa de los Monteros, según escritura otorgada en Briviesca en 21 de
Marzo de 1781, ante el escribano Juan Pérez. Se distribuía este dinero colocando
18.000 reales de principal y 540 reales al tres por ciento para la escuela de
primeras letras de Medina de Pomar y aumento de sueldo de su Maestro y 12.000
reales de principal y 360 de réditos para el del Preceptor de Gramática.
Y,
por supuesto, debemos fijarnos en el dinero destinado por Agustín para el
colegio de niñas que se fundó el dos de agosto de 1775. Destinó su casa natal
para aulas. La reconstruyeron para tal fin. En el primer piso se hallaba el
colegio de primeras letras, dirigido por una maestra y en el segundo el aula de
costura dirigido por otra maestra.
Para
el correcto gobierno de la institución había tres censores: el Rector del
Cabildo eclesiástico, el alcalde de Medina de Pomar y el que fuera Prepósito de
San Felipe de Neri, a quien sustituyó el Beneficiado más antiguo de Medina
cuando aquella institución desapareció. Para cumplir los objetivos de la Fundación
Villota se disponía de varias escrituras de censos ya redimidos, la casa
colegio y doscientas cincuenta mil pesetas sobre los bienes propios de la
ciudad de Santander al tres por ciento, rentando 7.500 pesetas. ¿Es importante
hablar de los dineros? No mucho. Pero sirve para explicar una carta publicado
en el diario “La fidelidad castellana” donde, bajo el título de “los parásitos”
dejaba constancia del retraso en el pago de las dotes y de las dificultades económicas
que sobrellevaba la fundación. Decía que no se habían cobrado 50.000 pesetas de
intereses del principal de 250.000 pesetas. Eso en el año 1888. ¡Gracias a Dios
culpa al consistorio santanderino! Y, desgraciadamente, ese problema con los
cántabros parece que fue recurrente. En 1931 se lograban cobrar 31.000 pesetas
gracias a la intermediación del Gobierno Civil de Burgos con la que se podían
pagar veintitantas dotes. Pero, por no dejar mala imagen, el ayuntamiento de
Santander siempre pagaba algo.
Localización de la
Fundación Villota
Los
albaceas testamentarios de Ignacio Diaz, María del Rosario Diaz de Saravia -su viuda
- y Lucas Ontañon (caballero de la Orden de Carlos III y secretario del Real
Tribunal del Consulado de Cádiz) se encomendaron para cumplir la tarea del
difunto. Entre los diferentes documentos y escrituras estaban los relativos a
Agustín de Villota. Así vemos que Ignacio había comprado una casa arruinada en Medina
de Pomar que cae por su frente a la calle principal y por la espalda hacia la
parte de Nuestra Señora del Rosario y su campo con su huerta que linda con casa
del Duque de Frías, la cual se reedifico después y la fabrico de tres altos al
barrio de la puerta de la Villa y que costó treinta y seis mil reales de vellón.
Lo hizo para cumplir los deseos de su amigo Agustín. Ignacio Diaz de Saravia disponía
de capacidad de obrar concedida por Agustín de Villota en su testamento (09/08/1779)
para la creación, en Medina de Pomar, de una escuela de primeras letras y de
labores para niñas.
¡Muy
Justo! Un hombre adelantado a su tiempo que buscaba educar a las niñas,
¿verdad? Pues no. En Medina de Pomar ya había una escuela para niños y niñas. Lo
que buscaba Agustín era una educación separada porque pensaba que la
convivencia de niños con niñas podía influir contra la buena moralidad y
costumbres. Esta misión la heredaron -de rebote- María del Rosario y Lucas
fundando esa Escuela para niñas en la que se las enseñase la doctrina cristiana
y las primeras letras sin que se admitiese ningún niño varón. Las niñas
aprenderían, a su vez, “a hilar, coser, hacer medias, calzetas, gorros y
todas las demás labores propias de sexo mugeril como son teger lienzos, cintas
de seda e hilo, hacer encajes”.
La
escritura de constitución de la Fundación Villota contenía una serie de
condiciones como que la maestra fuese de buena vida y conducta, de costumbres
cristianas y religiosas, capaz por sus propios conocimientos o auxiliada de
buenas maestras y libros de instruir, y enseñar a las niñas en la doctrina
cristiana y a leer, escribir y las primeras reglas de sumar, restar,
multiplicar y dividir. Pasaría un examen del patrono y habría informes
reservados de la buena vida y costumbres para los Censores. La maestra tendrá
habitación en el piso alto en la casa escuela y ocho reales al día. Habría otra
maestra para las labores que se entendían femeninas. Debía cumplir las mismas
condiciones que su compañera y el salario diario era de nueve reales de vellón.
Algunas de las niñas de la Escuela de leer y escribir podían concurrir a la de
labores y, para ello, se adaptaban sus horarios. Todas las niñas empezaban y
terminaban la jornada con algún acto religioso por el alma de Agustín de
Villota.
Si
no hubiese sitio para los dormitorios de las maestras estas residirían en una
casa adyacente a la escuela que ellas costearían complementando su salario con
medio real diario. Patrono y censores determinaban el horario laboral de la
maestra tanto “por las mañanas como por las tardes con consideración a las
estaciones del año y a lo que se observe en otras escuelas de igual clase”.
También vigilaban el cumplimiento de las obligaciones de las Maestras. ¿Incumplimiento?
Despido.
Las
niñas podían llevar a su casa la costura y labores y la maestra no podía cobrar
a las niñas por la formación. Pero, si los vecinos de Medina o de otros pueblos
hubieran encargado trabajos a la escuela, su importe se repartía -mitad y
mitad- entre la Maestra y la niña que hubiera hecho el trabajo.
Todos
los años, en noviembre, debía honrarse el alma de Agustín de Villota con
asistencia de todo el Cabildo Eclesiástico de la Villa de Medina de Pomar y las
maestras. Esa ceremonia se celebraba en la Parroquia principal o, si no, en el
Convento de San Francisco con asistencia de sus Religiosos. Para costear estas
ceremonias el Patrono apartaba 180 reales cada año. La escritura contenía las
condiciones de su reparto entre los intervinientes a la ceremonia.
(21/09/1910 El Cantábrico)
El
Patrono lo sería a perpetuidad y cobraba un diez por ciento del rendimiento líquido
que producían los bienes adscritos. Pagaba a los Censores 500 reales de vellón
a cada uno. Deducidos todos los pagos anteriores, los Censores, de acuerdo con
el Patrono, invertían un máximo de 1.500 reales anuales en comprar material
escolar y pagar dotes. Estas eran, inicialmente, de quinientos ducados cada
dote. El remanente se tenía que guardar en una caja con tres llaves, para el
Patrono, el Rector del Cabildo Eclesiástico y el Rector de San Felipe Neri. Curiosamente
no había equidad en el reparto de las dotes. Había preferencia con las parientes
dentro del cuarto grado de consanguinidad con Agustín de Villota. Si no hubiese
parientes se adjudicaban las dotes entre las hijas de Medina y sus Aldeas que fuesen
o hubiesen sido alumnas de la fundación. La edad mínima para ser dotada eran
los 16 años y la máxima era de 30 años. Adjudicadas las dotes, si las chicas no
se casaban o no se hacían monjas en los seis años siguientes perderían el
derecho y se entregaría el montante a otra muchacha. Al parecer, entorno a 1950
ese plazo rozaba los siete años. Y, según diversas notas de prensa, el retraso
excesivo en el cobro era cosa común. Una de las jóvenes que obtuvieron esta
ayuda -por citarla como ejemplo- fue romana Fernández Andino que recibió 1.375
pesetas de manos de los Censores Raimundo Zatón y Andrés del Val en 1907.
Incluso si fallecía la muchacha antes de recibir el pago, como fue el caso de
Modesta del Hoyo García, lo cobraban los herederos.
Llevaban
un libro de contabilidad, custodiado en el mismo lugar que los fondos de la
fundación, donde se incluía el importe de los dotes que se adjudicaban. Además,
había otro libro donde anotaban los sobrantes y su aplicación. A final del año
los Censores revisaban las cuentas y las firmaban si estaban conformes. En caso
de disconformidad podían, incluso, denunciar al Patrono para que corrigiese sus
actos y, mientras, quedaba suspendido de la Administración y cobro de las
rentas. En su lugar los Censores nombraban un tercero externo para “cobrar
dichas rentas y llenar las demás obligaciones del Patrono hasta que este
conteste y satisfaga los reparos que le hayan puesto los Señores Censores”.
Lo mismo en caso de que el Patrono fuese persona de mala conducta. Piensen que
el Patrono custodiaba los caudales. A principios del siglo XX el Patronato
radicó en la familia de los Paz que parece que cometieron ciertas
irregularidades.
Los
Patronos procederían de los descendientes legítimos de Teresa de Villota,
hermana mayor de Agustín de Villota. Finalizada esta línea se seguiría con los
de Francisca de Villota, hermana segunda de Agustín, siempre con preferencia
del varón a la hembra y de la mayor edad a la menor por el orden de sucesión de
los Mayorazgos de España. No se olvidaron de legislar que sí se extinguían
ambas líneas se seguiría por el parentesco de consanguinidad más inmediato a Agustín.
Si quien tenía derecho a ser Patrono era mujer esta debía nombrar, con acuerdo de
los Censores, a un administrador. Su sueldo era el de la “patrona” con una
merma del diez por ciento para ella. Lo mismo cuando el Patrón era varón menor
de diez y ocho años o un hombre adulto incapaz de ejercer el cargo.
(10/09/1927)
En
1803 aparece un anuncio en el Diario de Madrid ofreciendo dos plazas de maestra.
La fundación fue más exitosa que lo que su recuerdo público parece indicarnos. Hubo
una época en que gran parte de las mozas de Medina de Pomar pasaron por este
centro educativo. Desde la década de 1920 -y quizá antes- fue maestra de esta
institución Leonida Diaz-Ufano Valerio, que era zamorana y cobraba 625 pesetas
de subvención, seguía allí en 1933 y, dicen, durante la década de 1940. En 1928
sabemos que como profesora de labores estaba Aurelia Rosales y en 1929 Avelina
Rosales Zorrilla (aunque podría ser una errata). Tras Leonida cuenta que estuvo
la Señora Carmen. Por esas fechas la actividad de formación profesional recaía
en Ángeles López- Quintana quien había sido convencida por su jefe, el sastre César
Cadiñanos, para cambiar de trabajo y aceptar esta oferta. Angelines vivió, al
principio, en su casa familiar de calle Condestable número seis hasta el
fallecimiento de su madre Petra. En 1941 se trasladó a vivir a la Fundación. En
los años de la década de 1950 el aula formativa operaba bajo el control de Palmira
Barros que vivía en las inmediaciones y que había trabajado previamente en la
Escuela de Salinas de Rosio.
Diario de Madrid 14/06/1803
También
consta, durante los años cuarenta del siglo XX, que en esa segunda planta del edificio
de "la Fundación" vivía Federico Elías que se dedicaba a dar clases
particulares a los chicos de Medina y de los pueblos. De este centro educativo,
durante sus últimos años, salieron las chicas de la escuela de letras hacia las
escuelas nacionales y viceversa. Hay recuerdo de que era así en 1961. Se ha
publicado que chicos más mayores de las escuelas que estuvieron junto al
depósito de agua llegaron a pasar a este edificio.
En
la entrada del centro, sobre su puerta, existía un cartel con la leyenda de
Escuela de Niñas. Publicaba Jesús Oleaga que, en las décadas de 1950 y 1960, funcionaba
el cine de Acción Católica. También comentaba Jesús en su libro “Fuimos” que “en
la segunda planta, habitaba en la década de los años 60 la familia del
Estanquillo, Alejandro, Pilar y sus hijos. Pilar tenía sus gallinas y algo de
huerta en la parcela y realizaba venta de sus productos en el portal del
Estanquillo”.
Hay
un recuerdo de esta desaparecida institución en el ayuntamiento de Medina de
Pomar. En octubre de 1899, cuando se estaba construyendo el actual edificio consistorial,
se encargó a Julio del Val, pintor nacido en Villaverde de Peñahorada (Burgos),
la decoración del techo del Salón de Plenos. Las pinturas están realizadas al
óleo sobre lienzos que se adhirieron al techo. Uno de ellos representa la
fundación de Agustín de Villota.
(08/07/1930)
Pero
Agustín de Villota no solo creó esta institución. Si queremos ver un tercer
retazo de su generosidad debemos acercarnos a la parroquia de Nuestra Señora del
Rosario donde hay una imagen de la Virgen del Rosario que fue traída desde Cádiz
y regalada a fines del siglo XVII por Agustín de Villota. El suelo del templo
es de piedra blanca y también lo pagó Agustín de Villota, según se deduce de la
licencia que, para llevarlo a cabo, dio el Vicario de Medina de Pomar el 27 de mayo
de 1777. Se dispuso un suelo para enterramientos familiares con un total de
setenta y seis huecos en su nave central. No faltaban muchos años para que se
prohibiesen los enterramientos dentro de las iglesias.
Bibliografía:
“Fuimos.
Una crónica del comercio local. Medina de Pomar 1900-1970”. Jesús Oleaga.
“Apuntes
históricos sobre la ciudad de Medina de Pomar”. Julián García Sainz de Baranda.
“Medina
de Pomar. Cuna de Castilla”. Inocencio Cadiñanos Bardecí, Emilio González Terán
y Antonio Gallardo Laureda.
“La
naturaleza del comercio monopolista en el Río de la Plata tardo-colonial.
El
caso de Diego de Agüero (1773-1814)”. Mariano Martín Schlez.
Boletín
oficial de la Diputación Provincial de Burgos.
Periódico
“La fidelidad castellana”.
Revista
“El magisterio español”.
Periódico
“El castellano”.
Revista
“Anuario del Maestro”.
Periódico
“Diario de Burgos”.
Revista
“Suplemento a la escuela moderna”.
“Fotografías
y recuerdos de Medina de Pomar”. Gabriel Fernández Barros.
“Descripción
histórico artística de la Catedral de Cádiz”. Javier de Urrutia.
Periódico
“Heraldo de Zamora”.