En
una fecha tan señalada por tradición española y por influencia de ida y vuelta
del mundo céltico debemos hablar de “el último viaje” y de lo de después. Es
por ello que recuperamos un artículo del “Semanario Pintoresco español” firmado
por “el Incógnito” del año 1843. No hablará de Las Merindades, pero sí de cosas
que permanecen en el tiempo y nos afecta a todos.
El
3 de abril de 1836 apareció el "Semanario Pintoresco Español", de la
mano de Ramón de Mesonero Romanos, siendo una de las revistas románticas de
mayor prestigio y duración. De hecho, duró más que el romanticismo como
corriente cerrando el 20 de diciembre de 1857. Con esta revista podemos
estudiar el desarrollo histórico de los distintos géneros literarios y, en
general, de los cambios ocurridos en la literatura de la época.
Viajen
con nosotros para leer un artículo muy de un día como hoy. Mañana ya
volveremos.
“Nuestra vida está llena de innumerables males.
¿ Que es el hombre? Una flor animada.
Goza poco tiempo de la vida: el mismo
instante que le ve nacer,
le ve morir. (Niemcowith)
¿Entre cuantos peligros camina el hombre
el corto trecho que hay de la cuna al
sepulcro? (Cadalso)
Era
ya bastante entrada la tarde de aquel día; yo me hallaba poseído de ese mal,
que la atmosfera cenicienta de su país hace tan común en los ingleses, al cual
se da el nombre de spleen , y del que tampoco nos hallamos del todo libres, los
que tenemos la felicidad de vivir en nuestra hermosa España, y particularmente bajo
la influencia del bello sol madrileño y de su hermoso cielo rara vez nublado.
Las
campanas anunciaban, con lúgubre clamor, la ausencia de los muertos; todo
parecía conspirar á aumentar la profunda melancolía que se había apoderado de
mí. En esta disposición de ánimo determiné salir á la calle, por ver si lograba
distraerme con la diversidad de objetos que ofrecen las de la capital al
curioso, y recobrar el buen humor que no suele abandonarme con frecuencia.
La
multitud de gentes que, siguiendo la misma dirección, ocupaban las dos aceras,
me hizo acordar de la costumbre que el día de todos los santos hay de visitar los
cementerios. Hallábame en la calle de Fuencarral, y como no tuviese objeto
determinado, me decidí á pasear por el mismo sitio que la multitud que me
precedía, la cual por idéntica razón que en Navidad va á la plaza y Santa Cruz,
por carnaval á las máscaras, en Semana Santa á las iglesias, el día de San
Isidro á la ermita del Santo, las vísperas de San Juan, S. Pedro y Virgen del Carmen,
á las llamadas verbenas, y durante las ferias al sitio donde las coloquen, se
dirigía á los campos-santos, no como gentes deseosas de derramar lágrimas,
colocar una corona de flores sobre el sepulcro de los suyos y pedir á Dios por
ellos; sino como personas que van á solazarse, y ocupar el tiempo que falta,
para la hora de entregarse á la broma y banquetes de aquella noche.
Salí
por la puerta de Bilbao, y no tardé en hallarme en la mansión de los muertos,
llena á la sazón de gentes que una vez al año, usurpan el lugar de los
difuntos, y les disputan su último asilo; después de leer el “Exultabunt ossa humiliata” [los
huesos humillados se alegraran] estampado sobre la puerta, penetré en el
primer patio, á cuyo frente se halla la hermosa capilla obra de Villanueva.
Chocábame
en extremo la animación y alegría de la concurrencia, en un sitio que infunde
naturalmente cierto sentimiento de respeto, que hace hablar por lo bajo, en
tono grave, y que el acento sea misterioso y reservado; en vez del terror de
que parece deber poseerse el que pisa aquel sagrado recinto, notábase en los
rostros de la generalidad, una tranquilidad, un bienestar, que demostraban la
indiferencia con que miraban los sepulcros de sus parientes y amigos, y lo poco
que fatigaban su imaginación, con reflexiones tristes, al pisar sobre un
pavimento mal seguro y nivelado á fuerza de cadáveres, al pasar junto á un foso
en que son colocados sin distinción de sexos ni edades, y casi sin separación,
los cuerpos que no son bastante afortunados para ocupar un mezquino lugar en
los llamados nichos”.
El
Noticiero nos deja información adicional contándonos que por cada nicho se pagaban
8.000 reales si se contrataba a perpetuidad y 460 reales por cuatro años tras
los cuales podía renovarse el alquiler o tirar los huesos en un osario.
“Este
hoyo común no puede mirarse sin espanto; allí la azada del enterrador ha
reunido á los que han vivido [a]
muchas leguas unos de otros, á los que jamás se han conocido, allí reposan
juntos enemigos irreconciliables, allí valientes que acaso toda la vida se
hayan hecho cruda guerra, y que en la actualidad duermen unidos por una
eternidad; allí el reo y los jueces que le condenaron; todo se mezcla y se
confunde en aquel foso terrible.
Recorría
yo entre la concurrencia los grandes patios del cementerio, y leía de paso
algunos epitafios é inscripciones reducidas las más á decir el nombre, estado y
lugar del nacimiento del que allí reposa, y extensivas otras á fijar los
títulos y honores que obtuvo en el mundo, diferenciándose únicamente los nichos
en las lápidas colocadas á su frente, bien de mármol o simplemente de yeso, y
adornadas con alegorías, cruces, escudos, y atributos.
Es
una cosa inexplicable, que cuando el espíritu de reforma ha cundido
ventajosamente en todos los locales de pública utilidad de La Corte, los
campo-santos permanezcan en el mismo estado que 40 años hace; en vano el
forastero buscará cuidados jardines y arboledas, que hagan variar el aspecto de
esta lúgubre mansión; en vano se molestará para hallar elegantes mausoleos,
erigidos á determinadas personas, y á los cuales pueda ir á derramar una
lágrima y elevar una plegaria, el pariente ó el amigo; vergüenza es decirlo, no
hay más que uno, situado á la espalda de este cementerio, rodeado de algunos cipreses,
y levantado por la piedad de una hija, cuya historia es bien conocida.
A
los hombres célebres que en cualquier sentido han honrado y hecho grandes
beneficios á su patria, les cabe la misma suerte que al más Ínfimo hijo del
pueblo: ninguna consideración, ningún lugar preferente está designado para
conservar sus cenizas, y para que la juventud pueda acudir allí á llorar y á
adquirir inspiraciones. El Panteón Nacional tantas veces proyectado no existe aún,
y la patria seguirá perdiendo los restos de sus hombres célebres, como ha
sucedido con los de Cervantes, extraviados en las Trinitarias, Lope de Vega que
se hallaba en San Sebastián, Montaban que estaba en San Miguel; concurriendo en
estos la circunstancia de ser hijos de Madrid; no hablemos de las provincias,
donde á excepción de alguno que otro, apenas ha quedado ningún sepulcro de
tantos guerreros, literatos, poetas, pintores y sabios, con cuya memoria se
honra justamente España.
No
era solo la curiosidad lo que me hacía recorrer los patios de cementerio;
buscaba la sepultura de un amigo íntimo, á quien un año hacia había tenido el sentimiento
de perder y acompañar á su última morada. Una enfermedad la más cruel de todas,
porque se complace en herir con preferencia á la juventud, y ataca á los órganos
de la respiración, le había privado de la vida á los 25 años, diez meses
después de su casamiento con la hermosa Luisa, á quien amaba con delirio desde
tierna edad, y por cuya felicidad había trabajado y sufrido las vigilias de una
penosa carrera, que le proporcionó por fin una buena posición en la sociedad. Leí
al cabo el nombre del compañero de mi infancia, y después de permanecer un rato
en aquel lugar, una lágrima caía de mis ojos: me volví, fijé mi vista en el
sitio en que reposaba, y le dirigí el último saludo.
La
hora del crepúsculo era ya, la multitud había dejado casi desocupado el
campo-santo, eché una mirada alrededor y solo vi algunos grupos que se alejaban
y lacayos vestidos de gran gala, apagando las hachas que habían cuidado de
hacer arder durante toda la tarde, y con lo cual sus amos creían haber cumplido
los deberes que les imponen, ya que no otra cosa, las riquezas heredadas de
aquellos á cuyo sepulcro enviaban por fórmula [a] sus lacayos, y los honores que
tanto orgullo les dan y que han costado adquirir á sus antepasados privaciones
y desvelos.
En
un ángulo del tercer patio de la izquierda, y á la escasa luz que reflejaba la
pared de la capilla, se veía una mujer arrodillada ante uno de los nichos;
aproximándome pude distinguir una joven vestida de negro, estaba con la cabeza
Inclinada sobre el pecho, y las manos juntas, orando con fervor. Traté de leer
la lápida del nicho, curioso de saber quién era el que hacía que aquella mujer
se detuviese en aquel sitio, á aquella hora; ningún movimiento hizo al
acercarme, pero sin embargo, temiendo Incomodarla, me separé y pude ver que
aquel costado estaba destinado á sepulturas de niños; leí algunos versos que se
velan grabados allí, y conservé en la memoria los dos siguientes.
Decía
el primero:
Ángel del cielo, descendió á la vida
Sin mancha Adela, y de beldad modelo.
En lo mejor de su niñez florida
Sin mancha y sin temor volvióse al cielo.
Sobre
la lápida en que estaba el segundo había una corona de siempre-vlvas; he aquí
lo que en su centro se leía:
Ángel hermoso que al cielo
Volastes en tierna edad
Dejando en la soledad
A tus padres sin consuelo;
Pide al señor que su duelo
Mitigue, y no juzgue Impío
Quererte en su desvarío
Mejor que allí, en este suelo.
Viendo
que la joven permanecía de rodillas, traté de satisfacer mi curiosidad,
preguntando á un enterrador que se veía á lo lejos; el cual me dijo, que
aquella señora había perdido á su marido, y á una niña de diez años, y que
todas las tardes concurría á aquel sitio, añadiendo que era la única persona
que hacia otro tanto.
Aunque
ciertamente esta indiferencia por sus mayores sea censurable, no lo es tanto si
se atiende al poco sano olor que hay por la falta de jardines y arbolado, y más
que todo á la mala disposición del cementerio, y á no haber ningún sepulcro
separado, ningún sitio particular para satisfacción del corazón, y para las plegarias
á un objeto querido, que la religión y la piedad exigen de un hijo, de una
esposa y de un amigo; de allí el que no se vea una lágrima, no se oiga un suspiro,
y el que las visitas á nuestros campo-santos sean tan raras.
Había
ya anochecido completamente, y me hallaba solo en aquel recinto; dispuse salir,
y al pasar por la puerta, pude oír á un hombre que la estaba cerrando, y que hablaba
con otro:
-Lo
que es por ahora no puedo pagarte, veremos si más entrado el invierno caen
algunos “pájaros gordos”,
y espero ganar para darte tu dinero. ¡Hasta este punto llega la especulación de
los hombres!
Emprendí
el corto viaje que tenía que hacer de la ciudad de los muertos á la de los
vivos; el frío de la noche helaba mi cuerpo, las hojas amarillentas de los árboles
caían á impulsos del invierno, las campanas que doblaban en algunas parroquias,
el aullido lejano de un perro, y el triste eco del clarín que hería mi oído,
todo contribuía á aumentar mi melancolía; hallábame en una altura, desde la
cual se oía un murmullo sordo, semejante al ruido monótono de las olas del mar,
producido por el movimiento y agitación de la población; acordeme entonces de
las debilidades de los hombres, descendí á sus pasiones humanas, y se agolpó en
mi imaginación todo lo que se halla confundido en la sociedad, la risa y el llanto,
la calma y la desesperación, la venganza y la calumnia, la intriga y la ambición,
la maldad y la envidia.
Entré
por fin en la población; una Indefinible impresión dominaba mi pensamiento; á
medida que avanzaba aumentábase la animación, el movimiento de sus habitantes;
al atravesar una calle me encontré con la bulliciosa algazara de infantil
cuadrilla, que seguía á dos coches: era un bautizo.
¡Por
todas partes alegría! ¡Por todas animación! Me hallaba entonces frente á la
casa de la viuda del amigo, cuya tumba acababa de visitar; llamó mi atención una
larga fila de coches parados a la puerta, y más aun los débiles ecos de una
orquesta, y el movimiento que se notaba en la casa.
-¿Qué
función hay aquí? Pregunté á un lacayo.
-Es
una boda.
-¿De
quién?
-De
la señora Doña Luisa con el marqués de Chopo.
Sepáreme
de allí; el haber permanecido por más tiempo en aquel sitio se me hubiera
figurado una ofensa á la memoria del amigo querido, cuya viuda celebraba la
víspera del día de los difuntos, con un nuevo enlace, olvidando al que tanto la
había amado...
Mil
reflexiones se agolpaban en mi mente; el ruido, la confusión, los gritos de
alegría que se veían en varias partes, todo esto me causaba pena; figurábaseme una
reunión de gentes, que habían venido á celebrar una romería para volverse
después á su pueblo, al sitio de donde yo venía y del cual no debían salir más,
¡al cementerio!...
Llegué
á casa y encerrado en mi cuarto , tomé papel y escribí lo que el lector acaba
de ver ; ayer lo saqué de mi papelera y antes de asegurarme si valía la pena de
publicarse, lo envié á la imprenta.
EL
INCOGNITO”.
Bibliografía:
“Semanario
Pintoresco Español”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Por favor, tenga usted buena educación. Los comentarios irrespetuosos o insultantes serán eliminados.