Trataremos la vida del rey
Enrique III de Castilla y primer príncipe de Asturias, con lo que conllevará. Era
hijo de Juan I y de Leonor de Aragón (hermana de Martín I el humano rey de
Aragón) y fue entronizado niño. Lo cual le permitió reinar un tiempo porque,
también, murió joven. Entre los encargados de la educación de Enrique estuvieron
Juan Niño y su esposa Inés Lasso de la Vega; el obispo de Tuy, Diego Anaya y
Maldonado, que más tarde sería arzobispo de Sevilla; el obispo de Cuenca,
Álvaro de Isorna que lo sería de Santiago de Compostela; su confesor el
dominico Alonso de Cusanza; y el mayordomo real Juan Hurtado de Mendoza, que
fue su ayo.
Por su naturaleza enfermiza
Enrique III fue apodado “el Doliente”. Tuvo un hermano más joven, Fernando “el
de Antequera” por su valor en el asedio a esa ciudad andaluza y que reinaría
tras la muerte de Enrique… ¡en Aragón! Enrique nació en Burgos el 4 de octubre
de 1379 y su padre Juan I murió, con treinta años, en octubre de 1390, al
caerse de un caballo y romperse el cuello. Esto completó la situación catastrófica
del reino: tensiones con Portugal e Inglaterra, la hacienda pública arruinada y
múltiples revueltas. Pero no nos aceleremos…
Enrique III fue casado el
17 de septiembre de 1388 con Catalina de Lancáster, hija de Juan de Gante,
duque Lancaster, y nieta, por parte de madre, de Pedro I de Castilla. Es decir,
era su prima segunda de quince años. Él tenía nueve. La boda era parte del
acuerdo entre Lancaster y Juan I y fue una boda rápida… si pensamos que era
fruto del Tratado de Bayona firmado el 22 de julio de 1388. Claro que el
matrimonio hubo de ser confirmado más adelante por la escasa edad de uno de los
contrayentes. El acuerdo conllevaba la constitución del Principado de Asturias,
título que ostentarán en adelante los herederos de la corona de Castilla.
Además, se vinculaban esos territorios a la Corona, desposeyendo de sus
derechos al infante Alfonso Enríquez, hijo bastardo de Enrique II de
Trastamara, que le había otorgado el título de conde de Gijón y de Noreña,
cediéndole los señoríos de Gijón, Noreña, Villaviciosa, Ribadesella, Nava,
Laviana, Cudillero, Luarca y Pravia en Asturias, además de las Babias y los
Arguellos, tierras leonesas colindantes. Alfonso estaba casado con una hija
ilegítima del rey Fernando de Portugal y mantenía estrechos vínculos con la
corona portuguesa. Señalar que este caballero tenía una larga trayectoria como
magnate díscolo y altanero. La boda fruto del acuerdo de Bayona buscaba que, cuando
naciese un heredero varón, la dinastía usurpadora de Trastámara quedaba unida a
la dinastía legítima del difunto rey Pedro I y se legitimara el trono de
Enrique III y su descendencia. Por cierto, la boda fue en la Catedral de San
Antolín de Palencia.
Enrique III ascendió al
trono con once años y su minoría fue turbulenta. Juan I, quizá en una muestra
de misoginia terrible que no tenía nada que ver con los 16 años de la reina
Beatriz -es ironía-, no le entregó a esta la regencia. Pedro Tenorio, arzobispo
de Toledo, ocultó la muerte del rey Juan I hasta que el niño fuese reconocido
como Rey por señores, prelados y villas. Así logró evitar que, antes de la
proclamación, se produjeran alborotos por los que querían apoderarse de la
gobernación de los reinos, entre los que se encontraban los parientes del rey.
Dado la edad del rey se convocaron Cortes en Madrid para la segunda quincena de
noviembre de 1390. Allí llegaron, tanto para asistir a la asamblea como a los
funerales del difunto rey, el arzobispo de Toledo y los maestres de Santiago y
de Calatrava, Lorenzo Suárez de Figueroa y Gonzalo Núñez de Guzmán,
respectivamente, después de que ambos se jurasen en Ocaña (Toledo) mutuo apoyo.
En la primera semana de
noviembre, el arzobispo de Toledo se reunió con unos pocos, pero suficientes,
nobles y procuradores de las ciudades que habían llegado para proponer que,
basándose en las Partidas de Alfonso X, el Sabio, se nombrase una regencia de
una, tres o cinco personas, que él encabezaría. ¡Como no! Durante aquella
reunión, Pero López de Ayala, cronista y alcalde mayor de Toledo, informó del
testamento que había hecho el difunto Juan I en 1385 en Celorico de la vega
(Portugal), que guardaba Pedro Tenorio y cuyas clausulas le convenían. Pero
también fue rechazado porque Juan I había defendido en las Cortes de
Guadalajara de 1390, en contra de su propio testamento, la fórmula de una
regencia amplia integrada por representantes de todos los estamentos del reino.
Algo así como regencia múltiple que funcionase como una representación de las
Cortes. El arzobispo de Toledo no lo quería porque una regencia reducida le facilitaría
su control. Además, objetivamente, una asamblea numerosa dificultaría los
acuerdos y las rápidas decisiones. Salió la opción de crear un Consejo de
regencia apadrinada por el arzobispo de Santiago de Compostela.
Mientras tanto, los
procuradores que iban llegando presentaban su obediencia a Enrique III. Aunque
no todos porque Fadrique, duque de Benavente y hermanastro del difunto Juan I,
y Pedro, conde de Trastámara y sobrino del difunto rey Enrique II, no
acudieron. Cómo si fuese Puigdemont con Pedro Sánchez obligaron al rey a aceptar
sus condiciones para gobernar: conservar todos sus privilegios, títulos y
propiedades. Incluidos derechos y rentas que no les correspondían. Un trágala
en toda regla.
Por fin, en enero de 1391,
ciento veintitrés convocados a Cortes se reunieron en la iglesia de San
Salvador de Madrid y nombraron un Consejo de regencia integrado por
veinticuatro miembros: dos prelados, Pedro Tenorio y Juan García Manrique,
arzobispo de Santiago; nueve nobles que eran el duque de Benavente, el conde de
Trastámara, Gonzalo Núñez Guzmán (maestre de Calatrava), Pedro López de Ayala;
Lorenzo Suárez de Figueroa (maestre de Santiago), Pedro Suárez de Quiñones (adelantado
de Asturias y León), García González Herrera (mariscal), Alvar Pérez de Osorio
y Ruy Ponce de León; y trece procuradores de las ciudades y villas. Se impusieron
al Consejo unas duras condiciones para el buen desarrollo de sus funciones.
Entre ellas se le impedía: nombrar corregidores, alcaldes o jueces en las
villas a no ser por petición de los vecinos; mandar matar, lisiar o desterrar a
persona sin juicio; alargar los pleitos, acallar a los litigantes para que no
fueran escuchados; conceder el perdón a los homicidas; imponer tributos que no
hubiesen sido otorgados en Cortes o Ayuntamientos; y hacer la guerra sin el
acuerdo del reino. Por otra parte, el Consejo respetaría las hermandades
establecidas con autoridad del rey; mandaría labrar moneda de buena ley
ajustándola a la moneda vieja; y guardaría las ligas o alianzas pactadas por
los reyes anteriores. Pero el gran número de consejeros y su disparidad de
intereses condenaban al fracaso, desde el principio, al Consejo y, eso que, los
prelados y magnates dejaban de formar parte del consejo si se ausentaban de la
Corte. Por su parte los caballeros y procuradores alternarían y se relevarían cada
seis meses. Las cartas del rey irían firmadas por un prelado, un grande, un
caballero, y el procurador de la provincia a que fuese dirigida la carta. Las
medidas de carácter monetario fueron una victoria de la pequeña nobleza que capitaneaba
el arzobispo de Santiago. Todo tenía un tufillo a que sabían que saldría mal.
A principios de febrero de
1391, los regentes empezaron a jurar sus cargos. Pedro Tenorio, enfurruñado, se
negó a hacerlo alegando defectos jurídicos. Aunque lo hizo una semana más tarde
cuando los demás regentes le exigieron que expusiera sus argumentos en la plaza
pública ante los ciudadanos. Pero esto no fue una rendición de Tenorio, sino
que su guerra con el presidente del consejo Juan García Manrique continuó. El
arzobispo de Toledo fomentó una alianza de parientes del rey integrada, entre
otros, por: el duque de Benavente; Alfonso de Aragón, marqués de Villena; el
conde de Trastámara; y la reina Leonor, hermana de Juan I que no quería volver
junto a su esposo Carlos III de Navarra con la excusa de recibir vejaciones y
zascandileaba todo lo que podía. Y podía mucho al ser dueña de un enorme
señorío entre Sepúlveda y Roa, cerca de Aranda. Era esposa de Carlos III de
Navarra como prenda de paz entre ambos reinos. El grupo de parientes regios fue
liderado por el conde de Noreña, Alfonso Enríquez, hermanastro del difunto rey
Juan I, que estaba encerrado por orden de éste en un castillo de Pedro Tenorio.
El arzobispo de Toledo, en estos momentos, quería desvincularse del
encarcelamiento del conde de Noreña y consiguió del Consejo que el conde fuera
trasladado a un castillo perteneciente al maestre de Santiago, en la fortaleza
de Monreal. Vamos, que endosó la patata caliente a otro.
Una de las primeras
actuaciones del grupo de los parientes del rey fue la de enviar matones armados
a la reunión del Consejo para intimidarlos. También, el duque de Benavente, que
había abandonado la corte por un enfrentamiento con el arzobispo de Santiago,
intentó introducir tropas en Madrid, pero al no conseguirlo, escapó a sus
posesiones. Recuerden que es esta época todavía tenían mesnadas los nobles que
actuaban como señores feudales de las películas. Por su parte, el arzobispo de
Toledo también abandonó Madrid y se refugió en Alcalá de Henares desde donde
escribió cartas a los reyes aliados de Castilla, al papa cismático de Aviñón
Clemente VII, a los tutores nombrados en el testamento de Juan I, a las
ciudades y a las demás fuerzas políticas castellanas, para convencerles de que el
Consejo de regencia era ilegal. Las cartas eran acompañadas de una copia del
testamento de Juan I.
Durante las sesiones de las
Cortes de marzo de 1391 se produjo una falta de autoridad en Castilla por las
luchas de poder. Y, cuando uno pierde la autoridad otro la coge. Aunque sea por
la fuerza: hubo motines de toda índole, pero, principalmente, contra los
judíos. La chispa para estos asaltos la provocaban predicadores fanáticos, como
fue el caso del provisor (especie de vicario) de la iglesia de Sevilla Ferrán
Martínez, que ya había conseguido a finales de 1290, cuando era arcediano de
Écija, la destrucción de las juderías de su ciudad y la de Alcalá de Guadaíra. Martínez
detestaba a los judíos, a los que consideraba depósito de todos los males. Los
judíos, que eran prestamistas, deicidas y “causaban” la peste focalizaban los
odios. Semejantes prédicas hicieron enormemente popular a Ferrán. Y, en un paso
más, el clérigo se atribuyó la jurisdicción sobre los judíos de la diócesis, pasando
de los sermones a los hechos ya en 1376. Los judíos protestaron ante el rey y
Enrique II (1334-1379) amonestó públicamente al arcediano. Como años más tarde
Ferrán insistiera en sus prédicas, Juan II le amenazó con duras penas. Y, para
prevenir males mayores envió a los Monteros de Espinosa a proteger la judería.
En 1383 el conflicto ya había llegado hasta la cúspide del reino. La reina
Leonor se puso de parte del clérigo. Martínez siempre se defendió diciendo que
sus prédicas no tenían otro fin que servir a la Iglesia y a la corona. Pero la
corona le vetó expresamente atacar a los judíos y, la Iglesia, después de un
proceso canónico le suspendió en sus funciones eclesiásticas so pena de
excomunión. ¿Resuelto el asunto? ¡Ni por asomo! Ferrán esperó su oportunidad
que llegó en 1390 con la muerte del rey Juan y la del arzobispo de Sevilla que
crearon un vacío de poder. El cabildo de la catedral sevillana, movido por la
presión popular, nombró a Ferrán Martínez vicario general. Y el arcediano, inmediatamente,
cursó órdenes a todas las parroquias de su diócesis para que destruyeran las
sinagogas y se incautaran de todo el material litúrgico de los judíos.
El arzobispo de Toledo,
reconocido protector de los judíos, consiguió que el Consejo enviase cartas
conminatorias ordenando que cesaran las violencias a las juderías. Pero éstas
continuaron y sólo se consiguió la destitución del provisor Ferrán. La
situación fue aprovechada por los enemigos del Consejo para acusarlo de
incapacidad para mantener el orden y falta de autoridad. Ante la situación de
insurrección, el arzobispo de Santiago intentó negociar con el arzobispo de
Toledo enviándole una embajada a Alcalá de Henares. No hubo acuerdo. Además, Pedro
Tenorio, contaba con aliados como: el duque de Benavente, el conde de
Trastámara, el marqués de Villena, el conde de Niebla, el maestre de Alcántara
y Diego Hurtado de Mendoza, sobrino de Juan Hurtado, que le proporcionaban
tropas.
La Iglesia consideraba a
los judíos como sujeto de evangelización, es decir, que había que convertirlos,
pero no potenciaba la animadversión del pueblo. Entre marzo y junio de 1391
Sevilla ardió literalmente contra los judíos. En la primavera de 1391 llegaron
ante el Consejo del reino de Castilla los judíos de la corte y contaron las
noticias recibidas de la aljama de Sevilla. Las autoridades tomaron cartas en
el asunto. El conde de Niebla, Juan Alfonso, y el alguacil mayor de Sevilla,
Alvar Pérez de Guzmán, detuvieron a un tipo que se había significado por sus
agresiones a los judíos y le hicieron azotar. Con ello esperaban dar un
escarmiento suficiente, pero el resultado fue el contrario: el pueblo de
Sevilla se levantó, tomó preso al alguacil e incluso trató de matar al conde. El
fuego se extendió por Córdoba, Burgos, Toledo, Logroño y otras muchas localidades
de Castilla. La corona envió procuradores con orden de sofocar las revueltas,
pero la tarea llevó tiempo. Fue una carnicería. Naturalmente, a la matanza
siguió el saqueo de las posesiones de los judíos. ¿La religión era un pretexto?
¿Lo dudan?
Los que escaparon a las
matanzas se acogieron a la protección de los grandes señores, los cuales
cobraban a los judíos fuertes sumas para garantizar su seguridad, de manera que
la comunidad se empobreció bruscamente. Por lo que parece siempre hay
oportunidades para hacer negocios. ¿No cuentan que el judío George Soros
cobraba a los nazis por delatar a otros judíos? No fue hasta 1393 que, con la
mayoría de edad de Enrique III y el nombramiento de un nuevo arzobispo de
Sevilla, se terminó con el liderazgo popular del arcediano Martínez, que fue encarcelado.
Pasará poco tiempo entre rejas, pero los sevillanos tardarán diez años en pagar
la multa que la corona les impuso. Enrique III restableció en 1393 el estatus
judío invocando las antiguas tradiciones, pero aplicó de manera decidida las
disposiciones conciliares en relación con la residencia obligatoria de los
judíos en barrios señalados, la generalización del uso de la rodela bermeja, y
la supresión de los antiguos privilegios judiciales. Por parte de los judíos se
dispararon las ya habituales conversiones. No solo por los pogromos sino por
una incorporación a la mayoría social. Caso ejemplar fue la conversión, en
1390, del rabino mayor de Castilla, Salomón Ha Leví, que a partir de entonces
se llamaría Pablo de Santa María. Con él se convirtió toda su familia, claro.
Pero ¿por qué surgieron los
pogromos en esos años? Quizá porque estaban agrietándose las bases del modelo
feudal con sus vinculaciones personales y grupales y nos dirigíamos a una
sociedad edificada sobre la homogeneidad de identidades, intereses y vínculos.
Y, mientras el acoso a los
judíos seguía, llegaba en abril una segunda embajada del Consejo, esta vez a
Toledo, exigiendo que el arzobispo Tenorio -el protector de judíos- volviese a
Madrid. Pero también fracaso cuando Pedro Tenorio pidió seguridades ante una
supuesta conspiración contra él. Pocos días después, una tercera embajada
tampoco obtuvo resultados positivos porque el Consejo pedía que el arzobispo
acudiese a Madrid con el testamento, a lo que Tenorio se negó. En los últimos
días de abril, el Consejo decidió clausurar las Cortes y ratificar el Consejo
de regencia que tendría una vigencia hasta octubre de 1395 cuando el Enrique
cumpliese los dieciséis años de edad. Y se le supusiese adulto y capaz de
gobernar.
A mediados de mayo de 1391,
el Consejo de regencia instaló a Enrique III en la segura fortaleza de Segovia.
Allí, el conde Pedro de Trastámara se pasó al bando del arzobispo de Santiago
cuando exigió al Consejo, y le fue concedido, el nombramiento de condestable
(jefe del ejército) que ostentaba el marqués de Villena y que
decía haberle sido ofrecido a él por el rey Juan en las cortes de Guadalajara. Es
puesto recibía 60.000 maravedís y su falta fastidiaría al de Villena. Con el
conde, también cambió de bando la reina Leonor de Navarra.
Firma de Leonor de Trastámara.
Mientras tanto, los
embajadores llegaban para asistir a los funerales y a apoyar al Consejo de
Regencia. Entre ellos acudió el obispo de San Ponce, legado del Papa Clemente
VII, que se ofreció al Consejo como mediador en una cuarta entrevista a
celebrar en Buitrago entre Pedro Tenorio y Juan García Manrique. Otro fracaso
porque el arzobispo de Toledo exigió que primero se disolviera el Consejo y,
después, las Cortes eligiesen entre aplicar el testamento de Juan I o aplicar
las Partidas de Alfonso X. ¿Respuesta? El Consejo envió una quinta -¡una
quinta!- embajada a Pedro Tenorio que se encontraba en Illescas. La formaban el
conde de Trastámara y el maestre de Santiago. Nada. Pero nada. ¿Por qué no
había acuerdo? Se supo la respuesta a los pocos días cuando el arzobispo de
Toledo unió sus tropas a las del maestre de Alcántara, Martín Yáñez, y a las
del duque de Benavente en Talavera. ¿Lo recuerdan? Los señores territoriales
tenían tropas. Algo que se solucionaría unos cien años después.
Para junio de 1391 las
rivalidades en el Consejo de regencia permean en los ayuntamientos de las
ciudades generando enfrentamientos y luchas nobiliarias entre familias rivales.
Y volvemos a Sevilla, donde la familia del conde de Niebla y la del señor de
Marchena se enfrentaron por una cesión del cargo de alguacil mayor de la
primera familia a la segunda, dando lugar a una crisis de autoridad en la
ciudad que fue aprovechada para crear tumultos antijudíos. Al mes siguiente el
Consejo se acercó a Valladolid para obtener ayudas en la comarca. La guerra
civil estaba a punto de estallar, pues también el arzobispo de Santiago
comenzaba a levantar tropas y ofrecía mercedes para obtener partidarios.
El concejo de la ciudad de
Burgos -agosto de 1391-medío y trasladó al Consejo de regencia un acuerdo que
invitaba a los rivales a acudir a unas nuevas Cortes en esa ciudad. Leonor sabía
que si la nobleza acudía dividida el poder pasaría a los burgueses y, por ello,
buscó la reconciliación. Para llegar al acuerdo, el arzobispo de Santiago
estaba dispuesto a hacer concesiones, no así Pedro Tenorio que ya tenía un ejército.
Al final, después de varias reuniones, Pedro comprendió las razones de la reina
Leonor y accedió a una entrevista en la villa vallisoletana de Perales (hoy
inexistente). Allí, ambos bandos aceptaron el testamento de Juan I, pero
ampliándolo con el duque de Benavente, el conde de Trastámara y el maestre de
Santiago. Es decir, estaría compuesto por: los tres anteriores, el marqués de
Villena, el conde de Niebla, el alférez mayor, los arzobispos de Toledo y de
Santiago, y el maestre de Calatrava, junto con los seis buenos hombres de
Burgos, Toledo, León, Sevilla, Córdoba y Murcia. La Concordia de Perales eliminaba
a casi todos los procuradores de las ciudades, pero el nuevo Consejo de
regencia tendría que ser refrendado por las nuevas Cortes que se celebrarían en
Burgos y que comenzarían en octubre. En septiembre, el arzobispo de Santiago y
el maestre de Santiago pusieron en libertad al conde de Noreña para que pudiera
entrar en el Consejo de Regencia en una proyectada ampliación, y así
contrarrestar la influencia del duque de Benavente. Este hecho provocó el
descontento de los parientes del rey.
Las cortes burgalesas no
pudieron empezar hasta mediados de diciembre de 1391 y la primera discrepancia
se manifestó cuando el arzobispo de Santiago pidió, que para elegir el Consejo
de Regencia, se mantuviese el testamento de Juan I con la entrada, si hubiera
ampliación, del conde de Noreña. Sus contrarios se opusieron porque querían
atenerse a lo acordado en Perales. Era una lucha nobiliaria para conseguir el
máximo de votos en el futuro Consejo. El duque de Benavente se opuso al
arzobispo y Pedro Tenorio se mantuvo al margen. Para avanzar, el tercer estado
impuso que las Cortes aplicaran el voto secreto. Ante ello, la reina Leonor
maniobró para unir a los nobles convenciendo al duque de Benavente con una
nueva propuesta; pero ya era tarde. Unos días antes de la votación, se produjo
el asesinato en Burgos de un caballero partidario del conde de Noreña. ¿Quién
era el inductor del asesinato? Partidarios del duque de Benavente, decían. Ese
crimen impulsó a los procuradores del tercer estado a mantener el testamento
original de Juan I, con lo que el duque de Benavente quedaba fuera del Consejo.
El duque de Benavente asumió la decisión y, airado, se retiró a sus dominios zamoranos.
Ello supuso el alza del poder de las ciudades y, en opinión de la nobleza, una
amenaza al poder real.
Lo que parecía increíble se
consiguió: que acabaran las cortes. Era marzo de 1392. El Consejo envió
embajadores a la frontera de Portugal para renegociar la tregua entre ambos,
que estaba a punto de concluir. Después inició su trasladó a Segovia. Por el
camino, aprovechando la muerte del alcaide de la fortaleza de Peñafiel, el
arzobispo de Santiago nombró alcaide a su partidario Diego López de Zúñiga
quien mantendría la
custodia de tres hijos bastardos del rey Pedro que hacía tiempo se hallaban
presos en aquella fortaleza.
El arzobispo de Toledo
exigió en mayo que se reincorporasen al Consejo el marqués de Villena y el
conde de Niebla, que no asistían por diferentes motivos. Todo para cumplir el
manido testamento del rey difunto. Pero, muy cuco él, añadió que, si no
acudieran, permitieran que él usara sus votos. Con la respuesta negativa de
ambos nobles, Pedro Tenorio pidió al duque de Benavente que volviera a la corte
para formar una alianza que incluía al conde de Trastámara.
El rey Enrique III pasó el
verano en Segovia. Con el rey en esa ciudad los partidarios del arzobispo de
Santiago colocaron como alcaide al mayordomo real Juan Hurtado de Mendoza. Este
cambio enfadó al bando de los familiares del rey con el duque de Benavente a la
cabeza, que ya estaba preparando un ejército y una alianza con el rey Juan I de
Portugal. Esta marejada política afectó negativamente en las treguas, ya que
los castellanos sólo consiguieron una prórroga de dos meses en lugar de una más
larga debido a las exigentes peticiones portuguesas. Para resolver el problema,
la reina Leonor, ejerciendo de mediadora, llevó al Consejo la propuesta del
duque de Benavente de matrimoniar con su prima Leonor, hija del conde Sancho,
que llevaba una dote muy importante. La petición fue aceptada, pero el duque se
retractó y rompió nuevamente con el Consejo e intentó negociar un matrimonio
con una hija bastarda del rey portugués. Ante aquella situación el Consejo negoció
con el duque a través de Pedro Tenorio, que sólo pudo hacerles llegar la
desconfianza que el Consejo inspiraba al duque. Este recelo se plasmó en Zamora
cuando el duque introdujo pequeños grupos de tropas en su castillo, que le era
fiel, con la oposición del concejo de la ciudad, partidario del Consejo, que
cerró las puertas de la muralla y llamó a los habitantes y al maestre de
Calatrava para, junto con sus tropas, asaltar el castillo.
A finales de octubre, el
arzobispo de Santiago llevó al rey y los regentes a Medina del Campo para
controlar Zamora y los movimientos del duque, que se había trasladado, con un
poderoso ejército, a las cercanías de Toro. En diciembre, ante una casi
inevitable guerra civil, el Consejo volvió a llamar al arzobispo de Toledo para
que mediara ante su aliado el duque de Benavente. Pero éste, apoyado en la
fortaleza de su ejército, se negó a negociar.
Y así estaba la corona de
Castilla: revueltas internas y tensión fronteriza con Portugal. ¡¡¡Menos mal
que el moro estaba tranquilo!!! Por qué estaba tranquilo, ¿no? Pues… el viejo
reino Nazarí de Granada tenía una frontera caliente con su poderoso vecino. No
había guerra, pero tampoco paz: algaradas fronterizas, pequeñas incursiones de
saqueo (por ambas partes)… sin oscilaciones territoriales. La ciudad de Granada
sobrepasaba los 165.000 habitantes y el reino tenía unas 300.000 personas. Había
esplendor comercial que no estaba afectado por las luchas palaciegas. Pero murió
Muhammed V en 1391. Este rey debía su retorno al trono a Pedro I de Castilla. Pero
siempre se negó a deberle nada al castellano. De hecho, intentaba sobrevivir
con alianzas frágiles con Castilla o con los benimerines. Incluso había
aprovechado el caos castellano para conquistar plazas como Úbeda. Pero, para su
heredero, el equilibrio era más difícil: o mantenían la paz con los cristianos
pagando en dinero y en tensiones religiosas; o se afirmaba como paladín islámico
con el respaldo de los benimerines lo que le enfrentaría a las armas de
Castilla. Cada posición tenía un partido en la corte nazarí: Yusuf II, hijo y
heredero de Muhammed V, un tipo pacífico y amante de las letras que buscaría la
paz, aliado o tributario de los castellanos; y el hijo menor de Yusuf, Muhammad,
ambicioso y aguerrido que quería ganar territorio a costa de los cristianos con
el apoyo de los benimerines de Marruecos. Los marroquíes sabían que
su poder dependía de su influencia sobre el rico reino hispano de Granada, que les
garantizaba fluidas vías comerciales. Influían a través de la religión. Si se
paran a pensarlo es lo mismo que hoy con la diáspora marroquí o turca en Europa.
Incluso en el tema de la compra de voluntades o el chantaje.
Yusuf II ascendió al trono
en 1391 e inmediatamente hubo una revuelta – “revolución de color” lo llamamos
ahora- en Granada promovida por su hijo menor Muhammad, apoyado por los
benimerines. ¿Rebelión? ¿Por qué? Por el pacifismo de Yusuf. Este, para
contentar a los fundamentalistas, rompió la tregua con los cristianos y atacó las
tierras murcianas. Pero no halló calma interna. Yusuf, acorralado, optó por los
viejos remedios: cárcel, destierros, ejecuciones... Uno de los perjudicados fue
el poeta Ibn Zamrak, que había sido visir del viejo Muhammed V y que ahora daba
con sus huesos en la cárcel. Se abrió la caja de los truenos, y la tempestad eliminó
a Yusuf en 1392 envenenándolo. A Yusuf II debía sucederle su hijo mayor, Yusuf
III, pero este fue apartado del trono por la facción fundamentalista de la
corte y encerrado en el castillo de Salobreña. En su lugar fue proclamado rey
el hijo menor, Muhammad VII, el hombre de los marroquíes en Granada. Repito,
nada que no se pudiese ver en la Unión Europea de Von der Leyen. Muhammad consolidó
su poder con un doble tratado de paz: con Castilla y con los benimerines. Parecería
que lo que ayer era humillación del islam hoy era pragmatismo y deseos de paz. Pero
sus verdaderas intenciones no eran nada pacíficas: la tregua con Castilla no
tenía otro objeto que ganar tiempo para lanzar una gran ofensiva.
La variable que no
controlaba era que la Castilla de Enrique III no era el débil reino de las
guerras civiles anteriores. Aunque no quitaba que fuese una “jaula de grillos”.
En diciembre de 1392, Muhammad VII, con el pretexto de las incursiones de
almogávares cristianos en su territorio, atacó con un poderoso contingente de
tropas la comarca de Lorca e incendió Caravaca, obligando a la población de
ésta última a refugiarse en el castillo. A su regreso, con abundante botín, la
expedición nazarí fue sorprendida y derrotada por las tropas castellanas. Tras
este acto hostil… la tregua se mantuvo.
¿Y eso? El Consejo de
regencia estaba a otros asuntos mucho más importantes para ellos. Al fin y al cabo,
eran políticos y el bienestar del pueblo y la nación siempre les es secundario.
En enero de 1393, como último recurso, el Consejo presentó su dimisión y puso la
regencia en manos de Juan Hurtado de Mendoza y de los procuradores de las
ciudades. Pero el duque de Benavente no aceptó y recurrió a las armas para
apoderarse de Zamora. Esto le valió la deserción de varios de sus capitanes. Al
final lo intentó en febrero de 1393 pero las tropas del maestre de Calatrava se
lo impidieron y el duque de Benavente, derrotado, tuvo que abandonar sus
tierras al tiempo que Enrique III y los regentes entraban en Zamora en medio de
un gran recibimiento.
El arzobispo de Toledo, Pedro
Tenorio, viéndose aislado en el Consejo, anunció su regreso a su diócesis,
siempre y cuando se cumpliesen las promesas realizadas. A saber: compensar
económicamente al duque de Benavente y permitirle volver a sus señoríos, con la
obligación de prestar auxilio militar al rey siempre que fueses necesario;
nombrar almirante de Castilla a Diego Hurtado de Mendoza; y camarero mayor a
Juan Fernández de Velasco. El Consejo sólo aceptó la petición referente al
duque. Decisión que no satisfizo a Pedro Tenorio. Ante unos rumores de que el
arzobispo de Toledo pretendía organizar una revuelta con Fernández de Velasco,
el Consejo ordenó encerrarlos en el castillo de Zamora. Posteriormente, cuando
fueron liberados mediante entrega de rehenes, el arzobispo de Toledo pronunció
un entredicho (prohibición del uso de santos oficios y/o sacramentos) y
excomunión sobre la corte y las diócesis de Zamora, Palencia y Salamanca. ¡Con
dos…!
En la primavera de 1393, el
arzobispo de Santiago estaba en la cima del poder. Había evitado la amenaza de
guerra con Portugal firmando una tregua por quince años, aunque bajo
condiciones desfavorables, había anulado políticamente a Pedro Tenorio y
dominado a casi todos sus enemigos. Lo de las nuevas treguas incluía que el rey
Enrique, o sus herederos, no apoyasen a la reina viuda Beatriz, ni a los hijos
del rey Pedro y de Inés de Castro, Juan y Dionís, en sus pretensiones sobre
Portugal. Ofrecía a Enrique, también, no ayudar a los enemigos de Castilla. Para
completar su tarea el arzobispo de Santiago, viajó a Tordehumos (Valladolid)
donde sobornó al duque de Benavente para que regresara a la corte al lado de
Enrique III.
En julio de 1393, el obispo
de San Ponce, actuando nuevamente de legado papal, volvió a Burgos y levantó el
entredicho y la excomunión dictados por el arzobispo de Toledo. Como
consecuencia de ello, Enrique III tuvo que comprometerse a reparar los
perjuicios hechos a Pedro Tenorio. Con ello, parecía, erróneamente, que se
terminaban las luchas entre las fuerzas políticas castellanas. El dos de
agosto, durante una reunión del Consejo en el monasterio burgalés de Las
Huelgas, Enrique III, alentado por sus consejeros Diego López de Zúñiga y Juan
Hurtado de Mendoza, decidió asumir el gobierno dos años antes de lo estipulado
y sin el consentimiento de las Cortes. Para la Iglesia, los 14 años eran
mayoría de edad. (¡Cómo se enteren algunos partidos españoles tenemos la edad
de votar a esa edad!) No obstante, se sabía que no se tenía la madurez
suficiente como para llevar un reino. Puede que la causa de obtener la mayoría
de edad fuera el deterioro del prestigio del gobierno del arzobispo de
Santiago, que con sus actuaciones había minado la autoridad de la Corona, había
provocado el descontento por el reparto de prebendas entre sus aliados y porque
los nobles habían comenzado a unirse para ir contra él. Que pena. Un arzobispo
que un par de meses antes se sentía invulnerable ahora… ¡Le hacían un Rajoy!
La Huelgas Reales de Burgos.
¿Estaría contento con irse?
Porque el Reino estaba en una situación lastimosa. Los tutores andaban desavenidos;
cada cual, por hacerse adeptos, prodigaba mercedes, rentas y tenencias de
castillos; se perdían en estos menesteres hasta treinta y cinco millones de
maravedís; las rentas del reino no lo podían soportar, y los mismos regentes
reconocían que la administración estaba en desorden y el estado caminaba hacia
su ruina. Creo que ese dos de agosto de 1393, en el monasterio de las Huelgas
de Burgos, sentado en su trono real, con presencia del legado pontificio, del
arzobispo de Santiago, del duque de Benavente, del maestre de Calatrava, y de
varios otros señores y caballeros, Enrique III empezaría a sufrir por su reino.
¡Igual lo de “el doliente” no era solo por su delicada salud! Allí dijo
públicamente que cesaban los tutores y regentes en sus cargos, y que nadie sino
él gobernaría el reino en lo sucesivo. El arzobispo de Santiago pronunció un
discurso pintando con los colores más favorables que pudo los actos de la
regencia -¡Qué cuajo!- , y el rey expidió cartas convocando a cortes generales
en Madrid para octubre de 1393 en que cumplía los catorce años.
Fin de la primera parte. La
próxima semana relataremos los años de edad adulta de este Trastámara.
Bibliografía:
“Historia de España”.
Colección de editorial SALVAT.
“Atlas de historia de
España”. Fernando García de Cortázar.
Web Reyes Medievales.
Real Academia de la
Historia. Historia Hispánica.
“Historia general de
España”. Modesto Lafuente.
“La conquista de Canarias”.
(Cuadernos 16).L. Diego Cuscoy, M.A. Ladero, E. Aznar y M. Ballesteros.
“Historia de Castilla: de
Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González y otros autores.
“Una batalla olvidada:
Collejares 1406”. Pablo López Fernández.
“Madrid, un libro abierto”.
Gregorio García-Solans Molina.
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