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domingo, 4 de enero de 2026

Planimetría urbana de Las Merindades.

 
 
Hace muchos años, muchos, cuando estaba en la universidad tuve una graciosa conversación con una compañera. Cuando ella pensaba en la provincia de Burgos le venía a la cabeza lo que había conocido: el pueblo de sus padres en la zona de Roa. Para ella, esta provincia era un secarral de pueblos distantes y desconocía que Las Merindades eran verdes, llenas de agua y con pueblos a cada paso.

Bárcena de Pienza
 
Pues lo mismo ocurre dentro de Las Merindades al encontrarnos sutiles diferencias entre la zona de Arija y Berberana, por ejemplo. Quizá esto no fue así en la prehistoria cuando las personas de cultura celta que residían en esta comarca se cobijaban en castros en los que se utilizaba la piedra, el barro o la madera para construir. Viviendas de tipo circular o cuadrangular similares a las de la meseta o las del entorno. La incorporación a la república romana introdujo la técnica y usos constructivos itálicos en Las Merindades. Tendremos vías, edificios públicos y nuevos asentamientos en las zonas llanas en lugar de los anteriores asentamientos protegidos en altura -que volverán tras el imperio-. Vitrubio, arquitecto de la época de Augusto, escribe sobre las casas de la gente primitiva que las viviendas eran chozas con maderas verticales y ramas cubiertas de limo y barro o maderas entramadas.
 
En nuestra zona geográfica tenemos Salinas de Rosío, San Martín de Losa (Los Casarejos), Poza de la Sal y la denominada Juliobriga. Por supuesto no existían solo estos núcleos dado que habrá poblaciones no descubiertas todavía y, evidentemente, casas de campo.

Fortaleza de Tedeja.
 
Poco queda de los visigodos en Las Merindades. Suponemos que el trazado de las poblaciones existentes entonces seguiría las líneas trazadas en época imperial hasta la inevitable desintegración de la organización social, política, administrativa y económica romanas y el comienzo de la provincialización y ruralización de Hispania. De este periodo conservamos restos en Tedeja, Santa María de Mijangos y Nuestra señora de los Reyes Godos. De lo que fueran las construcciones populares, de los pequeños “vicus” o “pagus”, poco conservamos. Quizá en el pequeño asentamiento de la Cuevas de los moros de Arrollo de Valdivielso, según estudios de Enrique Díes Cusí.
 
Los datos que nos aportan los documentos manipulados y apócrifos de Vítulo y Juan de Valpuesta indican que la tierra de Mena, Taranco, Area Patriniani, Castilla, en el torno de Valpuesta y, tal vez, del resto de Las Merindades había indicios de la existencia de poblaciones sobrevivientes. García Grinda, en el libro dedicado a la arquitectura popular burgalesa, dice: “(…) se menciona en Taranco y Mena, viñas, pomaradas, casas e incluso molinos, como muestra ya de un establecimiento más o menos consolidado. Dichas presuras adoptaron dos formas. Por un lado, la apropiación individualizada del terrazgo dentro de una economía mixta basada en el cultivo del cereal, las huertas anejas a la vivienda y los aprovechamientos del bosque, tanto ganaderos como de otro tipo (...) Y, en segundo lugar, otra forma más amplia, de carácter familiar o social, apropiándose de forma común grupos de personas de la tierra, y como es lógico ocupando una mayor superficie (…)”.

Plano de Oña (1946)
 
Los documentos de finales del siglo IX y de las siguientes centurias indican que hay una sociedad cada vez más jerarquizada, que aparecen entidades como los monasterios (San Salvador de Oña) que vertebran el territorio y reciben prestaciones de algunos pobladores de estas tierras. Conocemos la existencia de las aldeas y otras entidades de mayor entidad jurídica pues reciben la carta puebla. Pero ello no nos permite conocer como era el entramado urbano ni tampoco el tipo de construcción imperante.
 
De esta época son testigos las viviendas rupestres en diferentes zonas como Cillaperlata, Perros, la cueva de la tía Isidora en Montejo de Brícia, la de los moros en Manzanedo, la mosquita en Incinillas, San Pedro en Tartalés de Cilla, el Popilo en Herrán, la monumental de San Pedro de Argés, las cercanas de los Obarenes, Encío, Oña, el valle de Valderredible… Descubrimos asentamientos por las marcas de los orificios practicados en la roca para asiento de los pies que sustentaban la cubierta del edificio. Hay por tanto evidencias de la existencia de diferentes habitaciones o estancias en ellos. Se puede llegar a comprobar que a la vivienda principal se asocian otras construcciones.

 
Desde finales del siglo XI hasta finales del XV se transforma la arquitectura popular por los cambios militares y la consolidación del estado castellano. Nos encontramos con distintos planos de las poblaciones vinculados a las necesidades y actividades principales de las que viven. Ahora es cuando se va desarrollando el plano de Oña, Espinosa de los Monteros, Frías, Puentedey, Medina de Pomar o Villasana. Ahora se parcela el espacio urbano y se empieza a desarrollar el caserío en función de ello. Surge la casa urbana en altura dada la escasez y carestía del suelo. Ello obligará a la aparición de un determinado tipo de muro aligerado que está compuesto por un entramado de madera que se rellena de diferentes materiales según las disponibilidades de la zona. En Las Merindades el predominio del entramado de madera -la “emplenta”- permitirá voladizos.
 
En nuestra comarca serán la ganadería y la agricultura quienes condicionen los edificios. Su estructura procederá de una nueva organización del territorio en función de los intereses y necesidades de los que, jurídica y militarmente, controlan el territorio. Además, aparecen núcleos de población en torno a castillos o monasterios, como el "castellum" en Frías o el "castellum" de Medina de Pomar.

Frías 1946
 
La vivienda se organiza internamente en función de las actividades de los dueños. Hay espacios destinados a almacenar granos, hierba, para los animales y otros para vivienda como: la cocina u hogar, las habitaciones destinadas a dormir y los espacios dedicados al trabajo. La documentación de este período es abundante en datos en relación con las actividades agrarias, utensilios, espacios auxiliares como palomares, apriscos, huertas, molinos, artilugios variados, silos, trojes, establos, bodegas y la organización del espacio agrario del entorno de las poblaciones que en ocasiones está cercado. Con ello tenemos una idea aproximada no sólo de la vivienda sino también de cómo podían ser las poblaciones, las villas y el entorno rural que las rodeaba.

 
En Las Merindades se sustituirán los entramados de madera por muros de piedra a finales del medievo, tal vez porque aquí predomina el arador-hidalgo mucho más que en otros lares. Una causa podría ser el miedo a los incendios, algo que se dejó sentir también en el proceso de cubrición con bóveda de numerosos templos en este momento. Aparecen los muros de piedra cortafuegos, que sobresalen en la fachada para proteger los cuerpos volados, de los tenemos numerosos ejemplos en todos los territorios de Las Merindades, aunque cronológicamente los debamos situar ya dentro de la modernidad.
 
A partir del siglo XVI comprobamos como la arquitectura culta se emplea en muchas de las viviendas rurales de campesinos y ganaderos acomodados. A lo largo de la Edad Moderna vemos como abundará la casona. Esta presenta cierto racionalismo en la organización de las fachadas en la que se incorporan composiciones simétricas muy sencillas y ciertos ornatos renacentistas o barrocos. Esta nueva construcción sustituye a la torre o castillo señorial. Este proceso fue fruto de las nuevas posibilidades económicas, las circunstancias políticas y, sobre todo, de la proliferación de picapedreros y artesanos especializados en la construcción. En muchos de los edificios levantados en núcleos como Espinosa de los Monteros, Frías, Medina de Pomar, Villarcayo y la mayor parte de los pueblitos los encargados de muchas de estas obras serán albañiles, carpinteros y yeseros. Los canteros sólo los veremos en las obras de mayor porte y son auténticamente los maestros que proyectan y, contratan y dirigen a los oficiales y aprendices que realizan la obra.

Horna
 
Uno de los elementos arquitectónicos más característicos de la arquitectura popular de esta época en Las Merindades es la presencia de la solana que se coloca entre el resalto de los muros cortafuegos que irá sustituyendo a los cuerpos volados precedentes. De aquí surgirá, durante el siglo XIX, el balcón de galería acristalada y que se ha atribuido a una clara influencia de la casa montañesa, sin que ello sea una realidad probada. La casa de estas zonas que vemos consolidarse en cuanto a la forma exterior, materiales utilizados y organización interna, en realidad lo único que hace es mejorar y consolidar los elementos que estaban ya iniciados a finales de la Edad Media.

 
Los cambios radicales los tendremos desde finales del siglo XIX trasladando al mundo rural el nuevo modelo de vivienda burguesa y los materiales industriales. A ello hay que sumar que la desamortización había debilitado los ayuntamientos y servicios, antes comunales, se privatizan. Esto se refleja en la construcción que pierde el sentido tradicional para dar paso a un sentido más individualista. Aparecen los balcones de hierro fundido, la cerrajería, los herrajes, un nuevo tipo de vano de mayores dimensiones y una composición novedosa en la organización de las fachadas. La presencia del cemento, del ladrillo industrial, del hierro, del vidrio industrial... Pero, pese a esas modificaciones en exteriores, el interior conservará la distribución que había fraguado y universalizado en el siglo XVIII con cierta tendencia racionalizadora en la distribución y organización de los espacios.

Villarcayo 1946
 
La despoblación y el éxodo desde el campo a los grandes centros industriales desde la década de los sesenta del siglo XX acelerarán un proceso de rechazo a lo tradicional por diferentes causas. Esto se unió a una especulación atroz -hermanada con corruptelas varias- que distorsionará nuestros pueblos. Las nuevas construcciones desarrollistas generalmente mantuvieron el trazado previo de las poblaciones. Plano que solo había estado condicionado por la orografía del lugar. Tenemos muchos pueblos junto a ríos de más o menos caudal ideales para el riego de los campos. O pueblos junto a un camino, una fuente de agua limpia o protegidos de las inclemencias meteorológicas. Todo lo dicho explica la ubicación de muchos asentamientos.
 
En ocasiones la población se encuentra a la entrada de un desfiladero. Así sucede en Herrán que tiene de un lado una vía de comunicación mercantil, disponía de agua suficiente para el lavado de la lana y está al mediodía a resguardo de los vientos del norte. Otro ejemplo es Incinillas, pues, desde este cruce de caminos nos adentramos hacia el valle de Manzanedo, ascendemos a la zona alta, se atraviesa el desfiladero hacia el valle de Valdivielso o simplemente se da paso hacia la llanura de Villarcayo.

Villasana de Mena 1946
 
Una excepción a la norma del estar en llano la tenemos en Frías que desarrolla su asentamiento en la ladera oeste de un cantil con pendiente de este a oeste. En este caso el valor defensivo del castillo del roquedo, la estratégica situación y el papel de comunicación a través del puente, pueden explicar el asentamiento humano que muy probablemente tiene su origen en el castillo. De todas formas, la población fue descendiendo hacia la vega situada al mediodía, bien protegida del norte y de un río Ebro desbordable. El fuero del siglo XIII intentó corregir la situación primando con exenciones a aquellos vecinos que ocupasen la muela. De características similares, con no pocos matices, es el asentamiento de Medina de Pomar.
 
La primera referencia histórica de los núcleos más destacados de estas tierras nos la proporciona el censo de población de Castilla de Tomás González, de finales del siglo XVI, nos informa que los núcleos que superaban los doscientos vecinos eran Espinosa de los Monteros (531), Medina de Pomar (320) y Frías (305). Estos evidentemente tienen un entramado urbano bien conformado y con unas características propias. Junto a ellos hay otro número de poblaciones de más de doscientos habitantes que, como Villarcayo, tienen un casco urbano relativamente conformado. Y luego un número elevado, tal vez el más numeroso, de pequeñas poblaciones, auténticas aldeas o caseríos que no han alcanzado un mínimo desarrollo poblacional. Sólo en el valle de Mena se puede hablar de una población dispersa, con caseríos de escasa entidad. Igualmente se pueden establecer diferencias entre los valles del norte y del noreste -Espinosa de los Monteros, Alfoz de Santa Gadea, Alfoz de Bricia y Merindad de Sotoscueva- y el resto. En estos valles, al igual que en Mena, el tipo de poblamiento es semi disperso, con pequeñas agrupaciones de casas muy próximas unas de otras. En estas zonas aparecen algunas villas de mayor entidad como Villasana de Mena, Medina de Pomar o Espinosa de los Monteros que parecen controlar el poblamiento de un territorio y lo condicionan desde la época medieval. En el resto de Las Merindades el poblamiento es de pequeños núcleos más o menos urbanizados, como sucede en Zamanzas, Manzanedo, Valdivielso, Tobalina, en el entorno de Medina de Pomar, Villarcayo y Trespaderne y en el valle de Losa.

Espinosa de los Monteros 1946
 
En esta tierra estamos ante una malla de población bastante densa que disminuye algo de norte a sur, pero en todo caso se diferencia de forma clara de la del resto de la provincia de Burgos.
 
Hay poblaciones en Las Merindades que siguen en los viejos asentamientos prerromanos, romanos e incluso de la etapa visigoda. Sin embargo, lo más normal es que los núcleos actuales vayan vinculados al mundo medieval. Lo habitual es que se entienda que, el mal denominado proceso repoblador, sea el origen de la mayor parte de los actuales asentamientos poblaciones de estas tierras y por tanto estaríamos a caballo entre el siglo IX y el XI para un número muy elevado. Entre los siglos XI al XIII hay un aumento de la población, mayor seguridad, se amplía la esperanza de vida y se mejora la productividad al mismo tiempo que aparecen nuevos pobladores como judíos, o francos y encontramos un notable flujo de población del norte hacia el sur. La consolidación de los grandes monasterios de San Millán de Cogolla y de Oña, y otros de menor entidad supondrá la explotación agrícola y ganadera de una forma más intensiva y racional que lo que se venía haciendo.

Quincoces de Yuso 1946
 
Como hemos dicho, esto afectará a la trama urbana. De los núcleos urbanos que se suelen identificar con los trazados medievales destacamos Medina de Pomar. Una ciudad con un plano regular, concentrado y ceñido por las murallas. Recuerda a la almendra de Vitoria. En nuestro caso la muralla separó administrativa, económica, militar y jurídicamente a los medineses del resto de Las Merindades. Por supuesto, la ciudad terminó saliendo de sus límites creando arrabales extramuros con conventos y monasterios.
 
A unos veinte minutos en coche tenemos Espinosa de los Monteros que es otra población de origen medieval pero que no solo no presenta un núcleo compacto, sino que este está cuajado de casas torre de perfil defensivo. Su planimetría presentaba una clara desorganización que se ha agravado con las construcciones modernas entreveradas con las casonas.

Soncillo 1946
 
La planta de Villasana de Mena presenta un diseño que da a entender la existencia de un trazado organizado al estilo clásico. Sus calles son paralelas y perpendiculares. Un plano con una calle galería dentro de un espacio rectangular que ha permitido a algunos apoyar la visión de que este hecho demuestra el paso del Camino de Santiago por el valle. Pero este tipo de planos no tiene, necesariamente, su origen en la ruta jacobea. Probablemente las vías o calzadas romanas, la presencia de acuartelamientos legionarios y la tradición romana están en el origen de este tipo de plano en una villa situada sobre una vía mercantil que, evidentemente, fue transitada por algunos peregrinos del Camino de Santiago. No por ser “el Camino” sino un camino hacia la meseta.
 
En todo caso, abundan en nuestra comarca los núcleos de población dispersos o casi dispersos como los del valle de Mena, Espinosa de los Monteros, Merindad de Sotoscueva, Alfoz de Bricia, Alfoz de Santa Gadea, Montija… donde pequeños grupos de casas están rodeadas de huertas y prados. Salvo algunas villas y poblaciones de mayor relieve, lo normal es que no lleguen a formar agrupaciones de manzanas. Aquí la edificación tiene un carácter individual con un corral o patio donde están las edificaciones auxiliares con un tamaño medio de edificación entorno a los 700 metros cuadrados. Similar a la otra vertiente de la cornisa cantábrica.

Puentedey
 
En esta tierra, con una importante actividad ganadera, o agrícola, no es extraño que los pajares o establos tengan espacios concretos. También es frecuente que en torno a la iglesia se hayan producido siempre importantes reuniones y que por tanto hay lugares concretos para ellas; los pórticos, como sucedía en el del templo de Miñón, donde tenían lugar las reuniones de todas Las Merindades hasta que la capitalidad pasara a Villarcayo por decisión de Felipe II.
 
 
 
Bibliografía:
 
“Arquitectura popular en Las Merindades: aproximación al tema”. Félix Palomero Aragón.
Fototeca digital de España.
“Casas de la nobleza en Las Merindades y en la Bureba (siglo XVII). Datos para su estudio”. Lena S. Iglesias Rouco y María José Zaparaín Yáñez.