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domingo, 30 de agosto de 2026

Torre de los Monteros o el palacio del marqués de Legarda.

 
 
Nos desplazamos a la población de Espinosa de los Monteros para observar a una de sus casonas señoriales: la “torre de los Monteros”. Anotaremos que que la abundancia de restos históricos coloca este pueblo a la altura de la capital de la provincia.

 
Este edificio es también conocido como la “torre del marqués de Legarda” o la de “Valanto”. Son identificadores procedentes de la tradición popular y se asientan en los nombres de diferentes dueños, ciertos o supuestos. El conjunto está formado por una Torre defensiva, con patio amurallado en su parte delantera y puerta de acceso de gran tamaño. Hay que agradecer que hoy esté cerrado con un pequeño portón de hierro que, aunque afea, permite ver este patio. En los últimos años ha sido restaurada y consolidada para conservarla. Entendemos que no era una torre aislada, sino que con ella se englobarían un conjunto de edificaciones de los siglos XIV y XV, que sufren alteraciones en épocas posteriores o desaparecieron.

 
La Torre es rectangular con remate en almenas y garitones en los ángulos que parecen de época barroca. Ambos elementos resultan más recursos estéticos que defensivos y se encuentran bajo un tejado a cuatro aguas. Son formas evidentes de una Casa-Torre. Los garitones están prolongados hasta el suelo en toda la longitud de la esquina como un refuerzo de esta. Esta situación sólo la vemos en tres de ellas. La no prolongación de la otra nos dirige a pensar que bajo ella hubo construcciones. Los muros son compactos y alternan en su construcción la sillería (cubos, almenas y huecos) y la mampostería o sillarejo. 


Apenas encontramos vanos significativos a no ser añadidos con posterioridad a su fábrica primera. La puerta principal de la torre es de arco apuntado y sobre ella, centrado en la fachada, se encuentra la salida a una ventana abalconada de incierta fecha. No se ven trazas de la existencia de vigas que sustentasen un posible balcón en la fachada por lo cual, entendemos que pudo ser sólo esa ventana con barandilla.

 
En todos los paños hay ventanas aparentemente colocadas sin orden ni concierto. Algunas están a una altura que eliminan la capacidad defensiva de la casa torre. En este sentido hay diferencia en el color, el deterioro y la piedra empleada en alguna de ellas que hacen pensar en que son fruto de alguna restauración. Incluso las hay que tienen un ligero trabajo decorativo. En la fachada posterior, protegida por un patio que impide acercarse, hay una alta ventana con alfeizar que, sospechosamente, rompe la línea de almenas.

 
Al patio, amurallado hasta media altura con mampostería, se accede por una puerta ornamental del siglo XVII o XVIII, toda ella de cantería en el exterior, enmarcada por dos cubos, abiertos en el interior, con saeteras en forma de cruz y remate almenado con cornisa, que llevan sendos escudos en su parte superior. 


Entre ellas tenemos dos columnas clásicas con los lisos fustes ligeramente ensanchados en su centro, y asentadas sobre elevados plintos que flanquean la entrada. Las columnas sujetan un dintel de entablamento liso. Encontramos casetones en el intradós del dintel. Destaca la cornisa con un remate cúbico adornado con jarrones con bolas. Tras estos está un frontón con cintas talladas que encuadran el escudo heráldico de quienes encargaron la obra. Se ha querido ver en esta portada una evocación a la puerta de la Bisagra toledana diseñada por Alonso de Covarrubias el siglo XVI.

 
En ese patio delantero nos encontramos los restos de unas construcciones de planta cubiertas con teja de una época indeterminada pero que evidencian una pobre factura alejada de la de la torre. 


Las últimas restauraciones han rejuntado en un plano inclinado las piedras sueltas que delataban el nacimiento de muros o paredes. El arranque, desde esta pared a la derecha de la portada, es doble. Es decir, de la esquina derecha de la torre nacían dos gruesos muros que, quizá, cerraban otro inmueble a la derecha de la portada y no un patio en el actual jardín o huerto cerrado. 


Si nos fijamos encontramos en su centro otra ventana geminada y una amplia puerta de acceso que podría avalar esta hipótesis. O no. 



Si continuamos por ese lado vemos el cuarto paño de la torre con ventanas y una moderna puerta de salida, pero lo que destaca son las marcas de un tejado a dos aguas entre dos ventanas de arco de medio punto. Se ve una prolongación del tejadillo hacia la derecha según nuestro punto de vista. ¿Qué era?

 
El edificio fue construido en el siglo XIV como casa torre. En el libro “Los Monteros de Espinosa” escribe Rufino que “se tiene por cierto que perteneció a los Marqueses de Legarda ostentando en su portada el escudo de armas de esta noble familia”. Pertenecer no quiere decir construir. Y, ¿Cuándo fue de los Legarda? Pues, en principio, no tengo ni idea. Eso sí, es una buena ocasión para conocer este linaje a ver si sacamos algo en claro.
 
En su origen, el título de Legarda estuvo vinculado al linaje de Salcedo que tenía su solar en la villa de Valmaseda (Vizcaya). Al parecer, Mencía Ortiz de Salcedo y Zúñiga casó a comienzos del siglo XV con Hurtado Díaz de Mendoza, señor de Legarda. Su heredero, Lope Hurtado de Salcedo, señor de Legarda, se instalará en la villa alavesa de Legarda, un importante nudo de caminos entre el Valle del Ebro y Bilbao. El primer dato con rigor histórico es que Diego de Urrutia, señor de la Casa y Torre de Valmaseda, casó con Catalina Hurtado de Salcedo, hermana del señor de Legarda, en algún momento en el tránsito al siglo XVI. Su hijo Juan de Urrutia Mendoza y Salcedo, señor de la Casa y Torre de Valmaseda, todavía no aparece intitulado como señor de Legarda. Esto quizá se debiese a que por entonces el señorío de Legarda lo ostentaba Diego Hurtado de Salcedo. De la unión entre Juan de Urrutia y María Sáez (o Sanz) de los Llanos nació Juan Hurtado de Salcedo y Sáez de los Llanos, que ya figura como señor de Legarda y también de las Casas de Salcedo y Urrutia, caballero de la Orden de Alcántara y corregidor de la ciudad de Ávila. Juan Hurtado casó con Casilda de Velasco y Hierro, siendo padres de Francisco Hurtado de Salcedo y Ortiz de Velasco (1594-1649), señor de Salcedo y Legarda.

 
El señorío de Legarda se transformó en marquesado por Real Despacho de 30 de noviembre de 1664, concedido a Antonio Hurtado de Salcedo, Mendoza, Sierralta y Ortiz de Velasco (1625-1680), señor de Legarda y Mendoza, XIII señor de Salcedo y La Jara, y señor de la Casa de Úrria. Antonio nació en Valmaseda el 19 de mayo de 1625, había servido a Felipe IV en las guerras contra Francia y en la recuperación de Nápoles durante el levantamiento de Masaniello del año 1647, lo que probablemente facilitó su nombramiento como caballero de la Orden de Santiago ese mismo año. Este levantamiento fue una revuelta napolitana contra los impuestos del virreinato. A su regreso de Italia, y hasta 1664, Antonio Hurtado de Salcedo vivió en Sevilla donde fue pintado por Bartolomé Esteban Murillo.

 
Una vez que Antonio Hurtado de Salcedo fue elevado a marqués de Legarda en 1664, fue también nombrado secretario del rey Felipe IV, por lo que es de su-poner que se trasladase a Madrid para estar cerca del soberano y de su Corte. Y de los Monteros de Espinosa. Por pensar en posibles vinculaciones con Las Merindades. El marqués se casó con María Francisca de Coterillo Ortega Calderón. Los marqueses tuvieron cuatro hijos, continuando la línea del marquesado la primogénita Bernarda Hurtado de Salcedo Mendoza (1660-1689), II marquesa de Legarda desde la muerte de su padre. Su consorte, Luis de Peralta (cuyo blasón suele tener un Grifo) y Cárdenas, con quien casó en 1680, fue además segundo vizconde de Villahermosa de Ambite, Caballero de la Orden de Alcántara y miembro del Consejo de Hacienda. También fue Veedor General de Flandes y corregidor de Antequera.
 
El 12 de junio de 1687 nació Juan José Peralta Cárdenas (1687-1754), también nombrado como Juan José Peralta Salcedo o Juan José de Peralta Cárdenas Salcedo Guzmán, III marqués de Legarda. Contrajo matrimonio el 10 de diciembre de 1718 con Teresa Vivanco Olaso (1701-1773), hija de José de Vivanco Angulo y de Antonia de Olaso Angulo. Y estos apellidos, sin otra información, también podrían proceder de Las Merindades: Vivanco, Angulo… Su primogénita fue Antonia Javiera de Peralta Cárdenas y Salcedo (1719-1803), IV marquesa de Legarda. Contrajo matrimonio en 1736 con José Manuel Esquivel Ribas y Verástegui. En 1745 tuvieron su primer hijo, Ignacio de Esquivel, que sucedió en el título nobiliario.

 
Ignacio de Esquivel y Peralta (1745-1814), V marqués de Legarda, accedió al título en 1803. Casó con Manuela Isidra de Navarrete Lisón Ladrón de Guevara y Ponferrada y fueron padres de Álvaro José de Esquivel Navarrete quien murió en 1800. Tras la muerte de Ignacio el título fue transmitido a su nieto Antonio María de Esquivel.
 
Antonio María de Esquivel Verástegui (1801-1860), VI marqués de Legarda accedió al marquesado en 1814. Su hijo Julián Esquivel, senador por la provincia de Álava en el año 1872, heredó el título nobiliario. El VII marqués de Legarda fue el senador Julián Esquivel y Ruiz de Pazuengos (1822-1881) y su sucesor fue su hermano José (ca.1835-1895) que, también, murió sin descendencia. El marquesado recayó entonces en Antonio Fernández de Navarrete y Hurtado de Mendoza (1859-1936), IX marqués de Legarda, que provenía de la línea de Antonia Esquivel y Navarrete (1778-1849), otra de las hijas de Ignacio de Esquivel Peralta y de Manuela Isidra de Navarrete Lisón, V marqueses de Legarda. Su heredero fue Francisco de Paula Fernández de Navarrete y Rada (1889-1960), X marqués de Legarda.




 
Por eso la ostentación de los tres escudos idénticos de la portada sólo nos dicen quién encargó la misma, siempre y cuando el desgaste de estos nos permita una justa interpretación.
 
El escudo tres veces repetido está compuesto de tres cuarteles:
 
  • Primer cuartel: fondo de azur con castillo de tres torres en plata y, en sus almenas, guerrero armado con espada desnuda en la mano diestra y una rodela en la siniestra. Un castillo que representa la grandeza y la fuerza para proteger a los demás y un hombre con espada que representan la justicia. Para algunos trabajos estas son las armas de Vivanco.
  • Segundo cuartel: en el centro una estrella de ocho puntas, de azur, con una bordura de ocho flores -¿rosas?- y una segunda bordura ajedrezada de, suponemos, gules y plata. Unas armas parecidas a las del apellido Ortiz. Aunque los Ortiz de Espinosa de los Monteros parece que tenían un león rampante con bordura de ocho rosas rojas.
  • Cuartel de la parte inferior: elaborado grifo pasante sobre cinco haces de brezo. Empuña una espada. Es un animal mitológico que está asociado a la fuerza y la vigilancia y, en este caso al llevar una espada, con la justicia. Podría ser una variación de las armas del apellido Angulo que posee los cinco haces de brezo. Pero ¿el Grifo? Hay fuentes que lo asocian al apellido Haro. Otras publicaciones indican que “Angulo” sería un apellido representado con un grifo. Y Rufino Pereda cuenta que las armas de este apellido eran “escudo partido en dos con un virol de gules; en el cantón diestro cinco róeles de sinople puestos en santor y en el cantón siniestro cinco manojos de brezos de sinople atados con cintas de gules y puestos de igual modo; los dos cantones o cuarteles tienen el campo de oro. Los róeles significan que fueron escogidos entre otros en igualdad de nobleza; el campo de oro significa virilidad y nobleza, y los cinco brezos el ataque singular a los moros hecho por el capitán Angulo”. Por lo que vemos, es difícil decantarnos. De todas formas, estamos ante algo curioso porque, además de escaso en Castilla, el grifo aparecía en posición rampante.
 
El escudo principal, inclinado hacia la izquierda, está rematando por un yelmo mirando a la derecha con extenso penacho y celada bajada y adornado con lambrequines y cascabeles. La inclinación del escudo no significaba bastardía, sino que fue un recurso estilístico que se llamaba “a la valona” y que llegó a la corona de España durante el siglo XVI.

 
Vale, entonces, los escudos presentan la alianza entre los apellidos Vivanco, Ortiz y Angulo. ¿Quizá fueron encargados por José de Vivanco Angulo y Antonia de Olaso Angulo? Pero, ¿El Ortiz? ¿Tal vez un error de interpretación por Olaso? O ¿estaba vinculado a Mencía Ortiz de Salcedo? Nos falta información.
 
Eso sí, Rufino Pereda Merino afirma que las armas heráldicas de la portada corresponden al marqués de Legarda. Y él vivía en la Corte por lo cual algo sabría.
 
 
Bibliografía:
 
“La ruta heráldica de Espinosa de los Monteros”. Proyecto Aldaba.
“Blasones y linajes de la provincia de Burgos. V. Partido judicial de Villarcayo”. Francisco Oñate Gómez.
“El fondo del marquesado de Legarda en el archivo histórico de la nobleza (Toledo)”. Efrén de la Peña Barroso y José Francisco Guelfi Campos.
“Los Monteros de Espinosa”. Rufino Pereda Merino.
“Figuras heráldicas. Su significado”. Editorial NILO industrias gráficas y Velmont Productions.
“El Grifo en la Heráldica Española”. Luis Valero de Bernabé y Martín de Eugenio.
Historia hispánica.
“Aula activa de la naturaleza. Espinosa de los Monteros”. Félix Palomero, Magdalena Ilardia, Francisco Reyes, Jesús Sánchez, Andrés Vilalmanzo, Julio Escalona, Ezequiel Merinero, Miguel A. Ocaña, Isabel Corullón.
 

sábado, 15 de agosto de 2026

Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Manzanedo.

 
 
Nos trasladamos a la capital de uno de nuestros municipios-valle: Manzanedo. Estamos cerca del Ebro, con un caserío apiñado entre el cual nos encontraremos la iglesia. Esta población se integra en el siglo X dentro del alfoz de Arreba pasando más tarde a la merindad de Castilla Vieja, según lo recoge el Becerro de las Behetrías. Este nos informa que Mançaneda era un lugar solariego de Nuño y de Pedro Fernández de Velasco. En el lugar tenían también propiedades el abad de San Martín de Elines (Cantabria) y el monasterio cisterciense de Rioseco.

 
Centrándonos ya en la iglesia vemos que es un templo de sustrato románicos a pesar de las modificaciones góticas y posteriores. Se conservan románicos el ábside, la portada, la espadaña y el muro sur. La espadaña está rematada en cruz, con tres huecos, dos campanas y un campanillo. Tiene a un costado los restos de un reloj. 


La primitiva nave románica ha sido muy alterada; se cubre actualmente con bóvedas de crucería, de varios nervios y en cuatro partes, que parecen del siglo XIV. Se le ha añadido también una segunda nave por la parte norte. María del Carmen Arribas nos informa de que, aunque la titular es Nuestra Señora, en el Inventario Arqueológico se la denomina de San Esteban.

 
La portada, la entrada, se ubica a los pies del templo constando de tres arquivoltas de medio punto que descansan sobre jambas en ángulo. La decoración que tuvo está prácticamente perdida, salvo en la parte de la línea de imposta -saliente o hilada en voladizo-, donde vemos un tallo que se va ondulando y abriendo en forma de flores de cinco pétalos, todo muy estilizado y labrado en bajorrelieve. Sobre la portada quedan dos canecillos, uno de los cuales se decora con una cabeza de animal.

 
Conserva prácticamente íntegro el ábside románico, con presbiterio y capilla absidal abovedados con cañón y horno. El acceso a cada uno de ellos se hace mediante sendos arcos de medio punto que se apoyan en sus respectivas columnas. 


Horizontalmente el ábside va dividido en dos cuerpos cuyo remate superior son dos molduras de cuarto de caña lisas. El cuerpo inferior va decorado con arquerías ciegas de medio punto, dos en cada lado del presbiterio y siete en el tramo curvo. Las dos del lado norte desaparecieron al abrirse la puerta de la sacristía, mientras que tres de la capilla absidal permanecen ocultas tras el retablo mayor. 


Destacan ante todo por su esbeltez y elegancia, mucho más notorias aquí que en otros ábsides próximos (Crespos y San Miguel de Cornezuelo), que también las tienen. El borde de estas arcadas lleva moldura de medio bocel -moldura convexa lisa- en todos los casos, excepto en el primer arco del ábside y en los dos del presbiterio sur que llevan moldura de cuarto de caña con bezantes lisos o en forma de flor. Cómo información complementaria, un bezante es una figura heráldica redonda, llana y maciza de metal. La rosca de todos estos arcos va decorada con flores estrelladas enmarcadas en círculos ligeramente rehundidos y labradas a bisel. El mismo tipo de flor, aunque más grande, aparece sobre el muro en el centro de algunos de estos arcos, a modo de tímpano.

 
Aunque desde el punto de vista iconográfico sus capiteles son muy poco variados, técnica y compositivamente hay entre ellos grandes diferencias. Sus proporciones son alargadas y esbeltas, al igual que el conjunto de las arcadas, y vienen a resaltar los elementos que las decoran. Éstos son hojas que, partiendo de la parte superior del fuste, suben hasta la parte superior del equino (Moldura convexa, característica del capitel dórico o jónico, situada entre el ábaco y el collarino). Algunas hojas son de sencilla estructura, formas convencionales y antinaturalistas, modeladas en bajorrelieve.

 
Las hojas de uno de los capiteles del muro sur del presbiterio son diferentes a las demás: son un doble cuerpo, elevadas a distinta altura, curvándose de diferentes formas. Esta diferencia se resalta por una labra distinta en la que se señala cuidadosamente todo el entramado de las hojas y se festonean sus bordes, empleándose para ello la técnica a bisel con abrasivos. En estas hojas la luz actúa con toques ligeros y los valores de sombra son numerosos.

 
A pesar de la poca variedad temática que presenta la ornamentación de este templo, muchos de sus capiteles merecen ser destacados por su elegancia e incluso algunos por su calidad de labra, que los sitúa muy cerca de los capiteles vegetales de Ahedo del Butrón.

 
El templo parece que podría ser obra de los mismos maestros que trabajan en los otros de la misma escuela como San Miguel de Cornezuelo, pero los capiteles de las arcadas del ábside son más cercanos al estilo se Silos. La arquitectura parece de mediados del siglo XII pero el relieve de los capiteles ya es bastante más tardío.




La pila es románica, de copa lisa con borde moldurado y base circular. El retablo mayor es clasicista, sencillo. Hay una santa, gótica, con libro. Sus libros parroquiales dan comienzo en el año 1579. En su interior se encuentra el Museo de Arte Sacro del Valle de Manzanedo.



Bibliografía:
 
“Amo a mi pueblo”. Emiliano Nebreda Perdiguero.
Románico Digital “Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción”. Texto: MI -Planos: JGP-Fotos: PLHH.
“El Valle de Manzanedo. El Valle de Mena”. María del Carmen Arribas Magro.
Web “Las Merindades”. 
 

domingo, 24 de mayo de 2026

Las casas merindeñas.

  
Intuitivamente vemos que a medida que nos desplazamos por un país la tipología de las casas va cambiando sutilmente. Viendo una casa de pueblo logramos identificar si la misma está en el norte o en el sur de España. Y, en nuestra comarca, que tiene casi el mismo tamaño que la vecina Vizcaya, también hay variaciones entre un extremo y otro.

 
La casa tipo de Las Merindades -si podemos definir así a algo- tiene tres alturas. La planta baja se destina a las cuadras, a guardar aperos de labranza, a alguna estancia como la cocina y al acceder nos encontramos con un zaguán que sirve como distribuidor. El piso principal es la vivienda en sí, en cuyo centro se ubica habitualmente la cocina con una amplia chimenea y varias salas o alcobas. El tercer piso sirve como granero, pajar, almacén de hierba o de grano. Reflejo de lo dicho la fachada tiene una clara estratificación. A veces tenemos una o varias edificaciones auxiliares, sobre todo en los núcleos dispersos.

 
Los estudiosos de las construcciones sostienen que el tipo de arquitectura de Las Merindades debe mucho a la casa montañesa y al caserío vasco. La cosa no es tan lineal. No. ¿Pudo ser la influencia esa en dirección opuesta a la tradicional? Es decir, hacia el norte y no hacia el sur. En todo caso, aun siendo muy importante ese tipo de construcción, este se superpondría a otro anterior, tildado de medieval que influye, a su vez, en el llamado montañés. Curiosamente esa teoría de edificación tiene un aroma presentista donde presupone que el norte está más desarrollado y, por ello, empapa a zonas atrasadas. Trasladan la situación de finales del siglo XIX y el siglo XX al periodo que nace a finales del siglo XVI, o antes. Lo cual no es óbice para ver que las áreas geográficas se influyen unas a otras sin someterse a límites administrativos.
 
Nuestra imagen de la casa norteña responde a la estampa arquetípica que creó Pío Baroja al decir: “Al pasar en el tren o en el coche por las provincias del Norte, ¿no habéis visto casas solitarias, constituyendo que sin saber por qué os daban envidia? Parece que allí dentro se debe vivir bien, se adivina una existencia dulce y apacible, las ventanas con cortinas hablan de interiores casi monásticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcos y cómodas de nogal, e inmensas camas de madera, de una existencia tranquila...”. Es una imagen literaria pero basada en ejemplos concretos. La imagen del delicado y noble aspecto exterior, como expresión de una posición social, con ser cierta, no es nada en tierras donde la hidalguía era preponderante. La abundancia de este modelo arquitectónico se debe más a hechos históricos, climatológicos, económicos y de disponibilidad de materiales de construcción.

 
¿Cómo explicaría Baroja las casas trogloditas? Bah. Nos da igual. Era un escritor y periodista y no un historiador. Recordemos que repitió la expedición del carlista Gómez de 1836 por un camino equivocado y se sorprendía de que la gente no la recordase. Volvamos a las casas trogloditas. Abundan a lo largo del cauce del río Ebro, ante todo en zonas donde va bastante encañonado. Se considera que el período al que corresponden está entre el siglo VII y al XI. Suelen ser calificados como eremitorios, pero hay posturas que determinan que serían núcleos de población. En general se aprovechan las cuevas u oquedades, de roca arenisca, que se suelen agrandar y picar para darles mayor capacidad. En algunos casos se aprecia que hacia el exterior continuaba la vivienda, pues, en la roca resisten los orificios donde estuvieron clavadas las maderas que sustentaban la cubierta, o separaban estancias. Generalmente solo encontramos, en estos casos, los restos de una iglesia rupestre que, lógicamente, debió tener un asentamiento de casa endebles a su alrededor. La única vivienda troglodita utilizada como tal se encuentra en Linares de Bricia. En ella aún se puede ver el espacio de la cocina y los restos de humo existentes en los muros.
 
Otro tipo de casa que existió en Las Merindades fue la casa de entramado. Respondía a una manera de construir con bases técnicas y materiales utilizados que hunden sus raíces en la etapa romana, pero que todo parece indicar se universalizó en la Edad Media. Cascos urbanos como el de Frías, Medina de Pomar, Villasana de Mena o Espinosa de los Monteros muestran usos constructivos medievales. En todos ellos el piso inferior se hizo de mampostería o piedra de mejor o peor porte y sobre él se elevaba el cuerpo o los cuerpos volados cerrados que apoyaban el vuelo sobre viguetas de madera que, por su escasa sección, se reforzaban con tornapuntas. La forma de construir la planta principal y el desván se llama emplenta o entramado. Es difícil datar este tipo de construcciones, sólo cuando en los huecos utilizan alféizares o molduras cercanos a los usos de los estilos podemos decir que es una obra del, por ejemplo, el siglo XVI. Estas edificaciones las encontramos por todas Las Merindades. Según donde estén ubicados los núcleos de población suele variar el relleno de los tabiques. No es frecuente en el entramado el arriostramiento, como las cruces de San Andrés. La razón de ello puede atribuirse a que las sucesivas reconstrucciones y reformas han ido eliminando esa manera de construir por desconocimiento de los artesanos de ese momento.

 
Habitualmente se ha asociado la sustitución de los edificios tradicionales de entramado por los de piedra a las décadas finales de la Edad Media y sobre todo a la modernidad (siglos XVI al XVIII). Es una constante en la documentación: por temor a los incendios se recomienda el nuevo tipo de construcción de piedra por considerarla más fiable y de mejor respuesta al fuego. Posiblemente una de las construcciones de piedra conservadas más antiguas sea la conocida como casa gótica, del municipio de Herrán.
 
En Espinosa de los Monteros las casas de piedra, al menos las más antiguas, recuerdan las casas fuertes. En algunas a la edificación se añade un portón, como sucede también en la cercana población de Quecedo, donde la posible torre del homenaje aún conserva los matacanes y las almenas.

 
A partir del siglo XVI es normal encontrar casonas de piedra sillería en su fachada principal, y a veces también en las restantes, con un cuidado tratamiento de los huecos y fachadas de acuerdo con las modas existentes en cada momento lo que permite datarlas con seguridad. Con frecuencia al edificio principal se añaden otros auxiliares que definen un corral en la parte delantera. El modelo de casona, con ciertos recuerdos de las torres defensivas medievales, se siguen levantando en Las Merindades entre el siglo XVI y XVIII en casi todos los pueblos, aldeas y villas. El modelo de casa rural tradicional se empieza a levantar de piedra sustituyendo al tradicional de entramado.

 
No podemos dejar de hablar de la famosa casa montañesa. Este tipo de construcción, así denominada por García Grinda, se caracteriza por la utilización de un balcón corrido o solana, realizado en madera en la época Moderna y hoy lo podemos ver de hierro -y hasta de metacrilato o aluminio blanco-, situado en la última o primera planta y protegido por el saliente de los muros laterales -cortafuegos- que vuelan a la par a modo de resaltes pétreos de la fachada. Con frecuencia se rematan en la parte inferior con una moldura a modo de ménsula. La parte superior de estos muros suelen tener unas molduras, mucho más toscas, pero de aires y formas clásicas, sobre los que se apea la viga del borde del tejado y sobre la que se apean los canes. Esa viga en su desarrollo descarga sobre pies derechos con zapatas.
 
La prolongación de los muros laterales a manera de cortafuegos que favorece el desarrollo de la solana parece que inicia su andadura a finales del siglo XIV y que servía también como protección contra los vientos fríos. Pero, -¡atención!- muchas de las solanas que vemos en la actualidad son ya obras del siglo XIX y primer tercio del XX. Esta estructura aparece abierta hacia la mejor orientación buscando el sol, mientras que el resto de las fachadas de la casa acaban siendo auténticas traseras, pues en ellas los huecos son mínimos y poco significativos. Incluso, en la fachada norte, no se construyen ventanas.

 
Por supuesto no es un modelo único que se repite como si fuese una urbanización de adosados, sino que hay variaciones causadas por la capacidad económica, destreza del constructor o, por ejemplo, el clima. En este último caso podremos encontrarnos con una solana rehundida, pequeña, como las que podemos ver por el valle de Losa, valle de Tobalina y zona alavesa. Por su parte, en el valle de Valdivielso veremos las casonas con tejados a cuatro aguas, huecos de reducido tamaño y poca presencia de solanas.
 
La casa montañesa claramente identificable abunda, dentro de Las Merindades, en los valles de Valdebezana y Manzanedo, Alfoz de Bricia y Arija. Lo que parece, pese a las muchas opiniones que se han vertido al hablar del origen de esta construcción, es que en muchos casos lo que hace es reemplazar los cuerpos volados de los edificios de entramado. Ello es evidente cuando se analizan algunos edificios de Espinosa de los Monteros, que se pueden datar por el tipo de ventana a finales del siglo XV o comienzos del XVI.

 
La cubierta más antigua de este tipo de casa se realiza, como indica acertadamente García Grinda, “a sopandas, presentando una configuración a dos aguas, con la cumbrera paralela a la fachada principal, a la que se añade el gran alero sobre solana organizado de forma independiente de aquella, cuyo gran vuelo evita la entrada del agua en la solana”. En este caso los pies derechos y los muros resaltados son el verdadero elemento de sustentación de la viga de apoyo de las viguetas que conforman el gran alero.
 
Cuando entramos en alguna de estas casas -en sentido amplio- vemos que el edificio principal es el destinado a la vivienda y con frecuencia, anejo a él, aparecen una serie de edificaciones destinadas a las actividades agropecuarias dominantes y auxiliares. Estos inmuebles auxiliares, bien estén adosadas o anejos tienden a diferenciarse por los materiales con que fueron construidos y por el tratamiento que reciben sus muros. A veces forman parte de la zona definida mediante una tapia como heredad principal.

 
Esas edificaciones auxiliares se suelen destinar a cuadras, pajar, leñera, protección del potro, cobertizo para carros... Son el equipamiento necesario para el trabajo en las diferentes actividades que desempeña el dueño. En este tipo de construcciones no hay un ejemplo arquetípico. Es fácil de observar en las casas tradicionales del Valle de Mena donde, por cierto, hay similitudes constructivas con el corredor del Cadagua y Las encartaciones. También podemos encontrar alguna edificación desagregada de la vivienda, como son las bardas, pero vinculada a la vivienda. Se da donde abunda el ganado cabrío.
 
La casa principal dispondría de un amplio zaguán, que puede tener un espacio anterior abierto, el portalón o socarreña. Desde el zaguán parte la escalera a las plantas superiores, colocándose a un lado o a ambos, las trojes, leñera, bodega o el almacenaje de diferentes útiles. También el zaguán tenía el acceso a la zona trasera donde estarían las cuadras. En la primera planta se ubica la vivienda. A la cocina acompaña la despensa y la recocina, un espacio de trabajo anejo. En la cocina encontramos un hogar y sobre él se levanta una campana piramidal. A ambos lados están los escaños que, a veces, acompañan una mesa plegable. El resto de las habitaciones pueden tener una distribución con una sala principal, utilizada con frecuencia como comedor, y otras salas menores comunicadas con las alcobas. Las habitaciones principales suelen dar a la fachada. A la solana o balcón corrido, un elemento bastante frecuente, es al que dan las habitaciones vivideras y en ocasiones tienen acceso a través del sobrado o desván. Este último es el espacio destinado a trastero y donde se tiende las ropas y se airean los diferentes productos. Además, puede ser pajar o granero. Lo más habitual es que las casas tengan planta baja, piso y sobrado, pero en algunos casos, sobre todo en lugares como Frías que se edifica en altura, pueden tener más pisos.

 
Un ejemplo de casa montañesa es el que recogemos en el plano que hiciera Feduchi de una de Espinosa de los Monteros. Vemos la planta baja y la planta alta con la disposición de estancias habituales en este tipo de construcción. El caserío del valle de Mena tiene un desarrollo muy similar a la casa montañesa, pero con la particularidad de un mayor desarrollo de la zona vividera, con un pasillo central que sirve de eje de la distribución de las estancias. Las salas y habitaciones suelen dar a la sola y al balcón o a la trasera.
  
 
Bibliografía:
 
“La Arquitectura popular en Las Merindades: Aproximación al tema”. Félix Palomero Aragón.
“Arquitectura popular de Burgos”. José Luis García Grinda.
 
 

domingo, 26 de abril de 2026

Iglesia de El Vigo o el arte del reciclaje.

 
 
Vamos al viajar a la zona más al sur del Valle de Mena, al pie de los montes de la Peña, junto a la vía de ferrocarril “Bilbao-La Robla”. Estamos en el pueblo de El Vigo que, en 1352, era de realengo. Su nombre es una clara derivación del latín “vicus” (aldea). El lugar tiene una pequeña iglesia, de una nave con capillas en cruz latina, de tosca mampostería con piedra tallada en las esquinas. Su ábside es rectangular al que se le añadió la sacristía. El suelo tiene un embaldosado moderno en blanco con un pasillo de baldosas negras. Seis bancos nuevos acogen a los feligreses que miran a un sencillo altar sin retablo. La decoración de las paredes es inexistente: mampostería y encalado en blanco en la parte alta y las cúpulas. Poco llamativa si no fuese por un bajorrelieve románico sobre su puerta. Tiene una espadaña lisa rematada en cruz, con dos grandes huecos y un campanillo. Para tocarlo se ha creado un balcón de hormigón y barandilla de hierro que, a la vez, protege el tímpano románico.

Fotografía cortesía de Jorge Gutiérrez Alonso.
 
La iglesia está bajo la advocación de San Pedro y se construyó en 1818, como reza la inscripción grabada en la base del tímpano, pero con elementos de la antigua iglesia románica, que se encontraba cerca de la actual. Ese tímpano es considerado una joya del románico burgalés y está sobre la puerta. También hay un relieve fracturado embutido en el muro de mampostería. Quizá se emplearon más elementos del viejo templo -porque no hay que desaprovechar buena piedra- pero no se han llegado a identificar.

Fotografía cortesía de Carmen Baena.
 
La advocación a San Pedro se generalizó entre los siglos V y VIII, en una época de cultura neovisigoda en el norte peninsular. Es el momento en que comienza la reestructuración del territorio por Fruela I y muy especialmente por su hijo Alfonso II en los años finales del siglo VIII y mediados del IX. En Las Merindades hay varias iglesias bajo la advocación de San Pedro: Arceo, Argés, Barcina del Barco, Bortedo, Bustillo de Villarcayo, Condado, Consortes, Menamayor o Llano de Mena entre otras.

Foto cortesía de ZaLeZ.
 
En el relieve fracturado embutido de forma aleatoria en la pared vemos, por su pico, que representaría a una cigüeña. La cigüeña es una de las aves representadas en el bestiario románico y se encuadra entre las de “buen agüero”, representante del bien. Un ave monógama que come serpientes. De hecho, se le representa a menudo con una serpiente, símbolo del pecado, en su pico. Sirva, como ejemplo, la del Canecillo de la fachada sur de la ermita de Sotosalvos en Segovia.
 
El templo perteneció a la orden de San Juan en la encomienda de Vallejo de Mena.

Fotografía cortesía de ZaLeZ.
 
Por lo que hemos explicado, la antigua iglesia románica tenía un emplazamiento próximo, en la misma ladera, pero a mayor altura que el actual templo. En la internet podemos leer que, el tímpano, se encontró mientras se araba en unas fincas de labor cercanas. Ese lugar sería el emplazamiento de la iglesia románica levantada a finales del siglo XII o principios del XIII. Otras fuentes dicen que la iglesia estaría bajo el trazado del actual ferrocarril. Pero si el tímpano se encontró casualmente, ¿fue antes o después de construir la iglesia? Podría ser antes dada la disposición del trozo de cigüeña. Y si fue antes, ¿no podría haberse cogido de las ruinas del anterior templo? No tenemos respuesta y, en el fondo, lo dicho son meras conjeturas.

Fotografía cortesía de ZaLeZ.
 
El tímpano, labrado en un único bloque, tiene su superficie dividida en dos espacios: una rosca exterior a modo de arco y el espacio semicircular propiamente dicho. En el espacio interior hallamos la escena de Cristo portando la cruz camino del Calvario. Jesús tiene el pelo largo, el torso desnudo y va cubierto con el “perizonium” (Falda corta o paño de pureza), y ante él esperan dos soldados, uno armado con escudo de cometa y lanza y el otro con tenazas y martillo para clavarlo en la Cruz. Tras esos soldados se percibe una representación del Santo Sepulcro. Otros dos soldados se sitúan tras Cristo, uno con espada en alto y escudo de cometa y, detrás, otro con lanza y espada. Completan la composición un personaje barbado con una espada en la mano, que a diferencia de los guerreros que visten saya corta se cubre con un traje talar, y una mujer de severo rictus que muestra las manos enlazadas asiéndose con la mano izquierda la muñeca derecha, según un tradicional gesto de desesperación o dolor.
 
En la rosca del arco aparece reflejado el tema de la “Visitatio Sepulchri” o visita de las Tres Marías al sepulcro vacío de Cristo, símbolo de su resurrección, tal y como se recoge en el Evangelio según San Marcos: “Pasado el sábado, María Magdalena, María madre de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro. [...] Y entrando en el sepulcro o cueva sepulcral se hallaron con un joven sentado al lado derecho [...]”. Este es el ángel que aparece a la izquierda del arco con un libro en las manos, símbolo de que lo representado proviene de la Biblia. En el Evangelio de San Lucas, no se especifica que fueran tres mujeres y además habla de la existencia de “unos ángeles”, y en el Evangelio según San Juan, sólo se dice que fue María Magdalena y daba la cifra de dos ángeles. De ahí que el evangelio escogido para la interpretación esculpida en la piedra parezca ser el de San Marcos.

Foto cortesía de ZaLeZ.
 
Aunque en la zona superior del arco lo que encontramos son imágenes del Evangelio según San Mateo, ya que es el único en el que se habla de la custodia del sepulcro. Este evangelio relata que las mujeres que se acercaron fueron María Magdalena y otra María. Mateo explica que, tras la muerte de Cristo, sacerdotes y fariseos tuvieron miedo de que los discípulos robaran el cuerpo y dijeran que había resucitado, motivo por el que se presentaron ante Pilatos para pedirle que enviara soldados para vigilar el cadáver. En este evangelio se lee que, de repente, bajó un ángel del cielo e hizo rodar la piedra del sepulcro “de lo cual quedaron los guardias tan aterrados, que estaban como muertos”. Eso explica la actitud de los dos soldados tallados que guardan el sarcófago, uno parece dormido, y el otro se contorsiona girando la cabeza hacia arriba, posiblemente asustado por la aparición del ángel. Estas imágenes en piedra siguen el texto bíblico que transmite un discurso de salvación. La resurrección de Cristo explica y justifica la salvación de los creyentes. No es muy habitual este tema en los tímpanos románicos, aunque el santo sepulcro con las tres Marías y el ángel lo encontramos en uno de los machones del claustro de Santo Domingo de Silos.
 
Sobre María Magdalena y sus acompañantes vemos que aparecen con la cabeza velada y nimbadas, llevando la mano izquierda al hombro de la que la antecede, salvo la primera que la apoya en la moldura. En el lado opuesto vemos al ángel con un libro en una mano que, al igual que la primera de las Marías, lleva la otra mano al arco del tímpano. En la parte superior se encuentra el sepulcro abierto, del que sobresale una cruz y pende el sudario –aunque aquí el escultor se encontró con problemas compositivos–. La guardia del sepulcro se representó mediante dos soldados armados con yelmos, espadas y escudos de cometa.
 
La escena central de esta Pasión corresponde al camino del Calvario y la escena de las tres Marías ante el sepulcro, a pesar de la peculiaridad del ángel con un libro que no corresponde ni con el relato evangélico ni con las representaciones más habituales de este pasaje, a la resurrección. Por otra parte, es más difícil determinar el personaje que porta la espada con vestiduras talares y la mujer que se encuentra junto a él. El hombre podría ser Poncio Pilato (conocido por “Pilatos”) o, quizá, el centurión que se encontraba junto a Cristo en el momento de la expiación, pero no vestiría como soldado. Si fuese Pilatos nos remitiría al momento anterior al camino del calvario y si fuera el centurión se referiría al tiempo inmediato a la muerte de Cristo. En función de uno u otro momento identificaremos a la mujer que se encuentra junto al togado.
 
  • Opción A: esta mujer representaría a la muchedumbre que describe San Lucas (Lc. 23, 27) cuando dice que “seguíales gran muchedumbre de pueblo y de mujeres, las cuales se deshacían en llantos y le plañían” y esto lo asociaría con Poncio Pilato.
  • Opción B: La mujer es la Virgen María. Sería posible si el personaje de la espada fuera el centurión, lo que nos llevaría a Juan 19, 25: “Estaban al mismo tiempo junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena”. Esta última posibilidad parece descartable dada la ausencia de atributos como el nimbo, el propio gesto y que reincidiría con lo expresado en el arco.
 
El rostro de los personajes, especialmente llamativo por el tipo de expresión triste que tienen todas las figuras, con boca de comisuras caídas, vincula esta escultura con la ejecutada por los artistas que trabajaron en la próxima iglesia de Siones. Estilísticamente, el tímpano de El Vigo enlaza con la plástica de Siones, San Pantaleón de Losa, Santa María de Bareyo (Cantabria) o Añes (Álava), en definitiva, con un conjunto de iglesias norteñas donde desarrollaron su actividad talleres vinculados a la fuerte personalidad del de Siones. En función de tales relaciones, hay que situar la cronología del tímpano de El Vigo hacia finales del siglo XII y principios del XIII.

Foto cortesía de Jorge Gutiérrez Alonso.
 
 
Bibliografía:
 
“Iglesia de San Pedro”. Texto: AGG - Fotos: JLAO/AGG
“La historia y la geografía burgalesas reflejadas en su toponimia”. José Pérez Carmona.
“Advocaciones de San Pedro en tierras burgalesas: atributo del apóstol en el topónimo ibérico Cardenajimeno”. Nicolas Castrillo Benito.
“Informe sobre las pérdidas y daños sufridos por el tesoro artístico de la provincia de Burgos desde el advenimiento de la República, y principalmente durante los años de 1936 y 37 en que parte de su territorio del Norte fue ocupado por los rojos y separatistas vascos”. Luciano Huidobro y Serna.
“Amo a mi pueblo”. Emiliano Nebreda Perdiguero.
“Las Merindades de Burgos: un análisis jurisdiccional y socioeconómico desde la Antigüedad a la Edad Media”. María del Carmen Sonsoles Arribas Magro.
“Baúl del arte”. 
www.arquivoltas.com
Arqueohistoria Triskel 
www.romanicoenruta.com
Blog de “ZaLeZ”.
“Las Merindades, montañas de Burgos”. Javier Sáinz Sáiz.
“Miradas al románico de Las Merindades”. Esther López Sobrado.
“El Valle de Manzanedo. El Valle de mena”. María del Carmen Arribas Magro.
Los Santos Evangelios.