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domingo, 18 de enero de 2026

Juan I de Castilla: “por el amor de una mujer”.

 
 
Enrique II murió el 29 de mayo del año 1379, en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja). Llegaba así al trono su hijo mayor, Juan I. El nuevo monarca había nacido en Épila (Aragón) durante el destierro de su padre, el 24 de agosto de 1358. Se describe a Juan I como frágil, pálido y de barba cerrada. Alterando las costumbres castellanas, no se conformó con la proclamación y el 25 de julio, día de Santiago, se hizo coronar en Las Huelgas, siendo al tiempo armado caballero por medio de ese muñeco articulado que representa al apóstol y aún se conserva. Tenía los títulos de rey de Castilla, de León, de Portugal (desde 1383), de Toledo, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar y de las Islas Canarias y señor de Lara, de Vizcaya (desde 1370) y de Molina.

Juan I de Castilla
 
Contrajo matrimonio con Leonor de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso, en el convento de San Francisco de Soria el 18 de junio de 1375. Fruto de este matrimonio nacieron Enrique III de Castilla (1379-1406); Fernando I (1380-1416) rey de Aragón -el de Antequera-; y la infanta Leonor, nacida en Cuéllar el 13 de septiembre de 1382. Desgraciadamente falleció y se llevó a su madre de sobreparto.
 
El nuevo rey convocó Cortes en Burgos que se abrieron el 1 de agosto de 1379. Allí los representantes reclamaron que las leyes aprobadas en Cortes sólo por las Cortes pudieran ser modificadas. No se promulgó, pero la Corona obedeció esa solicitud. Se puso fin entonces a la concesión de señoríos o “mercedes” consecuencia de la guerra civil de Enrique y Pedro. No solo gobernó en colaboración con las Cortes, sino que impulsó la reforma religiosa que había comenzado en 1372 con la fundación jerónima de Lupiana. Conservó la estructura que su padre dio al reino: una alta nobleza de parientes, tres hermanos bastardos, un primo y otros dos parientes, Manuel y Guzmán respectivamente; otra intermedia de señores y ricohombres: Mendoza, Velasco, Stúñiga, Ayala, Manrique, Álvarez de Toledo, Ponce de León y pocos más; y una baja, más numerosa, de caballeros e hidalgos. Comenzó, sin embargo, arrebatando a esta nobleza las rentas que algunos linajes, como protección mafiosa, habían impuesto a monasterios. No solo Juan I sino todos los Trastámara, como dinastía, fueron consolidando la línea sucesoria, pusieron al día la Casa y Corte del Rey y reformaron la Audiencia (órgano judicial formado por alcaldes y oidores) y el Consejo Real (órgano competencial en materia administrativa, gubernativa y judicial). La administración territorial no experimentó, sin embargo, grandes novedades, subsistiendo los parámetros implantados por Alfonso XI a mediados del siglo XIV en materia de gestión y de fiscalidad. Fracasaron, por lo demás, los sucesivos intentos de crear un ejército profesional.

Juan I de Castilla
 
El 13 de septiembre de 1382 murió la reina Leonor dejando viudo a Juan con veinticuatro años. Un padre de dos niños de poca salud que necesitaba una nueva esposa. Varias candidaturas se manejaron. Pero la reina de Portugal Leonor Téllez, temiendo que el mayor de los hijos de Inés de Castro fuera proclamado sucesor de la Corona de Castilla, envió a un noble de su confianza, Juan Fernández de Andeiro -quédense con el nombre-, exiliado castellano y su presunto amante, para hacer a Juan I la propuesta de que se casara con Beatriz, llegando a ser Rey de Portugal, pero manteniendo las dos coronas separadas.
 
Contra los consejos de algunos de sus principales colaboradores, Juan I aceptó unas condiciones desfavorables ya que, según ellas, a la muerte de Fernando la regente sería la viuda Leonor, y no Juan, hasta que Beatriz tuviera un hijo que alcanzase catorce años de edad, el cual asumiría el gobierno y título de rey de Portugal, y sus padres dejarían de serlo. Las capitulaciones se firmaron en Salvaterra de Magos (Portugal) el 3 de abril de 1383. Los hijos de Inés de Castro serían apresados y también Alfonso de Noreña, que estaba casado con una hija bastarda de Fernando, rey de Portugal. Las bodas se celebraron con gran pompa en Badajoz los días 13 y 14 de mayo. La novia tenía sólo diez años y tres meses. Pero se levantó acta según la cual, examinada por competentes matronas, la niña estaba capacitada para consumar matrimonio. ¡Toma! Hoy eso es -todavía- delito en España. Juan demostró gran afecto a Beatriz y ella, cuando su marido falleció, se retiró a una vida privada diciendo que, habiendo perdido esposo de tanta calidad, no quería volver a casarse. La muchacha, que no tuvo hijos, murió en Toro, en el mayor silencio.

 
1383 fue el momento culminante del reinado. Y no por la boda real. La gran victoria francesa de Rosebeeke, en la que participaron también castellanos -por ello fue armado caballero Pedro López de Ayala-, aseguraba los espacios del comercio exterior en toda la costa hasta Flandes y la paz en el mar.
 
En las Cortes de Segovia de 1383 empezaron las reformas —se cambió la Era hispánica por la del Nacimiento de Cristo— y Juan I pidió a su suegro Pedro IV un ejemplar de su Ordenamiento de Casa y Corte para emplearlo como guía en su proyecto. De ahí partía la separación del poder real en tres sectores: legislativo (Cortes), ejecutivo (Consejo) y judicial (Audiencia), que anuncian la tendencia del Estado moderno. En las Cortes se comenzó a tratar de un programa de reformas que abarcaba más aspectos: el religioso, continuando la tarea emprendida y extendiéndola a la disciplina del clero; y el social, poniendo límite a los excesos en que los miembros de la primera nobleza venían incurriendo. En este último campo, algunas medidas se habían tomado, como reasumir la herencia de los dos hermanos de Enrique II, Tello y Sancho, es decir, Vizcaya y Alburquerque. Lo mismo para Pedro, conde de Trastámara, Alfonso de Noreña y Juan Sánchez Manuel, conde de Carrión, a quien ya Enrique II había tenido que despojar del adelantamiento de Murcia por sus abusos. Las protestas, incluso armadas, del reino murciano sirvieron para que el Rey se decidiera a deponer al adelantado, pasando el oficio a un miembro de la segunda nobleza, Alfonso Yáñez Fajardo, que hizo una buena labor de gobierno y pudo instalarse como adelantado. De este modo, se demostraban tres cosas: que el reino prefería la administración por los oficiales de la Corona, que se fortalecía el poder real y que la mediana y baja nobleza tenía, en el servicio del Rey, un camino de ascenso.

 
Pero por lo que más se recuerdan a los reyes de este periodo -la Edad Media- es por sus batallas. Bueno, a Alfonso X también por sus escritos. Nuestro Juan I tuvo su gran guerra en 1385 cuando estuvo en condiciones de pelear por la Corona de Portugal tras la muerte de su suegro, el rey portugués Fernando I, que había fallecido de tuberculosos con treinta y ocho años el 22 de octubre de 1383, dejando como regente a su esposa Leonor, y al favorito Andeiro. La heredera estaba en Castilla. Dicho así no parece que hubiese problemas, pero Leonor Téllez de Meneses, hija de un importante linaje con ramas en Castilla y Portugal, era la exesposa del señor de Pombeiro, con quien tuvo un hijo. Fernando I se enamoró de ella, la sedujo, forzó la anulación del matrimonio de ella y la desposó. Leonor intervendrá en asuntos de gobierno y maniobrará en la política exterior. Inteligente y ambiciosa, Leonor terminó convirtiéndose en la pieza clave del trono portugués para descontento de los nobles. Todo se complicó aún más por el hecho de que Leonor no dio herederos varones a Fernando; le nacieron dos hijos, Pedro y Alfonso, pero ambos murieron en el parto. Solo sobrevivió su hija Beatriz. Juan de Castilla tenía, ahora, derecho a titularse rey de Portugal. Claro que pocos portugueses estaban por la labor. ¿Comprenden por qué se oponían en Castilla a la boda de su rey viudo?
 
La noticia de la muerte del rey portugués llegó a Juan I de Castilla y Beatriz en Torrijos, una vez clausuradas las Cortes en Segovia. El maestre de Avís -¡él!- le escribió instándole a que tomara la corona portuguesa que le pertenecía a través de su esposa, y el propio maestre asumiría la regencia. ¡Cuidado con el de Avís! Para evitar problemas dinásticos con el primogénito de Inés de Castro, Juan, lo encerró en el Alcázar de Toledo. El rey castellano reunió al Consejo en Montalbán y mandó a Alfonso López de Tejeda con instrucciones para que la regente portuguesa procediera a proclamar reyes de Portugal a Beatriz y a él mismo. La proclamación fue realizada, pero en Lisboa y en otros lugares, como Elvas y Santarém, se manifestó un rechazo popular en favor de Juan, el primogénito de Inés de Castro. Juan I de Castilla adoptó el título y armas de rey de Portugal, lo cual fue reconocido por el papa de Aviñón y ordenó la puesta en marcha de sus tropas, ya que el canciller de Beatriz, que era el obispo de Guarda, Affonso Correia, le prometió la entrega de la plaza. El rey Juan I de Castilla entró en Portugal con su esposa para asegurar la obediencia y los derechos de su esposa.

 
Leonor intentó gobernar con el apoyo del conde Andeiro pero fue inútil. Parte de la aristocracia portuguesa se oponía a una “anexión” a Castilla. También la burguesía comercial, que temía perder sus relaciones privilegiadas con Inglaterra. Un hermanastro bastardo del difunto rey Fernando, el infante Juan, gran maestre de la orden de Avís, dio un paso al frente. Un importante caballero portugués, Nuno Alvares Pereira, formó hueste, proclamó su apoyo a Juan de Avís y puso cerco a las ciudades que simpatizaban con el partido castellano. El país se dividió, aunque ya eran mayoría los partidarios del de Avís.
 
El maestre de Avís asesinó al favorito de la regente, Juan Fernández de Andeiro, conde de Ourém, y, tras ello, se produjo un levantamiento del pueblo llano contra el gobierno a instigación de Álvaro Pais, en el que resultó muerto el obispo de Lisboa. El levantamiento se extendió por las provincias, cobrándose la vida de otros procastellanos. La reina huyó de Lisboa con la Corte y se refugió en Alenquer. En Lisboa, Álvaro Pais propuso el matrimonio del maestre de Avís con Leonor para encargarse de la regencia de forma conjunta, pero ella lo rechazó y ante las noticias de la venida del rey castellano, el maestre de Avís fue elegido defensor y regente del reino. El 16 de diciembre de 1383, como defensor de los derechos del infante Juan de Portugal, primogénito de Inés de Castro, designó a João das Regras como canciller y a Nuno Álvares Pereira como condestable, y pidió ayuda a Inglaterra. Juan de Avís trató de asediar Alenquer pero Leonor huyó a Santarém, de modo que regresaron a preparar la defensa de Lisboa. En Santarém, Leonor procedió a reclutar un ejército y solicitó ayuda a su yerno. Juan I de Castilla tomó la decisión de controlar la situación en Portugal y dejó en Castilla un Consejo de regencia formado por el marqués de Villena, el arzobispo de Toledo y el mayordomo del Rey. En enero de 1384 el rey Juan I de Castilla, junto con Beatriz, emprendió el camino de Santarém ante la llamada de la reina regente para poder controlar la situación del reino.

Juan I de Avís
 
El 13 de enero de 1384, el rey Juan I de Castilla obtuvo de la reina Leonor la renuncia a la regencia y del gobierno en su favor, lo cual hizo que muchos caballeros y gobernadores de castillos se presentasen a jurar obediencia tanto a él como a su esposa Beatriz. Leonor tratara de conspirar contra su yerno y fue enviada al monasterio de Tordesillas. Esto permitió al maestre de Avís justificar la revuelta en tanto que se había conculcado el tratado de Salvaterra de Magos.
 
Juan I de Castilla fracasó ante Coímbra y Lisboa. El 3 de septiembre de 1384 dejó guarniciones en las plazas de sus partidarios, regresó a Castilla y pidió ayuda al rey de Francia. Mientras, el maestre de Avís intentó apoderarse de plazas fieles a sus adversarios, y aunque tomó Almada y Alenquer, fracasó en Cintra, Torres-Novas y Torres Velhas, tras lo cual se dirigió a Coímbra, donde había convocado Cortes para marzo de 1385. En ellas Beatriz fue declarada ilegítima y se procedió a elegir y proclamar al maestre como Juan I de Portugal el 6 de abril. Dejaba de ser regente de otro Juan para apoderarse del trono. Después de las Cortes, el nuevo soberano emprendió una campaña para controlar el norte del reino, y así obtuvo Viana do Castelo, Braga y Guimarães. Juan no tenía la menor intención de abandonar sus derechos al trono portugués. Después de todo, no le avalaba solo su matrimonio, sino los compromisos contraídos por el difunto rey portugués, que tenían valor de ley.

Fernando I de Portugal
 
Pero el difunto rey Fernando, el mismo que firmó el pacto matrimonial de Beatriz con Castilla, había suscrito acuerdos con el duque de Lancaster, casado con una hija de Pedro el Cruel, para recuperar el trono castellano. Irónico porque los Trastámara estaban del lado francés y los barcos de Castilla no habían dejado de atacar puertos ingleses en los años anteriores. Así que ahora, en esta pugna por el trono de Portugal, castellanos y portugueses no iba a estar solos: una hueste de arqueros ingleses compareció al lado de Juan de Avís, mientras que una numerosa tropa francesa engrosó el bando de Juan de Castilla.
 
Era junio de 1385 cuando Juan I de Castilla entró de nuevo en Portugal. Lo hizo por el centro, en lo que hoy es la frontera con Cáceres, con el propósito de llegar a Lisboa. La fuerza reunida por el rey castellano era temible: unos treinta mil hombres entre peones, lanceros y ballesteros, con un refuerzo de dos mil caballeros franceses. Los portugueses habían concentrado sus fuerzas en el castillo de Tomar, al noreste de Lisboa. Allí estaban el nuevo rey Juan de Avís y el caballero Nuno Alvares Pereira, recién nombrado condestable del reino con unos seis mil quinientos hombres. Estaban obligados a salir a la caza de los castellanos si quería evitar que entraran en Lisboa.

Movimientos previos a Aljubarrota
 
La diferencia de tropas se había vuelto irrelevante gracias a una eficaz utilización del terreno y a los arcos largos ingleses. Seguramente Juan de Castilla y sus caballeros franceses ignoraban que en Portugal iban a encontrarse con los mismos arqueros que habían aniquilado a la caballería del rey de Francia.
 
Era el mediodía del 14 de agosto de 1385 cuando se encontraron las fuerzas. Los de Juan de Avís ocupaban la cima de una colina cerca de Leiria, entre riachuelos que protegían sus flancos. Los castellanos bordearon la colina en busca del lugar más accesible para atacar. Los portugueses organizaron el campo según el modelo inglés: una gruesa línea de infantería en el centro, sendos contingentes de arqueros en los flancos y una fuerza de reserva en retaguardia. Delante de la línea central de infantería, un laberinto de fosos, zanjas y troncos para frenar el empuje de la caballería pesada enemiga, exactamente igual que habían hecho los ingleses en Crécy y Poitiers. ¡¡¿¿Juan de Castilla y sus franceses no lo esperaban??!!
 
Sin embargo, hubo una cadena de errores fatales: el rey de Castilla dio la orden de atacar. Eran ya las seis de la tarde cuando la tropa castellana completó la maniobra tras una jornada de marcha bajo el sol de agosto. Lanzaron una carga de caballería pesada sobre la línea de infantería sin analizar el terreno. La caballería francesa quedó atrapada en el laberinto de zanjas y trincheras excavado por los portugueses y se convirtió en un blanco fijo para los arqueros ingleses, que diezmaron a los jinetes. En ese momento la segunda línea castellana que debía haber intervenido para auxiliar a la caballería, seguir el combate a pie y llegar hasta la infantería enemiga, no lo hizo así. Avanzó cansada y no llegó al contacto. La caballería había sido sacrificada en vano.

 
Así las cosas, los contendientes quedaron frente a frente en un estrecho campo listos para el combate a pie. La tropa castellana era más numerosa, pero eso, en un campo tan angosto como el dispuesto por el enemigo, terminó siendo un grave inconveniente. La extensa línea castellana atacó, la angostura del campo entre riachuelos desorganizó a la fuerza, y en ese momento los portugueses hicieron avanzar a su retaguardia. Los castellanos quedaron atrapados entre los accidentes naturales del terreno y las líneas del enemigo. Al caer el sol, Juan I de Castilla se rindió a la evidencia: había perdido y ordenó la retirada. Retirada que fue desordenada y degeneró en matanza a manos de tropas y lugareños portugueses.  Si en la batalla habían muerto cinco mil hombres, otros tantos fueron asesinados después, en la matanza posterior.
 
Al amanecer del día siguiente, 15 de agosto de 1385, el curso de los ríos del lugar habían quedado estancados por la cantidad de cadáveres que descansaban en el lecho. Lo más notable de la aristocracia castellana pereció allí: hijos de los Mendoza, de los Téllez, de los Manrique de Lara... En cuanto a los franceses, el rey Juan de Avís dio orden de asesinar a los supervivientes. Sin más. El propio rey Juan I de Castilla tuvo que huir a uña de caballo, oportunamente puesto a salvo por su ayo, Pedro González de Mendoza, guerrero y poeta, señor de Hita y Buitrago, mayordomo del reino, que le entregó su montura y esperó en pie la acometida del enemigo mientras el monarca escapaba. Juan I de Castilla huyó a Santarém y desde allí bajó el río Tajo hasta encontrarse con su flota en torno a Lisboa. En septiembre la flota castellana regresó a Castilla y Juan I de Portugal obtuvo el dominio de las plazas que aún le eran adversas.

 
Hay en Portugal un monasterio, el de Batalha, y una villa del mismo nombre, que conmemoran aquella carnicería. Ambos fueron elevados por Juan de Avís en acción de gracias por la victoria. Reinó como Juan I de Portugal y dio nacimiento a una dinastía propia. Juan I de Castilla, tras el descalabro de Aljubarrota, tendrá nuevos problemas.
 
Las huestes de Juan I de Castilla estaban desguazadas lo que permitía a cualquier señor de la guerra dar un golpe al rey. Sobre todo, si estaba del lado inglés. Una intervención en Castilla podría privar a Francia de uno de sus principales aliados y, aún más, poner la poderosa flota castellana al servicio de Inglaterra. Debemos saber que el 9 de mayo de 1386, Portugal e Inglaterra estipularon una alianza por el Tratado de Windsor y en el verano de 1386, un contingente inglés desembarcó en La Coruña. Su comandante era Juan de Gante, duque de Lancaster, cuarto hijo varón del rey de Inglaterra Eduardo III. Tenía apenas veinte años cuando se casó con Blanca de Lancaster. Enseguida murió su suegro, el duque de Lancaster, y Juan heredó todas sus posesiones. Esas posesiones en cuestión eran 20.000 hectáreas de tierras en el noroeste de Inglaterra y en otros lugares, treinta castillos en Inglaterra y Francia, rentas abundantísimas y un papel determinante en la corona. Juan enviudó de Blanca en 1369 y volvió a casarse con Constanza de Castilla, ¡hija de Pedro I, el Cruel!

 
Recordemos que Pedro había muerto a manos de Enrique de Trastámara y que los “derechos” de Pedro I pasaron a Constanza. Por ello, Juan de Gante vio la oportunidad de reclamar la Corona de Castilla. ¿Se imaginan la dinastía Lancaster reinando en la Corona de Castilla? ¿Cambiaría el castillo o el león por la rosa roja de Lancaster? Juan de Gante avanza por Galicia sin oposición: aún ardían los rescoldos de la última guerra civil castellana y en esta región eran muchos los que habían tomado el partido de Pedro el Cruel. Para ellos, Lancaster no era un príncipe extranjero, sino el valedor de los derechos de Constanza, la hija de Pedro. Controlada La Coruña, el duque de Lancaster penetra hacia el sur y se instala en Orense. Allí levanta su corte.
 
El duque cuenta con el apoyo portugués. El pacto consistió probablemente en que el de Lancaster se cobraría el trono de Castilla a través de su esposa Constanza, mientras que Juan de Avís, rey de Portugal, incorporaría a su reino las tierras de León. Para soldar la alianza, Lancaster otorga a Juan de Avís la mano de su hija Felipa, nacida del primer matrimonio del inglés. Conviene no minusvalorar estos enjuagues: si los dos Juanes obtenían la victoria, la alianza así formada controlaría toda la fachada occidental europea. Claro que para eso tenían que doblegar al tercer Juan: Juan I, rey de Castilla. Y aún no había dicho su última palabra.

 
Las tropas de Inglaterra y Portugal entraron en territorio de León. Los choques armados se sucedieron mes tras mes. El propósito de Lancaster y Avís era infligir a los castellanos otra derrota decisiva que barriera a Juan del trono. Pero no habrá tal, porque Juan I de Castilla rehuyó la confrontación directa porque la fuerza castellana había quedado muy disminuida después de Aljubarrota, pero el reino seguía siendo una de las grandes potencias de la época y no era fácil darle el jaque definitivo. Decenas de miles de hombres fueron movilizados para acudir al combate. Las tropas de Lancaster y Avís andaban de saqueo por Villalpando y Benavente, pero el hambre y las enfermedades estaban minando su hueste. ¡Ni de lejos tenían fuerza suficiente para conquistar la ciudad de León! Pero la Corona de Castilla tampoco podía aspirar a reunir un ejército que diera cuenta de los invasores: el mero esfuerzo de frenar a los anglo-portugueses había obligado a vaciar de hombres las principales ciudades. Juan de Gante pensó golpear una capital importante. ¿Cuál? Palencia. ¿Y por qué Palencia? Porque era una ciudad muy notable y les era asequible. Palencia había sido la primera ciudad española que vio nacer una universidad en su suelo: el Estudio General fundado en 1208 por el obispo Tello Téllez de Meneses. Pero, a medida que se consolidaba la expansión hacia el sur quedó como una ciudad de segundo orden.
 
En Palencia, cómo hemos dicho, no quedaban soldados: todos estaban en el área de Valderas, a poco más de cincuenta kilómetros hacia el oeste, tratando de acosar al enemigo. Lancaster lo supo y se lanzó. Pero... cuando Juan de Gante llegó ante los muros de Palencia, vio las almenas repletas de defensores. Alguien había dado la voz de alarma. Ante la llegada del enemigo, las mujeres de la ciudad, con los viejos, los niños y los plebeyos, habían tomado las murallas. Y el invasor, que esperaba una victoria rápida y fácil, se vio en una mala tesitura: o intentar de todas formas el asalto, exponiéndose a que sus ya cansadas y hambrientas huestes recibieran un severo golpe, o replegarse de nuevo hacia Portugal. Si atacaba y perdía, le sería francamente difícil volver a sus bases portuguesas; si se retiraba, salvaría al menos a su hueste y podría seguir devastando campos y causando estragos en su camino de vuelta a casa. No sabemos si hubo combate ante los muros de Palencia, pero sí conocemos el final de la historia: Juan de Gante, duque de Lancaster, volvió grupas y levantó el sitio. Las mujeres de Palencia habían vencido al inglés.

 
De esta manera se llegó a una situación en la que todo el mundo apostó por la negociación. Los contendientes se entrevistaron en Troncoso, Portugal, en 1388. Allí se dibujaron las líneas del acuerdo que enseguida iba a firmarse en Bayona el 8 de julio. Como tantas otras veces, la prenda de la paz sería un matrimonio: el heredero del trono castellano, Enrique, se casaría con la hija de Lancaster y Constanza, Catalina. Eso significaba volver a unir las dos ramas que se disputaban el trono: la de los Trastámara y la de Pedro el Cruel. El inglés renunciaba al trono de Castilla, pero a cambio recibía 600.000 francos de oro y su esposa, Constanza, obtenía las rentas y derechos de Guadalajara, Olmedo, Medina del Campo y Huete. Asimismo, Juan I de Castilla se comprometía a perdonar a todos los hijos de Pedro el Cruel que estaban en prisión o en el exilio. Y, por otro lado, Castilla firmaba con Portugal una tregua de seis años que terminaría haciéndose (casi) definitiva. Juan de Avís se aseguraba un largo reinado.
 
Los herederos, Enrique y Catalina, se casaron en la catedral de San Antolín de Palencia el 17 de septiembre de 1388. Sí, Palencia: el escenario de aquella gesta de unas mujeres singularmente bravas. En el mismo acto, los herederos del trono castellano recibían el título de Príncipes de Asturias, que desde entonces se atribuye al heredero de la corona en España. Y en cuanto a las mujeres de Palencia, el rey les concedía una recompensa singular: el derecho de portar sobre su corpiño la banda dorada, el distintivo de una orden creada medio siglo atrás por Alfonso XI y que hasta entonces era exclusivo de los caballeros. Desde aquel día, y hasta hoy, las mujeres de Palencia exhiben esa banda con orgullo.
 
La interrupción de la guerra de los Cien Años en la tregua de Leulinghem motivó la tregua de Monçao de 23 de noviembre de 1389, por la que Castilla y Portugal restauraban al adversario las plazas ocupadas.

Juan I de Castilla
 
Los nuevos príncipes de Asturias iban a tardar muy poco en reinar: el 9 de octubre de 1390, apenas dos años después del Tratado de Bayona, el rey Juan I de Castilla caía de su caballo junto a la puerta de Burgos, situada a extramuros del Palacio arzobispal de Alcalá de Henares y fallecía en el acto.
 
Ahora bien, Enrique, el heredero, aún era menor de edad en ese momento: once años. El cardenal Pedro Tenorio, pieza clave del reino, mantendría la muerte de Juan en secreto hasta dejar bien dispuestos los detalles de la regencia. Después de su defunción, el cadáver de Juan I de Castilla fue trasladado a la ciudad de Toledo, donde recibió sepultura en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.
 
En cuanto a Juan de Gante, duque de Lancaster, dejó España y volvió a Inglaterra, donde le aguardaban serios problemas políticos: el reinado de su sobrino Ricardo II había levantado resistencias por todas partes, entre otras razones por los sucesivos aumentos de impuestos que exigía la larga guerra con Francia. Allí, en Inglaterra, morirá Constanza, la hija de Pedro el Cruel, ya en 1394. Lancaster aprovechó para casarse con la que había sido su amante durante los últimos veintiocho años: Catalina de Roet-Swynford. Juan de Gante morirá en 1399. Uno de sus hijos será rey de Inglaterra.
  
 
Bibliografía:
 
“Santiago y cierra, España!”. José Javier Esparza.
“Historia de castilla de Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González y otros autores.
“Atlas de Historia de España”. Fernando García de Cortazar.
“Historia de España. La crisis del siglo XIV. El declive de la civilización medieval y el triunfo de los Trastámara”. Salvat.
“Las dinastías reales de España en la Edad Media”. Jaime de Salazar y Acha.
Real Academia de la Historia.

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