Vamos
a escribir sobre el agua. Ya sabemos que es físicamente imposible, pero en lo
que estamos es en conocer los términos acuosos de Las Merindades, y cercanías,
desde el latín al castellano. Ante todo, puntualizar que los hablantes del año
1000 no pensaban que estaban dejando de hablar latín y empezaban a hablar
castellano. Eso se ve a posteriori. Hoy ocurre lo mismo: no nos percatamos de
los pequeños cambios del idioma. Dicho esto, al tema.
Evidentemente
no podemos encontrarnos con hablantes de ese tiempo por lo cual recurriremos a
la documentación notarial de san Salvador de Oña (Oña, Burgos) datada entre los
siglos IX y XIII. Este intervalo es un periodo de clara trasformación
lingüística, aunque los hablantes no lo notaban, sobre todo en un mundo
analfabeto y que escribía en latín (o eso creía). Esos documentos presentan la
evolución y las pugnas entre palabras latinas -en su correcta acepción, no la
de hispanoamericano- y las latinizaciones de elementos del futuro castellano. Y,
encima, existen los problemas causados por las reescrituras de esos documentos
que nos han llegado. Pongamos cómo ejemplo, por un lado, términos del latín medieval
fijado y creado para un uso escrito como “molendinu” o “rivulu” y, por otro
lado, a un léxico que mezcla voces del latín con otras de diverso origen que
crearán el castellano pero que se insertan en los textos con un barniz latino: “molinu”
o “arrogio”. No es tan raro, en zonas bilingües ocurre. En el caso del País
Vasco vemos cómo los hablantes recurren a palabras de una u otra lengua para
rellenar frases en la otra. Sin necesidad de que sean neologismos. Por ejemplo,
“mugikorra” frente a la popular “mobila” para el teléfono móvil o “el móvil”. La
que esto ejemplificaría, salvando las distancia, es un reconocimiento de que
había una separación entre la lengua de la calle y el lenguaje oficial, culto,
en latín hace unos mil años. Un latín no armonizado influido por las pautas
aprendidas por el escribiente en su monasterio.
Nos
fijaremos en las palabras relacionadas con el agua porque los ríos servían para
delimitar las tierras o para ubicarlas. Toba, Tobalina, Tobera, Tobes,
Tobillas… son nombres de lugares relacionados con la toba (piedra caliza,
porosa, formada por la descomposición de la caliza al filtrarse el agua) o
también “cueva”, roca asociada a sistemas fluviales y lacustres, característica
del paisaje y de la arquitectura del Alto Ebro como ponen de manifiesto nombres
como Tubilla del Agua. Incluso “Várcena” (tierra cultivada al lado del río) es
una voz que, tanto en la documentación medieval como en la toponimia actual,
responde a una forma propia de la mitad noroccidental de la Península, tal vez,
de origen célta.
Respecto
al léxico del agua de los textos de Oña, tenemos los frecuentes plurales “aquas/aguas”
y del singular “agua” con valor genérico de corriente, natural o artificial, de
agua de cualquier caudal y, también, de agua embalsada: “in aquas piscatorias”
(1107), “atque decurssionibus aquarum” (1224), “alia terra ante
el molino de Requexo inter amas aquas” (1129), “con su agua que á de ir
por la casa que vós comprastes de don Pero” (1278). ¿A que entendieron
mejor las últimas frases? Eso es una muestra de la evolución callada del
idioma. Por cierto, para los latinistas, ¿Han visto que no usan los términos
“Flumen” o “rivus”? “Flumen” parece emplearse para ríos específicos como en los
casos siguientes: “tam in Ibero quam in Vesice vel in aliis fluminibus”
(967); en “cañares VIIII qui sunt in flumine Ebro” (1011); “iuxta
flumen quod vocitant Vesica” (1056); “in ripa flumins que vocitant río
de Bena” (944). ¡Qué locura!
Otro
término importante es “rivu” que, también, actúa como genérico para
corriente de agua, sin que quede claro si mantiene siempre el sentido latino de
arroyo o canal o si responde ya a la semántica de los romances hispanos: “río”.
Además esta palabra se opone a “arroyo”. Lo vemos en las menciones de cursos de
agua inespecífico: “Et in rivis, et in montibus et in pratis” (1096); “aliam
terram que est ad fontem de Helzina, de rivo usque ad carreram” (1192). Por
si fuera poco, “rivu” aparece en unos pocos textos con el nombre propio de un
río introducido por “de”, de modo similar a “flumen”. Lo vemos en un documento
de 822 donde dicen: “in rivo de Tirón” o “in rivo de Quintaniella”.
Este uso es idéntico al del romance “río”, de hecho, veríamos una latinización
del romance, particularmente visible en los topónimos, entendidos como una
unidad (rivo + nombre propio), cuya naturaleza romance tiende a ser respetada
por los amanuenses al redactar sus textos latinos. Volviendo al ejemplo
contemporáneo: es cuando empleamos palabras inglesas en lugar de las castellanas,
pero con la sintaxis del español. Algo así como “Whattappeando”.
La
voz romance “río” hereda tanto el sentido de “rivu” como el de “flumen” en los
contextos del latín de molinos, prados, pastos, ríos, aguas y cuando hablamos del
nombre del río: “río de Úrbel” (1238) o “el río del Ebro” (1279).
Y, claro, esto derivó en que “río” se añadiese a los topónimos como en “Riocandio”
(1192) -que es Rucandio- o “Riodeisseras (Rioseras). En catalán el sentido
moderno de “río” no aparece hasta el siglo XIII y en referencia a ríos de poca
importancia, pues, en catalán arcaico “riu” designaba una corriente de agua
modesta. Para los de mediana importancia se empleaba “flumaire” y los cursos
importantes se designaban con el nombre del río solo (“no volíem passar
Ebre”) o precedidos de “aygua”.
Añadiremos
que muchos nombres parecen surgir de versiones cultas de “rivu” o “río” en
topónimos que empiezan por “Ru-” conservadas por toda la mitad noroccidental de
la península. En la provincia de Burgos tenemos, por ejemplo: Rubena,
Rublacedo, Rucandio, Rupando (existe Pando en la zona, cerca de Noceco) o
Rusalado (valle de Poza de la Sal). Estas designaciones con “Ru-” coinciden con
el área de mantenimiento de “-u” final y, por tanto, con el área de “rivu/ríu”
y también de “rigu”. El estudioso J.R. Morala en su obra “Los ríos y los
paisajes” propone la relación con el término prerromano “arrugia” transformado.
Así, en Oña figura “Rigu de Vena” (1096) o “Rigo de Vena” (1107) junto
a “Río de Vena” (1215) que son la moderna “Rubena”.
Los
lectores de esta bitácora que conozcan el eusquera se habrán percatado de la similitud
entre “ru” y “ur”. Esta última voz significa, en castellano, agua. Hay diversos
nombres de este posible origen tanto en Burgos como en Cantabria o Palencia debidos
a la repoblación altomedieval y, desde luego, los de procedencia prerromana de
más amplia extensión con las que el propio “ur” vasco estuviera relacionado. Tenemos
el “Runa” que es el nombre antiguo del río que atraviesa Pamplona, el Arga.
Julián Santano Moreno relaciona “Runa” con una raíz indoeuropea “er-: or-: r-”
que alterna con diferente vocalismo en numerosos hidrónimos europeos. Pero hay
ejemplos más evidentes en la provincia de Burgos como es el caso del río Úrbel
que, en eusquera, significa agua negra u oscura (ur beltza) y que nace en
Fuente Úrbel junto a Basconcillos del Tozo. ¿lo ven? Bas-con-ci-llos. ¿Y qué
decir del río Rudrón? Que antes era río “Río Urón”. ¿Algo así como agua
buena (Ur ona)? En un documento de Mijángos de 1258 figura un campesino llamado
Juan Pérez de Urgaña (Urgaña que traduciríamos como como superficie del agua o
sobre el agua).
Los
viejos textos de Oña emplean para las corrientes de agua menos caudalosas las
palabras “rivulu” y “arroyo” de forma imprecisa. “Rivulu” aparece en textos en
latín –al menos en nuestra área, su uso parece exclusivamente escrito– y llega
a solaparse con “flumen”. En italiano “rivulu” se ha convertido en rivolo
(riachuelo). Por su parte “Arroyo” se emplea tanto en latín como en romance
-castellano-, pero mantiene un significado estable porque “Rivulu”, por el
contrario, posee el sentido de arroyo o también el de riachuelo como en “iusta
rivulum que descendit de supra nominata Villa de Suso” (1102). “Arroyo”
sería una corriente de mayor caudal que “rivu/río”. Lo vemos en este texto de
1129 referido a un afluente del río Molinar: “et uno maçanar enna Tova iuxta
arroyo que discurrit de Val de Ulajo ad rivum maiorem”.
Dentro
de la misma corriente -valga la broma dentro de este árido tema- tenemos las variantes
castellanas de “rigo/rigu/riego” que son sinónimos de “flumen”, “rivu” o “río”
como en “Rigo de Vena” (1107), “Rigu de Vena” (1096) o “In
riego Béseca” (1011). Ese último ejemplo carece de la preposición para
introducir el nombre del río que es una tendencia propia de la lengua hablada
como vemos en la toponimia y en la actualidad: río Nela, Río Trueba…
La
abundancia de agua implica asimismo la mención, en muchos textos, de terrenos
de labor o pasto cercanos a los ríos y arroyos. Suelen ser tierras fácilmente
inundables, pero muy fértiles, como “lama” o “nava”. Es el caso del par latino
formado por el clásico “Palus, -dis”
y por la forma metatética
(que cambia fonemas) “padule”. Es, por otra parte, forma paralela a la que da en
el vasco “Padura”. Y que significa laguna, charca, terreno pantanoso, tremedal
–similar a “lama”– y que evolucionó en castellano hacia prado, terreno de pasto.
“Palude” y “padule” alternan en proporciones variables en la documentación
medieval del norte peninsular y así se certifica en las colecciones más cercanas
cronológica y espacialmente a Oña.
Evidentemente
la abundancia de agua en Las Merindades y cercanías facilitó en la alta y Plena
Edad Media la instalación de numerosos molinos. Los textos de Oña no
discriminan qué tipo de molinos eran, pero, debieron de ser molinos de rueda
horizontal o rodezno–dadas las características de las corrientes de agua– y
harineros, aunque se sabe que también sirvieron como batanes, lo que se
justifica por las frecuentes referencias al cultivo del lino. Así, en los
textos de Oña escriben tanto “molendinum” como “molinum” de origen latino,
además del romance “molino/molin”: “et quarta pars in illum molendinum qui
est de vicins, et omnem rem nostram” (1056); “terras, vineas, solares
populatos et heremos, molinos, pratos et omnia que ad me ibi pertinente” (1199);
“Enna tierra de illo molino de Malanda la quinta parte” (1144); o “de
los huertos de Lahano fasta’l molín de Palacio” (1027).
Parece
evidente que “molendinum” –que comenzó a registrarse tardíamente en el propio
latín– fue un cultismo escrito que no se asentó en las lenguas romances. En Oña,
“molendinum” aparecerá en la segunda mitad del siglo XI y será la forma latina
predominante, aunque alterne con “molinum” y también con el propio término
romance, que se intercala sobre todo en construcciones con la preposición “de”.
En el caso de “molino” el isomorfismo con el oblicuo latino impide en ocasiones
determinar la lengua en pasajes donde se mezclan latín y romance castellano. Llama
la atención que los dos textos con datación más antigua del corpus oniense
elijan “molinum”.
Pero,
¿qué era un “molinum”, “moledinum” o “molino”? Algunos ejemplos parecen aludir
al edificio en sí, especialmente, en lo que se refiere “molendinum”: “illam
terram que dicitur de Molendino Cremato” (1223) aunque bien podría tratarse
de la simple instalación de las muelas; “Et in caput ipsis terre suam habet
aream et unum solarem cum sua ferragine, et unum molendinum quod est faciendum”
(1056). Esta acepción de “muela” como piedra del molino, o de maquinaria para
la molienda, se deduce con más claridad de varios contextos romances, en los
que se da cuenta de varios molinos dentro de un mismo edificio o se hace
constar la situación del molino dentro de la construcción que lo contiene: “la
parte que yo é en el molino que es cerca del uço de la casa” (1275) o “el cual molino es en el río de Pisuerga,
en la casa que á el obispo de Palencia dos molinos, e esta casa con sos molinos
está cerca la parada antigua de los molinos de Pradiello. E este molino […]
es en esta casa sobredicha el primero cabo del uço” (1277). Este uso de
molino lo acerca al de la voz rueda. Aunque en la documentación de zonas al
norte de Oña se distingue claramente entre “molino” y “muela”, por ejemplo, en
un documento de Alfonso X relacionado con Vitoria a pesar de que
en la zona vascófona “rueda” acabará adquiriendo el sentido “molino”. ¿Lo
explicamos? Verán, en latín rueda se dice “rota” y en eusquera molino es “errota”.
La procedencia parece evidente.
Más
bien puede afirmarse que, en vista de que la distinción entre molino y rueda de
molino parece general tanto al norte como en el centro de la provincia de Burgos,
el uso genérico que de “molino” se hace en Oña –en tanto que hace referencia
indistintamente a la muela, a la maquinaria, a los aparejos para la molienda o
al edificio que los contiene– tendrá que ver más con un uso propio de los
escribanos del monasterio que con un uso general en la zona. La imprecisión de
un término genérico como molino, heredada de los propios textos latinos, irá
quedando superada con la irrupción del romance en la escritura y la aparición
de voces ya exclusivamente castellanas para designar el equipamiento y la infraestructura
de los molinos.
El
léxico romance asociado al molino se amplió con palabras relativas a las
pesqueras o pequeños embalses destinados a asegurar un caudal adecuado para el
trabajo de la rueda de moler: “pescarias” (1011) o “piscarias” (1096). El agua
era retenida mediante la “presa” o represa, muro o azud: “los nuestros
molinos que avemos en Mixangos enna presa de so Nofuentes, que es en el río de Nela”
(1258). Dicha presa podía estar construida con terrones o “céspedes” cuyo
acarreo formaba parte de las tareas comunales –“e los céspedes que solíedes
levar a la presa, que los non levedes nunca por premia” (1266). Desde la
pesquera el agua era conducida hasta el molino a través de un canal artificial,
el “calce”, voz mencionada una única vez y en un texto relativamente tardío: “e
de la otra parte el calce del molino de Farta Vieyas” (1278). El vocablo
castellano primitivo Calce designó siempre un canal artificial y en particular
el que lleva el agua a los molinos. La forma arcaica con “L” se mantuvo hasta
el siglo XIII y se conserva aún en el eusquérico “kaltze” como cauce por donde
baja el agua al saetín del molino.
Otra
más. La voz “parada” que no se documenta en castellano antes del siglo XIII, parece
referirse a agua embalsada, tanto a la retenida por la presa como a la del
canal o cauce, antes de llegar al molino. No obstante, puede también
identificarse con la propia presa o muro e, incluso, con el conjunto de molinos
o aceñas situadas en la misma presa: “aquellos dos molinos que tenían que avían
a aver para sí en aquella parada de los molinos de la presa de Pradiello” (1277);
“con tales aguas, e con tal parada, e con tal presa” (1278).
En
cuanto al arabismo “aceña” (açenia/azenna), aparece en los documentos de Oña a principios
del siglo XIII y debe relacionarse con los grandes molinos de rueda vertical ya
conocidos desde la antigüedad pero que son desarrollados por los árabes para el
regadío. La primera cita corresponde a la creación de una aceña para el
Monasterio de Rodilla: “illam terram que dicitur de Molendino Cremato […]
et fundemus ibi aceniam ad opus monasterio Beate Marie” (1223). Posiblemente
comenzaron a instalarse estos ingenios en zonas en las que podía aprovecharse
la fuerza de las corrientes como el valle de Caderechas: “illa acenia quam
feci in Cadrechias” (1229); “en la azeña de Aguas Candias” (1279).
Si nos fijamos en este nombre de Aguas Cándidas vemos que el adjetivo presenta
el sentido etimológico de blanco que se aprecia también en otros topónimos del
corpus como Riocandio (Rucandio).
Siguiendo
con el mundo del agua debemos fijarnos en las salinas. Cerca de Oña están Salinas
de Añana y Poza de la Sal lo que se verá reflejado en el léxico de los
documentos. Sin embargo, el hecho de que la regulación del comercio de sal no
llegara hasta el siglo XII de la mano de la corona explica que las voces de
este campo en el corpus sean mayoritariamente romances salvo en el documento del
año 822 copiado en el siglo XIII al que se le dio un barniz latino para dotarlo
de un aire de antigüedad: “XX
et III airas in salinas,
et suo puteo et ratione in illas fontes”. “Salinas” (1262) debiera entenderse como topónimo en
relación con el Valle Salado de Añana y se usa en plural. Las “eras” son las
superficies horizontales en las que la sal se obtiene mediante la evaporación
de la salmuera: “cum sua hera ab omni integritate pro VIII morabetinis et VI toradas de sal”
(1175-1181); “con las eras de la sal” (1277). La “muera” o salmuera se extrae,
bien de manera natural de manantiales salinos –Salinas de Añana–, bien
artificialmente disolviendo con agua dulce la roca salina –Poza-: “et
comparavi similiter in pozo de Medianas tuam partem de te Pelagio de la muera”
(1175-1181). Por cierto, aquí tenemos un testimonio romance dentro de un
contexto latino.
Otro
campo -quizá no sea la palabra más adecuada- del mundo del agua es el pescado. El consumo de pescado, de agua dulce y
salada, fresco y en salazón, constituyó el sustento proteínico principal de los
monjes, especialmente, en las épocas de ayuno, lo que queda de manifiesto en el
propio léxico oniense. Destaca un uso genérico del romance “pescado”: “medio
de trigo e medio de ordio, e
I soldo pora pescado” (1239); “e si el pescado no nos
diéredes a esta fiesta sobredicha, que nos pechedes XII moravedís” (1258). Paralelamente aparece el latino
“piscamen” (pesca) en un texto de 1190: “damus tibi Micael Esquierdo
portionem panis, et vini, et piscaminis et de omnibus cibis quantum uni ex
infantibus”. No se diferencia si el pez es de agua dulce o de agua salada
porque a la mesa de los monjes de Oña llegaban los pescados de mar de sus
posesiones en la costa que se consumían frescos o conservados en salazones.
Bibliografía:
“Interferencias
léxicas latinorromances: las voces del agua y de sus industrias en el norte
burgalés (siglos X al XIII)”. Emiliana ramos Remedios.
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