Recuperamos esta semana al egregio Ricardo San
Martín Vadillo para que nos haga partícipes de su más reciente investigación
sobre parte del pasado de Villarcayo donde conoceremos la villa a través de las
actas de 1775. Reconozco que siempre es un placer leerle:
“Para todos aquellos amigos con los que
compartí infancia y juventud en Villarcayo, sus nombres permanecen indelebles
en mi memoria”.
Un verano más he pasado mañanas y tardes en el
Archivo Histórico de Las Merindades. Desde aquí expreso mi agradecimiento a
María Arce Fueye por su forma de atenderme y facilitarme mi labor
investigadora.
La carpeta con signatura 327, Fondo Villarcayo, del
año 1775, fue una agradable sorpresa; no esperaba que contuviese tal número de
noticias curiosas e interesantes sobre el río Nela, Villarcayo y sus gentes.
Es un legajo bien conservado, con tinta de buena
calidad y perfecta nitidez. En su interior hay varios folios escritos en letra
de imprenta con Reales Cédulas sobre temas diversos: ordenanza de reemplazos
del ejército, ordenanza de levas, órdenes para fomento de la industria del
pueblo o recogimiento de vagos y mal entretenidos. Leo en su portada: “Libro
de Acuerdos de el Ayuntamiento de esta villa de Villarcayo y su Junta Municipal
de Propios y ramos arrendables de la misma. Escribano: Esteban Rodríguez Galaz”.
En la parte superior de esa portada el escribano recogió esta invocación
religiosa: “Jesús, María y José. Año de 1775”. Con letra posterior va
escrito: “No tiene quenta alguna”.
El primer documento tiene como protagonista al
maestro de cantería y carpintería, Mateo Fernández, del lugar de Manzanedo, que
presenta el presupuesto de reparaciones que eran necesarias para solucionar los
daños tras la crecida del río Nela (3 de junio 1775). Sabemos que Mateo, y
Benito Varona, trabajaron como “perito nominado de oficio” en 1770. En
ese momento Benito tenía 50 años y Mateo 42 años. Estos datos están contenidos
en la Ejecutoria de un pleito entre Cidad de Ebro y Manzanedillo. Estos maestros
canteros identificaron mojones, examinaron paredes nuevas y determinaron la
capacidad de tierras sembradas.
Con relación a la crecida del río Nela se escribía:
“Yo, Mateo
Fernández, vezino del lugar de Manzanedo, maestro de cantería y carpintería,
respecto el cargo y mandato de los señores de la Junta Municipal de esta villa
de Villarcaio para que reconozca los daños que en la puente de ella y otros
sitios y gouierno de su común y término, que los diez y nuebe y veinte y
veinteiuno del prósimo pasado (19, 20 y 21 de diciembre de 1774) hicieron las
grandes auenidas del río Nela, zenaga y arroios que pasan por él y reconocido
uno y otro se halla[n] de precisa composición los sitios y parages siguientes,
con el coste que deue tener cada uno. Puentes: Lo primero, resulta que deuajo
del puente y orilla del arco, a descalfado los cimientos de la cepa por uno y
otro lado como un estado de profundo, que considera para su recalzo y relleno y
empedrado de entre arco y arco para su permanencia, tener de costo mil
quinientos reales (1.500 rls.). Estacada: Ygualmente, considera tener de costo
el desfalco que ha hecho el río Nela en el término que llaman Olmo Caído, para
hacer su estacada o fuerte de piedra, para que las aguas no se vaian a la
villa, en siete mil y trescientos reales (7.300 rls.). Y también se reconoció
el descalfo (sic) que hizo la cenaga delante de la casa donde vía [vivía] Josef Fernández, veredero, maestro de a caballo, y considera tener de
costo para su relleno y empedrado, trescientos y cinquenta reales (350 rls.).
Ygualmente, se reconocieron varios pedazos del empedrado de la Plaza y calzada
que va a la yglesia y considera necesario para su composición ochocientos
reales (800 rls.). De manera que considera precisas las cantidades que deja
espresadas para su composición, que hacen nuebe mil nouecientos y cinquenta
reales (9.950 rls.) y así lo declaro según mi entender y sauer y mi conciencia
me dicta y para que conste lo firmo en esta dicha villa de Villarcaio, a tres
de junio de mil setezientos setenta y cinco”.
Aquí nos encontramos con un maestro de cantería y
carpintería de la zona (Manzanedo), es de suponer que adquirió su arte
trabajando previamente a las órdenes de otros maestros canteros de renombre y
amplios conocimientos. Segundo, quedan patentes los destrozos que el río Nela y
las ciénagas circundantes a Villarcayo causaban. Para contener las crecidas del
Nela tan sólo se contaba con una estacada, sita en el término de Olmo Caído
(¿dónde pudo localizarse tal lugar?), quiero pensar que no lejos de la actual
zona de baños, lo que conocemos cómo las piscinas naturales. Tercero, existía
un único puente (¿a dónde conducía?) del cual no se da nombre ni ubicación,
parece que era de un solo ojo porque se habla “del arco”, en singular.
Cuarto, el Nela en 1775, sin medidas serias de contención llegaba, en sus
crecidas, hasta la Plaza y la iglesia de Santa Marina. El mencionado Josef
Fernández, cuya casa estaba junto a una ciénaga, descrito como “veredero,
maestro de a caballo”, era un correo, un encargado de llevar despachos de
un lugar a otro a caballo. Ese dato nos habla de la conexión del Ayuntamiento
de Villarcayo con otros lugares, indudablemente la Corte de Madrid, de donde se
recibían y se llevaban despachos oficiales. Todo ello nos aporta unas
pinceladas valiosas sobre cómo era Villarcayo en ese tercer tercio del siglo
XVIII.
No menos interesante por su valor humano es lo
contenido en la doble cuartilla siguiente. La letra es clara, nítida, se ha
conservado intacta después de 251 años. Muestra los intereses y preocupaciones personales
de Santiago Sarmiento, mayordomo y criado del corregidor: don José García de
Leca y Bernal (no se le identifica por su nombre) o del teniente de regidor,
podía ser don Juan de Dios González. He aquí ese breve documento: “Señor: Santiago Sarmiento, mayordomo y
criado de vuestra señoría, hace presente ser incompatible el travajo de tal con
el salario de quatro ducados anuales [44
reales, es decir, 1.496 mrs., salario ciertamente muy bajo, mínimo] que bien considero no hay para zapatos, por
lo qual, suplica rendidamente se sirva vuestra señoría añadir aquello que
contemple merece tal oficio y faena, en que recivirá merced de tal ilustre
villa. Villarcayo, enero, 4, de 1775. De vuestra señoría rendido criado:
(firma. Santiago Sarmiento). (Abajo: Ilustre villa de Villarcayo)”. Esa
expresión de “no hay para zapatos”, podría ser equivalente a la actual
de “no tengo ni para pipas”.
En el fol. 4r, con fecha 4 de enero de 1775, letra
con tinta de peor calidad, pero perfectamente legible, se nombran todos los
integrantes del Ayuntamiento; no había corregidor nombrado en ese momento o
posiblemente se hallaba ausente, actuaba como teniente de regidor decano y
síndico general de Las Merindades, don Juan de Dios González; se llamaba a
cabildo mediante toque de campana, era procurador síndico del común -interesante
figura institucional- Benito Díaz Saravia; el Ayuntamiento lo componían 22
representantes del estado de hijosdalgo, más tres personas del estado general y
hombres buenos. Se vio un despacho por el cual se ordenaba hacer padrón de los
vecinos en 1775 que, de encontrarse nos permitiría conocer los nombres de todos
los vecinos en ese año; se nombra como empadronador del estado noble a Manuel
Fernández y por el estado general y hombres buenos a Manuel Martínez, ambos
vecinos de Villarcayo.
El siguiente acta nos lleva al 23 de febrero de
1775. Se recoge por el escribano la queja de algunos vecinos de que el cortador
del matadero o carnicería no había querido dar sebo a ninguno de los moradores.
Fue llamado al Ayuntamiento por el teniente de regidor y se le ordenó que
trajese las llaves de la carnicería. El cortador se negó diciendo que “no quería ni tenía qué hazer en dicha carnezería” el procurador síndico y que era su obligación cuidar de los abastos públicos;
don Antonio Bustillo dijo que “se cuiden
y celen entre los demás abastos de el de carnizería”, pidió que se vigilase
que lo que se vendía en la carnicería tuviese la calidad adecuada y a los
precios estipulados. Como se produjo votación al respecto, los diferentes
integrantes de la reunión expresaron sus pareceres personales al respecto.
Entre las ordenanzas recogidas, con letra de
imprenta, llama mi atención, por haberlas visto antes en el AMAR, Archivo
Municipal de Alcalá la Real, las referidas a vagos y mal entretenidos. Está
impresa en Aranjuez, a 7 de mayo de 1775, es una orden del rey Carlos III, por
ella se ordena la leva y como medios para ese alistamiento forzoso “prender y detener los vagamundos, ociosos y
mal-entretenidos [...] vagos y ociosos aprehendidos, que fuesen
hábiles, y de edad competente para el manejo de las armas, se mantendrán en
custodia y sin prisiones [...] en la clase de vagos son comprehendidos,
todos los que viven ociosos, sin destinarse a la labranza o a los oficios,
careciendo de rentas de que vivir.”
El acta del 31/03/1775, trata de la invasión de
ciertos parajes por ganados mayores, menores y cerdos en los lugares de
Villacomparada de Rueda. Son el brezal de Peras Albas y el de San Pedro e
incluso en los barbechos “haziendo con
estta entrada bastantte daño, pues la executtaron por los panes [trigales] y sembrados que hauía en aquellos sittios [...] que pasen a el
regimiento y vezinos de el dicho pueblo de Villacomparada y le requieran se
abstenga de que sus pastores se yntromettan con sus beredas en los sittios y
parajes que se haga daño y perjuizio a los panes [...] y la misma
ynsumizión hagan a el pueblo de Santta Cruz...”
Viene a continuación el acta del 25/04/1775. Ese
día se reunieron -¡interesante!- “en el
juego de bolos” de la villa de Villarcayo. Esto me recuerda que, en el
siglo XVII, por retarse a jugar bolos en el Soto de la bolera de Villarcayo, los
regidores de Mozares, Campo, Torme y Miñón y no asistir a una reunión del
Concejo se les impuso una multa de 200 maravedís (Bolos tres tablones).
Según el difunto Manuel López Rojo lo mismo les sucedió a los regidores de
Escaño, Escanduso, Tubilla y Cigüenza.
Se acuerda que “en
el tiempo de los fruttos”, es decir, de la recolección, hubiese persona que
tocase las campanas cuando había nublados “así
de noche como de día nieblas y a las mañanas y medio día de cada vno”. Se
sacaron esos puestos a remate y se nombró a Domingo Fernández de Cambarro y
Francisco de Regulez, “en quatro fanegas
de pan, por mitad trigo y centteno”. Los salarios se podían pagar en dinero
-ducados, reales o maravedís- o en trigo, cebada o centeno.
Se habló también de que para San Juan de junio (indicaremos
que era costumbre fijar esa fecha para el comienzo y final de los contratos,
arrendamientos, etc.) se remate el mesón y abacería de la villa por tres años,
pero el mayordomo dice que nadie ha hecho “postura” (puja); se acordó,
entonces, dejarlo en suspenso hasta otra Junta y fijar avisos al público
informando de tal arrendamiento del mesón.
Asimismo, se tomaron medidas para que los ganados y
caballerías no dañen los “panes”, los sembrados, lo cual ha causado
altercados entre los vecinos, se contraten guardas y a quien lo incumpla se le imponga
pena de cuatro reales. “Se les permitte a
los vezinos que las tengan o las quieran tener, el pasto de los oteros, su
camino para hir a él de paso, sin detttenerse...” Estas prevenciones se
mantendrán hasta que estén todas las sementeras cogidas y cosechadas.
Si antes vimos que una de las reuniones de los
representantes del Concejo se celebró en el juego de bolos, ahora vemos otro
lugar: “En la villa de Villarcayo y su
portal de la Casa de Justizia, fronttero a la Plaza pública...”. Aquí se
celebró la reunión de la Junta municipal del día 30 de abril de 1775. Vuelve a tratarse
del alquiler del mesón; en esta ocasión se presenta Manuela González, viuda,
para hacer su puja “y puso dicha casa
mesón, su surttido y albazería, por el tiempo de tres años que han de dar
principio a correr desde primero de julio benidero de estte presentte año y
fenezer en el fin de el de junio de el año que bendrá de mill setezientos setenta
ocho, vajo obligazión de afianzar a sattisfazión de estta Juntta en la cantidad
de nobezienttos y cinquentta reales de vellón (950 rls.) que ha de dar y pagar en
cada vno a el thesorero que es o fuere de estta dicha villa…”
Saltamos a la breve acta del 14 de mayo. En ella apuntaron
que se reúnen en Junta los representantes del común y dan por bueno y aprobado
el padrón que se ha elaborado de vecinos de Villarcayo y su anejo Quintanilla
(entiendo, Quintanilla Socigüenza).
En otro acta de una reunión de cabildo del 21 de
junio de 1775, se reúnen “en la villa de Villarcayo y sala consistorial”
(con lo que vemos así, al menos, tres lugares de reunión). Ese acta nos da
noticia de los daños materiales que las crecidas del río Nela causaban en
Villarcayo y sus alrededores: “Y así
congregados por ante mí el escribano (Esteban Rodríguez Galaz) se hizo presente
cómo en virttud de las crecidas de el río Nela, que pasa por las ymediaciones
de estta dicha villa y cenagas que también lo hazen, hauían sido motibo de
poner los sottos de tal calidad que los bueyes de labranza no se pueden manttener
en ellos por causa de la mucha arena que les a dejado, en cuio supuestto para empartte
remediar estte daño por algunos días hera combeniente se pasase a esttar con el
regidor y vezinos de el lugar de Tubilla para que en los monttes y parajes que
tiene abundanttes conceda su permiso y lizencia para que se deje tener en ellos
dichos bueyes de labranza, pues por ello se le dará lo que parezca combenientte
según el tiempo que permanezcan [...] también dicho regimiento de estta dicha villa
haga que las bigas y leña que ha traído dicho río y esttá en los términos de
ella se recojan...”
Al no haber o estar ausente el corregidor en ese
momento, era alcalde presidente el regidor decano don Pedro de la Peña Saravia,
y tenientes de regidor don Ignacio Saravia, y don Bruno Fernández. Se llamaba a
cabildo “con aviso antedía y toque de campana”; a las nueve de la mañana
comenzó esta reunión del 9 de julio de 1775 a la que asistieron: Ignacio
Saravia Rueda, teniente de regidor, Felipe Ruiz de Revolleda, Antonio Guernica,
Julián Fernández, Alejo Cotorro, Manuel Díaz Saravia, Marcos Francisco de
Iteza, Domingo Pereda, Joseph Varona, Manuel Fernández, Manuel Domingo Lope,
Juan Rodríguez, Joseph Fernández, Manuel Fernández de la Lastra, Juan Antonio
Ruiz de la Peña, Apolinario de Torres, “todos
vezinos de estta villa por el estado de hijosdalgo”. Y por el general y
hombres buenos: Simón y Francisco Martínez, Santiago Sarmiento. Era síndico
general de Las Merindades de Castilla Vieja, don Luis de Salazar, regidor.
El acta de 09/07/1775 recoge los siguiente: “la carrera de sotto de Andino se quería, por
ebitar los daños que hiziesen los bueyes, se arrendase para segar, y hecho
cargo este Ayuntamiento, acordó se pazca con todo cuidado sin dañar los panes
con pasttores de el mejor celo en ebittarlos y por la mañana quando bayan a
arar suelten en el sittio donde esttén dicha carrera y cenaga y arroyos que hay
sin hazer daño en los sembrados, vajo de que el que no lo hiziese se les
castigue por el regimiento según corresponde”. Ese término de “carrera
de soto de Andino”, luego citado como “carrera y cenaga y arroyos”,
me resulta de difícil comprensión. Tal vez se refiera a una franja de terreno para
paso de los bueyes.
En el acta del día 10 de agosto de 1775, recoge un
avecindamiento. Se trata de la solicitud de don Agustín Bautista de Villota,
natural de la villa de Medina de Pomar, que solicita se le reciba como vecino
de Villarcayo, “del comercio de la
carrera de Yndias, en la ciudad de Cádiz, pedía se le admittiese por vezino de
estta dicha villa de Villarcayo y al goze de el esttado de caballeros
hijosdalgo que le correspondía, para lo que exibió su poder especial...”
Por su parte los integrantes de la Junta aceptaron su petición y se le recibió
como nuevo vecino.
Estamos ya a 10 de septiembre de 1775 y su acta
vuelve a incidir en los destrozos causados por el río Nela en sus avenidas: “... se dio a enttender por el dicho
regimientto cómo el cargado (?) executtado frente la casa de doña Josepha
Gómez, saliendo a el juego de bolos, con las abenidas de la cenaga y los exidos
(?) entre los arcos de la puentta [¿puente?] nezesitaban prontto reparo y
composizión, en cuio supuesto se acordó que dicho regimiento y procurador
síndico den su disposizión con puntualidad de hazer dicho reparo, que quede con
la mejor seguridad y permanenzia para ebitar maior daño que el que ha padezido
y puede sobrebenir...”
Una puntualización sobre la figura del “procurador
síndico” en Las Merindades de Castilla Vieja. Diré que en los Libros de Actas
del Archivo Municipal de Alcalá la Real (Jaén), (A.M.A.R.) hay cientos de
textos y noticias referidas al “síndico personero” o “procurador general del común”.
Sin embargo, “procurador síndico”, en Las Merindades, y “síndico procurador”, en
Alcalá, no son la misma figura jurídica, hay algunas diferencias entre ellos: la
terminología es similar pero no las funciones: el procurador síndico en Las
Merindades actuaba como representante de una jurisdicción supramunicipal, la
Merindad, mientras que en Alcalá era un cargo dentro de gobierno municipal. Así
pues, en Villarcayo y el resto de Las Merindades, el procurador síndico actuaba
como defensor y valedor de los intereses colectivos de la Merindad y sus
habitantes. Sí que era común la duración del cargo: un año, tanto en Las
Merindades como en Alcalá. La función principal del procurador síndico en Las
Merindades era “defender los derechos, acciones y pertenencias de Las
Merindades”, para ello: presentaba reclamaciones y denuncias, hacía
peticiones, representaba a Las Merindades ante particulares y organismos,
defendía privilegios y derechos, reclamaba ante repartimientos dictados,
incluso frente a órdenes dictadas por el rey.
Dicho esto avanzamos hasta el acta del 10 de octubre
que contiene nuevas referencias a posteriores avenidas y daños en propiedades
del común, en esta ocasión resultaron afectados los arcos del puente; para
arreglar esos destrozos el rey concedió una facultad: “facultad que se hauía conferido para la composizión y reparo de el
desfalco hecho por las abenidas en los arcos del puente por el cimientto y dio [¿río?] cerca de el Orno, se hauía formado la quenta de gastos hechos en ello
y jornales de oficiales y para su pago se hauía hecho el libramiento [...] setenta y tres reales y catorze maravedís...”
En diciembre tenemos un primer acta del día tres. Se
trata del arrendamiento de las tabernas, peso, horno y parrado, todas propiedad
del común, pero no se presentó nadie que hiciese oferta de arrendarlas, por lo
cual se estableció día para un próximo remate.
Esa segunda subasta se celebró en sesión del 10 de
diciembre de 1775, -¡por cierto, parece que todas las reuniones de la Junta se
celebraban en domingo!-fue presidida por el teniente de regidor decano don
Pedro de la Peña Saravia. Se volvieron a sacar a remate las tabernas de la
villa y el horno de cocer pan, ambas de los propios. El horno del pan se remató
en Manuela González, viuda, por 16 ducados cada año, como lo había tenido hasta
ese momento. Luego salió a remate el afialdama (palabra que debe estar relacionada
con el verbo “afieldar”, poner una balanza en fiel). En definitiva, se refiere
al fiel del peso y peso quintalero de la villa y tras varias pujas se dio por
rematado para el año de 1776 en 1.150 reales en Domingo Fernández Cambarro,
como mejor y último postor. También se sacó a remate el surtido del
aguardiente, de buena calidad, que se deberá vender al precio que estipule la
Junta, separado del de vino blanco y tinto, “sin que ympida que qualquiera vezino o abittantte pueda tomar de los
pasiegos v otros que de paso vengan por esta villa a benderlo vna azumbre media
o quarttillo para el remedio de sus casas y en esttos términos, pacttos y
condiziones precedidas las ceremonias acostumbradas // y la de dar por medida a
dos quarttos la menor...” Se dio por rematado en Julián Peña, vecino de la
villa, en 500 reales. Otro remate sacado a subasta fue el barrido de la Plaza,
que se adjudicó a Josef Fernández, en 48 reales. Respecto al surtido de las
tabernas de Villarcayo “así de vino
blanco y tintos de la Naba, Ribera y Valdivielso, no hubo quien diese más que
diez mill reales por Juan Rodríguez [...] que no se admittió”. Se sacaron a
remate siete olmos entresecos que el Nela se había llevado y derribado, el
mejor postor fue Josef Fernández, en 40 reales.
En sesión del 17 de diciembre de 1775, se reúnen para
volver a rematar ciertos servicios controlados por la Junta de propios de
Villarcayo: sale a concurso de nuevo el surtido de vinos de la taberna de la
villa “así de binos blancos de la Naba,
como de la Ribera de Aranda, vno y otro de buena calidad, que además de su
costte y portte en la madre y traída de ella a esta dicha villa, se le ha de
poner y cargar lo que por real ynsttruzión de su magestad le coja [...] además a de tener taberna separada de vino de Baldibielso, de buena
calidad, [...] que ningún vezino pueda bender canttareado
de cuba alguna que tenga más que de las cubas de su cosecha de Baldibielso de
las que traiga de tierra de la Naba [...] a de ser obligado a dar a cada vezino o
abittante vn cánttaro o medio para algún día de las festibidades señaladas de
esta dicha villa...” Se remató en Benito González, de Villarcayo, en 776
reales cada año.
El último folio de este documento tan interesante y
pleno de datos sobre aquel Villarcayo de 1775, está dedicado a la elección de
oficios y cargos para el cercano 1776. En la sala consistorial se reunieron el
día 26 de diciembre de 1775, ahora sí, ya presididos por el licenciado don José
García de Leca y Bernal, corregidor de las Siete Merindades de Castilla Vieja.
Se dieron los votos:
- Primero se votó para elegir tres regidores, hecho
el recuento por el procurador síndico y vecinos resultaron elegidos: don Manuel
Díaz de Saravia, don Juan de Dios González y don Eduardo de Andino, los cuales
reunidos con el corregidor eligieron los regidores para 1776: don Josef de
Varona, don Eduardo de Andino; para procurador síndico salió elegido don Alejo
Cotorro de Porras.
- Prosigue el documento: “Por fabriquero maiordomo de fábrica de la gloriosa Santa Marina, de la
yglesia parroquial a don Agustín Bauptista de Villota, vezino de esta dicha
villa”, como su teniente se eligió a Manuel Antonio Saravia, su cuñado.
Aquel “fabriquero mayordomo” era el administrador de los bienes de
fábrica de la iglesia de Santa Marina. Dato importante y curioso para señalar
el interés de los vecinos por ayudar y participar en la conservación y
administración de la iglesia del pueblo.
- Se votó también el cargo de “coletor” (colector
o recolector) de Bulas de la Santa Cruzada (recuerdo de niño, años 1956 o 1957,
que mi abuela me mandaba con el dinero a comprar las bulas, para poder comer
carne en Semana Santa, a la cercana casa del cura, don Jacinto).
- Asimismo, se votaron los cargos de “siseros”
(recolectores de las sisas, impuestos indirectos cargados sobre ciertos productos:
vino, aceite, carne, jabón, etc.), fueron elegidos Manuel Ruiz de Rebollar y Manuel
Fernández. Como apreciadores de los daños del campo se eligió a Julián
Fernández y Marcos Francisco de Cieza.
Espero haber contribuido con este documento a un
mejor conocimiento de este momento (1775) de la historia de mi pueblo natal. De
igual modo, a que los lectores de 7 MERINDADES disfruten de tan sabrosos e
interesantes datos sobre la historia de Villarcayo y sus gentes.
Gracias, Ricardo.
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