Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.
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domingo, 7 de junio de 2026
¿Flumen? ¿Aguas? ¿Rivus? ¿molendinum? ¿molinum? ¿piscaminis? ¿pesca?
domingo, 3 de mayo de 2026
¿De dónde viene tu nombre, Oña?
“Toponimia de Oña y Tamayo (Burgos) en el Catastro del marqués de la Ensenada (1751)”. Eduardo Rojo Díez.
“Amo a mi pueblo”. Emiliano Nebreda Perdiguero.
“Los orígenes de Oña y el estudio del territorio”. Francisco Reyes Téllez y Julio Escalona.
Toponimia Asturiana.
Revista “La Esfera”.
“Oña, apuntes para el recuerdo”. Asociación “El Colmillo”.
domingo, 11 de enero de 2026
La “lengua propia” de Las Merindades.
Les diré sinceramente que la idea de esta entrada procede de una comida navideña con un cuñado. Hablábamos de algo neutro para no enzarzarnos: como se llamaban los zapatos de madera para entrar en las cuadras. Yo los conocía como Albarcas o madreñas, pero el los llamaban zuecos. ¿Quién tenía razón?
En la zona que contiene el sur y este de Cantabria, noreste de Palencia, norte de Burgos y occidente de Vizcaya y de Álava hay -hubo- una serie características del lenguaje que generaron un modo de hablar influido por el asturleonés y el euskera.
Así, por ir al palabrerío, tenemos el típico cambio de “b” por “g” cuando van seguidas de “o” o “u”. Lo encontramos en varios lugares del solar primitivo del castellano, como en la parte occidental de Álava -en Sojoguti-, en el topónimo el Regollar, y en Añés en el pago conocido como la Regoyada (que proceden del árbol llamado rebollo). La variación del grupo “mb” latino como en nombres de pueblos de nuestro espacio como Santa Coloma de Rudrón o Santa Coloma, en la Merindad de Cuesta Urria. Con respecto a la vocal “a”, están extendidas por toda el área las formas halecho y andrina (en lugar de helecho y endrina), de Mena a la Bureba y desde Palencia y Cantabria hasta Álava, donde también tenemos topónimos en la zona occidental como el Andrinal o los Andrinales en Turiso. De hecho, siempre recuerdo de niño que corregía a mi madre en su forma de pronunciar este tipo de palabras.
También, sintácticamente hablando, se podría decir que es característico de nuestro castellano norteño el uso verbal del condicional simple en lugar del imperfecto de subjuntivo. Esta incorrección va corrigiéndose cuanto más al sur de la zona norteña.
El laísmo en el complemento indirecto femenino de persona se lo veía, en 1965, como endémico en el norte de Burgos: “la dije” en lugar de “le dije”. ¿El leísmo? Tres cuartos de lo mismo: “estos manzanos les podas mañana” en lugar de “los podas”. El fenómeno parte desde tierras cántabras hasta alcanzar la parte alta de La Rioja y ya estaba presente en el Poema de Mío Cid. Para más inri, nos encontramos con un efecto péndulo en un leísmo que afecta al complemento directo femenino de persona: decir “le vi” en lugar de “la vi”.
Y, ¿Qué decirles del sufijo abundancial “-al” en lugar de “-edo”? Cierto que es una estructura que se está perdiendo pero que permanece en los microtopónimos: el Hayal, el Encinal, el Bujarral, el Carrascal, el Manzanal, el Jayal, el Halechal, el Bortal… En el oeste de Álava y en Cantabria también se prefiere hayal a hayedo. Aun así, es mayoritario el sufijo “-edo” en los nombres de nuestros pueblos: Lechedo, Ranedo, Argomedo, Carcedo, Rublacedo, Bugedo, Pinedo, Acebedo, Fresnedo, Robredo, Quisicedo, Quecedo, Ahedo, Manzanedo, Arnedo, Rebolledo, etc.
Hay palabras comunes entre el habla montañesa y la de Las Merindades. Aunque en ocasiones la pronunciación y la fonética encubren estas similitudes. Voces comunes son: alampar, albarca, amorrar, banzu, cocinu, cebilla, esbarciar, bubarro, caco, cagalita, camba, carajón, collarón, chospar, dalle, escullar, estazar, fatu, gallarita, garabita, jatu, jébene, jayo, jerba, lata, payu, pecu, pique, puga, respe, rosnar, ruvieju y tronzar, entre otras. Podemos seguir con otras palabras como amorrar, arrecho, barreñón, borro, cabrio, camba, caponera, carrasca, cillisca, chospar, dallar, esconderite, fato, lata, limaco, nidrio, nubada, picaza, pieza, respe, rutar, sapado, tasugo, tronzarse, turrar, tuta, vulcar, etc. Este tipo de palabras muestran que el romance cántabro-burgalés es más cercano al habla asturleonesa que a las navarroaragonesas.
Algunos casos particulares los tenemos, por ejemplo, en el término albarca que está en todas Las Merindades y contornos, pero con dos significados distintos: en el territorio que forman el norte de Palencia, Cantabria y noroeste de Burgos es lo mismo que “almadreña/madreña” o zueco de madera y en el resto de la zona es un calzado con la suela de goma. Podríamos decir que tanto mi cuñado como yo teníamos razón. O estábamos equivocados.
Albarcas/almadreñas/madreñas
Evidentemente, la mayoría del vocabulario típico de la zona tiene una etimología latina, pero una parte del léxico y la toponimia tienen un origen prerromano: nava, vega, barcena, lata, talanguera, camba, albarcas, berezo, etc. En este contexto de léxico de raíz prerromana, los vasquismos están prácticamente ausentes en toda la zona central y oeste de nuestro espacio, salvo los habituales en el uso del español normalizado y unas pocas palabras adoptadas en el habla local, como por ejemplo perrochico, chicharro, chipirón, pacharán o choco (Txoko).
Intuitivamente sabemos que un idioma, el castellano en este caso, no tiene un registro lingüístico uniforme, sino que presenta matices y genera variedades locales. Así, para algunos autores, el castellano norteño (recordamos: actuales sur y este de Cantabria, noreste de Palencia, norte de Burgos, oeste de Vizcaya y oeste de Álava) sería heredero del romance de los cartularios medievales de Valpuesta y Oña. Frente a estos, los hablantes del sur y este de Álava, la casi totalidad de La Rioja y el este de Burgos serían herederos del romance de San Millán de la Cogolla. Por supuesto, los dialectos no tienen un límite claro y el uso de las diferentes palabras no se puede delimitar exactamente, ni ser excluyente.
Como colofón dejaremos constancia de algunas de estas palabras:
Albarca: Era, y es, un calzado con la suela de caucho o cuero duro, que se sujetaba con cuerdas al tobillo y al empeine. El diccionario de la RAE precisa que las suelas de neumático se utilizaban en las zonas de pastores y labradores pobres y las de piel cruda de vaca o caballo, en el resto. La Real Academia prefiere “abarca” que es una voz de origen prerromano, documentada ya en el siglo X. Albarca se recoge como zueco o almadreña en la zona de Campoo (Cantabria) y en el noroeste de Burgos. La Wikipedia lo llama Albarca Cántabra. ¡Por eso yo defendía esta palabra!
Almadreña: Es un calzado de madera, de una sola pieza y con tacos de apoyo, para evitar el barro y el agua del suelo. También se conoce como “madreña”. En la zona de Oña está la expresión “ser un almadreñas” que se aplica a una persona que es una chapucera o con poco fuste. El diccionario de la RAE indica que procede de la voz mozárabe “matrwena” y esta del latín “materia” (madera). Es una palabra de uso general en el castellano norteño y con el mismo significado. En la Merindad de Sotoscueva, que limita con Cantabria, todavía almadreña es “zueco”.
Arribotas: “Muy arriba, en lo más alto”. No existe en el diccionario de la RAE pero está relacionada con arriba. La conozco desde niño y su significado era intuitivo. Quizá por eso parece que siempre la escuchemos en boca de los niños.
Chiflar: Significa “Silbar”. Procede del francés síffler (silbar) y esta del latín dialectal “Sifilare”, relacionada a su vez con “Sibila-re”. También son comunes los derivados chiflo (silbato de madera) y chiflido (silbido).
Dalle: “Guadaña”. Se compone de mango, manillas para agarrar, virola para sujetar la hoja y esta misma. El Diccionario del RAE señala que esta palabra procede del occitano “dalh” o del catalán “dall”, y estos del latín “daculum”. Dallar es “segar con el dalle”. Es una palabra de uso común en Las Merindades y desde el norte palentino hasta La Rioja. A veces es un sinónimo de guadaña, pero en otros lugares tiene matices semánticos y terminaciones vocálicas diferentes. En el Valle de Mena y en la zona pasiega de Burgos tenemos diferenciados dalla y dallo, este último se caracteriza por tener la hoja más corta.
Galipó: “Alquitrán”. En el diccionario no viene esta palabra, sino galipote, procedente del francés galipot, y la describe como una especie de brea o alquitrán para calafatear. La Academia la incluyó en el diccionario en 1936, aunque la encontramos escrita como palabra esdrújula, gálipo, en 1878, como sinónimo de resina de pino. En Villarcayo, y seguro que, en otros lugares, los niños de los setenta disfrutaban haciendo pasar sus bicicletas sobre los pegotes de galipó caliente por el sol para dejar las huellas del neumático. ¡Qué cosas! Hoy es un término en desuso. Se emplea más brea o alquitrán, aunque galipó era parte del vocabulario de los bilbaínos también.
Limaco: “Babosa negra”. LA RAE dice que el
término procede de “Limax-acis” Es una palabra común en toda la zona de
estudio, aunque con diversas variantes: limaco, limaza, limarza, limace,
lumiaco o rumiaco. Todo nuestro espacio lingüístico del castellano norteño se
decanta para nombrar a este molusco terrestre y sin concha por la palabra del
latín culto y no por la procedente del latín vulgar “Babosus” (bobo) que derivó
en babosa. En el año 1500, en un tratado anónimo de Patología, en un remedio
contra las almorranas, aparece como uno de los ingredientes: “limacos, tres
onças”.
Machorra: “Oveja que no se queda preñada durante el primer año, y que se sacrifica para carne”. Tanto en masculino como en femenino, el Diccionario de la real academia de la lengua española señala que es un adjetivo que significa “estéril” y también un sustantivo equivalente a “hembra estéril”, además de tener una intención despectiva. La machorra es una oveja estéril en la Bureba, Caderechas y Las Merindades, Carranza y Álava. En Campoo y Cantabria, incluso en Villarcayo, es el nombre que se da a los tarugos, tacos o clavos de las almadreñas o albarcas. En Las Merindades se llaman machorras a las peñas aisladas y peladas que sobresalen en un terreno. De aquí viene el nombre del pueblo homónimo de Las Machorras.
Machorra: “Oveja que no se queda preñada durante el primer año, y que se sacrifica para carne”. Tanto en masculino como en femenino, el Diccionario de la real academia de la lengua española señala que es un adjetivo que significa “estéril” y también un sustantivo equivalente a “hembra estéril”, además de tener una intención despectiva. La machorra es una oveja estéril en la Bureba, Caderechas y Las Merindades, Carranza y Álava. En Campoo y Cantabria, incluso en Villarcayo, es el nombre que se da a los tarugos, tacos o clavos de las almadreñas o albarcas. En Las Merindades se llaman machorras a las peñas aisladas y peladas que sobresalen en un terreno. De aquí viene el nombre del pueblo homónimo de Las Machorras.
Renieblar: “Desprender la niebla gotas finas”. El Diccionario oficial no recoge tampoco esta palabra. Sí incluye anieblar y aneblar, pero con el significado de “cubrir de niebla”, no de que la niebla moje. Renieblar sería como estar en unas nubes bajas.
Tronzarse: “Mancarse, fracturarse sobre todo el brazo, pero también la pierna”. La RAE, en la segunda acepción de esta palabra, dice que tronzar es una voz regional y que se aplica especialmente a los huesos. En la Bureba, Las Merindades y en Cantabria posee la acepción de “quebrar”. Tronzar también significa cortar, especialmente árboles y de ahí el derivado tronzador, que es una sierra larga para cortar los troncos de los árboles. Yo lo he conocido como “torcerse un miembro”.
Turrar: “Escocer las heridas, las quemaduras o los golpes, y también las manos cuando hace frío”. El diccionario recoge la voz turrar, pero como sinónimo de torrar y con el único significado de tostar o asar en las brasas. Tanto turrar, torrar como tostar proceden del latín “Torrare”, verbo de cuyo intensivo deriva el latín vulgar “Tostare”. En la Bureba, Caderechas, Valdivielso, Las Merindades, Valdegovía y noroeste de Burgos se atestigua con amplitud turrar con el significado especializado de escocer o picar. Añadiré que, personalmente, lo he empleado para indicar que alguien me aburría.
Zamostas: “Persona vaga, desmañada e ignorante, sin oficio ni beneficio, que no es digna de consideración”. Esta palabra la escuché de boca de un vecino cuyo abuelo procedía de la zona de Oña. Evidentemente no aparece en el diccionario de la RAE. En Las Merindades es una palabra despectiva que equivale a imbécil. En Campoo se le llama así a una “persona holgazana”. En Cantabria, zamostear es “dar sacudidas de la cabeza para espantar moscas o con amagos de ataques, en bueyes o vacas”. Y es que zamosta, en singular, significa en el noroeste de Burgos “cubierta de piel que se pone sobre las cabezas y el yugo de la pareja de vacas uncidas” y en Campoo también “lazo que se da al final de la coyunda”. Entre el cabeceo de las vacas y la persona vaga, torpe e ignorante puede haber una asociación semántica que justifique el empleo de la misma palabra para ambas definiciones.
Seguro que hay muchas más palabras propias de la zona de Las Merindades que han comenzado a caer en desuso, pero la entrada no da para más.
Bibliografía:
“El habla de Oña (Burgos). Estudio dialectal del castellano norteño”. Eduardo Rojo Díez.
domingo, 19 de abril de 2020
¿Hay moros en el horizonte?
Ya hemos visto la presencia de nombres francos y
vascos en Castilla. Pero, sorpréndanse, había un porcentaje de población con
nombres de origen semítico, árabe o judío. ¿¿Cómo?? Sí, Se ha estudiado
principalmente para la cuenca del Duero pero es factible suponer que parte de
esa población se acercase, o viviese, en Las Merindades.
Olvidémonos de aquella visión del despoblamiento
de Sánchez Albornoz y tengamos en cuenta que existencia de la onomástica
semítica es innegable desde principios del siglo X dada la abundante
documentación. Entre la toponimia los casos son casi siempre topónimos
patronímicos como en el caso de la villa de Obtuman (del Becerro de Cardeña) cerca
de Ubierna.
También están los casos de Abelmundar Telluz,
poblador de Cerezo, Oveco Hazan en Oca, y Ablazar en Milanes cerca de Hiniestra.
Parece que estos nombres semíticos corresponden a una corriente onomástica en decadencia
cuando se observa a mediados del siglo X. ¿Por qué? Porque tiene mayor presencia
en topónimos, que en este contexto son esencialmente antropónimos fosilizados,
y relativamente poco entre los protagonistas de la documentación cenobítica. En
San Pedro de Cardeña abundan los nombres aparentemente semíticos en la documentación
de este periodo geográficamente concentrada, temprana y más homogénea que en La
Bureba. Según esta muestra, hay una proporción de entre el quince y el veinte
por ciento del campesinado burgalés con nombres árabes. Y, como estos sujetos
aparecen en la documentación cenobítica, muchas veces en trato directo con la
iglesia, lo lógico es presuponerles cristianos. Otrosí, el campesinado que
aparece en estos textos sería el campesinado más próspero, y por tanto no
necesariamente representativo. Y, hablando de representación, tampoco abundan
los nombres semíticos entre el clero. Quizás habría que matizar la supuesta
concordancia entre antroponimia clerical y laica, y sugerir que la onomástica
monacal está más próxima a la de las clases dirigentes, por lo menos durante el
siglo IX.
¿Por qué los curas y monjes católicos no tienen
nombres árabes o judíos? ¡¡Hombre!!... A bote pronto, hay dos posibilidades: desechaban
un hipotético nombre semita en el momento de la ordenación para imponerse otro
católico (miren al Papa, por ejemplo) o que el reclutamiento monacal se limitara
a las clases donde ya escaseaba tal onomástica. Es decir, o bien había un
rechazo general a lo árabe en la sociedad o el monacato era una clase
intermedia entre el campesinado más próspero y la elite laica. A este respecto,
es interesante que entre los presbíteros rurales sí emerge algún nombre árabe,
en menor cuantía que entre el campesinado quizás, pero más que entre el
monacato: ¿suponen estos presbíteros rurales otra clase intermedia?
Pero si se acepta que lo que determina la
incidencia porcentual de la onomástica árabe es lo social, y si además
aceptamos que el campesinado que aparece en la documentación es el campesinado
más próspero, y que entre este campesinado próspero detectamos hacia un veinte
por ciento de onomástica árabe, pero solo un uno y medio por ciento entre el
clero… ¿podemos extrapolar, para abajo, y sugerir que entre el campesinado
menos próspero de Castilla la arabización era mayor? Inquietante.
Hay varias explicaciones para aclarar la
presencia de este nomenclátor semítico:
A. La explicación mozárabe:
Inmigrantes mozárabes introdujeron esta
onomástica en Castilla a partir de mediados del siglo IX. Llegaron fruto de la
campaña califal de hostigamiento religioso de los cristianos de Al-Ándalus y sabemos
de noticias de repoblación mozárabe en la Cuenca del Duero y otras regiones
próximas. Aclarado. No había tanto problema… ¿o sí?
Quizá sí. Los escritos cristianos que cuentan
los actos de Córdoba describen una campaña reaccionando a la arabización
cultural de la sociedad. No una lucha contra un genocidio. Si no existió
persecución masiva es poco probable la emigración masiva. Paulo Álvaro, por
ejemplo, residente en Córdoba, seguiría escribiendo diatribas contra el Islam
sin sufrir represalia conocida alguna, y los sucesos cordobeses apenas afectarían
a la mozarabía sevillana.
Un segundo pilar de esta tesis son las noticias
de fundaciones monásticas por mozárabes refugiados. Puede ser cierto para
Galicia y León pero para Castilla…no mucho. Entonces ¿a qué tantas vueltas con
la migración? Porque la hubo. Pero no en el momento del siglo IX sobre el que
trabajamos. La aceptación de la idea vendría de la mano de la fundación de
Zamora por emigrantes toledanos en 893 o por éxodos mozárabes del siglo XII
provocados por el radicalismo almorávide y almohade. Además, en estos últimos
casos se trataría de mozárabes mucho más arabizados onomásticamente que los
cordobeses del siglo IX.
Cuando observamos la onomástica semítica
castellana a principios del siglo X parece bien arraigada entre el campesinado
castellano, diseminada, al menos, por todo el alfoz burgalés en una variedad de
comunidades rurales que nos indica que no es una inmigración reciente.
Explícitamente, en el caso de Rodrigo Abolmundar, tenemos indicios de que su
familia llevaba dos, tres o más generaciones en Castilla. Y sin embargo, los
acontecimientos con más visos de haber provocado migración tuvieron lugar hacia
finales del siglo IX y principios del siglo X. Sobre todo pensamos en el
conflicto Córdoba-Toledo, no resuelto hasta 932, y en la noticia de la
repoblación de Zamora en el año 893, poblado con mozárabes toledanos,
acontecimientos cuya cronología difícilmente explica la onomástica castellana
arraigada ya a principios del siglo X.
Otro problema con la teoría mozarabista es la
distribución social de la onomástica semítica: entre el campesinado y no entre
el clero. Evidentemente lo semítico en Castilla tendrá un origen remoto
exterior, pero su conservación entre el campesinado, y escasez entre capas más
expuestas a influencias mozárabes (el clero), sugiere un fenómeno que a corto
plazo consideraríamos autóctono.
Además, esa emigración mozárabe, martirizada y
fundadora de cenobios en León, tenía que haber dejado más huella entre el clero
castellano. Y, rematando, ¿alguien lleva el nombre de su enemigo? Los Sajonia-Coburgo-Gotha
cambiaron su nombre de familia por Windsor en la primera guerra mundial por no
usar un nombre del enemigo alemán. Pues lo mismo en un grupo militantemente
cristiano y anti-árabe. Y esto es más absurdo todavía cuando se aprecia que ni siquiera
en al-Ándalus la población mozárabe parece haber llevado nombres semíticos. No es
verosímil que la onomástica árabe que aparece en Castilla a principios del siglo
X se deba a una llegada mozárabe, cuyo motivo de emigración fuera el rechazo de
la arabización e islamización, cuando en el mismo al-Ándalus la población
mozárabe no utilizaba tal onomástica.
Cada vez más autores rechazan la solución mozárabe.
En referencia a Castilla, Juan José García González parece referirse a
explicaciones no-andalusíes cuando habla de “sociedades
nativas de las llanadas parcialmente islamizadas”. Estepa identifica
indicios cronológicos que sugieren que la presencia de esta onomástica es
anterior al supuesto momento de las inmigraciones mozárabes. Desde otra
perspectiva Sánchez Badiola insiste en la ausencia de indicios sociales de
inmigración. Por último, para Mediano la mezcolanza de nombres semíticos y
latino-germánicos en las mismas familias, lo que él define como la “indiferencia
onomástica”, no cuadra con una población que huye del “yugo musulmán”.
La explicación hebrea:
Pues bien, si Hozen, Rahema y Abolmondar no son inmigrantes
de Al-Ándalus, ¿cómo se explica esta onomástica en la Castilla condal? Pues,
porque podrían ser judíos, y no moros: Los judíos estaban marginados en el
contexto altomedieval pero, muy posiblemente, eran una minoría relevante en la
Castilla protocondal. Glick sugiere que esta comunidad experimentaría una
arabización cultural relativamente temprana, y en cuanto a onomástica esto
parece muy probable dada que ambos pueblos semíticos compartían toda la
antroponimia bíblica. Si la comunidad judía supusiera el diez por ciento de la
población burgalesa nos ofrecería una buena explicación para gran parte de la
onomástica semítica castellana que nos ocupa.
Los nombres más corrientes entre los judíos
hispanos medievales parecen haber sido Yshaq, Yuçef, Abraham, Moseh, Yom Tov,
Semu’el, Yehudah, Selomoh, Sem Tov y Haym (Vital), y sus numerosos derivados y
variaciones multiplicadas por el desencuentro fonético y alfabético entre
hebreo y romance. Entre la documentación cardeniense contemplada sólo Abraham y
Zuleiman corresponden a esta lista, pero este último tiene forma árabe. Además,
esta comunidad parece ser cristiana, y así la explicación judía necesitaría un
proceso demasiado complejo (no sólo una arabización precoz, sino también una posterior
cristianización) para que la consideremos la hipótesis prioritaria para más que
una pequeña proporción de la onomástica semítica cardeniense.
La explicación berebere:
Este sustrato onomástico podría proceder de los
descendientes de los conquistadores que acompañaron a Tariq hacia 712, la
inmensa mayoría de ellos bereberes. Además, según Lagardère, los triunfantes
magrebíes, a diferencia de los árabes, provenían de una cultura agropecuaria y
llegaban con la intención de colonizar los territorios ganados. No queda
probada la presencia de bereberes en Castilla en la segunda mitad del siglo
VIII, pero es una hipótesis digna de consideración sobre todo cuando Oliver
Asín encuentra tantos ecos toponímicos del septentrión africano en nuestro
espacio.
Un escollo para esta teoría es la prohibición
malikí de que población musulmana se quedara bajo dominio político no islámico,
y ante la observada ausencia de una política andalusí de reconquista de
Castilla, la implicación sería que el noroeste peninsular careciera de una
numéricamente relevante población musulmana. No obstante, también se puede
argüir que cualquier legislación tiende a reflejar una realidad social, y no
preocuparse tanto para legislar en contra de fenómenos inexistentes. Es más,
sabemos que los bereberes eran desafectos del sistema árabe, y que además en
algunos casos no habían llegado a convertirse al Islam, o su conversión había
sido reciente y quizás superficial.
Por lo tanto, en vez del paradigma tradicional
de un abandono de la Meseta Norte por parte de los bereberes, contemplaríamos como
el estado musulmán les abandona a ellos. No sugerimos que estos renegados
bereberes supusiesen la mayoría de la población castellana, pues en tal caso
esperaríamos alguna referencia al fenómeno en la cronística árabe, pero sí que
una permanencia residual de esta gente habría prolongado la influencia cultural
arabizante en la Castilla desestructurada.
Entonces, ¿por qué los nombres árabes no están
entre la élite y sí entre el campesinado? Touche, es un fallo de la teoría. Quizás
la huella bereber se observa mejor entre la antroponimia que acompaña la voz
castro (Melgar, Gundisalvo ibn Muza, Abduzi, Marzaref, Mutarraf, Hevoz,
Aldeireite, Ardón, Froila, Pepe, Domnino), indicativa quizás de la clase que
jerarquizaba la “desestructurada” Meseta, antes de la reestructuración, aunque
esto es poco más que una intuición por el momento, y falta por contextualizar
espacial y cronológicamente las combinaciones castro y nombre.
La explicación nativa:
Por último, queda la solución de que esta
onomástica fuese de la población indígena de aquella Castilla que se habría
arabizado culturalmente, contemplando como marco cronológico para este proceso
arabizante tanto los cuarenta años durante los cuales Castilla estuvo integrada
en al-Ándalus, como el siglo largo siguiente cuando la Castilla meseteña
permaneció desestructurada y al margen de cualquier superestructura política.
Existiría una arabización relativamente rápida resultado
de la conquista del Ducado de Cantabria. Siguiendo a Pedro Chalmeta, entendemos
que el proceso conquistador, con la introducción de personal de fuera, la
ruptura de los sistemas políticos anteriores y la redistribución de la tierra,
crearía un clima más propicio para el cambio que el paradigma pactista
experimentado en gran parte de la Península. Pudo haber una islamización
religiosa temprana en el noroeste peninsular que se deduce del testimonio del
Ajbar Maymu’a, “en el año fueron vencidos
y arrojados los musulmanes de toda Galicia, volviéndose a hacer cristianos
todos aquellos que estaban dudosos de su religión”. A continuación, durante
el siglo desestructurado que se extiende de 750 a 850 aproximadamente, ante la
ausencia de viables y atractivas alternativas culturales al modelo andalusí se
mantendría el grado de arabización antes alcanzado. La recristianización cultural
sólo tendría lugar a partir de la reestructuración política del espacio durante
la segunda mitad del siglo IX, proceso ejemplificado por la “fundación” de
Burgos en 884.
Por su parte Bulliet entiende que la
islamización hispana fue lenta y acumulativa. Si aceptamos su tesis ¿cómo
podemos mantener que, en apenas 40 años, en Castilla la aculturación islámica
penetrara tan profundamente que 150 años después de la retirada musulmana
todavía un veinte por ciento de la población muestra indicios de arabización
por lo menos onomástica?
Pues por tres motivos:
- En primer lugar, por la razón empírica de la existencia (y abundancia) de la onomástica semítica, cuando la única otra solución propuesta hasta ahora (la inmigración mozárabe) carece de sentido. Es decir, la aceptamos por exclusión de otra teoría.
- En segundo lugar porque la tesis de Bulliet padece algunas deficiencias metodológicas que ponen en cuestión su aplicabilidad en el escenario peninsular. La más significativa es que la muestra que utiliza Bulliet para Al-Ándalus es demasiado reducida para tener un significado estadístico. Pero además la muestra es escasamente representativa de la sociedad en general, ya que Bulliet estudiaba esencialmente una clase media-alta (los juristas islámicos) y no el campesinado que es la clase entre los cuales abunda la onomástica árabe en Castilla.
- En tercer lugar, porque el espacio que estudiamos y sus circunstancias históricas son radicalmente diferentes a los espacios que la tesis de Bulliet contempla, que son espacios pactistas, otros plenamente integrados en al-Ándalus, y sobre todo espacios musulmanes fuera de Hispania.
A la hora de investigar la documentación del
siglo X no se debería ignorar apriorísticamente los acontecimientos
geopolíticos del siglo VIII. Las crónicas insinúan que el espacio que abunda en
onomástica árabe a principios del siglo X fue conquistada dos siglos antes, y
más explícitamente nos cuentan que siglo y medio antes de aparecer esta
onomástica se culminaban 40 años de control político islámico, seguido por una
desestructuración que ralentizaría la introducción posterior de modelos culturales
alternativos. Evidentemente, la presencia de nombres semíticos estaría en mayor
grado más cerca de la zona de contacto con los musulmanes.
Bibliografía:
“Antroponimia
vasca en la Castilla condal”. David Peterson.
“Francos y vascos en el norte de Castilla (IX-XIII):
los cambios en las denominaciones personales”. Emiliana Ramos Remedios.
“Frontera y lengua en el alto Ebro, siglos
VIII-XI. Las consecuencias e implicaciones de la invasión musulmana”. David
Peterson.
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