Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 25 de enero de 2026

Solo el dinero del pueblo salva al pueblo.

 
 
Hace tiempo estuvimos husmeando entre los viejos documentos que se han salvado de la hoguera, o de la tripa de los ratones, en los archivos de Barriosuso. Nuestro agradecimiento por ello a todos los que pensaron que esos legajos llenos de polvo tienen algún valor. Al menos para esta bitácora. Además, la que leeremos tiene una anotación a lápiz que ha sobrevivido y de la que hablaremos luego.
 
Cojan su DeLorean y nos situamos en el año 1829 para comprender esta circular donde el Arzobispo de Burgos, Alonso Cañedo Vigil, lanzaba una petición para todos los curas y clérigos de su diócesis incluidos los superiores de los monasterios y conventos. ¿Qué pedía el bueno de Alonso? Dinero a una sociedad que estaba en crisis económica desde la victoria contra Napoleón.

 
¡¿Acaso esperaban que un cura pidiese otra cosa en 1829?! No respondan, era un pregunta retórica. Dirán ustedes que la Iglesia ya recaudaba lo suyo. Y lo suyo era:
 
  • Diezmo: la décima parte de la producción agrícola y ganadera del feligrés, recaudado por la Iglesia para su propio sustento y el de sus obras. Pero debemos entender que, de este dinero, la Iglesia también entregaba parte al estado, Corona y la nobleza, a través del subsidio y el excusado.
  • Primicia: sobre el primer fruto o la primera cría.
 
Por no dejarles con la curiosidad les diremos que el subsidio eran pagos obligatorios que la Iglesia hacía a la Corona a cambio de no ser sometida a impuestos reales. El excusado, por su parte, era una contribución implantada durante el reinado de Felipe II donde la propia Casa Real recibía el diezmo de forma íntegra de una parroquia, elegida previamente por el monarca. Evidentemente no elegía Barriosuso.
 
Además, recuerden, estamos en el reinado de Fernando VII. Esto significa que todavía no ha empezado la cascada de desamortizaciones asociadas a la primera guerra carlista. Vamos: que tendría que haber “pasta”. Y capacidad de obtenerla. Piensen que el diezmo y las primicias eran impuestos directos obligatorios para todo el mundo que gravaban la renta de la tierra y que, para recaudarlo, se necesita información sobre los contribuyentes y un recaudador. ¡Pues la Iglesia lo tenía!: el cura de cada pueblo. ¿Acaso pensaban que se preocupaba solo de las almas?

Iglesia de Barriosuso.
 
Entonces, ¿por qué pedía dinero el señor arzobispo? Leamos la circular:
 
“Angustiado nuestro corazón del más acervo dolor, nos vemos precisados a recordaros el triste espectáculo que presentan nuestra afligida imaginación las ruinas, muertes, desolación, y desamparo de tantas familias oprimidas por la desgracia a que las ha reducido el espantoso terremoto que en la tarde del veinte y uno del pasado [21 de marzo de 1829] se ha dejado sentir, y hecho una horrible explosión en muchos pueblos de las Provincias de Murcia, y Orihuela. Por no atormentar vuestra memoria dejamos a los papeles oficiales que publiquen la descripción, y relación circunstanciada de los inauditos padecimientos de aquellos infelices habitantes, que en tan breves momentos han perdido los unos la vida, otros sus fortunas, muchos la habitud para ganar el sustento en lo sucesivo, y todos se hallan aun poseídos de imágenes de terror.
 
Hijos: adoremos humildes los inescrutables juicios del Altísimo, Dios Omnipotente, de cuya mano debemos recibir con la mayor sumisión así las felicidades como las desgracias, unas y otras encaminadas por los designios de su alta Providencia a nuestro mayor bien. Pero no nos olvidemos de sacar de esta calamidad las espirituales utilidades que ella misma nos ofrece. ¿Somos nosotros acaso mejores que nuestros hermanos afligidos? ¿Tenemos alguna seguridad de que no descargará sobre nuestras espaldas el mismo azote que los ha herido? O ¿negaremos insensatos el poder de nuestro Dios, irritado por la multiplicada serie de nuestros extravíos? Amados nuestros en el Señor: reconozcamos nuestro infeliz estado. Preparémonos a desarmar su justa ira mientras hay tiempo, y antes qué seamos sorprendidos. Escarmentemos en cabeza ajena, ya que la misericordia del Señor nos llama todavía como Padre amoroso poniendo delante de nuestros ojos este funesto ejemplo para que conmovidos confesemos con humildad nuestros excesos, le pidamos perdón de todos ellos, y nos propongamos una verdadera enmienda. Si una sola muerte repentina que una, u otra vez oís, o veis os espanta, os llama hacia vosotros mismos como expuestos a padecer el mismo accidente. ¿Cuánta impresión no deben causar en vuestro espíritu tantas súbitas muertes como sabéis se han verificado en breves instantes? ¡Ay de nosotros, si sordos a los llamamientos del Señor, dejamos pasar con indiferencia este paternal aviso, nos olvidamos, y no nos aprovechamos de tan eficaz auxilio!”
 
Creo que se identifican las ideas fuerza de estos dos párrafos: Ayudar a las víctimas del desastre de Orihuela y Murcia y “aflojar la mosca” en ese sentido porque si no, el dios vengador puede llegar a desatar su ira sobre los tacaños burgaleses al igual que lo ha hecho sobre los pecadores murcianos. Un mensaje claro: paga pecador para contener la ira de Dios porque Él sabe que tú eres un pecador merecedor del castigo celestial. Y no piensen que hoy no se aplican estos retorcidos métodos de coacción porque…
 
“Pero no es este solamente el objeto de nuestra pastoral exhortación. Nuestros hermanos, a quienes fuera de los vínculos sociales nos unen los más estrechos de la caridad cristiana, yacen cadáveres entre las ruinas y escombros de sus habitaciones y fortunas; y los que sobrevivieron a la calamidad carecen de todo recurso humano para atender a su subsistencia. Millares de familias sin albergue, andan errantes sin tener a donde volver sus tristes ojos para aliviar su miserable situación. Los hospitales están llenos de personas estropeadas por el impulso de esta desgracia. Lágrimas tan solamente ofrecen en la desventura de haber perdido en un momento las personas más amadas, imposibilitados de tributar a sus almas los sufragios religiosos, pues que ellos mismos no tienen medio alguno para atender a sus principales necesidades. ¿Quién no se duele de semejante estado de miseria? Criaturas inocentes sin Padres; padres ancianos sin los hijos en quienes tenían cifradas sus justas esperanzas; esposas sin maridos; huérfanas destituidas de personas allegadas, moribundos, estropeados, este es el cuadro del horror causado en pocos minutos. La sola compasión que naturalmente nos excita es demasiado estéril, y nuestra sagrada Religión exige en su favor recursos positivos. Nuestro piadosísimo Monarca [Fernando VII] en la Carta-orden circular que se ha servido dirigirnos con fecha de 5 del corriente, se digna como Padre verdadero de sus súbditos desvalidos tomar su voz dándonos el ejemplo de caridad en medio de los apuros que le rodean, y recordándonos nuestro cristiano deber para con nuestros hermanos desamparados. Da en ella las regias más oportunas para impedir que se extravíen, o malogren los recursos que se proporcionen, y para que se distribuyan a los indigentes según la verdadera clase de necesidad de cada uno”.
 
Nos carga de sentimentalismo la tragedia para ablandar nuestros corazones (léase bolsillos) y nos presenta el ejemplo de la generosidad de Fernando VII enviando 1.500.000 reales y 20.000 fanegas de trigo para la reconstrucción. ¡Justamente Fernando VII! Por suerte, nuestro sistema tributario actual nos permite sabernos protegidos y que, en caso de tragedia -por un decir: terremotos, volcanes, pandemias, inundaciones o descarrilamiento de trenes-, siempre dispondremos de los medios de auxilio de forma rápida y abundante. Quizá. Quizá no.

 
“Ea pues, amados hijos: Si queremos acreditar que permanece en nosotros la caridad de Dios, no neguemos a nuestros próximos los socorros que nos reclama. Esforcémonos a contribuir con aquello que permita nuestra respectiva fortuna en favor de tantas personas afligidas. Venerables hermanos nuestros, dignos individuos de nuestra Santa Iglesia Metropolitana, cuya caridad es tan notoria: Presidentes y Cuerpos Eclesiásticos de nuestra Diócesis; Vicarios, Curas, Beneficiados, y demás cooperadores en nuestro sagrado Ministerio, de uno y otro Clero a vosotros principalmente se dirige nuestra voz pastoral en esta ocasión, esperando que no saldrán defraudadas nuestras justas esperanzas, vuestra generosa compasión animará al Pueblo para prestarse dócil a reconocer la obligación que tiene de socorrer tantos miserables, cuando en fuerza de vuestro deber le expliquéis hasta donde se extiende este precepto. No se nos oculta la escasez de vuestras fortunas por un efecto de la calamidad de los tiempos; pero no os arredre para dejar de contribuir la pequeñez de vuestros dones. El mismo Dios a quien haréis este obsequio, lejos de desdeñar la escasa ofrenda de la mujer viuda, la ha dado un mérito superior a cuantiosos dones: y en esta ocasión no dudéis que los aceptará benigno […] el afecto que la cantidad siempre que sea proporcionada a vuestros medios.
 
Fieles pudientes: reconoced que el Señor os ha colmado de bienes temporales, para que cubiertas vuestras atenciones , dais con el sobrante imitar su caridad distribuyéndole en socorrer las urgencias de vuestros hermanos menesterosos. Cercenad al menos a la comodidad y ostentación una parte de sus consumos, y apresuraos a repartirla con mano benéfica entre tantos como gimen en la miseria. No olvidéis que muchos de los que hoy imploran vuestros socorros han quedado en breves momentos privados de tantos, o acaso más medios que los que poseéis. Vuestro desprendimiento estimulará a hacer sus esfuerzos aun a las clases menos acomodadas, y harán algún sacrificio por tener una parte, en favor de tan criticas urgencias: y de esta suene las cantidades reunidas, aunque no sean considerables llenarán los paternales deseos de nuestro amado SOBERANO, y enjugarán las lágrimas amargas de tantas personas desgraciadas. Un Pueblo que tantas pruebas nos tiene dadas de que a ninguno cede en principios de religiosidad, que con docilidad sumisa oye siempre la voz paternal de sus Pastores. ¿Por qué habrá de faltar a las justas esperanzas que nos inspira?”
 
No se libraron ni los clérigos. Les exigían aportaciones sin que pudiesen excusarse en una vida humilde porque debían de servir de ejemplo para sus fieles ricos y fieles pobres. Y remarcaba la presión sobre los feligreses ricos adulándoles declarando que debían ser guías de los más menesterosos.
 
“Luego que nuestros Vicarios hayan recibido esta nuestra exhortación la circularán inmediatamente a los Curas Beneficiados de su Partido, quienes la publicarán al ofertorio de las Misas mayores en los tres primeros días festivos. No se detendrá cada uno de estos Beneficiados en ponerse de acuerdo para la subscripción con la Justicia del Pueblo, a quien por la citada Real orden se encarga la recolección de estas limosnas, y les facilitarán una lista exacta de las personas que se suscriban en beneficio de esta necesidad expresando la suma, o especies con que cada uno haya contribuido. Remitirán a la mayor brevedad estas listas a poder de los Vicarios respectivos, quienes nos las habrán de dirigir originales para cumplir por nuestra parte con lo que nos previene S. M. en la referida Real orden. Así estos como los Presidentes de los demás Cuerpos Eclesiásticos de nuestra Diócesis acusarán el recibo de estos ejemplares por medio de nuestra Secretaría de Cámara, y entre tanto recibid todos nuestra Pastoral bendición”.
 
Este párrafo ya debe ser de consumo interno de la organización porque nos habla de cómo actuar y cómo registrar los nombres de las personas generosas.
 
“Dada en nuestro Palacio Arzobispal de la Ciudad de Burgos a diez y ocho de Abril de mil ochocientos veinte y nueve, rubricada de nuestra mano, sellada con el mayor de nuestras armas, y refrendada del infrascrito nuestro Secretario de Cámara. Alonso, Arzbpo. de Burgos”.

 
A todo esto, ¿fue tan grave lo de Murcia y Orihuela? Les cuento: el del 21 de marzo de 1829 fue un terremoto más dentro de una serie de sismos en la zona de Murcia y Alicante. Aun así, es el más conocido con el nombre de “Terremoto de Torrevieja” porque fue el más destructivo en el sudeste de la Península Ibérica en los últimos 500 años, pero no el único en esos años. Hubo terremotos el 17 de enero de 1802 y 18 de enero de 1802 en Torrevieja y Torrelamata con réplicas hasta el día 6 de febrero de 1802; el 8 de octubre de 1822 con réplicas durante 26 días en Orihuela; día 10 de enero de 1823 con más de doscientas réplicas en veinte y cuatro horas y que se sintió en Cartagena, Alicante, Murcia y pueblos intermedios; día 7 de junio de 1827, con epicentro en Crevillente; a partir de septiembre de 1828 y hasta septiembre de 1829 se suceden infinidad de terremotos como el del 15 de septiembre de 1828 y el del día 21 de marzo de 1829 en dos tandas, una al mediodía y otra a las 18:30 horas que se repitió a los pocos segundos. Este evento del veintinueve, el de Torrevieja, fue relatado por J. A. Larramendi con estas palabras: “[…] en un momento quedaron enteramente en ruinas Torrevieja y muchos otros pueblos; perecieron centenares de individuos, de ganados, frutos y otros efectos de toda especie; quedaron familias enteras sepultadas bajo ruinas, y otras en la más espantosa miseria”. José Agustín de Larramendi fue un Ingeniero de Caminos español y comisionado por el Secretario de Estado, Manuel González Salmón, para desplazarse a la zona, reconocer los estragos y proponer las medidas precisas.
 
Por si esa sucesión de terremotos no hubiera sido suficiente en la noche del día 23 de marzo, dos días después, hubo otro terremoto en la zona. El último sismo se produjo tras la circular del arzobispo de Burgos: el sábado santo 18 de abril de 1829.
 
Los daños causados por el terremoto de Torrevieja y los anteriores dejaban un paisaje desolador como lo muestra el cuadro de Larramendi:
 
 
Vemos que era una gran tragedia. Pero no la única a la que se refieren los viejos papeles.
 
Comentábamos que había unas notas escritas con lapicero que, milagrosamente, no se habían borrado con el tiempo y que nos muestra cómo escribía alguien del arzobispado de Burgos. En esa nota se solicitaba que se cantase un Te Deum por la muerte de la reina María Josefa Amalia de Sajonia el 18 de mayo de 1829. Si se fijan la fecha del documento es anterior al fallecimiento de la reina. No es que el DeLorean diese un salto de más, sino que desde la redacción del documento, su impresión y la organización del reparto pasó demasiado tiempo.
 
María Josefa Amalia de Sajonia.
 
 
 
Bibliografía:
 
“La fiscalidad eclesiástica frente a las exigencias financieras borbónicas y la guerra de Independencia: las diócesis de México, Michoacán y Guadalajara, 1790–1821”. Élida María Tedesco.
“La Hacienda de la Corona de Castilla en el Antiguo Régimen”. Gema Duque Martín.
“La catástrofe sísmica de 1829 y sus repercusiones”. Gregorio Canales Martínez (Dir.), Francisco Calvo García-Tornel, Ana Melis Maynar, José Delgado Marchal, Fermín Crespo Rodríguez, Antonio Merlos Martínez, Carlos López Casado, José Giner Casado.
Real Academia de la Historia. Historia Hispánica.
Congreso de los diputados del Reino de España.
Revista de Folklore.
Circular de Alonso Cañedo Vigil.
 


Fotografías del documento gracias a 
José Antonio San Millán Cobo.
 
 
Anexos:
 
Alonso Cañedo y Vigil: Grullos, (Asturias), 22 de enero de 1760. Era hijo de un rico matrimonio de la nobleza asturiana formado por Fernando Cañedo y Francisca Teresa Vigil Jove. Inició su formación en la Universidad de Oviedo, donde se gradúa de bachiller en Cánones y Leyes, para seguir los estudios mayores en la de Salamanca, ingresando el 6 de octubre de 1781 en el Colegio de San Pelayo, o de los verdes, donde se ordena sacerdote. En 1790 obtuvo una Canonjía en la cátedra de Badajoz, y en julio de 1798 fue nombrado vicario de la catedral de Toledo, por Carlos IV. Durante la invasión francesa se refugia en Asturias. Es nombrado por la Junta General del Principado diputado para las Cortes de Cádiz. Toma posesión de su cargo de diputado en la sesión secreta celebrada el día 28 de octubre de 1810. Su actividad como diputado fue intensa y participó desde el primer momento en discusiones de especial interés en aquellos momentos de revolución política. Cañedo podría adscribirse al bando tradicionalista. Fue elegido presidente de las Cortes para el período desde el 24 de diciembre de 1810 al 23 de enero de 1811. La vuelta de Fernando VII en 1814 supondrá, por una parte, la rehabilitación de los diputados que le defendieron y la persecución para los diputados del grupo liberal. Cañedo fue nombrado obispo de Málaga el 19 de febrero de 1815. En Málaga residirá hasta 1820, negándose a tomar parte de la nueva etapa constitucional, lo que le acarrea su destierro a Gibraltar. Con la vuelta de Fernando VII, en 1823 es repuesto en su obispado malagueño el primero de marzo de 1825 es elevado al arzobispado de Burgos, donde fallece el 21 de septiembre de 1829 en la más completa pobreza.
 
 
María Josefa Amalia de Sajonia: Nacida en Dresde el 6 de diciembre de 1803 y muerta en Aranjuez el 18 de mayo de 1829. Era hija del príncipe Maximiliano de Sajonia y la princesa Carolina de Borbón-Parma. Como sus hermanos, recibió una instrucción cuidadosa. Se casó con su tío segundo, el rey Fernando VII, viudo y sin hijos, el 20 de octubre de 1819. Él tenía treinta y cinco años en el momento de la unión, y ella dieciséis. María Josefa Amalia falleció prematuramente de fiebres graves en el Palacio Real de Aranjuez. Su cuerpo reposa en el Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial, pues tradicionalmente el Panteón de los Reyes está reservado a las reinas que han tenido descendencia.
 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por favor, tenga usted buena educación. Los comentarios irrespetuosos o insultantes serán eliminados.