Hablar
de Manuel Azaña en estos tiempos es hablar de un personaje histórico elevado a
los altares del siglo XX con numerosas obras que relatan sus dudas e
inquietudes durante el periodo de la segunda república española y la guerra
civil pero su vida política y cultural había empezado mucho antes. Artículos,
libros, cartas y diarios dejaron muestra de sus pensamientos y experiencias. Y
de su visita a Las Merindades, claro. Manuel Azaña, además de político y escritor,
fue un amante de la historia de España -a pesar de ser de izquierdas, dirían
algunos hoy-. Desgraciadamente, era un hombre empapado del derrotismo
noventayochista.
El
sentido histórico de Azaña era selectivo y solo le interesaba el pasado que sirviese
para el futuro. Azaña le dijo a Valle Inclán, para quien había inventado el
cargo de Conservador del Patrimonio Artístico Nacional: “(...) Les digo que
soy opuesto a que se cometan actos de vandalismo, y que los escudos reales
deben respetarse cuando tengan valor artístico, histórico o monumental; no es
cosa de estragar la Puerta de Bisagra de Toledo arrancando el escudo de Carlos
V, por ejemplo, ni de picar la fachada del Monasterio del Escorial, etcétera”.
Tradición es, entonces, un elemento de Cultura. Y, como tal, el pasado hace del
hispanismo, no la superioridad de raza en un credo sino lo mestizo como gesto
triunfante, como lo antinacionalista. La cultura debe recuperarse y valorarse
porque en ese pasado se fundan las bases políticas del presente. Lástima que
los políticos de izquierda contemporáneos estén a favor de modificar símbolos
por motivos electorales. Modificar el pasado al estilo “1984”.
Hoy
en día, que vivimos en el tiempo de los correos electrónicos, los “güasaps” y
los mensajes de audio, nos sorprende el tiempo en que la gente dedicaba horas a
reflexionar y a remitir pensamientos y cuestiones, de su puño y letra, a
amigos, familiares y correligionarios. De entre los dos últimos grupos
destacaremos a Cipriano Rivas Cherif, cuñado y amigo. La relación epistolar entre
estos dos hombres de letras, destacados en la vida española de 1920 a 1939, nos
desnuda la mente de Azaña, el momento y su evolución política; la vida cultural
española de la Dictadura de Primo de Rivera y de la Segunda República Española;
los sucesos políticos de 1929 y 1930; los teatros de vanguardia de “El mirlo
blanco” y “El caracol”; su vida en familia…
Pero,
para lo que nos interesa, diremos que Manuel Azaña visitó Burgos en 1926 como vocal
del tribunal de oposiciones a notarías convocado por el Ministerio de Gracia y
Justicia. Para entonces, Azaña ya había abandonado el reformismo monárquico y
abrazado el republicanismo.
Manuel
Azaña (Alcalá de Henares, 1880 – Montauban, 1940) era doctor en Derecho. En
1910, entró en el cuerpo de funcionarios del Estado, con la categoría de
auxiliar tercero, tras obtener el número uno en la oposición para ocupar esas
plazas de la Dirección General de Registros y del Notariado, donde permaneció
hasta 1931. En 1926, una reforma administrativa integró a los oficiales y
auxiliares de la Dirección General de Registros en el Cuerpo Técnico de
Letrados del Ministerio de Justicia, lo que ahora serían los Abogados del
Estado. Azaña se convirtió en julio de ese año en uno de los oficiales jefes de
sección de ese cuerpo de letrados. Unas semanas después, con ese cargo, se
presentó en Burgos para integrar el Tribunal de Oposiciones de notarios. Poco
antes de visitar Burgos, Azaña había recibido el Premio Nacional de Literatura.
Sabemos
cosas de su viaje a Burgos gracias a cuatro cartas que escribió a Cipriano
Rivas Cherif1 entre el 19 de septiembre y el 3 de octubre de 1926. Los folios
de tres de ellas llevan el membrete del Gran Hotel Norte y Londres de la ciudad
de Burgos, y otra el del Tribunal de Oposiciones a Notarías de Burgos. Vamos,
que Manolo aprovechó papel del estado. ¡Cómo hace mucha gente hoy: aprovechar
material de la empresa!
Azaña
estaba agobiado por el apretado programa de actividades que le habían organizado
sus anfitriones burgaleses, de los que dijo que eran todos “jurisperitos,
jesuitófilos y patriotas”. Todos eran partidarios del dictador Primo de Rivera.
Además de las actividades de ocio en la capital, lo llevaron de gira turística
por pueblos. Una de las rutas transcurrió por la Bureba y Las Merindades. Que
es la que nos interesa. Recorrieron Villarcayo, Medina de Pomar, Puentedey,
Valdivielso, Poza de la Sal y Oña. Desgraciadamente sus cartas no eran una guía
de viajes detallada por lo que no tendremos comentarios de todas las
localidades que visitó.
De
Puentedey dijo en su primera carta: “Puentedés (ejem), donde el río
perfora una montaña y forma un túnel, sobre el que está un pueblecito notable.
Era día de moda en Puentedés. Varias mozas sentadas en un ribazo tocaban el
pandero. Los mozos jugaban a los bolos”. Recordemos que era septiembre de 1926.
Pero sigamos con las impresiones que escribió: “Medina de Pomar es muy
típico, muy antiguo, con un gran alcázar, casonas nobles, y calles
angostísimas, y una plaza con gran balcón sobre una planicie. Tomé papeletas
para la rifa de un ternero que allí estaba coronado de flores, y si me toca, te
lo llevaré a Madrid para que juegues. […] Villarcayo es llano; ancho,
claro, con cuatro o cinco casonas que nos anuncian Pereda”.
Pero
la mayor parte de esa carta está dedicada a Oña y a los ocupantes del
monasterio: “Lo más notable, así desde el punto de vista artístico, como del
religioso y social, de esta excursión, fue nuestra parada en la gran jesuitera
de Oña”. En 1926 estaban construyendo el ferrocarril Santander-Mediterráneo
y los proyectos de las nuevas escuelas onienses y del cuartel de la Guardia
Civil. Dicho esto, a Manuel Azaña el caserío de Oña no le pareció guay. “La
antigua abadía de los benedictinos y el pueblecito, viejísimo, tiznado de
humedad, yacen en lo hondo de una estrecha garganta, al parecer sin salida. Muy
altas montañas, densas arboledas, luz escasa, forman un lugar silencioso y
solemne”. En cambio, tuvo una opinión diferente sobre el Cubillo -la torre
del reloj- y el antepecho donde están las estatuas de piedra del primitivo panteón
de los condes y reyes relacionados con Oña. Además de considerar esplendoroso
el sarcófago en alabastro del obispo López de Mendoza, en el interior de la
iglesia de San Salvador alabó “La sillería ojival, deslumbradora, y los
baldoquines del actual panteón de los condes, y las arcas funerarias, son lo
mejor. Allí están enterrados no sé cuántos Sanchos y Sanchas, y alguna Urraca,
anteriores al españolismo. Pinturas del siglo XV, que están pudriéndose, cubren
el fondo del enterramiento”. La frase sobre los Sanchos es para enmarcar. ¿A
qué llamaba españolismo?
Sobre
la fachada del monasterio opinó que era “neoclásica y pesadota”. Y le desagradaron,
también, las hornacinas y las esculturas que acogen a condes y reyes. Dedicó,
eso sí, un tiempo a la observación e interpretación del conjunto: “Todos
tienen poca hornacina o demasiada estatua. Todos están por eso encogidos, algo
dobladas las rodillas, y adelantan el buche. Un conde Don Sancho mantiene una
bola de piedra. Para símbolo del mundo me pareció excesiva ambición en un conde
castellano, y traté de buscar mejor explicación. A cuatro pasos de la
fachada está la bolera del pueblo. Los moros hacían muy buenas tiradas. Supongo
yo que el conde, los días que repiquen gordo, el Corpus, la Ascensión, bajará
de la hornacina, y con una bola de piedra hará la tirada de honor. Más que
emblema de señorío sobre el mundo, es representación magnificada del juego de
bolos”. Quizá Azaña hizo esa broma -porque la explicación a la bola era
eso: una broma- viendo que la bolera estaba en lo que ahora son los
Jardincillos, situados junto a la plaza de Sancho García, anteriormente plaza
del Convento.
Debemos
saber que en el verano de 1926 Manuel Azaña ya había abandonado el Partido
Reformista, en el que militó desde 1913 y con el que trató convertirse en
diputado. La ruptura no tuvo vuelta atrás después del golpe de Estado de Primo
de Rivera, en septiembre de 1923, al que los reformistas de Melquiades Álvarez
no se opusieron. Con este abandono desechó la idea de un régimen democrático
dentro de la Monarquía y se deslizó hacia posiciones republicanas. Republicano y
con “paquete”, y gordo, a los jesuitas. Paradójicamente, siendo un adolescente experimentó
una fuerte conmoción religiosa tras oír predicar a un jesuita en su Alcalá
natal. Pero dejó la práctica religiosa tras estudiar en el colegio de los
padres Agustinos, hacia 1897, cuando tenía 17 años. A pesar de ello, en
noviembre de 1929, se casó en la iglesia de los Jerónimos de Madrid con Lola
Rivas Cherif, hermana menor de su amigo Cipriano.
Cuando
se encontró con los jesuitas de Oña, los consideró unos intrusos ocupando la
abadía benedictina: “Los jesuitas instalados en Oña son un insulto a la
tradición. Se despegan enteramente del carácter del monumento. No se concibe el
horrendo bonete de cuatro puntas sobre un fondo románico. Casas como Silos y
Oña son para monjes de cogulla. El solo aspecto y los modales del jesuita
excitan mi fanatismo. Con ningún otro clérigo me sucede eso. En Oña se ve más
claro que en cualquier parte lo intrusos que son”. Palabras premonitorias de
su posterior acción política cuando llegó al poder y disolvió, en territorio
español, la Compañía de Jesús.
La
antipatía de Azaña hacia los jesuitas incluía su universo estético. Manuel criticó
las barbaridades de algunas de las reformas que habían ejecutado los jesuitas en
el monasterio de Oña: “En el primer patio, revocado y pintado, han puesto
una estatua del Corazón de Jesús, que será obra de algún maurista, porque es el
rostro de Don Antonio, o de [tachadura] un pariente próximo suyo. En
otro lugar [en el claustro romano o barroco] hay un San Luis Gonzaga de
masa, dice el Padre Marcos, o sea de cemento, con manos y cara de mármol”.
En
aquel momento había unos 250 jesuitas en Oña. Viendo el gran número de
estudiantes de filosofía y teología que había en Oña, Azaña bromeó con el hecho
de que Ortega y Gasset se quejara de que en España no había filósofos. Vio
alguno de los estudiantes divirtiéndose en una barca dentro de los estanques de
los jardines del convento, jugando al tenis o a los bolos. “Has de saber que
los jesuitas, además de filósofos y teólogos, crían truchas. […] Los
jesuitas no convidan a nada, ni menos a comer de aquellas truchas. Son para
insignes huéspedes y para los enfermos. Uno de los notarios de mi séquito, se
pasmaba de admiración ante los peces. Admira las truchas, no porque sean
gordas, sino porque pertenecen a los jesuitas”. La poca hospitalidad de los
jesuitas de Oña contrastó con la que recibieron Azaña y sus acompañantes en
Villarcayo, donde el alcalde les obsequió con música y comieron truchas,
perdices, bistés, asados y un plato de repostería indígena, que señala que
llamaban “tortilla suprema”.
En
otra breve carta, fechada en la misma Oña, el 12 de septiembre de 1926, Azaña
también le envió el epitafio, con alguna variante, a un amigo de Alcalá de
Henares, a José María Vicario, con este comentario: “Ante esta impresión
fúnebre, medito en la brevedad de la vida, breve incluso en esta Santa Abadía”.
La
impresión que se llevó de Burgos y su provincia se resume en este párrafo: “Toda
la provincia de Burgos es un panteón, en ruinas. La capital no pasa de ser una
gran sepultura, donde lo más vivo son los cangrejos, pero a mí se me antoja que
los cangrejos se comen a los burgaleses, y darán fin de ellos”.
Bibliografía:
“Azaña
en Burgos (1926): Impresiones de un notario que llegaría a presidente de la
república”. Eduardo Rojo Díez.
“Manuel
Azaña en Oña. El notario que detestaba a los jesuitas y fue presidente de la
república”. Eduardo Rojo Díez.
“Los
diarios de Manuel Azaña: a propósito del republicanismo”. Adriana Minardi.
“La
historia en la obra de Manuel Azaña”. Feliciano Páez-Camino Arias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Por favor, tenga usted buena educación. Los comentarios irrespetuosos o insultantes serán eliminados.