Les
diré sinceramente que la idea de esta entrada procede de una comida navideña
con un cuñado. Hablábamos de algo neutro para no enzarzarnos: como se llamaban
los zapatos de madera para entrar en las cuadras. Yo los conocía como Albarcas
o madreñas, pero el los llamaban zuecos. ¿Quién tenía razón?
En
la zona que contiene el sur y este de Cantabria, noreste de Palencia, norte de
Burgos y occidente de Vizcaya y de Álava hay -hubo- una serie características del
lenguaje que generaron un modo de hablar influido por el asturleonés y el
euskera.
Así,
por ir al palabrerío, tenemos el típico cambio de “b” por “g” cuando van
seguidas de “o” o “u”. Lo encontramos en varios lugares del solar primitivo del
castellano, como en la parte occidental de Álava -en Sojoguti-, en el topónimo
el Regollar, y en Añés en el pago conocido como la Regoyada (que proceden del
árbol llamado rebollo). La variación del grupo “mb” latino como en nombres de
pueblos de nuestro espacio como Santa Coloma de Rudrón o Santa Coloma, en la
Merindad de Cuesta Urria. Con respecto a la vocal “a”, están extendidas por
toda el área las formas halecho y andrina (en lugar de helecho y endrina), de
Mena a la Bureba y desde Palencia y Cantabria hasta Álava, donde también
tenemos topónimos en la zona occidental como el Andrinal o los Andrinales en
Turiso. De hecho, siempre recuerdo de niño que corregía a mi madre en su forma
de pronunciar este tipo de palabras.
También,
sintácticamente hablando, se podría decir que es característico de nuestro castellano
norteño el uso verbal del condicional simple en lugar del imperfecto de
subjuntivo. Esta incorrección va corrigiéndose cuanto más al sur de la zona
norteña.
El
laísmo en el complemento indirecto femenino de persona se lo veía, en 1965,
como endémico en el norte de Burgos: “la dije” en lugar de “le dije”. ¿El
leísmo? Tres cuartos de lo mismo: “estos manzanos les podas mañana” en lugar de
“los podas”. El fenómeno parte desde tierras cántabras hasta alcanzar la parte
alta de La Rioja y ya estaba presente en el Poema de Mío Cid. Para más inri,
nos encontramos con un efecto péndulo en un leísmo que afecta al complemento
directo femenino de persona: decir “le vi” en lugar de “la vi”.
Y,
¿Qué decirles del sufijo abundancial “-al” en lugar de “-edo”? Cierto que es
una estructura que se está perdiendo pero que permanece en los microtopónimos:
el Hayal, el Encinal, el Bujarral, el Carrascal, el Manzanal, el Jayal, el
Halechal, el Bortal… En el oeste de Álava y en Cantabria también se prefiere
hayal a hayedo. Aun así, es mayoritario el sufijo “-edo” en los nombres de nuestros
pueblos: Lechedo, Ranedo, Argomedo, Carcedo, Rublacedo, Bugedo, Pinedo,
Acebedo, Fresnedo, Robredo, Quisicedo, Quecedo, Ahedo, Manzanedo, Arnedo,
Rebolledo, etc.
Hay
palabras comunes entre el habla montañesa y la de Las Merindades. Aunque en
ocasiones la pronunciación y la fonética encubren estas similitudes. Voces
comunes son: alampar, albarca, amorrar, banzu, cocinu, cebilla, esbarciar,
bubarro, caco, cagalita, camba, carajón, collarón, chospar, dalle, escullar,
estazar, fatu, gallarita, garabita, jatu, jébene, jayo, jerba, lata, payu,
pecu, pique, puga, respe, rosnar, ruvieju y tronzar, entre otras. Podemos
seguir con otras palabras como amorrar, arrecho, barreñón, borro, cabrio,
camba, caponera, carrasca, cillisca, chospar, dallar, esconderite, fato, lata,
limaco, nidrio, nubada, picaza, pieza, respe, rutar, sapado, tasugo, tronzarse,
turrar, tuta, vulcar, etc. Este tipo de palabras muestran que el romance cántabro-burgalés
es más cercano al habla asturleonesa que a las navarroaragonesas.
Algunos
casos particulares los tenemos, por ejemplo, en el término albarca que está en
todas Las Merindades y contornos, pero con dos significados distintos: en el
territorio que forman el norte de Palencia, Cantabria y noroeste de Burgos es
lo mismo que “almadreña/madreña” o zueco de madera y en el resto de la zona es
un calzado con la suela de goma. Podríamos decir que tanto mi cuñado como yo
teníamos razón. O estábamos equivocados.
Albarcas/almadreñas/madreñas
Evidentemente,
la mayoría del vocabulario típico de la zona tiene una etimología latina, pero
una parte del léxico y la toponimia tienen un origen prerromano: nava, vega,
barcena, lata, talanguera, camba, albarcas, berezo, etc. En este contexto de
léxico de raíz prerromana, los vasquismos están prácticamente ausentes en toda
la zona central y oeste de nuestro espacio, salvo los habituales en el uso del
español normalizado y unas pocas palabras adoptadas en el habla local, como por
ejemplo perrochico, chicharro, chipirón, pacharán o choco (Txoko).
Intuitivamente
sabemos que un idioma, el castellano en este caso, no tiene un registro
lingüístico uniforme, sino que presenta matices y genera variedades locales. Así,
para algunos autores, el castellano norteño (recordamos: actuales sur y este de
Cantabria, noreste de Palencia, norte de Burgos, oeste de Vizcaya y oeste de
Álava) sería heredero del romance de los cartularios medievales de Valpuesta y
Oña. Frente a estos, los hablantes del sur y este de Álava, la casi totalidad
de La Rioja y el este de Burgos serían herederos del romance de San Millán de
la Cogolla. Por supuesto, los dialectos no tienen un límite claro y el uso de
las diferentes palabras no se puede delimitar exactamente, ni ser excluyente.
Como
colofón dejaremos constancia de algunas de estas palabras:
Albarca: Era, y es, un calzado con la suela de
caucho o cuero duro, que se sujetaba con cuerdas al tobillo y al empeine. El
diccionario de la RAE precisa que las suelas de neumático se utilizaban en las
zonas de pastores y labradores pobres y las de piel cruda de vaca o caballo, en
el resto. La Real Academia prefiere “abarca” que es una voz de origen
prerromano, documentada ya en el siglo X. Albarca se recoge como zueco o
almadreña en la zona de Campoo (Cantabria) y en el noroeste de Burgos. La
Wikipedia lo llama Albarca Cántabra. ¡Por eso yo defendía esta palabra!
Almadreña: Es un calzado de madera, de una sola
pieza y con tacos de apoyo, para evitar el barro y el agua del suelo. También
se conoce como “madreña”. En la zona de Oña está la expresión “ser un
almadreñas” que se aplica a una persona que es una chapucera o con poco fuste.
El diccionario de la RAE indica que procede de la voz mozárabe “matrwena” y
esta del latín “materia” (madera). Es una palabra de uso general en el
castellano norteño y con el mismo significado. En la Merindad de Sotoscueva,
que limita con Cantabria, todavía almadreña es “zueco”.
Arribotas: “Muy arriba, en lo más alto”. No existe
en el diccionario de la RAE pero está relacionada con arriba. La conozco desde
niño y su significado era intuitivo. Quizá por eso parece que siempre la
escuchemos en boca de los niños.
Chiflar: Significa “Silbar”. Procede del francés
síffler (silbar) y esta del latín dialectal “Sifilare”, relacionada a su vez
con “Sibila-re”. También son comunes los derivados chiflo (silbato de madera) y
chiflido (silbido).
Dalle: “Guadaña”. Se compone de mango,
manillas para agarrar, virola para sujetar la hoja y esta misma. El Diccionario
del RAE señala que esta palabra procede del occitano “dalh” o del catalán “dall”,
y estos del latín “daculum”. Dallar es “segar con el dalle”. Es una palabra de
uso común en Las Merindades y desde el norte palentino hasta La Rioja. A veces
es un sinónimo de guadaña, pero en otros lugares tiene matices semánticos y
terminaciones vocálicas diferentes. En el Valle de Mena y en la zona pasiega de
Burgos tenemos diferenciados dalla y dallo, este último se caracteriza por
tener la hoja más corta.
Galipó: “Alquitrán”. En el diccionario no viene
esta palabra, sino galipote, procedente del francés galipot, y la describe como
una especie de brea o alquitrán para calafatear. La Academia la incluyó en el
diccionario en 1936, aunque la encontramos escrita como palabra esdrújula,
gálipo, en 1878, como sinónimo de resina de pino. En Villarcayo, y seguro que,
en otros lugares, los niños de los setenta disfrutaban haciendo pasar sus
bicicletas sobre los pegotes de galipó caliente por el sol para dejar las huellas
del neumático. ¡Qué cosas! Hoy es un término en desuso. Se emplea más brea o
alquitrán, aunque galipó era parte del vocabulario de los bilbaínos también.
Limaco: “Babosa negra”. LA RAE dice que el
término procede de “Limax-acis” Es una palabra común en toda la zona de
estudio, aunque con diversas variantes: limaco, limaza, limarza, limace,
lumiaco o rumiaco. Todo nuestro espacio lingüístico del castellano norteño se
decanta para nombrar a este molusco terrestre y sin concha por la palabra del
latín culto y no por la procedente del latín vulgar “Babosus” (bobo) que derivó
en babosa. En el año 1500, en un tratado anónimo de Patología, en un remedio
contra las almorranas, aparece como uno de los ingredientes: “limacos, tres
onças”.
Machorra: “Oveja que no se queda preñada durante
el primer año, y que se sacrifica para carne”. Tanto en masculino como en
femenino, el Diccionario de la real academia de la lengua española señala que
es un adjetivo que significa “estéril” y también un sustantivo equivalente a “hembra
estéril”, además de tener una intención despectiva. La machorra es una oveja
estéril en la Bureba, Caderechas y Las Merindades, Carranza y Álava. En Campoo
y Cantabria, incluso en Villarcayo, es el nombre que se da a los tarugos, tacos
o clavos de las almadreñas o albarcas. En Las Merindades se llaman machorras a
las peñas aisladas y peladas que sobresalen en un terreno. De aquí viene el
nombre del pueblo homónimo de Las Machorras.
Renieblar: “Desprender la niebla gotas finas”. El
Diccionario oficial no recoge tampoco esta palabra. Sí incluye anieblar y
aneblar, pero con el significado de “cubrir de niebla”, no de que la niebla
moje. Renieblar sería como estar en unas nubes bajas.
Tronzarse: “Mancarse, fracturarse sobre todo el
brazo, pero también la pierna”. La RAE, en la segunda acepción de esta palabra,
dice que tronzar es una voz regional y que se aplica especialmente a los
huesos. En la Bureba, Las Merindades y en Cantabria posee la acepción de “quebrar”.
Tronzar también significa cortar, especialmente árboles y de ahí el derivado
tronzador, que es una sierra larga para cortar los troncos de los árboles. Yo
lo he conocido como “torcerse un miembro”.
Turrar: “Escocer las heridas, las quemaduras o
los golpes, y también las manos cuando hace frío”. El diccionario recoge la voz
turrar, pero como sinónimo de torrar y con el único significado de tostar o
asar en las brasas. Tanto turrar, torrar como tostar proceden del latín “Torrare”,
verbo de cuyo intensivo deriva el latín vulgar “Tostare”. En la Bureba,
Caderechas, Valdivielso, Las Merindades, Valdegovía y noroeste de Burgos se
atestigua con amplitud turrar con el significado especializado de escocer o
picar. Añadiré que, personalmente, lo he empleado para indicar que alguien me
aburría.
Zamostas: “Persona vaga, desmañada e ignorante,
sin oficio ni beneficio, que no es digna de consideración”. Esta palabra la
escuché de boca de un vecino cuyo abuelo procedía de la zona de Oña.
Evidentemente no aparece en el diccionario de la RAE. En Las Merindades es una
palabra despectiva que equivale a imbécil. En Campoo se le llama así a una “persona
holgazana”. En Cantabria, zamostear es “dar sacudidas de la cabeza para
espantar moscas o con amagos de ataques, en bueyes o vacas”. Y es que zamosta,
en singular, significa en el noroeste de Burgos “cubierta de piel que se pone
sobre las cabezas y el yugo de la pareja de vacas uncidas” y en Campoo también “lazo
que se da al final de la coyunda”. Entre el cabeceo de las vacas y la persona
vaga, torpe e ignorante puede haber una asociación semántica que justifique el
empleo de la misma palabra para ambas definiciones.
Seguro
que hay muchas más palabras propias de la zona de Las Merindades que han
comenzado a caer en desuso, pero la entrada no da para más.
Bibliografía:
“El
habla de Oña (Burgos). Estudio dialectal del castellano norteño”. Eduardo Rojo
Díez.