Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 1 de noviembre de 2026

El Primero de Noviembre.

 
 
En una fecha tan señalada por tradición española y por influencia de ida y vuelta del mundo céltico debemos hablar de “el último viaje” y de lo de después. Es por ello que recuperamos un artículo del “Semanario Pintoresco español” firmado por “el Incógnito” del año 1843. No hablará de Las Merindades, pero sí de cosas que permanecen en el tiempo y nos afecta a todos.
 
El 3 de abril de 1836 apareció el "Semanario Pintoresco Español", de la mano de Ramón de Mesonero Romanos, siendo una de las revistas románticas de mayor prestigio y duración. De hecho, duró más que el romanticismo como corriente cerrando el 20 de diciembre de 1857. Con esta revista podemos estudiar el desarrollo histórico de los distintos géneros literarios y, en general, de los cambios ocurridos en la literatura de la época.

 
Viajen con nosotros para leer un artículo muy de un día como hoy. Mañana ya volveremos.
 
“Nuestra vida está llena de innumerables males.
¿ Que es el hombre? Una flor animada.
Goza poco tiempo de la vida: el mismo instante que le ve nacer,
le ve morir. (Niemcowith)
 
¿Entre cuantos peligros camina el hombre
el corto trecho que hay de la cuna al sepulcro? (Cadalso)
 
Era ya bastante entrada la tarde de aquel día; yo me hallaba poseído de ese mal, que la atmosfera cenicienta de su país hace tan común en los ingleses, al cual se da el nombre de spleen , y del que tampoco nos hallamos del todo libres, los que tenemos la felicidad de vivir en nuestra hermosa España, y particularmente bajo la influencia del bello sol madrileño y de su hermoso cielo rara vez nublado.
 
Las campanas anunciaban, con lúgubre clamor, la ausencia de los muertos; todo parecía conspirar á aumentar la profunda melancolía que se había apoderado de mí. En esta disposición de ánimo determiné salir á la calle, por ver si lograba distraerme con la diversidad de objetos que ofrecen las de la capital al curioso, y recobrar el buen humor que no suele abandonarme con frecuencia.

 
La multitud de gentes que, siguiendo la misma dirección, ocupaban las dos aceras, me hizo acordar de la costumbre que el día de todos los santos hay de visitar los cementerios. Hallábame en la calle de Fuencarral, y como no tuviese objeto determinado, me decidí á pasear por el mismo sitio que la multitud que me precedía, la cual por idéntica razón que en Navidad va á la plaza y Santa Cruz, por carnaval á las máscaras, en Semana Santa á las iglesias, el día de San Isidro á la ermita del Santo, las vísperas de San Juan, S. Pedro y Virgen del Carmen, á las llamadas verbenas, y durante las ferias al sitio donde las coloquen, se dirigía á los campos-santos, no como gentes deseosas de derramar lágrimas, colocar una corona de flores sobre el sepulcro de los suyos y pedir á Dios por ellos; sino como personas que van á solazarse, y ocupar el tiempo que falta, para la hora de entregarse á la broma y banquetes de aquella noche.
 
Salí por la puerta de Bilbao, y no tardé en hallarme en la mansión de los muertos, llena á la sazón de gentes que una vez al año, usurpan el lugar de los difuntos, y les disputan su último asilo; después de leer el “Exultabunt ossa humiliata” [los huesos humillados se alegraran] estampado sobre la puerta, penetré en el primer patio, á cuyo frente se halla la hermosa capilla obra de Villanueva.
 
Chocábame en extremo la animación y alegría de la concurrencia, en un sitio que infunde naturalmente cierto sentimiento de respeto, que hace hablar por lo bajo, en tono grave, y que el acento sea misterioso y reservado; en vez del terror de que parece deber poseerse el que pisa aquel sagrado recinto, notábase en los rostros de la generalidad, una tranquilidad, un bienestar, que demostraban la indiferencia con que miraban los sepulcros de sus parientes y amigos, y lo poco que fatigaban su imaginación, con reflexiones tristes, al pisar sobre un pavimento mal seguro y nivelado á fuerza de cadáveres, al pasar junto á un foso en que son colocados sin distinción de sexos ni edades, y casi sin separación, los cuerpos que no son bastante afortunados para ocupar un mezquino lugar en los llamados nichos”.
 
El Noticiero nos deja información adicional contándonos que por cada nicho se pagaban 8.000 reales si se contrataba a perpetuidad y 460 reales por cuatro años tras los cuales podía renovarse el alquiler o tirar los huesos en un osario.
 
“Este hoyo común no puede mirarse sin espanto; allí la azada del enterrador ha reunido á los que han vivido [a] muchas leguas unos de otros, á los que jamás se han conocido, allí reposan juntos enemigos irreconciliables, allí valientes que acaso toda la vida se hayan hecho cruda guerra, y que en la actualidad duermen unidos por una eternidad; allí el reo y los jueces que le condenaron; todo se mezcla y se confunde en aquel foso terrible.

 
Recorría yo entre la concurrencia los grandes patios del cementerio, y leía de paso algunos epitafios é inscripciones reducidas las más á decir el nombre, estado y lugar del nacimiento del que allí reposa, y extensivas otras á fijar los títulos y honores que obtuvo en el mundo, diferenciándose únicamente los nichos en las lápidas colocadas á su frente, bien de mármol o simplemente de yeso, y adornadas con alegorías, cruces, escudos, y atributos.
 
Es una cosa inexplicable, que cuando el espíritu de reforma ha cundido ventajosamente en todos los locales de pública utilidad de La Corte, los campo-santos permanezcan en el mismo estado que 40 años hace; en vano el forastero buscará cuidados jardines y arboledas, que hagan variar el aspecto de esta lúgubre mansión; en vano se molestará para hallar elegantes mausoleos, erigidos á determinadas personas, y á los cuales pueda ir á derramar una lágrima y elevar una plegaria, el pariente ó el amigo; vergüenza es decirlo, no hay más que uno, situado á la espalda de este cementerio, rodeado de algunos cipreses, y levantado por la piedad de una hija, cuya historia es bien conocida.
 
A los hombres célebres que en cualquier sentido han honrado y hecho grandes beneficios á su patria, les cabe la misma suerte que al más Ínfimo hijo del pueblo: ninguna consideración, ningún lugar preferente está designado para conservar sus cenizas, y para que la juventud pueda acudir allí á llorar y á adquirir inspiraciones. El Panteón Nacional tantas veces proyectado no existe aún, y la patria seguirá perdiendo los restos de sus hombres célebres, como ha sucedido con los de Cervantes, extraviados en las Trinitarias, Lope de Vega que se hallaba en San Sebastián, Montaban que estaba en San Miguel; concurriendo en estos la circunstancia de ser hijos de Madrid; no hablemos de las provincias, donde á excepción de alguno que otro, apenas ha quedado ningún sepulcro de tantos guerreros, literatos, poetas, pintores y sabios, con cuya memoria se honra justamente España.


No era solo la curiosidad lo que me hacía recorrer los patios de cementerio; buscaba la sepultura de un amigo íntimo, á quien un año hacia había tenido el sentimiento de perder y acompañar á su última morada. Una enfermedad la más cruel de todas, porque se complace en herir con preferencia á la juventud, y ataca á los órganos de la respiración, le había privado de la vida á los 25 años, diez meses después de su casamiento con la hermosa Luisa, á quien amaba con delirio desde tierna edad, y por cuya felicidad había trabajado y sufrido las vigilias de una penosa carrera, que le proporcionó por fin una buena posición en la sociedad. Leí al cabo el nombre del compañero de mi infancia, y después de permanecer un rato en aquel lugar, una lágrima caía de mis ojos: me volví, fijé mi vista en el sitio en que reposaba, y le dirigí el último saludo.
 
La hora del crepúsculo era ya, la multitud había dejado casi desocupado el campo-santo, eché una mirada alrededor y solo vi algunos grupos que se alejaban y lacayos vestidos de gran gala, apagando las hachas que habían cuidado de hacer arder durante toda la tarde, y con lo cual sus amos creían haber cumplido los deberes que les imponen, ya que no otra cosa, las riquezas heredadas de aquellos á cuyo sepulcro enviaban por fórmula [a] sus lacayos, y los honores que tanto orgullo les dan y que han costado adquirir á sus antepasados privaciones y desvelos.
 
En un ángulo del tercer patio de la izquierda, y á la escasa luz que reflejaba la pared de la capilla, se veía una mujer arrodillada ante uno de los nichos; aproximándome pude distinguir una joven vestida de negro, estaba con la cabeza Inclinada sobre el pecho, y las manos juntas, orando con fervor. Traté de leer la lápida del nicho, curioso de saber quién era el que hacía que aquella mujer se detuviese en aquel sitio, á aquella hora; ningún movimiento hizo al acercarme, pero sin embargo, temiendo Incomodarla, me separé y pude ver que aquel costado estaba destinado á sepulturas de niños; leí algunos versos que se velan grabados allí, y conservé en la memoria los dos siguientes.

 
Decía el primero:
 
Ángel del cielo, descendió á la vida
Sin mancha Adela, y de beldad modelo.
En lo mejor de su niñez florida
Sin mancha y sin temor volvióse al cielo.
 
Sobre la lápida en que estaba el segundo había una corona de siempre-vlvas; he aquí lo que en su centro se leía:
 
Ángel hermoso que al cielo
Volastes en tierna edad
Dejando en la soledad
A tus padres sin consuelo;
Pide al señor que su duelo
Mitigue, y no juzgue Impío
Quererte en su desvarío
Mejor que allí, en este suelo.
 
Viendo que la joven permanecía de rodillas, traté de satisfacer mi curiosidad, preguntando á un enterrador que se veía á lo lejos; el cual me dijo, que aquella señora había perdido á su marido, y á una niña de diez años, y que todas las tardes concurría á aquel sitio, añadiendo que era la única persona que hacia otro tanto.
 
Aunque ciertamente esta indiferencia por sus mayores sea censurable, no lo es tanto si se atiende al poco sano olor que hay por la falta de jardines y arbolado, y más que todo á la mala disposición del cementerio, y á no haber ningún sepulcro separado, ningún sitio particular para satisfacción del corazón, y para las plegarias á un objeto querido, que la religión y la piedad exigen de un hijo, de una esposa y de un amigo; de allí el que no se vea una lágrima, no se oiga un suspiro, y el que las visitas á nuestros campo-santos sean tan raras.
 
Había ya anochecido completamente, y me hallaba solo en aquel recinto; dispuse salir, y al pasar por la puerta, pude oír á un hombre que la estaba cerrando, y que hablaba con otro:
 
-Lo que es por ahora no puedo pagarte, veremos si más entrado el invierno caen algunos “pájaros gordos”, y espero ganar para darte tu dinero. ¡Hasta este punto llega la especulación de los hombres!

 
Emprendí el corto viaje que tenía que hacer de la ciudad de los muertos á la de los vivos; el frío de la noche helaba mi cuerpo, las hojas amarillentas de los árboles caían á impulsos del invierno, las campanas que doblaban en algunas parroquias, el aullido lejano de un perro, y el triste eco del clarín que hería mi oído, todo contribuía á aumentar mi melancolía; hallábame en una altura, desde la cual se oía un murmullo sordo, semejante al ruido monótono de las olas del mar, producido por el movimiento y agitación de la población; acordeme entonces de las debilidades de los hombres, descendí á sus pasiones humanas, y se agolpó en mi imaginación todo lo que se halla confundido en la sociedad, la risa y el llanto, la calma y la desesperación, la venganza y la calumnia, la intriga y la ambición, la maldad y la envidia.
 
Entré por fin en la población; una Indefinible impresión dominaba mi pensamiento; á medida que avanzaba aumentábase la animación, el movimiento de sus habitantes; al atravesar una calle me encontré con la bulliciosa algazara de infantil cuadrilla, que seguía á dos coches: era un bautizo.
 
¡Por todas partes alegría! ¡Por todas animación! Me hallaba entonces frente á la casa de la viuda del amigo, cuya tumba acababa de visitar; llamó mi atención una larga fila de coches parados a la puerta, y más aun los débiles ecos de una orquesta, y el movimiento que se notaba en la casa.
 
-¿Qué función hay aquí? Pregunté á un lacayo.
-Es una boda.
-¿De quién?
-De la señora Doña Luisa con el marqués de Chopo.
 
Sepáreme de allí; el haber permanecido por más tiempo en aquel sitio se me hubiera figurado una ofensa á la memoria del amigo querido, cuya viuda celebraba la víspera del día de los difuntos, con un nuevo enlace, olvidando al que tanto la había amado...
 
Mil reflexiones se agolpaban en mi mente; el ruido, la confusión, los gritos de alegría que se veían en varias partes, todo esto me causaba pena; figurábaseme una reunión de gentes, que habían venido á celebrar una romería para volverse después á su pueblo, al sitio de donde yo venía y del cual no debían salir más, ¡al cementerio!...

 
Llegué á casa y encerrado en mi cuarto , tomé papel y escribí lo que el lector acaba de ver ; ayer lo saqué de mi papelera y antes de asegurarme si valía la pena de publicarse, lo envié á la imprenta.
 
EL INCOGNITO”.
 
 
 
 
Bibliografía:
 
“Semanario Pintoresco Español”.