Hace
tiempo estuvimos husmeando entre los viejos documentos que se han salvado de la
hoguera, o de la tripa de los ratones, en los archivos de Barriosuso. Nuestro
agradecimiento por ello a todos los que pensaron que esos legajos llenos de
polvo tienen algún valor. Al menos para esta bitácora. Además, la que leeremos tiene
una anotación a lápiz que ha sobrevivido y de la que hablaremos luego.
Cojan
su DeLorean y nos situamos en el año 1829 para comprender esta circular donde
el Arzobispo de Burgos, Alonso Cañedo Vigil, lanzaba una petición para todos
los curas y clérigos de su diócesis incluidos los superiores de los monasterios
y conventos. ¿Qué pedía el bueno de Alonso? Dinero a una sociedad que estaba en
crisis económica desde la victoria contra Napoleón.
¡¿Acaso
esperaban que un cura pidiese otra cosa en 1829?! No respondan, era un pregunta
retórica. Dirán ustedes que la Iglesia ya recaudaba lo suyo. Y lo suyo era:
- Diezmo:
la décima parte de la producción agrícola y ganadera del feligrés, recaudado
por la Iglesia para su propio sustento y el de sus obras. Pero debemos entender
que, de este dinero, la Iglesia también entregaba parte al estado, Corona y la
nobleza, a través del subsidio y el excusado.
- Primicia:
sobre el primer fruto o la primera cría.
Por
no dejarles con la curiosidad les diremos que el subsidio eran pagos
obligatorios que la Iglesia hacía a la Corona a cambio de no ser sometida a
impuestos reales. El excusado, por su parte, era una contribución implantada
durante el reinado de Felipe II donde la propia Casa Real recibía el diezmo de
forma íntegra de una parroquia, elegida previamente por el monarca.
Evidentemente no elegía Barriosuso.
Además,
recuerden, estamos en el reinado de Fernando VII. Esto significa que todavía no
ha empezado la cascada de desamortizaciones asociadas a la primera guerra
carlista. Vamos: que tendría que haber “pasta”. Y capacidad de obtenerla.
Piensen que el diezmo y las primicias eran impuestos directos obligatorios para
todo el mundo que gravaban la renta de la tierra y que, para recaudarlo, se
necesita información sobre los contribuyentes y un recaudador. ¡Pues la Iglesia
lo tenía!: el cura de cada pueblo. ¿Acaso pensaban que se preocupaba solo de
las almas?
Iglesia de Barriosuso.
Entonces,
¿por qué pedía dinero el señor arzobispo? Leamos la circular:
“Angustiado
nuestro corazón del más acervo dolor, nos vemos precisados a recordaros el
triste espectáculo que presentan nuestra afligida imaginación las ruinas,
muertes, desolación, y desamparo de tantas familias oprimidas por la desgracia a
que las ha reducido el espantoso terremoto que en la tarde del veinte y uno del
pasado [21 de marzo de
1829] se ha dejado sentir, y hecho una horrible explosión en muchos pueblos
de las Provincias de Murcia, y Orihuela. Por no atormentar vuestra memoria
dejamos a los papeles oficiales que publiquen la descripción, y relación
circunstanciada de los inauditos padecimientos de aquellos infelices
habitantes, que en tan breves momentos han perdido los unos la vida, otros sus
fortunas, muchos la habitud para ganar el sustento en lo sucesivo, y todos se
hallan aun poseídos de imágenes de terror.
Hijos:
adoremos humildes los inescrutables juicios del Altísimo, Dios Omnipotente, de
cuya mano debemos recibir con la mayor sumisión así las felicidades como las
desgracias, unas y otras encaminadas por los designios de su alta Providencia a
nuestro mayor bien. Pero no nos olvidemos de sacar de esta calamidad las
espirituales utilidades que ella misma nos ofrece. ¿Somos nosotros acaso
mejores que nuestros hermanos afligidos? ¿Tenemos alguna seguridad de que no
descargará sobre nuestras espaldas el mismo azote que los ha herido? O
¿negaremos insensatos el poder de nuestro Dios, irritado por la multiplicada serie
de nuestros extravíos? Amados nuestros en el Señor: reconozcamos nuestro
infeliz estado. Preparémonos a desarmar su justa ira mientras hay tiempo, y
antes qué seamos sorprendidos. Escarmentemos en cabeza ajena, ya que la
misericordia del Señor nos llama todavía como Padre amoroso poniendo delante de
nuestros ojos este funesto ejemplo para que conmovidos confesemos con humildad
nuestros excesos, le pidamos perdón de todos ellos, y nos propongamos una
verdadera enmienda. Si una sola muerte repentina que una, u otra vez oís, o
veis os espanta, os llama hacia vosotros mismos como expuestos a padecer el
mismo accidente. ¿Cuánta impresión no deben causar en vuestro espíritu tantas
súbitas muertes como sabéis se han verificado en breves instantes? ¡Ay de
nosotros, si sordos a los llamamientos del Señor, dejamos pasar con
indiferencia este paternal aviso, nos olvidamos, y no nos aprovechamos de tan
eficaz auxilio!”
Creo
que se identifican las ideas fuerza de estos dos párrafos: Ayudar a las
víctimas del desastre de Orihuela y Murcia y “aflojar la mosca” en ese sentido
porque si no, el dios vengador puede llegar a desatar su ira sobre los tacaños
burgaleses al igual que lo ha hecho sobre los pecadores murcianos. Un mensaje
claro: paga pecador para contener la ira de Dios porque Él sabe que tú eres un
pecador merecedor del castigo celestial. Y no piensen que hoy no se aplican
estos retorcidos métodos de coacción porque…
“Pero
no es este solamente el objeto de nuestra pastoral exhortación. Nuestros
hermanos, a quienes fuera de los vínculos sociales nos unen los más estrechos
de la caridad cristiana, yacen cadáveres entre las ruinas y escombros de sus
habitaciones y fortunas; y los que sobrevivieron a la calamidad carecen de todo
recurso humano para atender a su subsistencia. Millares de familias sin albergue,
andan errantes sin tener a donde volver sus tristes ojos para aliviar su
miserable situación. Los hospitales están llenos de personas estropeadas por el
impulso de esta desgracia. Lágrimas tan solamente ofrecen en la desventura de
haber perdido en un momento las personas más amadas, imposibilitados de
tributar a sus almas los sufragios religiosos, pues que ellos mismos no tienen
medio alguno para atender a sus principales necesidades. ¿Quién no se duele de
semejante estado de miseria? Criaturas inocentes sin Padres; padres ancianos
sin los hijos en quienes tenían cifradas sus justas esperanzas; esposas sin maridos;
huérfanas destituidas de personas allegadas, moribundos, estropeados, este es
el cuadro del horror causado en pocos minutos. La sola compasión que naturalmente
nos excita es demasiado estéril, y nuestra sagrada Religión exige en su favor
recursos positivos. Nuestro piadosísimo Monarca [Fernando VII] en la Carta-orden circular
que se ha servido dirigirnos con fecha de 5 del corriente, se digna como Padre
verdadero de sus súbditos desvalidos tomar su voz dándonos el ejemplo de
caridad en medio de los apuros que le rodean, y recordándonos nuestro cristiano
deber para con nuestros hermanos desamparados. Da en ella las regias más
oportunas para impedir que se extravíen, o malogren los recursos que se
proporcionen, y para que se distribuyan a los indigentes según la verdadera
clase de necesidad de cada uno”.
Nos
carga de sentimentalismo la tragedia para ablandar nuestros corazones (léase
bolsillos) y nos presenta el ejemplo de la generosidad de Fernando VII enviando
1.500.000 reales y 20.000 fanegas de trigo para la reconstrucción. ¡Justamente
Fernando VII! Por suerte, nuestro sistema tributario actual nos permite
sabernos protegidos y que, en caso de tragedia -por un decir: terremotos,
volcanes, pandemias, inundaciones o descarrilamiento de trenes-, siempre dispondremos
de los medios de auxilio de forma rápida y abundante. Quizá. Quizá no.
“Ea
pues, amados hijos: Si queremos acreditar que permanece en nosotros la caridad de
Dios, no neguemos a nuestros próximos los socorros que nos reclama.
Esforcémonos a contribuir con aquello que permita nuestra respectiva fortuna en
favor de tantas personas afligidas. Venerables hermanos nuestros, dignos
individuos de nuestra Santa Iglesia Metropolitana, cuya caridad es tan notoria:
Presidentes y Cuerpos Eclesiásticos de nuestra Diócesis; Vicarios, Curas,
Beneficiados, y demás cooperadores en nuestro sagrado Ministerio, de uno y otro
Clero a vosotros principalmente se dirige nuestra voz pastoral en esta ocasión,
esperando que no saldrán defraudadas nuestras justas esperanzas, vuestra generosa
compasión animará al Pueblo para prestarse dócil a reconocer la obligación que
tiene de socorrer tantos miserables, cuando en fuerza de vuestro deber le
expliquéis hasta donde se extiende este precepto. No se nos oculta la escasez
de vuestras fortunas por un efecto de la calamidad de los tiempos; pero no os
arredre para dejar de contribuir la pequeñez de vuestros dones. El mismo Dios a
quien haréis este obsequio, lejos de desdeñar la escasa ofrenda de la mujer
viuda, la ha dado un mérito superior a cuantiosos dones: y en esta ocasión no
dudéis que los aceptará benigno […]
el afecto que la cantidad siempre que sea proporcionada a vuestros medios.
Fieles
pudientes: reconoced que el Señor os ha colmado de bienes temporales, para que
cubiertas vuestras atenciones , dais con el sobrante imitar su caridad
distribuyéndole en socorrer las urgencias de vuestros hermanos menesterosos.
Cercenad al menos a la comodidad y ostentación una parte de sus consumos, y
apresuraos a repartirla con mano benéfica entre tantos como gimen en la
miseria. No olvidéis que muchos de los que hoy imploran vuestros socorros han
quedado en breves momentos privados de tantos, o acaso más medios que los que poseéis.
Vuestro desprendimiento estimulará a hacer sus esfuerzos aun a las clases menos
acomodadas, y harán algún sacrificio por tener una parte, en favor de tan
criticas urgencias: y de esta suene las cantidades reunidas, aunque no sean
considerables llenarán los paternales deseos de nuestro amado SOBERANO, y
enjugarán las lágrimas amargas de tantas personas desgraciadas. Un Pueblo que
tantas pruebas nos tiene dadas de que a ninguno cede en principios de
religiosidad, que con docilidad sumisa oye siempre la voz paternal de sus
Pastores. ¿Por qué habrá de faltar a las justas esperanzas que nos inspira?”
No
se libraron ni los clérigos. Les exigían aportaciones sin que pudiesen
excusarse en una vida humilde porque debían de servir de ejemplo para sus
fieles ricos y fieles pobres. Y remarcaba la presión sobre los feligreses ricos
adulándoles declarando que debían ser guías de los más menesterosos.
“Luego
que nuestros Vicarios hayan recibido esta nuestra exhortación la circularán
inmediatamente a los Curas Beneficiados de su Partido, quienes la publicarán al
ofertorio de las Misas mayores en los tres primeros días festivos. No se
detendrá cada uno de estos Beneficiados en ponerse de acuerdo para la
subscripción con la Justicia del Pueblo, a quien por la citada Real orden se
encarga la recolección de estas limosnas, y les facilitarán una lista exacta de
las personas que se suscriban en beneficio de esta necesidad expresando la
suma, o especies con que cada uno haya contribuido. Remitirán a la mayor
brevedad estas listas a poder de los Vicarios respectivos, quienes nos las
habrán de dirigir originales para cumplir por nuestra parte con lo que nos
previene S. M. en la referida Real orden. Así estos como los Presidentes de los
demás Cuerpos Eclesiásticos de nuestra Diócesis acusarán el recibo de estos ejemplares
por medio de nuestra Secretaría de Cámara, y entre tanto recibid todos nuestra
Pastoral bendición”.
Este
párrafo ya debe ser de consumo interno de la organización porque nos habla de
cómo actuar y cómo registrar los nombres de las personas generosas.
“Dada
en nuestro Palacio Arzobispal de la Ciudad de Burgos a diez y ocho de Abril de
mil ochocientos veinte y nueve, rubricada de nuestra mano, sellada con el mayor
de nuestras armas, y refrendada del infrascrito nuestro Secretario de Cámara. Alonso,
Arzbpo. de Burgos”.
A
todo esto, ¿fue tan grave lo de Murcia y Orihuela? Les cuento: el del 21 de
marzo de 1829 fue un terremoto más dentro de una serie de sismos en la zona de
Murcia y Alicante. Aun así, es el más conocido con el nombre de “Terremoto de
Torrevieja” porque fue el más destructivo en el sudeste de la Península Ibérica
en los últimos 500 años, pero no el único en esos años. Hubo terremotos el 17
de enero de 1802 y 18 de enero de 1802 en Torrevieja y Torrelamata con réplicas
hasta el día 6 de febrero de 1802; el 8 de octubre de 1822 con réplicas durante
26 días en Orihuela; día 10 de enero de 1823 con más de doscientas réplicas en
veinte y cuatro horas y que se sintió en Cartagena, Alicante, Murcia y pueblos
intermedios; día 7 de junio de 1827, con epicentro en Crevillente; a partir de
septiembre de 1828 y hasta septiembre de 1829 se suceden infinidad de
terremotos como el del 15 de septiembre de 1828 y el del día 21 de marzo de
1829 en dos tandas, una al mediodía y otra a las 18:30 horas que se repitió a
los pocos segundos. Este evento del veintinueve, el de Torrevieja, fue relatado
por J. A. Larramendi con estas palabras: “[…] en un momento quedaron
enteramente en ruinas Torrevieja y muchos otros pueblos; perecieron centenares
de individuos, de ganados, frutos y otros efectos de toda especie; quedaron
familias enteras sepultadas bajo ruinas, y otras en la más espantosa miseria”.
José Agustín de Larramendi fue un Ingeniero de Caminos español y comisionado
por el Secretario de Estado, Manuel González Salmón, para desplazarse a la
zona, reconocer los estragos y proponer las medidas precisas.
Por
si esa sucesión de terremotos no hubiera sido suficiente en la noche del día 23
de marzo, dos días después, hubo otro terremoto en la zona. El último sismo se
produjo tras la circular del arzobispo de Burgos: el sábado santo 18 de abril
de 1829.
Los
daños causados por el terremoto de Torrevieja y los anteriores dejaban un
paisaje desolador como lo muestra el cuadro de Larramendi:
Vemos
que era una gran tragedia. Pero no la única a la que se refieren los viejos
papeles.
Comentábamos
que había unas notas escritas con lapicero que, milagrosamente, no se habían
borrado con el tiempo y que nos muestra cómo escribía alguien del arzobispado
de Burgos. En esa nota se solicitaba que se cantase un Te Deum por la muerte de
la reina María Josefa Amalia de Sajonia el 18 de mayo de 1829. Si se fijan la
fecha del documento es anterior al fallecimiento de la reina. No es que el
DeLorean diese un salto de más, sino que desde la redacción del documento, su
impresión y la organización del reparto pasó demasiado tiempo.
María Josefa Amalia de Sajonia.
Bibliografía:
“La
fiscalidad eclesiástica frente a las exigencias financieras borbónicas y la
guerra de Independencia: las diócesis de México, Michoacán y Guadalajara,
1790–1821”. Élida María Tedesco.
“La
Hacienda de la Corona de Castilla en el Antiguo Régimen”. Gema Duque Martín.
“La
catástrofe sísmica de 1829 y sus repercusiones”. Gregorio Canales Martínez
(Dir.), Francisco Calvo García-Tornel, Ana Melis Maynar, José Delgado Marchal,
Fermín Crespo Rodríguez, Antonio Merlos Martínez, Carlos López Casado, José
Giner Casado.
Real
Academia de la Historia. Historia Hispánica.
Congreso
de los diputados del Reino de España.
Revista
de Folklore.
Circular
de Alonso Cañedo Vigil.
Fotografías del documento gracias a
José Antonio San Millán Cobo.
Anexos:
Alonso Cañedo y Vigil:
Grullos, (Asturias), 22 de enero de 1760. Era hijo de un rico matrimonio de la
nobleza asturiana formado por Fernando Cañedo y Francisca Teresa Vigil Jove.
Inició su formación en la Universidad de Oviedo, donde se gradúa de bachiller
en Cánones y Leyes, para seguir los estudios mayores en la de Salamanca,
ingresando el 6 de octubre de 1781 en el Colegio de San Pelayo, o de los
verdes, donde se ordena sacerdote. En 1790 obtuvo una Canonjía en la cátedra de
Badajoz, y en julio de 1798 fue nombrado vicario de la catedral de Toledo, por
Carlos IV. Durante la invasión francesa se refugia en Asturias. Es nombrado por
la Junta General del Principado diputado para las Cortes de Cádiz. Toma
posesión de su cargo de diputado en la sesión secreta celebrada el día 28 de
octubre de 1810. Su actividad como diputado fue intensa y participó desde el
primer momento en discusiones de especial interés en aquellos momentos de
revolución política. Cañedo podría adscribirse al bando tradicionalista. Fue
elegido presidente de las Cortes para el período desde el 24 de diciembre de
1810 al 23 de enero de 1811. La vuelta de Fernando VII en 1814 supondrá, por
una parte, la rehabilitación de los diputados que le defendieron y la
persecución para los diputados del grupo liberal. Cañedo fue nombrado obispo de
Málaga el 19 de febrero de 1815. En Málaga residirá hasta 1820, negándose a
tomar parte de la nueva etapa constitucional, lo que le acarrea su destierro a
Gibraltar. Con la vuelta de Fernando VII, en 1823 es repuesto en su obispado
malagueño el primero de marzo de 1825 es elevado al arzobispado de Burgos,
donde fallece el 21 de septiembre de 1829 en la más completa pobreza.
María Josefa Amalia de Sajonia:
Nacida en Dresde el 6 de diciembre de 1803 y muerta en Aranjuez el 18 de mayo
de 1829. Era hija del príncipe Maximiliano de Sajonia y la princesa Carolina de
Borbón-Parma. Como sus hermanos, recibió una instrucción cuidadosa. Se casó con
su tío segundo, el rey Fernando VII, viudo y sin hijos, el 20 de octubre de
1819. Él tenía treinta y cinco años en el momento de la unión, y ella
dieciséis. María Josefa Amalia falleció
prematuramente de fiebres graves en el Palacio Real de Aranjuez. Su cuerpo
reposa en el Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial, pues
tradicionalmente el Panteón de los Reyes está reservado a las reinas que han
tenido descendencia.
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