Hace
muchos años, muchos, cuando estaba en la universidad tuve una graciosa
conversación con una compañera. Cuando ella pensaba en la provincia de Burgos
le venía a la cabeza lo que había conocido: el pueblo de sus padres en la zona
de Roa. Para ella, esta provincia era un secarral de pueblos distantes y
desconocía que Las Merindades eran verdes, llenas de agua y con pueblos a cada
paso.
Bárcena de Pienza
Pues
lo mismo ocurre dentro de Las Merindades al encontrarnos sutiles diferencias
entre la zona de Arija y Berberana, por ejemplo. Quizá esto no fue así en la
prehistoria cuando las personas de cultura celta que residían en esta comarca se
cobijaban en castros en los que se utilizaba la piedra, el barro o la madera
para construir. Viviendas de tipo circular o cuadrangular similares a las de la
meseta o las del entorno. La incorporación a la república romana introdujo la
técnica y usos constructivos itálicos en Las Merindades. Tendremos vías,
edificios públicos y nuevos asentamientos en las zonas llanas en lugar de los
anteriores asentamientos protegidos en altura -que volverán tras el imperio-.
Vitrubio, arquitecto de la época de Augusto, escribe sobre las casas de la
gente primitiva que las viviendas eran chozas con maderas verticales y ramas
cubiertas de limo y barro o maderas entramadas.
En
nuestra zona geográfica tenemos Salinas de Rosío, San Martín de Losa (Los
Casarejos), Poza de la Sal y la denominada Juliobriga. Por supuesto no existían
solo estos núcleos dado que habrá poblaciones no descubiertas todavía y,
evidentemente, casas de campo.
Fortaleza de Tedeja.
Poco
queda de los visigodos en Las Merindades. Suponemos que el trazado de las
poblaciones existentes entonces seguiría las líneas trazadas en época imperial
hasta la inevitable desintegración de la organización social, política,
administrativa y económica romanas y el comienzo de la provincialización y
ruralización de Hispania. De este periodo conservamos restos en Tedeja, Santa
María de Mijangos y Nuestra señora de los Reyes Godos. De lo que fueran las
construcciones populares, de los pequeños “vicus” o “pagus”, poco conservamos.
Quizá en el pequeño asentamiento de la Cuevas de los moros de Arrollo de
Valdivielso, según estudios de Enrique Díes Cusí.
Los
datos que nos aportan los documentos manipulados y apócrifos de Vítulo y Juan
de Valpuesta indican que la tierra de Mena, Taranco, Area Patriniani, Castilla,
en el torno de Valpuesta y, tal vez, del resto de Las Merindades había indicios
de la existencia de poblaciones sobrevivientes. García Grinda, en el libro
dedicado a la arquitectura popular burgalesa, dice: “(…) se menciona en
Taranco y Mena, viñas, pomaradas, casas e incluso molinos, como muestra ya de
un establecimiento más o menos consolidado. Dichas presuras adoptaron dos
formas. Por un lado, la apropiación individualizada del terrazgo dentro de una
economía mixta basada en el cultivo del cereal, las huertas anejas a la
vivienda y los aprovechamientos del bosque, tanto ganaderos como de otro tipo (...)
Y, en segundo lugar, otra forma más amplia, de carácter familiar o social,
apropiándose de forma común grupos de personas de la tierra, y como es lógico
ocupando una mayor superficie (…)”.
Plano de Oña (1946)
Los
documentos de finales del siglo IX y de las siguientes centurias indican que
hay una sociedad cada vez más jerarquizada, que aparecen entidades como los
monasterios (San Salvador de Oña) que vertebran el territorio y reciben
prestaciones de algunos pobladores de estas tierras. Conocemos la existencia de
las aldeas y otras entidades de mayor entidad jurídica pues reciben la carta
puebla. Pero ello no nos permite conocer como era el entramado urbano ni
tampoco el tipo de construcción imperante.
De
esta época son testigos las viviendas rupestres en diferentes zonas como
Cillaperlata, Perros, la cueva de la tía Isidora en Montejo de Brícia, la de
los moros en Manzanedo, la mosquita en Incinillas, San Pedro en Tartalés de
Cilla, el Popilo en Herrán, la monumental de San Pedro de Argés, las cercanas
de los Obarenes, Encío, Oña, el valle de Valderredible… Descubrimos
asentamientos por las marcas de los orificios practicados en la roca para
asiento de los pies que sustentaban la cubierta del edificio. Hay por tanto
evidencias de la existencia de diferentes habitaciones o estancias en ellos. Se
puede llegar a comprobar que a la vivienda principal se asocian otras
construcciones.
Desde
finales del siglo XI hasta finales del XV se transforma la arquitectura popular
por los cambios militares y la consolidación del estado castellano. Nos
encontramos con distintos planos de las poblaciones vinculados a las
necesidades y actividades principales de las que viven. Ahora es cuando se va desarrollando
el plano de Oña, Espinosa de los Monteros, Frías, Puentedey, Medina de Pomar o
Villasana. Ahora se parcela el espacio urbano y se empieza a desarrollar el
caserío en función de ello. Surge la casa urbana en altura dada la escasez y
carestía del suelo. Ello obligará a la aparición de un determinado tipo de muro
aligerado que está compuesto por un entramado de madera que se rellena de
diferentes materiales según las disponibilidades de la zona. En Las Merindades
el predominio del entramado de madera -la “emplenta”- permitirá voladizos.
En
nuestra comarca serán la ganadería y la agricultura quienes condicionen los
edificios. Su estructura procederá de una nueva organización del territorio en
función de los intereses y necesidades de los que, jurídica y militarmente,
controlan el territorio. Además, aparecen núcleos de población en torno a
castillos o monasterios, como el "castellum" en Frías o el
"castellum" de Medina de Pomar.
Frías 1946
La
vivienda se organiza internamente en función de las actividades de los dueños.
Hay espacios destinados a almacenar granos, hierba, para los animales y otros
para vivienda como: la cocina u hogar, las habitaciones destinadas a dormir y
los espacios dedicados al trabajo. La documentación de este período es
abundante en datos en relación con las actividades agrarias, utensilios,
espacios auxiliares como palomares, apriscos, huertas, molinos, artilugios
variados, silos, trojes, establos, bodegas y la organización del espacio
agrario del entorno de las poblaciones que en ocasiones está cercado. Con ello
tenemos una idea aproximada no sólo de la vivienda sino también de cómo podían
ser las poblaciones, las villas y el entorno rural que las rodeaba.
En Las Merindades se sustituirán los entramados de madera por muros de piedra a
finales del medievo, tal vez porque aquí predomina el arador-hidalgo mucho más
que en otros lares. Una causa podría ser el miedo a los incendios, algo que se
dejó sentir también en el proceso de cubrición con bóveda de numerosos templos
en este momento. Aparecen los muros de piedra cortafuegos, que sobresalen en la
fachada para proteger los cuerpos volados, de los tenemos numerosos ejemplos en
todos los territorios de Las Merindades, aunque cronológicamente los debamos
situar ya dentro de la modernidad.
A
partir del siglo XVI comprobamos como la arquitectura culta se emplea en muchas
de las viviendas rurales de campesinos y ganaderos acomodados. A lo largo de la
Edad Moderna vemos como abundará la casona. Esta presenta cierto racionalismo
en la organización de las fachadas en la que se incorporan composiciones
simétricas muy sencillas y ciertos ornatos renacentistas o barrocos. Esta nueva
construcción sustituye a la torre o castillo señorial. Este proceso fue fruto
de las nuevas posibilidades económicas, las circunstancias políticas y, sobre
todo, de la proliferación de picapedreros y artesanos especializados en la
construcción. En muchos de los edificios levantados en núcleos como Espinosa de
los Monteros, Frías, Medina de Pomar, Villarcayo y la mayor parte de los
pueblitos los encargados de muchas de estas obras serán albañiles, carpinteros
y yeseros. Los canteros sólo los veremos en las obras de mayor porte y son
auténticamente los maestros que proyectan y, contratan y dirigen a los
oficiales y aprendices que realizan la obra.
Horna
Uno
de los elementos arquitectónicos más característicos de la arquitectura popular
de esta época en Las Merindades es la presencia de la solana que se coloca
entre el resalto de los muros cortafuegos que irá sustituyendo a los cuerpos
volados precedentes. De aquí surgirá, durante el siglo XIX, el balcón de
galería acristalada y que se ha atribuido a una clara influencia de la casa
montañesa, sin que ello sea una realidad probada. La casa de estas zonas que
vemos consolidarse en cuanto a la forma exterior, materiales utilizados y
organización interna, en realidad lo único que hace es mejorar y consolidar los
elementos que estaban ya iniciados a finales de la Edad Media.
Los
cambios radicales los tendremos desde finales del siglo XIX trasladando al
mundo rural el nuevo modelo de vivienda burguesa y los materiales industriales.
A ello hay que sumar que la desamortización había debilitado los ayuntamientos
y servicios, antes comunales, se privatizan. Esto se refleja en la construcción
que pierde el sentido tradicional para dar paso a un sentido más
individualista. Aparecen los balcones de hierro fundido, la cerrajería, los
herrajes, un nuevo tipo de vano de mayores dimensiones y una composición
novedosa en la organización de las fachadas. La presencia del cemento, del
ladrillo industrial, del hierro, del vidrio industrial... Pero, pese a esas
modificaciones en exteriores, el interior conservará la distribución que había
fraguado y universalizado en el siglo XVIII con cierta tendencia
racionalizadora en la distribución y organización de los espacios.
Villarcayo 1946
La
despoblación y el éxodo desde el campo a los grandes centros industriales desde
la década de los sesenta del siglo XX acelerarán un proceso de rechazo a lo
tradicional por diferentes causas. Esto se unió a una especulación atroz
-hermanada con corruptelas varias- que distorsionará nuestros pueblos. Las
nuevas construcciones desarrollistas generalmente mantuvieron el trazado previo
de las poblaciones. Plano que solo había estado condicionado por la orografía del
lugar. Tenemos muchos pueblos junto a ríos de más o menos caudal ideales para
el riego de los campos. O pueblos junto a un camino, una fuente de agua limpia
o protegidos de las inclemencias meteorológicas. Todo lo dicho explica la ubicación
de muchos asentamientos.
En
ocasiones la población se encuentra a la entrada de un desfiladero. Así sucede en
Herrán que tiene de un lado una vía de comunicación mercantil, disponía de agua
suficiente para el lavado de la lana y está al mediodía a resguardo de los
vientos del norte. Otro ejemplo es Incinillas, pues, desde este cruce de
caminos nos adentramos hacia el valle de Manzanedo, ascendemos a la zona alta,
se atraviesa el desfiladero hacia el valle de Valdivielso o simplemente se da
paso hacia la llanura de Villarcayo.
Villasana de Mena 1946
Una
excepción a la norma del estar en llano la tenemos en Frías que desarrolla su
asentamiento en la ladera oeste de un cantil con pendiente de este a oeste. En
este caso el valor defensivo del castillo del roquedo, la estratégica situación
y el papel de comunicación a través del puente, pueden explicar el asentamiento
humano que muy probablemente tiene su origen en el castillo. De todas formas,
la población fue descendiendo hacia la vega situada al mediodía, bien protegida
del norte y de un río Ebro desbordable. El fuero del siglo XIII intentó
corregir la situación primando con exenciones a aquellos vecinos que ocupasen la
muela. De características similares, con no pocos matices, es el asentamiento
de Medina de Pomar.
La
primera referencia histórica de los núcleos más destacados de estas tierras nos
la proporciona el censo de población de Castilla de Tomás González, de finales
del siglo XVI, nos informa que los núcleos que superaban los doscientos vecinos
eran Espinosa de los Monteros (531), Medina de Pomar (320) y Frías (305). Estos
evidentemente tienen un entramado urbano bien conformado y con unas
características propias. Junto a ellos hay otro número de poblaciones de más de
doscientos habitantes que, como Villarcayo, tienen un casco urbano
relativamente conformado. Y luego un número elevado, tal vez el más numeroso,
de pequeñas poblaciones, auténticas aldeas o caseríos que no han alcanzado un
mínimo desarrollo poblacional. Sólo en el valle de Mena se puede hablar de una
población dispersa, con caseríos de escasa entidad. Igualmente se pueden
establecer diferencias entre los valles del norte y del noreste -Espinosa de
los Monteros, Alfoz de Santa Gadea, Alfoz de Bricia y Merindad de Sotoscueva- y
el resto. En estos valles, al igual que en Mena, el tipo de poblamiento es semi
disperso, con pequeñas agrupaciones de casas muy próximas unas de otras. En
estas zonas aparecen algunas villas de mayor entidad como Villasana de Mena,
Medina de Pomar o Espinosa de los Monteros que parecen controlar el poblamiento
de un territorio y lo condicionan desde la época medieval. En el resto de Las
Merindades el poblamiento es de pequeños núcleos más o menos urbanizados, como
sucede en Zamanzas, Manzanedo, Valdivielso, Tobalina, en el entorno de Medina
de Pomar, Villarcayo y Trespaderne y en el valle de Losa.
Espinosa de los Monteros 1946
En
esta tierra estamos ante una malla de población bastante densa que disminuye
algo de norte a sur, pero en todo caso se diferencia de forma clara de la del
resto de la provincia de Burgos.
Hay
poblaciones en Las Merindades que siguen en los viejos asentamientos
prerromanos, romanos e incluso de la etapa visigoda. Sin embargo, lo más normal
es que los núcleos actuales vayan vinculados al mundo medieval. Lo habitual es
que se entienda que, el mal denominado proceso repoblador, sea el origen de la
mayor parte de los actuales asentamientos poblaciones de estas tierras y por
tanto estaríamos a caballo entre el siglo IX y el XI para un número muy
elevado. Entre los siglos XI al XIII hay un aumento de la población, mayor
seguridad, se amplía la esperanza de vida y se mejora la productividad al mismo
tiempo que aparecen nuevos pobladores como judíos, o francos y encontramos un
notable flujo de población del norte hacia el sur. La consolidación de los grandes
monasterios de San Millán de Cogolla y de Oña, y otros de menor entidad
supondrá la explotación agrícola y ganadera de una forma más intensiva y
racional que lo que se venía haciendo.
Quincoces de Yuso 1946
Como
hemos dicho, esto afectará a la trama urbana. De los núcleos urbanos que se
suelen identificar con los trazados medievales destacamos Medina de Pomar. Una
ciudad con un plano regular, concentrado y ceñido por las murallas. Recuerda a
la almendra de Vitoria. En nuestro caso la muralla separó administrativa,
económica, militar y jurídicamente a los medineses del resto de Las Merindades.
Por supuesto, la ciudad terminó saliendo de sus límites creando arrabales extramuros
con conventos y monasterios.
A
unos veinte minutos en coche tenemos Espinosa de los Monteros que es otra
población de origen medieval pero que no solo no presenta un núcleo compacto,
sino que este está cuajado de casas torre de perfil defensivo. Su planimetría
presentaba una clara desorganización que se ha agravado con las construcciones
modernas entreveradas con las casonas.
Soncillo 1946
La
planta de Villasana de Mena presenta un diseño que da a entender la existencia
de un trazado organizado al estilo clásico. Sus calles son paralelas y
perpendiculares. Un plano con una calle galería dentro de un espacio
rectangular que ha permitido a algunos apoyar la visión de que este hecho
demuestra el paso del Camino de Santiago por el valle. Pero este tipo de planos
no tiene, necesariamente, su origen en la ruta jacobea. Probablemente las vías
o calzadas romanas, la presencia de acuartelamientos legionarios y la tradición
romana están en el origen de este tipo de plano en una villa situada sobre una
vía mercantil que, evidentemente, fue transitada por algunos peregrinos del Camino
de Santiago. No por ser “el Camino” sino un camino hacia la meseta.
En
todo caso, abundan en nuestra comarca los núcleos de población dispersos o casi
dispersos como los del valle de Mena, Espinosa de los Monteros, Merindad de
Sotoscueva, Alfoz de Bricia, Alfoz de Santa Gadea, Montija… donde pequeños
grupos de casas están rodeadas de huertas y prados. Salvo algunas villas y
poblaciones de mayor relieve, lo normal es que no lleguen a formar agrupaciones
de manzanas. Aquí la edificación tiene un carácter individual con un corral o
patio donde están las edificaciones auxiliares con un tamaño medio de
edificación entorno a los 700 metros cuadrados. Similar a la otra vertiente de
la cornisa cantábrica.
En
esta tierra, con una importante actividad ganadera, o agrícola, no es extraño
que los pajares o establos tengan espacios concretos. También es frecuente que
en torno a la iglesia se hayan producido siempre importantes reuniones y que
por tanto hay lugares concretos para ellas; los pórticos, como sucedía en el
del templo de Miñón, donde tenían lugar las reuniones de todas Las Merindades
hasta que la capitalidad pasara a Villarcayo por decisión de Felipe II.
Bibliografía:
“Arquitectura
popular en Las Merindades: aproximación al tema”. Félix Palomero Aragón.
Fototeca
digital de España.
“Casas
de la nobleza en Las Merindades y en la Bureba (siglo XVII). Datos para su
estudio”. Lena S. Iglesias Rouco y María José Zaparaín Yáñez.