Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
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domingo, 10 de mayo de 2026

Un matrimonio de alto…coste.

 
Debemos aterrizar en el 5 de abril de 1571, año de la batalla naval de Lepanto, cuando se firmaban en Berlanga las capitulaciones matrimoniales de Francisco Tomás de Borja Centelles y Juana de Velasco ante el escribano Diego López de Espinosa. Los partícipes eran el condestable Íñigo Fernández de Velasco y Tovar (1520-1585) y Francisco Juan Roca, deán de Gandía y canónigo de la Metropolitana de Valencia, en nombre del Duque de Gandía, Carlos de Borja y Castro (1550-1592), hijo del canonizado Francisco de Borja y Aragón. Lo que se dice dos pesos pesados de la política en los reinos de España. La fecha de la boda se fijó seis meses después de la llegada de la dispensa de Roma porque Juana era hija de Ana Ángela de Aragón y Guzmán (1525-1589), pariente de los Borja. El matrimonio estrecharía más los vínculos -y los intereses- de estos dos poderosos clanes nobiliarios. Finalmente, las bodas se realizarían en octubre de 1572. Casó a Francisco y Juana el patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia, Juan de Ribera.
 
El duque de Gandía cedía a su hijo el título de marqués de Lombay y una serie de tierras y rentas asociadas a ese marquesado. A su vez donaba a la futura marquesa, como aumento de dote, 32.500 ducados, cuya renta gozaría mientras viviese. Francisco entregó a su prometida 500 libras en moneda valenciana para gastos de ayuda de cámara, que serán 1.000 en el momento de efectuarse el enlace. Por su parte, Juana de Velasco llevará de dote 65.000 ducados, de los cuales recibirá 6.000 ducados en joyas, alhajas y otros objetos de valor y 2.000 ducados en moneda, dentro de los ocho días posteriores al de la boda. El resto de la dote se repartió: 4.000 ducados en ajuar y vestidos y 53.000 ducados hipotecando bienes y haciendas de los estados del Condestable.

 
Ningún problema porque sabemos que los Velasco tenían fortuna y poder. O igual no. El problema era que no disponían de liquidez para cumplir el acuerdo. No eran como el Tío Gilito y su almacén de monedas y billetes. Las cosas no funcionaban -ni funcionan- así. Muchos de los bienes estaban incluidos en un mayorazgo del cual no se podían enajenar o hipotecar. E, incluso, no se podía suplicar licencia al rey para ello.
 
Se consiguió que se enterase Felipe II -no se “suplicó”- y este, “sin verse obligado a ello”, firmó en Madrid, el 26 de junio de 1571, una cédula real permitiendo hipotecar, por una vez y como excepción, bienes del mayorazgo. Impuso la obligación de levantar las cargas lo antes posible. La firmó, también, el secretario del rey, Juan Vázquez de Salazar; la escribió el doctor Velasco y es registrada por Jorge Olalde de Vergara. Juan, hijo y heredero de la casa de Velasco y hermano de la desposada autorizó, con su firma, estas hipotecas. La tasación fue hecha ante el escribano, y encargado de los negocios del Condestable, el briviescano Diego de Bañuelos el 28 de abril de1572 en Madrid. Fueron nombrados diversos tasadores para diferentes tipos de elementos: para los vestidos y hechuras de oro y plata, Juan Navarro, Gregorio López y Benito Sáez que eran sastres; y para los bordados Diego Ramírez -que bordó el ajuar y vestido de Juana-, Lucas de Burgos y Juan de Zaragoza, bordadores todos ellos.

 
El inventario nos permite conocer los bienes y su valor. Tenemos, entre otras prendas: una saya de tela de oro encarnada bordada en canutillo de plata valorada en 300 ducados con 442 Reales y medio; saya, capote y ropa de raso pardo bordado en canutillo de plata, prensado el canutillo, se tasa en 8.758 reales y medio; una basquiña de tela de plata bordada con dos rayas de terciopelo blanco con canutillo de oro 1.682 reales y medio; dos jubones de telilla de oro y plata de Milán 616 reales; o ropa de damasco carmesí con pasamanos y alamares de oro por 780 reales. La lista concluye con dos sombreros: uno encarrujado bordado de oro y plata de canutillo por 11.250 maravedíes y otro bordado de azabache con plumas negras por 6.000 maravedíes. Las joyas, y objetos de plata, fueron numerosas: sesenta puntas de cristal guarnecidas de oro, valorado en 155.662 maravedíes; collar de diamantes y rubíes con una esmeralda grande y unas arracadas de oro y con seis diamantes y dos pinzantes de perlas que costaba 93.750 maravedíes; sortijas, botones, cruces y cadenillas; y, sobre todo, una silla de montar en plata con sus gualdrapas para mula y otra para cuartago (un caballo de mediana alzada). Toda la plata y las joyas sumaban 295.245 maravedíes. Esta valoración la acepta Francisco de Borja, marqués de Lombay, y son testigos Sancho de Viedma y Carvajal, el doctor Pérez, alcalde mayor, y el contador Gabriel de Godoy, Nicolás de Barrientos, criado del contestable, vecinos de Berlanga. No lo especifica la fuente, pero suponemos que, cuando se refiere a Berlanga, es Berlanga de Duero.
 
¿Mucho por una boda? Quizá. Pero piensen que Francisco Tomás futuro VI duque de Gandía, era el heredero de los títulos nobiliarios más importantes de España, que tenía grandeza de primera clase desde 1520. Y sería un aliado político de los Velasco en La Corte.
 
Francisco Tomás y Juana fueron padres de:
 
  • Carlos Francisco de Borja Centellas y de Velasco (1573-1632), el heredero.
  • Íñigo (1574-1622), maestre de campo en Flandes (donde en 1606 obtuvo una dramática victoria contra las tropas rebeldes del conde Mauricio) y castellano de Amberes, se casó con Hélène d’Hénin-Liétard.
  • Francisco (nacido en 1575), franciscano en el convento de San Roque de Gandía.
  • Gaspar (1580-1645), primado de España y arzobispo de Sevilla, cardenal, virrey de Nápoles, miembro del Consejo de Estado y embajador en Roma.
  • Baltasar (1586-1611), obispo y virrey de Mallorca.
  • Melchor (1587-1645), caballero de San Juan de Jerusalén y comendador de Aliaga, del Consejo de Guerra y capitán general de las Galeras de España, se casó con Leonor de Recalde.
  • Juan, quien nació en 1589 y murió, de niño, siendo ya caballero de Santiago.
  • Magdalena, quien se casó con su primo Íñigo Fernández de Velasco y Tovar (conde de Haro).
  • Catalina, clarisa en Gandía.
 
En 1576 el apoderado de los marqueses de Lombay, Bernardo de Trincado, concierta un préstamo con el convento de Santa Clara de Briviesca de 4.000 ducados. La garantía fue una hipoteca sobre la dote de la marquesa que estaba garantizada por los 53.000 ducados que gravaban, con facultad real, el mayorazgo de Velasco y de manera particular el palacio de Burgos y los juros, égidas, pastos, tierras y alcabalas, pecho y derechos en Briviesca, Cerezo, Haro y Belorado. ¡Otra vez problemas de liquidez en un Velasco! El poder para permitir a Trincado hacer esta operación está extendido en la casa palacio de los condestables de Villalpando, ante Francisco de Mayorga, escribano de la citada villa. Y lo firman Francisco de Borja y Juana de Velasco. Los réditos, 810.294 maravedíes, se pagarían en tercios: el primero en 1 de enero de cada año, el segundo el 1 de mayo y el tercero el 1 de septiembre. La escritura se firma en Briviesca ante Pedro de Aguirre, escribano y actúa en nombre de las clarisas Diego de Urna, donado del convento, que exhibe poder otorgado por la abadesa Mencía de Salazar. Cuando los Velasco levantaron las deudas por este enlace quedó olvidada esta deuda de 4.000 ducados y sus réditos sin pagar.

 
Ochenta y dos años después -repito: ¡Ochenta y dos años después!- , Miguel de Yanguas, en nombre de la abadesa y monjas de Santa Clara, pidió al alcalde mayor que obligase al condestable a pagar los intereses atrasados. Algo así como lo que hacen los políticos de nuestro país con la deuda: pasarlo a nuestros nietos. Y no pagarlas. Evidentemente, se originó un largo pleito que fue fallado a favor de las clarisas por la Real Chancillería de Valladolid. Apeló el condestable Íñigo Melchor Fernández de Velasco y Tovar y vuelve a perder el caso debiendo realizar el pago de los intereses. Años después, muriendo el siglo XVII, la casa de Velasco devuelve los 4.000 ducados del principal del préstamo, concluyendo así un enojoso problema que nació con las dificultades económicas que pesaban sobre Francisco Tomás de Borja Centelles y Juana de Velasco y cuyas salpicaduras alcanzaron casi un siglo.
 
Ellos se libraron de pagar.
 
 
 
Bibliografía:
 
“Una página olvidada de la historia de los Condestables”. Jesusa de Irazola.
PARES. Portal de archivos españoles. Ministerio de Cultura.
Real Academia de la Historia. Historia Hispánica.
 

domingo, 8 de marzo de 2026

Cine, cine, cine, más cine -por favor-, que toda Medina es cine…

 
 
En un mundo el que los bebés ven a “Peppa Pig” sentados en su silla o nos distraen series mientras viajamos en el coche es difícil pensar que, antes, abundaban las salas de cine. Las teníamos hasta en las poblaciones pequeñas. Incluso salas de cine itinerantes que llegaban a los pueblos los días de fiesta. Pero no es culpa de los “milenials” porque los cuarentones y cincuentones conocieron los videos VHS -o Beta- y los reproductores de DVD que les permitieron ver películas en casa. Es por ello que sorprende que en un lugar cómo Medina de Pomar hubiese varias salas de cinematógrafo.

 
Empezaremos la historia por la explanada de las torres de los Velasco cuando en la parte delantera del Castillo existió un inmueble que derribaron en 1936 tras incendiarse. Hubo explosiones menores por los productos que se vendían en la Abacería que allí había: aceite, vinagre, legumbres secas, bacalao… Productos diversos de primera necesidad. Esta era de Dimas Aduna, una de las quince abacerías que había en Medina de Pomar.
 
Dimas Aduna Laño (Samaniego, 1860 - Medina de Pomar, 1943) estaba casado con Agapita Larrinaga Ruiz (Rodezno, La Rioja). Llegaron a nuestra ciudad a finales del siglo XIX y tuvieron cuatro hijos: Edmundo, Joaquina, Manuel y María. Manuel no sobrevivió a su padre, pero dejaba una hija, María Luisa Aduna Infante que regentará una peluquería.

 
Dimas disponía, además, de un aserradero en la plazuela de San Miguel con su traída de agua y tratamiento de madera; construía maquinaria agrícola; poseía un almacén de paja; un cine en la calle Martínez Pacheco, núm. 3; y la tienda y el estanco que ardieron. Por cierto, su vivienda familiar estaba en ese inmueble y, por ello, se mudarían cerca de la serrería. Y, que no se nos olvide, en 1911 consta que, también, Dimas era prestamista.
 
Agapita era una señora con estudios y solía disponer de servicio doméstico y para la atención de sus hijos. La familia de Dimas, tras el incendio, descartó el negocio de la abacería y el del estanco. Parece que la licencia del estanco fue transferida primero junto al bar el Cañón y luego en el local del Estanquillo.

 
Pero esta entrada habla de los cines y, cómo hemos apuntado, la familia Dimas tenía un cine. Se abrió en noviembre de 1923 y durante todo el resto de esa década proyectó cine mudo. Luego ya vino el sonoro. Tras un cierre inicial durante la guerra, continuó con las proyecciones en 1939 y todavía hay medineses que recuerdan las películas del oeste todos los jueves. Cerró el 19 de diciembre de 1940. El cine Dimas ya se podía considerar un salón de cine en toda regla: gallinero arriba, butacas abajo, acomodadores... Este local servía para otros fines. Uno de ellos era el espectáculo de los mítines preelectorales como el del médico y político José María Albiñana Sanz, valenciano de derechas y fundador del Partido Nacionalista Español, en 1934.
 
Con Dimas, en el cine, trabajaban sus hijos Manolo y Joaquina. Manolo se encargaba de las películas, de las proyecciones y de la censura. Los viajes a Bilbao para coger películas eran semanales y se hacían con el Chevrolet familiar y por la carretera de la Peña Angulo, construida en 1909. Joaquina era la encargada de la taquilla. Del orden en la sala se encargaban los acomodadores Valerio López en la sala de butacas y Basilio Sáez entre la juventud en el gallinero.

Diario de Burgos 09/11/1928
 
Una vez que se cerró la sala de cine el inmueble fue adquirido por la familia Salazar y sirvió de almacén para su Ferretería situado en la esquina de la antigua oficina de Correos, frente al actual bar “Gramola”. En la puerta del cine de Dimas, ya como almacén de Ferretería “Efraín”, se organizaba la venta de cestos y otros artículos en las diferentes ferias de Medina hasta bien entrada la década de 1970. En la actualidad solamente queda el solar del cine, pero, hasta ese momento final, se conservó la sala de máquinas, ubicada en la parte alta del gallinero, la estructura y parte del telón, en el que estaban dibujadas siluetas de atletas en la parte lateral y superior.
 
Otro hijo de Dimas, Edmundo, se hizo cargo de la serrería y se trasladó a Vitoria tras vender el aserradero hacia 1954 a la familia Bautista que procedía de Dos Hermanas. Fue la sierra “de los andaluces”. Joaquina se casó y partió para Barcelona. Manuel se casó con Mercedes Infante, vecina de San Miguel, siendo Marisa Aduna, la peluquera, hija del matrimonio.

 
Dimas Aduna tuvo un coto en Cillaperlata con tierras, una casa y algunos obreros. Lo había adquirido dentro de su política de inversiones tras la buena marcha de su comercio. Hacia 1945 se vendió el coto a una gente de San Sebastián por un importe de 240.000 ptas., lo que puede dar idea del tamaño de la propiedad. El hijo Manuel, con el camión familiar, se encargaba del transporte a Medina de la producción de patatas, alubias, cereales... y quizá también de la paja para su almacén. De hecho, en mayo de 1925 los Aduna fueron multados por la Junta Provincial de Abastos con 500 pesetas -de entonces- por vender trigo a mayor precio del tasado por el gobierno. Y no fue la única vez: también fue multado con 100 pesetas en noviembre de ese año por trucar la báscula; y con 60.000 ptas. en 1941 más tres meses de trabajo en un batallón de trabajadores por infracciones afines. Debía compensar el riesgo, digo.
 
El cine de Dimas Aduna coincidió unos años con otro cine en la actual ubicación del Bazar Universo (calle Mayor, 68), gestionado por un notario andaluz que estuvo en Medina, Teodoro Rodríguez Rivas, y que antes de finalizar 1936 ya había partido para Andalucía. El cine de Teodoro tuvo licencia de apertura en fecha 13 de diciembre de 1922 (el cine Dimas fue de noviembre de 1923) y operó por espacio de dos o tres años y rivalizó con el cine de Dimas. Es posible que también albergara el local algún otro espectáculo. Teodoro, en 1925, tenía la Notaría en Roca Mayor número uno y gestionaba una pensión en dicha dirección (luego el Pulpitillo). En el año 1936, y ya iniciada la guerra civil, vemos el inmueble utilizado como centro y cuartel de los Requetés. Finalizada la guerra, una familia de Villalaín aparece como propietaria del edificio y una cuñada de la localidad de Brizuela es quien abre o gestiona un negocio de bazar cuyo nombre coloquial pudo ser “La Manzana Reineta” o algo parecido. Florencio García arrendará años después el inmueble. El negocio ya era el “Bazar Universo”.

 
Conozcamos el cine de Acción Católica. El Centro de Juventud se instaló en la primera planta del edificio propiedad de las Condesas de Ardales en la plaza Mayor, esquina Fundador Villota, siendo la fecha de inauguración el domingo 19 de febrero de 1967. Con anterioridad a este nuevo local se había utilizado otro en el antiguo cuartel de la Guardia Civil en la calle Martínez Pacheco, en un inmueble de propiedad municipal. La dirección del Centro correspondía a los propios jóvenes de la Parroquia. Se pretendía formarles en la resolución de sus problemas. El Centro juvenil buscaba una diversión sana y formativa. En el local había mesas de billar, de ping-pong, futbolín, tebeos, golosinas y el cine dominical que debió estar en las antiguas escuelas de la Fundación Villota. Una promoción inmobiliaria derribó el inmueble y terminó con el Centro de Juventud.
 
Otra de las salas de cine de Medina fue el “Cine Avenida” que se inauguró en el otoño de 1942. La propiedad era de la familia Aperribay; la explotación del Salón y de las actividades la llevaban el empresario bilbaíno Eliseo Loizaga Zabala y su encargado para Medina conocido como “Benín”; y el bar y servicio que se subarrendó a Nicolás Zorrilla Agustín, del bar “Taka”. En aquel tiempo parecía una apuesta arriesgada porque todavía no se vislumbraba el auge comercial fuera del casco histórico de Medina. El bar de Aperribay y la apertura de su sala de baile en la misma manzana no llegaron hasta el año 1961 pero el cine ya estaba.

 
El local se componía de patio de butacas y gallinero distribuidos en 422 plazas en butaca, 26 plazas en delantera y 276 espacios corridos en generales, lo que daba una capacidad total de 724 plazas. Con la loca piqueta de la década de 1970 a 1980 desapareció este edificio con reminiscencias Art-decó. Afortunados aquellos que recordarán las colas para entrar, su patio de butacas, su gallinero, sus proyecciones, los acomodadores y la venta de chucherías… Dejó su espacio al edificio que albergó la Caja de Ahorros Municipal de Burgos y que se abrió al público en el año 1981.
 
Y, como mención final, una referencia a los cines itinerantes de verano en las plazas públicas o en los recintos feriales cuya constancia desaparecía tras el verano.
 
 
Bibliografía:
 
Periódico “El Castellano”.
“Fuimos. Una crónica del comercio local”. Jesús Oleaga.
Periódico “Diario de Burgos”.
Periódico “Pueblo”.
Periódico “La voz de Castilla”.
 

domingo, 1 de marzo de 2026

Aquel Azaña que pasó por Las Merindades en 1926.

 
 
Hablar de Manuel Azaña en estos tiempos es hablar de un personaje histórico elevado a los altares del siglo XX con numerosas obras que relatan sus dudas e inquietudes durante el periodo de la segunda república española y la guerra civil pero su vida política y cultural había empezado mucho antes. Artículos, libros, cartas y diarios dejaron muestra de sus pensamientos y experiencias. Y de su visita a Las Merindades, claro. Manuel Azaña, además de político y escritor, fue un amante de la historia de España -a pesar de ser de izquierdas, dirían algunos hoy-. Desgraciadamente, era un hombre empapado del derrotismo noventayochista.

 
El sentido histórico de Azaña era selectivo y solo le interesaba el pasado que sirviese para el futuro. Azaña le dijo a Valle Inclán, para quien había inventado el cargo de Conservador del Patrimonio Artístico Nacional: (...) Les digo que soy opuesto a que se cometan actos de vandalismo, y que los escudos reales deben respetarse cuando tengan valor artístico, histórico o monumental; no es cosa de estragar la Puerta de Bisagra de Toledo arrancando el escudo de Carlos V, por ejemplo, ni de picar la fachada del Monasterio del Escorial, etcétera”. Tradición es, entonces, un elemento de Cultura. Y, como tal, el pasado hace del hispanismo, no la superioridad de raza en un credo sino lo mestizo como gesto triunfante, como lo antinacionalista. La cultura debe recuperarse y valorarse porque en ese pasado se fundan las bases políticas del presente. Lástima que los políticos de izquierda contemporáneos estén a favor de modificar símbolos por motivos electorales. Modificar el pasado al estilo “1984”.
 
Hoy en día, que vivimos en el tiempo de los correos electrónicos, los “güasaps” y los mensajes de audio, nos sorprende el tiempo en que la gente dedicaba horas a reflexionar y a remitir pensamientos y cuestiones, de su puño y letra, a amigos, familiares y correligionarios. De entre los dos últimos grupos destacaremos a Cipriano Rivas Cherif, cuñado y amigo. La relación epistolar entre estos dos hombres de letras, destacados en la vida española de 1920 a 1939, nos desnuda la mente de Azaña, el momento y su evolución política; la vida cultural española de la Dictadura de Primo de Rivera y de la Segunda República Española; los sucesos políticos de 1929 y 1930; los teatros de vanguardia de “El mirlo blanco” y “El caracol”; su vida en familia…

 
Pero, para lo que nos interesa, diremos que Manuel Azaña visitó Burgos en 1926 como vocal del tribunal de oposiciones a notarías convocado por el Ministerio de Gracia y Justicia. Para entonces, Azaña ya había abandonado el reformismo monárquico y abrazado el republicanismo.
 
Manuel Azaña (Alcalá de Henares, 1880 – Montauban, 1940) era doctor en Derecho. En 1910, entró en el cuerpo de funcionarios del Estado, con la categoría de auxiliar tercero, tras obtener el número uno en la oposición para ocupar esas plazas de la Dirección General de Registros y del Notariado, donde permaneció hasta 1931. En 1926, una reforma administrativa integró a los oficiales y auxiliares de la Dirección General de Registros en el Cuerpo Técnico de Letrados del Ministerio de Justicia, lo que ahora serían los Abogados del Estado. Azaña se convirtió en julio de ese año en uno de los oficiales jefes de sección de ese cuerpo de letrados. Unas semanas después, con ese cargo, se presentó en Burgos para integrar el Tribunal de Oposiciones de notarios. Poco antes de visitar Burgos, Azaña había recibido el Premio Nacional de Literatura.

 
Sabemos cosas de su viaje a Burgos gracias a cuatro cartas que escribió a Cipriano Rivas Cherif1 entre el 19 de septiembre y el 3 de octubre de 1926. Los folios de tres de ellas llevan el membrete del Gran Hotel Norte y Londres de la ciudad de Burgos, y otra el del Tribunal de Oposiciones a Notarías de Burgos. Vamos, que Manolo aprovechó papel del estado. ¡Cómo hace mucha gente hoy: aprovechar material de la empresa!

 
Azaña estaba agobiado por el apretado programa de actividades que le habían organizado sus anfitriones burgaleses, de los que dijo que eran todos “jurisperitos, jesuitófilos y patriotas”. Todos eran partidarios del dictador Primo de Rivera. Además de las actividades de ocio en la capital, lo llevaron de gira turística por pueblos. Una de las rutas transcurrió por la Bureba y Las Merindades. Que es la que nos interesa. Recorrieron Villarcayo, Medina de Pomar, Puentedey, Valdivielso, Poza de la Sal y Oña. Desgraciadamente sus cartas no eran una guía de viajes detallada por lo que no tendremos comentarios de todas las localidades que visitó.

 
De Puentedey dijo en su primera carta: Puentedés (ejem), donde el río perfora una montaña y forma un túnel, sobre el que está un pueblecito notable. Era día de moda en Puentedés. Varias mozas sentadas en un ribazo tocaban el pandero. Los mozos jugaban a los bolos”. Recordemos que era septiembre de 1926. Pero sigamos con las impresiones que escribió: “Medina de Pomar es muy típico, muy antiguo, con un gran alcázar, casonas nobles, y calles angostísimas, y una plaza con gran balcón sobre una planicie. Tomé papeletas para la rifa de un ternero que allí estaba coronado de flores, y si me toca, te lo llevaré a Madrid para que juegues. […] Villarcayo es llano; ancho, claro, con cuatro o cinco casonas que nos anuncian Pereda”.

 
Pero la mayor parte de esa carta está dedicada a Oña y a los ocupantes del monasterio: “Lo más notable, así desde el punto de vista artístico, como del religioso y social, de esta excursión, fue nuestra parada en la gran jesuitera de Oña”. En 1926 estaban construyendo el ferrocarril Santander-Mediterráneo y los proyectos de las nuevas escuelas onienses y del cuartel de la Guardia Civil. Dicho esto, a Manuel Azaña el caserío de Oña no le pareció guay. “La antigua abadía de los benedictinos y el pueblecito, viejísimo, tiznado de humedad, yacen en lo hondo de una estrecha garganta, al parecer sin salida. Muy altas montañas, densas arboledas, luz escasa, forman un lugar silencioso y solemne”. En cambio, tuvo una opinión diferente sobre el Cubillo -la torre del reloj- y el antepecho donde están las estatuas de piedra del primitivo panteón de los condes y reyes relacionados con Oña. Además de considerar esplendoroso el sarcófago en alabastro del obispo López de Mendoza, en el interior de la iglesia de San Salvador alabó “La sillería ojival, deslumbradora, y los baldoquines del actual panteón de los condes, y las arcas funerarias, son lo mejor. Allí están enterrados no sé cuántos Sanchos y Sanchas, y alguna Urraca, anteriores al españolismo. Pinturas del siglo XV, que están pudriéndose, cubren el fondo del enterramiento”. La frase sobre los Sanchos es para enmarcar. ¿A qué llamaba españolismo?

 
Sobre la fachada del monasterio opinó que era “neoclásica y pesadota”. Y le desagradaron, también, las hornacinas y las esculturas que acogen a condes y reyes. Dedicó, eso sí, un tiempo a la observación e interpretación del conjunto: “Todos tienen poca hornacina o demasiada estatua. Todos están por eso encogidos, algo dobladas las rodillas, y adelantan el buche. Un conde Don Sancho mantiene una bola de piedra. Para símbolo del mundo me pareció excesiva ambición en un conde castellano, y traté de buscar mejor explicación. A cuatro pasos de la fachada está la bolera del pueblo. Los moros hacían muy buenas tiradas. Supongo yo que el conde, los días que repiquen gordo, el Corpus, la Ascensión, bajará de la hornacina, y con una bola de piedra hará la tirada de honor. Más que emblema de señorío sobre el mundo, es representación magnificada del juego de bolos”. Quizá Azaña hizo esa broma -porque la explicación a la bola era eso: una broma- viendo que la bolera estaba en lo que ahora son los Jardincillos, situados junto a la plaza de Sancho García, anteriormente plaza del Convento.
 
Debemos saber que en el verano de 1926 Manuel Azaña ya había abandonado el Partido Reformista, en el que militó desde 1913 y con el que trató convertirse en diputado. La ruptura no tuvo vuelta atrás después del golpe de Estado de Primo de Rivera, en septiembre de 1923, al que los reformistas de Melquiades Álvarez no se opusieron. Con este abandono desechó la idea de un régimen democrático dentro de la Monarquía y se deslizó hacia posiciones republicanas. Republicano y con “paquete”, y gordo, a los jesuitas. Paradójicamente, siendo un adolescente experimentó una fuerte conmoción religiosa tras oír predicar a un jesuita en su Alcalá natal. Pero dejó la práctica religiosa tras estudiar en el colegio de los padres Agustinos, hacia 1897, cuando tenía 17 años. A pesar de ello, en noviembre de 1929, se casó en la iglesia de los Jerónimos de Madrid con Lola Rivas Cherif, hermana menor de su amigo Cipriano.

 
Cuando se encontró con los jesuitas de Oña, los consideró unos intrusos ocupando la abadía benedictina: “Los jesuitas instalados en Oña son un insulto a la tradición. Se despegan enteramente del carácter del monumento. No se concibe el horrendo bonete de cuatro puntas sobre un fondo románico. Casas como Silos y Oña son para monjes de cogulla. El solo aspecto y los modales del jesuita excitan mi fanatismo. Con ningún otro clérigo me sucede eso. En Oña se ve más claro que en cualquier parte lo intrusos que son”. Palabras premonitorias de su posterior acción política cuando llegó al poder y disolvió, en territorio español, la Compañía de Jesús.
 
La antipatía de Azaña hacia los jesuitas incluía su universo estético. Manuel criticó las barbaridades de algunas de las reformas que habían ejecutado los jesuitas en el monasterio de Oña: “En el primer patio, revocado y pintado, han puesto una estatua del Corazón de Jesús, que será obra de algún maurista, porque es el rostro de Don Antonio, o de [tachadura] un pariente próximo suyo. En otro lugar [en el claustro romano o barroco] hay un San Luis Gonzaga de masa, dice el Padre Marcos, o sea de cemento, con manos y cara de mármol”.
 
En aquel momento había unos 250 jesuitas en Oña. Viendo el gran número de estudiantes de filosofía y teología que había en Oña, Azaña bromeó con el hecho de que Ortega y Gasset se quejara de que en España no había filósofos. Vio alguno de los estudiantes divirtiéndose en una barca dentro de los estanques de los jardines del convento, jugando al tenis o a los bolos. “Has de saber que los jesuitas, además de filósofos y teólogos, crían truchas. […] Los jesuitas no convidan a nada, ni menos a comer de aquellas truchas. Son para insignes huéspedes y para los enfermos. Uno de los notarios de mi séquito, se pasmaba de admiración ante los peces. Admira las truchas, no porque sean gordas, sino porque pertenecen a los jesuitas”. La poca hospitalidad de los jesuitas de Oña contrastó con la que recibieron Azaña y sus acompañantes en Villarcayo, donde el alcalde les obsequió con música y comieron truchas, perdices, bistés, asados y un plato de repostería indígena, que señala que llamaban “tortilla suprema”.

 
En otra breve carta, fechada en la misma Oña, el 12 de septiembre de 1926, Azaña también le envió el epitafio, con alguna variante, a un amigo de Alcalá de Henares, a José María Vicario, con este comentario: “Ante esta impresión fúnebre, medito en la brevedad de la vida, breve incluso en esta Santa Abadía”.
 
La impresión que se llevó de Burgos y su provincia se resume en este párrafo: Toda la provincia de Burgos es un panteón, en ruinas. La capital no pasa de ser una gran sepultura, donde lo más vivo son los cangrejos, pero a mí se me antoja que los cangrejos se comen a los burgaleses, y darán fin de ellos”.
 
 
 
 
Bibliografía:
 
“Azaña en Burgos (1926): Impresiones de un notario que llegaría a presidente de la república”. Eduardo Rojo Díez.
“Manuel Azaña en Oña. El notario que detestaba a los jesuitas y fue presidente de la república”. Eduardo Rojo Díez.
“Los diarios de Manuel Azaña: a propósito del republicanismo”. Adriana Minardi.
“La historia en la obra de Manuel Azaña”. Feliciano Páez-Camino Arias.
 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Damos unas pinceladas sobre la vida del pintor del salón de plenos del ayuntamiento de Medina de Pomar.

 
 
Cuando visitamos algunas dependencias municipales nos encontramos con pequeñas maravillas. Recordamos el magnífico salón árabe del ayuntamiento de Bilbao con lista de espera para alquilarlo para celebrar bodas, pero el salón de actos de Medina, dentro de su categoría, merece una visita.

 
El actual ayuntamiento medinés está en el lado norte de la Plaza Mayor. Posee soportales y tres plantas, siguiendo la moda de los edificios consistoriales de finales del siglo XIX y, a diferencia de lo que ocurriría en el siglo XX, respetando el estilo del entorno. En octubre de 1899, aún sin acabar el edificio, se acordó encargar a Julio del Val Colomé, pintor burgalés, la decoración del techo del Salón de Plenos y, un año más tarde, se le designó para cubrir sus paramentos con pinturas murales. Las pinturas del techo fueron terminadas en 1900 y están realizadas al óleo sobre lienzos que, posteriormente, se adhirieron al techo. Es decir, no son frescos al estilo de Leonardo pintando la Capilla Sixtina.

 
Los cuadros de los extremos, que flanquean el central, representan dos fundaciones importantes de la ciudad: la realizada por Agustín de Villota en 1779 para la creación de un colegio de niñas y dotes para doncellas, y la del Hospital de la Vera Cruz, con los cartujos, creada por Pedro Fernández de Velasco, el llamado “Buen Conde de Haro”, en 1438 y levantado junto al Monasterio de Santa Clara. El cuadro de mayor tamaño está situado en el centro del techo y está presidido por una figura femenina que representa la justicia.

 
Las pinturas murales de las paredes son ocho en total, y fueron realizadas al temple de cola, y representan paisajes y escenas costumbristas. Todas estas pinturas fueron restauradas en 1997.
 
Julio del Val nació el 12 de abril de 1878. De hecho, pondrán su nombre a una calle de su pueblo. Era el mayor de cuatro hermanos: Julio, María, Jacinta y Fausto. Sus padres fueron Cristóbal del Val -Villalval (Burgos)- y la barcelonesa Joaquina Colomé. Nació a las seis de la mañana en el domicilio familiar. Vivían en el número seis de la calle Santiago de Villaverde de Peñahorada (Burgos). Aunque sus estudios los hará en la ciudad de Burgos donde su familia se trasladó por cuestiones laborales de Cristóbal.

 
En 1891 ingresa en la Academia de Dibujo del Consulado del Mar de Burgos -la academia provincial de dibujo-, compaginando los estudios con el trabajo de aprendiz de delineante, y los de pintura en el estudio de Marceliano Santamaría, que marcará sus primeras obras. Durante los cuatro años que permaneció en la Academia se distinguió pronto por su trabajo y habilidad como dibujante. De hecho, en 1891 consiguió el premio de la clase de Principios; en el curso 1892-1893 el premio de la clase de Modelo; y el Premio de honor en el curso de 1893-1894. Como dato curioso diremos que junto a Alfredo “Cardeñita” e Isidro Gil modeló las cabezas de los gigantones de la ciudad.
 
Abandonó esa academia en 1895 y se trasladó a la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid. Consiguió una pensión de la Diputación Provincial de Burgos de 1.500 pts. para ampliar estudios de pintura de historia en -según dice el B.O. de la provincia de Burgos- la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Rastreando en boletín provincial encontramos varios años de concesión de esta beca (1902, 1903, 1904, 1905). En Madrid fue discípulo de Marceliano Santa María, hasta que en 1912 comenzó a ser conocido como discípulo de Hermèn Anglada Camarasa. Durante esa estancia en la Corte recibió la invitación del consistorio de Medina de Pomar para decorar el Salón de Plenos de ese ayuntamiento. El alcalde argumento en el pleno del 18 de octubre de 1899 que Julio había sido “premiado en varias exposiciones”. Además, ese año, tenemos constancia de que pintó el cuadro “Exploración”. Otro “premio” que obtuvo en 1899 fue el ser declarado inútil para el servicio militar.

 
El joven pintor completó el encargo a finales del verano de 1900. Ese septiembre firmará para ejecutar las pinturas murales de las paredes del salón. Cómo hemos dicho, las hará mediante la técnica del temple. Son pinturas de más rápida ejecución, donde intuimos reminiscencias de su aprendizaje con Marceliano Santamaría. En ellas encontramos una mujer cosiendo, una segadora descansando, una pescadora con cesto, unos segadores, un pastor y unos paisajes con cisnes y lirios.
 
En 1901, le encargaron las pinturas murales del techo del gran salón del Casino Círculo de Amistad de Numancia, en Soria. Julio del Val recurrió de nuevo a la historia para realizar los cuadros. Pensemos que el romanticismo historicista seguía en boga. Así pintó una alegoría del heroísmo de Numancia, el Amor, la Ciencia y la Enseñanza.

Julio del Val Colomé
 
Participó en las Exposiciones Nacionales de 1899 –con el cuadro “Exploración”-, a la exposición de 1901 presentó “Para vestir santos” y “Autorretrato”; “Cabeza de estudio” y “un retrato” a la de 1904, en las que obtuvo mención honorífica. En 1906 presentó su lienzo “La siembra en Castilla”. Obtuvo una tercera medalla en la Exposición de 1908, con su lienzo “El lagarejo”, que intentó vendérselo al ayuntamiento de Burgos en 1909 por 1.500 pesetas. Sin olvidarnos que en 1907 participó en la V Exposición Internacional de Bellas Artes de Barcelona con un “Autorretrato”. Por su parte, en la Exposición del Círculo de Bellas Artes de 1903 presentó, según el corresponsal del periódico “El Imparcial”, “una griega”. Otra curiosidad: en 1902 participó en la confección del pendón del orfeón “Santa Cecilia” de Burgos.
 
Terminados sus estudios en Madrid, solicitó una beca a la Diputación Provincial de Burgos para la ampliación de estudios en el extranjero. Le costó un poco conseguirla, pues en 1906 le fue denegada por no haber justificado el artista su falta de medios económicos y dos años después se la denegaron por falta de fondos en la Diputación.
 
Durante esos años también presentaba sus obras a certámenes internacionales, obteniendo medalla de plata en la exposición franco española de Zaragoza de 1908; medalla de plata en la Internacional de Buenos Aires de 1910; y de oro en la Universal de Panamá en 1916. En esta última la medalla de plata la obtuvo la villarcayesa Concepción Bustillo.

"Juego de bolos"
 
Finalmente, en 1910, le fue concedida una beca de la Diputación Provincial de Burgos –3.000 pesetas anuales- para estudiar durante tres años en París y Roma. De este año es su obra “Ranto y Eropción” de la novela de Vicente Blasco Ibáñez “Sónnica la cortesana” y “Retrato de señora”. El primer año lo pasó en París, donde estudió con Henry Marlière, profesor de la Academia Internacional de Pintura. Allí coincidió con otro pintor burgalés: Javier Cortés. Marlière consideraba a Julio un buen alumno, tal y como manifiesta en los certificados que le emite, en los que califica de “muy brillantes” sus trabajos. En diciembre de 1911 se trasladó a Roma, donde fue discípulo de Federico Francavillo, profesor de la Academia de Bellas Artes de Roma. Francadillo le aconsejó que realizara copias de los grandes maestros en los museos romanos. Esta es la procedencia de la copia de un Rivera, propiedad de la Diputación de Burgos. En Roma pintó el lienzo para la exposición Anglo-Latina de Londres (“La subasta de las ánimas”) y el titulado “Diana y Acteón” para la exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid de 1912. Para asistir a la exposición se trasladó por un corto periodo de tiempo a Navalcaballo (Soria), donde pintó algunos lienzos más. Volvió a París en noviembre para continuar con su formación bajo la dirección de Henri Merlière. En 1913 se recurrirá a alguna de sus obras para la nueva decoración del “Salón de Recreo” de Burgos.
 
Intentó permanecer en París una vez terminada la beca, pero le denegaron la prórroga porque la duración máxima de las pensiones de la Diputación era de tres años. A su vuelta, presentó su instancia para ser profesor de dibujo de las Escuelas Normales. También se presentó a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de Madrid de 1915 con el lienzo “La adoración de los pastores”; 1917 con la obra titulada “El bocadillo”; y 1920, con un retrato. Presentó obras en diferentes sesiones de los Salones de Otoño como la de 1922 con “El santero y el Jardín”; 1927 con “Modista de principios de siglo”; y 1928 con el “Retrato de la señorita M. Ferrero”. No solo tuvo tiempo para presentar cuadros, sino que hizo carteles como el de las fiestas de San Pedro y San Pablo de Burgos de 1925. El cartel se tituló “Castilla la Vieja” y conllevaba una bolsa de 500 pesetas.

"Vendedores de fruta"
 
Participó en la exposición Internacional de Barcelona de 1929 con el lienzo “El rebollo”, pintado en 1920 en Segovia. En los Salones de Otoño de 1929 con “Ranto y Eropción” -un cuadro reciclado- y 1930 con “El poeta” y “Retrato de la señorita E.C.”. Al ser rechazadas sus obras por el jurado de la exposición Nacional de Bellas Artes de 1930, decidió, junto a otros expositores rehusados como él, mostrar sus creaciones en una sala que les brindó el Diario Universal de Madrid, que publicó algunos artículos sobre la muestra.
 
Se presentó a las Exposiciones Nacionales de 1942 con la obra “Vistiendo a la Virgen”; 1943 con los lienzos “El gazpacho” y “Bodegón”; y a la de 1945 con “Viejos castellanos”. En el Salón de Otoño de 1942 presentó “Bebedor” y “Jardín de monasterio”. Parece que también asistió a la exposición de 1952 presentando en esta ocasión un retrato.
 

Tras la muerte de Julio del Val el 20 de septiembre de 1963 en Madrid, el ayuntamiento de Burgos organizó una exposición antológica del pintor en la Sala de Exposiciones de la Torre de Santa María. Lo hacía durante las fiestas de Burgos y valió tanto como homenaje a Julio del Val y como inauguración de la sala de dicha torre. El pintor fue acompañado por “varios sobrinos y otros familiares” en la visita.
 
El museo del Prado es titular del lienzo “Juego de bolos en Rubena” que se conserva en depósito en la Embajada de España en Bélgica. Esta obra sitúa al pintor en la línea de la pintura de corte regionalista que caracterizó casi toda su producción, con especial atención a los temas de carácter festivo popular, temática que también distingue a otros lienzos como “El santero” o “El rebollo”. Aunque también va a tener obras de temática histórica, mitológica, paisajística o religiosa.
 
Tenemos que comprender el momento en que pintaba Julio del Val para comprender sus temas de trabajo. Entre finales del siglo XIX y los comienzos del siglo XX una de las temáticas más habituales de la pintura fueron los asuntos regionalistas que contrastaban con un mundo en el que la industrialización iba ganando terreno. Por eso Julio del Val se orienta principalmente hacia este estilo.
 
Sin embargo, podemos intuir el cambio de rumbo plástico a finales de la década de los cuarenta del siglo XX, a juzgar por alguna de las obras que conocemos de temática taurina, como el lienzo titulado “Suerte de varas”, fechado en 1948, en el que la luz más mediterránea y la pincelada suelta, acerca esta obra al estilo del pintor Francisco Iturrino. Se ha dicho, también, que pintó paisajes madrileños con una visión moderna en los que incorpora elementos característicos de la técnica impresionista.

"Campesinos burgaleses".
 
En la obra “Campesinos burgaleses” muestra esa sociedad castellana campesina idílica en la que los personajes parecen vivir en un continuo descanso y disfrute, nada más lejos de la realidad del duro trabajo en el campo. La gama cromática es principalmente a base de marrones, color que se identifica con la tierra y el campo. Podemos ver a dos figuras en el primer plano que están en una actitud relajada, en un momento de cortejo. Posee un gran realismo en los detalles, como las manos de las dos personas o las pezuñas y las babas de los bueyes.
 
Otras obras de Juan del Val fueron: “Embrujamiento” y “Ruinas de Arlanza” (1925); y “Retrato de señora” (1930). También pintó dos retratos de Alfonso XIII. Sabemos que uno de ellos lo adquirió la Junta Sindical de la Bolsa de Madrid en 1910.
 
Sobre su vida familiar sabemos que fue padre, al menos, de Félix del Val. No hemos encontrado el nombre de su esposa. Sospechamos también que pudo vivir en la calle del Pilar, 15 de Madrid gracias a una licencia de obras municipal.
 
 
Bibliografía:
 
Real Academia de la Historia. Artículo de Esther López Sobrado.
Boletín oficial de la provincia de Burgos.
Museo del Prado.
Periódico “ABC”.
Museo de Burgos.
Gaceta de Madrid.
Periódico “La Izquierda Dinástica”.
Periódico “El Imparcial”.
Revista “Arquitectura y Construcción”.
Revista “La ilustración hispano americana”.
“Medina de Pomar. Cuna de Castilla”. Inocencio Cadiñanos Bardecí, Emilio González Terán y Antonio Gallardo Laureda.
 
 
 
 

domingo, 12 de octubre de 2025

Por una oveja y un carnero.

 
 
Nos vamos a acercar al lejano año de 1666 para recordar una trifulca montada entre los vecinos -algunos vecinos- de dos pueblos colindantes. “¡Pues vaya cosa!” me dirán “si todos los vecinos tienen roces”. Cierto. Este ocurrió entre residentes en La Aldea y en Barruelo. Una disputa por el uso de un lugar llamado Pragovino, en Barruelo. Lugar que hoy no figura en los mapas con ese nombre por lo cual solo podemos conjeturar su ubicación. ¿Es Los Huertos, Santimia, Los Pozos, El Prado…? Podemos llegar a deducir que Pragovino sería algo así como prado ovino tanto por su nombre como porque para esto se empleaba. ¿Quizá con esto podríamos decantarnos por El Prado, aunque esté alejado de La Aldea? ¿O quizá por esa distancia es el correcto?

 
El pleito fue rescatado por Jesús Moya en un legajo del archivo de Villarcayo mal conservado. El principal problema de estos documentos legales, vistos con nuestros ojos, es que eran piezas de estilo farragoso y, a menudo, anárquico. Había unas líneas generales -muy generales o muy laxas- basadas en la costumbre y en las llamadas Leyes de Estilo. Y luego están los ratones y el “reciclaje”. Lo más seguro es que nuestro legajo fuese un pleito de los llamados “Juicios ordinarios de primera instancia iniciados a pedimento de parte”. En estos casos el sumario comenzaba con la denuncia por la que el escribano del juzgado da fe de cómo en determinada fecha y lugar se presentó el demandante o su procurador y cursó la denuncia. Lo digo por las circunstancias privadas de la bronca interpueblos.
 
El asunto era que los de La Aldea, reconociendo que el Pragovino era de Barruelo, pretendían tener el derecho inmemorial para meter sus ovejas y apriscarlas allí en pie de igualdad con los de Barruelo. Esto generó esos enfrentamientos que llevaron a la cárcel de Medina de Pomar -Jurisdicción del duque de Frías- a tres vecinos de Barruelo: Sebastián Ruiz y Juan de Pereda Velasco, que eran los regidores, y a José Fernández. Los regidores presentaron un escrito solicitando algo así como un Habeas Corpus ante el juez para que decretase su libertad o procesamiento:
 
“Sebastián Ruiz y Juan de Pereda Velasco, vecinos y regidores del lugar de Barruelo, presos en la cárcel pública de esta Villa cuatro días ha, sin saber la causa por qué; siendo tiempo de agosto y labradores del campo. Decimos que, aunque tenemos pedido se nos tomen nuestras confesiones, haga culpa y cargo, y dé traslado de lo actuado contra nosotros, no se ha hecho, ni producido sobre ello, de [lo] que se nos siguen grandes daños. Por lo cual, sin ser justo renunciar el derecho de la injusta incarcelación, a V. Merced suplicamos se sirva de hacer según pretendemos por ahora, pues es justicia que pedimos, costas pagadas; de lo contrario tácita o expresamente (...) lo que convenga contra quien haya lugar, y apelamos ante el Rey Nuestro Señor, y ante quien con derecho podemos y debemos”. Cuando le llegó la solicitud al alcalde ordinario de la villa de Medina de Pomar y su jurisdicción, Antonio Galán, ordenó que se les tomase la declaración que solicitaban. Era el 6 de septiembre de 1666.

 
En sus confesiones, declaraciones, tomadas inmediatamente, reconocieron “haberse tomado razón contra una sentencia fallada dos años atrás” que dictaminaba sobre las lindes a favor de La Aldea (1664). No sabemos qué ventolera les daría a los regidores de Barruelo para ir al aprisco -el cercado del ganado- de La Aldea y le prendieron al pastor una oveja y un carnero. Por supuesto, en la acción se incluyeron amenazas al pobre diablo para que se largase de este lugar.
 
El tercer vecino de Barruelo, José Fernández, estaba prendido por la justicia del señor de Medina de Pomar y prestó declaración ese día también -¡para que luego digan que la justicia no es rápida!- a pesar de estar sujeto al poder del señor feudal: “Preguntado si sabe, y es verdad, que el término que se dice de Pragovino, que lo es del dicho lugar de Barruelo, ha sido y es alcance del lugar de La Aldea, y que como tal le han tenido por suyo el concejo v vecinos del lugar de La Aldea para apastar libremente sus ganados mayores y menores (...) desde el día de Ntra. Sra. de Agosto (o antes, si los vecinos (...) de Barruelo metieren sus ganados (...) porque en este caso (...) siempre son iguales ambos derechos), hasta la sementera (época de siembra); y en esta posesión han estado y están el dicho concejo y vecinos (...) quieta y pacíficamente; además de tenerlo vencido en contradictorio juicio por sentencias y autos de jueces árbitros y de la justicia ordinaria de esta Villa, que le han sido y son notorios al concejo y vecinos (...) de Barruelo, y a este confesante como vecino de él (...) diga lo que sabe. Dijo que niega lo que esta pregunta refiere, y en cuanto a las sentadas y autos, no los ha visto, ni de ellos tiene noticia, y esto responde.

 
Preguntado si en los días que se contaron 28 y 29 de agosto de este presente año de 1666 este confesante, en compañía de Juan de Pereda Velasco, vecino y regidor del dicho lugar de Barruelo, y de Sebastián Ruiz, así mismo vecino de él, y otras personas juntamente con ellos, contraviniendo a la dicha sentencia y autos, y al derecho y posesión que ha tenido y tiene La Aldea, con ánimo de perturbársela a fin de mover pleitos y disensiones entre ambos concejos, de su autoridad se fueron al dicho término de Pragovino, y estando en él el hato y vez del ganado menudo del dicho lugar de La Aldea con Andrés Martínez, su guarda y pastor que lo apacentaba, le prendaron y sacaron del dicho hato y vez un carnero y una oveja, diciendo que no podía allí apacentar el ganado, por no ser alcance del dicho lugar de La Aldea; y se llevaron consigo al dicho lugar de Barruelo el dicho carnero y oveja, sin lo haber querido volver. Y después acá han hecho otras prendarias en el dicho ganado, llevándose otras cabezas del dicho término, en que cometieron grave delito, por no haber tenido para ello causa ni razón alguna; Diga lo que sabe. Dijo que a los fines del mes de agosto de este presente año este confesante, por mandado de Juan de Pereda Velasco, regidor del dicho lugar de Barruelo, y en su compañía, prendaron el hato y vez del lugar de La Aldea que estaba en el término de Pragovino con su pastor, y sacaron de él dos carneros (¿No eran una oveja y un carnero?) y se los llevaron a dicho lugar de Barruelo por prendarias, por no poder apastar dicho ganado en dicho término, donde nunca vio ni oyó fuese alcance ni propiedad de dicho lugar de La Aldea, antes bien, sabe que se han prendado los ganados de los vecinos de él entrando en dicho término, y han pagado las prendarias llanamente, y en esta posesión ha estado el dicho lugar de Barruelo, como lo protesta probar y verificar y esto confesar; y lo demás, niega (…)”
 
Paremos un poco esta máquina judicial y démonos cuenta que estos tres vecinos de Barruelo estaban en la cárcel. ¿Por qué? Por un lado, razones económicas que luego matizaremos y, es que, la necesidad imperiosa de cobrar cuanto antes las costas judiciales; y, por otro, la facilidad con que los procesados podían huir para refugiarse en cualquier lugar fuera de la jurisdicción del instructor. Esto obligaba a los jueces a dictar rápidamente autos de prisión para evitar fugas y autos de embargo contra los bienes de los acusados. Esta costumbre generaba tensiones durante la fase de instrucción del sumario y enormes volúmenes de documentación. Esto último nos permitía tener unas ratas bien nutridas.

 
Antonio Galán, juez ordinario de Medina de Pomar, mandó trasladar las declaraciones al regidor de La Aldea, Pedro de Cartes, y a su concejo para que dentro del plazo de un día alegasen. Y la saturación de tramites e intermediarios judiciales, a los que en España somos dados, se puso en marcha para este procedimiento criminal -al fin y al cabo, era un robo y lesiones-. Los representantes de los de Barruelo fueron Pedro García de Salinas y Juan Vicente Exquerro. Y, en la otra esquina, “Francisco Çorrilla, en nombre del Concejo y vecinos del lugar de La Aldea, en la causa criminal contra Juan de Pereda, Sebastián Ruiz y José Fernández, sobre haber perturbado en la posesión quieta y pacífica que dicha mi parte (...) tiene en término de Pragovino, y haber llevado y sacado de él ciertos carneros y ovejas (¡Cada vez son más ovinos!) pretendiendo maltratar al pastor. Digo que dichos acusados cometieron gravísimo delito porque, estando mi parte en dicha posesión de inmemorial tiempo a esta parte, de poder pastar en los dichos términos y majadear en ellos como los mismos vecinos de Barruelo, desde el tiempo que ellos entraron con sus ganados en él perturbaron a mi parte este derecho (...)”.
 
Este proceso, circunstancial alimento para ratones, contiene joyitas como la denuncia de Salinas a Zorrilla del Hoyo por negligencia y ánimo de molestar a sus representados -los de Barruelo-, presos durante su trabajo en el campo, por ser agricultores y “tener sus panes perdidos en las eras”. ¿La causa de esta denuncia? Pues que el procurador de La Aldea dilataba el proceso porque, aunque se le había dado un día para las alegaciones, llevaba sin entregarlas casi tres. Salinas presentó esta queja el día nueve a las nueve y media de la mañana demostrando una celeridad que parece que le faltaba a su contrincante. Claro que, veo un problema, porque Salinas exigía la puesta en prisión del procurador de los de La Aldea. Y no soy abogado, pero creo que esta técnica no aceleraría el proceso, sino que lo ralentizaría más aún. Pero eso: no soy letrado y no tengo esa destreza en las argucias procesales del siglo XVII. Además, ¿para qué narices querían los de La Aldea dilatar el proceso si eran las víctimas? Puedo maliciar que la causa sería fastidiar a los encarcelados el mayor tiempo posible. Con ello, Pedro de Cartes y su representante legal, Zorrilla, asumían que el castigo por el daño era, a su entender, inferior al que merecerían los encarcelados.

 
¡Y lo encarcelaron! Çorrilla del Oyo -Zorrilla del Hoyo- terminó bajo el mismo techo que los regidores de Barruelo y, esperamos, que no compartiendo la misma celda. Digo los regidores porque, como han leído con los de Barruelo, había clases y clases. Zorrilla, nervioso, elevó un escrito manifestando que se encontraba en la cárcel pública de Medina de Pomar “a pedimiento del concejo y vecinos del lugar de La Aldea digo, del lugar de Barruelo (...)” Lo dicho: estaba nervioso. Y cabreado con Pedro García de Salinas a quien culpaba de su situación: “El cual dicho pleito tengo entregado al Letrado de mis partes, el cual no me [lo] quiere entregar hasta que mis partes den el alegato que les toca. Por tanto, a V. Merced pido y suplico mande sacarme de la prisión en que estoy, y tomar (?) mandamiento por dicho alegato, pues soy preso en dicha prisión, y mandarme soltar de ella. Es justicia que pido por (...)”.
 
Gracias a Dios el alcalde ordinario no era como los jueces contemporáneos españoles que suelen cojear de varios pies incluido el alargamiento de plazos y en una semana dictó un auto o sentencia contra los de Barruelo.
 
“En la villa de Medina de Pomar, a trece días de septiembre de 1666 años, el Señor Antonio Galán, alcalde ordinario en esta merindad, con acuerdo del infrascrito asesor, habiendo visto estos autos y la culpa que de ellos resulta contra Juan de Pereda Velasco, regidor del lugar de Barruelo, y Sebastián Ruiz y José Fernández, así mismo vecinos de él, y otros consortes, sobre delito de contravención del uso costumbre y observancia, en ejecución de sentencias de jueces árbitros arbitradores pronunciadas y consentidas el año de 1580, y penas conminaciones y destierros en que han sido multados los perturbadores de dichas sentencias de jueces árbitros, por sentencias definitivas dadas en esta Audiencia y Juzgado los años de 1603 y 1604, por no hacer inacabables los pleitos: Dijo que mandaba, y mandó, que las prendas (Las ovejas y carneros robados, prendidos) que han tomado y llevado los susodichos a los vecinos del lugar de La Aldea, que es de esta jurisdicción, se vuelvan y restituyan primeramente y ante todas las cosas, como a despojados. Y para con mayor conocimiento proceder contra los dichos Juan de Pereda y demás consortes referidos, recibía y recibió este negocio y causa a prueba con término de nueve días comunes y con todos cargos de prueba pública y conclusión y citación para sentencia (...). Y, por ahora, paguen las costas y camino los presos y lo demás se reserva al fiscal y sentencia definitiva”.
 
Y, ya que estamos, informaremos de que, en los tribunales locales de primera instancia, la sentencia aparecía siempre o casi siempre en el sumario, dado que ésta se expedía como cualquier otro documento judicial, es decir, en el sumario se incluía el texto validado por el juez y corroborado por el escribano, y luego éste, tras su lectura pública en la Sala de Audiencias, procedía a comunicarla mediante notificación por escrito a las partes personadas en la causa. Hemos de suponer que llegó a coincidir con lo que aquí hemos leído.

 
Esta resolución provisional no gustó al pícaro letrado Salinas, ni a sus defendidos claro, y apelaron sobre la marcha. Y no solo apelaron, sino que no adelantaron pago alguno y, así, Zorrilla del Hoyo, con una letra menos descompuesta que la trazada mientras estuvo encarcelado, presenta un escrito protestando de que los contrarios no acataban la sentencia. La fecha del documento es el 13 de septiembre de 1666. La víspera, los de Barruelo, tanto los libres como los inculpados presos, habían otorgado carta de poder a su regidor Juan de Sedano, a Simón Alonso de Celada y a otras personas, incluido el cura beneficiado de Medina de Pomar Ruiz de Andino. No les sirvió de nada. Se siguió fallando a favor de La Aldea. Los peor parados fueron los tres encarcelados que debieron responder con sus personas y sus patrimonios para cubrir daños, perjuicios, costas del pleito y su ejecución. Con este fin se habían inventariado previamente todos sus bienes y embargado preventivamente cuando fueron detenidos. Con lo cual vemos que en el siglo XVII conocían lo que era un alzamiento de bienes y las medidas cautelares. ¡Y bien que hacían en preocuparse! Tengan en cuenta que los juicios eran sufragados básicamente con las costas y las penas de cámara que satisfacían los encausados. Desgraciadamente, el cobro de estas sanciones era inseguro, pues dependían de la solvencia de los procesados, y, además, sólo podían ser requeridas muy al final del procedimiento, cuando había sentencias o, cuando menos, acusaciones formales.
 
Se ha conservado el inventario de los bienes de dos de los tres detenidos. El otro engordó a una generación de ratones. Sabemos así que el alcalde de Barruelo consignó a Francisco Díaz Andino como custodio de los bienes de los embargados:
 
  • Sebastián Ruiz: Dos bueyes, el uno color rucio, de edad de 10 años, y el otro color hosco, estrello, de edad de 6 años; una pollina parda rucia, de edad de 8 a 9 años; cuatro ovejas y cuatro cabras; una lechona mediana; cinco fanegas de habas crudias; cuatro fanegas de cebada; doce fanegas de trigo; un bufete de nogal y tres escabeles de nogal; dos bancos largos; una caldera de cobre mediana, una sartén y un asador; dos sábanas y dos lenzuelos y dos mantas y dos almohadas; y en la era de abajo 40 haces de trigo de por trillar.
  • Juan de Pereda Velasco, vecino y regidor de Barruelo, tenía: dos bueyes, colores pardos, de edad de a 6 años; una pollina color pardo, de edad de 7 años; cuatro cabras y dos ovejas; seis fanegas de cebada; veinte fanegas de trigo; cinco fanegas de centeno; tres fanegas de trigo en la parva; una mesa y dos bancos viejos; dos escabeles de nogal y dos arcas; dos lenzuelos, dos sábanas y dos mantas; una caldera de cobre, una sartén, cuatro platos, y cuatro escudillas


 
A pesar de que no tenemos el del tercero podemos asumir que sus pertenencias serían, como mucho, parejas a las ya conocidas. Vemos que no se les embargó el inmueble ni la cama -quien tiene sábanas tiene cama, digo-. Y, es que, la legislación disponía de elementos inembargables como la cama o los aperos de labranza.
 
 
 
 
Bibliografía:
 
“Papeles viejos de Castilla Vieja. Crónicas de Ayer en el archivo de Villarcayo”. Jesús Moya.
Visor SigPac.
“Los tribunales castellanos en los siglos XVI y XVII: un acercamiento diplomático”. Pedro Luís Lorenzo Cadarso.