Intuitivamente
vemos que a medida que nos desplazamos por un país la tipología de las casas va
cambiando sutilmente. Viendo una casa de pueblo logramos identificar si la
misma está en el norte o en el sur de España. Y, en nuestra comarca, que tiene
casi el mismo tamaño que la vecina Vizcaya, también hay variaciones entre un
extremo y otro.
La
casa tipo de Las Merindades -si podemos definir así a algo- tiene tres alturas.
La planta baja se destina a las cuadras, a guardar aperos de labranza, a alguna
estancia como la cocina y al acceder nos encontramos con un zaguán que sirve
como distribuidor. El piso principal es la vivienda en sí, en cuyo centro se
ubica habitualmente la cocina con una amplia chimenea y varias salas o alcobas.
El tercer piso sirve como granero, pajar, almacén de hierba o de grano. Reflejo
de lo dicho la fachada tiene una clara estratificación. A veces tenemos una o
varias edificaciones auxiliares, sobre todo en los núcleos dispersos.
Los
estudiosos de las construcciones sostienen que el tipo de arquitectura de Las
Merindades debe mucho a la casa montañesa y al caserío vasco. La cosa no es tan
lineal. No. ¿Pudo ser la influencia esa en dirección opuesta a la tradicional?
Es decir, hacia el norte y no hacia el sur. En todo caso, aun siendo muy
importante ese tipo de construcción, este se superpondría a otro anterior,
tildado de medieval que influye, a su vez, en el llamado montañés. Curiosamente
esa teoría de edificación tiene un aroma presentista donde presupone que el
norte está más desarrollado y, por ello, empapa a zonas atrasadas. Trasladan la
situación de finales del siglo XIX y el siglo XX al periodo que nace a finales
del siglo XVI, o antes. Lo cual no es óbice para ver que las áreas geográficas
se influyen unas a otras sin someterse a límites administrativos.
Nuestra
imagen de la casa norteña responde a la estampa arquetípica que creó Pío Baroja
al decir: “Al pasar en el tren o en el coche por las provincias del Norte,
¿no habéis visto casas solitarias, constituyendo que sin saber por qué os daban
envidia? Parece que allí dentro se debe vivir bien, se adivina una existencia
dulce y apacible, las ventanas con cortinas hablan de interiores casi
monásticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcos y cómodas de nogal, e
inmensas camas de madera, de una existencia tranquila...”. Es una imagen literaria
pero basada en ejemplos concretos. La imagen del delicado y noble aspecto
exterior, como expresión de una posición social, con ser cierta, no es nada en
tierras donde la hidalguía era preponderante. La abundancia de este modelo arquitectónico
se debe más a hechos históricos, climatológicos, económicos y de disponibilidad
de materiales de construcción.
¿Cómo
explicaría Baroja las casas trogloditas? Bah. Nos da igual. Era un escritor y
periodista y no un historiador. Recordemos que repitió la expedición del
carlista Gómez de 1836 por un camino equivocado y se sorprendía de que la gente
no la recordase. Volvamos a las casas trogloditas. Abundan a lo largo del cauce
del río Ebro, ante todo en zonas donde va bastante encañonado. Se considera que
el período al que corresponden está entre el siglo VII y al XI. Suelen ser
calificados como eremitorios, pero hay posturas que determinan que serían
núcleos de población. En general se aprovechan las cuevas u oquedades, de roca
arenisca, que se suelen agrandar y picar para darles mayor capacidad. En
algunos casos se aprecia que hacia el exterior continuaba la vivienda, pues, en
la roca resisten los orificios donde estuvieron clavadas las maderas que
sustentaban la cubierta, o separaban estancias. Generalmente solo encontramos,
en estos casos, los restos de una iglesia rupestre que, lógicamente, debió
tener un asentamiento de casa endebles a su alrededor. La única vivienda
troglodita utilizada como tal se encuentra en Linares de Bricia. En ella aún se
puede ver el espacio de la cocina y los restos de humo existentes en los muros.
Otro
tipo de casa que existió en Las Merindades fue la casa de entramado. Respondía
a una manera de construir con bases técnicas y materiales utilizados que hunden
sus raíces en la etapa romana, pero que todo parece indicar se universalizó en la
Edad Media. Cascos urbanos como el de Frías, Medina de Pomar, Villasana de Mena
o Espinosa de los Monteros muestran usos constructivos medievales. En todos
ellos el piso inferior se hizo de mampostería o piedra de mejor o peor porte y
sobre él se elevaba el cuerpo o los cuerpos volados cerrados que apoyaban el
vuelo sobre viguetas de madera que, por su escasa sección, se reforzaban con
tornapuntas. La forma de construir la planta principal y el desván se llama emplenta
o entramado. Es difícil datar este tipo de construcciones, sólo cuando en los
huecos utilizan alféizares o molduras cercanos a los usos de los estilos podemos
decir que es una obra del, por ejemplo, el siglo XVI. Estas edificaciones las
encontramos por todas Las Merindades. Según donde estén ubicados los núcleos de
población suele variar el relleno de los tabiques. No es frecuente en el
entramado el arriostramiento, como las cruces de San Andrés. La razón de ello
puede atribuirse a que las sucesivas reconstrucciones y reformas han ido
eliminando esa manera de construir por desconocimiento de los artesanos de ese
momento.
Habitualmente
se ha asociado la sustitución de los edificios tradicionales de entramado por
los de piedra a las décadas finales de la Edad Media y sobre todo a la
modernidad (siglos XVI al XVIII). Es una constante en la documentación: por
temor a los incendios se recomienda el nuevo tipo de construcción de piedra por
considerarla más fiable y de mejor respuesta al fuego. Posiblemente una de las
construcciones de piedra conservadas más antiguas sea la conocida como casa
gótica, del municipio de Herrán.
En
Espinosa de los Monteros las casas de piedra, al menos las más antiguas,
recuerdan las casas fuertes. En algunas a la edificación se añade un portón,
como sucede también en la cercana población de Quecedo, donde la posible torre
del homenaje aún conserva los matacanes y las almenas.
A
partir del siglo XVI es normal encontrar casonas de piedra sillería en su
fachada principal, y a veces también en las restantes, con un cuidado
tratamiento de los huecos y fachadas de acuerdo con las modas existentes en
cada momento lo que permite datarlas con seguridad. Con frecuencia al edificio principal
se añaden otros auxiliares que definen un corral en la parte delantera. El
modelo de casona, con ciertos recuerdos de las torres defensivas medievales, se
siguen levantando en Las Merindades entre el siglo XVI y XVIII en casi todos
los pueblos, aldeas y villas. El modelo de casa rural tradicional se empieza a
levantar de piedra sustituyendo al tradicional de entramado.
No
podemos dejar de hablar de la famosa casa montañesa. Este tipo de construcción,
así denominada por García Grinda, se caracteriza por la utilización de un
balcón corrido o solana, realizado en madera en la época Moderna y hoy lo
podemos ver de hierro -y hasta de metacrilato o aluminio blanco-, situado en la
última o primera planta y protegido por el saliente de los muros laterales -cortafuegos-
que vuelan a la par a modo de resaltes pétreos de la fachada. Con frecuencia se
rematan en la parte inferior con una moldura a modo de ménsula. La parte
superior de estos muros suelen tener unas molduras, mucho más toscas, pero de
aires y formas clásicas, sobre los que se apea la viga del borde del tejado y
sobre la que se apean los canes. Esa viga en su desarrollo descarga sobre pies
derechos con zapatas.
La
prolongación de los muros laterales a manera de cortafuegos que favorece el
desarrollo de la solana parece que inicia su andadura a finales del siglo XIV y
que servía también como protección contra los vientos fríos. Pero, -¡atención!-
muchas de las solanas que vemos en la actualidad son ya obras del siglo XIX y
primer tercio del XX. Esta estructura aparece abierta hacia la mejor
orientación buscando el sol, mientras que el resto de las fachadas de la casa acaban
siendo auténticas traseras, pues en ellas los huecos son mínimos y poco
significativos. Incluso, en la fachada norte, no se construyen ventanas.
Por
supuesto no es un modelo único que se repite como si fuese una urbanización de adosados,
sino que hay variaciones causadas por la capacidad económica, destreza del
constructor o, por ejemplo, el clima. En este último caso podremos encontrarnos
con una solana rehundida, pequeña, como las que podemos ver por el valle de
Losa, valle de Tobalina y zona alavesa. Por su parte, en el valle de
Valdivielso veremos las casonas con tejados a cuatro aguas, huecos de reducido
tamaño y poca presencia de solanas.
La
casa montañesa claramente identificable abunda, dentro de Las Merindades, en
los valles de Valdebezana y Manzanedo, Alfoz de Bricia y Arija. Lo que parece,
pese a las muchas opiniones que se han vertido al hablar del origen de esta
construcción, es que en muchos casos lo que hace es reemplazar los cuerpos
volados de los edificios de entramado. Ello es evidente cuando se analizan
algunos edificios de Espinosa de los Monteros, que se pueden datar por el tipo
de ventana a finales del siglo XV o comienzos del XVI.
La
cubierta más antigua de este tipo de casa se realiza, como indica acertadamente
García Grinda, “a sopandas, presentando una configuración a dos aguas, con
la cumbrera paralela a la fachada principal, a la que se añade el gran alero
sobre solana organizado de forma independiente de aquella, cuyo gran vuelo
evita la entrada del agua en la solana”. En este caso los pies derechos y
los muros resaltados son el verdadero elemento de sustentación de la viga de
apoyo de las viguetas que conforman el gran alero.
Cuando
entramos en alguna de estas casas -en sentido amplio- vemos que el edificio
principal es el destinado a la vivienda y con frecuencia, anejo a él, aparecen
una serie de edificaciones destinadas a las actividades agropecuarias
dominantes y auxiliares. Estos inmuebles auxiliares, bien estén adosadas o anejos
tienden a diferenciarse por los materiales con que fueron construidos y por el
tratamiento que reciben sus muros. A veces forman parte de la zona definida
mediante una tapia como heredad principal.
Esas
edificaciones auxiliares se suelen destinar a cuadras, pajar, leñera,
protección del potro, cobertizo para carros... Son el equipamiento necesario
para el trabajo en las diferentes actividades que desempeña el dueño. En este
tipo de construcciones no hay un ejemplo arquetípico. Es fácil de observar en
las casas tradicionales del Valle de Mena donde, por cierto, hay similitudes
constructivas con el corredor del Cadagua y Las encartaciones. También podemos
encontrar alguna edificación desagregada de la vivienda, como son las bardas,
pero vinculada a la vivienda. Se da donde abunda el ganado cabrío.
La
casa principal dispondría de un amplio zaguán, que puede tener un espacio
anterior abierto, el portalón o socarreña. Desde el zaguán parte la escalera a
las plantas superiores, colocándose a un lado o a ambos, las trojes, leñera,
bodega o el almacenaje de diferentes útiles. También el zaguán tenía el acceso a
la zona trasera donde estarían las cuadras. En la primera planta se ubica la
vivienda. A la cocina acompaña la despensa y la recocina, un espacio de trabajo
anejo. En la cocina encontramos un hogar y sobre él se levanta una campana piramidal.
A ambos lados están los escaños que, a veces, acompañan una mesa plegable. El
resto de las habitaciones pueden tener una distribución con una sala principal,
utilizada con frecuencia como comedor, y otras salas menores comunicadas con
las alcobas. Las habitaciones principales suelen dar a la fachada. A la solana
o balcón corrido, un elemento bastante frecuente, es al que dan las
habitaciones vivideras y en ocasiones tienen acceso a través del sobrado o desván.
Este último es el espacio destinado a trastero y donde se tiende las ropas y se
airean los diferentes productos. Además, puede ser pajar o granero. Lo más
habitual es que las casas tengan planta baja, piso y sobrado, pero en algunos
casos, sobre todo en lugares como Frías que se edifica en altura, pueden tener
más pisos.
Un
ejemplo de casa montañesa es el que recogemos en el plano que hiciera Feduchi
de una de Espinosa de los Monteros. Vemos la planta baja y la planta alta con
la disposición de estancias habituales en este tipo de construcción. El caserío
del valle de Mena tiene un desarrollo muy similar a la casa montañesa, pero con
la particularidad de un mayor desarrollo de la zona vividera, con un pasillo
central que sirve de eje de la distribución de las estancias. Las salas y
habitaciones suelen dar a la sola y al balcón o a la trasera.
Bibliografía:
“La
Arquitectura popular en Las Merindades: Aproximación al tema”. Félix Palomero
Aragón.
“Arquitectura
popular de Burgos”. José Luis García Grinda.
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