Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
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miércoles, 11 de julio de 2018

García Fernández significa dignidad.



Dejábamos a Almazor saqueando Barcelona. Bien. Vale. No es nuestro tema, ni antes ni ahora. Nos interesa más lo que ocurre en León. Al fin y al cabo es “nuestro reino”. Está ocupado, sometido al enemigo cordobés y desgarrado por las luchas internas. Lo tiene todo, ¿verdad? Pues faltaba un ataque de Almanzor. Será en el año 987. Recordemos que Bermudo II quiere acabar definitivamente con Ramiro III. Para ello pedirá ayuda a Almanzor que termina sometiendo León y colocando tropas (para fortalecer la posición de su rey) en el corazón del reino cristiano. Hoy diríamos que instaló una base militar de “apoyo a un aliado”.

Bermudo II, rey de León

Los “aliados” bereberes actuarán como un ejército de ocupación, es decir, saqueando. Esto daba más alegría a una situación ya caótica. Bermudo II indicó a Almanzor que su ayuda no era ya necesaria y que ordenase el retorno de las tropas. Ni caso. Bermudo II no podía más: las expulsó a punta de lanza. ¡¿Para qué más?! Almanzor se ofendió y desató a los cuatro jinetes del apocalipsis sobre León. Empezó por el occidente del reino, por Coimbra. Aniquilan la guarnición del conde Gonzalo Muñoz, ocupa la población y la destroza. Permaneció siete a años deshabitada y, por supuesto, en manos moras. Después, Almanzor, enfila León, la ciudad se entiende. Para ese ataque contará con el apoyo de… ¡los propios condes leoneses!

Debió ser una variación del conocido “plata o plomo” pero con unas gentes –cual políticos españoles del PP, del PSOE-PSC o nacionalistas de hoy- acostumbrados a corromperse. En Galicia, Gonzalo Menéndez rompió su compromiso con el rey de León y se sometió a Almanzor; en Saldaña, los Banu Gómez se pasaron al ejército invasor y ofrecieron sus servicios como oficiales y guías en la campaña contra el reino; García Bermúdez, conde de Luna, e incluso los Ansúrez, todos abandonaron al rey que ellos mismos habían colocado y se sometían ahora al caudillo de Córdoba.

Castillo de Burgos

Menos mal que nos queda Castilla. García Fernández, su conde sigue obsesionado con la idea de construir una coalición cristiana. Se ha casado con una condesa de Ribagorza; sus hermanas han desposado, una, al rey de Pamplona, y otra, al conde de Saldaña; de las hijas de García, una se casará con un conde de Pallars y otra con el mismísimo rey Bermudo II de León... García acude con sus tropas a orillas del Cea para defender la capital del reino. Ninguna hueste más les acompaña. Frente a León descubre de qué pasta está hecho Bermudo II: ha huido hacia Galicia. Los castellanos quieren presentar batalla, pero todo está perdido y después de tres días de resistencia, León cae.

Almanzor ordena demolerla por entero. ¿Tan poderoso era? Sí y no. La puntilla fue la colaboración de las familias leonesas. Aclaremos que una expedición tan al norte creaba problemas logísticos que ningún ejército de la época podía resolver sin apoyo local. La nobleza leonesa ofreció puntos de acampada, caminos francos y zonas libres para el saqueo. El traidor conde de Saldaña, Gómez Díaz, empieza a atribuirse el título de “imperante in Legione”, el que manda en León. Gracias a Almanzor. ¿Y Bermudo II? Este estaba escondido en Lugo.


Era rey de nombre porque la mayor parte de su reino estaba en manos moras o condales. Aquellas ciudades que veinte años antes fueron los centros neurálgicos del reino, desde Coímbra hasta Sepúlveda pasando por Simancas, Zamora o la misma León, habían sido demolidas; la repoblación al sur del Duero, desmantelada; los condes ya no obedecían al rey sino a Almanzor.

Parece que era el momento de que el caudillo moro pensase en el futuro de su familia. Su objetivo será transmitir a sus hijos el poder usurpado. Crear la dinastía amirí. Pero eso no formaba parte de los usos del califato. Vale, el califa Hisham está recluido en su palacio y el poder auténtico lo tiene el hayib Abu Amir. Había una anormal separación entre el poder político y el religioso. Y lo que ahora se proponía nuestro hombre era oficializar eso. Fundará una monarquía islámica. El califa seguiría siendo califa, pero Almanzor sería rey y sus hijos heredarían el trono.

Cortesía de "Consuegra Medieval"

Las figuras relevantes que hubieran podido bloquearle estaban eliminadas y él, hábilmente, había emplazado contingentes de guerreros bereberes en los puntos estratégicos del califato. A la tribu Sanhadja la instala en Granada, a los Maghrawa los sitúa en las montañas de Córdoba, a los Banu Birzal y a los Banu Ifran los coloca en Jaén. Estos pueblos bereberes actúan en sus nuevos dominios como un ejército de ocupación; despóticos, no tardan en ganarse el odio de la población local. Pero eso entraba en la estrategia de Almanzor: por un lado, privaba a estas tribus guerreras de apoyo popular; al mismo tiempo, inclinaba a las gentes a pensar que sólo en Almanzor podían encontrar justicia. Es un régimen de terror populista.

Por ejemplo, en 990, cuando una tremenda hambruna azotó Al-Ándalus, el dictador ordenó fabricar todos los días, desde el principio hasta que terminó, 22.000 panes que eran repartidos diariamente entre los pobres, con lo que los necesitados vieron remediada su situación.

En 991, cuando su hijo Abd al-Malik alcanza la mayoría de edad, le traspasa el título de hayib, es decir, primer ministro del califato. Almanzor, por su parte, se investirá de los títulos de “señor” (sayyid) y “rey generoso” (malik karim).Y al mismo tiempo ordena que en todos los documentos de la cancillería aparezca su sello, y no el del califa. ¿Así de fácil? No. Se opuso alguien inesperado: su hijo Abdalá.

Cortesía de Justo Jiménez.

Expliquemos el drama: tenemos tres protagonistas llamados Abdalá ben Amir, el hijo que vive en Zaragoza; Abdalá ben Abdelaziz, un omeya -conocido como Piedra Seca- que es gobernador de Toledo; y Abderramán ben Mutarrif, gobernador de Zaragoza. Hacia 989 se ponen a conspirar. Abdalá, el hijo zaragozano de Almanzor, no heredaba los títulos que había obtenido Abd al-Malik. Terreno fértil para adherirse a la conjura del omeya Piedra Seca que representaba la vieja legitimidad. Es posible que Subh, Aurora, la madre del califa participase de alguna manera en el asunto. Y, claro, como no podía ser de otra manera, Almanzor descubrió el complot. Para que veamos que un hombre tan ocupado tenía tiempo para informarse sobre las andanzas de la familia.

Y estaba ocupado porque en este 989, en julio, atacó las posiciones castellanas en las tierras sorianas. Puso sitio a Gormaz pero fue rechazado por los defensores castellanos. En esta batalla murió el obispo de Valpuesta, Nuño Vela. Los moros, entonces, enfilan hacia Osma. En agosto de ese 989 cae la ciudad; en octubre cae Alcoba de la Torre. Toda la comarca es saqueada, pero Almanzor tiene que levantar el campo. El invierno se acerca y ningún ejército de la época puede afrontar los fríos sorianos a campo abierto.

Será en este momento, la llegada de los fríos, cuando Abdalá, el hijo, huyó. ¿Adónde? A Castilla. Allí el conde García Fernández le recibió con los brazos abiertos. Una baza estupenda, pensaría. También huyó Piedra Seca, el omeya, que se refugió en la corte leonesa de Bermudo II. El tercer peón, el gobernador de Zaragoza Abderramán ben Mutarrif, fue apresado por su propio hijo Samaya y decapitado. Cría cuervos… ¿Y Aurora? ¿Estaba implicada en la conjura? Nunca lo sabremos.

Conde García Fernández

Sabemos que Aurora, Subh, buscó quedarse con el Tesoro del Estado. Si tenía éxito dejaría sin recursos a Almanzor. ¿Acaso el dinero del califato no se recaudaba en nombre del califa? Pues al califa -pensó Aurora- debía pertenecer. El dictador lo supo. Convocó a los visires y les hizo firmar una orden extraordinaria que trasladaba el tesoro a la ciudad-palacio de Madinat al-Zahira.

Sofocada esta otra “traicioncita” Almanzor retoma el control del califato. Abd al-Malik, el hijo preferido de Almanzor, es enviado a África a aplastar una revuelta bereber. Y él corre a Castilla para recuperar a su hijo traidor, Abdalá y a Léon a por Piedra Seca.

García está contento con su invitado. La cuestión es saber por qué se refugió en este condado y no en el reino de León. Quizá fue porque este estaba en una guerra interna, quizá porque García le pilló más cerca en su huida… quizá porque Castilla no se doblegaba ante su padre y era un territorio militarmente más eficiente.

Cortesía de Justo Jiménez

El dictador de Córdoba lanza otra ofensiva sobre las líneas castellanas. Pero estas resisten. Tras varias semanas de asedios Almanzor negociará: o Castilla le devuelve a Abdalá o lanzará un ataque masivo contra todas las poblaciones y campos de Castilla. Es un punto de inicio de negociación. Brusco, sí, pero una oferta. García Fernández responde: entregará a Abdalá si Almanzor se compromete a respetar la vida de su hijo. Almanzor accede. ¡Sorprendente! La entrega será el 8 de septiembre. Abdalá es inmediatamente decapitado por orden de su padre. ¡Esto sí entra dentro de la lógica con Almanzor!

Y se mantiene la paz con Castilla. Gracias a esa paz el rey Bermudo pudo abandonar Galicia, volver a León e incluso casarse con una hija de García Fernández. Claro que paz no significa no intrigar, no corromper, contra el conde castellano. Conocemos muy poco sobre esos movimientos pero debemos tener claro que la codicia y el rencor siempre son buenos lubricantes para la traición.

Muchos en Castilla prefieren pactar con el moro y acabar con la guerra perpetua. Entre ellos, el propio hijo de García, Sancho que veía que se quedaba sin posesiones. Castilla había perdido a manos de Almanzor buena parte de su extensión pero nada más. No había sumisión como en los demás casos. Era debido a la voluntad de García Fernández; la orografía de su tierra y una bien defendida cadena de puntos fuertes guardados por sus montaraces castellanos.

Medina Alzahira

Aparece aquí un episodio crucial: la traición de los infanzones de Espeja. La villa de Espeja está en Soria, cerca de la raya de Burgos; en la época era un alfoz de Clunia (Coruña del Conde). ¿Y quiénes eran los infanzones? Recordemos: campesinos con medios suficientes para pagarse un caballo y unas armas, y que, por ello, gozaban de una autonomía personal muy notable. Estos, concretamente, prestaban servicio de anubda (vigilancia fronteriza) en Gormaz y Osma. Es el año 993. La frontera castellana sufre un nuevo ataque sarraceno. Las huestes de Almanzor se apoderan de Gormaz y Osma. Un infanzón de Espeja, Añaía Díaz, roba tres caballos y un esclavo y huye a tierra de moros. Otros dos infanzones, Abolmondar Obecuz y Abolmondar Flaínez, se enfrentan por un pleito. El conde ha de enviar a un merino para que ponga orden. De momento, y ante la presión militar mora, los dos infanzones deben acudir a reforzar las posiciones de frontera en Carazo y Peñafiel, pero no van; ni ellos ni, por lo que sabemos, ningún otro infanzón del mismo lugar.

Es inevitable pensar que sus voluntades habían sido corrompidas por el oro de Almanzor. Cuando llega el año 994, los sarracenos toman Clunia, que deja el camino abierto hacia el interior de Burgos. El frente castellano se está hundiendo. En esa circunstancia, el propio hijo del conde García, Sancho, se vuelve contra su padre.

Y detrás esta Almanzor. ¿Por qué? Porque unos años atrás, en 992, Sancho había acudido a Córdoba para ponerse a la órdenes de Abu Amir. Buscaba la tranquila sumisión que creían tener los demás territorios de Iberia. Si García quería libertad, su hijo Sancho quería seguridad. Pero todo no es un gran problema para García. Tiene fuerza suficiente para acudir a Espeja, sancionar a los infanzones, restablecer la defensa fronteriza y contraatacar. Cruza el Duero y ataca Medinaceli, obligando a los moros a desplazar de nuevo tropas hacia su retaguardia.

Alcozar (Soria)

El movimiento consigue aliviar la presión sobre el interior del condado. Pero la defensa se sujeta sobre dos plazas fuertes: Langa y Peñaranda. Y nos vamos a mayo de 995 cuando García Fernández morirá. ¿Cómo ocurrió? Los documentos cristianos hablan de una batalla cerca de Alcozar, en el sitio de Peña Sillada. Las fuentes moras no transmiten una batalla propiamente dicha, sino más bien un encuentro fronterizo puramente casual. Sea como fuere, el hecho es que García, al frente de una hueste, combate contra una tropa sarracena. En la refriega, García sufre un golpe en la cabeza, al parecer, con una lanza. El conde cae a tierra. La hueste cristiana se dispersa. Los musulmanes apresan al conde malherido.

Almanzor ordenó que fuera trasladado de inmediato a Córdoba. Pero la herida de García Fernández era demasiado seria: cuatro días después expiraba. El dictador de Córdoba fue generoso: entregó el cuerpo de García a los cristianos cordobeses, que le dieron sepultura en la iglesia de los Tres Santos. Más tarde será trasladado a San Pedro de Cardeña, como el propio García dispuso en vida. Al frente del condado de Castilla quedará Sancho que pactará con Córdoba, tal y como había deseado siempre. Vendrán años de paz en la frontera, pero será paz a cambio de sumisión. Y la furia de Almanzor seguirá sacudiendo las tierras cristianas.

Como el fácil saqueo de Santiago de Compostela en el 997. Podríamos decir que la caída de la pieza castellana facilitó a Almanzor la toma y destrucción de la ciudad del Apóstol.


Bibliografía:

“Moros y Cristianos”. José Javier Esparza.
“Historia de Castilla. De Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González.