Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 25 de enero de 2026

Solo el dinero del pueblo salva al pueblo.

 
 
Hace tiempo estuvimos husmeando entre los viejos documentos que se han salvado de la hoguera, o de la tripa de los ratones, en los archivos de Barriosuso. Nuestro agradecimiento por ello a todos los que pensaron que esos legajos llenos de polvo tienen algún valor. Al menos para esta bitácora. Además, la que leeremos tiene una anotación a lápiz que ha sobrevivido y de la que hablaremos luego.
 
Cojan su DeLorean y nos situamos en el año 1829 para comprender esta circular donde el Arzobispo de Burgos, Alonso Cañedo Vigil, lanzaba una petición para todos los curas y clérigos de su diócesis incluidos los superiores de los monasterios y conventos. ¿Qué pedía el bueno de Alonso? Dinero a una sociedad que estaba en crisis económica desde la victoria contra Napoleón.

 
¡¿Acaso esperaban que un cura pidiese otra cosa en 1829?! No respondan, era un pregunta retórica. Dirán ustedes que la Iglesia ya recaudaba lo suyo. Y lo suyo era:
 
  • Diezmo: la décima parte de la producción agrícola y ganadera del feligrés, recaudado por la Iglesia para su propio sustento y el de sus obras. Pero debemos entender que, de este dinero, la Iglesia también entregaba parte al estado, Corona y la nobleza, a través del subsidio y el excusado.
  • Primicia: sobre el primer fruto o la primera cría.
 
Por no dejarles con la curiosidad les diremos que el subsidio eran pagos obligatorios que la Iglesia hacía a la Corona a cambio de no ser sometida a impuestos reales. El excusado, por su parte, era una contribución implantada durante el reinado de Felipe II donde la propia Casa Real recibía el diezmo de forma íntegra de una parroquia, elegida previamente por el monarca. Evidentemente no elegía Barriosuso.
 
Además, recuerden, estamos en el reinado de Fernando VII. Esto significa que todavía no ha empezado la cascada de desamortizaciones asociadas a la primera guerra carlista. Vamos: que tendría que haber “pasta”. Y capacidad de obtenerla. Piensen que el diezmo y las primicias eran impuestos directos obligatorios para todo el mundo que gravaban la renta de la tierra y que, para recaudarlo, se necesita información sobre los contribuyentes y un recaudador. ¡Pues la Iglesia lo tenía!: el cura de cada pueblo. ¿Acaso pensaban que se preocupaba solo de las almas?

Iglesia de Barriosuso.
 
Entonces, ¿por qué pedía dinero el señor arzobispo? Leamos la circular:
 
“Angustiado nuestro corazón del más acervo dolor, nos vemos precisados a recordaros el triste espectáculo que presentan nuestra afligida imaginación las ruinas, muertes, desolación, y desamparo de tantas familias oprimidas por la desgracia a que las ha reducido el espantoso terremoto que en la tarde del veinte y uno del pasado [21 de marzo de 1829] se ha dejado sentir, y hecho una horrible explosión en muchos pueblos de las Provincias de Murcia, y Orihuela. Por no atormentar vuestra memoria dejamos a los papeles oficiales que publiquen la descripción, y relación circunstanciada de los inauditos padecimientos de aquellos infelices habitantes, que en tan breves momentos han perdido los unos la vida, otros sus fortunas, muchos la habitud para ganar el sustento en lo sucesivo, y todos se hallan aun poseídos de imágenes de terror.
 
Hijos: adoremos humildes los inescrutables juicios del Altísimo, Dios Omnipotente, de cuya mano debemos recibir con la mayor sumisión así las felicidades como las desgracias, unas y otras encaminadas por los designios de su alta Providencia a nuestro mayor bien. Pero no nos olvidemos de sacar de esta calamidad las espirituales utilidades que ella misma nos ofrece. ¿Somos nosotros acaso mejores que nuestros hermanos afligidos? ¿Tenemos alguna seguridad de que no descargará sobre nuestras espaldas el mismo azote que los ha herido? O ¿negaremos insensatos el poder de nuestro Dios, irritado por la multiplicada serie de nuestros extravíos? Amados nuestros en el Señor: reconozcamos nuestro infeliz estado. Preparémonos a desarmar su justa ira mientras hay tiempo, y antes qué seamos sorprendidos. Escarmentemos en cabeza ajena, ya que la misericordia del Señor nos llama todavía como Padre amoroso poniendo delante de nuestros ojos este funesto ejemplo para que conmovidos confesemos con humildad nuestros excesos, le pidamos perdón de todos ellos, y nos propongamos una verdadera enmienda. Si una sola muerte repentina que una, u otra vez oís, o veis os espanta, os llama hacia vosotros mismos como expuestos a padecer el mismo accidente. ¿Cuánta impresión no deben causar en vuestro espíritu tantas súbitas muertes como sabéis se han verificado en breves instantes? ¡Ay de nosotros, si sordos a los llamamientos del Señor, dejamos pasar con indiferencia este paternal aviso, nos olvidamos, y no nos aprovechamos de tan eficaz auxilio!”
 
Creo que se identifican las ideas fuerza de estos dos párrafos: Ayudar a las víctimas del desastre de Orihuela y Murcia y “aflojar la mosca” en ese sentido porque si no, el dios vengador puede llegar a desatar su ira sobre los tacaños burgaleses al igual que lo ha hecho sobre los pecadores murcianos. Un mensaje claro: paga pecador para contener la ira de Dios porque Él sabe que tú eres un pecador merecedor del castigo celestial. Y no piensen que hoy no se aplican estos retorcidos métodos de coacción porque…
 
“Pero no es este solamente el objeto de nuestra pastoral exhortación. Nuestros hermanos, a quienes fuera de los vínculos sociales nos unen los más estrechos de la caridad cristiana, yacen cadáveres entre las ruinas y escombros de sus habitaciones y fortunas; y los que sobrevivieron a la calamidad carecen de todo recurso humano para atender a su subsistencia. Millares de familias sin albergue, andan errantes sin tener a donde volver sus tristes ojos para aliviar su miserable situación. Los hospitales están llenos de personas estropeadas por el impulso de esta desgracia. Lágrimas tan solamente ofrecen en la desventura de haber perdido en un momento las personas más amadas, imposibilitados de tributar a sus almas los sufragios religiosos, pues que ellos mismos no tienen medio alguno para atender a sus principales necesidades. ¿Quién no se duele de semejante estado de miseria? Criaturas inocentes sin Padres; padres ancianos sin los hijos en quienes tenían cifradas sus justas esperanzas; esposas sin maridos; huérfanas destituidas de personas allegadas, moribundos, estropeados, este es el cuadro del horror causado en pocos minutos. La sola compasión que naturalmente nos excita es demasiado estéril, y nuestra sagrada Religión exige en su favor recursos positivos. Nuestro piadosísimo Monarca [Fernando VII] en la Carta-orden circular que se ha servido dirigirnos con fecha de 5 del corriente, se digna como Padre verdadero de sus súbditos desvalidos tomar su voz dándonos el ejemplo de caridad en medio de los apuros que le rodean, y recordándonos nuestro cristiano deber para con nuestros hermanos desamparados. Da en ella las regias más oportunas para impedir que se extravíen, o malogren los recursos que se proporcionen, y para que se distribuyan a los indigentes según la verdadera clase de necesidad de cada uno”.
 
Nos carga de sentimentalismo la tragedia para ablandar nuestros corazones (léase bolsillos) y nos presenta el ejemplo de la generosidad de Fernando VII enviando 1.500.000 reales y 20.000 fanegas de trigo para la reconstrucción. ¡Justamente Fernando VII! Por suerte, nuestro sistema tributario actual nos permite sabernos protegidos y que, en caso de tragedia -por un decir: terremotos, volcanes, pandemias, inundaciones o descarrilamiento de trenes-, siempre dispondremos de los medios de auxilio de forma rápida y abundante. Quizá. Quizá no.

 
“Ea pues, amados hijos: Si queremos acreditar que permanece en nosotros la caridad de Dios, no neguemos a nuestros próximos los socorros que nos reclama. Esforcémonos a contribuir con aquello que permita nuestra respectiva fortuna en favor de tantas personas afligidas. Venerables hermanos nuestros, dignos individuos de nuestra Santa Iglesia Metropolitana, cuya caridad es tan notoria: Presidentes y Cuerpos Eclesiásticos de nuestra Diócesis; Vicarios, Curas, Beneficiados, y demás cooperadores en nuestro sagrado Ministerio, de uno y otro Clero a vosotros principalmente se dirige nuestra voz pastoral en esta ocasión, esperando que no saldrán defraudadas nuestras justas esperanzas, vuestra generosa compasión animará al Pueblo para prestarse dócil a reconocer la obligación que tiene de socorrer tantos miserables, cuando en fuerza de vuestro deber le expliquéis hasta donde se extiende este precepto. No se nos oculta la escasez de vuestras fortunas por un efecto de la calamidad de los tiempos; pero no os arredre para dejar de contribuir la pequeñez de vuestros dones. El mismo Dios a quien haréis este obsequio, lejos de desdeñar la escasa ofrenda de la mujer viuda, la ha dado un mérito superior a cuantiosos dones: y en esta ocasión no dudéis que los aceptará benigno […] el afecto que la cantidad siempre que sea proporcionada a vuestros medios.
 
Fieles pudientes: reconoced que el Señor os ha colmado de bienes temporales, para que cubiertas vuestras atenciones , dais con el sobrante imitar su caridad distribuyéndole en socorrer las urgencias de vuestros hermanos menesterosos. Cercenad al menos a la comodidad y ostentación una parte de sus consumos, y apresuraos a repartirla con mano benéfica entre tantos como gimen en la miseria. No olvidéis que muchos de los que hoy imploran vuestros socorros han quedado en breves momentos privados de tantos, o acaso más medios que los que poseéis. Vuestro desprendimiento estimulará a hacer sus esfuerzos aun a las clases menos acomodadas, y harán algún sacrificio por tener una parte, en favor de tan criticas urgencias: y de esta suene las cantidades reunidas, aunque no sean considerables llenarán los paternales deseos de nuestro amado SOBERANO, y enjugarán las lágrimas amargas de tantas personas desgraciadas. Un Pueblo que tantas pruebas nos tiene dadas de que a ninguno cede en principios de religiosidad, que con docilidad sumisa oye siempre la voz paternal de sus Pastores. ¿Por qué habrá de faltar a las justas esperanzas que nos inspira?”
 
No se libraron ni los clérigos. Les exigían aportaciones sin que pudiesen excusarse en una vida humilde porque debían de servir de ejemplo para sus fieles ricos y fieles pobres. Y remarcaba la presión sobre los feligreses ricos adulándoles declarando que debían ser guías de los más menesterosos.
 
“Luego que nuestros Vicarios hayan recibido esta nuestra exhortación la circularán inmediatamente a los Curas Beneficiados de su Partido, quienes la publicarán al ofertorio de las Misas mayores en los tres primeros días festivos. No se detendrá cada uno de estos Beneficiados en ponerse de acuerdo para la subscripción con la Justicia del Pueblo, a quien por la citada Real orden se encarga la recolección de estas limosnas, y les facilitarán una lista exacta de las personas que se suscriban en beneficio de esta necesidad expresando la suma, o especies con que cada uno haya contribuido. Remitirán a la mayor brevedad estas listas a poder de los Vicarios respectivos, quienes nos las habrán de dirigir originales para cumplir por nuestra parte con lo que nos previene S. M. en la referida Real orden. Así estos como los Presidentes de los demás Cuerpos Eclesiásticos de nuestra Diócesis acusarán el recibo de estos ejemplares por medio de nuestra Secretaría de Cámara, y entre tanto recibid todos nuestra Pastoral bendición”.
 
Este párrafo ya debe ser de consumo interno de la organización porque nos habla de cómo actuar y cómo registrar los nombres de las personas generosas.
 
“Dada en nuestro Palacio Arzobispal de la Ciudad de Burgos a diez y ocho de Abril de mil ochocientos veinte y nueve, rubricada de nuestra mano, sellada con el mayor de nuestras armas, y refrendada del infrascrito nuestro Secretario de Cámara. Alonso, Arzbpo. de Burgos”.

 
A todo esto, ¿fue tan grave lo de Murcia y Orihuela? Les cuento: el del 21 de marzo de 1829 fue un terremoto más dentro de una serie de sismos en la zona de Murcia y Alicante. Aun así, es el más conocido con el nombre de “Terremoto de Torrevieja” porque fue el más destructivo en el sudeste de la Península Ibérica en los últimos 500 años, pero no el único en esos años. Hubo terremotos el 17 de enero de 1802 y 18 de enero de 1802 en Torrevieja y Torrelamata con réplicas hasta el día 6 de febrero de 1802; el 8 de octubre de 1822 con réplicas durante 26 días en Orihuela; día 10 de enero de 1823 con más de doscientas réplicas en veinte y cuatro horas y que se sintió en Cartagena, Alicante, Murcia y pueblos intermedios; día 7 de junio de 1827, con epicentro en Crevillente; a partir de septiembre de 1828 y hasta septiembre de 1829 se suceden infinidad de terremotos como el del 15 de septiembre de 1828 y el del día 21 de marzo de 1829 en dos tandas, una al mediodía y otra a las 18:30 horas que se repitió a los pocos segundos. Este evento del veintinueve, el de Torrevieja, fue relatado por J. A. Larramendi con estas palabras: “[…] en un momento quedaron enteramente en ruinas Torrevieja y muchos otros pueblos; perecieron centenares de individuos, de ganados, frutos y otros efectos de toda especie; quedaron familias enteras sepultadas bajo ruinas, y otras en la más espantosa miseria”. José Agustín de Larramendi fue un Ingeniero de Caminos español y comisionado por el Secretario de Estado, Manuel González Salmón, para desplazarse a la zona, reconocer los estragos y proponer las medidas precisas.
 
Por si esa sucesión de terremotos no hubiera sido suficiente en la noche del día 23 de marzo, dos días después, hubo otro terremoto en la zona. El último sismo se produjo tras la circular del arzobispo de Burgos: el sábado santo 18 de abril de 1829.
 
Los daños causados por el terremoto de Torrevieja y los anteriores dejaban un paisaje desolador como lo muestra el cuadro de Larramendi:
 
 
Vemos que era una gran tragedia. Pero no la única a la que se refieren los viejos papeles.
 
Comentábamos que había unas notas escritas con lapicero que, milagrosamente, no se habían borrado con el tiempo y que nos muestra cómo escribía alguien del arzobispado de Burgos. En esa nota se solicitaba que se cantase un Te Deum por la muerte de la reina María Josefa Amalia de Sajonia el 18 de mayo de 1829. Si se fijan la fecha del documento es anterior al fallecimiento de la reina. No es que el DeLorean diese un salto de más, sino que desde la redacción del documento, su impresión y la organización del reparto pasó demasiado tiempo.
 
María Josefa Amalia de Sajonia.
 
 
 
Bibliografía:
 
“La fiscalidad eclesiástica frente a las exigencias financieras borbónicas y la guerra de Independencia: las diócesis de México, Michoacán y Guadalajara, 1790–1821”. Élida María Tedesco.
“La Hacienda de la Corona de Castilla en el Antiguo Régimen”. Gema Duque Martín.
“La catástrofe sísmica de 1829 y sus repercusiones”. Gregorio Canales Martínez (Dir.), Francisco Calvo García-Tornel, Ana Melis Maynar, José Delgado Marchal, Fermín Crespo Rodríguez, Antonio Merlos Martínez, Carlos López Casado, José Giner Casado.
Real Academia de la Historia. Historia Hispánica.
Congreso de los diputados del Reino de España.
Revista de Folklore.
Circular de Alonso Cañedo Vigil.
 


Fotografías del documento gracias a 
José Antonio San Millán Cobo.
 
 
Anexos:
 
Alonso Cañedo y Vigil: Grullos, (Asturias), 22 de enero de 1760. Era hijo de un rico matrimonio de la nobleza asturiana formado por Fernando Cañedo y Francisca Teresa Vigil Jove. Inició su formación en la Universidad de Oviedo, donde se gradúa de bachiller en Cánones y Leyes, para seguir los estudios mayores en la de Salamanca, ingresando el 6 de octubre de 1781 en el Colegio de San Pelayo, o de los verdes, donde se ordena sacerdote. En 1790 obtuvo una Canonjía en la cátedra de Badajoz, y en julio de 1798 fue nombrado vicario de la catedral de Toledo, por Carlos IV. Durante la invasión francesa se refugia en Asturias. Es nombrado por la Junta General del Principado diputado para las Cortes de Cádiz. Toma posesión de su cargo de diputado en la sesión secreta celebrada el día 28 de octubre de 1810. Su actividad como diputado fue intensa y participó desde el primer momento en discusiones de especial interés en aquellos momentos de revolución política. Cañedo podría adscribirse al bando tradicionalista. Fue elegido presidente de las Cortes para el período desde el 24 de diciembre de 1810 al 23 de enero de 1811. La vuelta de Fernando VII en 1814 supondrá, por una parte, la rehabilitación de los diputados que le defendieron y la persecución para los diputados del grupo liberal. Cañedo fue nombrado obispo de Málaga el 19 de febrero de 1815. En Málaga residirá hasta 1820, negándose a tomar parte de la nueva etapa constitucional, lo que le acarrea su destierro a Gibraltar. Con la vuelta de Fernando VII, en 1823 es repuesto en su obispado malagueño el primero de marzo de 1825 es elevado al arzobispado de Burgos, donde fallece el 21 de septiembre de 1829 en la más completa pobreza.
 
 
María Josefa Amalia de Sajonia: Nacida en Dresde el 6 de diciembre de 1803 y muerta en Aranjuez el 18 de mayo de 1829. Era hija del príncipe Maximiliano de Sajonia y la princesa Carolina de Borbón-Parma. Como sus hermanos, recibió una instrucción cuidadosa. Se casó con su tío segundo, el rey Fernando VII, viudo y sin hijos, el 20 de octubre de 1819. Él tenía treinta y cinco años en el momento de la unión, y ella dieciséis. María Josefa Amalia falleció prematuramente de fiebres graves en el Palacio Real de Aranjuez. Su cuerpo reposa en el Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial, pues tradicionalmente el Panteón de los Reyes está reservado a las reinas que han tenido descendencia.
 
 

domingo, 18 de enero de 2026

Juan I de Castilla: “por el amor de una mujer”.

 
 
Enrique II murió el 29 de mayo del año 1379, en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja). Llegaba así al trono su hijo mayor, Juan I. El nuevo monarca había nacido en Épila (Aragón) durante el destierro de su padre, el 24 de agosto de 1358. Se describe a Juan I como frágil, pálido y de barba cerrada. Alterando las costumbres castellanas, no se conformó con la proclamación y el 25 de julio, día de Santiago, se hizo coronar en Las Huelgas, siendo al tiempo armado caballero por medio de ese muñeco articulado que representa al apóstol y aún se conserva. Tenía los títulos de rey de Castilla, de León, de Portugal (desde 1383), de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar y de las Islas Canarias y señor de Lara, de Vizcaya (desde 1370) y de Molina.

Juan I de Castilla
 
Contrajo matrimonio con Leonor de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso, en el convento de San Francisco de Soria el 18 de junio de 1375. Fruto de este matrimonio nacieron Enrique III de Castilla (1379-1406); Fernando I (1380-1416) rey de Aragón -el de Antequera-; y la infanta Leonor, nacida en Cuéllar el 13 de septiembre de 1382. Desgraciadamente falleció y se llevó a su madre de sobreparto.
 
El nuevo rey convocó Cortes en Burgos que se abrieron el 1 de agosto de 1379. Allí los representantes reclamaron que las leyes aprobadas en Cortes sólo por las Cortes pudieran ser modificadas. No se promulgó, pero la Corona obedeció esa solicitud. Se puso fin entonces a la concesión de señoríos o “mercedes” consecuencia de la guerra civil de Enrique y Pedro. No solo gobernó en colaboración con las Cortes, sino que impulsó la reforma religiosa que había comenzado en 1372 con la fundación jerónima de Lupiana. Conservó la estructura que su padre dio al reino: una alta nobleza de parientes, tres hermanos bastardos, un primo y otros dos parientes, Manuel y Guzmán respectivamente; otra intermedia de señores y ricohombres: Mendoza, Velasco, Stúñiga, Ayala, Manrique, Álvarez de Toledo, Ponce de León y pocos más; y una baja, más numerosa, de caballeros e hidalgos. Comenzó, sin embargo, arrebatando a esta nobleza las rentas que algunos linajes, como protección mafiosa, habían impuesto a monasterios. No solo Juan I sino todos los Trastámara, como dinastía, fueron consolidando la línea sucesoria, pusieron al día la Casa y Corte del Rey y reformaron la Audiencia (órgano judicial formado por alcaldes y oidores) y el Consejo Real (órgano competencial en materia administrativa, gubernativa y judicial). La administración territorial no experimentó, sin embargo, grandes novedades, subsistiendo los parámetros implantados por Alfonso XI a mediados del siglo XIV en materia de gestión y de fiscalidad. Fracasaron, por lo demás, los sucesivos intentos de crear un ejército profesional.

Juan I de Castilla
 
El 13 de septiembre de 1382 murió la reina Leonor dejando viudo a Juan con veinticuatro años. Un padre de dos niños de poca salud que necesitaba una nueva esposa. Varias candidaturas se manejaron. Pero la reina de Portugal Leonor Téllez, temiendo que el mayor de los hijos de Inés de Castro fuera proclamado sucesor de la Corona de Castilla, envió a un noble de su confianza, Juan Fernández de Andeiro -quédense con el nombre-, exiliado castellano y su presunto amante, para hacer a Juan I la propuesta de que se casara con Beatriz, llegando a ser Rey de Portugal, pero manteniendo las dos coronas separadas.
 
Contra los consejos de algunos de sus principales colaboradores, Juan I aceptó unas condiciones desfavorables ya que, según ellas, a la muerte de Fernando la regente sería la viuda Leonor, y no Juan, hasta que Beatriz tuviera un hijo que alcanzase catorce años de edad, el cual asumiría el gobierno y título de rey de Portugal, y sus padres dejarían de serlo. Las capitulaciones se firmaron en Salvaterra de Magos (Portugal) el 3 de abril de 1383. Los hijos de Inés de Castro serían apresados y también Alfonso de Noreña, que estaba casado con una hija bastarda de Fernando, rey de Portugal. Las bodas se celebraron con gran pompa en Badajoz los días 13 y 14 de mayo. La novia tenía sólo diez años y tres meses. Pero se levantó acta según la cual, examinada por competentes matronas, la niña estaba capacitada para consumar matrimonio. ¡Toma! Hoy eso es -todavía- delito en España. Juan demostró gran afecto a Beatriz y ella, cuando su marido falleció, se retiró a una vida privada diciendo que, habiendo perdido esposo de tanta calidad, no quería volver a casarse. La muchacha, que no tuvo hijos, murió en Toro, en el mayor silencio.

 
1383 fue el momento culminante del reinado. Y no por la boda real. La gran victoria francesa de Rosebeeke, en la que participaron también castellanos -por ello fue armado caballero Pedro López de Ayala-, aseguraba los espacios del comercio exterior en toda la costa hasta Flandes y la paz en el mar.
 
En las Cortes de Segovia de 1383 empezaron las reformas —se cambió la Era hispánica por la del Nacimiento de Cristo— y Juan I pidió a su suegro Pedro IV un ejemplar de su Ordenamiento de Casa y Corte para emplearlo como guía en su proyecto. De ahí partía la separación del poder real en tres sectores: legislativo (Cortes), ejecutivo (Consejo) y judicial (Audiencia), que anuncian la tendencia del Estado moderno. En las Cortes se comenzó a tratar de un programa de reformas que abarcaba más aspectos: el religioso, continuando la tarea emprendida y extendiéndola a la disciplina del clero; y el social, poniendo límite a los excesos en que los miembros de la primera nobleza venían incurriendo. En este último campo, algunas medidas se habían tomado, como reasumir la herencia de los dos hermanos de Enrique II, Tello y Sancho, es decir, Vizcaya y Alburquerque. Lo mismo para Pedro, conde de Trastámara, Alfonso de Noreña y Juan Sánchez Manuel, conde de Carrión, a quien ya Enrique II había tenido que despojar del adelantamiento de Murcia por sus abusos. Las protestas, incluso armadas, del reino murciano sirvieron para que el Rey se decidiera a deponer al adelantado, pasando el oficio a un miembro de la segunda nobleza, Alfonso Yáñez Fajardo, que hizo una buena labor de gobierno y pudo instalarse como adelantado. De este modo, se demostraban tres cosas: que el reino prefería la administración por los oficiales de la Corona, que se fortalecía el poder real y que la mediana y baja nobleza tenía, en el servicio del Rey, un camino de ascenso.

 
Pero por lo que más se recuerdan a los reyes de este periodo -la Edad Media- es por sus batallas. Bueno, a Alfonso X también por sus escritos. Nuestro Juan I tuvo su gran guerra en 1385 cuando estuvo en condiciones de pelear por la Corona de Portugal tras la muerte de su suegro, el rey portugués Fernando I, que había fallecido de tuberculosos con treinta y ocho años el 22 de octubre de 1383, dejando como regente a su esposa Leonor, y al favorito Andeiro. La heredera estaba en Castilla. Dicho así no parece que hubiese problemas, pero Leonor Téllez de Meneses, hija de un importante linaje con ramas en Castilla y Portugal, era la exesposa del señor de Pombeiro, con quien tuvo un hijo. Fernando I se enamoró de ella, la sedujo, forzó la anulación del matrimonio de ella y la desposó. Leonor intervendrá en asuntos de gobierno y maniobrará en la política exterior. Inteligente y ambiciosa, Leonor terminó convirtiéndose en la pieza clave del trono portugués para descontento de los nobles. Todo se complicó aún más por el hecho de que Leonor no dio herederos varones a Fernando; le nacieron dos hijos, Pedro y Alfonso, pero ambos murieron en el parto. Solo sobrevivió su hija Beatriz. Juan de Castilla tenía, ahora, derecho a titularse rey de Portugal. Claro que pocos portugueses estaban por la labor. ¿Comprenden por qué se oponían en Castilla a la boda de su rey viudo?
 
La noticia de la muerte del rey portugués llegó a Juan I de Castilla y Beatriz en Torrijos, una vez clausuradas las Cortes en Segovia. El maestre de Avís -¡él!- le escribió instándole a que tomara la corona portuguesa que le pertenecía a través de su esposa, y el propio maestre asumiría la regencia. ¡Cuidado con el de Avís! Para evitar problemas dinásticos con el primogénito de Inés de Castro, Juan, lo encerró en el Alcázar de Toledo. El rey castellano reunió al Consejo en Montalbán y mandó a Alfonso López de Tejeda con instrucciones para que la regente portuguesa procediera a proclamar reyes de Portugal a Beatriz y a él mismo. La proclamación fue realizada, pero en Lisboa y en otros lugares, como Elvas y Santarém, se manifestó un rechazo popular en favor de Juan, el primogénito de Inés de Castro. Juan I de Castilla adoptó el título y armas de rey de Portugal, lo cual fue reconocido por el papa de Aviñón y ordenó la puesta en marcha de sus tropas, ya que el canciller de Beatriz, que era el obispo de Guarda, Affonso Correia, le prometió la entrega de la plaza. El rey Juan I de Castilla entró en Portugal con su esposa para asegurar la obediencia y los derechos de su esposa.

 
Leonor intentó gobernar con el apoyo del conde Andeiro pero fue inútil. Parte de la aristocracia portuguesa se oponía a una “anexión” a Castilla. También la burguesía comercial, que temía perder sus relaciones privilegiadas con Inglaterra. Un hermanastro bastardo del difunto rey Fernando, el infante Juan, gran maestre de la orden de Avís, dio un paso al frente. Un importante caballero portugués, Nuno Alvares Pereira, formó hueste, proclamó su apoyo a Juan de Avís y puso cerco a las ciudades que simpatizaban con el partido castellano. El país se dividió, aunque ya eran mayoría los partidarios del de Avís.
 
El maestre de Avís asesinó al favorito de la regente, Juan Fernández de Andeiro, conde de Ourém, y, tras ello, se produjo un levantamiento del pueblo llano contra el gobierno a instigación de Álvaro Pais, en el que resultó muerto el obispo de Lisboa. El levantamiento se extendió por las provincias, cobrándose la vida de otros procastellanos. La reina huyó de Lisboa con la Corte y se refugió en Alenquer. En Lisboa, Álvaro Pais propuso el matrimonio del maestre de Avís con Leonor para encargarse de la regencia de forma conjunta, pero ella lo rechazó y ante las noticias de la venida del rey castellano, el maestre de Avís fue elegido defensor y regente del reino. El 16 de diciembre de 1383, como defensor de los derechos del infante Juan de Portugal, primogénito de Inés de Castro, designó a João das Regras como canciller y a Nuno Álvares Pereira como condestable, y pidió ayuda a Inglaterra. Juan de Avís trató de asediar Alenquer pero Leonor huyó a Santarém, de modo que regresaron a preparar la defensa de Lisboa. En Santarém, Leonor procedió a reclutar un ejército y solicitó ayuda a su yerno. Juan I de Castilla tomó la decisión de controlar la situación en Portugal y dejó en Castilla un Consejo de regencia formado por el marqués de Villena, el arzobispo de Toledo y el mayordomo del Rey. En enero de 1384 el rey Juan I de Castilla, junto con Beatriz, emprendió el camino de Santarém ante la llamada de la reina regente para poder controlar la situación del reino.

Juan I de Avís
 
El 13 de enero de 1384, el rey Juan I de Castilla obtuvo de la reina Leonor la renuncia a la regencia y del gobierno en su favor, lo cual hizo que muchos caballeros y gobernadores de castillos se presentasen a jurar obediencia tanto a él como a su esposa Beatriz. Leonor tratara de conspirar contra su yerno y fue enviada al monasterio de Tordesillas. Esto permitió al maestre de Avís justificar la revuelta en tanto que se había conculcado el tratado de Salvaterra de Magos.
 
Juan I de Castilla fracasó ante Coímbra y Lisboa. El 3 de septiembre de 1384 dejó guarniciones en las plazas de sus partidarios, regresó a Castilla y pidió ayuda al rey de Francia. Mientras, el maestre de Avís intentó apoderarse de plazas fieles a sus adversarios, y aunque tomó Almada y Alenquer, fracasó en Cintra, Torres-Novas y Torres Velhas, tras lo cual se dirigió a Coímbra, donde había convocado Cortes para marzo de 1385. En ellas Beatriz fue declarada ilegítima y se procedió a elegir y proclamar al maestre como Juan I de Portugal el 6 de abril. Dejaba de ser regente de otro Juan para apoderarse del trono. Después de las Cortes, el nuevo soberano emprendió una campaña para controlar el norte del reino, y así obtuvo Viana do Castelo, Braga y Guimarães. Juan no tenía la menor intención de abandonar sus derechos al trono portugués. Después de todo, no le avalaba solo su matrimonio, sino los compromisos contraídos por el difunto rey portugués, que tenían valor de ley.

Fernando I de Portugal
 
Pero el difunto rey Fernando, el mismo que firmó el pacto matrimonial de Beatriz con Castilla, había suscrito acuerdos con el duque de Lancaster, casado con una hija de Pedro el Cruel, para recuperar el trono castellano. Irónico porque los Trastámara estaban del lado francés y los barcos de Castilla no habían dejado de atacar puertos ingleses en los años anteriores. Así que ahora, en esta pugna por el trono de Portugal, castellanos y portugueses no iba a estar solos: una hueste de arqueros ingleses compareció al lado de Juan de Avís, mientras que una numerosa tropa francesa engrosó el bando de Juan de Castilla.
 
Era junio de 1385 cuando Juan I de Castilla entró de nuevo en Portugal. Lo hizo por el centro, en lo que hoy es la frontera con Cáceres, con el propósito de llegar a Lisboa. La fuerza reunida por el rey castellano era temible: unos treinta mil hombres entre peones, lanceros y ballesteros, con un refuerzo de dos mil caballeros franceses. Los portugueses habían concentrado sus fuerzas en el castillo de Tomar, al noreste de Lisboa. Allí estaban el nuevo rey Juan de Avís y el caballero Nuno Alvares Pereira, recién nombrado condestable del reino con unos seis mil quinientos hombres. Estaban obligados a salir a la caza de los castellanos si quería evitar que entraran en Lisboa.

Movimientos previos a Aljubarrota
 
La diferencia de tropas se había vuelto irrelevante gracias a una eficaz utilización del terreno y a los arcos largos ingleses. Seguramente Juan de Castilla y sus caballeros franceses ignoraban que en Portugal iban a encontrarse con los mismos arqueros que habían aniquilado a la caballería del rey de Francia.
 
Era el mediodía del 14 de agosto de 1385 cuando se encontraron las fuerzas. Los de Juan de Avís ocupaban la cima de una colina cerca de Leiria, entre riachuelos que protegían sus flancos. Los castellanos bordearon la colina en busca del lugar más accesible para atacar. Los portugueses organizaron el campo según el modelo inglés: una gruesa línea de infantería en el centro, sendos contingentes de arqueros en los flancos y una fuerza de reserva en retaguardia. Delante de la línea central de infantería, un laberinto de fosos, zanjas y troncos para frenar el empuje de la caballería pesada enemiga, exactamente igual que habían hecho los ingleses en Crécy y Poitiers. ¡¡¿¿Juan de Castilla y sus franceses no lo esperaban??!!
 
Sin embargo, hubo una cadena de errores fatales: el rey de Castilla dio la orden de atacar. Eran ya las seis de la tarde cuando la tropa castellana completó la maniobra tras una jornada de marcha bajo el sol de agosto. Lanzaron una carga de caballería pesada sobre la línea de infantería sin analizar el terreno. La caballería francesa quedó atrapada en el laberinto de zanjas y trincheras excavado por los portugueses y se convirtió en un blanco fijo para los arqueros ingleses, que diezmaron a los jinetes. En ese momento la segunda línea castellana que debía haber intervenido para auxiliar a la caballería, seguir el combate a pie y llegar hasta la infantería enemiga, no lo hizo así. Avanzó cansada y no llegó al contacto. La caballería había sido sacrificada en vano.

 
Así las cosas, los contendientes quedaron frente a frente en un estrecho campo listos para el combate a pie. La tropa castellana era más numerosa, pero eso, en un campo tan angosto como el dispuesto por el enemigo, terminó siendo un grave inconveniente. La extensa línea castellana atacó, la angostura del campo entre riachuelos desorganizó a la fuerza, y en ese momento los portugueses hicieron avanzar a su retaguardia. Los castellanos quedaron atrapados entre los accidentes naturales del terreno y las líneas del enemigo. Al caer el sol, Juan I de Castilla se rindió a la evidencia: había perdido y ordenó la retirada. Retirada que fue desordenada y degeneró en matanza a manos de tropas y lugareños portugueses.  Si en la batalla habían muerto cinco mil hombres, otros tantos fueron asesinados después, en la matanza posterior.
 
Al amanecer del día siguiente, 15 de agosto de 1385, el curso de los ríos del lugar habían quedado estancados por la cantidad de cadáveres que descansaban en el lecho. Lo más notable de la aristocracia castellana pereció allí: hijos de los Mendoza, de los Téllez, de los Manrique de Lara... En cuanto a los franceses, el rey Juan de Avís dio orden de asesinar a los supervivientes. Sin más. El propio rey Juan I de Castilla tuvo que huir a uña de caballo, oportunamente puesto a salvo por su ayo, Pedro González de Mendoza, guerrero y poeta, señor de Hita y Buitrago, mayordomo del reino, que le entregó su montura y esperó en pie la acometida del enemigo mientras el monarca escapaba. Juan I de Castilla huyó a Santarém y desde allí bajó el río Tajo hasta encontrarse con su flota en torno a Lisboa. En septiembre la flota castellana regresó a Castilla y Juan I de Portugal obtuvo el dominio de las plazas que aún le eran adversas.

 
Hay en Portugal un monasterio, el de Batalha, y una villa del mismo nombre, que conmemoran aquella carnicería. Ambos fueron elevados por Juan de Avís en acción de gracias por la victoria. Reinó como Juan I de Portugal y dio nacimiento a una dinastía propia. Juan I de Castilla, tras el descalabro de Aljubarrota, tendrá nuevos problemas.
 
Las huestes de Juan I de Castilla estaban desguazadas lo que permitía a cualquier señor de la guerra dar un golpe al rey. Sobre todo, si estaba del lado inglés. Una intervención en Castilla podría privar a Francia de uno de sus principales aliados y, aún más, poner la poderosa flota castellana al servicio de Inglaterra. Debemos saber que el 9 de mayo de 1386, Portugal e Inglaterra estipularon una alianza por el Tratado de Windsor y en el verano de 1386, un contingente inglés desembarcó en La Coruña. Su comandante era Juan de Gante, duque de Lancaster, cuarto hijo varón del rey de Inglaterra Eduardo III. Tenía apenas veinte años cuando se casó con Blanca de Lancaster. Enseguida murió su suegro, el duque de Lancaster, y Juan heredó todas sus posesiones. Esas posesiones en cuestión eran 20.000 hectáreas de tierras en el noroeste de Inglaterra y en otros lugares, treinta castillos en Inglaterra y Francia, rentas abundantísimas y un papel determinante en la corona. Juan enviudó de Blanca en 1369 y volvió a casarse con Constanza de Castilla, ¡hija de Pedro I, el Cruel!

 
Recordemos que Pedro había muerto a manos de Enrique de Trastámara y que los “derechos” de Pedro I pasaron a Constanza. Por ello, Juan de Gante vio la oportunidad de reclamar la Corona de Castilla. ¿Se imaginan la dinastía Lancaster reinando en la Corona de Castilla? ¿Cambiaría el castillo o el león por la rosa roja de Lancaster? Juan de Gante avanza por Galicia sin oposición: aún ardían los rescoldos de la última guerra civil castellana y en esta región eran muchos los que habían tomado el partido de Pedro el Cruel. Para ellos, Lancaster no era un príncipe extranjero, sino el valedor de los derechos de Constanza, la hija de Pedro. Controlada La Coruña, el duque de Lancaster penetra hacia el sur y se instala en Orense. Allí levanta su corte.
 
El duque cuenta con el apoyo portugués. El pacto consistió probablemente en que el de Lancaster se cobraría el trono de Castilla a través de su esposa Constanza, mientras que Juan de Avís, rey de Portugal, incorporaría a su reino las tierras de León. Para soldar la alianza, Lancaster otorga a Juan de Avís la mano de su hija Felipa, nacida del primer matrimonio del inglés. Conviene no minusvalorar estos enjuagues: si los dos Juanes obtenían la victoria, la alianza así formada controlaría toda la fachada occidental europea. Claro que para eso tenían que doblegar al tercer Juan: Juan I, rey de Castilla. Y aún no había dicho su última palabra.

 
Las tropas de Inglaterra y Portugal entraron en territorio de León. Los choques armados se sucedieron mes tras mes. El propósito de Lancaster y Avís era infligir a los castellanos otra derrota decisiva que barriera a Juan del trono. Pero no habrá tal, porque Juan I de Castilla rehuyó la confrontación directa porque la fuerza castellana había quedado muy disminuida después de Aljubarrota, pero el reino seguía siendo una de las grandes potencias de la época y no era fácil darle el jaque definitivo. Decenas de miles de hombres fueron movilizados para acudir al combate. Las tropas de Lancaster y Avís andaban de saqueo por Villalpando y Benavente, pero el hambre y las enfermedades estaban minando su hueste. ¡Ni de lejos tenían fuerza suficiente para conquistar la ciudad de León! Pero la Corona de Castilla tampoco podía aspirar a reunir un ejército que diera cuenta de los invasores: el mero esfuerzo de frenar a los anglo-portugueses había obligado a vaciar de hombres las principales ciudades. Juan de Gante pensó golpear una capital importante. ¿Cuál? Palencia. ¿Y por qué Palencia? Porque era una ciudad muy notable y les era asequible. Palencia había sido la primera ciudad española que vio nacer una universidad en su suelo: el Estudio General fundado en 1208 por el obispo Tello Téllez de Meneses. Pero, a medida que se consolidaba la expansión hacia el sur quedó como una ciudad de segundo orden.
 
En Palencia, cómo hemos dicho, no quedaban soldados: todos estaban en el área de Valderas, a poco más de cincuenta kilómetros hacia el oeste, tratando de acosar al enemigo. Lancaster lo supo y se lanzó. Pero... cuando Juan de Gante llegó ante los muros de Palencia, vio las almenas repletas de defensores. Alguien había dado la voz de alarma. Ante la llegada del enemigo, las mujeres de la ciudad, con los viejos, los niños y los plebeyos, habían tomado las murallas. Y el invasor, que esperaba una victoria rápida y fácil, se vio en una mala tesitura: o intentar de todas formas el asalto, exponiéndose a que sus ya cansadas y hambrientas huestes recibieran un severo golpe, o replegarse de nuevo hacia Portugal. Si atacaba y perdía, le sería francamente difícil volver a sus bases portuguesas; si se retiraba, salvaría al menos a su hueste y podría seguir devastando campos y causando estragos en su camino de vuelta a casa. No sabemos si hubo combate ante los muros de Palencia, pero sí conocemos el final de la historia: Juan de Gante, duque de Lancaster, volvió grupas y levantó el sitio. Las mujeres de Palencia habían vencido al inglés.

 
De esta manera se llegó a una situación en la que todo el mundo apostó por la negociación. Los contendientes se entrevistaron en Troncoso, Portugal, en 1388. Allí se dibujaron las líneas del acuerdo que enseguida iba a firmarse en Bayona el 8 de julio. Como tantas otras veces, la prenda de la paz sería un matrimonio: el heredero del trono castellano, Enrique, se casaría con la hija de Lancaster y Constanza, Catalina. Eso significaba volver a unir las dos ramas que se disputaban el trono: la de los Trastámara y la de Pedro el Cruel. El inglés renunciaba al trono de Castilla, pero a cambio recibía 600.000 francos de oro y su esposa, Constanza, obtenía las rentas y derechos de Guadalajara, Olmedo, Medina del Campo y Huete. Asimismo, Juan I de Castilla se comprometía a perdonar a todos los hijos de Pedro el Cruel que estaban en prisión o en el exilio. Y, por otro lado, Castilla firmaba con Portugal una tregua de seis años que terminaría haciéndose (casi) definitiva. Juan de Avís se aseguraba un largo reinado.
 
Los herederos, Enrique y Catalina, se casaron en la catedral de San Antolín de Palencia el 17 de septiembre de 1388. Sí, Palencia: el escenario de aquella gesta de unas mujeres singularmente bravas. En el mismo acto, los herederos del trono castellano recibían el título de Príncipes de Asturias, que desde entonces se atribuye al heredero de la corona en España. Y en cuanto a las mujeres de Palencia, el rey les concedía una recompensa singular: el derecho de portar sobre su corpiño la banda dorada, el distintivo de una orden creada medio siglo atrás por Alfonso XI y que hasta entonces era exclusivo de los caballeros. Desde aquel día, y hasta hoy, las mujeres de Palencia exhiben esa banda con orgullo.
 
La interrupción de la guerra de los Cien Años en la tregua de Leulinghem motivó la tregua de Monçao de 23 de noviembre de 1389, por la que Castilla y Portugal restauraban al adversario las plazas ocupadas.

Juan I de Castilla
 
Los nuevos príncipes de Asturias iban a tardar muy poco en reinar: el 9 de octubre de 1390, apenas dos años después del Tratado de Bayona, el rey Juan I de Castilla caía de su caballo junto a la puerta de Burgos, situada a extramuros del Palacio arzobispal de Alcalá de Henares y fallecía en el acto.
 
Ahora bien, Enrique, el heredero, aún era menor de edad en ese momento: once años. El cardenal Pedro Tenorio, pieza clave del reino, mantendría la muerte de Juan en secreto hasta dejar bien dispuestos los detalles de la regencia. Después de su defunción, el cadáver de Juan I de Castilla fue trasladado a la ciudad de Toledo, donde recibió sepultura en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.
 
En cuanto a Juan de Gante, duque de Lancaster, dejó España y volvió a Inglaterra, donde le aguardaban serios problemas políticos: el reinado de su sobrino Ricardo II había levantado resistencias por todas partes, entre otras razones por los sucesivos aumentos de impuestos que exigía la larga guerra con Francia. Allí, en Inglaterra, morirá Constanza, la hija de Pedro el Cruel, ya en 1394. Lancaster aprovechó para casarse con la que había sido su amante durante los últimos veintiocho años: Catalina de Roet-Swynford. Juan de Gante morirá en 1399. Uno de sus hijos será rey de Inglaterra.
  
 
Bibliografía:
 
“Santiago y cierra, España!”. José Javier Esparza.
“Historia de castilla de Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González y otros autores.
“Atlas de Historia de España”. Fernando García de Cortazar.
“Historia de España. La crisis del siglo XIV. El declive de la civilización medieval y el triunfo de los Trastámara”. Salvat.
“Las dinastías reales de España en la Edad Media”. Jaime de Salazar y Acha.
Real Academia de la Historia.

domingo, 11 de enero de 2026

La “lengua propia” de Las Merindades.

 
Les diré sinceramente que la idea de esta entrada procede de una comida navideña con un cuñado. Hablábamos de algo neutro para no enzarzarnos: como se llamaban los zapatos de madera para entrar en las cuadras. Yo los conocía como Albarcas o madreñas, pero el los llamaban zuecos. ¿Quién tenía razón?

 
En la zona que contiene el sur y este de Cantabria, noreste de Palencia, norte de Burgos y occidente de Vizcaya y de Álava hay -hubo- una serie características del lenguaje que generaron un modo de hablar influido por el asturleonés y el euskera.
 
Así, por ir al palabrerío, tenemos el típico cambio de “b” por “g” cuando van seguidas de “o” o “u”. Lo encontramos en varios lugares del solar primitivo del castellano, como en la parte occidental de Álava -en Sojoguti-, en el topónimo el Regollar, y en Añés en el pago conocido como la Regoyada (que proceden del árbol llamado rebollo). La variación del grupo “mb” latino como en nombres de pueblos de nuestro espacio como Santa Coloma de Rudrón o Santa Coloma, en la Merindad de Cuesta Urria. Con respecto a la vocal “a”, están extendidas por toda el área las formas halecho y andrina (en lugar de helecho y endrina), de Mena a la Bureba y desde Palencia y Cantabria hasta Álava, donde también tenemos topónimos en la zona occidental como el Andrinal o los Andrinales en Turiso. De hecho, siempre recuerdo de niño que corregía a mi madre en su forma de pronunciar este tipo de palabras.

 
También, sintácticamente hablando, se podría decir que es característico de nuestro castellano norteño el uso verbal del condicional simple en lugar del imperfecto de subjuntivo. Esta incorrección va corrigiéndose cuanto más al sur de la zona norteña.
 
El laísmo en el complemento indirecto femenino de persona se lo veía, en 1965, como endémico en el norte de Burgos: “la dije” en lugar de “le dije”. ¿El leísmo? Tres cuartos de lo mismo: “estos manzanos les podas mañana” en lugar de “los podas”. El fenómeno parte desde tierras cántabras hasta alcanzar la parte alta de La Rioja y ya estaba presente en el Poema de Mío Cid. Para más inri, nos encontramos con un efecto péndulo en un leísmo que afecta al complemento directo femenino de persona: decir “le vi” en lugar de “la vi”.

 
Y, ¿Qué decirles del sufijo abundancial “-al” en lugar de “-edo”? Cierto que es una estructura que se está perdiendo pero que permanece en los microtopónimos: el Hayal, el Encinal, el Bujarral, el Carrascal, el Manzanal, el Jayal, el Halechal, el Bortal… En el oeste de Álava y en Cantabria también se prefiere hayal a hayedo. Aun así, es mayoritario el sufijo “-edo” en los nombres de nuestros pueblos: Lechedo, Ranedo, Argomedo, Carcedo, Rublacedo, Bugedo, Pinedo, Acebedo, Fresnedo, Robredo, Quisicedo, Quecedo, Ahedo, Manzanedo, Arnedo, Rebolledo, etc.
 
Hay palabras comunes entre el habla montañesa y la de Las Merindades. Aunque en ocasiones la pronunciación y la fonética encubren estas similitudes. Voces comunes son: alampar, albarca, amorrar, banzu, cocinu, cebilla, esbarciar, bubarro, caco, cagalita, camba, carajón, collarón, chospar, dalle, escullar, estazar, fatu, gallarita, garabita, jatu, jébene, jayo, jerba, lata, payu, pecu, pique, puga, respe, rosnar, ruvieju y tronzar, entre otras. Podemos seguir con otras palabras como amorrar, arrecho, barreñón, borro, cabrio, camba, caponera, carrasca, cillisca, chospar, dallar, esconderite, fato, lata, limaco, nidrio, nubada, picaza, pieza, respe, rutar, sapado, tasugo, tronzarse, turrar, tuta, vulcar, etc. Este tipo de palabras muestran que el romance cántabro-burgalés es más cercano al habla asturleonesa que a las navarroaragonesas.

 
Algunos casos particulares los tenemos, por ejemplo, en el término albarca que está en todas Las Merindades y contornos, pero con dos significados distintos: en el territorio que forman el norte de Palencia, Cantabria y noroeste de Burgos es lo mismo que “almadreña/madreña” o zueco de madera y en el resto de la zona es un calzado con la suela de goma. Podríamos decir que tanto mi cuñado como yo teníamos razón. O estábamos equivocados.

Albarcas/almadreñas/madreñas
 
Evidentemente, la mayoría del vocabulario típico de la zona tiene una etimología latina, pero una parte del léxico y la toponimia tienen un origen prerromano: nava, vega, barcena, lata, talanguera, camba, albarcas, berezo, etc. En este contexto de léxico de raíz prerromana, los vasquismos están prácticamente ausentes en toda la zona central y oeste de nuestro espacio, salvo los habituales en el uso del español normalizado y unas pocas palabras adoptadas en el habla local, como por ejemplo perrochico, chicharro, chipirón, pacharán o choco (Txoko).
 
Intuitivamente sabemos que un idioma, el castellano en este caso, no tiene un registro lingüístico uniforme, sino que presenta matices y genera variedades locales. Así, para algunos autores, el castellano norteño (recordamos: actuales sur y este de Cantabria, noreste de Palencia, norte de Burgos, oeste de Vizcaya y oeste de Álava) sería heredero del romance de los cartularios medievales de Valpuesta y Oña. Frente a estos, los hablantes del sur y este de Álava, la casi totalidad de La Rioja y el este de Burgos serían herederos del romance de San Millán de la Cogolla. Por supuesto, los dialectos no tienen un límite claro y el uso de las diferentes palabras no se puede delimitar exactamente, ni ser excluyente.

 
Como colofón dejaremos constancia de algunas de estas palabras:
 
Albarca: Era, y es, un calzado con la suela de caucho o cuero duro, que se sujetaba con cuerdas al tobillo y al empeine. El diccionario de la RAE precisa que las suelas de neumático se utilizaban en las zonas de pastores y labradores pobres y las de piel cruda de vaca o caballo, en el resto. La Real Academia prefiere “abarca” que es una voz de origen prerromano, documentada ya en el siglo X. Albarca se recoge como zueco o almadreña en la zona de Campoo (Cantabria) y en el noroeste de Burgos. La Wikipedia lo llama Albarca Cántabra. ¡Por eso yo defendía esta palabra!
 
Almadreña: Es un calzado de madera, de una sola pieza y con tacos de apoyo, para evitar el barro y el agua del suelo. También se conoce como “madreña”. En la zona de Oña está la expresión “ser un almadreñas” que se aplica a una persona que es una chapucera o con poco fuste. El diccionario de la RAE indica que procede de la voz mozárabe “matrwena” y esta del latín “materia” (madera). Es una palabra de uso general en el castellano norteño y con el mismo significado. En la Merindad de Sotoscueva, que limita con Cantabria, todavía almadreña es “zueco”.

 
Arribotas: “Muy arriba, en lo más alto”. No existe en el diccionario de la RAE pero está relacionada con arriba. La conozco desde niño y su significado era intuitivo. Quizá por eso parece que siempre la escuchemos en boca de los niños.
 
Chiflar: Significa “Silbar”. Procede del francés síffler (silbar) y esta del latín dialectal “Sifilare”, relacionada a su vez con “Sibila-re”. También son comunes los derivados chiflo (silbato de madera) y chiflido (silbido).

 
Dalle: “Guadaña”. Se compone de mango, manillas para agarrar, virola para sujetar la hoja y esta misma. El Diccionario del RAE señala que esta palabra procede del occitano “dalh” o del catalán “dall”, y estos del latín “daculum”. Dallar es “segar con el dalle”. Es una palabra de uso común en Las Merindades y desde el norte palentino hasta La Rioja. A veces es un sinónimo de guadaña, pero en otros lugares tiene matices semánticos y terminaciones vocálicas diferentes. En el Valle de Mena y en la zona pasiega de Burgos tenemos diferenciados dalla y dallo, este último se caracteriza por tener la hoja más corta.
 
Galipó: “Alquitrán”. En el diccionario no viene esta palabra, sino galipote, procedente del francés galipot, y la describe como una especie de brea o alquitrán para calafatear. La Academia la incluyó en el diccionario en 1936, aunque la encontramos escrita como palabra esdrújula, gálipo, en 1878, como sinónimo de resina de pino. En Villarcayo, y seguro que, en otros lugares, los niños de los setenta disfrutaban haciendo pasar sus bicicletas sobre los pegotes de galipó caliente por el sol para dejar las huellas del neumático. ¡Qué cosas! Hoy es un término en desuso. Se emplea más brea o alquitrán, aunque galipó era parte del vocabulario de los bilbaínos también.
 
Limaco: “Babosa negra”. LA RAE dice que el término procede de “Limax-acis” Es una palabra común en toda la zona de estudio, aunque con diversas variantes: limaco, limaza, limarza, limace, lumiaco o rumiaco. Todo nuestro espacio lingüístico del castellano norteño se decanta para nombrar a este molusco terrestre y sin concha por la palabra del latín culto y no por la procedente del latín vulgar “Babosus” (bobo) que derivó en babosa. En el año 1500, en un tratado anónimo de Patología, en un remedio contra las almorranas, aparece como uno de los ingredientes: “limacos, tres onças”.
 
Machorra: “Oveja que no se queda preñada durante el primer año, y que se sacrifica para carne”. Tanto en masculino como en femenino, el Diccionario de la real academia de la lengua española señala que es un adjetivo que significa “estéril” y también un sustantivo equivalente a “hembra estéril”, además de tener una intención despectiva. La machorra es una oveja estéril en la Bureba, Caderechas y Las Merindades, Carranza y Álava. En Campoo y Cantabria, incluso en Villarcayo, es el nombre que se da a los tarugos, tacos o clavos de las almadreñas o albarcas. En Las Merindades se llaman machorras a las peñas aisladas y peladas que sobresalen en un terreno. De aquí viene el nombre del pueblo homónimo de Las Machorras.

 
Renieblar: “Desprender la niebla gotas finas”. El Diccionario oficial no recoge tampoco esta palabra. Sí incluye anieblar y aneblar, pero con el significado de “cubrir de niebla”, no de que la niebla moje. Renieblar sería como estar en unas nubes bajas.
 
Tronzarse: “Mancarse, fracturarse sobre todo el brazo, pero también la pierna”. La RAE, en la segunda acepción de esta palabra, dice que tronzar es una voz regional y que se aplica especialmente a los huesos. En la Bureba, Las Merindades y en Cantabria posee la acepción de “quebrar”. Tronzar también significa cortar, especialmente árboles y de ahí el derivado tronzador, que es una sierra larga para cortar los troncos de los árboles. Yo lo he conocido como “torcerse un miembro”.
 
Turrar: “Escocer las heridas, las quemaduras o los golpes, y también las manos cuando hace frío”. El diccionario recoge la voz turrar, pero como sinónimo de torrar y con el único significado de tostar o asar en las brasas. Tanto turrar, torrar como tostar proceden del latín “Torrare”, verbo de cuyo intensivo deriva el latín vulgar “Tostare”. En la Bureba, Caderechas, Valdivielso, Las Merindades, Valdegovía y noroeste de Burgos se atestigua con amplitud turrar con el significado especializado de escocer o picar. Añadiré que, personalmente, lo he empleado para indicar que alguien me aburría.

 
Zamostas: “Persona vaga, desmañada e ignorante, sin oficio ni beneficio, que no es digna de consideración”. Esta palabra la escuché de boca de un vecino cuyo abuelo procedía de la zona de Oña. Evidentemente no aparece en el diccionario de la RAE. En Las Merindades es una palabra despectiva que equivale a imbécil. En Campoo se le llama así a una “persona holgazana”. En Cantabria, zamostear es “dar sacudidas de la cabeza para espantar moscas o con amagos de ataques, en bueyes o vacas”. Y es que zamosta, en singular, significa en el noroeste de Burgos “cubierta de piel que se pone sobre las cabezas y el yugo de la pareja de vacas uncidas” y en Campoo también “lazo que se da al final de la coyunda”. Entre el cabeceo de las vacas y la persona vaga, torpe e ignorante puede haber una asociación semántica que justifique el empleo de la misma palabra para ambas definiciones.
 
Seguro que hay muchas más palabras propias de la zona de Las Merindades que han comenzado a caer en desuso, pero la entrada no da para más.
 
 
 
Bibliografía:
 
“El habla de Oña (Burgos). Estudio dialectal del castellano norteño”. Eduardo Rojo Díez.