Enrique II murió el 29 de
mayo del año 1379, en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja). Llegaba así al
trono su hijo mayor, Juan I. El nuevo monarca había nacido en Épila (Aragón)
durante el destierro de su padre, el 24 de agosto de 1358. Se describe a Juan I
como frágil, pálido y de barba cerrada. Alterando las costumbres castellanas,
no se conformó con la proclamación y el 25 de julio, día de Santiago, se hizo
coronar en Las Huelgas, siendo al tiempo armado caballero por medio de ese
muñeco articulado que representa al apóstol y aún se conserva. Tenía los
títulos de rey de Castilla, de León, de Portugal (desde 1383), de Toledo, de
Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Algeciras,
de Gibraltar y de las Islas Canarias y señor de Lara, de Vizcaya (desde 1370) y
de Molina.
Juan I de Castilla
Contrajo matrimonio con
Leonor de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso, en el convento de San
Francisco de Soria el 18 de junio de 1375. Fruto de este matrimonio nacieron
Enrique III de Castilla (1379-1406); Fernando I (1380-1416) rey de Aragón -el
de Antequera-; y la infanta Leonor, nacida en Cuéllar el 13 de septiembre de
1382. Desgraciadamente falleció y se llevó a su madre de sobreparto.
El nuevo rey convocó Cortes
en Burgos que se abrieron el 1 de agosto de 1379. Allí los representantes
reclamaron que las leyes aprobadas en Cortes sólo por las Cortes pudieran ser
modificadas. No se promulgó, pero la Corona obedeció esa solicitud. Se puso fin
entonces a la concesión de señoríos o “mercedes” consecuencia de la guerra
civil de Enrique y Pedro. No solo gobernó en colaboración con las Cortes, sino
que impulsó la reforma religiosa que había comenzado en 1372 con la fundación
jerónima de Lupiana. Conservó la estructura que su padre dio al reino: una alta
nobleza de parientes, tres hermanos bastardos, un primo y otros dos parientes,
Manuel y Guzmán respectivamente; otra intermedia de señores y ricohombres:
Mendoza, Velasco, Stúñiga, Ayala, Manrique, Álvarez de Toledo, Ponce de León y
pocos más; y una baja, más numerosa, de caballeros e hidalgos. Comenzó, sin
embargo, arrebatando a esta nobleza las rentas que algunos linajes, como
protección mafiosa, habían impuesto a monasterios. No solo Juan I sino todos
los Trastámara, como dinastía, fueron consolidando la línea sucesoria, pusieron
al día la Casa y Corte del Rey y reformaron la Audiencia (órgano judicial
formado por alcaldes y oidores) y el Consejo Real (órgano competencial en
materia administrativa, gubernativa y judicial). La administración territorial
no experimentó, sin embargo, grandes novedades, subsistiendo los parámetros
implantados por Alfonso XI a mediados del siglo XIV en materia de gestión y de fiscalidad.
Fracasaron, por lo demás, los sucesivos intentos de crear un ejército
profesional.
Juan I de Castilla
El 13 de septiembre de 1382
murió la reina Leonor dejando viudo a Juan con veinticuatro años. Un padre de dos
niños de poca salud que necesitaba una nueva esposa. Varias candidaturas se
manejaron. Pero la reina de Portugal Leonor Téllez, temiendo que el mayor de
los hijos de Inés de Castro fuera proclamado sucesor de la Corona de Castilla,
envió a un noble de su confianza, Juan Fernández de Andeiro -quédense con el
nombre-, exiliado castellano y su presunto amante, para hacer a Juan I la
propuesta de que se casara con Beatriz, llegando a ser Rey de Portugal, pero
manteniendo las dos coronas separadas.
Contra los consejos de
algunos de sus principales colaboradores, Juan I aceptó unas condiciones desfavorables
ya que, según ellas, a la muerte de Fernando la regente sería la viuda Leonor,
y no Juan, hasta que Beatriz tuviera un hijo que alcanzase catorce años de
edad, el cual asumiría el gobierno y título de rey de Portugal, y sus padres
dejarían de serlo. Las capitulaciones se firmaron en Salvaterra de Magos
(Portugal) el 3 de abril de 1383. Los hijos de Inés de Castro serían apresados
y también Alfonso de Noreña, que estaba casado con una hija bastarda de
Fernando, rey de Portugal. Las bodas se celebraron con gran pompa en Badajoz
los días 13 y 14 de mayo. La novia tenía sólo diez años y tres meses. Pero se
levantó acta según la cual, examinada por competentes matronas, la niña estaba
capacitada para consumar matrimonio. ¡Toma! Hoy eso es -todavía- delito en
España. Juan demostró gran afecto a Beatriz y ella, cuando su marido falleció,
se retiró a una vida privada diciendo que, habiendo perdido esposo de tanta
calidad, no quería volver a casarse. La muchacha, que no tuvo hijos, murió en
Toro, en el mayor silencio.
1383 fue el momento
culminante del reinado. Y no por la boda real. La gran victoria francesa de
Rosebeeke, en la que participaron también castellanos -por ello fue armado
caballero Pedro López de Ayala-, aseguraba los espacios del comercio exterior
en toda la costa hasta Flandes y la paz en el mar.
En las Cortes de Segovia de
1383 empezaron las reformas —se cambió la Era hispánica por la del Nacimiento
de Cristo— y Juan I pidió a su suegro Pedro IV un ejemplar de su Ordenamiento
de Casa y Corte para emplearlo como guía en su proyecto. De ahí partía la
separación del poder real en tres sectores: legislativo (Cortes), ejecutivo
(Consejo) y judicial (Audiencia), que anuncian la tendencia del Estado moderno.
En las Cortes se comenzó a tratar de un programa de reformas que abarcaba más
aspectos: el religioso, continuando la tarea emprendida y extendiéndola a la
disciplina del clero; y el social, poniendo límite a los excesos en que los
miembros de la primera nobleza venían incurriendo. En este último campo,
algunas medidas se habían tomado, como reasumir la herencia de los dos hermanos
de Enrique II, Tello y Sancho, es decir, Vizcaya y Alburquerque. Lo mismo para Pedro,
conde de Trastámara, Alfonso de Noreña y Juan Sánchez Manuel, conde de Carrión,
a quien ya Enrique II había tenido que despojar del adelantamiento de Murcia
por sus abusos. Las protestas, incluso armadas, del reino murciano sirvieron
para que el Rey se decidiera a deponer al adelantado, pasando el oficio a un
miembro de la segunda nobleza, Alfonso Yáñez Fajardo, que hizo una buena labor
de gobierno y pudo instalarse como adelantado. De este modo, se demostraban
tres cosas: que el reino prefería la administración por los oficiales de la
Corona, que se fortalecía el poder real y que la mediana y baja nobleza tenía,
en el servicio del Rey, un camino de ascenso.
Pero por lo que más se
recuerdan a los reyes de este periodo -la Edad Media- es por sus batallas.
Bueno, a Alfonso X también por sus escritos. Nuestro Juan I tuvo su gran guerra
en 1385 cuando estuvo en condiciones de pelear por la Corona de Portugal tras
la muerte de su suegro, el rey portugués Fernando I, que había fallecido de
tuberculosos con treinta y ocho años el 22 de octubre de 1383, dejando como
regente a su esposa Leonor, y al favorito Andeiro. La heredera estaba en
Castilla. Dicho así no parece que hubiese problemas, pero Leonor Téllez de
Meneses, hija de un importante linaje con ramas en Castilla y Portugal, era la
exesposa del señor de Pombeiro, con quien tuvo un hijo. Fernando I se enamoró
de ella, la sedujo, forzó la anulación del matrimonio de ella y la desposó. Leonor
intervendrá en asuntos de gobierno y maniobrará en la política exterior.
Inteligente y ambiciosa, Leonor terminó convirtiéndose en la pieza clave del
trono portugués para descontento de los nobles. Todo se complicó aún más por el
hecho de que Leonor no dio herederos varones a Fernando; le nacieron dos hijos,
Pedro y Alfonso, pero ambos murieron en el parto. Solo sobrevivió su hija
Beatriz. Juan de Castilla tenía, ahora, derecho a titularse rey de Portugal.
Claro que pocos portugueses estaban por la labor. ¿Comprenden por qué se
oponían en Castilla a la boda de su rey viudo?
La noticia de la muerte del
rey portugués llegó a Juan I de Castilla y Beatriz en Torrijos, una vez
clausuradas las Cortes en Segovia. El maestre de Avís -¡él!- le escribió
instándole a que tomara la corona portuguesa que le pertenecía a través de su
esposa, y el propio maestre asumiría la regencia. ¡Cuidado con el de Avís! Para
evitar problemas dinásticos con el primogénito de Inés de Castro, Juan, lo
encerró en el Alcázar de Toledo. El rey castellano reunió al Consejo en
Montalbán y mandó a Alfonso López de Tejeda con instrucciones para que la
regente portuguesa procediera a proclamar reyes de Portugal a Beatriz y a él
mismo. La proclamación fue realizada, pero en Lisboa y en otros lugares, como
Elvas y Santarém, se manifestó un rechazo popular en favor de Juan, el
primogénito de Inés de Castro. Juan I de Castilla adoptó el título y armas de
rey de Portugal, lo cual fue reconocido por el papa de Aviñón y ordenó la
puesta en marcha de sus tropas, ya que el canciller de Beatriz, que era el
obispo de Guarda, Affonso Correia, le prometió la entrega de la plaza. El rey
Juan I de Castilla entró en Portugal con su esposa para asegurar la obediencia y los derechos de su esposa.
Leonor intentó gobernar con
el apoyo del conde Andeiro pero fue inútil. Parte de la aristocracia portuguesa
se oponía a una “anexión” a Castilla. También la burguesía comercial, que temía
perder sus relaciones privilegiadas con Inglaterra. Un hermanastro bastardo del
difunto rey Fernando, el infante Juan, gran maestre de la orden de Avís, dio un
paso al frente. Un importante caballero portugués, Nuno Alvares Pereira, formó
hueste, proclamó su apoyo a Juan de Avís y puso cerco a las ciudades que
simpatizaban con el partido castellano. El país se dividió, aunque ya eran
mayoría los partidarios del de Avís.
El maestre de Avís asesinó
al favorito de la regente, Juan Fernández de Andeiro, conde de Ourém, y, tras
ello, se produjo un levantamiento del pueblo llano contra el gobierno a
instigación de Álvaro Pais, en el que resultó muerto el obispo de Lisboa. El
levantamiento se extendió por las provincias, cobrándose la vida de otros
procastellanos. La reina huyó de Lisboa con la Corte y se refugió en Alenquer.
En Lisboa, Álvaro Pais propuso el matrimonio del maestre de Avís con Leonor
para encargarse de la regencia de forma conjunta, pero ella lo rechazó y ante
las noticias de la venida del rey castellano, el maestre de Avís fue elegido
defensor y regente del reino. El 16 de diciembre de 1383, como defensor de los
derechos del infante Juan de Portugal, primogénito de Inés de Castro, designó a
João das Regras como canciller y a Nuno Álvares Pereira como condestable, y
pidió ayuda a Inglaterra. Juan de Avís trató de asediar Alenquer pero Leonor
huyó a Santarém, de modo que regresaron a preparar la defensa de Lisboa. En
Santarém, Leonor procedió a reclutar un ejército y solicitó ayuda a su yerno.
Juan I de Castilla tomó la decisión de controlar la situación en Portugal y
dejó en Castilla un Consejo de regencia formado por el marqués de Villena, el
arzobispo de Toledo y el mayordomo del Rey. En enero de 1384 el rey Juan I de
Castilla, junto con Beatriz, emprendió el camino de Santarém ante la llamada de
la reina regente para poder controlar la situación del reino.
Juan I de Avís
El 13 de enero de 1384, el
rey Juan I de Castilla obtuvo de la reina Leonor la renuncia a la regencia y
del gobierno en su favor, lo cual hizo que muchos caballeros y gobernadores de
castillos se presentasen a jurar obediencia tanto a él como a su esposa
Beatriz. Leonor tratara de conspirar contra su yerno y fue enviada al
monasterio de Tordesillas. Esto permitió al maestre de Avís justificar la
revuelta en tanto que se había conculcado el tratado de Salvaterra de Magos.
Juan I de Castilla fracasó
ante Coímbra y Lisboa. El 3 de septiembre de 1384 dejó guarniciones en las
plazas de sus partidarios, regresó a Castilla y pidió ayuda al rey de Francia.
Mientras, el maestre de Avís intentó apoderarse de plazas fieles a sus adversarios,
y aunque tomó Almada y Alenquer, fracasó en Cintra, Torres-Novas y Torres
Velhas, tras lo cual se dirigió a Coímbra, donde había convocado Cortes para
marzo de 1385. En ellas Beatriz fue declarada ilegítima y se procedió a elegir
y proclamar al maestre como Juan I de Portugal el 6 de abril. Dejaba de ser
regente de otro Juan para apoderarse del trono. Después de las Cortes, el nuevo
soberano emprendió una campaña para controlar el norte del reino, y así obtuvo
Viana do Castelo, Braga y Guimarães. Juan no tenía la menor intención de
abandonar sus derechos al trono portugués. Después de todo, no le avalaba solo
su matrimonio, sino los compromisos contraídos por el difunto rey portugués,
que tenían valor de ley.
Fernando I de Portugal
Pero el difunto rey
Fernando, el mismo que firmó el pacto matrimonial de Beatriz con Castilla,
había suscrito acuerdos con el duque de Lancaster, casado con una hija de Pedro
el Cruel, para recuperar el trono castellano. Irónico porque los Trastámara
estaban del lado francés y los barcos de Castilla no habían dejado de atacar
puertos ingleses en los años anteriores. Así que ahora, en esta pugna por el
trono de Portugal, castellanos y portugueses no iba a estar solos: una hueste
de arqueros ingleses compareció al lado de Juan de Avís, mientras que una
numerosa tropa francesa engrosó el bando de Juan de Castilla.
Era junio de 1385 cuando
Juan I de Castilla entró de nuevo en Portugal. Lo hizo por el centro, en lo que
hoy es la frontera con Cáceres, con el propósito de llegar a Lisboa. La fuerza
reunida por el rey castellano era temible: unos treinta mil hombres entre
peones, lanceros y ballesteros, con un refuerzo de dos mil caballeros
franceses. Los portugueses habían concentrado sus fuerzas en el castillo de
Tomar, al noreste de Lisboa. Allí estaban el nuevo rey Juan de Avís y el
caballero Nuno Alvares Pereira, recién nombrado condestable del reino con unos
seis mil quinientos hombres. Estaban obligados a salir a la caza de los
castellanos si quería evitar que entraran en Lisboa.
Movimientos previos a Aljubarrota
La diferencia de tropas se
había vuelto irrelevante gracias a una eficaz utilización del terreno y a los
arcos largos ingleses. Seguramente Juan de Castilla y sus caballeros franceses
ignoraban que en Portugal iban a encontrarse con los mismos arqueros que habían
aniquilado a la caballería del rey de Francia.
Era el mediodía del 14 de
agosto de 1385 cuando se encontraron las fuerzas. Los de Juan de Avís ocupaban la
cima de una colina cerca de Leiria, entre riachuelos que protegían sus flancos.
Los castellanos bordearon la colina en busca del lugar más accesible para
atacar. Los portugueses organizaron el campo según el modelo inglés: una gruesa
línea de infantería en el centro, sendos contingentes de arqueros en los
flancos y una fuerza de reserva en retaguardia. Delante de la línea central de
infantería, un laberinto de fosos, zanjas y troncos para frenar el empuje de la
caballería pesada enemiga, exactamente igual que habían hecho los ingleses en
Crécy y Poitiers. ¡¡¿¿Juan de Castilla y sus franceses no lo esperaban??!!
Sin embargo, hubo una
cadena de errores fatales: el rey de Castilla dio la orden de atacar. Eran ya
las seis de la tarde cuando la tropa castellana completó la maniobra tras una
jornada de marcha bajo el sol de agosto. Lanzaron una carga de caballería
pesada sobre la línea de infantería sin analizar el terreno. La caballería
francesa quedó atrapada en el laberinto de zanjas y trincheras excavado por los
portugueses y se convirtió en un blanco fijo para los arqueros ingleses, que
diezmaron a los jinetes. En ese momento la segunda línea castellana que debía
haber intervenido para auxiliar a la caballería, seguir el combate a pie y
llegar hasta la infantería enemiga, no lo hizo así. Avanzó cansada y no llegó
al contacto. La caballería había sido sacrificada en vano.
Así las cosas, los
contendientes quedaron frente a frente en un estrecho campo listos para el
combate a pie. La tropa castellana era más numerosa, pero eso, en un campo tan
angosto como el dispuesto por el enemigo, terminó siendo un grave
inconveniente. La extensa línea castellana atacó, la angostura del campo entre
riachuelos desorganizó a la fuerza, y en ese momento los portugueses hicieron
avanzar a su retaguardia. Los castellanos quedaron atrapados entre los
accidentes naturales del terreno y las líneas del enemigo. Al caer el sol, Juan
I de Castilla se rindió a la evidencia: había perdido y ordenó la retirada. Retirada
que fue desordenada y degeneró en matanza a manos de tropas y lugareños
portugueses. Si en la batalla habían
muerto cinco mil hombres, otros tantos fueron asesinados después, en la matanza
posterior.
Al amanecer del día
siguiente, 15 de agosto de 1385, el curso de los ríos del lugar habían quedado
estancados por la cantidad de cadáveres que descansaban en el lecho. Lo más
notable de la aristocracia castellana pereció allí: hijos de los Mendoza, de
los Téllez, de los Manrique de Lara... En cuanto a los franceses, el rey Juan
de Avís dio orden de asesinar a los supervivientes. Sin más. El propio rey Juan
I de Castilla tuvo que huir a uña de caballo, oportunamente puesto a salvo por
su ayo, Pedro González de Mendoza, guerrero y poeta, señor de Hita y Buitrago,
mayordomo del reino, que le entregó su montura y esperó en pie la acometida del
enemigo mientras el monarca escapaba. Juan I de Castilla huyó a Santarém y
desde allí bajó el río Tajo hasta encontrarse con su flota en torno a Lisboa.
En septiembre la flota castellana regresó a Castilla y Juan I de Portugal
obtuvo el dominio de las plazas que aún le eran adversas.
Hay en Portugal un
monasterio, el de Batalha, y una villa del mismo nombre, que conmemoran aquella
carnicería. Ambos fueron elevados por Juan de Avís en acción de gracias por la
victoria. Reinó como Juan I de Portugal y dio nacimiento a una dinastía propia.
Juan I de Castilla, tras el descalabro de Aljubarrota, tendrá nuevos problemas.
Las huestes de Juan I de
Castilla estaban desguazadas lo que permitía a cualquier señor de la guerra dar
un golpe al rey. Sobre todo, si estaba del lado inglés. Una intervención en
Castilla podría privar a Francia de uno de sus principales aliados y, aún más,
poner la poderosa flota castellana al servicio de Inglaterra. Debemos saber que
el 9 de mayo de 1386, Portugal e Inglaterra estipularon una alianza por el
Tratado de Windsor y en el verano de 1386, un contingente inglés desembarcó en
La Coruña. Su comandante era Juan de Gante, duque de Lancaster, cuarto hijo
varón del rey de Inglaterra Eduardo III. Tenía apenas veinte años cuando se
casó con Blanca de Lancaster. Enseguida murió su suegro, el duque de Lancaster,
y Juan heredó todas sus posesiones. Esas posesiones en cuestión eran 20.000
hectáreas de tierras en el noroeste de Inglaterra y en otros lugares, treinta
castillos en Inglaterra y Francia, rentas abundantísimas y un papel
determinante en la corona. Juan enviudó de Blanca en 1369 y volvió a casarse con
Constanza de Castilla, ¡hija de Pedro I, el Cruel!
Recordemos que Pedro había
muerto a manos de Enrique de Trastámara y que los “derechos” de Pedro I pasaron
a Constanza. Por ello, Juan de Gante vio la oportunidad de reclamar la Corona
de Castilla. ¿Se imaginan la dinastía Lancaster reinando en la Corona de
Castilla? ¿Cambiaría el castillo o el león por la rosa roja de Lancaster? Juan
de Gante avanza por Galicia sin oposición: aún ardían los rescoldos de la última
guerra civil castellana y en esta región eran muchos los que habían tomado el
partido de Pedro el Cruel. Para ellos, Lancaster no era un príncipe extranjero,
sino el valedor de los derechos de Constanza, la hija de Pedro. Controlada La
Coruña, el duque de Lancaster penetra hacia el sur y se instala en Orense. Allí
levanta su corte.
El duque cuenta con el
apoyo portugués. El pacto consistió probablemente en que el de Lancaster se
cobraría el trono de Castilla a través de su esposa Constanza, mientras que
Juan de Avís, rey de Portugal, incorporaría a su reino las tierras de León.
Para soldar la alianza, Lancaster otorga a Juan de Avís la mano de su hija
Felipa, nacida del primer matrimonio del inglés. Conviene no minusvalorar estos
enjuagues: si los dos Juanes obtenían la victoria, la alianza así formada
controlaría toda la fachada occidental europea. Claro que para eso tenían que
doblegar al tercer Juan: Juan I, rey de Castilla. Y aún no había dicho su
última palabra.
Las tropas de Inglaterra y
Portugal entraron en territorio de León. Los choques armados se sucedieron mes
tras mes. El propósito de Lancaster y Avís era infligir a los castellanos otra
derrota decisiva que barriera a Juan del trono. Pero no habrá tal, porque Juan
I de Castilla rehuyó la confrontación directa porque la fuerza castellana había
quedado muy disminuida después de Aljubarrota, pero el reino seguía siendo una
de las grandes potencias de la época y no era fácil darle el jaque definitivo.
Decenas de miles de hombres fueron movilizados para acudir al combate. Las
tropas de Lancaster y Avís andaban de saqueo por Villalpando y Benavente, pero
el hambre y las enfermedades estaban minando su hueste. ¡Ni de lejos tenían
fuerza suficiente para conquistar la ciudad de León! Pero la Corona de Castilla
tampoco podía aspirar a reunir un ejército que diera cuenta de los invasores:
el mero esfuerzo de frenar a los anglo-portugueses había obligado a vaciar de
hombres las principales ciudades. Juan de Gante pensó golpear una capital
importante. ¿Cuál? Palencia. ¿Y por qué Palencia? Porque era una ciudad muy
notable y les era asequible. Palencia había sido la primera ciudad española que
vio nacer una universidad en su suelo: el Estudio General fundado en 1208 por
el obispo Tello Téllez de Meneses. Pero, a medida que se consolidaba la
expansión hacia el sur quedó como una ciudad de segundo orden.
En Palencia, cómo hemos
dicho, no quedaban soldados: todos estaban en el área de Valderas, a poco más
de cincuenta kilómetros hacia el oeste, tratando de acosar al enemigo.
Lancaster lo supo y se lanzó. Pero... cuando Juan de Gante llegó ante los muros
de Palencia, vio las almenas repletas de defensores. Alguien había dado la voz
de alarma. Ante la llegada del enemigo, las mujeres de la ciudad, con los
viejos, los niños y los plebeyos, habían tomado las murallas. Y el invasor, que
esperaba una victoria rápida y fácil, se vio en una mala tesitura: o intentar
de todas formas el asalto, exponiéndose a que sus ya cansadas y hambrientas
huestes recibieran un severo golpe, o replegarse de nuevo hacia Portugal. Si
atacaba y perdía, le sería francamente difícil volver a sus bases portuguesas; si
se retiraba, salvaría al menos a su hueste y podría seguir devastando campos y
causando estragos en su camino de vuelta a casa. No sabemos si hubo combate
ante los muros de Palencia, pero sí conocemos el final de la historia: Juan de
Gante, duque de Lancaster, volvió grupas y levantó el sitio. Las mujeres de
Palencia habían vencido al inglés.
De esta manera se llegó a
una situación en la que todo el mundo apostó por la negociación. Los
contendientes se entrevistaron en Troncoso, Portugal, en 1388. Allí se
dibujaron las líneas del acuerdo que enseguida iba a firmarse en Bayona el 8 de
julio. Como tantas otras veces, la prenda de la paz sería un matrimonio: el
heredero del trono castellano, Enrique, se casaría con la hija de Lancaster y
Constanza, Catalina. Eso significaba volver a unir las dos ramas que se
disputaban el trono: la de los Trastámara y la de Pedro el Cruel. El inglés
renunciaba al trono de Castilla, pero a cambio recibía 600.000 francos de oro y
su esposa, Constanza, obtenía las rentas y derechos de Guadalajara, Olmedo,
Medina del Campo y Huete. Asimismo, Juan I de Castilla se comprometía a
perdonar a todos los hijos de Pedro el Cruel que estaban en prisión o en el
exilio. Y, por otro lado, Castilla firmaba con Portugal una tregua de seis años
que terminaría haciéndose (casi) definitiva. Juan de Avís se aseguraba un largo
reinado.
Los herederos, Enrique y
Catalina, se casaron en la catedral de San Antolín de Palencia el 17 de
septiembre de 1388. Sí, Palencia: el escenario de aquella gesta de unas mujeres
singularmente bravas. En el mismo acto, los herederos del trono castellano
recibían el título de Príncipes de Asturias, que desde entonces se atribuye al
heredero de la corona en España. Y en cuanto a las mujeres de Palencia, el rey
les concedía una recompensa singular: el derecho de portar sobre su corpiño la
banda dorada, el distintivo de una orden creada medio siglo atrás por Alfonso
XI y que hasta entonces era exclusivo de los caballeros. Desde aquel día, y
hasta hoy, las mujeres de Palencia exhiben esa banda con orgullo.
La interrupción de la
guerra de los Cien Años en la tregua de Leulinghem motivó la tregua de Monçao
de 23 de noviembre de 1389, por la que Castilla y Portugal restauraban al
adversario las plazas ocupadas.
Juan I de Castilla
Los nuevos príncipes de
Asturias iban a tardar muy poco en reinar: el 9 de octubre de 1390, apenas dos
años después del Tratado de Bayona, el rey Juan I de Castilla caía de su
caballo junto
a la puerta de Burgos, situada a extramuros del Palacio arzobispal de Alcalá de
Henares y fallecía en el acto.
Ahora bien, Enrique, el
heredero, aún era menor de edad en ese momento: once años. El cardenal Pedro
Tenorio, pieza clave del reino, mantendría la muerte de Juan en secreto hasta
dejar bien dispuestos los detalles de la regencia. Después de su defunción, el
cadáver de Juan I de Castilla fue trasladado a la ciudad de Toledo, donde
recibió sepultura en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.
En cuanto a Juan de Gante,
duque de Lancaster, dejó España y volvió a Inglaterra, donde le aguardaban
serios problemas políticos: el reinado de su sobrino Ricardo II había levantado
resistencias por todas partes, entre otras razones por los sucesivos aumentos
de impuestos que exigía la larga guerra con Francia. Allí, en Inglaterra,
morirá Constanza, la hija de Pedro el Cruel, ya en 1394. Lancaster aprovechó
para casarse con la que había sido su amante durante los últimos veintiocho
años: Catalina de Roet-Swynford. Juan de Gante morirá en 1399. Uno de sus hijos
será rey de Inglaterra.
Bibliografía:
“Santiago y cierra, España!”.
José Javier Esparza.
“Historia de castilla de
Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González y otros autores.
“Atlas de Historia de
España”. Fernando García de Cortazar.
“Historia de España. La
crisis del siglo XIV. El declive de la civilización medieval y el triunfo de
los Trastámara”. Salvat.
“Las dinastías reales de
España en la Edad Media”. Jaime de Salazar y Acha.
Real Academia de la
Historia.
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