Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 8 de noviembre de 2026

Contextualización de la exposición de dibujos de la Guerra Civil en Medina de Pomar


Mi madre fue una niña durante la guerra civil de 1936-1939. Tenía seis años en 1936 y vivió aquellos momentos en Arenillas de Ebro (Valderredible, Cantabria) que estaba en la línea del frente norte: en su pueblo, los republicanos; arriba, en el páramo de Masa, los nacionales. Nunca me dijo que hubiese dibujado nada relativo a la guerra. Ella, cómo yo, era más de contar historias -¡Gracias, mamá!- que nos repetía con franciscana paciencia a los que la escuchábamos. Todo su sufrimiento se resumía en el deseo con el que solía terminar de contarnos sus recuerdos: “Que no viváis una guerra”.


Margarita Arnau Crespo, 12 años

Y, de entre las guerras, yo puntualizaría que no viva nadie una guerra civil porque estas son enfrentamientos mucho más crueles. Dentro de la guerra de 1936-1939 hubo varias guerras: el conflicto militar entre los rebeldes y la República; una guerra de clases; una de religión entre catolicismo y ateísmo; una batalla en torno a la idea de patria y nación; y una guerra de ideas entre democracia frente a comunismo y fascismo.


Mi madre nunca fue evacuada, pero en otras partes de la España republicana, otros niños no tuvieron la suerte de permanecer con su familia y vivir una guerra de retaguardia. El gobierno de la Segunda República Española, casi siempre a la defensiva, se enfrentó al problema de la evacuación de civiles de las zonas más peligrosas. En especial niños. Niños que, además, servían al propósito de la propaganda oficial para conseguir que la opinión pública de esa España y de los Gobiernos Democráticos se solidarizara con ellos y apoyara las iniciativas del Gobierno surgido el 16 de febrero de 1936.


Ángeles Martínez, 12 años.

Pero, antes de encontrarnos con ese problema, los niños españoles, durante los primeros compases de la guerra se sentían dentro de una emocionante aventura. Seguían a los milicianos, se apretujaban en los corrillos buscando noticias, volaban de un lado a otro, curioseaban en torno al material militar...


En octubre de 1936, con Madrid en peligro, se crea un Comité de Evacuación y Asistencia de Refugiados destinado a evacuar niños, mujeres y ancianos. La evacuación de los niños se hizo en principio de forma desordenada y por iniciativa de instituciones como el Socorro Rojo Internacional, las Diputaciones, los Ayuntamientos, etc. En ocho días salieron de Madrid cerca de 21.000 niños con dirección a Levante y Cataluña. Después, por el devenir de la contienda, la vía férrea quedó interrumpida y la evacuación de Madrid tuvo que hacerse únicamente por carretera y con escasos vehículos, lo cual la hizo más lenta, penosa e incontrolable.


Desde el Estado se reglamentaron las colonias con la finalidad de socorrer a los escolares de las zonas amenazadas por los continuos bombardeos sobre la población civil. La organización de las colonias desde el 28 de junio de 1937 fue gestionada por la Delegación Central, dependiente de la Dirección General de Primera Enseñanza. El proyecto se diseñó nombrando delegaciones en la España leal y en el extranjero.


A. Guisánchez, 14 años.

Las colonias pretendían ser familia y escuela, una obra de educación completa donde realizar el ideal pedagógico del Frente Popular. Para ser admitidos en las colonias, se precisaba que los menores de entre seis y catorce años, fueran evacuados de una zona de guerra. Esa evacuación, además, debía estar organizada directamente por el Ministerio de Instrucción Pública, o por organizaciones políticas y sindicales, o ser solicitada por los familiares o tutores de los menores.


Seguidamente, la infancia era enviada a tres tipos de colonias escolares: las de régimen familiar, hospedados con familias y escolarizados en los municipios de acogida Al estilo de los niños que, años después serían evacuados de Londres; las comunidades familiares de educación, donde se creaba una colectividad de niños que contaban con una casa central como vivienda diferenciada del resto de los espacios necesarios para la administración y la vida cultural; y las de régimen colectivo permanente, donde se convivía en residencias acondicionadas, que formaban una escuela-hogar.


Cada uno de los menores tenía una ficha donde constaban sus datos personales: nombre, apellidos y edad, además del nombre y los apellidos del padre y de la madre, el sindicato al que pertenecía, si el padre o tutor era combatiente, muerto o herido de guerra, y el lugar de donde fueron evacuados.


Enrique Dieryma

A finales de 1937 había más de 45.000 niñas y niños distribuidos entre los diferentes tipos de colonias -565 unidades-. Los críos se instalaron en el Levante español y Cataluña porque tenían mejor clima, era la retaguardia republicana y la zona mediterránea poseía gran número de Colonias venían funcionando desde el advenimiento de la República. Parece que ya gustaba a “los madrileños” el Mediterráneo para veranear. Las residencias eran limpias, luminosas y estaban en poblaciones principales o en sus cercanías, muchas veces rodeadas de una huerta lo suficientemente grande para que en ellas los críos practicaran trabajos agrícolas. Hasta el mes de abril de 1939, momento del fin de la guerra, aún funcionaban más de 150 colonias colectivas.


Entre otras cosas los niños y niñas dibujaban. A través del dibujo -terapéutico- los chavalitos expresaban sus emociones y sus traumas. Los dibujos de la guerra, la evacuación y la vida en la colonia fueron parte sustancial de la expresión de las emociones de los escolares. La norma pedagógica para la realización de los dibujos venía dada por el Ministerio de Instrucción Pública y las recomendaciones para los más pequeños se publicaron en una circular dirigida a los docentes: “Se les pone un lápiz en la mano y una o media octavilla de papel delante y se les invita a dibujar y se observa lo que dibujan y, según lo que hagan, se les orienta: dibujo libre, completamente libre, si hacen buen uso de esta libertad, u orientado en la medida precisa. Se deja un objeto a la vista, se les enseña a verlo y que dibujen: dibujo del natural, dibujo de un objeto en diversas posiciones…” Era un tiempo, además, en que, en todas las materias escolares, después de cada trabajo, se añadía un pequeño dibujo a título decorativo.



En esos dibujos libres los niños, y niñas, plasmaron recuerdos de bombardeos, cuerpos caídos o huidas. Los dibujos no ofrecen una verdad fija, pero sí permiten intuir cómo los niños vivieron, sintieron y procesaron la guerra. Dibujar les permitía reconstruir el mundo con otros colores. Los dibujos infantiles no reflejaban un hecho concreto, sino que recreaban los sentimientos de estos niños, sus vivencias. No eran como las fotografías de gente como Robert Capa, Gerda Taro, Henri Cartier-Bresson o David Seymour. Estos mostraban el impacto de la guerra en la vida cotidiana: la angustia de los refugiados, las filas de mujeres y niños esperando ayuda humanitaria, las miradas vacías de quienes lo habían perdido todo. La mayoría de los periodistas renunció a toda pretensión de objetividad y se alineó con la causa republicana.


Ojo, los dibujos que hicieron los niños también tenían esa función de alinearse con la causa republicana, esa función propagandística. La gestación de estos dibujos fue posible gracias al trabajo de la psicóloga Regina Lago, responsable de la Organización del Régimen Pedagógico de las colonias. Bajo la tutela de educadores y psicólogos, los niños plasmaron en dibujos sus experiencias y emociones. Siguiendo una propuesta del Ministerio, se pidió a los niños –de entre cinco y quince años- que ilustraran la vida antes, durante y cómo la veían después de la guerra.



Lago agrupó los resultados por edad, sexo y los tres grandes temas propuestos: la vida antes, durante y después de la guerra. Observó que los más pequeños tenían una comprensión confusa del tiempo, mientras que los mayores imaginaban el futuro como un retorno al estado anterior a la guerra. Los temas también variaban según el sexo: los niños dibujaban combates y escenas heroicas; las niñas, colas para alimentos, evacuaciones y cuidados. En el pasado idealizado, los niños evocaban la escuela, la familia y el deporte; las niñas, juegos y comida. Al proyectarse hacia el futuro, las niñas dibujaban tranquilidad; los niños, paz y victoria. Lago presentó su investigación como una “modesta aportación a la psicología genética”, interesada en cómo los niños integraban estas vivencias en sus esquemas mentales y afectivos. Su análisis, centrado en el carácter narrativo de los dibujos, apuntaba más allá del evidente uso propagandístico: buscaba una lectura emocional y evolutiva.


Un elemento que ayudó a la supervivencia de estos dibujos fue los cuáqueros norteamericanos. Su rechazo a la guerra les llevó a crear en 1917 el “Comité de Asistencia de los Amigos Americanos” (American Friends Service Comittee). En 1937, con el objetivo de ofrecer ayuda económica y de evacuación a los niños desde las zonas de guerra a las colonias infantiles, se constituyó en Nueva York la “Asociación Americana para el Bienestar de los Niños Españoles” (Spanish Child Welfare Association of America).


A finales de 1937 el coleccionista de arte, cuáquero, Josep A, Weissberger, recorrió las colonias infantiles y recopiló más de mil dibujos. La selección se exhibió por primera vez en los grandes almacenes Lord & Taylor de Nueva York, antes de viajar a Boston y Worcester. Cada muestra iba acompañada de un llamado a la solidaridad: las ventas del libro editado, reimpreso tres veces entre 1938 y 1939, se destinaron directamente a financiar evacuaciones y colonias infantiles.


Pedro García.

El libro se titulaba “They Still Draw Pictures” (“Ellos todavía dibujan”) que se vendía por el precio de un dólar. Recopilaba 60 dibujos de entre los expuestos en las galerías de arte. La obra organizaba los dibujos en cinco categorías -escenas de guerra, bombardeos, huidas, vida en los asentamientos y otros- e incluía comentarios de los niños, su edad y lugar de origen. El prólogo de ese libro lo firmó Aldous Huxley que participó activamente en la propaganda antifascista pero centrado en la mirada infantil. Le interesaba captar las vivencias de los niños no a través de la lente fotográfica, sino desde los trazos con los que expresaban sus miedos, recuerdos y anhelos. Aldous subraya la capacidad de la infancia para resistir mediante la imaginación e invitaba al comprador del libro a considerar los dibujos como un doble gesto: estético e histórico porque plasmaban los horrores de la guerra.


La importancia de estos dibujos también fue reconocida en Europa. En marzo de 1939 se organizó una exposición en el Museo Nacional Pedagógico de París con el respaldo de Pablo Picasso y Henri Wallon. Allí se mostró una selección de los más de 1.800 dibujos recopilados por Regina Lago durante su trabajo en las colonias. Por otro lado, Fritzi Riesel y Alfred Brauner reunieron dibujos procedentes de asentamientos infantiles apoyados por las Brigadas Internacionales y los publicaron en un libro titulado “La guerra de España dibujada por sus niños”. Los dibujos eran una exposición cruda de los hechos con un mensaje claro: detener la barbarie. Daban testimonio del conflicto, pero también de la vida cotidiana, las evacuaciones, la ayuda humanitaria, la organización de las colonias y la politización de la infancia.


Carlos Ojeda

Estos miles de dibujos hechos en las colonias infantiles están repartidos por varias bibliotecas. Parte de ellos pasó a integrarse en dos importantes colecciones estadounidenses: 617 se conservan en la Southworth Spanish Civil War Collection de la Universidad de California en San Diego (reunida por el periodista Herbert Southworth) y 153, en la Avery Library de la Universidad de Columbia, gracias a una donación de Martin Vogel tras una exposición en Nueva York.


En el año 1986 la Biblioteca Nacional de España, a través del Servicio de Dibujos y Grabados, adquirió 1.171 dibujos a un librero catalán. Con ellos realizó una exposición en 2006, “A pesar de todo dibujan… la Guerra Civil vista por los niños”. Hoy, en 2026, está la exposición itinerante titulada “¡Y además dibujan!” que estará en Medina de Pomar de 6 de noviembre al 29 de noviembre de este 2026. De estos dibujos, cuarenta pertenecen de la B.N.E. y están hechos por niños de las colonias infantiles de la República. Los otros ocho provienen del Arxiu Nacional de Catalunya (ANC) y fueron realizados por niños asturianos, cántabros y vascos, exiliados y refugiados en la URSS.


Tomás Boscá Gomar, 13 años

En los dibujos seleccionados predominan las escenas de guerra, en especial los aviones y el desastre por ellos causado, también dibujos donde el infante deseaba representar escenas menos trágicas, aulas escolares, paisajes campestres…, sin olvidar escenas de personas en busca de refugio o huidas apresuradas de las ciudades bombardeadas. Los dibujos seleccionados llevan incorporados el nombre del autor, su edad, el lugar de nacimiento o el de la colonia donde residía.



La exposición podrá visitarse en el Ateneo Café Universal los jueves y domingos de 12:00 h a 14:00 h y los viernes y sábados de 19:00 h a 21:00 h. Tenemos ante nosotros una oportunidad única de sentir la emoción de aquellos niños a través de esta ventana al pasado y de homenajear a todos los niños que han sufrido y sufren por las guerras de los adultos.





Bibliografía:


“Dibujos para una guerra”. Ministerio de política territorial y memoria democrática.

“Las colonias escolares durante la Guerra Civil. (1936-1939)”. Rosalía Crego Navarro.

The Conversation. 

Cultura Inquieta. 




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