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domingo, 1 de marzo de 2026

Aquel Azaña que pasó por Las Merindades en 1926.

 
 
Hablar de Manuel Azaña en estos tiempos es hablar de un personaje histórico elevado a los altares del siglo XX con numerosas obras que relatan sus dudas e inquietudes durante el periodo de la segunda república española y la guerra civil pero su vida política y cultural había empezado mucho antes. Artículos, libros, cartas y diarios dejaron muestra de sus pensamientos y experiencias. Y de su visita a Las Merindades, claro. Manuel Azaña, además de político y escritor, fue un amante de la historia de España -a pesar de ser de izquierdas, dirían algunos hoy-. Desgraciadamente, era un hombre empapado del derrotismo noventayochista.

 
El sentido histórico de Azaña era selectivo y solo le interesaba el pasado que sirviese para el futuro. Azaña le dijo a Valle Inclán, para quien había inventado el cargo de Conservador del Patrimonio Artístico Nacional: (...) Les digo que soy opuesto a que se cometan actos de vandalismo, y que los escudos reales deben respetarse cuando tengan valor artístico, histórico o monumental; no es cosa de estragar la Puerta de Bisagra de Toledo arrancando el escudo de Carlos V, por ejemplo, ni de picar la fachada del Monasterio del Escorial, etcétera”. Tradición es, entonces, un elemento de Cultura. Y, como tal, el pasado hace del hispanismo, no la superioridad de raza en un credo sino lo mestizo como gesto triunfante, como lo antinacionalista. La cultura debe recuperarse y valorarse porque en ese pasado se fundan las bases políticas del presente. Lástima que los políticos de izquierda contemporáneos estén a favor de modificar símbolos por motivos electorales. Modificar el pasado al estilo “1984”.
 
Hoy en día, que vivimos en el tiempo de los correos electrónicos, los “güasaps” y los mensajes de audio, nos sorprende el tiempo en que la gente dedicaba horas a reflexionar y a remitir pensamientos y cuestiones, de su puño y letra, a amigos, familiares y correligionarios. De entre los dos últimos grupos destacaremos a Cipriano Rivas Cherif, cuñado y amigo. La relación epistolar entre estos dos hombres de letras, destacados en la vida española de 1920 a 1939, nos desnuda la mente de Azaña, el momento y su evolución política; la vida cultural española de la Dictadura de Primo de Rivera y de la Segunda República Española; los sucesos políticos de 1929 y 1930; los teatros de vanguardia de “El mirlo blanco” y “El caracol”; su vida en familia…

 
Pero, para lo que nos interesa, diremos que Manuel Azaña visitó Burgos en 1926 como vocal del tribunal de oposiciones a notarías convocado por el Ministerio de Gracia y Justicia. Para entonces, Azaña ya había abandonado el reformismo monárquico y abrazado el republicanismo.
 
Manuel Azaña (Alcalá de Henares, 1880 – Montauban, 1940) era doctor en Derecho. En 1910, entró en el cuerpo de funcionarios del Estado, con la categoría de auxiliar tercero, tras obtener el número uno en la oposición para ocupar esas plazas de la Dirección General de Registros y del Notariado, donde permaneció hasta 1931. En 1926, una reforma administrativa integró a los oficiales y auxiliares de la Dirección General de Registros en el Cuerpo Técnico de Letrados del Ministerio de Justicia, lo que ahora serían los Abogados del Estado. Azaña se convirtió en julio de ese año en uno de los oficiales jefes de sección de ese cuerpo de letrados. Unas semanas después, con ese cargo, se presentó en Burgos para integrar el Tribunal de Oposiciones de notarios. Poco antes de visitar Burgos, Azaña había recibido el Premio Nacional de Literatura.

 
Sabemos cosas de su viaje a Burgos gracias a cuatro cartas que escribió a Cipriano Rivas Cherif1 entre el 19 de septiembre y el 3 de octubre de 1926. Los folios de tres de ellas llevan el membrete del Gran Hotel Norte y Londres de la ciudad de Burgos, y otra el del Tribunal de Oposiciones a Notarías de Burgos. Vamos, que Manolo aprovechó papel del estado. ¡Cómo hace mucha gente hoy: aprovechar material de la empresa!

 
Azaña estaba agobiado por el apretado programa de actividades que le habían organizado sus anfitriones burgaleses, de los que dijo que eran todos “jurisperitos, jesuitófilos y patriotas”. Todos eran partidarios del dictador Primo de Rivera. Además de las actividades de ocio en la capital, lo llevaron de gira turística por pueblos. Una de las rutas transcurrió por la Bureba y Las Merindades. Que es la que nos interesa. Recorrieron Villarcayo, Medina de Pomar, Puentedey, Valdivielso, Poza de la Sal y Oña. Desgraciadamente sus cartas no eran una guía de viajes detallada por lo que no tendremos comentarios de todas las localidades que visitó.

 
De Puentedey dijo en su primera carta: Puentedés (ejem), donde el río perfora una montaña y forma un túnel, sobre el que está un pueblecito notable. Era día de moda en Puentedés. Varias mozas sentadas en un ribazo tocaban el pandero. Los mozos jugaban a los bolos”. Recordemos que era septiembre de 1926. Pero sigamos con las impresiones que escribió: “Medina de Pomar es muy típico, muy antiguo, con un gran alcázar, casonas nobles, y calles angostísimas, y una plaza con gran balcón sobre una planicie. Tomé papeletas para la rifa de un ternero que allí estaba coronado de flores, y si me toca, te lo llevaré a Madrid para que juegues. […] Villarcayo es llano; ancho, claro, con cuatro o cinco casonas que nos anuncian Pereda”.

 
Pero la mayor parte de esa carta está dedicada a Oña y a los ocupantes del monasterio: “Lo más notable, así desde el punto de vista artístico, como del religioso y social, de esta excursión, fue nuestra parada en la gran jesuitera de Oña”. En 1926 estaban construyendo el ferrocarril Santander-Mediterráneo y los proyectos de las nuevas escuelas onienses y del cuartel de la Guardia Civil. Dicho esto, a Manuel Azaña el caserío de Oña no le pareció guay. “La antigua abadía de los benedictinos y el pueblecito, viejísimo, tiznado de humedad, yacen en lo hondo de una estrecha garganta, al parecer sin salida. Muy altas montañas, densas arboledas, luz escasa, forman un lugar silencioso y solemne”. En cambio, tuvo una opinión diferente sobre el Cubillo -la torre del reloj- y el antepecho donde están las estatuas de piedra del primitivo panteón de los condes y reyes relacionados con Oña. Además de considerar esplendoroso el sarcófago en alabastro del obispo López de Mendoza, en el interior de la iglesia de San Salvador alabó “La sillería ojival, deslumbradora, y los baldoquines del actual panteón de los condes, y las arcas funerarias, son lo mejor. Allí están enterrados no sé cuántos Sanchos y Sanchas, y alguna Urraca, anteriores al españolismo. Pinturas del siglo XV, que están pudriéndose, cubren el fondo del enterramiento”. La frase sobre los Sanchos es para enmarcar. ¿A qué llamaba españolismo?

 
Sobre la fachada del monasterio opinó que era “neoclásica y pesadota”. Y le desagradaron, también, las hornacinas y las esculturas que acogen a condes y reyes. Dedicó, eso sí, un tiempo a la observación e interpretación del conjunto: “Todos tienen poca hornacina o demasiada estatua. Todos están por eso encogidos, algo dobladas las rodillas, y adelantan el buche. Un conde Don Sancho mantiene una bola de piedra. Para símbolo del mundo me pareció excesiva ambición en un conde castellano, y traté de buscar mejor explicación. A cuatro pasos de la fachada está la bolera del pueblo. Los moros hacían muy buenas tiradas. Supongo yo que el conde, los días que repiquen gordo, el Corpus, la Ascensión, bajará de la hornacina, y con una bola de piedra hará la tirada de honor. Más que emblema de señorío sobre el mundo, es representación magnificada del juego de bolos”. Quizá Azaña hizo esa broma -porque la explicación a la bola era eso: una broma- viendo que la bolera estaba en lo que ahora son los Jardincillos, situados junto a la plaza de Sancho García, anteriormente plaza del Convento.
 
Debemos saber que en el verano de 1926 Manuel Azaña ya había abandonado el Partido Reformista, en el que militó desde 1913 y con el que trató convertirse en diputado. La ruptura no tuvo vuelta atrás después del golpe de Estado de Primo de Rivera, en septiembre de 1923, al que los reformistas de Melquiades Álvarez no se opusieron. Con este abandono desechó la idea de un régimen democrático dentro de la Monarquía y se deslizó hacia posiciones republicanas. Republicano y con “paquete”, y gordo, a los jesuitas. Paradójicamente, siendo un adolescente experimentó una fuerte conmoción religiosa tras oír predicar a un jesuita en su Alcalá natal. Pero dejó la práctica religiosa tras estudiar en el colegio de los padres Agustinos, hacia 1897, cuando tenía 17 años. A pesar de ello, en noviembre de 1929, se casó en la iglesia de los Jerónimos de Madrid con Lola Rivas Cherif, hermana menor de su amigo Cipriano.

 
Cuando se encontró con los jesuitas de Oña, los consideró unos intrusos ocupando la abadía benedictina: “Los jesuitas instalados en Oña son un insulto a la tradición. Se despegan enteramente del carácter del monumento. No se concibe el horrendo bonete de cuatro puntas sobre un fondo románico. Casas como Silos y Oña son para monjes de cogulla. El solo aspecto y los modales del jesuita excitan mi fanatismo. Con ningún otro clérigo me sucede eso. En Oña se ve más claro que en cualquier parte lo intrusos que son”. Palabras premonitorias de su posterior acción política cuando llegó al poder y disolvió, en territorio español, la Compañía de Jesús.
 
La antipatía de Azaña hacia los jesuitas incluía su universo estético. Manuel criticó las barbaridades de algunas de las reformas que habían ejecutado los jesuitas en el monasterio de Oña: “En el primer patio, revocado y pintado, han puesto una estatua del Corazón de Jesús, que será obra de algún maurista, porque es el rostro de Don Antonio, o de [tachadura] un pariente próximo suyo. En otro lugar [en el claustro romano o barroco] hay un San Luis Gonzaga de masa, dice el Padre Marcos, o sea de cemento, con manos y cara de mármol”.
 
En aquel momento había unos 250 jesuitas en Oña. Viendo el gran número de estudiantes de filosofía y teología que había en Oña, Azaña bromeó con el hecho de que Ortega y Gasset se quejara de que en España no había filósofos. Vio alguno de los estudiantes divirtiéndose en una barca dentro de los estanques de los jardines del convento, jugando al tenis o a los bolos. “Has de saber que los jesuitas, además de filósofos y teólogos, crían truchas. […] Los jesuitas no convidan a nada, ni menos a comer de aquellas truchas. Son para insignes huéspedes y para los enfermos. Uno de los notarios de mi séquito, se pasmaba de admiración ante los peces. Admira las truchas, no porque sean gordas, sino porque pertenecen a los jesuitas”. La poca hospitalidad de los jesuitas de Oña contrastó con la que recibieron Azaña y sus acompañantes en Villarcayo, donde el alcalde les obsequió con música y comieron truchas, perdices, bistés, asados y un plato de repostería indígena, que señala que llamaban “tortilla suprema”.

 
En otra breve carta, fechada en la misma Oña, el 12 de septiembre de 1926, Azaña también le envió el epitafio, con alguna variante, a un amigo de Alcalá de Henares, a José María Vicario, con este comentario: “Ante esta impresión fúnebre, medito en la brevedad de la vida, breve incluso en esta Santa Abadía”.
 
La impresión que se llevó de Burgos y su provincia se resume en este párrafo: Toda la provincia de Burgos es un panteón, en ruinas. La capital no pasa de ser una gran sepultura, donde lo más vivo son los cangrejos, pero a mí se me antoja que los cangrejos se comen a los burgaleses, y darán fin de ellos”.
 
 
 
 
Bibliografía:
 
“Azaña en Burgos (1926): Impresiones de un notario que llegaría a presidente de la república”. Eduardo Rojo Díez.
“Manuel Azaña en Oña. El notario que detestaba a los jesuitas y fue presidente de la república”. Eduardo Rojo Díez.
“Los diarios de Manuel Azaña: a propósito del republicanismo”. Adriana Minardi.
“La historia en la obra de Manuel Azaña”. Feliciano Páez-Camino Arias.
 

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