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domingo, 7 de junio de 2026

¿Flumen? ¿Aguas? ¿Rivus? ¿molendinum? ¿molinum? ¿piscaminis? ¿pesca?

 
 
Vamos a escribir sobre el agua. Ya sabemos que es físicamente imposible, pero en lo que estamos es en conocer los términos acuosos de Las Merindades, y cercanías, desde el latín al castellano. Ante todo, puntualizar que los hablantes del año 1000 no pensaban que estaban dejando de hablar latín y empezaban a hablar castellano. Eso se ve a posteriori. Hoy ocurre lo mismo: no nos percatamos de los pequeños cambios del idioma. Dicho esto, al tema.
 
Evidentemente no podemos encontrarnos con hablantes de ese tiempo por lo cual recurriremos a la documentación notarial de san Salvador de Oña (Oña, Burgos) datada entre los siglos IX y XIII. Este intervalo es un periodo de clara trasformación lingüística, aunque los hablantes no lo notaban, sobre todo en un mundo analfabeto y que escribía en latín (o eso creía). Esos documentos presentan la evolución y las pugnas entre palabras latinas -en su correcta acepción, no la de hispanoamericano- y las latinizaciones de elementos del futuro castellano. Y, encima, existen los problemas causados por las reescrituras de esos documentos que nos han llegado. Pongamos cómo ejemplo, por un lado, términos del latín medieval fijado y creado para un uso escrito como “molendinu” o “rivulu” y, por otro lado, a un léxico que mezcla voces del latín con otras de diverso origen que crearán el castellano pero que se insertan en los textos con un barniz latino: “molinu” o “arrogio”. No es tan raro, en zonas bilingües ocurre. En el caso del País Vasco vemos cómo los hablantes recurren a palabras de una u otra lengua para rellenar frases en la otra. Sin necesidad de que sean neologismos. Por ejemplo, “mugikorra” frente a la popular “mobila” para el teléfono móvil o “el móvil”. La que esto ejemplificaría, salvando las distancia, es un reconocimiento de que había una separación entre la lengua de la calle y el lenguaje oficial, culto, en latín hace unos mil años. Un latín no armonizado influido por las pautas aprendidas por el escribiente en su monasterio.

 
Nos fijaremos en las palabras relacionadas con el agua porque los ríos servían para delimitar las tierras o para ubicarlas. Toba, Tobalina, Tobera, Tobes, Tobillas… son nombres de lugares relacionados con la toba (piedra caliza, porosa, formada por la descomposición de la caliza al filtrarse el agua) o también “cueva”, roca asociada a sistemas fluviales y lacustres, característica del paisaje y de la arquitectura del Alto Ebro como ponen de manifiesto nombres como Tubilla del Agua. Incluso “Várcena” (tierra cultivada al lado del río) es una voz que, tanto en la documentación medieval como en la toponimia actual, responde a una forma propia de la mitad noroccidental de la Península, tal vez, de origen célta.
 
Respecto al léxico del agua de los textos de Oña, tenemos los frecuentes plurales “aquas/aguas” y del singular “agua” con valor genérico de corriente, natural o artificial, de agua de cualquier caudal y, también, de agua embalsada: “in aquas piscatorias” (1107), “atque decurssionibus aquarum” (1224), “alia terra ante el molino de Requexo inter amas aquas” (1129), “con su agua que á de ir por la casa que vós comprastes de don Pero” (1278). ¿A que entendieron mejor las últimas frases? Eso es una muestra de la evolución callada del idioma. Por cierto, para los latinistas, ¿Han visto que no usan los términos “Flumen” o “rivus”? “Flumen” parece emplearse para ríos específicos como en los casos siguientes: “tam in Ibero quam in Vesice vel in aliis fluminibus” (967); en “cañares VIIII qui sunt in flumine Ebro” (1011); “iuxta flumen quod vocitant Vesica” (1056); “in ripa flumins que vocitant río de Bena” (944). ¡Qué locura!
 
Otro término importante es “rivu” que, también, actúa como genérico para corriente de agua, sin que quede claro si mantiene siempre el sentido latino de arroyo o canal o si responde ya a la semántica de los romances hispanos: “río”. Además esta palabra se opone a “arroyo”. Lo vemos en las menciones de cursos de agua inespecífico: “Et in rivis, et in montibus et in pratis” (1096); “aliam terram que est ad fontem de Helzina, de rivo usque ad carreram” (1192). Por si fuera poco, “rivu” aparece en unos pocos textos con el nombre propio de un río introducido por “de”, de modo similar a “flumen”. Lo vemos en un documento de 822 donde dicen: “in rivo de Tirón” o “in rivo de Quintaniella”. Este uso es idéntico al del romance “río”, de hecho, veríamos una latinización del romance, particularmente visible en los topónimos, entendidos como una unidad (rivo + nombre propio), cuya naturaleza romance tiende a ser respetada por los amanuenses al redactar sus textos latinos. Volviendo al ejemplo contemporáneo: es cuando empleamos palabras inglesas en lugar de las castellanas, pero con la sintaxis del español. Algo así como “Whattappeando”.

 
La voz romance “río” hereda tanto el sentido de “rivu” como el de “flumen” en los contextos del latín de molinos, prados, pastos, ríos, aguas y cuando hablamos del nombre del río: “río de Úrbel” (1238) o “el río del Ebro” (1279). Y, claro, esto derivó en que “río” se añadiese a los topónimos como en “Riocandio” (1192) -que es Rucandio- o “Riodeisseras (Rioseras). En catalán el sentido moderno de “río” no aparece hasta el siglo XIII y en referencia a ríos de poca importancia, pues, en catalán arcaico “riu” designaba una corriente de agua modesta. Para los de mediana importancia se empleaba “flumaire” y los cursos importantes se designaban con el nombre del río solo (“no volíem passar Ebre”) o precedidos de “aygua”.
 
Añadiremos que muchos nombres parecen surgir de versiones cultas de “rivu” o “río” en topónimos que empiezan por “Ru-” conservadas por toda la mitad noroccidental de la península. En la provincia de Burgos tenemos, por ejemplo: Rubena, Rublacedo, Rucandio, Rupando (existe Pando en la zona, cerca de Noceco) o Rusalado (valle de Poza de la Sal). Estas designaciones con “Ru-” coinciden con el área de mantenimiento de “-u” final y, por tanto, con el área de “rivu/ríu” y también de “rigu”. El estudioso J.R. Morala en su obra “Los ríos y los paisajes” propone la relación con el término prerromano “arrugia” transformado. Así, en Oña figura “Rigu de Vena” (1096) o “Rigo de Vena” (1107) junto a “Río de Vena” (1215) que son la moderna “Rubena”.

 
Los lectores de esta bitácora que conozcan el eusquera se habrán percatado de la similitud entre “ru” y “ur”. Esta última voz significa, en castellano, agua. Hay diversos nombres de este posible origen tanto en Burgos como en Cantabria o Palencia debidos a la repoblación altomedieval y, desde luego, los de procedencia prerromana de más amplia extensión con las que el propio “ur” vasco estuviera relacionado. Tenemos el “Runa” que es el nombre antiguo del río que atraviesa Pamplona, el Arga. Julián Santano Moreno relaciona “Runa” con una raíz indoeuropea “er-: or-: r-” que alterna con diferente vocalismo en numerosos hidrónimos europeos. Pero hay ejemplos más evidentes en la provincia de Burgos como es el caso del río Úrbel que, en eusquera, significa agua negra u oscura (ur beltza) y que nace en Fuente Úrbel junto a Basconcillos del Tozo. ¿lo ven? Bas-con-ci-llos. ¿Y qué decir del río Rudrón? Que antes era río “Río Urón”. ¿Algo así como agua buena (Ur ona)? En un documento de Mijángos de 1258 figura un campesino llamado Juan Pérez de Urgaña (Urgaña que traduciríamos como como superficie del agua o sobre el agua).
 
Los viejos textos de Oña emplean para las corrientes de agua menos caudalosas las palabras “rivulu” y “arroyo” de forma imprecisa. “Rivulu” aparece en textos en latín –al menos en nuestra área, su uso parece exclusivamente escrito– y llega a solaparse con “flumen”. En italiano “rivulu” se ha convertido en rivolo (riachuelo). Por su parte “Arroyo” se emplea tanto en latín como en romance -castellano-, pero mantiene un significado estable porque “Rivulu”, por el contrario, posee el sentido de arroyo o también el de riachuelo como en “iusta rivulum que descendit de supra nominata Villa de Suso” (1102). “Arroyo” sería una corriente de mayor caudal que “rivu/río”. Lo vemos en este texto de 1129 referido a un afluente del río Molinar: “et uno maçanar enna Tova iuxta arroyo que discurrit de Val de Ulajo ad rivum maiorem”.

 
Dentro de la misma corriente -valga la broma dentro de este árido tema- tenemos las variantes castellanas de “rigo/rigu/riego” que son sinónimos de “flumen”, “rivu” o “río” como en “Rigo de Vena” (1107), “Rigu de Vena” (1096) o “In riego Béseca” (1011). Ese último ejemplo carece de la preposición para introducir el nombre del río que es una tendencia propia de la lengua hablada como vemos en la toponimia y en la actualidad: río Nela, Río Trueba…
 
La abundancia de agua implica asimismo la mención, en muchos textos, de terrenos de labor o pasto cercanos a los ríos y arroyos. Suelen ser tierras fácilmente inundables, pero muy fértiles, como “lama” o “nava”. Es el caso del par latino formado por el clásico “Palus, -disy por la forma metatética (que cambia fonemas) “padule”. Es, por otra parte, forma paralela a la que da en el vasco “Padura”. Y que significa laguna, charca, terreno pantanoso, tremedal –similar a “lama”– y que evolucionó en castellano hacia prado, terreno de pasto. “Palude” y “padule” alternan en proporciones variables en la documentación medieval del norte peninsular y así se certifica en las colecciones más cercanas cronológica y espacialmente a Oña.
 
Evidentemente la abundancia de agua en Las Merindades y cercanías facilitó en la alta y Plena Edad Media la instalación de numerosos molinos. Los textos de Oña no discriminan qué tipo de molinos eran, pero, debieron de ser molinos de rueda horizontal o rodezno–dadas las características de las corrientes de agua– y harineros, aunque se sabe que también sirvieron como batanes, lo que se justifica por las frecuentes referencias al cultivo del lino. Así, en los textos de Oña escriben tanto “molendinum” como “molinum” de origen latino, además del romance “molino/molin”: “et quarta pars in illum molendinum qui est de vicins, et omnem rem nostram” (1056); “terras, vineas, solares populatos et heremos, molinos, pratos et omnia que ad me ibi pertinente” (1199); “Enna tierra de illo molino de Malanda la quinta parte” (1144); o “de los huertos de Lahano fasta’l molín de Palacio” (1027).
 
Parece evidente que “molendinum” –que comenzó a registrarse tardíamente en el propio latín– fue un cultismo escrito que no se asentó en las lenguas romances. En Oña, “molendinum” aparecerá en la segunda mitad del siglo XI y será la forma latina predominante, aunque alterne con “molinum” y también con el propio término romance, que se intercala sobre todo en construcciones con la preposición “de”. En el caso de “molino” el isomorfismo con el oblicuo latino impide en ocasiones determinar la lengua en pasajes donde se mezclan latín y romance castellano. Llama la atención que los dos textos con datación más antigua del corpus oniense elijan “molinum”.

 
Pero, ¿qué era un “molinum”, “moledinum” o “molino”? Algunos ejemplos parecen aludir al edificio en sí, especialmente, en lo que se refiere “molendinum”: “illam terram que dicitur de Molendino Cremato” (1223) aunque bien podría tratarse de la simple instalación de las muelas; “Et in caput ipsis terre suam habet aream et unum solarem cum sua ferragine, et unum molendinum quod est faciendum” (1056). Esta acepción de “muela” como piedra del molino, o de maquinaria para la molienda, se deduce con más claridad de varios contextos romances, en los que se da cuenta de varios molinos dentro de un mismo edificio o se hace constar la situación del molino dentro de la construcción que lo contiene: “la parte que yo é en el molino que es cerca del uço de la casa” (1275) o  “el cual molino es en el río de Pisuerga, en la casa que á el obispo de Palencia dos molinos, e esta casa con sos molinos está cerca la parada antigua de los molinos de Pradiello. E este molino […] es en esta casa sobredicha el primero cabo del uço” (1277). Este uso de molino lo acerca al de la voz rueda. Aunque en la documentación de zonas al norte de Oña se distingue claramente entre “molino” y “muela”, por ejemplo, en un documento de Alfonso X relacionado con Vitoria a pesar de que en la zona vascófona “rueda” acabará adquiriendo el sentido “molino”. ¿Lo explicamos? Verán, en latín rueda se dice “rota” y en eusquera molino es “errota”. La procedencia parece evidente.
 
Más bien puede afirmarse que, en vista de que la distinción entre molino y rueda de molino parece general tanto al norte como en el centro de la provincia de Burgos, el uso genérico que de “molino” se hace en Oña –en tanto que hace referencia indistintamente a la muela, a la maquinaria, a los aparejos para la molienda o al edificio que los contiene– tendrá que ver más con un uso propio de los escribanos del monasterio que con un uso general en la zona. La imprecisión de un término genérico como molino, heredada de los propios textos latinos, irá quedando superada con la irrupción del romance en la escritura y la aparición de voces ya exclusivamente castellanas para designar el equipamiento y la infraestructura de los molinos.
 
El léxico romance asociado al molino se amplió con palabras relativas a las pesqueras o pequeños embalses destinados a asegurar un caudal adecuado para el trabajo de la rueda de moler: “pescarias” (1011) o “piscarias” (1096). El agua era retenida mediante la “presa” o represa, muro o azud: “los nuestros molinos que avemos en Mixangos enna presa de so Nofuentes, que es en el río de Nela” (1258). Dicha presa podía estar construida con terrones o “céspedes” cuyo acarreo formaba parte de las tareas comunales –“e los céspedes que solíedes levar a la presa, que los non levedes nunca por premia” (1266). Desde la pesquera el agua era conducida hasta el molino a través de un canal artificial, el “calce”, voz mencionada una única vez y en un texto relativamente tardío: “e de la otra parte el calce del molino de Farta Vieyas” (1278). El vocablo castellano primitivo Calce designó siempre un canal artificial y en particular el que lleva el agua a los molinos. La forma arcaica con “L” se mantuvo hasta el siglo XIII y se conserva aún en el eusquérico “kaltze” como cauce por donde baja el agua al saetín del molino.

 
Otra más. La voz “parada” que no se documenta en castellano antes del siglo XIII, parece referirse a agua embalsada, tanto a la retenida por la presa como a la del canal o cauce, antes de llegar al molino. No obstante, puede también identificarse con la propia presa o muro e, incluso, con el conjunto de molinos o aceñas situadas en la misma presa: “aquellos dos molinos que tenían que avían a aver para sí en aquella parada de los molinos de la presa de Pradiello” (1277); “con tales aguas, e con tal parada, e con tal presa” (1278).
 
En cuanto al arabismo “aceña” (açenia/azenna), aparece en los documentos de Oña a principios del siglo XIII y debe relacionarse con los grandes molinos de rueda vertical ya conocidos desde la antigüedad pero que son desarrollados por los árabes para el regadío. La primera cita corresponde a la creación de una aceña para el Monasterio de Rodilla: “illam terram que dicitur de Molendino Cremato […] et fundemus ibi aceniam ad opus monasterio Beate Marie” (1223). Posiblemente comenzaron a instalarse estos ingenios en zonas en las que podía aprovecharse la fuerza de las corrientes como el valle de Caderechas: “illa acenia quam feci in Cadrechias” (1229); “en la azeña de Aguas Candias” (1279). Si nos fijamos en este nombre de Aguas Cándidas vemos que el adjetivo presenta el sentido etimológico de blanco que se aprecia también en otros topónimos del corpus como Riocandio (Rucandio).

 
Siguiendo con el mundo del agua debemos fijarnos en las salinas. Cerca de Oña están Salinas de Añana y Poza de la Sal lo que se verá reflejado en el léxico de los documentos. Sin embargo, el hecho de que la regulación del comercio de sal no llegara hasta el siglo XII de la mano de la corona explica que las voces de este campo en el corpus sean mayoritariamente romances salvo en el documento del año 822 copiado en el siglo XIII al que se le dio un barniz latino para dotarlo de un aire de antigüedad: “XX et III airas in salinas, et suo puteo et ratione in illas fontes”. “Salinas” (1262) debiera entenderse como topónimo en relación con el Valle Salado de Añana y se usa en plural. Las “eras” son las superficies horizontales en las que la sal se obtiene mediante la evaporación de la salmuera: “cum sua hera ab omni integritate pro VIII morabetinis et VI toradas de sal” (1175-1181); “con las eras de la sal” (1277). La “muera” o salmuera se extrae, bien de manera natural de manantiales salinos –Salinas de Añana–, bien artificialmente disolviendo con agua dulce la roca salina –Poza-: “et comparavi similiter in pozo de Medianas tuam partem de te Pelagio de la muera” (1175-1181). Por cierto, aquí tenemos un testimonio romance dentro de un contexto latino.
 
Otro campo -quizá no sea la palabra más adecuada- del mundo del agua es el pescado. El consumo de pescado, de agua dulce y salada, fresco y en salazón, constituyó el sustento proteínico principal de los monjes, especialmente, en las épocas de ayuno, lo que queda de manifiesto en el propio léxico oniense. Destaca un uso genérico del romance “pescado”: “medio de trigo e medio de ordio, e I soldo pora pescado” (1239); “e si el pescado no nos diéredes a esta fiesta sobredicha, que nos pechedes XII moravedís” (1258). Paralelamente aparece el latino “piscamen” (pesca) en un texto de 1190: “damus tibi Micael Esquierdo portionem panis, et vini, et piscaminis et de omnibus cibis quantum uni ex infantibus”. No se diferencia si el pez es de agua dulce o de agua salada porque a la mesa de los monjes de Oña llegaban los pescados de mar de sus posesiones en la costa que se consumían frescos o conservados en salazones.


 
 
Bibliografía:
 
“Interferencias léxicas latinorromances: las voces del agua y de sus industrias en el norte burgalés (siglos X al XIII)”. Emiliana ramos Remedios.
 
 

domingo, 3 de mayo de 2026

¿De dónde viene tu nombre, Oña?

 
 
Son curiosas las palabras. ¿Qué nos lleva a llamar algo con un fonema o con dos? ¡A saber! Pero en nuestro entorno y dentro de Las Merindades hay nombres de este estilo: río Oja -en La Rioja-, río Oca -en Burgos- o nuestra protagonista: el pueblo de Oña. Esta población es conocida gracias al conde de Castilla Sancho García y de su esposa Urraca al decidir fundar un monasterio donde situar, como abadesa, a su hija Tigridia. Era el año 1011. Pero, ¿había una población allí antes de ese momento o fue fundada exnovo?

 
Lo digo porque, aunque la zona de Oña estaba apartada de la “vía aquitana” que comunicaba Astorga con el suroeste de la Galia y pasaba por Virovesca (Briviesca), teníamos cerca Salionca (Poza de la Sal). Oña, así, era paso obligado para, a lo largo del valle del río Vesga, llevar la sal hasta el Ebro y por el desfiladero de La Horadada a Trespaderne y la costa. En el desfiladero hay restos tardoromanos o visigodos (fortaleza de Tedeja) que podrían suponer un punto de control de época romana en esa vía. Carecemos de información sobre Oña hasta el siglo IX, en que los documentos conservados en las colecciones monásticas aportan algún dato. Pero es en el siglo X cuando la información se vuelve algo más densa y permite mayores precisiones.
 
Hay un documento de 967 que menciona el lugar de Sorroyo por referencia a un alfoz de Oña: “Imprimis trado memetipsa cum corpus simul et anima, deinde in alfoce de Onie uilla que uocitant Arroio de Sancti Fructuosi cum integritate”. Aunque se trata de una única cita, el texto apoya la idea de que a mediados del siglo X existía un distrito territorial cuyo centro era la villa de Oña. La cosa cambia con su elección como sede monástica al desgajar jurisdiccionalmente Oña del territorio circundante. A lo largo del siglo XI, el distrito se llamará Petralata, por su fortaleza principal, que se cita repetidamente en el período de ocupación navarra. Oña debió ser un pueblo pequeño, en una tierra accidentada y rodeado por otros similares como Penches o Tamayo. No se han hallado referencias a un monasterio en Oña entre los documentos conservados anteriores a 1011 y, de haber existido tales textos antes de la desamortización, los eruditos de época moderna se hubieran referido a ello. Seguro.

 
Retomemos el documento del año 967, donde se recogía el topónimo Oña, y la existencia de una villa de ese nombre. Bueno, eso de que “se recogía el topónimo Oña” diríamos que lo hace de forma “diversa”. La evolución del latín y la pronunciación de sus fonemas afectó a la forma en que escribían las palabras. Sobre todo, sin reglas ortográficas claras. En los documentos de compraventa de las tierras para el monasterio de Oña se observan ya formas diferentes como Honia, Onia, Onna, Onie, en el año 1011. Ongia y Hongea en el 1045; Onga, en el 1099; Unia, en el año 1103; y Onnia, 1148. Hay otras variantes como Honya u Hongia, pero la que se consolida en la lengua romance es Onna, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIII.
 
Pero, ¿de dónde procede el nombre? ¿Qué significa? La primera explicación la tenemos que buscar en Espinosa de los Monteros y en la leyenda de la Condesa Traidora. La Crónica Najerense (hacia 1160), que relata la historia, dice que el monasterio lo fundó el conde Sancho, donde fue enterrado: “Sepultus apud Onie monasterium, quod fecerat". En 1243, la “Historia de Rebus Hispaniae” del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, cuenta: "Tandem comes Sancius contriti cordis penitencia stimulatus, construxit monasterium ualde nobile quod Oniam nominavit, eo quod matrem uiuentem Mioniam more Hispanico appellabat". Hay una alusión a una tal Mionia, madre de Sancho García conde de Castilla que fue fundador del monasterio, como origen del nombre Oña. Pero no es hasta la “Primera Crónica General de España”, de Alfonso X (hacia 1290), cuando se extiende la leyenda de la condesa traidora asociada al nacimiento del topónimo. Dice la leyenda que la condesa, para entregar el señorío a Almanzor, y tras deshacerse con artimañas de su marido, quiso envenenar a su hijo, pero éste la obligó a beber primero del vaso que le ofrecía: “Et ella con aquel miedo, beuio el uino, et cayo luego muerta. Empos esto el conde don Sancho, con pesar et crebanto por que matara a su madre de aquella guisa, fizo por ende un monesterio muy noble, et pusol nombre Onna por del nombre de su madre […] Argumentaban que la razón del nombre era que, en Castilla, llamaban Mioña a las señoras y que la condesa Sancha era tenida por señora en todo el condado de Castilla. Por ello, el conde quitó de ese apelativo el “mi” quedando como nombre del monasterio Oña.

 
En el siglo XV otras crónicas hacen referencia a esta historia. Mosén Diego de Valera dice en su “Crónica abreviada de España” que “et ovo este porque en aquel tiempo por madre dezían Oña”. En “Las bienandanzas e fortunas”, de Lope García de Salazar, se explica que: “E por el nonbre de aquella mala doña Sancha ovo nonbre aquel monesterio de doña Sancha, e por tienpo dexose el de Sancha e quedose el de doña, e así se llamó e llama Oña”. Vamos, una deformación de “doña” donde se perdía la “D”.
 
Aparte de que la leyenda es ficción el nombre de la esposa del conde Garci Fernández se llamaba Aba, nombre que fue cambiado equivocadamente por Oña en una traducción al romance de una escritura otorgada por el hijo de Fernán González. Además, ya hemos visto que Oña es un nombre que aparece antes de la fundación del monasterio.

 
Gregorio de Argáiz escribe, en 1675, que el topónimo Oña deriva del nombre de un prefecto romano llamado Publio Petronio, que estuvo en la zona durante la guerra con los cántabros: [...] Aunque los tres emperadores, Julio Cesar, Octaviano, y Galba, estuvieron en España, y los tres passearon a las Provincias de Rioja y Bureba: el que más cierto es que dio nombre a este Valle y Villa de Oña, fue Publio Petronio, el Prefecto de Augusto Cesar, que viniendo de la guerra de Cantabria, entró por la Bureba, y por el dificultoso Valle de Oña (cuya entrada por los lugares de Pino, y de Castellanos, estava defendida de los Cántabros) y lo ganó con grande valor, porque subió por las espaldas de la Sierra, que llaman hoy la Mesa del Abad de Oña […]. Lo mismo al sitio donde baxó a poner sus tiendas, de llamarle Castra Petronia, que abreviado se vino a deslizar en Petronia, Pionia y vltimamente Oña”. El padre Argáiz desbarra al establecer la etimología del topónimo Oña, aunque manifiesta preocupación por aclarar el asunto.
 
Enrique Flórez, en 1772, recoge la denominación “Villa Omnia”, que aparece en una escritura de dotación del monasterio, para acercar la etimología de Oña a la palabra latina OMNIA (todo), aunque con dudas: “Acaso provino de allí Oña por la general fertilidad del valle, a quien atribuyeron el elogio de que allí nacía todo, Omnia, Onia, Oña”.

 
Juan del Álamo, en 1950, se muestra partidario de adscribir Oña al Euskera donde la voz “OIN” (pie), como “pie de monte”, encajaría con la situación topográfica de Oña. Otra lengua no indoeuropea, como la ibérica, es reivindicada por algunos autores como origen de Oña. Justo Pérez de Úrbel sugiere que el nombre está relacionado con la voz “ONI” (pie), que dice que es vasca o ibérica, participando así de la teoría del vasco-iberismo. En contra del origen eusquérico de Oña está la escasez de topónimos vascos en esta zona a pesar de que abundan en La Rioja y aledaños. Aunque estos son producto de la Reconquista y, por tanto, posteriores a la romanización. Además, Oña está incluida en el territorio que ocupaban los autrigones en el momento de llegar los romanos a la Península. Los autrigones eran un pueblo celta, que por el Este llegaba hasta el río Nervión, lo que se aprecia en los nombres del Oeste de Vizcaya y Álava que son de etimología celta, salvo los más recientes producto de la repoblación. Como apoyo hablaremos del origen celta del topónimo “Bureba” al descubrirse varias aras dedicadas al dios prerromano “Vurovius”. Es un teónimo encontrado también en Bélgica, en la demarcación de los antiguos Neruii, de donde vendría el nombre del río Nervión.
 
Siguiendo la teoría de Martín Sevilla Rodríguez, la forma céltica reconstruida ONNA (fresnos), que ha sobrevivido casi idéntica en el galés o el bretón y que procedería de la raíz indoeuropea “OS-”, podría ser el origen del topónimo Oña. En Asturias, el río Güeña aparece mencionado en un documento del siglo XII en la expresión “per flumine Onna”. Del mismo origen serían los topónimos “Bueña”, en Teruel, y “Güeñes”, en Las Encartaciones vizcaínas situadas a la izquierda del río Nervión. Hay autores que prefieren una etimología a partir de la voz precéltica ONNO, ONNA que sería un curso de agua o fuente. Se basa en la aclaración ONNO (numen) que aparece en un tratado antiguo de nombres galos.

 
Y… ¿en Oña hay manantiales, ríos o fresnos? Sí, sí y, seguramente, sí. Es un lugar propicio para los fresnos que son árboles de ribera, aunque hoy sólo los vemos replantados en el monasterio. Pero, en el momento de surgir Oña bien pudiera ser el fresno un árbol frecuente junto al río o a orillas de sus manantiales. Por otro lado, la toponimia relacionada con el fresno es muy frecuente en el norte de España (La Fresneda, Fresnedo, Fresnedilla, Lizarra (Estella), etc.). Todo esto hace pensar que el origen celta es el más probable para el topónimo Oña.
 

 
Bibliografía:
 
“Los nombres de lugar en Oña (Burgos): un caso de toponimia en el primitivo solar del castellano”. Eduardo Rojo Díez.
“Toponimia de Oña y Tamayo (Burgos) en el Catastro del marqués de la Ensenada (1751)”. Eduardo Rojo Díez.
“Amo a mi pueblo”. Emiliano Nebreda Perdiguero.
“Los orígenes de Oña y el estudio del territorio”. Francisco Reyes Téllez y Julio Escalona.
Toponimia Asturiana.
Revista “La Esfera”.
“Oña, apuntes para el recuerdo”. Asociación “El Colmillo”.
 

domingo, 11 de enero de 2026

La “lengua propia” de Las Merindades.

 
Les diré sinceramente que la idea de esta entrada procede de una comida navideña con un cuñado. Hablábamos de algo neutro para no enzarzarnos: como se llamaban los zapatos de madera para entrar en las cuadras. Yo los conocía como Albarcas o madreñas, pero el los llamaban zuecos. ¿Quién tenía razón?

 
En la zona que contiene el sur y este de Cantabria, noreste de Palencia, norte de Burgos y occidente de Vizcaya y de Álava hay -hubo- una serie características del lenguaje que generaron un modo de hablar influido por el asturleonés y el euskera.
 
Así, por ir al palabrerío, tenemos el típico cambio de “b” por “g” cuando van seguidas de “o” o “u”. Lo encontramos en varios lugares del solar primitivo del castellano, como en la parte occidental de Álava -en Sojoguti-, en el topónimo el Regollar, y en Añés en el pago conocido como la Regoyada (que proceden del árbol llamado rebollo). La variación del grupo “mb” latino como en nombres de pueblos de nuestro espacio como Santa Coloma de Rudrón o Santa Coloma, en la Merindad de Cuesta Urria. Con respecto a la vocal “a”, están extendidas por toda el área las formas halecho y andrina (en lugar de helecho y endrina), de Mena a la Bureba y desde Palencia y Cantabria hasta Álava, donde también tenemos topónimos en la zona occidental como el Andrinal o los Andrinales en Turiso. De hecho, siempre recuerdo de niño que corregía a mi madre en su forma de pronunciar este tipo de palabras.

 
También, sintácticamente hablando, se podría decir que es característico de nuestro castellano norteño el uso verbal del condicional simple en lugar del imperfecto de subjuntivo. Esta incorrección va corrigiéndose cuanto más al sur de la zona norteña.
 
El laísmo en el complemento indirecto femenino de persona se lo veía, en 1965, como endémico en el norte de Burgos: “la dije” en lugar de “le dije”. ¿El leísmo? Tres cuartos de lo mismo: “estos manzanos les podas mañana” en lugar de “los podas”. El fenómeno parte desde tierras cántabras hasta alcanzar la parte alta de La Rioja y ya estaba presente en el Poema de Mío Cid. Para más inri, nos encontramos con un efecto péndulo en un leísmo que afecta al complemento directo femenino de persona: decir “le vi” en lugar de “la vi”.

 
Y, ¿Qué decirles del sufijo abundancial “-al” en lugar de “-edo”? Cierto que es una estructura que se está perdiendo pero que permanece en los microtopónimos: el Hayal, el Encinal, el Bujarral, el Carrascal, el Manzanal, el Jayal, el Halechal, el Bortal… En el oeste de Álava y en Cantabria también se prefiere hayal a hayedo. Aun así, es mayoritario el sufijo “-edo” en los nombres de nuestros pueblos: Lechedo, Ranedo, Argomedo, Carcedo, Rublacedo, Bugedo, Pinedo, Acebedo, Fresnedo, Robredo, Quisicedo, Quecedo, Ahedo, Manzanedo, Arnedo, Rebolledo, etc.
 
Hay palabras comunes entre el habla montañesa y la de Las Merindades. Aunque en ocasiones la pronunciación y la fonética encubren estas similitudes. Voces comunes son: alampar, albarca, amorrar, banzu, cocinu, cebilla, esbarciar, bubarro, caco, cagalita, camba, carajón, collarón, chospar, dalle, escullar, estazar, fatu, gallarita, garabita, jatu, jébene, jayo, jerba, lata, payu, pecu, pique, puga, respe, rosnar, ruvieju y tronzar, entre otras. Podemos seguir con otras palabras como amorrar, arrecho, barreñón, borro, cabrio, camba, caponera, carrasca, cillisca, chospar, dallar, esconderite, fato, lata, limaco, nidrio, nubada, picaza, pieza, respe, rutar, sapado, tasugo, tronzarse, turrar, tuta, vulcar, etc. Este tipo de palabras muestran que el romance cántabro-burgalés es más cercano al habla asturleonesa que a las navarroaragonesas.

 
Algunos casos particulares los tenemos, por ejemplo, en el término albarca que está en todas Las Merindades y contornos, pero con dos significados distintos: en el territorio que forman el norte de Palencia, Cantabria y noroeste de Burgos es lo mismo que “almadreña/madreña” o zueco de madera y en el resto de la zona es un calzado con la suela de goma. Podríamos decir que tanto mi cuñado como yo teníamos razón. O estábamos equivocados.

Albarcas/almadreñas/madreñas
 
Evidentemente, la mayoría del vocabulario típico de la zona tiene una etimología latina, pero una parte del léxico y la toponimia tienen un origen prerromano: nava, vega, barcena, lata, talanguera, camba, albarcas, berezo, etc. En este contexto de léxico de raíz prerromana, los vasquismos están prácticamente ausentes en toda la zona central y oeste de nuestro espacio, salvo los habituales en el uso del español normalizado y unas pocas palabras adoptadas en el habla local, como por ejemplo perrochico, chicharro, chipirón, pacharán o choco (Txoko).
 
Intuitivamente sabemos que un idioma, el castellano en este caso, no tiene un registro lingüístico uniforme, sino que presenta matices y genera variedades locales. Así, para algunos autores, el castellano norteño (recordamos: actuales sur y este de Cantabria, noreste de Palencia, norte de Burgos, oeste de Vizcaya y oeste de Álava) sería heredero del romance de los cartularios medievales de Valpuesta y Oña. Frente a estos, los hablantes del sur y este de Álava, la casi totalidad de La Rioja y el este de Burgos serían herederos del romance de San Millán de la Cogolla. Por supuesto, los dialectos no tienen un límite claro y el uso de las diferentes palabras no se puede delimitar exactamente, ni ser excluyente.

 
Como colofón dejaremos constancia de algunas de estas palabras:
 
Albarca: Era, y es, un calzado con la suela de caucho o cuero duro, que se sujetaba con cuerdas al tobillo y al empeine. El diccionario de la RAE precisa que las suelas de neumático se utilizaban en las zonas de pastores y labradores pobres y las de piel cruda de vaca o caballo, en el resto. La Real Academia prefiere “abarca” que es una voz de origen prerromano, documentada ya en el siglo X. Albarca se recoge como zueco o almadreña en la zona de Campoo (Cantabria) y en el noroeste de Burgos. La Wikipedia lo llama Albarca Cántabra. ¡Por eso yo defendía esta palabra!
 
Almadreña: Es un calzado de madera, de una sola pieza y con tacos de apoyo, para evitar el barro y el agua del suelo. También se conoce como “madreña”. En la zona de Oña está la expresión “ser un almadreñas” que se aplica a una persona que es una chapucera o con poco fuste. El diccionario de la RAE indica que procede de la voz mozárabe “matrwena” y esta del latín “materia” (madera). Es una palabra de uso general en el castellano norteño y con el mismo significado. En la Merindad de Sotoscueva, que limita con Cantabria, todavía almadreña es “zueco”.

 
Arribotas: “Muy arriba, en lo más alto”. No existe en el diccionario de la RAE pero está relacionada con arriba. La conozco desde niño y su significado era intuitivo. Quizá por eso parece que siempre la escuchemos en boca de los niños.
 
Chiflar: Significa “Silbar”. Procede del francés síffler (silbar) y esta del latín dialectal “Sifilare”, relacionada a su vez con “Sibila-re”. También son comunes los derivados chiflo (silbato de madera) y chiflido (silbido).

 
Dalle: “Guadaña”. Se compone de mango, manillas para agarrar, virola para sujetar la hoja y esta misma. El Diccionario del RAE señala que esta palabra procede del occitano “dalh” o del catalán “dall”, y estos del latín “daculum”. Dallar es “segar con el dalle”. Es una palabra de uso común en Las Merindades y desde el norte palentino hasta La Rioja. A veces es un sinónimo de guadaña, pero en otros lugares tiene matices semánticos y terminaciones vocálicas diferentes. En el Valle de Mena y en la zona pasiega de Burgos tenemos diferenciados dalla y dallo, este último se caracteriza por tener la hoja más corta.
 
Galipó: “Alquitrán”. En el diccionario no viene esta palabra, sino galipote, procedente del francés galipot, y la describe como una especie de brea o alquitrán para calafatear. La Academia la incluyó en el diccionario en 1936, aunque la encontramos escrita como palabra esdrújula, gálipo, en 1878, como sinónimo de resina de pino. En Villarcayo, y seguro que, en otros lugares, los niños de los setenta disfrutaban haciendo pasar sus bicicletas sobre los pegotes de galipó caliente por el sol para dejar las huellas del neumático. ¡Qué cosas! Hoy es un término en desuso. Se emplea más brea o alquitrán, aunque galipó era parte del vocabulario de los bilbaínos también.
 
Limaco: “Babosa negra”. LA RAE dice que el término procede de “Limax-acis” Es una palabra común en toda la zona de estudio, aunque con diversas variantes: limaco, limaza, limarza, limace, lumiaco o rumiaco. Todo nuestro espacio lingüístico del castellano norteño se decanta para nombrar a este molusco terrestre y sin concha por la palabra del latín culto y no por la procedente del latín vulgar “Babosus” (bobo) que derivó en babosa. En el año 1500, en un tratado anónimo de Patología, en un remedio contra las almorranas, aparece como uno de los ingredientes: “limacos, tres onças”.
 
Machorra: “Oveja que no se queda preñada durante el primer año, y que se sacrifica para carne”. Tanto en masculino como en femenino, el Diccionario de la real academia de la lengua española señala que es un adjetivo que significa “estéril” y también un sustantivo equivalente a “hembra estéril”, además de tener una intención despectiva. La machorra es una oveja estéril en la Bureba, Caderechas y Las Merindades, Carranza y Álava. En Campoo y Cantabria, incluso en Villarcayo, es el nombre que se da a los tarugos, tacos o clavos de las almadreñas o albarcas. En Las Merindades se llaman machorras a las peñas aisladas y peladas que sobresalen en un terreno. De aquí viene el nombre del pueblo homónimo de Las Machorras.

 
Renieblar: “Desprender la niebla gotas finas”. El Diccionario oficial no recoge tampoco esta palabra. Sí incluye anieblar y aneblar, pero con el significado de “cubrir de niebla”, no de que la niebla moje. Renieblar sería como estar en unas nubes bajas.
 
Tronzarse: “Mancarse, fracturarse sobre todo el brazo, pero también la pierna”. La RAE, en la segunda acepción de esta palabra, dice que tronzar es una voz regional y que se aplica especialmente a los huesos. En la Bureba, Las Merindades y en Cantabria posee la acepción de “quebrar”. Tronzar también significa cortar, especialmente árboles y de ahí el derivado tronzador, que es una sierra larga para cortar los troncos de los árboles. Yo lo he conocido como “torcerse un miembro”.
 
Turrar: “Escocer las heridas, las quemaduras o los golpes, y también las manos cuando hace frío”. El diccionario recoge la voz turrar, pero como sinónimo de torrar y con el único significado de tostar o asar en las brasas. Tanto turrar, torrar como tostar proceden del latín “Torrare”, verbo de cuyo intensivo deriva el latín vulgar “Tostare”. En la Bureba, Caderechas, Valdivielso, Las Merindades, Valdegovía y noroeste de Burgos se atestigua con amplitud turrar con el significado especializado de escocer o picar. Añadiré que, personalmente, lo he empleado para indicar que alguien me aburría.

 
Zamostas: “Persona vaga, desmañada e ignorante, sin oficio ni beneficio, que no es digna de consideración”. Esta palabra la escuché de boca de un vecino cuyo abuelo procedía de la zona de Oña. Evidentemente no aparece en el diccionario de la RAE. En Las Merindades es una palabra despectiva que equivale a imbécil. En Campoo se le llama así a una “persona holgazana”. En Cantabria, zamostear es “dar sacudidas de la cabeza para espantar moscas o con amagos de ataques, en bueyes o vacas”. Y es que zamosta, en singular, significa en el noroeste de Burgos “cubierta de piel que se pone sobre las cabezas y el yugo de la pareja de vacas uncidas” y en Campoo también “lazo que se da al final de la coyunda”. Entre el cabeceo de las vacas y la persona vaga, torpe e ignorante puede haber una asociación semántica que justifique el empleo de la misma palabra para ambas definiciones.
 
Seguro que hay muchas más palabras propias de la zona de Las Merindades que han comenzado a caer en desuso, pero la entrada no da para más.
 
 
 
Bibliografía:
 
“El habla de Oña (Burgos). Estudio dialectal del castellano norteño”. Eduardo Rojo Díez.
 
 
 

  

domingo, 19 de abril de 2020

¿Hay moros en el horizonte?



Ya hemos visto la presencia de nombres francos y vascos en Castilla. Pero, sorpréndanse, había un porcentaje de población con nombres de origen semítico, árabe o judío. ¿¿Cómo?? Sí, Se ha estudiado principalmente para la cuenca del Duero pero es factible suponer que parte de esa población se acercase, o viviese, en Las Merindades.


Olvidémonos de aquella visión del despoblamiento de Sánchez Albornoz y tengamos en cuenta que existencia de la onomástica semítica es innegable desde principios del siglo X dada la abundante documentación. Entre la toponimia los casos son casi siempre topónimos patronímicos como en el caso de la villa de Obtuman (del Becerro de Cardeña) cerca de Ubierna.

También están los casos de Abelmundar Telluz, poblador de Cerezo, Oveco Hazan en Oca, y Ablazar en Milanes cerca de Hiniestra. Parece que estos nombres semíticos corresponden a una corriente onomástica en decadencia cuando se observa a mediados del siglo X. ¿Por qué? Porque tiene mayor presencia en topónimos, que en este contexto son esencialmente antropónimos fosilizados, y relativamente poco entre los protagonistas de la documentación cenobítica. En San Pedro de Cardeña abundan los nombres aparentemente semíticos en la documentación de este periodo geográficamente concentrada, temprana y más homogénea que en La Bureba. Según esta muestra, hay una proporción de entre el quince y el veinte por ciento del campesinado burgalés con nombres árabes. Y, como estos sujetos aparecen en la documentación cenobítica, muchas veces en trato directo con la iglesia, lo lógico es presuponerles cristianos. Otrosí, el campesinado que aparece en estos textos sería el campesinado más próspero, y por tanto no necesariamente representativo. Y, hablando de representación, tampoco abundan los nombres semíticos entre el clero. Quizás habría que matizar la supuesta concordancia entre antroponimia clerical y laica, y sugerir que la onomástica monacal está más próxima a la de las clases dirigentes, por lo menos durante el siglo IX.


¿Por qué los curas y monjes católicos no tienen nombres árabes o judíos? ¡¡Hombre!!... A bote pronto, hay dos posibilidades: desechaban un hipotético nombre semita en el momento de la ordenación para imponerse otro católico (miren al Papa, por ejemplo) o que el reclutamiento monacal se limitara a las clases donde ya escaseaba tal onomástica. Es decir, o bien había un rechazo general a lo árabe en la sociedad o el monacato era una clase intermedia entre el campesinado más próspero y la elite laica. A este respecto, es interesante que entre los presbíteros rurales sí emerge algún nombre árabe, en menor cuantía que entre el campesinado quizás, pero más que entre el monacato: ¿suponen estos presbíteros rurales otra clase intermedia?

Pero si se acepta que lo que determina la incidencia porcentual de la onomástica árabe es lo social, y si además aceptamos que el campesinado que aparece en la documentación es el campesinado más próspero, y que entre este campesinado próspero detectamos hacia un veinte por ciento de onomástica árabe, pero solo un uno y medio por ciento entre el clero… ¿podemos extrapolar, para abajo, y sugerir que entre el campesinado menos próspero de Castilla la arabización era mayor? Inquietante.


Hay varias explicaciones para aclarar la presencia de este nomenclátor semítico:

A. La explicación mozárabe:

Inmigrantes mozárabes introdujeron esta onomástica en Castilla a partir de mediados del siglo IX. Llegaron fruto de la campaña califal de hostigamiento religioso de los cristianos de Al-Ándalus y sabemos de noticias de repoblación mozárabe en la Cuenca del Duero y otras regiones próximas. Aclarado. No había tanto problema… ¿o sí?

Quizá sí. Los escritos cristianos que cuentan los actos de Córdoba describen una campaña reaccionando a la arabización cultural de la sociedad. No una lucha contra un genocidio. Si no existió persecución masiva es poco probable la emigración masiva. Paulo Álvaro, por ejemplo, residente en Córdoba, seguiría escribiendo diatribas contra el Islam sin sufrir represalia conocida alguna, y los sucesos cordobeses apenas afectarían a la mozarabía sevillana.

Un segundo pilar de esta tesis son las noticias de fundaciones monásticas por mozárabes refugiados. Puede ser cierto para Galicia y León pero para Castilla…no mucho. Entonces ¿a qué tantas vueltas con la migración? Porque la hubo. Pero no en el momento del siglo IX sobre el que trabajamos. La aceptación de la idea vendría de la mano de la fundación de Zamora por emigrantes toledanos en 893 o por éxodos mozárabes del siglo XII provocados por el radicalismo almorávide y almohade. Además, en estos últimos casos se trataría de mozárabes mucho más arabizados onomásticamente que los cordobeses del siglo IX.


Cuando observamos la onomástica semítica castellana a principios del siglo X parece bien arraigada entre el campesinado castellano, diseminada, al menos, por todo el alfoz burgalés en una variedad de comunidades rurales que nos indica que no es una inmigración reciente. Explícitamente, en el caso de Rodrigo Abolmundar, tenemos indicios de que su familia llevaba dos, tres o más generaciones en Castilla. Y sin embargo, los acontecimientos con más visos de haber provocado migración tuvieron lugar hacia finales del siglo IX y principios del siglo X. Sobre todo pensamos en el conflicto Córdoba-Toledo, no resuelto hasta 932, y en la noticia de la repoblación de Zamora en el año 893, poblado con mozárabes toledanos, acontecimientos cuya cronología difícilmente explica la onomástica castellana arraigada ya a principios del siglo X.

Otro problema con la teoría mozarabista es la distribución social de la onomástica semítica: entre el campesinado y no entre el clero. Evidentemente lo semítico en Castilla tendrá un origen remoto exterior, pero su conservación entre el campesinado, y escasez entre capas más expuestas a influencias mozárabes (el clero), sugiere un fenómeno que a corto plazo consideraríamos autóctono.


Además, esa emigración mozárabe, martirizada y fundadora de cenobios en León, tenía que haber dejado más huella entre el clero castellano. Y, rematando, ¿alguien lleva el nombre de su enemigo? Los Sajonia-Coburgo-Gotha cambiaron su nombre de familia por Windsor en la primera guerra mundial por no usar un nombre del enemigo alemán. Pues lo mismo en un grupo militantemente cristiano y anti-árabe. Y esto es más absurdo todavía cuando se aprecia que ni siquiera en al-Ándalus la población mozárabe parece haber llevado nombres semíticos. No es verosímil que la onomástica árabe que aparece en Castilla a principios del siglo X se deba a una llegada mozárabe, cuyo motivo de emigración fuera el rechazo de la arabización e islamización, cuando en el mismo al-Ándalus la población mozárabe no utilizaba tal onomástica.

Cada vez más autores rechazan la solución mozárabe. En referencia a Castilla, Juan José García González parece referirse a explicaciones no-andalusíes cuando habla de “sociedades nativas de las llanadas parcialmente islamizadas”. Estepa identifica indicios cronológicos que sugieren que la presencia de esta onomástica es anterior al supuesto momento de las inmigraciones mozárabes. Desde otra perspectiva Sánchez Badiola insiste en la ausencia de indicios sociales de inmigración. Por último, para Mediano la mezcolanza de nombres semíticos y latino-germánicos en las mismas familias, lo que él define como la “indiferencia onomástica”, no cuadra con una población que huye del “yugo musulmán”.


La explicación hebrea:

Pues bien, si Hozen, Rahema y Abolmondar no son inmigrantes de Al-Ándalus, ¿cómo se explica esta onomástica en la Castilla condal? Pues, porque podrían ser judíos, y no moros: Los judíos estaban marginados en el contexto altomedieval pero, muy posiblemente, eran una minoría relevante en la Castilla protocondal. Glick sugiere que esta comunidad experimentaría una arabización cultural relativamente temprana, y en cuanto a onomástica esto parece muy probable dada que ambos pueblos semíticos compartían toda la antroponimia bíblica. Si la comunidad judía supusiera el diez por ciento de la población burgalesa nos ofrecería una buena explicación para gran parte de la onomástica semítica castellana que nos ocupa.

Los nombres más corrientes entre los judíos hispanos medievales parecen haber sido Yshaq, Yuçef, Abraham, Moseh, Yom Tov, Semu’el, Yehudah, Selomoh, Sem Tov y Haym (Vital), y sus numerosos derivados y variaciones multiplicadas por el desencuentro fonético y alfabético entre hebreo y romance. Entre la documentación cardeniense contemplada sólo Abraham y Zuleiman corresponden a esta lista, pero este último tiene forma árabe. Además, esta comunidad parece ser cristiana, y así la explicación judía necesitaría un proceso demasiado complejo (no sólo una arabización precoz, sino también una posterior cristianización) para que la consideremos la hipótesis prioritaria para más que una pequeña proporción de la onomástica semítica cardeniense.


La explicación berebere:

Este sustrato onomástico podría proceder de los descendientes de los conquistadores que acompañaron a Tariq hacia 712, la inmensa mayoría de ellos bereberes. Además, según Lagardère, los triunfantes magrebíes, a diferencia de los árabes, provenían de una cultura agropecuaria y llegaban con la intención de colonizar los territorios ganados. No queda probada la presencia de bereberes en Castilla en la segunda mitad del siglo VIII, pero es una hipótesis digna de consideración sobre todo cuando Oliver Asín encuentra tantos ecos toponímicos del septentrión africano en nuestro espacio.

Un escollo para esta teoría es la prohibición malikí de que población musulmana se quedara bajo dominio político no islámico, y ante la observada ausencia de una política andalusí de reconquista de Castilla, la implicación sería que el noroeste peninsular careciera de una numéricamente relevante población musulmana. No obstante, también se puede argüir que cualquier legislación tiende a reflejar una realidad social, y no preocuparse tanto para legislar en contra de fenómenos inexistentes. Es más, sabemos que los bereberes eran desafectos del sistema árabe, y que además en algunos casos no habían llegado a convertirse al Islam, o su conversión había sido reciente y quizás superficial.


Por lo tanto, en vez del paradigma tradicional de un abandono de la Meseta Norte por parte de los bereberes, contemplaríamos como el estado musulmán les abandona a ellos. No sugerimos que estos renegados bereberes supusiesen la mayoría de la población castellana, pues en tal caso esperaríamos alguna referencia al fenómeno en la cronística árabe, pero sí que una permanencia residual de esta gente habría prolongado la influencia cultural arabizante en la Castilla desestructurada.

Entonces, ¿por qué los nombres árabes no están entre la élite y sí entre el campesinado? Touche, es un fallo de la teoría. Quizás la huella bereber se observa mejor entre la antroponimia que acompaña la voz castro (Melgar, Gundisalvo ibn Muza, Abduzi, Marzaref, Mutarraf, Hevoz, Aldeireite, Ardón, Froila, Pepe, Domnino), indicativa quizás de la clase que jerarquizaba la “desestructurada” Meseta, antes de la reestructuración, aunque esto es poco más que una intuición por el momento, y falta por contextualizar espacial y cronológicamente las combinaciones castro y nombre.


La explicación nativa:

Por último, queda la solución de que esta onomástica fuese de la población indígena de aquella Castilla que se habría arabizado culturalmente, contemplando como marco cronológico para este proceso arabizante tanto los cuarenta años durante los cuales Castilla estuvo integrada en al-Ándalus, como el siglo largo siguiente cuando la Castilla meseteña permaneció desestructurada y al margen de cualquier superestructura política.

Existiría una arabización relativamente rápida resultado de la conquista del Ducado de Cantabria. Siguiendo a Pedro Chalmeta, entendemos que el proceso conquistador, con la introducción de personal de fuera, la ruptura de los sistemas políticos anteriores y la redistribución de la tierra, crearía un clima más propicio para el cambio que el paradigma pactista experimentado en gran parte de la Península. Pudo haber una islamización religiosa temprana en el noroeste peninsular que se deduce del testimonio del Ajbar Maymu’a, “en el año fueron vencidos y arrojados los musulmanes de toda Galicia, volviéndose a hacer cristianos todos aquellos que estaban dudosos de su religión”. A continuación, durante el siglo desestructurado que se extiende de 750 a 850 aproximadamente, ante la ausencia de viables y atractivas alternativas culturales al modelo andalusí se mantendría el grado de arabización antes alcanzado. La recristianización cultural sólo tendría lugar a partir de la reestructuración política del espacio durante la segunda mitad del siglo IX, proceso ejemplificado por la “fundación” de Burgos en 884.


Por su parte Bulliet entiende que la islamización hispana fue lenta y acumulativa. Si aceptamos su tesis ¿cómo podemos mantener que, en apenas 40 años, en Castilla la aculturación islámica penetrara tan profundamente que 150 años después de la retirada musulmana todavía un veinte por ciento de la población muestra indicios de arabización por lo menos onomástica?

Pues por tres motivos:

  • En primer lugar, por la razón empírica de la existencia (y abundancia) de la onomástica semítica, cuando la única otra solución propuesta hasta ahora (la inmigración mozárabe) carece de sentido. Es decir, la aceptamos por exclusión de otra teoría.
  • En segundo lugar porque la tesis de Bulliet padece algunas deficiencias metodológicas que ponen en cuestión su aplicabilidad en el escenario peninsular. La más significativa es que la muestra que utiliza Bulliet para Al-Ándalus es demasiado reducida para tener un significado estadístico. Pero además la muestra es escasamente representativa de la sociedad en general, ya que Bulliet estudiaba esencialmente una clase media-alta (los juristas islámicos) y no el campesinado que es la clase entre los cuales abunda la onomástica árabe en Castilla.
  • En tercer lugar, porque el espacio que estudiamos y sus circunstancias históricas son radicalmente diferentes a los espacios que la tesis de Bulliet contempla, que son espacios pactistas, otros plenamente integrados en al-Ándalus, y sobre todo espacios musulmanes fuera de Hispania.



A la hora de investigar la documentación del siglo X no se debería ignorar apriorísticamente los acontecimientos geopolíticos del siglo VIII. Las crónicas insinúan que el espacio que abunda en onomástica árabe a principios del siglo X fue conquistada dos siglos antes, y más explícitamente nos cuentan que siglo y medio antes de aparecer esta onomástica se culminaban 40 años de control político islámico, seguido por una desestructuración que ralentizaría la introducción posterior de modelos culturales alternativos. Evidentemente, la presencia de nombres semíticos estaría en mayor grado más cerca de la zona de contacto con los musulmanes.




Bibliografía:

 “Antroponimia vasca en la Castilla condal”. David Peterson.
“Francos y vascos en el norte de Castilla (IX-XIII): los cambios en las denominaciones personales”. Emiliana Ramos Remedios.
“Frontera y lengua en el alto Ebro, siglos VIII-XI. Las consecuencias e implicaciones de la invasión musulmana”. David Peterson.