Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 22 de abril de 2018

Comuneros de Las Merindades.



Cuando hablamos de esta guerra de Las Comunidades de Castilla (1520-1521) nos viene a la mente que el culpable fue Carlos I, rey de Castilla, de Aragón, de Navarra, de las Indias, Señor de Vizcaya… porque aspiraba al trono del Sacro Imperio Romano Germánico.

Felipe I

La realidad nunca es tan lineal. Había más dentro de la olla a presión que era Castilla al comenzar el siglo XVI. Fueron dos décadas de confusión en torno a quién y cómo ejercía el poder. Desde el fallecimiento de Isabel I y al menos hasta 1518, Castilla no tuvo un rey reconocido unívocamente como tal; las tensiones entre Fernando el Católico y el Archiduque fueron evidentes, Juana pasó a la consideración de reina inhábil o el propio Rey Católico “sólo” ejercerá el poder como gobernador, y no como rey, tras el fallecimiento de su yerno. No estaba claro cómo se gestionaría el acceso al trono del príncipe Carlos o, sin ir más lejos, Cisneros desplegará durante todo el período una enorme influencia que incluía embajada propia en Roma.

Aun así, la cosa quebró con el desembarco de los borgoñones (el entorno en que se había educado Carlos I) cuya rapacidad fue proverbial. Como aves de presa ocuparon todos los cargos, sinecuras, prebendas y dineros. Codicia que un siglo más tarde encontramos en el Vocabulario de Correas: “Doblón de dos caras, norabuena estedes, pues con vos no topó Xevres” Refiriéndose a Guillermo de Croy –no confundir con su sobrino homónimo- un privado y consejero de Carlos I venido con el rey.

Guillermo de Croy

Se violaron las leyes de Castilla que impedían que los extranjeros ocupasen cargos públicos. El príncipe Carlos naturalizaba a sus amigos antes de regalarles el cargo. El caso más sangrante pudo ser el de Guillermo de Croy nombrado Arzobispo de Toledo ¡con solo 20 años! Encima no residió en su diócesis y las rentas eran expatriadas.

Se produjeron reforma en las leyes de importación y exportación que levantó rencores en los fabricantes castellanos; el cambio hacia una sociedad más burguesa se entorpecía cuando no se impedía. Pero, ciertamente, la puntilla fue el trono del Sacro Impero Romano germánico y su sangrado tributario.

Cueva de Manzanedo

Todos conocemos a las tres figuras líderes de los sublevados: Bravo, Padilla y Maldonado. Y frente a ellos, y en nombre del rey, actuaron tres figuras: Iñigo Fernández de Velasco, Fadrique Enríquez, almirante castellano y Adriano de Utrecht, presidente del Consejo Real, que posteriormente llegaría a ser Papa de Roma y que suele ser la figura central –cuando no presentada como única- de la triada carolina.

En Las Merindades la situación era la siguiente: el Condestable de Castilla Iñigo Fernández de Velasco, que había heredado el mayorazgo de los Velasco porque su hermano Bernardino, primer Condestable dentro del linaje, no había tenido herederos varones, se comportaba como si Las Merindades fuesen parte de su feudo. En el archivo de Simancas permanece la información realizada en 1513-1514, a petición de los vecinos, concluyéndose que los Velasco no tenían título para ejercer esos privilegios. No sabemos si simultáneamente a esta “vía legal” se produjo alguna sublevación localizada en nuestra zona pero sí sabemos que tanto la reina Juana I de Castilla como su hijo Carlos emitieron cédulas ordenando que el Condestable pudiera cobrar los mismos derechos que sus predecesores sobre lo que las merindades de Castilla Vieja y el Valle de Mena habían pleiteado.

Medina de Pomar (1885)

En 1519 Las Merindades deciden no pagar con lo que se emite una sobrecédula real para que las merindades de Castilla la Vieja y Mena acudiesen al condestable Íñigo con las mismas cantidades con las que solían pagar.

Así, de toda la provincia burgalesa fueron Las Merindades donde más inquina se tenía a la gran nobleza, a los Velasco y sus múltiples impuestos y tasas, y al uso de la prisión como fórmula de extorsión. Todo esto hacía que en septiembre de 1520 en la Merindad de Castilla la Vieja, en Cuesta Urria y en Valdivielso hubiese comuneros. Particularmente lo fueron las localidades de Arroyuelo y Villarán.

Cardenal Adriano

El cardenal Adriano en una carta fechada el 18 de septiembre de 1520 y dirigida a Las Merindades apuntaba que “nos es hecha relación que de pocos días a esta parte os habéis juntado y hecho entre vosotros algunos alborotos y desasosiegos, turbando la paz que entre vosotros hay”.

El Condestable de Castilla -Alcalde Mayor Las Merindades- reclamó 300 hombres para combatir la revuelta comunera. Para ello se reunieron los diputados y procuradores de las siete Merindades en Miñón, el 5 de noviembre de 1520. El procurador Diego Alonso compareció ante el Escribano Antonio Ogazón de Villasante y se quejó de que las peticiones del Condestable eran excesivas. El 6 de noviembre el escribano Antonio Ogazón se acercó a Medina de Pomar con la respuesta: Petición excesiva. Alonso de Medina y Pero Martínez que eran escribanos de número de su audiencia se negaron a coger la respuesta. Entonces Ogazón la presentó, entre otros, a Pero Saravia (merino de la Cárcel de Castilla la Vieja) y a Diego Sánchez de Frías (recaudador).

Juan de Padilla

El día 13 de noviembre de 1520 hubo otra reunión en Miñón en la cual recibieron la notificación de una Real Cédula del condestable fechada en Briviesca el 8 de octubre. Exigía el noble que no nombrasen justicias, ni soltasen los presos de la cárcel, ni cobrasen las rentas reales… pero no fue obedecida. Esta Real Cédula fue notificada personalmente a Rodrigo Torres, vecino de Quintanilla Sociguenza, Alcalde de la Merindad de Castilla la Vieja. Y no fue la primera ni al único. El 16 de noviembre recibía su notificación Pedro Fernández de Ángulo que era procurador general de Las Merindades.

Al tener noticia la Junta de Tordesillas de esta situación dirigió un manifiesto a los dirigentes de Las Merindades fechado en Tordesillas en 14 de noviembre de 1520 y refrendado “por mandado de los Señores Procuradores del Reyno que asisten en las Cortes o Junta General... Lope Pallares y Juan de Mirueña” en el cual después de reseñar las causas del movimiento comunero y sucesos importantes ocurridos, hasta aquella fecha, les dicen:


“Pues vuestras mercedes ven e conocen la gran necesidad que ay de remediar estos reynos e como no hay otra manera igual ni mejor, de lo que está principiado, pues somos seguros con ayuda de Nuestro Señor que avrá el fin que todos deseamos, e vuestras mercedes en no aver obedecido al Condestable, ni aver acebtado ynportunidades an fecho singular beneficio a estos Reynos, e a nosotros en particular muy gran merced, pedimos por merced a vuestra merced, pues todos procuramos el verdadero servicio de nuestros Reyes e Señores naturales, en conservarles sus reynos e Patrimonio real, e no consentir que sean disipados, ni destruidos, que vuestras mercedes continuando en su antigua lealtad y nobleza perseveren en ella, e no consientan negociaciones de personas aficionadas al mal por intereses particulares, e se junten con nosotros para el remedio universal destos reynos, en que consiste el verdadero beneficio de sus altezas e estén en su firme e santo propósito de na obedecer gobernador, que no fuere puesto a contento del Reyno e conforme a las leyes reales, ni consentir que ningún grande, so esta color, se apodere del Reyno, por los grandes males e daños que de aquí resultarían, ni que se saque gente de esas partes, porque es razón que este ay para guarda e conservación de la tierra que es frontera...” Que, traducido, significa que insistan en retornar al patrimonio real.

Medina de Pomar

La carta incluía perlas como esta: “ya saben los agravios que vuestros vecinos de las siete merindades de Castilla-vieja an padecido, por querer ser, el Condestable, corregidor e justicia dellos, e tenerlo en encomienda, e por cobrar dellos un quento de mrs. e mas de lo que estan encabezados en las rentas e libros de sus altezas, e como agora están fuera desta gravedad, é el Rey no les aya dado libertad, e reducido a la corona real, la primera cosa en que ha entendido, diciéndose gobernador, es procurar tornallos a la opresión, en que estaban por fuerza, e quando esto no le a valido por mañas, lo qual no es razón quel reyno sufra e es razón que vuestras mercedes, les favorezcan como a vuestros vecinos, amigos y servidores”.

Ante este memorial pidieron a la Junta de Tordesillas una provisión autorizándolos para no cumplir las órdenes de los Gobernadores del reino y que les concediera permiso para vender los campos comunales menos perjudiciales para los concejos, a fin de poder adquirir armas para la defensa del reino y poder repartir el resto del importe de la venta entre sí, para los gastos que habían hecho en defensa de la jurisdicción. La Junta expidió las provisiones que pedían Las Siete Merindades, libertándolas de acudir a los llamamientos del Condestable y autorizando a desobedecer sus provisiones y a sus justicias.


Se iba a por todas. De la respuesta negativa a una carta del cardenal Adriano se deduce que ya habían sido sustituidos los funcionarios nombrados por el condestable. Era finales de noviembre de 1520.

El Condestable, a primeros de diciembre y desde Burgos, requirió ante él a García Sánchez de Arce, Capitán general de las Merindades de Castilla-vieja; Juan López de Rueda, Abad y Señor de las casas de Rueda, y Rodrigo de Torres, Alcalde de la Merindad de Castilla la Vieja. Tenían seis días. Los tres apoderaron a Gabriel de Salinas, vecino de Pedrosa, quien se presentó en Medina de Pomar diciendo que los llamados tenían muchas ocupaciones.

El conde de Salvatierra, don Pedro de Ayala, comunero o casi, tras soliviantar tierras de Álava se dirigió por el valle de Tobalina hacia Medina de Pomar, Frías y Oña al frente de unos 2.000 hombres buscando levantar en armas Las Merindades y combatir al Condestable en su feudo.


Para que se pongan un poco en situación con lo que estaba ocurriendo en Álava les diré que el emperador, al saber la rebelión del Conde de Salvatierra, lanzó desde Worms una Provisión Real el 17 de diciembre de 1520 declarando incorporadas a la corona la villa de Salvatierra y su tierra. A su vez, el Condestable de Castilla firmaba el 24 de diciembre una Real Cédula donde nombraba al Conde de Salinas, D. Diego Gómez Sarmiento, Capitán general de las provincias de Guipúzcoa, Álava y Merindades de Castilla-Vieja, Valdegovía, Rioja, Logroño y Bureba. ¡Todo un real problema!

La amenaza directa al feudo del duque de Frías hizo que su situación se debilitase. No solo eso sino que desde noviembre los habitantes de Burgos esperaban que el rey confirmara las promesas realizadas por el Condestable como pago a que la ciudad desertara de las filas comuneras. Los ánimos, ante la tardanza, habían comenzado a excitarse y el condestable a duras penas podía controlar la situación. Fue necesario que parlamentara sin cesar con los cerrajeros y zapateros de la ciudad, que distribuyera numerosas gratificaciones y mentiras. El cardenal Adriano y el Consejo Real compartían la preocupación del condestable que no dejaba de reclamar el envío de refuerzos para poder controlar la ciudad.

Monasterio de Las Huelgas (Burgos)

Visto esto el obispo de Zamora, don Antonio de Acuña, se coordina con el conde de Salvatierra para, él desde el sur y el otro desde el norte, tomar Burgos. Su avance, pensaban, serviría para dar coraje a los comuneros de la ciudad y precipitaría el esperado levantamiento. Resumiendo: Salió mal porque los comuneros de Burgos se adelantaron y para el 21 de enero todo había acabado.

El Condestable, cada vez más acosado, decidió atajar el problema de Pedro López de Ayala de la forma más barata. Se enviaron emisarios para atraerle al bando realista. Condestable y el Consejo de regencia emitieron el 25 de enero una Provisión Real revocando todas las cartas, provisiones y cédulas expedidas contra el Conde de Salvatierra, sus tierras y vasallos que se hubiesen dado, desde San Miguel de 1520 hasta la fecha y en ella dieron seguro al Conde, de que si disolvía su hueste, no se iría contra su persona, bienes y vasallos.

Oña

Respuesta de López de Ayala: “que hera contencto con que se perdonasen a él y a los otros que heran con él, en todo lo que habían hecho desdel día de Sant Miguel de septiembre acá y que en lo de las merindades ya no se hiciese cosa de hecho sino por justicia...” Se envió desde Burgos a Luis Sarmiento para suscribir en Oña este tratado. La fecha fue el 27 de enero de 1521. El de Salvatierra se comprometía a despedir al siguiente día la gente que había reunido en la casa y monasterio de Oña, fijando las condiciones para que volviesen a sus casas la gente de las huestes en indicado día.

Así se lo escribía el Condestable al Rey:

“lo qual todo consultado con el Presidente y los del Consejo de V. M. paresció que se debía hazer así, por cumplir con el Conde, como con tenelle a él, en servicio vuestro, para en estas montañas aprovechara mucho y enbiamosle despachados las provisiones dello y luego derramó su gente y se tornó. (…) ha seydo buena negociación porque yr dos mili ombres en favor de la Junta y quitárselos hales sido quiebra, mas crea V. M . que las ciudades rebeldes, están tan determinadas en su mal propósito, que buscan dineros donde no los ay, de manera que llegan gente de pie, quanta quieren y si por ventura el Conde de Salvatierra tornase a pecar, tenemos el aparejo para le castigar como agora...”


Pero el Conde les mintió. Solicitó armas al Concejo de Salvatierra y dejó guarnecida Oña y además Frías y Medina de Pomar, y vivió vigilante, dispuesto a salir nuevamente. Lo haría en Álava. Visto lo visto, a finales de enero el Consejo real envía a Pedro Suárez de Velasco, deán de Burgos, que sólo necesitó llegar a una legua de Medina de Pomar para que el cerco se levantase.

Por su parte en el Señorío de Vizcaya, ajeno a esta guerra, se hacía negocios con el contrabando de armas hacia los comuneros y la lealtad y apoyo de sus autoridades hacia el Consejo de Regencia. Para hacer frente a esto el Condestable libró Provisión Real el 21 de febrero en Burgos, facultando a Martín Morquecho, vecino de Medina de Pomar, para que recorriese las comarcas y lugares donde esto se cometía, llevase vara de justicia y embargase todas las que ocupase y enviase a su destino, mandando que se le prestase favor y ayuda.

Castillo de Frías.

A su vez el Condestable necesitaba armamento y tropas para combatir a los comuneros. Tampoco tenía artillería. ¿Y esto? ¿Acaso la Corona carecía de tropas? ¿Y las mesnadas de los nobles? Hagamos un aparte para introducir la explicación a este misterio y comprender algunos de los movimientos por Las Merindades y Álava.

Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón habían eliminado los ejércitos señoriales y el ejército español de aquellos años era una milicia dependiente de la corona. La Nobleza luchó contra ello, claro. Sin soldados perdían fuerza. En época del regente Cisneros se reclutaron los primeros contingentes de soldados y se habían comprado armas; soldados y armas que habrían de ser vistos en las filas de los comuneros. Se pagaba a la tropa con privilegios que los asimilarían a las filas de la pequeña nobleza. El Estado dispondría así de un cuerpo plenamente eficaz y digno de toda confianza. En total serían reclutados treinta mil hombres en todo el reino que serían repartidos en pequeñas guarniciones, prestos a reagruparse cuando esto fuese necesario.

Las ciudades eran las encargadas de suministrar las armas necesarias, que pagaban con sus propios fondos (las rentas y propios) o mediante impuestos excepcionales (la sisa o repartimiento). Tristemente en esta revuelta los virreyes no podían recurrir a las milicias urbanas, que formaban parte del bando opuesto y los virreyes no quisieron reclutar hombres de las ciudades leales al rey. Eran poco fiables.

Ballesteros y Arcabuceros hacia 1520

Fue en los lugares de señorío donde hubo que acudir a la búsqueda de tropas para combatir a la Junta y sobre todo en las provincias más alejadas de los núcleos revolucionarios: en algunas partes del País Vasco y en Navarra.

Considerando que los soldados profesionales eran muy poco numerosos, llegamos a la conclusión de que fueron los nobles quienes aportaron la mayor parte de las tropas de élite, sin olvidar tampoco los hombres que había destinado a la infantería. Un Grande de España, el conde de Haro, primogénito del condestable de Castilla, fue designado general en jefe, el 29 de noviembre. Este nombramiento no fue del agrado de todos. Algunos consideraban que el conde era demasiado joven e inexperto, pero, en definitiva, era el hijo del condestable y no era posible discutir su elección.

Rodelero español y piquero suizo (1503) por Angel Pinto.

La artillería suponía otro problema para los virreyes. El parque de artillería de Medina del Campo había caído en manos de los comuneros. Para conseguir los cañones necesarios para su ejército, el Consejo de regencia hizo traer algunas piezas de Navarra y de Fuenterrabía, desguarneciendo en parte la frontera francesa. Además, consiguieron hacerse con algunos cañones más de aquí y de allá.

¿Aclarado? Bien. Pues quedémonos con la referencia de que el Condestable reclamó piezas de artillería de Fuenterrabía. El problema es que Las Merindades y Álava estaban en manos de los comuneros. Por eso, Iñigo Fernández de Velasco arguyó un plan que cuenta en su carta del 22 de febrero de 1521 a Carlos V y que retomaba en la del 4 de marzo: “alguna artillería que saque de Fuenterrabía, que es la que no me dexaron pasar por Guipúzcoa, truxela a Santander y venida allí como a V. M . escriví, alborotóse lo de Campo, se puso en tales términos que huvo que volver a Bilbao; agora vienen con ella los parientes mayores de la tierra. He sabido que el Conde de Salvatierra, con gente de las Merindades de Castilla Vieja, trabaja por impedir el paso: está la cosa en términos que los nuestros por traella y los otros por tomársela podría ser que se descalabrasen: hazese todo lo posible por pasalla seguramente”


Pedro López de Ayala, no solo reunió a la gente de las antiguas merindades de Castilla –principalmente del Valle de Losa-, sino que atrajo a sí a las de Cuartango, Orozco y Arratia. Logró reunir el Conde unos 5.000 hombres, y tomando posiciones estratégicas en los pasos de Vizcaya y Álava, cerca de Villaro, atacó el convoy, que venía conducido por Martín Ruiz de Avendaño y Francisco de Velasco, los cuales, a pesar de la defensa y fuerte resistencia que ofrecieron no lograron abrirse paso, por ser mucho el enemigo, y a fin de que no pudiera utilizarla el de Salvatierra, inutilizaron los cañones. Pero, además, quedaron indefensas Bilbao y Vitoria. El de Salvatierra entraría en la segunda.

Fray Prudencio de Sandoval comenta que los losinos habían sido levantados por el capitán Gonzalo de Baraona. Indica también que fueron siete piezas gruesas y que los realistas eran unos mil setecientos hombres a la orden de don Sancho de Velasco. El fraile cronista apostilla que viéndose perdidos los que la guardaban huyeron llevándose los aparejos y las mulas después de haber desmontado las piezas. Los comuneros las destruyeron al no poder llevárselas. Vemos algunas diferencias con lo arriba dicho.

Mijangos

El Condestable, ante la pérdida y desbandada de sus tropas en Álava, recurrió a las tropas acantonadas en Navarra. Estas estaban al mando de Manrique de Lara, hijo del Duque de Nájera. Debían avanzar hacia Vitoria. De Burgos partieron otras unidades hacia el Condado de Treviño. Fueron domando las zonas favorables al conde de Salvatierra a sangre y fuego mientras le perseguían.

La Junta general del Reino (los Comuneros), en su sesión del 3 de abril de 1521, nombró Diego Ramírez de Guzmán Gobernador de las siete merindades de Castilla Vieja, de Campoó y las cuatro villas de la costa del mar, con salario de tres ducados de oro cada día. Solicitó a sus gobernados y a Salvatierra tropas para atacar al Condestable y reducir la presión sobre el cuartel general comunero. El nuevo gobernador recorrió los ayuntamientos de las Merindades buscando incitarles a la revuelta. Se apoyó en el resquemor antiseñorial que bullía en Las Merindades. Presentó la dicotomía entre libertad o tiranía. Pero el tirano no era el rey sino los señores que dominaban este antiguo territorio de realengo.

Medina de Pomar.

Tras laminar, o casi, a los comuneros de Álava Manrique de Lara pasó con 2.000 soldados y 40 caballos a las Merindades de Castilla Vieja y llegó a Medina de Pomar. ¿La arrasó como había hecho en Álava? Pues no. Recordemos que era del Condestable. ¡Tonterías, las justas! Lo que hizo fue concertar un acuerdo que salvaba la población y liberaba sus huestes de un asedio. Logró engrosarlas con mesnadas locales y partió hacia Palencia el día 8 de abril.

Diego Ramírez fue ayudado por el Licenciado Urrez –era el delegado de la Junta para la región situada al norte de Palencia- quien desde Reinosa escribía a la Junta diciéndola que había hecho prender al Juez del Condestable que había ido a mantener bajo el poder de Carlos V la zona; que Las Merindades estaban agotadas por la continuada presencia de hombres de armas; y que él había levantado en la Merindad de Reinosa unos 8.000 hombres con los que se dirigieron a enfrentarse al hijo del duque de Nájera en Medina de Pomar. Pero llegaron tarde, porque los adversarios habían partido, y se volvieron.

San Llorente.

Marchado el gato nuestro ratón de Salvatierra llegó a 3 leguas de Medina de Pomar con unos 4.000 soldados. Los medinenses no le dejaron pasar y tuvo que volverse.

Y, entonces, se produce un cataclismo para los revolucionarios de Álava y Las Merindades: El 12 de abril las fuerzas de Martín Ruíz de Gamboa y Avendaño derrotan en Durana a las del Conde de Salvatierra. Allí es capturado Gonzalo de Baraona que fue degollado en la plazuela de la Leña de la ciudad de Vitoria. Acababa aquí la aventura del titulado por la Santa Junta como “Capitán general del Condado de Vizcaya e provincias de Guipúzcoa e Álava e de las cibdades de Vitoria, e Logroño, e Calaorra e Santo Domingo de la Calzada e de las siete merindades de Castilla-vieja e de todas las otras cibdades, villas e lugares e merindades e tierras e bailes que caen y están desde la cibdad de Burgos hasta el mar e de los puertos de la dicha mar que caen en la dicha comarca”. Fin definitivo de los Comuneros en Álava.


La Marcha de Burgos del Condestable llevó a la Junta General del Reino, a pedir por carta fechada el 10 de abril a Las Merindades que se juntasen y uniesen con el Conde de Salvatierra y asolasen la campiña de Burgos. Además, Diego Ramírez de Guzmán escribe a Las Merindades el 12 de abril desde Torme pidiendo que se reuniesen en ayuntamiento y acordasen sobre lo solicitado. Los procuradores de Las Merindades acordaron volver con el acuerdo el día 20 de abril de 1521.

Continuó Diego Ramírez de Guzmán en su tarea motivadora. Se vio apoyado por García de Arce, el Abad de Rueda y Gonzalo de Barahona, los cuales, violando su pacto con el comisionado del Condestable Juan Esteban Manrique, decidieron cercar la villa de Medina de Pomar. El Presidente y Consejo Real escribieron sobre este punto al emperador una carta fechada en burgos el 22 de abril de 1521 donde decían: “y agora este Diego Ramírez con gran solicitud torno a traer a su error a todas las siete merindades de Castilla Vieja y a los de la Merindad de Campoo y apercibió y llamó a las otras merindades e tierras comarcanas con determinación de venir a cercarnos en esta cibdad y entrar en ella como V. A . verá por el traslado de algunas cartas suyas que vinieron a nuestro poder, iban con esta y porque alguna gente de V. A. que estaba en Medina de Pumar les estorbaba el paso para juntarse con la otra gente del Conde D. Pedro de Ayala, acordó este Diego Ramírez de poner cerco a Medina de Pumar y así le tienen puesto tres días ha (19 de abril de 1521); en ella están setecientos infantes, así de V. A. como del Condestable e sin temor de recibir daño, antes le han fecho a los cercadores”. Esto mismo venía a decirle la Duquesa de Frías a Carlos V por otra carta del siguiente día.

Medina de Pomar

En estos momentos, vísperas de la batalla de Villalar, tenemos Medina de Pomar cercada, su comarca expoliada como la de Frías y al Condestable enviando al Conde de Salinas, y al Deán de Burgos a levantar el sitio de su ciudad. Junto a ellos lanza a Martín Ruiz de Avendaño a Las Merindades para reconducirla a la lealtad a Carlos I. Apenas supieron los comuneros que sobre ellos venía esta fuerza levantaron el sitio. No hubo posibilidad de más. Cuando se supo la derrota de Villalar lo adictos a los comuneros de Las Merindades empezaron a pedir el perdón real.

En noviembre los regidores de Las Merindades fueron interrogados en Miñón, quizá como ironía al ser este el lugar tradicional de sus reuniones. En 1521 se anulaba el concierto que Manrique de Lara –Realista virrey de Navarra hasta ese año- había hecho con las merindades de Castilla Vieja cuando era capitán general del ejército real en la guerra. Tras esta anulación se nombraba, de nuevo, a Íñigo Fernández de Velasco como alcalde y merino mayor. Como lo habían sido sus antecesores.

"Ejecución de los comuneros de Castilla"
cuadro de Antonio Gilsbert Pérez

Con lo cual, si con anterioridad al año 1520 habían estado las Merindades subyugadas por el Condestable, a partir de abril de 1521, por haber perdido, lo pagarán. Tendrán que desembolsar 1.800.000 maravedís por el incendio de los arrabales de Medina. En concepto de daños y perjuicios a los "oficiales de todos los oficios" de Medina, 23.000 ducados. Y al Monasterio de Santa Clara 322.000 maravedís por el consumo que hicieron de pan, vino y otras cosas.


Las Merindades continuaron sometidas a la encomienda de la casa de Velasco de la que por fin se liberaron en 1562, al recuperar Felipe II la jurisdicción real comisionando para realizarlo al Dr. Mendizabal, Oidor de Valladolid, quien requirió a las autoridades del Condestable para que entregasen las varas de justicia invistiendo de sus respectivos cargos a las personas designadas por el Consejo, dándoles posesión de ellos y entregándoles las insignias de su autoridad; así como trasladando la Audiencia y presos de la cárcel a Villarcayo lugar elegido como cabeza de las Merindades de Castilla al ser de realengo.

Con relación al Conde de Salvatierra algunos autores afirman que la Santa Junta no se fiaba de él. Parece que este noble se unió a la revuelta para satisfacer sus odios y rencores y nunca dejó de ser señor feudal en sus territorios lo que, probablemente, minó su apoyo en Las Merindades.

Vamos, que resultó algo estupendo el levantarse contra el Rey. ¿O fue contra la familia Velasco? Para Joseph Pérez los Comuneros fue un movimiento nacido en las ciudades que saltó al campo como una explosión antiseñorial y fue derrotado por una alianza entre los Señores y la corona lo que acentuó el posterior absolutismo. En Las Merindades la motivación fue el deseo de ser, nuevamente, tierras de realengo y no depender de unos señores que no se atenían a derecho. En el norte de Burgos no se veían las cosas con la pasión de la Meseta Central. En Las Merindades la Junta trató de aprovechar la coyuntura y sus emisarios consiguieron éxitos notables para facilitar armas al ejército comunero amen de estorbar el suministro a las tropas reales.

Carlos I por Tiziano

Con la liquidación del movimiento de las Comunidades se cerró el camino que después seguiría la Holanda de los Orange, la Inglaterra de Cronwell o que llevarla a la revolución francesa. Se retrasó en varios siglos la constitución de una burguesía industrial en nuestro país. España seguiría un modelo de desarrollo diferente al europeo lo que hizo su grandeza y su miseria. Aunque esto, este párrafo, es una mera toma de postura actual proyectada hacia el siglo XVI.

Si nos paramos a pensarlo tenemos que un año largo de revueltas es visto como el hecho heroico de una comunidad. Y es la fecha tótem para una administración, más o menos artificial, de España. Hay monumentos, representaciones pictóricas, celebraciones de todo cuño, nombres de calles… todo vale para hacer de las Comunidades de Castilla un hecho trascendente dentro de la memoria hispánica.


Debemos culpabilizar al siglo XIX de este retornar. El incidente fue tomado como mito histórico en la creación del Estado-nación en España. Los liberales, en palabras de A. Rivero, se apropiaron “del mito comunero como instrumento de denuncia del despotismo y de afirmación nacional”. También los conservadores hicieron de la revuelta un tema importante, en este caso para ensalzar la modernidad de una dinastía llamada a encarnar lo más valioso de las esencias nacionales: religión e imperio.

El siglo XIX asentó dicha visión dado que había que elevar a una de las partes a los altares de la civilización patria al tiempo que expulsar a los abismos del averno al bando opuesto. Claro que el tema, como casi todo en esta vida, venía de atrás. Comenzó en el momento mismo de finalizar las Comunidades. Diferentes autores han mostrado que desde entonces se produjo una tendencia para adaptarlo a la realidad del siglo XVI.

Segovia

Se necesitaban dos bandos en conflicto para encontrar un contrario culpable del desasosiego: los radicales, los flamencos… Así, la Guerra de las Comunidades se asimiló a una guerra civil más, cuando, muchos pueblos sólo estuvieron preocupados por defender sus haciendas. Después de ello, en términos generales, el reino se convirtió en un espacio de consenso, de aceptación, de obediencia, donde es obvio que se huía de cualquier punto de partida que invitase a pensar en otros términos que no fuesen dos partes en conflicto para hallar víctimas y malhechores.

El imaginario actual ha llegado a ver a los comuneros como revolucionarios adelantados a su tiempo, republicanos o, al menos, contrarios a un rey extranjero. Pero lo primero que hicieron los Comuneros fue dirigirse a Carlos V para presentar sus demandas y hacerle partícipe de las reformas. El “no” regio les derivó hacia la reina Juana I con el objetivo de legitimar su programa. El objetivo de los comuneros era adaptar el orden político castellano desde dentro. Los comuneros plantearon una monarquía con límites… como los realistas.


La junta lo que repudiaba era el Consejo real. Un régimen político con cargos patrimoniales solo tiene solución vaciándolos de poder y creando otros órganos más meritocráticos. Una nueva relación con la Corona. Carlos V, evidentemente, apoyó a su Consejo Real.

La Santa Junta contenía parte de las oligarquías castellanas enfrentadas a otros círculos dirigentes. Llegamos así a la máxima de que no se rebela el oprimido sino aquél que está en disposición de hacerlo, de modo que la participación de las elites y la identificación de sus objetivos con los del resto de la población resulta determinante de la revuelta de las comunidades. Si se fijan en la actualidad española de 2017-2018 verán muchas similitudes con ataques a la legalidad supuestamente surgidas del pueblo y no de las élites. Aunque son en la Corona de Aragón.

Imbuidos de esa visión decimonónica y el equívoco entre el
morado medieval y el actual -entre otras razones- se cambia la
parte baja de la bandera de España por el morado.

Ya se ha comentado a lo largo de la entrada, con respecto a Las Merindades, los diferentes componentes de los rebeldes. Había una revuelta de carácter elitista frente al Consejo Real y los gobernadores y revueltas contra señores localizados. Una Comunidad urbana y muchas Comunidades rurales. Lo mismo cabría decir del bando realista, donde la fidelidad a Carlos V se confundía con el servicio a alguno de los regentes, al Consejo Real o al noble de turno.

Con ello podemos plantear una pregunta molesta: ¿Quién venció? La represión oficial no fue excesivamente dura si atendemos a que se juzgaba una rebelión: hubo un perdón general del que fueron exceptuadas unas doscientas personas incluido Pedro López de Ayala. De estas los ajusticiados fueron una minoría. La mayoría saldaron su crimen con multas; incluso, alguna de ellas finalmente fueron reintegradas a familiares directos de los inculpados (así sucedió con los Quintanilla). Se produjeron incautaciones, eso sí.

Pintada política amparada en el neocomunerismo.

Dado que la procedencia de los líderes comuneros eran las oligarquías urbanas nos sorprende que, en su conjunto, no tuvieran demasiados problemas en ser de nuevo integradas en el orden carolino.

Carlos V asumió numerosos preceptos del programa de la Junta de Tordesillas. Desde el matrimonio con Isabel de Portugal a una revisión en profundidad de todos los cuadros de la administración, pasando por notables transformaciones en el sistema fiscal castellano. A las Comunidades compareció un reino y de las Comunidades surgió otro, si bien en un sentido muy distinto al propuesto por nuestro siglo XIX. Y, evidentemente, tampoco buscaban el ideario de izquierdismo radical que se refleja en ciertas banderas que emplean algunas ideologías. Por cierto, y antes de que se me olvide, el color morado ni es comunero ni es históricamente castellano.

Torme.

Castilla entró en fase de reorganización. Y lo hizo con el amparo y concurso de las elites, incluso aquéllas que fueron comuneras. Había nacido el consenso como consecuencia del terror que inspiró en ambos bandos, realistas pero también líderes comuneros, la posibilidad de un cambio en el orden social. Las gentes del común habían llegado muy lejos ante el debilitamiento de las estructuras sociopolíticas fruto de más de dos décadas de confusión e inestabilidad, punto y final de una etapa bajomedieval sacudida por guerras civiles. A partir de aquí, la Monarquía sabría navegar en un mundo de negociaciones con los sectores políticos del reino. El movimiento comunero había demostrado que la existencia de un poder monárquico reconocido podía ser la mejor garantía de dominio social para los poderosos.


Entonces, me pregunto: ¿Ganaron o perdieron los Comuneros? ¿De qué son ejemplo?


Bibliografía:

“Batallas en Las Merindades” de Aitor Lizarazu Pérez y Felipe González López.
“Villarcayo Capital de la comarca Merindades” por Manuel López Rojo.
“Las Merindades de Burgos 300 a.C.-1560” de María del Carmen Arribas Magro.
“Las comunidades como movimiento antiseñorial”. Por Gutiérrez Nieto.
“La revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521)” por Joseph Pérez.
“El valle de Losa. Notas para su historia” Julián García Sainz de Baranda.
“Guerra de las comunidades en Álava” S. Manteli en la Revista Bascongada.
“Historia de las antiguas Merindades de Castilla” por Julián García Sainz de Baranda.
“Héroes de Castilla. Los Comuneros” por Ana Díaz Medina.
“Las Merindades de Castilla en la guerra de las comunidades” Joseph Pérez.
“Relación de las comunidades de Castilla” Pero Mejía.
“Debate historiográfico: las comunidades de Castilla en el siglo XXI” David Alonso García.