Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 5 de abril de 2020

Nombres y Apellidos en Las Merindades



¿Por qué nos llamamos como nos llamamos? Unos dirán que se llaman como su padre, o como su madre, como el patrono del pueblo, como una estrella de cine… Nos damos cuenta de la procedencia de alguien por su nombre y sus apellidos e, incluso, se puede llegar a intuir la ideología, cultura o riqueza de la familia. ¡Mucho nos dicen los nombres!

Pero, ¿estos fueron siempre los nombres empleados en las actuales Merindades? Lo dudo. El ser humano es un animal muy previsible y las modas, la religión y las corrientes político-culturales influyen en cómo llamarse. No solo cambian los nombres de pila sino que los apellidos también. Asumimos que nuestro sistema nominativo ha sido el que siempre se ha aplicado pero esto no es válido. Otras partes del mundo, incluso en nuestro entorno cultural, aplican sistemas diferentes.

Entonces, ¿cómo evolucionaron los nombres en Las Merindades originaria, en aquella Castilla Vetula? ¿Afectó la llegada de gentes durante la repoblación? ¿Surgieron nombres híbridos al estilo de Jorge Elvis o Dayana? ¿De dónde provienen nuestros apellidos? Hay muchas preguntas que hacerse…

…y son difíciles de responder. Para resolver dudas han de coordinarse la historiografía social, económica o política, pues nos abre a realidades como las de las relaciones entre el campo y la ciudad, las de las estructuras sociales y familiares o las de los movimientos de población. Es trasladar al pasado lo que vemos intuitivamente hoy donde, como ya hemos dicho, el nombre dice mucho. Y te permite mucho.


Es de suponer que durante la antigüedad, en nuestra comarca, se empleasen nombres prerromanos, nombres romanos y, con el tiempo, nombres de raíz visigoda –germana- como Alfonso, Alonso, Álvaro, Fernando, Hernando, Gonzalo, Rodrigo, Elvira… Entiendo que les suenan porque esta es su forma contemporánea. Los poderosos empleaban nombres germanos mientras el pueblo llano tenía latinos o prerromanos.

Los antropónimos germánicos eran de dos tipos:

  • Bitemáticos: formados por dos nombres combinados libremente y sin un significado literal completo. Por ejemplo, Alfonso se formaba a partir de dos componentes léxicos, con significado cada uno: hapu “batalla” y funs “valiente”.
  • Monotemáticos: la mayoría suponían la simplificación de nombres bitemáticos, a los que se les podía añadir algún sufijo. Así, el nombre bitemático Teude-ricus se podía utilizar como nombre monotemático, Téude, Teudáne, añadiéndole algún sufijo.
A estos nombres, de origen visigótico, se añaden posteriormente otros nombres germánicos de origen franco, que llegan la Península Ibérica en dos oleadas: la primera, con la conquista de lo que llegará a ser Cataluña por parte de los francos (a este período se deben nombres como Bernardo, Guillelmo, Bertrando, Geriberto, Rolando); la segunda, en plena Edad Media, y por influencia de las órdenes monásticas y el Camino de Santiago.


Pero el origen de nuestros nombres no procede de elementos tan lineales y puros sino que, como muchos aspectos de la historia, es voluble y poliédrico. Además, para la historia de la lengua de la Castilla de los siglos IX al XII, este estudio ayuda a comprender la propia evolución de la lengua – acaso mediante procesos de koinetización –o el desarrollo de la escritura romance en los diferentes ámbitos: religioso o laico, rural o urbano.

Al grano. A partir del siglo X se irá relegando paulatinamente el sistema antroponímico basado en un nombre único (prerromano, germánico o romano) –solo en ocasiones acompañado por designaciones complementarias que indican cargo o función social, especialmente en el caso de los clérigos– para avanzar hacia un sistema que comienza sustituyendo los nombres antiguos por otros cristianos de uso general en la iglesia gregoriana y por la progresiva adición de un “nomen paternum”. No solo eso sino que a partir del siglo XII se enriquece con apodos, oficios o cargos y topónimos. ¿Resultado? Reducción de la variedad de nombres de pila. La fosilización de los elementos que formaran ese cognomen adosado al nombre propio generará, no sin bandazos, en la baja Edad Media el apellido familiar heredable.

Muchas de estas innovaciones están relacionadas con la movilidad de la población medieval: emigraban, peregrinaban... Esto ayudaba al cambio local y a la homogeneización general de los sistemas onomásticos europeos. Por otro, estos desplazamientos quedaron grabados en los nombres, no solo en la toponimia de la repoblación o de la colonización, sino también en los nombres de los nuevos pobladores.


Pero, como ocurre hoy en día, un nombre no nos permitirá refleja el origen étnico o religioso de su portador porque las modas, los cambios políticos o culturales y las presiones demográficas y económicas influyen en la elección de nombre por los padres. Tendencias que conviven con otras durante décadas o siglos hasta que unas triunfan sobre otras.

El número de documentos de los siglos IX y X en Oña es exiguo y el testamento del abad Avito, fundador de San Román de Tobillas (Álava) y fechado en 822, es una copia del siglo XIII. Pero, cumple la norma de la época de su fecha: el nombre único como Abitus, Arborius, Felices, Laucellus, Lucanus, Paulus, Sancius, Sanctus, Severo, Sinduitus o Verulfus y la ausencia de patronímicos y de otras designaciones complementarias que no sean la del cargo eclesiástico, abba o presbiter.

Un siglo más tarde, en un documento datado en 944, el sabor de los nombres de pila se mantiene en la tradición precedente: algunos coinciden con lo que Michelena denominó “de Valpuesta” o vascos occidentales (Obeco, Munio, Nunno, Belascone, Belaco, Paterno, Tello), otros con los García, Scemeno o Enneco (vascos orientales para Michelena); junto a ellos, los Alvaro, Didaco, Fredenando, Godesteo, Gomma, Veldemiro… y otros como Rapinato, Falcone, Apper, Assur, Arquisso, Ibera, el mozárabe Abolmondar (de Abu Al-Mundhir)… En definitiva, se observa en estos dos siglos la misma tendencia en cuanto al nombre de pila que afecta a toda el área pirenaica occidental: una serie de nombres prerromanos, a los que se suma un cierto número de nombres latinos y germánicos.


Sin embargo, se aprecia ya en el siglo X cómo, de modo paralelo a la riqueza en aumento de los nombres de pila, crece la complejidad de las denominaciones, desarrollándose una estructura doble cuyo segundo elemento responde al “nomen paternum”. Junto al conde de Monzón y Castilla Assur Fredenándiz se recogen Apper Menéndiz, Abolmondar Sendíniz, Didacus Muñioz, Godesteu Télluz, García Muñioz, Muñio Muñioz, Assur Háñiz, Gundesalbo Sóñaz, Falconi Sesnándiz, Paterno Sesnándiz, Muñio Furtúniz, Didacus Rapinátiz, Álbaro Obécoz. Muy pocos patronímicos se construyen sobre el genitivo latino (Gundesalbo Ruderici, García Laquenti), pues la mayor parte presentan las terminaciones romances en –iz, en –oz, en –az o en –uz. En algunos casos se constata nombre prepuesto García Lecinio, Mandolfo Felix, Lucino Dulquito.

En cuanto a las mujeres, en el siglo X son mencionadas solo a través de su vinculación familiar al varón: “Ego Assuri Fredenandiz, una cum uxor mea (944)”, o bien con un nombre único, acompañado de la relación familiar, explícita o no: Eldoara, Oddesenda, Prollina.

En el siglo XI se observan cambios en las estructuras antroponímicas: a mediados de siglo comienza a fijarse el predominio del patronímico en –ez, frente al resto de terminaciones, que solo se mantendrán vinculadas a determinadas formas fijas ; así tenemos Díaz, Gustioz/ Godestiuz, Rodericiz/Roderiz, Velascoz… frente a los más habituales Vermúdez, Garzez, Gundesálbez (también Gunsálviz), Sánchez, Assúrez...


La fijación de la forma del patronímico tuvo que coincidir con su propia expansión hacia todas las clases sociales, exceptuando a los clérigos, quienes durante el siglo XI –como en los siglos precedentes – seguirán denominándose mediante una variación del nombre único: nombre de pila más apelativo de función o categoría social (abad, obispo, presbítero, prior, camarero, limosnero). Tendremos que esperar al siglo XII para ver cómo el “nomen paternus” se generaliza igualmente entre los eclesiásticos (Gundissalvi Ruderici abbatem, 1156; Petrus Garsías prior sacrista o Martinus Isaac prior, 1190), de un modo general a lo que sucede en otras áreas de la Península y de Francia.

En relación con los nombres de pila, comienza a verse nombres como Pedro, Juan, Pelayo o Martín. Estos apelativos, junto con Miguel o Domingo, serán los predominantes como nombres de pila y como formantes de patronímicos a partir del XII. Es la revolución nominativa del siglo XI que expande una serie de nombres cristianos de carácter universal por todo Occidente, de modo paralelo al fortalecimiento de la iglesia gregoriana. Asociado a ello se redujo la lista de nombres de pila lo contribuiría al desarrollo de un sistema antroponímico más complejo para evitar que se repitiesen nombres en exceso. Claro que Martínez Sopena lo entiende al revés y opina que primero se adopta el sistema de dos elementos y posteriormente se reduce la lista de nombres, dando lugar a la homonimia, que se convierte en consecuencia y no causa de los nombres dobles.


No obstante, siguen siendo muy frecuentes los nombres vascos occidentales (Nuño, Munio, Didaco, Velasco, Hanne/Fanne) y los orientales (Sancho y García), además de los Gundisalvo, Bermudo o Álvaro.

Por otra parte, destaca la aparición y frecuencia en esta época del nombre Annaia, ampliamente utilizado en los documentos castellanos y leoneses entre 950 y 1150, sobre el que pronto se generará el correspondiente patronímico. Su uso frecuente en los colofones testificativos y su extensión como nombre en la documentación de áreas castellanas y leonesas más alejadas de la influencia vascónica ha llevado a poner en duda su tradicionalmente aceptado origen vasco.

¡¿Y eso?! Todos hemos escuchado y aprendido en la escuela que es un nombre claramente vasco. ¿No es evidente la relación entre Minaya (mi+annaia) y la voz vasca anaia “hermano de chico”? En 1946 Menéndez Pidal lo decretó: “El nombre Minaya, incomprendido antes, puede ahora ser explicado [...] A pesar de la frecuente grafía con doble nn, se trata, sin duda, del ibero-vasco “anai” ‘hermano”. [...] El uso de estos títulos ibero-vascos irradiaba de la parte Norte: Álava, Rioja, etcétera, donde aún se hablan o se hablaban dialectos eusquéricos”.


De unas 475 apariciones del nombre, sin incluir los patronímicos, entre los siglos IX y XIII se observan cuatro formas habituales siendo la más repetida: Annaia. La grafía con doble N es la forma dominante hasta finales del siglo XI, y la “N” simple no se convierte en la forma mayoritaria hasta el siglo XII, un patrón parecido a lo que se observa para el nombre vasco Enneco.

Frente a un alto grado de estandarización entre los centenares de ejemplos de las fuentes en León y Castilla se observa mayor variedad ortográfica entre las escasas apariciones en las fuentes periféricas. El mejor ejemplo se observa en la documentación de San Pedro de Montes (El Bierzo) donde, en cinco referencias diferentes al mismo señor, se deletrea su nombre como Anania, Anaya, Annala, Anagia y Enania. Esto nos sugiere que se trata de un nombre de Castilla y León que resultaba extraño en otras regiones. ¿Quieren saber más? Pues desarrollamos el tema en los anexos de la entrada, al pie.

Para las mujeres, se mantiene en este siglo el nombre único, si acaso precisado por la relación familiar con el varón: Urraca, Golafara, Ostrozia, Speciosa, Sol, Tigridia y una doña Eilo; en 1208, se recoge un don Elo, con apócope en donna, más que como nombre masculino.


Sobre todo lo observado en este siglo, destaca la aparición de un Santio de Lenzes, uno de los hombres de Bureba de un documento de 1065. Se trata de un temprano testimonio de nombre más topónimo y coincide esta muestra con lo manifestado en Valpuesta, donde no figuran estructuras con topónimo antes del siglo XI y, cuando lo hacen, se trata de ejemplos aislados. Nos encontramos con textos marcados por la antroponimia de tipo vasco y por su innovación.

Saltamos a los siglos XII y XIII. El grueso de la documentación del corpus oniense pertenece estos años pero se queda en las denominaciones oficiales y en muy pocas ocasiones permite acceder a la realidad de los nombres más populares y expresivos, a los diminutivos o a los apodos.

En esta etapa se introduce el esquema “patronímico más topónimo” en los apellidos registrados en Oña, esquema que se formaliza a mediados del siglo XII, si bien, ya se había registrado un apellido toponímico de mitad del XI, lo que indica que, a pesar de que no conste en la escritura, estas diferentes fórmulas convivirían desde décadas antes. En un documento de 1156, se menciona a Pelagium Petri de Salas y a Petri Martini de Torres. Desde este momento, se opta, bien por utilizar la forma completa, bien la simplificada: solo el patronímico (Iohannes Vincéntez) o solo el topónimo (Dominicum de Salas, Lop de Carrasco).


A lo largo del siglo XIII, el sistema se irá decantando por la simplificación, aunque la forma compleja de “patronímico más topónimo” se mantendrá, hecho más evidente en aquellos documentos donde se distingue entre infanzones (forma compleja) y labradores o collazos (simplificada). El topónimo ha de ser más relevante para aquellos que precisan destacar su procedencia: Juan de Portugal, “vezino de Redeziella” (1254), o el lugar donde se concentran sus propiedades: así se explica un Yuañes de Tartalés, “fijo de Martín de Mena” (1263), o que los dos miembros de una pareja se identifiquen en 1266 mediante el topónimo.

Los documentos de estos siglos –especialmente los de la segunda mitad del XIII–permiten observar la evolución de la transmisión del patronímico. A mediados del siglo XII, la información de los textos confirma la creación originaria del patronímico a partir del nombre del padre como en el caso del conde Gundissalvo que menciona en un documento de 1182 a su hija Elvira Gonzálvez. Hacia mediados del XIII se produce, sin embargo, un cambio de modelo y el patronímico comienza a elegirse u otorgarse siguiendo otros criterios, como en un ejemplo de 1243, en el que los hijos de Alfonso Gómez se denominan Rodrigo Alfonso y García Gómez; y en 1254, Lope García, hereda el nombre y el patronímico de su padre, asimismo llamado Lope García de Salarzar. A finales del siglo XIII, convive aún la tendencia primitiva con otras varias, entre las que se encuentra la que triunfará: el patronímico heredado de generación en generación.


Los nombres femeninos pasarán del mismo modo a formar parte en estos siglos de estructuras más complejas y, a fines del XII, comienzan a ir acompañados de patronímico (María Ferrández en 1191). Un nombre como María se viene vinculando a la entrada de los gustos europeos por los nombres de santos a partir del siglo XI (Camino de Santiago y cluniacenses), como Marina, Martín, Miguel o Juan. Desde 1200 los nombres femeninos participan ya de la estructura compleja de patronímico seguido de nombre de lugar (“María Iohannes de Sorribas”, 1202).

La fórmula de construcción de la denominación personal formada por el nombre propio, seguido de un patronímico o un nombre previo y de un topónimo, va a ir dando cabida a diversa información sobre la dignidad eclesiástica o el cargo administrativo, los oficios, los vínculos familiares o los sobrenombres relativos a características físicas o morales. A partir del XII, se observa la progresiva fosilización de estas designaciones complementarias hasta convertirse en parte del apellido familiar, ahora bien, no es en absoluto sencillo determinar el estatus de estos elementos dentro de la estructura denominativa. Con ello, es difícil decidir si en “Gundissalvo Ferrero de Pontcorbo” (1196) simplemente se menciona el hecho de desempeñar el oficio de herrero en la localidad de Pancorbo o se está avanzando hacia un esquema de denominación fija, con una función próxima a la del patronímico, que puede ir seguido de un topónimo.


Y, ahora: ¡Apodos! No son habituales en los documentos más antiguos ya que su uso cristaliza a partir del 1200. Su frecuencia aumenta a medida que la sociedad se diversifica y exige una estructura antroponímica más compleja; responden más bien a una sociedad urbana, en la que al individuo le importa más destacar por su oficio, lugar de origen o características físicas o morales que por sus vinculaciones familiares.

Podríamos clasificarlos de la siguiente manera:


  • Partes del cuerpo: Barba, Boca, del Ojo, Ojuelos, polcar (¿“pulgar”?).
  • Características fisicas: Covo/elCovo/Calvi, Pardo, Pinto, Crespo/Crespa, Esquierdo/Ezquerra, Gordo, Grant, Mella, Niger/Negro…
  • Edad: Chico/Chicoth, Maior/el Mayor, Mançebo, Moço, la Vieja/Vieja.
  • Características psicológicas: Amargo, Bueno, Caro, el Cortés/Cortés, Felizes, Malo, el Modorro, Valdado (perdido, desperdiciado, lisiado).
  • Denominaciones relacionadas con la vida cotidiana: Carro, Cerco, Cosido, Fanega, la Foya, Liras, Megollo, Pajar, Regaña.
  • Denominaciones relacionadas con plantas y animales: Cañeda, Fresno, Frutoso, Rosales, Cornejo, Rocín...
  • Apodos de carácter geográfico, religioso o étnico: Borovano (de la Bureba), Francés, Franco, Gallaecus/Gallego, Moro, Navarro/el Navarro, Sarraceno. En cuanto a Moro y Sarraceno, están relacionados con nombres de pila muy habituales a los que se ha considerado de origen latino: Maurellus, Mauregatus y Sarracino, en los que no todos aprecian referencias étnicas.
  • Oficios, cargos o estatus social: Ell amo/el amu, Cabrera, Cambiador, Cambiador, Cavallero, el Conde, Escolán, Escudero, Ferrero/Ferrarius, Maestro, Montanero (guarda de montes o dehesa), Ortolan/ el ortolano, el rey Verral/el re, Serrano… Destacan varios galicismos: Marches, Merchiant y probablemente Escolán.
  • Dignidad o estatus eclesiástico: Abate/Abad /el abat, el clérigo, el monge, presbitero.
  • Relaciones familiares: la bidda, Cormán (primo hermano), el Nieto/Nieto, Sobrino, el Yerno. Tal vez debamos incluir también Fijo (Domingo Fijo de Villa Imara, 1231), dado que se utiliza como apodo en otros documentos burgaleses coetáneos.

Como otros documentos de tipología similar, los nombres onienses no ofrecen más rasgos de expresividad que los que algunos de estos sobrenombres pueden aportar.

Puede que sean demasiados datos –y áridos- para continuar esta sesión y, por ello, les emplazo a la próxima entrada donde continuaremos hablando sobre el nombre de las cosas.




Bibliografía:

“Sobre el nombre medieval Annaia”. David Peterson.
“Antroponimia vasca en la Castilla condal”. David Peterson.
“Francos y vascos en el norte de Castilla (IX-XIII): los cambios en las denominaciones personales”. Emiliana Ramos Remedios.
“Frontera y lengua en el alto Ebro, siglos VIII-XI. Las consecuencias e implicaciones de la invasión musulmana”. David Peterson.
“La época visigoda”. Susana Rodríguez Rosique.



Para saber más:




Anexos:

El misterio de Annaia.


Comentábamos en el cuerpo de la entrada la posibilidad de que Annaia no procediese del eusquera, a pesar de Menéndez Pidal y que fuese un nombre propio con más presencia en Castilla y León que en zonas vascófonas.

Analizando diversos archivos se aprecia el contraste entre la aparición del nombre en las fuentes castellanas y leonesas y su disminución en las fuentes periféricas… La única aparición riojana del nombre Annaia que no tiene vinculación con Castilla es en Cogolla2/507 (1080), y el problema es que no tenemos referencia espacial.

En Navarra sí aparecen algunos pocos usos autóctonos del nombre, pero casi siempre tardíos, mientras las apariciones más tempranas son, de nuevo, referencias a Castilla conservadas en la diplomática navarra. Lo llamativo es que los textos referentes a Castilla son lógicamente mínimos en la documentación navarra (San Salvador de Leire, San Juan de la Peña), y aun así, hasta mediados del siglo XII, es entre ellos que aparece el nombre Annaia, y no entre la masa de textos propiamente navarros.

¿Esta distribución es compatible con un origen vasco? El nombre Sancho, por ejemplo, el más corriente en Navarra, lo es también en La Rioja, mientras en La Bureba (ya en Castilla) sólo ocupa el séptimo lugar entre los nombres más frecuentes, en el entorno de Burgos cae al décimo puesto, y en León no aparece entre los veinte nombres más populares. En este contexto, el contraste con la distribución observada para Annaia es absoluto.

La antroponimia medieval de Álava es más parecida a la de Castilla que a la de Navarra y, sin embargo, entre los diez nombres más corrientes en Álava durante el siglo XI no aparece Annaia, es más, no aparece tampoco en el litoral vasco. Ciertamente, se trata de un territorio poco documentado, y nunca se puede descartar del todo que Annaia se exportara del País Vasco hacia Castilla y León. Cabe la posibilidad, por ejemplo, de que el hecho de abandonar territorio vascófono fuera precisamente el factor que permitió que una voz común se convirtiera en nombre propio.

El nombre Annaia tiene una cronología concreta: en los dos siglos entre 950 y 1150 alcanza tal popularidad en ciertas comunidades meseteñas que acabaría empleándose como nombre genérico en los colofones testificativos, uso algo posterior a su empleo como nombre real. Asimismo, nos llama la atención la cronología tardía de la definitiva cristianización de la antroponimia de la región, proceso que creemos detrás del fenómeno de la mayoría de los cognomentos.

Además, destaca que el nombre importado alcanzase tal grado de aceptación que se utilizara de manera genérica en los colofones testificativos, integrándose con un pequeño grupo de nombres de aparente origen semítico (Citi, Belliti). Más llamativa todavía es su repetida aparición en la construcción cognominal, contexto donde también acostumbramos a encontrar onomástica semítica.

Pero si la hipótesis vasca padece de debilidades antes no contempladas, ¿cuál es la explicación alternativa? La geografía del nombre y la ausencia de antecedentes en la onomástica germana o latina nos inclinan hacia una solución semítica, sobre todo cuando se aprecia su repetida aparición como cognomen y la historia onomástica de la Cuenca del Duero con una importante presencia de antroponimia semítica. No obstante, el nombre no figura en los trabajos monográficos dedicados a la antroponimia hispanoárabe. Eso sí, Annaia se asemeja al nombre hebreo Anania, y en repetidas ocasiones observamos confusión entre ellos y la aparición de Ananias en situaciones características de Annaia. ¿Podría ser Annaia la forma adoptada por Ananias en la Meseta? Por otra parte, la misma voz aparece en el Magreb altomedieval para denominar la costumbre bereber de protección y acogida. ¿Podría haberse convertido en antropónimo en la Meseta, dando el significado “mi protección” para Minaya, parecido al sentido “mi señor” de Mío Cid? Formas parecidas también se observan en la toponimia (por ejemplo, Anaya de Huebra, Salamanca), aunque generalmente se interpretan como derivados de al-Nahia = “el distrito”. El hecho de que contemplamos varias etimologías alternativas demuestra que se está lejos de resolver definitivamente los orígenes de un nombre que abunda tanto en la Meseta.

Por otro lado, no negamos la antigüedad de la voz común vasca anaia/e ‘hermano’, y creemos probable que la aparición tardía de formas onomásticas parecidas en la documentación navarra, en un periodo y espacio diferentes al fenómeno meseteño arriba descrito, se debe precisamente a esa voz eusquérica.

Parece apoyar esta lectura la aparición tardía (y oriental) de una –e final, fenómeno completamente ajeno a los centenares de ejemplos meseteños observados. La influencia de este anaia/e vasco se extendería también hacia zonas limítrofes con el territorio euskaldun, como el dominio y escritorio de San Millán de la Cogolla. Creemos, por tanto, que estamos ante el encuentro de dos formas onomásticas, parecidas pero no idénticas, que surgen en espacios y periodos próximos (pero tampoco idénticos), a partir de orígenes muy diferentes.