Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
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domingo, 30 de marzo de 2025

La medinesa fundación para doncellas de Agustín Villota.

 
De este centro no queda más que el solar porque la vivienda residencial del siglo XVII debió ser derribado por ruina. Estaba en la calle que luego se llamaría Fundador Villota número siete y fue donde estuvo la casa de Agustín de Villota. Los textos consultados no nos dicen cómo amasó su fortuna Agustín, pero en su testamento dedicó una cantidad de fondos a la creación de un colegio de niñas y dotación de doncellas (dar un dinero a las chicas cuando se casasen o cuando se hiciesen monjas). Ese documento fue otorgado el 9 de agosto de 1779 ante el escribano Juan de Careaga, de Cádiz. En la cláusula seis de este documento se designaba a Ignacio Díaz de Saravia como ejecutor del testamento, pero concediéndole el poder de ser sustituido en el encargo de fideicomisario. Ignacio era un conocido comerciante gaditano que, mortis causa, delegó en su esposa María del Rosario Díaz de Saravia y en Lucas Ontañón, secretario del Tribunal del Consulado, por escritura otorgada en Cádiz el 5 de abril de 1802 ante el Notario Juan Gómez de Torres, la gestión de la última voluntad de Agustín. Fueron testigos de la firma Francisco de Paula Fret, Juan José Rubio y José Ortega, vecinos de Cádiz. Los estatutos del Colegio fueron aprobados el 30 de septiembre de 1827.

 
Agustín de Villota nació en Medina de Pomar el 28 de agosto de 1728. Fue hijo de Ventura de Villota y Vicencia de Mardones. Tras estudiar lo que pudo entre la oferta existente en Medina de Pomar, algunos autores dicen que ingresó en la carrera de Indias a las que marchó a desempeñar su cometido. En otras de las mínimas biografías lo denominan clérigo. Murió en 1779 con cincuenta y un años. Y, surgen los problemas: No sabemos si fue a algún virreinato ultramarino, pero sí parece importante la vinculación de Agustín con Cádiz de donde era su albacea testamentario, Ignacio Diaz de Saravia. De hecho, Agustín e Ignacio aparecen como consignatarios gaditanos de Diego de Agüero que era un comerciante asentado en el Río de la Plata. Además, Agustín figura en reuniones de comerciantes de esa ciudad. Con esta información, ¿era Agustín un jándalo? Lo parece. Y, quizá, descartamos eso de ser un clérigo o su marcha a América.
 
Agustín no solo creó ese colegio del que hablaremos, sino que, también, ayudó a otra institución de Medina de Pomar: la Preceptoría de gramática latina fundada por Isabel de Salcedo. El 20 de Julio de 1779 Agustín de Villota, y en su nombre Ignacio Díaz de Saravia, aumentó la dotación de la preceptoría en 2.500 pesos de a quince reales vellón. Dichos 2.500 pesos o 30.000 reales los tenía impuestos sobre las haciendas de María Ordoño Rosales, mujer de Bartolomé Tirso de Velasco, vecino de Espinosa de los Monteros, según escritura otorgada en Briviesca en 21 de Marzo de 1781, ante el escribano Juan Pérez. Se distribuía este dinero colocando 18.000 reales de principal y 540 reales al tres por ciento para la escuela de primeras letras de Medina de Pomar y aumento de sueldo de su Maestro y 12.000 reales de principal y 360 de réditos para el del Preceptor de Gramática.

 
Y, por supuesto, debemos fijarnos en el dinero destinado por Agustín para el colegio de niñas que se fundó el dos de agosto de 1775. Destinó su casa natal para aulas. La reconstruyeron para tal fin. En el primer piso se hallaba el colegio de primeras letras, dirigido por una maestra y en el segundo el aula de costura dirigido por otra maestra.
 
Para el correcto gobierno de la institución había tres censores: el Rector del Cabildo eclesiástico, el alcalde de Medina de Pomar y el que fuera Prepósito de San Felipe de Neri, a quien sustituyó el Beneficiado más antiguo de Medina cuando aquella institución desapareció. Para cumplir los objetivos de la Fundación Villota se disponía de varias escrituras de censos ya redimidos, la casa colegio y doscientas cincuenta mil pesetas sobre los bienes propios de la ciudad de Santander al tres por ciento, rentando 7.500 pesetas. ¿Es importante hablar de los dineros? No mucho. Pero sirve para explicar una carta publicado en el diario “La fidelidad castellana” donde, bajo el título de “los parásitos” dejaba constancia del retraso en el pago de las dotes y de las dificultades económicas que sobrellevaba la fundación. Decía que no se habían cobrado 50.000 pesetas de intereses del principal de 250.000 pesetas. Eso en el año 1888. ¡Gracias a Dios culpa al consistorio santanderino! Y, desgraciadamente, ese problema con los cántabros parece que fue recurrente. En 1931 se lograban cobrar 31.000 pesetas gracias a la intermediación del Gobierno Civil de Burgos con la que se podían pagar veintitantas dotes. Pero, por no dejar mala imagen, el ayuntamiento de Santander siempre pagaba algo.

Localización de la 
Fundación Villota
 
Los albaceas testamentarios de Ignacio Diaz, María del Rosario Diaz de Saravia -su viuda - y Lucas Ontañon (caballero de la Orden de Carlos III y secretario del Real Tribunal del Consulado de Cádiz) se encomendaron para cumplir la tarea del difunto. Entre los diferentes documentos y escrituras estaban los relativos a Agustín de Villota. Así vemos que Ignacio había comprado una casa arruinada en Medina de Pomar que cae por su frente a la calle principal y por la espalda hacia la parte de Nuestra Señora del Rosario y su campo con su huerta que linda con casa del Duque de Frías, la cual se reedifico después y la fabrico de tres altos al barrio de la puerta de la Villa y que costó treinta y seis mil reales de vellón. Lo hizo para cumplir los deseos de su amigo Agustín. Ignacio Diaz de Saravia disponía de capacidad de obrar concedida por Agustín de Villota en su testamento (09/08/1779) para la creación, en Medina de Pomar, de una escuela de primeras letras y de labores para niñas.
 
¡Muy Justo! Un hombre adelantado a su tiempo que buscaba educar a las niñas, ¿verdad? Pues no. En Medina de Pomar ya había una escuela para niños y niñas. Lo que buscaba Agustín era una educación separada porque pensaba que la convivencia de niños con niñas podía influir contra la buena moralidad y costumbres. Esta misión la heredaron -de rebote- María del Rosario y Lucas fundando esa Escuela para niñas en la que se las enseñase la doctrina cristiana y las primeras letras sin que se admitiese ningún niño varón. Las niñas aprenderían, a su vez, “a hilar, coser, hacer medias, calzetas, gorros y todas las demás labores propias de sexo mugeril como son teger lienzos, cintas de seda e hilo, hacer encajes”.

 
La escritura de constitución de la Fundación Villota contenía una serie de condiciones como que la maestra fuese de buena vida y conducta, de costumbres cristianas y religiosas, capaz por sus propios conocimientos o auxiliada de buenas maestras y libros de instruir, y enseñar a las niñas en la doctrina cristiana y a leer, escribir y las primeras reglas de sumar, restar, multiplicar y dividir. Pasaría un examen del patrono y habría informes reservados de la buena vida y costumbres para los Censores. La maestra tendrá habitación en el piso alto en la casa escuela y ocho reales al día. Habría otra maestra para las labores que se entendían femeninas. Debía cumplir las mismas condiciones que su compañera y el salario diario era de nueve reales de vellón. Algunas de las niñas de la Escuela de leer y escribir podían concurrir a la de labores y, para ello, se adaptaban sus horarios. Todas las niñas empezaban y terminaban la jornada con algún acto religioso por el alma de Agustín de Villota.
 
Si no hubiese sitio para los dormitorios de las maestras estas residirían en una casa adyacente a la escuela que ellas costearían complementando su salario con medio real diario. Patrono y censores determinaban el horario laboral de la maestra tanto “por las mañanas como por las tardes con consideración a las estaciones del año y a lo que se observe en otras escuelas de igual clase”. También vigilaban el cumplimiento de las obligaciones de las Maestras. ¿Incumplimiento? Despido.
 
Las niñas podían llevar a su casa la costura y labores y la maestra no podía cobrar a las niñas por la formación. Pero, si los vecinos de Medina o de otros pueblos hubieran encargado trabajos a la escuela, su importe se repartía -mitad y mitad- entre la Maestra y la niña que hubiera hecho el trabajo.
 
Todos los años, en noviembre, debía honrarse el alma de Agustín de Villota con asistencia de todo el Cabildo Eclesiástico de la Villa de Medina de Pomar y las maestras. Esa ceremonia se celebraba en la Parroquia principal o, si no, en el Convento de San Francisco con asistencia de sus Religiosos. Para costear estas ceremonias el Patrono apartaba 180 reales cada año. La escritura contenía las condiciones de su reparto entre los intervinientes a la ceremonia.

(21/09/1910 El Cantábrico)
 
El Patrono lo sería a perpetuidad y cobraba un diez por ciento del rendimiento líquido que producían los bienes adscritos. Pagaba a los Censores 500 reales de vellón a cada uno. Deducidos todos los pagos anteriores, los Censores, de acuerdo con el Patrono, invertían un máximo de 1.500 reales anuales en comprar material escolar y pagar dotes. Estas eran, inicialmente, de quinientos ducados cada dote. El remanente se tenía que guardar en una caja con tres llaves, para el Patrono, el Rector del Cabildo Eclesiástico y el Rector de San Felipe Neri. Curiosamente no había equidad en el reparto de las dotes. Había preferencia con las parientes dentro del cuarto grado de consanguinidad con Agustín de Villota. Si no hubiese parientes se adjudicaban las dotes entre las hijas de Medina y sus Aldeas que fuesen o hubiesen sido alumnas de la fundación. La edad mínima para ser dotada eran los 16 años y la máxima era de 30 años. Adjudicadas las dotes, si las chicas no se casaban o no se hacían monjas en los seis años siguientes perderían el derecho y se entregaría el montante a otra muchacha. Al parecer, entorno a 1950 ese plazo rozaba los siete años. Y, según diversas notas de prensa, el retraso excesivo en el cobro era cosa común. Una de las jóvenes que obtuvieron esta ayuda -por citarla como ejemplo- fue romana Fernández Andino que recibió 1.375 pesetas de manos de los Censores Raimundo Zatón y Andrés del Val en 1907. Incluso si fallecía la muchacha antes de recibir el pago, como fue el caso de Modesta del Hoyo García, lo cobraban los herederos.
 
Llevaban un libro de contabilidad, custodiado en el mismo lugar que los fondos de la fundación, donde se incluía el importe de los dotes que se adjudicaban. Además, había otro libro donde anotaban los sobrantes y su aplicación. A final del año los Censores revisaban las cuentas y las firmaban si estaban conformes. En caso de disconformidad podían, incluso, denunciar al Patrono para que corrigiese sus actos y, mientras, quedaba suspendido de la Administración y cobro de las rentas. En su lugar los Censores nombraban un tercero externo para “cobrar dichas rentas y llenar las demás obligaciones del Patrono hasta que este conteste y satisfaga los reparos que le hayan puesto los Señores Censores”. Lo mismo en caso de que el Patrono fuese persona de mala conducta. Piensen que el Patrono custodiaba los caudales. A principios del siglo XX el Patronato radicó en la familia de los Paz que parece que cometieron ciertas irregularidades.
 
Los Patronos procederían de los descendientes legítimos de Teresa de Villota, hermana mayor de Agustín de Villota. Finalizada esta línea se seguiría con los de Francisca de Villota, hermana segunda de Agustín, siempre con preferencia del varón a la hembra y de la mayor edad a la menor por el orden de sucesión de los Mayorazgos de España. No se olvidaron de legislar que sí se extinguían ambas líneas se seguiría por el parentesco de consanguinidad más inmediato a Agustín. Si quien tenía derecho a ser Patrono era mujer esta debía nombrar, con acuerdo de los Censores, a un administrador. Su sueldo era el de la “patrona” con una merma del diez por ciento para ella. Lo mismo cuando el Patrón era varón menor de diez y ocho años o un hombre adulto incapaz de ejercer el cargo.

Heraldo de Zamora
 (10/09/1927)
 
En 1803 aparece un anuncio en el Diario de Madrid ofreciendo dos plazas de maestra. La fundación fue más exitosa que lo que su recuerdo público parece indicarnos. Hubo una época en que gran parte de las mozas de Medina de Pomar pasaron por este centro educativo. Desde la década de 1920 -y quizá antes- fue maestra de esta institución Leonida Diaz-Ufano Valerio, que era zamorana y cobraba 625 pesetas de subvención, seguía allí en 1933 y, dicen, durante la década de 1940. En 1928 sabemos que como profesora de labores estaba Aurelia Rosales y en 1929 Avelina Rosales Zorrilla (aunque podría ser una errata). Tras Leonida cuenta que estuvo la Señora Carmen. Por esas fechas la actividad de formación profesional recaía en Ángeles López- Quintana quien había sido convencida por su jefe, el sastre César Cadiñanos, para cambiar de trabajo y aceptar esta oferta. Angelines vivió, al principio, en su casa familiar de calle Condestable número seis hasta el fallecimiento de su madre Petra. En 1941 se trasladó a vivir a la Fundación. En los años de la década de 1950 el aula formativa operaba bajo el control de Palmira Barros que vivía en las inmediaciones y que había trabajado previamente en la Escuela de Salinas de Rosio.

Diario de Madrid 14/06/1803
 
También consta, durante los años cuarenta del siglo XX, que en esa segunda planta del edificio de "la Fundación" vivía Federico Elías que se dedicaba a dar clases particulares a los chicos de Medina y de los pueblos. De este centro educativo, durante sus últimos años, salieron las chicas de la escuela de letras hacia las escuelas nacionales y viceversa. Hay recuerdo de que era así en 1961. Se ha publicado que chicos más mayores de las escuelas que estuvieron junto al depósito de agua llegaron a pasar a este edificio.
 
En la entrada del centro, sobre su puerta, existía un cartel con la leyenda de Escuela de Niñas. Publicaba Jesús Oleaga que, en las décadas de 1950 y 1960, funcionaba el cine de Acción Católica. También comentaba Jesús en su libro “Fuimos” que “en la segunda planta, habitaba en la década de los años 60 la familia del Estanquillo, Alejandro, Pilar y sus hijos. Pilar tenía sus gallinas y algo de huerta en la parcela y realizaba venta de sus productos en el portal del Estanquillo”.
 
Hay un recuerdo de esta desaparecida institución en el ayuntamiento de Medina de Pomar. En octubre de 1899, cuando se estaba construyendo el actual edificio consistorial, se encargó a Julio del Val, pintor nacido en Villaverde de Peñahorada (Burgos), la decoración del techo del Salón de Plenos. Las pinturas están realizadas al óleo sobre lienzos que se adhirieron al techo. Uno de ellos representa la fundación de Agustín de Villota.

(08/07/1930)
 
Pero Agustín de Villota no solo creó esta institución. Si queremos ver un tercer retazo de su generosidad debemos acercarnos a la parroquia de Nuestra Señora del Rosario donde hay una imagen de la Virgen del Rosario que fue traída desde Cádiz y regalada a fines del siglo XVII por Agustín de Villota. El suelo del templo es de piedra blanca y también lo pagó Agustín de Villota, según se deduce de la licencia que, para llevarlo a cabo, dio el Vicario de Medina de Pomar el 27 de mayo de 1777. Se dispuso un suelo para enterramientos familiares con un total de setenta y seis huecos en su nave central. No faltaban muchos años para que se prohibiesen los enterramientos dentro de las iglesias.
 
 
 
Bibliografía:
 
“Fuimos. Una crónica del comercio local. Medina de Pomar 1900-1970”. Jesús Oleaga.
“Apuntes históricos sobre la ciudad de Medina de Pomar”. Julián García Sainz de Baranda.
“Medina de Pomar. Cuna de Castilla”. Inocencio Cadiñanos Bardecí, Emilio González Terán y Antonio Gallardo Laureda.
“La naturaleza del comercio monopolista en el Río de la Plata tardo-colonial.
El caso de Diego de Agüero (1773-1814)”. Mariano Martín Schlez.
Boletín oficial de la Diputación Provincial de Burgos.
Periódico “La fidelidad castellana”.
Revista “El magisterio español”.
Periódico “El castellano”.
Revista “Anuario del Maestro”.
Periódico “Diario de Burgos”.
Revista “Suplemento a la escuela moderna”.
“Fotografías y recuerdos de Medina de Pomar”. Gabriel Fernández Barros.
“Descripción histórico artística de la Catedral de Cádiz”. Javier de Urrutia.
Periódico “Heraldo de Zamora”.