Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 17 de junio de 2018

Otro olvidado: Dionisio Fernández Palma Hidalgo, el biblio…¿qué?



Nuestro protagonista del día nació en Medina de Pomar (Las Merindades, Burgos) el día 8 de octubre de 1809. Era hijo de Valentín Fernández Hidalgo y de Zoa de Palma. Eran tiempos de la guerra de independencia contra Napoleón, José I y los afrancesados. Por ello, su padre se trasladó de Las Merindades a Burgos al ser partidario del rey José I. Trabajó para ese gobierno en las administraciones de rentas de Lerma y Sasamón.

Con el fin de la guerra retornó la familia a Medina. Dionisio empezó su formación: estudió gramática latina en Barruelo; luego en Espinosa de los Monteros; y, por último, en Medina de Pomar. Aquí tuvo pagado por el ayuntamiento, un profesor de latinidad. Desde niño fue un lector compulsivo devorando la biblioteca paterna e, incluso, los protocolos de la escribanía que desempeñaba.

Medina de Pomar (1994)

En octubre de 1825 se matricula para estudiar filosofía en el seminario conciliar de Burgos. Sacó buenas notas los dos primeros años pero notó la hostilidad de aquellos que seguirían la carrera eclesiástica, y la de los catedráticos, para los que no vivían de acuerdo a esos objetivos. Fastidiaba la afición del señor Hidalgo de tocar la guitarra, asistir alguna vez al teatro y frecuentar tertulias y cafés. Chocó con el posteriormente carlista y obispo de Mondoñedo Sr. Borricón que era el rector del seminario. Usemos las propias palabras de Dionisio:

“Avisado por sus espías de que una media docena de estudiantes, yo uno de ellos, nos reuníamos a bailar y divertirnos con juegos propios de la edad juvenil, se presentó una noche en nuestra casa, rodeado de todo el imponente aparato de bedeles y criados, y después de habernos increpado de la manera más dura y despiadada y tomar nota de nuestros nombres, nos citó a la rectoral para el día siguiente a fin de llenarnos de improperios. Yo no sé lo que sucedería en el ánimo de mis compañeros, de mí sé decir que me causó una dolorosa impresión, que me duró mucho tiempo, porque examinando mí conciencia no veía que aquella falla, sí tal puede llamarse, mereciera tan severo castigo”.

En 1827 marcha a Valladolid a estudiar derecho. Dejó constancia de la razón de su estudio: (que)…siendo abogado, decía mi padre, supiera defender por mí mismo los bienes que como hijo único debía heredar a su fallecimiento”. Tuvo como catedráticos a Lorenzo Arrazola, Gobantes, Hervas y Cabeza de Vaca. En 1832 recibió el grado de bachiller en leyes.


Pero ya en esos tiempos era un bibliófilo impenitente e invertía en libros y suscriciones cuánto dinero reunía. Lugar de destino de este era la vallisoletana librería de Clemente Rodríguez y Julián Pastor. Seguía, a su vez, cursando los últimos años de derecho obteniendo el título en la audiencia de Madrid donde tenía ya su residencia y donde vivía con su madre viuda. Era 1836, tiempos de guerra carlista.

Dada la situación y su ideología llevaba tiempo inscrito como voluntario urbano en una de las dos compañías, que armadas y uniformadas, habían sido creadas en Valladolid el 27 de abril de 1834. Cuando se mudó a Madrid se incorporó voluntariamente en la compañía de granaderos del cuarto batallón de nacionales, y en ella continuó hasta la desmovilización de la unidad.

Este joven abogado de la hornada de 1836 descubrió que el derecho no era lo suyo. Arregló siete pleitos heredados de su padre y pasó de las Leyes. Lo suyo eran los libros. Pero no había una carrera de bibliografía, ni maestros que la enseñaran, ni apenas libros sobre el tema. Además, no era librero ni de familia de libreros, ni estaba en situación de empezar como dependiente de una librería o como bibliotecario.


Se unió a un amigo, que estudiaba ingeniería, para comprar las bibliotecas particulares que se pusieran a la venta y se anunciaron en el “Diario de Avisos”. Al poco compraron por ocho mil reales la biblioteca del conde de Salazar que habían heredado unos sobrinos suyos poco aficionados al tema. Dionisio se inició así en los rudimentos de la bibliografía y llegó a aprenderse de memoria todos los títulos de la biblioteca.

El final de su relación con Medina de Pomar se retrotrae a mayo de 1839 cuando vende todos los bienes que poseía en Las Merindades. Le recordaban las persecuciones que su padre había sufrido allí tanto por liberal como por deseos de robarle su hacienda. Él no quiso ser víctima de aquellos caciquillos rurales, buitres carnívoros, cuya sed de riquezas no tenía límites, y vendió todo.

A finales del verano de 1839 se traslada a Santander para partir a París y Bruselas madurando la idea de abrir una librería extranjera y española en Madrid. Se relacionó con los principales editores de aquellas capitales, hizo algunas compras y fue informado de una oportunidad: la antigua librería extranjera de Denné, que estaba situada en la calle de Jardines, en Madrid, estaba en venta. A su regreso a principios de 1840 la compró.

Medina de Pomar (2012)

E, inmediatamente la trasladó a Montera, 12 principal, y anunciarla como “Denné, Hidalgo y compañía” para indicar la procedencia y darle aires de grandeza. El fondo bibliográfico del negocio fue aumentado con las posesiones de Dionisio y con las compras realizadas en su viaje al extranjero.

Como complemento editó desde agosto de 1840, cubriendo una evidente necesidad, de enlazar al editor, al impresor, al distribuidor y al librero, el “Boletín Bibliográfico Español y Extranjero”. Un periódico de todo lo que se publicaba en España, quincenal, que registraba el movimiento de la industria editora y daba cuenta del repertorio de libros. Que, como el relata en sus memorias, tuvo mala acogida por el gremio de libreros que lo veían como enemigo pero que aguantó desde agosto de 1840 hasta 1851. Esta publicación ha permitido a cualquier estudiosos del Romanticismo y el siglo XIX obtener información de primera mano sobre las obras impresas en España (principalmente en Madrid) a lo largo de los años centrales del siglo (entre 1840 y 1868), además de otros textos impresos también recogidos en sus páginas; motivo suficiente para otorgar un puesto de honor a Dionisio Hidalgo entre los grandes conservadores y difusores de la cultura en España.

Fue, además, el introductor de este tipo de publicaciones bibliográficas corrientes en España, continuadas, tras la desaparición del Boletín, por otros libreros madrileños; como Manuel Murillo y su Boletín de la Librería, publicado mensualmente entre 1873 y 1909, o el Boletín de la librería de Bernardo Rico, que, iniciado en 1889, mantuvo su regularidad hasta la segunda década del siglo XX.

El 11 de diciembre de 1840 contrae Dionisio matrimonio con Manuela García, natural de Poza de la Sal. Era la hija del contador de las salinas de aquella villa, José García Fernández y de Faustina de Oca y Meló. Tuvieron cinco hijos.

Boletín de loterías y toros.

Su éxito como librero le llevó a ser editor. En enero de 1843, Hidalgo, Francisco de Paula Mellado y Flaviano Laverne fundan “La Unión Literaria” con la colaboración de reconocidos literatos como Ventura de la Vega, Bretón de los Herreros, Hartzenbusch o Gil de Zárate. Pretendían reeditar los clásicos españoles, estimular a los jóvenes autores a publicar, difundir la principal producción europea e introducir nuevos métodos para la edición, distribución y venta de libros. Por ello, Dionisio viajó a Paris en el verano de 1843. Compró una imprenta que instaló en la plazuela de San Martín y después, en 1844, en el 44 de la calle de la Flor Baja.

Fue un mal negocio, quizá por sus asociados. Dionisio optó en 1844 por vender. La imprenta a los señores González y Vicente, la librería a Bonat y Jaymebon que habían venido de Bayona para establecerse aquí y el Boletín al impresor Ignacio Boix en 1846. Aunque, en este último caso, continuó siendo responsable y redactor exclusivo de esta. La publicación, en 1850, en su tomo undécimo, inicia una nueva serie y cambia su nombre al de “Boletín bibliográfico español” por su decisión de no publicar a partir de ese momento “sino obras españolas, con el objeto de ir formando poco a poco una Bibliografía nacional antigua, media y moderna, que llene el gran vacío que se observa en esta parte de nuestra literatura”.

En 1845 abrió un gabinete de lectura -antecedentes privados de las actuales bibliotecas públicas-, al que denominó “Salón literario”, en el que llegó a ofrecer un total de 20.000 volúmenes que podían llevarse para su lectura en casa, bajo suscripción de 10 reales al mes, para lo cual imprimió un catálogo de Obras de recreo y otro de Obras científicas. Evidentemente, se fue al traste con los negocios arriba señalados.


Estos reveses le deprimieron pero para 1847, todavía al frente del boletín, estaba de nuevo en la brecha. Era la época de las sociedades anónimas, y un comercio tan importante como el de libros no podía menos de tener en ellas su representación. Se formaron dos: la Ilustración y la Publicidad (constituida a finales de 1846). En esta última había intelectuales y dinero como el del impresor Manuel Rivadeneyra quien viajó a diferentes ciudades europeas para establecer relaciones comerciales y comprar maquinaria adecuada. Con un capital social inicial de cuarenta millones de reales, entre los miembros de la primera Junta de Gobierno de esta empresa figuran nombres como los de Juan Donoso Cortés, Bravo Murillo, Hartzenbusch, Fermín Caballero, Aribau o el propio Rivadeneyra; y la dirección de la misma fue asumida por tres de sus fundadores: Joaquín Francisco Pacheco, Antonio Jordá y José Morales Santisteban. La imprenta estuvo en el número 6 de la calle Jesús del Valle. Dionisio estará al frente de la vertiente bibliográfica. Esta sociedad abrió también una librería en la calle de Correos, nº 2. Dionisio ya estaba barruntando escribir una obra sobre la bibliografía española. En 1851 cierra la Publicidad por diferencias en la gestión interna de la sociedad y con un mal recuerdo para nuestro personaje. Recuerdos algo turbios porque la disolución no fue tan rápida como lo cuenta Hidalgo, pues en octubre de 1853 aún se hallaba la sociedad en proceso de liquidación.

Su siguiente idea fue establecer una librería española en París que sirviese de centro al comercio entre España y América, y al mismo tiempo, como casa de comisión, para importar a la península material de imprenta y librería. En noviembre de 1852, después de convenirse con los principales editores españoles, se traslada con toda su familia a París. Antes de fin de año se abrió al público la Librería universal española, en la calle Paveé Saint-André, 3.

Añadió a todo esta inclusión en el mundo cultural francés la publicación de “EL Comercio. Periódico mensual de la Librería Universal Española”, que solo duró desde enero a setiembre de 1853. Hidalgo promueve la venta de los derechos de autores españoles como el célebre poeta Zorrilla, quien le nombra comisionado de sus obras para el mercado internacional. Por intermediación del poeta se asoció con dos exiliados carlistas que se negaron a cualquier documento mercantil con el medinés y que terminaron estafándole lo que derivó en la ruina de la inversión del librero y su retorno a Madrid. Va de suyo que la relación de Hidalgo con Zorrilla se deterioró bastante. O mucho. Y no solo por este incidente. El poeta se quejaba por la venta que hizo el librero a algunos editores de Sudamérica, contraviniendo sus órdenes expresas, de un indeterminado número de ejemplares de su recién publicado poema oriental “Granada”, de los que no se recogieron más beneficios que la prima inicial enviada por aquellos.

En el verano de 1854 traslada su residencia a Villafranca Montes de Oca, cerca de Burgos, y en cuyo pueblo poseía varias fincas de la herencia de su mujer. Allí permaneció cinco meses entregado al cuidado y educación de sus hijos. En noviembre retornará a cuidar a su madre en Madrid.

Cortesía de Editorial buen camino

De nuevo en la villa y corte sus contactos familiares le acercaron a que fue ministro de Fomento, Francisco Luxan, y pudo ocupar una plaza en la secretaría de ese ministerio. Esta calma y su vida retirada en una casita con jardín en el número 10 del paseo del Obelisco en Chamberí (hoy Paseo del General Martínez Campos), le permitieron recuperar el ánimo y, con la ayuda de Cárlos Bailly-Baillière reanudó su trabajo. Desde enero de 1857 se publicaba “El bibliógrafo”. Es entonces cuando publicará todo lo editado desde la suspensión del “Boletín” y las posteriores a enero de 1857. La relación entre ambos terminó al final de 1859. Desde 1860 Dionisio editará en solitario el “Boletín bibliográfico español” que llegará a 1868. Un tomo por año.

Francisco Luxan (www.Senado.es)

Sin dejar de trabajar en la pasión que siempre lo había acompañado, corrigió y aumentó la segunda edición de “Tipografía española o Historia de la introducción, propagación y progresos del arte de la imprenta en España”, publicada en 1861 y obra de referencia entre los estudiosos del tema, original de Francisco Méndez. Y, tras haber puesto en orden los inmensos materiales que había reunido durante más de veinte años viendo libros y tomando notas de ellos, dio inicio en 1862 a la publicación del segundo y último gran proyecto bibliográfico de su vida, complemento y apoyo del Boletín: el “Diccionario general de bibliografía española”. Obra de la que solo pudo ver publicado el primer tomo (1862) de los siete volúmenes que llegaría a tener hasta 1881, habiéndose hecho cargo del proyecto su hijo Manuel Fernández Hidalgo tras la muerte del progenitor en septiembre de 1866. Su primer volumen está encabezado por las páginas preliminares “Mi biografía”.

Poco antes había traducido del francés y ampliado la obra de Leopold Auguste Constantin, publicada en Madrid en 1865 con el título de “Biblioteconomía, o Nuevo manual completo para el arreglo, la conservación y la administración de las bibliotecas”. Esta obra era un verdadero manual para el uso de los profesionales de la biblioteconomía. Ya en 1866, el mismo año de su fallecimiento, figuraba entre los colaboradores de la revista mensual madrileña “La Tipografía”, dedicada al mundo de la imprenta y todo lo relacionado con el proceso de fabricación de textos impresos.

La muerte lo alcanzó en plena actividad, mientras trabajaba en una segunda edición, corregida y aumentada, del “Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III de Sempere y Guarinos” que no llegó nunca a ver la luz.


Dionisio Hidalgo sin más ayuda que su pasión y su esfuerzo personal, llevó a cabo una tarea en la que se aunaban tanto el interés erudito como el comercial. Invirtió su vida en la inabarcable tarea de divulgar las novedades impresas aparecidas en España y, cuando le fue posible, en el extranjero. Siempre se sintió y se supo bibliógrafo; y llevó a gala este papel, convencido de haber prestado, como hizo, a sus conciudadanos y a su país, un inestimable servicio.

Hidalgo fue el más importante bibliógrafo del Romanticismo español y de todo el siglo XIX, referencia ineludible hoy para cualquier estudioso del período. Él optó por la vía de la divulgación de textos, aportando únicamente en sus obras bibliográficas los datos formales que los identificaban: “El bibliógrafo da a conocer los escritos que han visto la luz pública, buenos o malos; el crítico los analiza y juzga”. Esta nueva mentalidad, que despojaba a la bibliografía del aparato erudito que la había acompañado durante siglos y desechaba de las obras información ahora asumida por otras disciplinas, como la historiografía literaria, tardó en ser aceptada por el mundo más académico y culturalista, que entendía tal sobriedad informativa como una merma desde el punto de vista intelectual. Esto explicaría la falta de reconocimiento a Dionisio Hidalgo.

La Biblioteca Nacional no lo reconoció cuando optó al premio convocado por esta en 1859, al rechazar el jurado la obra presentada a concurso por Hidalgo: un Diccionario bibliográfico español del siglo XIX del que se da noticia en el periódico “La discusión” del 10 de enero de 1860, anunciando su probable publicación, y que parece ser el primer esbozo de lo que con el tiempo se convertirá en su póstumo y definitivo “Diccionario general de bibliografía española”. Pero esta parte de la biografía hay que ponerla en entredicho. Resulta confusa la información sobre este Diccionario bibliográfico que Fernández Sánchez afirma fue presentado al concurso de la Biblioteca Nacional en 1859 por Hidalgo. Si en la prensa parece confirmarse esta noticia, al publicarse a comienzos de 1860 la existencia de un Diccionario bibliográfico español del siglo XIX escrito por este, listo para ser publicado, en otro momento afirma Fernández Sánchez la existencia de un Diccionario bibliográfico del siglo XIX que fue presentado por el bibliotecario y estudioso Manuel Ovilo y Otero al premio correspondiente al año 1860; obra que le fue devuelta al escritor y se conserva hoy inédita en la Biblioteca Nacional, de la que el autor hizo un extracto que publicó en París con el título de Manual de biografía y de bibliografía de los escritores españoles del siglo XIX. ¿Es posible que Hidalgo y Ovilo y Otero hubieran escrito y presentado, casi al mismo tiempo, dos obras con títulos tan semejantes? ¿O acaso el periódico La Discusión atribuyó erróneamente la obra a Hidalgo? Dionisio no lo comenta en su llamada biografía.

Biblioteca nacional (Cortesía de Nuevo Madrid 2011)

En 1856 se crea la Escuela Superior de Diplomática de Madrid, destinada a la formación de archiveros, anticuarios y bibliotecarios, y, ocho años después, una cátedra específica de Bibliografía. Ello significaba la aceptación oficial y académica de una materia que incluía, entre otros, conocimientos ligados a la historia de la imprenta y a la bibliografía teórica y práctica. Aquellos que Dionisio Hidalgo llevaba cultivando desde hacía más de veinte.

La obra de Dionisio Hidalgo impresiona hoy por su volumen y amplitud. El Boletín bibliográfico y el Diccionario no tienen parangón en la historia de la bibliografía española. Solo el mucho más conocido y utilizado “Manual del librero hispano-americano” (1923-1927) de Antonio Palau y Dulcet (1867-1954), completado por su hijo Palau Claveras, puede equipararse a la magnitud de una obra de aquella envergadura.

Reseña en "el Papa-moscas".

Bibliografía:

“Dionisio Hidalgo (1809-1866) y los orígenes de la bibliografía española moderna” José Luis González Subías.
“Tipografía española o Historia de la introducción, propagación y progresos del arte de la imprenta en España”. Fray Francisco Méndez. Edición corregida por Dionisio Hidalgo.
Periódico “El papa-moscas”.
Periódico “Correo de la Mañana”.
“Semblanza de DIONISIO HIDALGO” por Pura Fernández.
“Autobiografía del librero-impresor don Dionisio Hidalgo”.
Revista “La Tipografía”.
Periódico “La época”.
Boletín de loterías y de toros.