Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 22 de octubre de 2017

Ferrerías de Mena o la China de Vizcaya.


La industria del hierro también fue burgalesa. El tema es que cuando hablamos de minas y trabajos con el hierro sólo nos viene a la cabeza Vizcaya, o Guipúzcoa. Y no es cierto. El bucólico Valle de Mena fue durante siglos un área siderúrgica.

Ya no vibran las nueve ferrerías que existieron en el valle -cuenta Elías Rubio Marcos que fue en estos contornos donde se forjaron las verjas del parque del Retiro de Madrid- pero todavía canta el viejo río Cadagua que alimentó molinos harineros, ferrerías y centrales hidroeléctricas.


Las ferrerías más antiguas de las que tenemos constancia en Europa son del siglo XII, aunque el hierro forjado es muy anterior. Estas explotaciones estaban dentro de los bosques para facilitar la obtención constante de combustible con que alimentar los hornos. Será en el siglo XIII cuando los ferrones se acoden en los ríos y empleen la fuerza del agua para mover los fuelles. Sin embargo, el martinete o mazo hidráulico empieza a emplearse en el siglo XIV. El siglo XV conocerá el monopolio del hierro vasco, que mantendrá está posición hasta el siglo XX.

El origen de ferrerías del Valle de Mena no es claro. Serían, probablemente, del siglo XIV. El Catastro del Marqués de la Ensenada nos resalta una foto imprescindible de la mitad del siglo XVIII, haciendo referencia a las ferrerías que se encuentran en el territorio menés. Les aviso que todas morirán a finales del siglo XIX.

Como habrán deducido el mayor porcentaje de la industria de la siderurgia del norte de la Corona se localizaba en las provincias exentas. Aun así, había centros productores en pequeños núcleos colindantes –como el Valle de Mena o Montija-. La cercanía al filón era importante pero no olvidemos que Mena disponía de bosques prácticamente vírgenes. Los problemas de deforestación de Vizcaya y Guipúzcoa hicieron necesario obtener combustible de diferente procedencia para abastecer sus ferrerías.

Basándose en las prerrogativas del Fuero de Vizcaya se cortaba, o intentaba cortar, la entrada de carbón vegetal foráneo. Piensen que, entre otras cosas, para los concejos vizcaínos era uno de los recursos económicos fundamentales y para los campesinos más modestos suponía un método para incrementar ingresos o condonar deudas. Había una lucha poco limpia por la madera de los bosques del Señorío. Podemos citar, por ejemplo, la quema de montes o, en Carranza, las talas ilegales que luego se transportaban al valle de Mena.

Estas ferrerías burgalesas seguían la pauta de la “Forja Catalana” que era la técnica empleada por las vascas. Esta forja precisaba de una presencia constante de carbón vegetal, por lo que las ferrerías no tuvieron más opción que trasladarse a localidades con grandes masas forestales. Por otra parte, un emplazamiento cercano facilitaba el uso continuo de sus hornos, con la ventaja añadida de no estar demasiado alejadas de las minas del valle de Somorrostro y de contar con la cómoda carretera de la rivera del Cadagua. Traducido: reducción de costes y acceso a combustibles. Hoy diríamos “externalización de la producción”. ¡Enviarla a china, vamos!

Ferrería de Cades

Para todo esto se necesitaba una coordinación, unos trasportistas, para que la maquinaria funcionase. En esta labor tomaban parte carreteros y arrieros de todas Las Encartaciones y, entiendo, del Valle de Mena. También estarían los comerciantes o tratantes de vena de las poblaciones principales.

Ortega Valcárcel indicaba que para fabricar un quintal de hierro (50 kg) se precisaban tres quintales de mineral y cinco quintales de combustible. Y cada legua de recorrido incrementaba en un 40 % el coste de fabricación. ¡Era más barato traer el mineral, trabajarlo y venderlo que hacerlo en Vizcaya! Y Vizcaínos y Meneses emplearon “estrategias” varias para afectar al trabajo del otro: unos por la falta de carbón vegetal y los otros por la falta de mineral. Como vemos las tensiones eran en varias direcciones.

Comentábamos que se empleaba el sistema de Forja Catalana que exigía una continua atención y el uso de la energía hidráulica. Por ello lo de los ríos. En el Valle de Mena tenemos los ríos Cadagua y Ordunte –sin contar otros menores-, que tuvieron numerosas construcciones hidráulicas como presas, molinos, ferrerías, centrales hidroeléctricas y fábricas de muebles.

El punto álgido fue en el siglo XVIII con relación a la producción del mineral del hierro, y en su transformación. A partir de ahí la decadencia fruto de las guerras del siglo y la presencia de unidades militares actuando en su zona, el traslado de las aduanas a la frontera y costas vascas, la dificultad de la modernización, la tardía mejora de las comunicaciones y la competencia de los Altos Hornos de la ría del Nervión.

Bueno, que se intentó sobrevivir, no crean. Hay constancia, a finales del siglo XIX, de la existencia de dos altos hornos en el Valle de Mena, de corta vida (desde 1861 hasta 1896), como se muestra en la revista Estadística minera (Revista Estadística Minera y Metalúrgica de España, años 1861-1900).

Así es la vida. Con respecto a las ferrerías, ¿cuáles eran? ¿Dónde estaba? ¿Cómo eran? ¿Quiénes las trabajaban?

Fuelles

Empecemos por comprender el espacio en que se desarrollaba todo. Las ferrerías constaban, generalmente, de dos partes: el hogar donde se situaba el fuelle o trompa y el martinete o mazo. Estos martinetes de forja precisaban una fuerza mínima de 200 kg para triturar los minerales o forjar piezas de grandes dimensiones, como anclas o rejerías.

Estas industrias necesitaban de un canal (llamado antepara o camarao) por el cual acelerar el agua. Los canales suelen contener una presa o azud, para retener el agua y evitar variaciones en el flujo, sobre todo si se trata de ríos poco caudalosos. Las ruedas de paletas se sitúan fuera del edificio, en el canal y movidas por la corriente de agua provocan el movimiento del mazo o la compresión de los fuelles para soplar las brasas. El funcionamiento de las ruedas se activaba a través de una cuerda o, en algunos casos, una barra de hierro que levantaban o bajaban el chimbo, un tapón que da acceso al agua. Simple pero efectivo.

Las ruedas conseguían un rendimiento pequeño pero constante. La sujeción de éstas se acomete mediante ejes motrices compuestos por troncos de grandes dimensiones de madera para aguantar tensiones, esfuerzos e impactos que se producen. En sus extremos está formado por piezas metálicas para apoyarse con firmeza. En el mismo eje se sitúan las levas, dientes de madera talladas directamente distribuidas por el tronco.

Mazo

El martinete se trata de un mazo situado perpendicularmente al eje de la rueda, con una longitud aproximada de 4 metros y un punto de balancín en su zona central. Compuesto por una cabeza o martillo pesado que al levantarse por las levas, cae golpeando la pieza sobre el yunque. Engloban un número variable de levas dependiendo del peso del mazo. Un mazo pesado tiene cuatro levas, mientras que un mazo ligero tiene mayor número de levas, y por tanto es capaz de golpear un mayor número de veces por unidad de tiempo. Todos estos dientes sufrían un intenso desgaste y un evidente peligro de ruptura, sobre todo si pensamos que podían llegar a golpear más de cien veces por minuto.

Los fuelles o barquines –accionados por el agua- insuflan aire, manteniendo el combustible activo en los hornos de fundición. Se fabricaban con cuero y madera y reforzados con una estructura metálica que no evitaba los frecuentes desgarros que ralentizaban la labor de los operarios.

El horno se fabricaba con ladrillos refractarios y se situaba en un lugar destacado. De forma cúbica en su diseño se tenía en cuenta las toberas por las que se insuflaba el aire y el hogar o cavidad del horno en que se calentaba el mineral. El hierro se retiraba cuando formaba una pasta o masa informe –“agoa” o “zamarra”- para su martilleo en el yunque.

A su vez se disponía de hornos auxiliares que servían para calcinar previamente la vena del mineral y extraer la escoria; carboneras para el carbón vegetal; y leñeras para el trabajo del posible herrero –con su herrería-.

Vale ya entendemos el mecanismo de una ferrería y sus componentes. Nos quedan las demás preguntas formuladas antes -¿cuáles eran? ¿Quiénes eran? ¿Dónde estaba?-.

Ferrería de Cades

Intentaremos contestarlas poco a poco. Tenemos la ferrería de El Berrón o Bortedo, en el barrio de Arla. En su tiempo fue propiedad de Nicolás de Mollinedo y Quadra, miembro del Consejo Real y residente en Madrid. Junto a esta ferrería poseía un molino de dos ruedas que arrendaba conjuntamente y que no molía en tiempo de estío porque la escasa agua era para la ferrería.

El Catastro de Ensenada dice que aquí se trabajaban 180 días y detalla el personal y sus salarios: Juan Alonso, aroza, 1.260 Rs; Juan de Berespede, tirador, 900 Rs; Juan de Escurdia y Baptista de Malcosa, undidores, 620 Rs; Pedro Juan, aprestador, 270 Rs. Todos estos trabajadores de 1752 eran guipuzcoanos emigrados. El Catastro apunta que la mayoría de los trabajadores de ferrerías de Mena eran guipuzcoanos.

Gijano con las ferrerías conocidas por Casa de las Cuevas y Sanchico, que dejaron de funcionar hace el 1880 y que están separadas un kilómetro aproximadamente. ¿Cuál de las dos era de Eustaquia Nicolasa Ortes, residente en Bilbao, y cual de Domingo Ortíz de las Ribas, residente en Madrid? La de la primera está situada sobre el río mayor del pueblo y estuvo arrendada a Manuel de la Azuela por 3.000 Rs año y la segunda, la de Domingo, rentaba 11.000 Rs y estaba gestionado por su mayordomo José de Goiri. Ambas estaban abiertas 8 meses al año, seguramente los de mayor caudal, y en ellas trabajaban cuatro undidores o fundidores en el horno principal removiendo el material con una barra hasta que el hierro, convertido en la “agoa”, estaba listo para la forja; dos tiradores, que estiraban la colada y la daban forma en el martinete bien como lingotes, chapas, placas…; dos apretadores (u horneros) y un barquinero que atendía los delicados fuelles. Y, además, estaba el mayordomo, administrador o aroza que dirigía la actividad. No solo existían estos puestos sino que debemos recordar al aprestador que preparaba el mineral en bruto tostándolo en los hornos auxiliares o “raguas” antes de colocarlo en el horno principal.

Ferrería de Sanchico (Tierras de Burgos)

La vida en los ferrones era un mundo aparte formado por personas, en muchos casos, ajenas a la comarca. Se necesitaba un mínimo de entre cuatro a seis trabajadores en cada ferrería. La jornada oscilaba entre doce y trece horas diarias. Se iniciaría a las cinco de la mañana hasta las ocho, que se almorzaba, y llegando al mediodía. Otra parada hasta la una y del tirón hasta el anochecer. En estos aspectos el trabajo sería similar a las ferrerías de Vizcaya o Guipúzcoa donde los operarios trabajaban todos los días laborables y, durante la noche, en turnos de cuatro horas destinados a alimentar la fragua para que no se estropeara el caldo. Esto obligaba a que todos durmiesen en el edificio. El domingo se apagaba el horno entre el toque de alba y el de oración.

Los ferrones vestían una amplia capa de tela gruesa, un cubre cabezas y pañuelos que protegían el rostro dejando libres solo ojos y nariz. Piensen en todas esas chispas al rojo vivo saltando y ese calor terrible. Nada diferente a lo que pueden haber contado aquellos de nuestros mayores que trabajaron en Altos Hornos de Vizcaya, Olarra o Echevarría.

Recreación

Esto… ¿De quién eran las ferrerías? Ya hemos dicho algún nombre pero la cuestión es saber qué tipo de gente era. Pues, solían ser de miembros de la aristocracia o de la burguesía agrícola e industrial. Pero, como se ha señalado, era administradas por un mayordomo o arrendadas a terceros que asumirían, llegado el caso, los costes de las averías.

Si visitan alguna de estas viejas ferrerías se puede, todavía, observar en sus muros de sillarejo las manchas producidas por el humo y el fuego de los fogones. Estos lugares de trabajo eran de una sola planta y de piedra para defenderse de los desbordamientos del cercano río y de los incendios internos.

Estaban formadas por distintas dependencias, de gran altura, conectadas por vanos con arcos de medio punto y apuntados, dejando presente un toque artístico propio, quizás, del estilo imperante en la época de su construcción.


La ferrería de Sanchico, contiene un canal con más de 500 metros de longitud, que se nutría de una presa de gran singularidad, construida en madera, situada en el mismo pueblo de Gijano. Todavía se puede apreciar los mechinales excavados en la profundidad del río.

En el barrio de la Vega de Nava de Ordunte están los restos de otra ferrería que evolucionó a la central eléctrica propiedad de Baldomero Teresagasti, fábrica de muebles y que hoy es inaccesible. En una entrevista para el libro “Burgos en el recuerdo” Faustino Negrete recordaba que “los técnicos que trabajaron en esta ferrería eran todos vascos, venían como emigrantes a trabajar a ella. El mineral de hierro se traía de Gallarta y Ortuella”. El acceso es dificultoso pero se puede observar su embalse.

Remontándonos llegaremos hasta Pedro de Ángulo Salamanca, vecino de La Nava, caballero que vivía de sus rentas y propietario de dos ferrerías allí. Una en Nava de Ordunte en el barrio de la Vega y otra en el río de la Cuevas con otros socios.

Camarao Vega de Nava de Ordunte

En la primera trabajaba de Aroza Marín de Olastagaza durante nueve meses al año; de tirador, Francisco Ulanga; de undidores Baptista de Ulanga y Nicolás de Montarán; y de aprestador José Goiri.

Pasemos a la ferrería de Ungo. Era propiedad del Conde de la Revilla, que residía en Barcelona, y que estaba, en ese 1752, arrendada a Tomás Ortiz de las Ribas. Se conservan algunos paramentos y algo del basamento de madera clavado en el río donde se levantaba la presa que llenaba el canal de la ferrería. Elías Rubio escribe en su libro las palabras de Vicente Villota indicando que “la madera más apreciada para fundir el hierro era el madroño, que aquí conocemos como borto (¿Les suena el pueblo de Bortedo?). A esta ferrería la llamábamos el Escorial, porque había gran cantidad de restos de fundición; yo mismo vendí hace cuarenta años (hoy 60 años) un vagón de tren cargado de esta escoria para Bilbao”.

En el momento del Catastro de Ensenada tenía empleados a Miguel de Balenchan como aroza; a Fernando Nieto como tirador; a Francisco del Campo y Francisco Liona como undidores; y Francisco Nieto como aprestador. Y ninguno era del Valle de Mena sino que terminada la temporada de ferrerías retornaban a sus tierras.

Ferrería de Entrambasaguas

Ahora Entrambasaguas: En su barrio del cerezo hay otra fábrica de hierro hidráulica de la que A. Nuño García escribió en 1926: “En los comienzos del siglo XV se construyeron la ferrería y el molino de Cerezo, aprovechando uno de los mejores saltos de agua del río Cadagua y, además, se hicieron en Entrambasaguas otros cuatro molinos”. Es la “ferrería de la Rivera” que en 1992 conservaba las paredes de la fábrica, la presa, camarao, canal de desagüe y el hueco para el asentamiento de la rueda que movía el mazo. En su tiempo perteneció a Teresa de Luyando, vecina de Medianas, dueña también de un molino de dos ruedas en ese lugar.

La de Villasuso fue construida a principios del siglo XIX pero vayamos a 1927 que es cuando se transforma en central eléctrica, la de Polo.

Camarao de Villasuso

Y sigamos nuestra ruta hasta la fábrica de Agüera, situada poco antes de empezar a bajar el portillo de El Cabrio, en el río Cerneja –es decir, en la Merindad de Montija-. Se dice que el material se traía de Galdámez y Sopuerta (Encartaciones) en carretas arrastradas por bueyes. Nuestro adorado Catastro de Ensenada nos informa que en el lugar había una ferrería propiedad de José de la Peña, vecino de Burgos, que la arriendó a Manuel Herrero, vecino de Ramales, por 2.000 Rv y que en esta fragua solo se trabaja los cuatro meses de invierno. Este Manuel Herrero tenío otra ferrería y un molino en Ramales. Y la de Agüera estaba gestionada por su mayordomo y administrador Esteban Gutiérrez por un salario de 1.100 Rv. Con él trabajaba Matías de Ormaechea como oficial. Esto nos indica que era una ferrería menor frente a las del Valle de Mena propiamente. A mediados del siglo XIX se transformó en molino por mediación de Manuel Villasante, un empresario de la comarca. Si van a visitarla solo encontrarán el canal y el túnel de agua sobrante.

Los periodos de trabajo de las ferrerías eran invierno y primavera. Esto era así gracias a las lluvias, nevadas y deshielos que surtían de la fuerza necesaria para la actividad. Y, como contrapunto, debían mantener los cauces lo más limpios posible para limitar los daños de las crecidas. Eran las conocidas como “ferrerías aguacheras”.

Los meses sin producción eran empleados para ajustes; abastecimientos de material y carbón; y apalabramiento de nuevo personal. Así, el catastro de Ensenada recoge cómo diversos vecinos de Gijano empleaban diez pollinos “para producir unas pocas cargas de carbón a las ferrerías” o como Tomás Ortiz de las Ribas, ocupaba dos mulas “veinte días del año en bajar carbón de los montes de Carranza en Vizcaya”.

Razón de las Ferrerias que hay en los Lugares de la Comprensión del Partido de Laredo de sus Dueños; y del fierro que á corta diferencia se labra en cada una pasada a los Señores Directores generales del Reyno en 2 de febrero y 12 de Abril de 1779.

Con todo lo visto y por ir centrándonos en la idea fuerte de esta entrada -“¿Por qué ferrerías sin minas de hierro?”- debemos pronunciar la pregunta que ha flotado todo este tiempo: ¿eran rentables las ferrerías del Valle de Mena? Sí.

Por diversa razones eran más baratas que las vasconas aun incluyendo los costes de desplazamiento de combustibles, personal y materias primas. Daban tanto dinero que llevaba a los administradores o arrendatarios a intentar convertirse en propietarios. Incluso se reedificaban o se construían nuevas, como la de Villasuso a finales del siglo XVIII.

La producción pasó de 10.000 quintales de hierro a mediados del XVIII a 40.000 quintales a mediados del XIX cuando llegó la crisis de los altos hornos. Pero hasta entonces los beneficios producidos por las ferrerías de Mena eran muy atractivos. Hacia 1750 la ferrería de la Vega de Nava de Ordunte daba un beneficio de 11.000 Rv.; la de Sanchico otro tanto; Ungo y la otra de Gijano, 8.000 Rv. cada una; Las Cuevas de Nava y la de Bortedo daban un beneficio de 6.000 reales; la de Agüera generaba solo 2.000 reales.

A mediados del siglo XIX el diccionario Madoz nos hablaba que en el Valle de Mena había mueve ferrerías y multitud de molinos harineros. Indicaba que se fabricaba carbón vegetal para esas ferrerías y que el hierro pulimentado (unos 6.500 quintales) se enviaba a diferentes destinos de Castilla.

Ya ni el recuerdo.


Bibliografía:

“Burgos en el Recuerdo” de Elías Rubio Marcos.
“Ingenios Hidráulicos en Las Merindades de Burgos” Roberto Alonso Tajadura.
“Las ferrerías cántabras. Del auge dieciochesco a la decadencia final” por Manuel Corbera Millán y Fernando Ruiz Gómez.
“Arte popular. Arquitectura hidráulica del norte de burgos, de la ilustración a fines del siglo XIX” por Aarón Blanco prieto.
“Introducción a un estudio histórico y patrimonial de las ferrerías de las Encartaciones” Javier Barro Marro.


Para saber más:




domingo, 15 de octubre de 2017

Demasiados mitos en Peña Amaya (y 2).


Dejábamos el asunto en el momento en que las tropas bereberes islámicas desembarcaban en las costas del reino visigodo con la excusa de apoyar a uno de los contendientes.

Peña Amaya con la roca del castillo al fondo.

Teníamos el Ducatus Cantabriae –fundado entre el 653 y el 683-, con capital en Amaya Patricia, una circunscripción administrativa plena subdividida en “territorias” nucleadas por un castrum o castellum. De cada uno de ellos dependía un cierto número de villas y aldeas tributarias. Entre los territoria más relevantes del ducado de Cantabria se encontraban: Carrantia en la fachada atlántica y Campodio, Ripa Iberi, Malacoria, Castella, Mena, Tobalina, Flumencielo y Lantarón en la vertiente mediterránea de la cornisa cantábrica.

Amaya era la única civitas (Ciudad) de la zona y sus castra/Castella más notables eran Vellica, Castrorierro, Tetelia, Área Patriniani, Sobrón y Miranda. El ducado limitaba a levante de norte a sur con los territoria de Vizkai, Alaba, Urdunia, y Alaón que pertenecían al comitatus Vasconiae gestionado por el comes Casius. ¿Los famosos Casio convertidos luego al islam?

En el área de esta nueva provincia visigoda de Amaya se han encontrado monedas godas y broches de la segunda mitad del siglo VI. Los asentamientos son tan numerosos que dejan claro que la campaña de Leovigildo incorporó plenamente Amaya a su reino. Las acciones de Sisebuto se producirán más al oriente.


Y todo esto se desmorona por la ambición de los Witizanos. Los árabes, utilizando la todavía empleable red de vías romanas se desbocaron hacia las diferentes ciudades y fortificaciones visigodas para su dominio. Más fáciles en las poblaciones de partidarios de Witiza, al ser sus teóricos aliados, que en las demás. Los witizanos colaboraron con los vencedores, pero bien pronto comprendieron que los musulmanes iban a ser los nuevos amos.

Unos meses después de la batalla de Guadalete, las tropas musulmanas al mando de Táriq llegaron a Toledo. La ciudad aterrorizada se rindió mediante un pacto y el caudillo musulmán entró en ella el día 11 de noviembre, día de San Martín. La mayoría de la nobleza había huido pero no de los moros sino de los witizanos. Aun así, a ciertos señores que se habían quedado en Toledo Táriq los mandó matar. ¿Y el pacto? Pues parece que el crimen fue instigado por Oppas, hijo del rey Egica, hermano de Witiza y metropolitano de Sevilla que venía con los africanos. Otros que habían huido y fueron capturados también sufrieron la misma condena. Eran magnates visigodos que se habían distinguido por su enemistad con los witizanos o no les habían prestado el apoyo que ellos esperaban. El cronista descargaba las culpas sobre Oppas más que sobre los musulmanes.

El rey don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete

Sin tomar aliento, los agarenos entran en Clunia. Enfilan la vía de Cantabria y, cruzan el Arlanza para llegar ante los riscos de Amaya que saquearon pero sin destruir. Ahí pararon porque lo importante era dominar las poblaciones importantes y no todos y cada uno de los poblados. Además era peligroso internarse con poca fuerza en el laberinto de las montañas.

Dicen que gobernaba en Amaya el dux Pedro. Durante un tiempo se le mitificó haciéndole hijo del rey Ervigio seguramente buscando enaltecer su linaje y el de sus descendientes. Probablemente fuese godo como las tropas a su mando. Una leyenda sueña con que está enterrado en Tedeja, en Santa María de los Reyes Godos. Y, lo más importante sobre el dux: será el padre del futuro Alfonso I del reino Astur. Irónicamente, por esta vinculación sabemos de la existencia del ducado de Cantabria.

Imagen de Justo Jimenez

Me explico: es la Crónica Albeldense quien dice que Alfonso I es hijo de Pedro a quien titula como Dux de Cantabria y cita a Amagia (Amaya). Según Martínez Díez esto se confirmaría indirectamente por el título de duque que se le da también en la crónica Silense y por el apelativo de Amaya Patricia que solo se daba a las sedes ducales.

Tarik ben Ziyad, está el año 712 en Amaya y, probablemente, después en Astorga descabezando las provincias ducales visigodas de Cantabria y Asturias. Esto permitió a Muza ibn Nusayr concertar, con los notables de Yilliquiyya (Galicia) que salieron a su encuentro el año 714, una ponderada carta de amán, tras haber hecho lo propio con el bilad al-Baskunis o comitatus Vasconiae. Según Pérez de Úrbel los de Amaya rechazaron el Amán “pero se vieron obligados a capitular después de un asedio, que no debió ser muy largo, pues Muza tiene tiempo para reanudar aquel paseo victorioso, entrando en Lacóbriga (Carrión)”.

Gracias a pactar el islam pasó a controlar la generalidad de la cornisa cantábrica, creando circunscripciones administrativas de nueva planta: una en la costa, con capital en Gijón -la kura de Asturias-, que se extendía por el borde litoral hasta el Nervión, y dos en el interior, la kura de Amaya y la kura de Alaba wa Quilá. Las gestionaban los segmentos correspondientes a los viejos complejos técnicos de Cantabria, Autrigonia y Caristia. Unos y otros datos prueban que los pactos que Muza ibn Nusayr concertó el 714 con los notables del bilad al vascunis o comitatus Vasconiae y con los de yilliquiyya —representaba en este sector por el Ducatus Cantabriae, sometido, sin embargo, a la fuerza con anterioridad— funcionaron inicialmente con absoluta naturalidad.

Desembarco de Tariq (por Ángel Pinto)

¿Cómo pudo ser? ¿Cómo lograron unos pocos soldados musulmanes dominar el reino visigodo tan fácilmente? ¿Realmente dominaron el norte? Debió ser más fácil de lo que pensamos porque la fulgurante rapidez con que se movieron, la mayoritaria consideración que mostraron con los cristianos, el temor que infundieron tras resonantes éxitos militares como la rendición de Amaya Patricia, y el manifiesto respeto que tributaron inicialmente a los pactos firmados les permitieron hacerse presentes, para recaudar, por todos los rincones del centro y norte peninsular. Una estrategia que aplicaban con más ahínco que la obtención del botín o el exterminio de los vencidos. La gente del libro permanecía viva para pagar impuestos y trabajar.

Así, una base de operaciones tributarias se situó en Gijón para la fachada atlántica lo que era congruente con el estado de cosas del lugar. Allí podían contar con el apoyo interesado de los titulares hispanogodos de las villae esclavistas de la llanada central asturiana, dispuestos a mantener la mejor relación posible con cualquier poder que les garantizara tres cosas: respeto a su estirpe, tributación ponderada y amparo al patrimonio y al régimen laboral que les sustentaba.


Entre esos terratenientes estaba Pelayo que, constituido en rehén para garantizar el pacto concertado por sus pares, participó activamente, además, en las delegaciones que ejercían la diplomacia entre las tierras del norte y la capital del emirato.

Hubo mucho “templar gaitas” con los moros porque los caudillos estaban encantados con una dominación que les permitía mantener su estatus o mejorarlo convirtiéndose al islam. En las serranías del norte la fórmula islámica, y su tributación, fue bien acogida por los funcionarios hispanogodos y por los líderes campesinos que pactaron y se convirtieron a tiempo, pues, en contrapartida, les permitió seguir ejercitando la actividad recaudatoria que habían desempeñado al servicio del Estado bárbaro por más de un siglo.

También se intensificó el resentimiento de aquellos que, como Alfonso y Fruela, hijos del dux Pedro de Cantabria, habían perdido una prometedora carrera política. Sepamos que, cuando quisieron integrar el ducado de su padre en el reino astur, tuvieron que reestructurarlo comarca por comarca, síntoma de que había pasado por completo a manos del islam.


La victoria de Pelayo contra el general Alkhama en Covadonga vació de moros una amplia zona; unificó los segmentos ducales trasmontanos de Asturias y Cantabria en un solo reino que quedó afianzado con la boda de Alfonso I, primogénito del dux Pedro, con Ermesinda, hija de Pelayo; reintegró al cristianismo a los tornadizos; y, finalmente, realineó a los terratenientes con el triunfador.

Alejados de esa zona libre de armas moras es muy probable que hubiese conversiones al credo coránico de una porción significativa de los cristianos nativos, que se constituyeron en muladíes al menos por tres décadas. Y con ello, poco dados a rebelarse y a “recuperar” un espíritu de “indómito montañés”. Lo prueban las fuentes musulmanas que establecen una relación de causa a efecto entre el posterior desalojo del islam del espacio astur y reintegro instantáneo de los tornadizos al cristianismo.

Tampoco se crean que la rápida conquista musulmana del norte fue un paseo triunfal, aunque se rindiese Amaya, como apuntan las interesadas crónicas musulmanas. Los años previos al levantamiento bereber nos encontramos con la revuelta de Pelayo y un incremento de la tensión tributaria. El larvado contencioso entre los cristianos y los agarenos cobró un sesgo nuevo cuando la espantada beréber prendió el 740 por las serranías norteñas y por la Meseta Superior como remoto eco del formidable levantamiento que promovieron sus hermanos del Magreb contra la insultante prepotencia –hoy diríamos “supremacismo”- de los árabes.

La batalla de Guadalete (Ángel Pinto)

Estimulados por el éxito de los norteafricanos, los beréberes del centro-norte peninsular, que se habían hartado de malvivir, se replegaron belicosamente hacia el sur, ahuyentando o eliminando a su paso a los escasos contingentes árabes aposentados en las ciudades y enclaves más relevantes del arco montañés.

Aunque la retirada de los mahometanos se prolongó algo más y, en realidad, no se consumó totalmente hasta el año 754, lo cierto es que, tras la deserción de los beréberes —precisamente los responsables del control militar de la cristiandad—, las posibilidades de mantener sus propósitos tributarios y destinar parte de ese tesoro al mantenimiento de las estructuras del estado islámico resultaron imposibles a partir de los años cuarenta del siglo VIII.

Este repliegue de los conquistadores provocó el estupor de los recientes muladíes que pasaron a ser neófitos musulmanes, condición que la parálisis expansiva de los astures impidió que se convirtiera en un inconveniente mayor. Estos hispanomusulmanes decidieron aferrarse a su nueva fe tras el rápido e inopinado repliegue beréber. Les daba un poco igual estando en tierra de nadie. Una u otra religión solo les servía para poder resistir moralmente mejor la desestructuración que amenazaba con aplastarlos.


Ahora Alfonso I avanzará. “Yermó los campos que llaman góticos, hasta el Duero”, dice la Crónica de Albelda en 884; y tanto la Albendense como la de Alfonso III, mencionan una veintena de ciudades fuertes que tomó y destruyó, desde Saldaña a Miranda, desde Amaya a Sepúlveda. O sea, reconquistó Amaya sin enemigos en ella. Desgraciadamente, Alfonso I no tenía medios para defender aquellas regiones y optó por convertir esa tierra en un “desierto” estratégico. Hubo, sin duda, grupos de campesinos, pastores y cazadores que resistieron en esa tierra de frontera pero ajenos a cualquier rey o califa.

Durante el reinado de Alhaquem I, año 802, se cita Amaya en la crónica de Ibn Hayyán en relación con la rebelión de la familia Banu Qasi (Los Casio) contra el gobernador Amrús que nos sirve para dudar de la supuesta despoblación de la plaza entre el 712 y el 860. Ahonda en este sentido la campaña árabe de represalias del 806, recogida en los anales compostelanos, y que se dirigió a la zona del Pisuerga. Es aceptable suponer que su objetivo fuese el valle alto –próximo a Amaya- y la razón podría ser una repoblación que había que frustrar. Siguiendo con las conjeturas pudieron arrasar cualquier hipotética defensa en Amaya. Nos veríamos entonces con unos poderes locales más interesados en dominar “su” territorio que en defenderse y atacar a los moros. Gracias a la cita del 802 tenemos un “duque”, “conde” o lo que sea en Amaya que se puede coaligar con sus equivalentes de la zona de Álava y de Castilla Vieja para la defensa mutua de sus intereses.

Diego Porcelos

Será Ordoño I quien en el año 856 ordene a Rodrigo, primer conde en Castilla conocido, que repueble y fortifique el lugar. Amaya se convierte así en otra fortaleza del frente asturiano y en núcleo del naciente condado de Castilla. Una tradición oral sin base histórica dice que era tal su fama y prestigio como frontera y vigía que bajo el mandato del conde Diego Porcelos, en el año 922 -algo imposible, pues había muerto muchos años antes- se hizo desviar el Camino de Santiago que atravesaba Álava para hacerlo discurrir por Briviesca y Amaya en dirección a Carrión de los Condes y Astorga. Pues eso, que esta leyenda tampoco es cierta.

En el año 989, las huestes de Hisham II pusieron cerco y arrasaron de nuevo la población en lo que fue la última batalla librada bajo sus murallas. Nuevamente arrasado el asentamiento, su repoblación, definitiva se produciría en tiempos del rey Ramiro II (Rey del 931 al 951).

La magia de este lugar es tal que se la asocia, incluso, a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, porque una de las fuentes de su genealogía, la primera de ellas, la más antigua, próxima a la muerte del Cid, la “Historia Roderici”, comenta: “El origen de su linaje parece que es este: Laín Calvo engendró muchos hijos, entre los cuales estuvieron Fernando Laínez y Bermudo Laínez. Bermudo Laínez engendró a Rodrigo Bermúdez. Laín Fernández engendró a Nuño Laínez. Roderico Bermúdez engendró a Fernando Rodríguez, el cual engendró a Pedro Fernández y a una hija llamada Eilo. Nuño Laínez tomó en matrimonio a esta Eilo y engendró en ella a Laín Núñez. Laín Núñez engendró a Diego Laínez, el cual engendró a Rodrigo Díaz Campeador en una hija de Rodrigo Álvarez, que fue hermano de Nuño Álvarez, el cual tuvo el castro de Amaya y muchas otras provincias de aquellas regiones”.

Obviando la poca credibilidad de estas cadenas familiares destacaremos que este parecía ser un lugar relevante, en tanto en cuanto, que interesaba enlazarlo con el famoso guerrero. Un vistazo al mapa de la zona nos informa de su condición de guardiana del norte por su ubicación en las últimas estribaciones de la cordillera Cantábrica, vigilando una de las rutas de acceso.


Será en el siglo XII cuando la población baje al llano inmediato. Arriba sólo quedaría la guarnición de la fortaleza. El rey Alfonso VIII de Castilla (1155-1214) entregó Amaya y otras poblaciones a Leonor de Plantagenet, hija de Leonor de Aquitania. En 1217 esta población pertenecía al patrimonio real pero estaba usurpada, a la vez que su castillo, por Álvaro de Lara. El rey Fernando III, el santo, se la exigió. Los Lara desobedecieron y Álvaro terminó preso en Valladolid hasta que cedieron.

Aunque en 1296 Juan de Lara retuvo Amaya. La fortaleza continuaría en uso al menos hasta el siglo XIV según la documentación superviviente. Desde entonces desaparecen las menciones en las fuentes y se convierte en cantera para las casa de la población.  ¡C'est la vie!

Un último asunto. ¿El cerro de Amaya se llamaba así cuando fue ocupado o reocupado en la Edad del Hierro? ¿Ocurrió lo mismo cuando se re-reocupó? ¿Vetones y Lusitanos hablaban la misma lengua indoeuropea, no céltica, que turmogos y cántabros? Las inscripciones procedentes de Peña Amaya están tan fragmentadas o deterioradas que requieren la máxima prudencia. Únicamente hay tres nombres indígenas, también conocidos y usados por lusitanos y vetones: Auga; [---]ria Avita; [---]+o Pintoviq(um). Esto confirmaría, con las debidas cautelas, la unidad lingüística de turmogos-cántabros, vetones y lusitanos, toponímica y antroponímicamente. Y Amaya debió pertenecer a alguna de las ciudades cercanas.

Y, es que, a excepción de “Mugas”, el único término prerromano cuya etimología se ignora es “Amaya”. Para su esclarecimiento acudimos a territorio lusitano, donde existía una ciudad que griegos y romanos escribieron como “Ammaia” que, incluso, funcionaba como nombre de mujer. ¡Cómo hoy! Por consiguiente Amaya, igual que la cercana Ulaña, pertenece al acervo lingüístico que introdujeron los indoeuropeos en nuestra Península: vetones y lusitanos tenían muchas cosas en común con cántabros y turmogos, por lo que la existencia en sus territorios respectivos de nombres iguales o similares es verosímil y perfectamente explicable.

Estelas de Amaya

El término podría también reposar en la raíz prerromana “mar/mor”, que significa “agua quieta”.

Otra línea de estudio es ver que la raíz del topónimo “Amaya” es indoeuropeo y quiere decir “am(ma)” o “madre”. La raíz “amma” está bien documentada entre los pueblos indoeuropeos que poblaron la Península Ibérica, entre ellos los lusitanos. El sufijo io-ia también lo es y se utilizaba para formar nombres de acción o topónimos, lo cual implica que el significado de Amaya o Amaia es “ciudad madre” o, como se denominaría más adelante, “la capital”.

En euskera Amaia significa “el límite, el fin” o “la frontera”. En la internet hay viejas polémicas sobre la etimología de esta palabra. Me temo que causadas por motivos políticos más que históricos. Se pueden leer cosas como: “Etimológicamente, el nombre de AMAIA/AMAYA ha sido tenido por vasco, intentando explicarlo mediante la palabra del dialecto vizcaíno amai "fin", "término" + el sufijo -a "el, la, lo", justificando así al hecho de estar aquélla en los confines de la Cantabria lindante con las tierras de los vacceos” o esta otra visión: “AMAYA (Sobre el topónimo de) Según su significado de “confín, término” aparece, a veces, en el románico como “AMAYA de X” o, inversamente “X de AMAYA”, como “Valle de AMAYA”, “Tierras de AMAYA”. Deriva en MAYA, como MAYAmendi/Monte MAYA en el confín Pirineo (mal llamado “Mesa de los Tres Reyes”, por eso de que “mahai” significa “mesa”). AMAYUR>MAYOR “confín de la vertiente de aguas” (del Bidasoa). MAYA deriva en MAI>ME en ATAME “puerto del confín” en Basaburua (Nav.), MAYALDE, etc. Los componentes son reversibles en la posición: MAYOR/ROMAI, ATAME/META/MATA que derivan en MESA, MAIZA, MIEZA, MAIZ, MAYALDE/ALDAMA, etc. Comparte la forma de AMAYO, como en ARAMAYO “término del alto valle” (del Deva en este caso), TAMAYO “término del puerto, paso” que invierten ARAMAYO/MAYORA, TAMAYO/MIOTA, etc.”

En la toponimia actual aún encontramos, aparte de los que llevan el sobrenombre de Amaya por hallarse cerca de su emplazamiento, los pueblos de: Amayas (Guadalajara), en el interior de la Celtiberia; Amayuelas de Arriba y de Abajo, (Palencia), en territorio vacceo limítrofe con los cántabros; y Amayuelas de Ojeda (Palencia), en territorio cántabro, al noroeste de Amaya.

Claro que, existe una teoría más divertida por parte del proclamado (por algunos) primer historiador de Vizcaya. Un párrafo del libro XX de las “Bienandanzas e fortunas” de Lope García de Salazar dice:

“La casa e linaje de los Manriques, su fundamento fue de un cavallero que llamaban Manrique, que vino desgradado o aventaroso de Alemaña. E pobló en Campos, cerca de la peña de Amaya, e por quel era de Alemaña, e pobló cerca de aquella peña, llamaron la Alemaña, e corrompiéndose aquel lenguaje, llamose Amaya, e salieron deste Cavallero muchos buenos, que sucediendo de vno en otro, fueron mucho perversos, en tanto grado, que desian las gentes que eran fijos de un diablo, porque cada vez que moría alguno dellos, caya una peña dencima de aquella grande peña; pero esto no es de creer, ca del diablo nunca nació cosa buena, ca deste linaje ha avido e ay muchos buenos Cavalleros”.


Bibliografía:

“Peña Amaya y Peña Ulaña: toponimia y arqueología prerromanas” por Miguel Cisneros, Javier Quintana y José Luis Ramírez.
“La Castilla germánica” por José María Sánchez Diana.
“La conferencia de fray Justo Pérez de Urbel. Origen y camino de los repobladores de la Castilla primitiva.”
“Los obispos hispanos a fines del imperio romano (ss IV-VII): el nacimiento de una élite social” tesis doctoral de Manuel Prieto Vilas.
“Peña Amaya: el otro santuario de la reconquista” por Alfonso Romero, Ingeniero.
“Las leyendas de los señores de Vizcaya y la tradición melusiniana” por José Ramón Prieto Lasa.
“Bienandanzas e fortunas” de Lope García de Salazar.
“Historia de Castilla de Atapuerca a Fuensaldaña” por Juan José García González y otros autores.
“Burgos, torres y castillos” por Fray Valentín de la Cruz.
“Atlas de la Historia de España” por Fernando García de Cortázar.
“Amaya y Peones” por José Lastra Barrio.