Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


lunes, 14 de agosto de 2017

Palacio torre del Mayorazgo de los Isla de Villalaín.


Los palacios renacentistas de Las Merindades son los grandes olvidados de nuestra arquitectura. Reflejan un momento de innovación arquitectónica y de apertura cultural, militar y comercial de nuestra comarca. El valle de Valdivielso es un ejemplo de edificaciones supervivientes y es un grato paseo recorrer sus pueblos y sus casonas. En otras zonas, como es el caso de Villarcayo y de Villalaín, la supervivencia de las mismas ha sido casi imposible y las guerras, la avaricia o la desidia las han convertido en ruinas o en carga para camiones de piedra con destino a rellenos o chalets de dudoso gusto.

Palacio de los Isla de Villalaín (2016)

Los viejos edificios renacentistas son caserones y palacios construidos para la vida doméstica, sin estridencias. Las fachadas nos gritan, a veces con voz inteligible, los apellidos de sus ilustres habitantes.

Foto antigua de la Asociación Española de Amigos de los Castillos.

El palacio torre de “los Isla” (aunque luego perteneció a los Vivanco y a los Angulo) – registrado también como Casa torre de los Díaz Isla- lo tenemos a la entrada del pueblo, en la carretera general de Villarcayo a Burgos. Tenemos una torre, una vivienda y un poco más alejada se ve la ermita de Santa María de Torrentero, vinculada a la familia Isla. Tanto la casona como la ermita, fueron declarados bienes de interés cultural en 1992 (Decreto 89/1992 JCyL) por la Fundación de Patrimonio Histórico de Castilla y León y, como tales, permanecen en un completo abandono. En especial la casa palacio y su torre que resultan prácticamente irrecuperables.



El linaje de los Isla surgió en el lugar homónimo del ayuntamiento de Arnuero en el partido judicial de Santoña (Cantabria). Según el genealogista Luis Varona, fue señor de este palacio Gómez Fernández de Isla que la vincularía al mayorazgo. Le sucede su hijo Pedro de Isla, abuelo de Teresa Alonso de Isla que casó con Juan Rodríguez Varona. Heredó esta casa una descendiente legítima de Pedro de Isla que casó con su primo Diego de Vivanco. Tuvieron a María Gómez de Isla que casó con el capitán Pedro Díaz de la Peña (No olviden a esta pareja porque volverá a salir).

Vista del interior del caserón (2016)

El sucesor del mayorazgo fue Pedro Díaz de la Peña Isla, bautizado el 7 de noviembre de 1576, que casó con Ana de Isla. Esta era hija de Antonio de Isla y de Isabel Pérez, vecinos de Carrión. Fueron padres de Mariana, Ángela, Vicencia y Pedro. Sucedió en el mayorazgo Mariana Díaz de la Peña Isla que matrimonió con Juan de Angulo Cachipín, natural de Villanueva de Ladrero que tuvieron a los siguientes hijos: Juan, Sebastián, Pedro, Tomás, Francisco y Mateo.


Pedro Angulo Díaz de la Peña Isla casó con María de la Torre, hija de Andrés de la Torre Ángulo y Teodora Brahona, vecinos de Villarcayo. Su descendencia: María, Ángela, Pedro, Manuel, Juan (nacido 31/12/1665), José, Gabriel Antonio y Gregorio Francisco.

Juan Angulo de Isla, casado con María Fernández de Sedano Salazar, fue padre de Andrés y Bartolomé Angulo de Isla. Andrés casó con su prima María Sáenz de la Peña y tuvieron a María Isabel, nacida el 26 de noviembre de 1713, Catalina Rafaela y juliana Águeda.

Detalles del Palacio de los Isla.

Tenían capilla y entierros en el Real Monasterio de Nuestra Señora de Rioseco y allí existía, según Varona, una bandera con el escudo de la familia.

Torre (2016)

Desde el interior del palacio se accedía a la torre de cuatro alturas situada en el extremo norte del conjunto. Es cuadrangular, con casi siete metros de lado. En sus lienzos se abren pequeños vanos, algunos adintelados y otros de arco de medio punto. No hay almenas. Seguramente de los siglos XV-XVI.


Adosado a la torre tenemos el cuerpo del palacio, la vivienda, con fachada de buena sillería y balcón. Es de solo dos alturas. Sería del siglo XVII. El escudo heráldico de los Isla aparece en la parte delantera, sobre una columna, y preside un patio cerrado con ripio (salvo la esquina) al que se accede por dos portalones trabajados con piedra de buena labra. Sobre la causa de que el escudo aparezca tan desplazado, junto a una obscena puertezuela, se debe a que estaba en una columna centrada entre dos arcos y que hoy en día –por el deterioro y la hiedra- no se distinguen. La columna citada merece un poco de atención. Parece que su capitel es una basa de orden corintio reciclada (nada extraño) que no coincide en sus dimensiones con el fuste.




El escudo de armas es de campo partido. En el primer campo aparece un castillo mazonado y donjuanado, sobre ondas de agua, y surgiendo de su homenaje un brazo armado que sujeta un estandarte. En el otro cuartel vemos una barra engolada en boca de dragones, cargada con tres flores de lis mal ordenadas y acostada por dos ruedas de carro. Son las armas de Isla. Según Varona el primitivo escudo de esta familia era: Castillo aislado y en él una bandera blanca con tres flores de lis.

Puerta principal (2016)

Los portalones exteriores son de arco de medio punto con grandes dovelas. El del lateral del patio es un arco simple por lo que podemos pensar que fuese el acceso secundario. Es de sillería, mampostería y fábrica revocada. Cierra el área con la casa extrema del complejo. El otro arco, el principal, está frente a la entrada y está flanqueado dos pequeños cubos almenados, con aspilleras en forma de cruz, de carácter decorativo. Su fábrica es de sillería y mampostería, con recercado de huecos en la sillería.

Puerta secundaria (2016)

Esquina de buenos sillares

Una vez entrado en el patio del conjunto observamos una puerta de factura posterior, muy posterior seguramente, al palacio. Esta fue la entrada tras la obra de sillarejo que cegó los dos arcos de entrada al patio interior de la casa y que desembocaba en la escalera renacentista por la cual se accedía a la primera planta y a la torre. La misma escalera fue cerrada con otra puerta de baja calidad y tosco muro. Si somos capaces de acceder y empujar la puerta de entrada podremos observar el pasamano de sillares de piedra rebajados similares a los presentes en un conocido palacio renacentista de Puente Arenas.


Imaginémonos entrando en el patio por el arco principal y encontrarnos frente a nosotros un zaguán visible a través de los amplios arcos -al que se podría acceder montado- y con el pasamano de la escalera de grandes sillares y los escalones de nariz en saledizo (borde redondeado) invitando a pasar a la zona noble.

Detalles de los escalones y la puesta interior.


Detalle del pasamanos.

Actualmente gran parte de la torre y del edifico están cubiertos de hiedra. Pequeños detalles como la ventana enrejada dan un toque de decadente romanticismo pero alejado de la artificiosidad de los preparados jardines decimonónicos.


Parte posterior del Palacio de los Isla.


Siguiendo el camino posterior nos encontramos con la ermita, capilla del palacio. Originariamente fue románica pero la reformaron en los siglos XV y XVI. En su interior cuenta con pinturas murales y arrastra la leyenda de que albergó la tumba de Laín Calvo, uno de los legendarios jueces de Castilla.

Ermita de Santa María de Torrentero.

Otra de las características del renacimiento fue un cierto gusto por la historia y por difundirla. Independientemente de que los testimonios literarios, las fuentes, fuesen reales o ficticios. En este ideal se podría enmarcar la inscripción dispuesta en el arco de la cabecera:

“HOC OPVS FECIT FIERI GVNDISALBVS / FERNANDEZ YSLIENSIS DO/MINVS DOMVS ET DOMINI YSLIENSU/S IN IPPIDO QVI VOCATVR BILLA/LEIN ANNO MILLESIMO CEN/TESIMO TREDECIMO”.

Su traducción “Esta obra mandó hacer Gonzalo Fernández de Isla, señor de la casa y del señorío de Isla, en la casa fuerte de Villalaín”. La factura y su fechado dejan evidencia de que es una invención para dar “lustre” a la familia Isla que hacia el siglo XVI tenían esta propiedad y la iglesia, aunque la fecha indicada del siglo puede servir al templo románico.




Lo que vemos tiene planta rectangular, espadaña a los pies con hueco y portada de acceso de medio punto, con escudo. Es una ermita de una nave con cubierta inclinada de teja y cornisa de piedra. La cabecera destaca por ser de mayor volumen, con contrafuertes diagonales y bóveda gótica. Fábrica de mampostería, con recercado de huecos en sillería. Del edificio del siglo XII se conserva el presbiterio con capilla cuadrangular, apenas iluminada en su día por una sencilla ventana con arco de medio punto doblado ilustrado con sogueado, que apoya en cimacio de rombos sostenido por sendas columnas. Actualmente está cegado el vano por tener en su interior un retablo barroco.


Un arco de triunfo doblado, con cierto apuntamiento, da paso a la capilla mayor que se cubre con bóveda de cañón apuntado, con sencilla imposta. Hacia 1500 fueron ilustrados los muros de la cabecera con pinturas murales representando el Calvario y el Apostolado, obra de Pedro Muñoz, artífice conocido en varias obras en Las Merindades.


En el siglo XVI se amplía el viejo edificio románico dentro del gusto de tradición gótica, añadiendo en el costado septentrional una nave como capilla funeraria de los propietarios disponiéndose el sepulcro con efigies yacentes del matrimonio formado por Pedro Díaz de la Peña, capitán de infantería, y María Gómez de Isla. Lo hicieron como poseedores del Mayorazgo de Isla y, sobre los bienes libres, fundaron una renta para las reparaciones de la capilla y misas por sus almas. Era el año 1607 y lo reflejaron en su sepulcro.

Torre en 2016

Vieja imagen de la torre (Asociación Española de Amigos de
los castillos).

La existencia de una pintura de la Guadalupe del Tepeyac, de época barroca, nos hace pensar en que algún Isla pudo acumular dinero en ultramar y destinar una parte a embellecer sus propiedades en Villalaín.

Entrada en 2017

En un estudio realizado por la arqueóloga Zoe Escudero Navarro para su posible restauración se descubrieron, al levantar el suelo, treinta enterramientos (uno de ellos un posible soldado napoleónico) que estarían vinculados con la familia de los Isla. Una de las tumbas protegía tres cadáveres, un hombre, una mujer y un niño pequeño, presumiblemente una familia víctima de alguna epidemia; y había cadáveres con una moneda en una mano.



Bibliografía:

“Historia de Burgos” Arte románico. Salvador Andrés Ordax.
“Catálogo arquitectónico de Villarcayo de Merindad de Castilla la Vieja” por Leopoldo Arnaiz Eguren.
“Torres y castillos burgaleses” por Gonzalo Miguel Ojeda.
“Patrimonio WEB” de la Junta de Castilla y León.
“Blasones y Linajes de la provincia de Burgos. Partido Judicial de Villarcayo” por Francisco Oñate Gómez.
“Villarcayo, capital de la comarca Merindades” por Manuel López Rojo.
“Románico Digital.com”
Fundación Santa María La Real.


Para Saber más:



Puede interesarle:

Dos palacios de Cadiñanos. (Primero, el primero y, luego, el segundo)

Dedicado a María Jesús Gallo. 
Y a Isabelo y Juana por  sus 61


viernes, 4 de agosto de 2017

“Menos lobos”


Hoy polisemia que según la Real Academia de la lengua Española (R.A.E.) es la pluralidad de significados de una expresión lingüística. Vamos, que “lobo" puede ser muchas cosas.


Fuera de la común –e interesante en nuestro caso- de “Mamífero carnicero, semejante a un perro grande, pelaje de color gris oscuro, cabeza aguzada, orejas tiesas y cola larga con mucho pelo, salvaje, gregario y que ataca al ganado” tenemos otras muchas: desde la “persona sensualmente atractiva” a la “locha (un pez) de unos doce centímetros de largo, color verdoso en el lomo, amarillento en los costados y blanquecino en el vientre, con manchas y listas parduzcas por todo el cuerpo, y seis barbillas en el labio superior”.

El R.A.E. contiene otras varias, algunas realmente curiosas, que vamos a adjuntar:

  • Escualo de la familia del cazón, sin espiráculos, de hocico más romo y que alcanza un par de metros de longitud.
  • Máquina usada en hilandería para limpiar y desenlazar el algodón, consistente en un tambor cónico erizado, que gira dentro de una caja de la misma forma, llena de púas en su interior.
  • Garfio fuerte de hierro que usaban los sitiados desde lo alto de la muralla para defenderse de los sitiadores.
  • Masa sólida e infusible de hierro que queda depositada en el crisol de un horno, después de un largo período de funcionamiento.
  • Embriaguez, borrachera.
  • Lomo no removido por el arado, entre surco y surco.





Además el término es usado en diversas expresiones del lenguaje diario como:

  • Lobo de mar: Marino viejo y experimentado en su profesión.
  • Lobo marino: foca.
  • Camada de lobos: Personas que por tener unos mismos intereses o inclinaciones no se hacen daño unas a otras. Tiene cierto sentido peyorativo.
  • Dormir con el lobo: Dormir mientras dura la borrachera.
  • Esperar del lobo carne: Esperar algo de quien lo quiere todo para sí.
  • Menos lobos: Locución para tachar de exagerado lo que alguien dice.
  • Tener el lobo por las orejas: Hallarse excesivamente perplejo.
  • Boca de lobo: Lugar muy oscuro. Estar oscuro como boca de lobo.
  • Cabeza de lobo: Cosa que se exhibe u ostenta para atraer o recompensar el favor de los demás.
  • Can que mata al lobo: expresión para referirse a los perros mastines.

Cazón


Por supuesto, localismos americanos:

  • En la América colonial, nacido de indio y negra, o de negro e india. 
  • En Chile. Arisco, huraño.
  • En Perú: astuto, agudo.


Y su presencia en los nombres de diversos elementos:

  • Cerradura de loba: cerradura en que los dientes de las guardas son semejantes a los del lobo.
  • Diente de lobo: Bruñidor de ágata que usan los doradores o especie de clavo grande.
  • Hombre lobo: hombre que, según la tradición popular, se convierte en lobo las noches de plenilunio.
  • Pedo de lobo: Hongo de color blanco, cuyo cuerpo fructífero, cerrado y semejante a una bola, a veces muy voluminosa, se desgarra cuando llega a la madurez y deja salir un polvo negro, que está formado por las esporas. Se empleaba para restañar la sangre y para otros usos. También es una persona cascarrabias.
  • Pozo de lobo: Pequeña excavación disimulada con ramaje y con una o varias estacas puntiagudas clavadas en el fondo, que sirve para la guerra o para cazar. Esta definición sí tiene relación con las loberas, aunque lo que se espera capturar en el agujero es un enemigo en una guerra.
  • Salto de lobo: Zanja abierta para servir de límite a un cercado e impedir el paso sin quitar la vista.


Lobera de Castrobarto (cortesía de Tierras de Burgos)

Y esta última definición nos lleva a la lobera del día: la lobera de Castrobarto. Esta lobera se encuentra en la Junta de Traslaloma. Se la data entre los siglos XVII-XVIII, y a sus batidas acudían gentes de Castrobarto, Las Eras, Lastras de las Eras, Colina, Villatarás e incluso gentes procedentes del Valle de Mena, de localidades como Cadagua y Lezana, de las que existe el testimonio de personas que acudieron a las batidas a comienzos del siglo XX. Con la participación de esos pueblos meneses, el lobo veía impedido su descenso al Valle de Mena a través de los pasos de La Magdalena y Pico de Cantonad.


La tenemos en una ladera del monte La Lobera (Ajustado el nombre, por cierto). Pero cuidado porque otras fuentes la colocan en el monte de Arriba y el monte de Abajo de Castrobarto. El profundo precipicio cercano fue un elemento acentuador de su efectividad. Nada nuevo en nuestras loberas. Su grado de conservación es alto pudiéndose apreciar su estructura completa Conserva los restos de una posible cabañuela con forma semicircular, de 150 m de ancho por 2`20 m de largo, ubicada a unos 30 m del foso y abierta hacia esta estructura.

Cortesía de Tierras de Burgos.

La longitud de las paredes es de 470 m para la pared norte y 270 m para la sur (740m en total). Pero el tema de las medidas siempre es dudoso porque hay otras consistentes en: Longitud total de 705`90 m; 478`30 m la pared izquierda; y 227`60 m la derecha. Esta última se ve interrumpida por una portillera de 1`30 m y un derribo de unos ocho metros para permitir el paso de carros. Los tramos de pared próximos al foso presentan una altura de cerca de dos metros. El espesor de los muros es de unos ochenta centímetros.


El foso es una estructura rectangular de 5`78 m de largo interior por 2`30 m de ancho interior. Su profundidad es de 2`50 m y cuenta con una escalera que baja hasta el mismo, una curiosidad no vista en otras loberas. Su superficie es de unos 17 metros.


Según F. Murga, esta lobera también se empleó para cazar caballos losinos. Estos pastaban libremente en todos los montes de La Peña.


Bibliografía:

Diccionario R.A.E.
“Loberas en Las Merindades (Burgos)” Judith Trueba Longo.
“El trampeo y los demás artes de caza tradicionales en la península ibérica” por Moisés d. Boza.
La lobera de Castrobarto (Tierras de Burgos blog)


Para llegar:

Desde Castrobarto o bien desde Cadagua (Valle de Mena). En ambos casos tenemos que subir a La Magdalena. Si lo hacemos desde Cadagua, tomaremos el camino que lleva hasta el cementerio, destacado por unos altos cipreses. Llegados a este lugar, seguiremos por un sendero que deja a la izquierda el campo santo. Continuaremos sin desviarnos por esta senda que, recorridos unos metros, se convierte en camino empedrado y aparece marcada con las bandas roja y blanca del G.R-85, referencia que no debemos perder de vista ya que guía todo el camino hasta llegar al Portillo de La Magdalena. Una vez aquí, el camino continúa y llega hasta un pinar, donde debemos tomar una pista que parte hacia la derecha. Llegaremos hasta un bosque de acebos y en este punto, seguiremos por la pista que continúa de frente. Pasados unos 200 m, en el fondo de una pequeña vaguada, encontramos, a la izquierda, el foso.




martes, 25 de julio de 2017

Gaztela zaharrako txakolina / el chacolí de Castilla Vieja


Nos vamos a meter en un charco polémico por estar ensuciado por la política. Ahondaremos en la ruta del chacolí en busca de ciertas aclaraciones históricas sobre este vino tradicional.

Mapa del Txakolin del País Vasco

¿Qué es el chacolí? Es el vino de poco cuerpo, ácido, de baja graduación y con cierta agujilla de carbónico producido en lugares donde la uva no alcanza una maduración completa. Características obtenidas gracias a las temperaturas moderadas y la lluvia. El que se produce en el País Vasco está protegido con tres denominaciones de origen según provincia. El Gobierno Vasco luchó en 2010 para que el Chacolí fuese una denominación exclusiva del País Vasco. El tribunal de Estrasburgo dictaminó que no era una referencia geográfica sino un tipo de vino pero el término sigue siendo de uso exclusivo de las D.O. del País Vasco.

El interés económico llevó a que, en mayo de 2006, naciese la Asociación de Amigos del Chacolí del Valle de Tobalina y Frías. En mayo de 2008 se presentó en Villasana de Mena, donde también existe una Asociación de Amigos del Chacolí, un libro escrito por Manuel González, Pedro J. Moreno y Mikel Corcuera, que sostiene que el vino chacolí “puede ser un motor económico” y que “no es patrimonio de nadie, es un vino que se daba en toda la Cornisa Cantábrica en el Medievo, a pesar de que en el País Vasco hayan sido los primeros en aprobar una denominación de origen”.

Diccionario de Sebastián Miñano (1924)

En fin… Lo que interesa a este blog es el lado histórico del chacolí. Desde hace siglos se ha producido un vino de estas características en las comarcas burgalesas de Valle de Mena, Tobalina, la cubeta de Miranda y la comarca de la Bureba con Briviesca a la cabeza. El vino chacolí suele aparecer citado en los diversos diccionarios geográficos del siglo XIX como el de Madoz (1845-1850). El factor común de los caldos de los distintos territorios chacolineros ha sido la falta de madurez adecuada de la uva. Los viñedos y emparrados se localizaban en distintos lugares: en la costa cantábrica; a lo largo de la ría de Bilbao; y en el valle del Cadagua: Valmaseda y Gordejuela. Los viñedos penetraban por el valle de Sodupe y las Encartaciones hasta llegar al valle de Mena (Las Merindades, Burgos). Hay rastro en La Bureba y Miranda. Vale, también emplean el nombre algunos vinos chilenos de las provincias de Petorca y Cachapoal pero nos pillan muy lejos.

Incluso es probable que los viñedos del valle de Ayala deban su origen a las vides procedentes de los valle del Cadagua y Mena, más antiguas. Sabemos por ejemplo que en 1623 la producción de chacolí en el valle de Ayala constituía una fuente secundaria de los recursos agrícolas. Prácticamente en todas las aldeas del valle había algunas fanegas dedicadas al cultivo de la vid pero de escasa producción ya que los muleros traían cada año unas 26.000 cántaras (4160 Hl.) de la Rioja para consumo de los lugareños.


Pero, ¿había o no había chacolí en el Burgos medieval? Desgraciadamente, el uso del término “chacolí” en la documentación data del siglo XVI. Antes se habla de “vinos de la cosecha”, “vino de la tierra” o “vinos tintos, claretes y vinos blancos”. En ningún caso se emplea el término chacolí. El viajero inglés Fisher lo define como: “(...) vino poco alcohólico y de calidad mediocre; es una especie de bebida ligera y rojiza que los habitantes llaman chacolí y que sirve más para refrescar que para fortificar... para obtenerlo se mezclan indistintamente uvas maduras, verdes, sanas y podridas, el vino fermenta poco y mal. Se obtiene un vino desagradable que no se conserva en su punto...”. Por la descripción…

El uso de “Chacolí” será algo más tardío para los territorios burgaleses y cántabros limítrofes con Vizcaya, el siglo XVIII y comienzos del XIX. Será en estos siglos cuando se difunda ampliamente el cultivo de la vid por el interés de producir un vino propio, a pesar de su acidez, y se popularice como bebida asociada al tiempo de ocio y el festejo. Valga para ilustrar esto la Noticia histórico corográfica del Muy Noble y Real Valle de Mena, fechada en 1795 y citada por José Bustamante Bricio (1971), en la que se dice: “Conviene advertir que el vino que se hace con la uva de este país, es de poca fortaleza; le llaman chacolí”.

También comentaba que “Algo más de tres Hectáreas se dedican a producir un vino malo y flojo —achacolinado, dice el paisanaje—, que se bebe, aunque no se deje beber. Cada año de regular cosecha se recolectan unas 384 cántaras, es decir, unos 6.150 litros. La cántara se cotiza a unos tres reales y la casa o casilla del Concejo, precisamente donde se escribe y redacta el memorial, hace también de bodega del vino y lagar para su elaboración y crianza. Falta siglo y medio para que llegue a Mena la plaga del mildiu que acabará con esta producción, pero en el lugar y en otros muchos de Mena, quedarán como topónimos registrados, los nombres de Viñas, Sobreviñas, Majuelo, La Parra, etc”.

Museo de Las Merindades (Cortesía de El lío de Abi)

Pero la aparición del término “Chacolí” no nos resuelve casi nada porque los archivos municipales de algunas villas y localidades de la costa guipuzcoana más oriental –Fuenterrabía, Irún, Pasajes o San Sebastián– guardan documentos que citan la palabra “chacolín” para referirse, también, a vinos Franceses de las zonas de Burdeos y La Rochelle. ¿Por qué? ¿Eran Chacolí de verdad? Podría ser porque eran vinos muy similares a “los vinos de la tierra”. Es como si andásemos en círculos.

Si viajamos por el territorio histórico de este vinillo no encontramos cepas. Para hallar lugares donde hubo viñas nos pueden ayudar la cartografía, la toponimia y los recuerdos de las personas mayores. Incluso el posible hallazgo de parras silvestres o de parásitos de la vid nos marcan las zonas.

Ruta del chacolí Burgalés

Pero que la palabra viajase de norte a sur no parece coincidir con el despliegue de la vid. Respecto de las viníferas de Vizcaya (la Costa y las Encartaciones) se supone que procedían del Alto Ebro (mazuelo, garnacha y tempranillo) y que desde el s. XIV-XV lo más probable es que fueran mayoritariamente las tintas Gascón y Seña. Según Kepa Sagastizabal y M. González la vinífera Folla blanche que constituye la mayor parte de los viñedos de Vizcaya, se implantó en los viñedos de la ciudad de Nantes a fines del s. XIV y parece que fue introducida en Vizcaya vía marítima por los comerciantes que formaban parte de la Cofradía de Contratación. En el siglo XV se convertiría en la variedad dominante de los viñedos de la Costa y del interior. ¿Quizá eso hiciese que los guipuzcoanos llamasen chacolí a vinos de Francia?

En el valle de Valmaseda serían las tintas Gascón y Seña. En las Encartaciones se perdieron las tintas a causa de la plaga del oidium y se sustituyeron por la Parra francesa. El vino que se obtenía era poco alcohólico y de calidad mediocre. Vamos, lo que estamos buscando: un chacolí.


Si retrocedemos hasta el siglo VIII nos juntaremos con aquellos aventureros que tras la retirada de la marea islámica fueron recuperando asentamientos o afianzando nuevos y juntándose con los que rehusaron huir. Y… ¡tenían vides cultivadas! Principalmente para actos litúrgicos y como alimento diario de señores y eclesiásticos, frailes y monjas, y gentes de diversa condición. Unos vinos ásperos cultivados en zonas menores, húmedas y sombrías precursores del “vino de la tierra”. Nos ayudan a comprenderlo los viejos documentos como los de Santa María de Valpuesta, de la iglesia de Taranco en el Valle de Mena o de San Salvador de Oña. De hecho, cuando el abad Pablo “adquiere” tierras para el recién fundado monasterio de San Martín de Losa, se citan, entre ellas, siete viñas cercanas a Tobillas, documentadas hacia el 872.

En este sentido, las actas del becerro valpostano ofrecen numerosas citas sobre la vid, y señalan a Alcedo como el principal centro vinícola de toda la comarca, con su monasterio de Santiago a la cabeza. Seguramente, la orientación de sus tierras en ladera hacia la exposición solar debió de ser decisivo. En la actualidad no hay una sola viña en toda la comarca de Valdegovía.

Diploma de Taranco (Cortesía de Area Patriniani)

Respecto al Valle de Mena, hay que mencionar aquí un documento conservado en el cartulario de San Millán, a pesar de ser apócrifo. Es el acta de donación del abad Vítulo y el presbítero Ervigio de sus bienes al monasterio de San Emeterio y San Celedonio de Taranco, fundado por ellos. El texto indica que se dotaron de huertos y manzanares, y plantaron viñas. Pero al ser apócrifo no podemos asegurar al día de hoy si existieron viñas en el Valle de Mena con anterioridad al siglo XII.

De acuerdo con el Catastro del Marqués de la Ensenada, la extensión de los viñedos al norte de las Conchas de Haro, en el s. XVIII era de 2.144 Ha y a fines del XX, 500 Ha. En el siglo XVIII la viticultura formaba parte de la economía rural en las aldeas del valle de Tobalina, en Valdivielso y en la zona de Medina de Pomar, San Martín de Don, Montejo y Frías. El vino de la zona se agriaba con las primeras calores de mayo y se guardaba el mejor para la venta.

Por lo que respecta a la Bureba, de acuerdo con dicho Catastro la extensión de los viñedos alcanzaba 1.431 Ha, tres veces más que actualmente. En el s. XVI la producción era de 10.500 Hl y había viñedos a partir de Briviesca en dirección norte en Salas de Bureba, Llano de Bureba, Quintana de Bureba, Cillaperlata, Aguilar de Bureba, Trespaderne, Oña, Salas y Poza de la Sal, Tamayo, las Caderechas y el Valle de Tobalina. Se le llamaba con el nombre de “chacolí”.

Página sobre frías en el Dic. Miñano.

En Miranda había vides por todas partes y se citan ya en el Fuero fundacional de 1099, como afirma Cantera Burgos. Solía alcanzar 10 grados. Según los viajeros que pasaban por la villa (Miranda contaba con 350 vecinos), el vino no era malo. La producción de los años 1688 y 1771 llegó a alcanzar 19.458 y 29.168 cántaras respectivamente. En 1891 fue de 70.000. En la Exposición Vinícola Nacional de 1877 celebrada en Madrid, la provincia de Burgos presentó 169 productos enológicos, de los cuales 26 eran chacolís, recibiendo mención especial los procedentes de Cornudilla. El chacolí se empezaba a consumir el día de la Epifanía y se terminaba en Semana Santa en las tabernas de Aquende y de Allende.

La obsesión por cultivar vides no procedía solo de su uso litúrgico o del deseo de emborracharse con algo elegante sino que poseía un valor comercial añadido. Para ello, asentaban en sus propiedades a colonos que plantaban cepas junto con manzanos (a partir del siglo VIII). Lo vemos en el monasterio de San Salvador de Oña que, en 1229, concedió tierras para plantar a colonos por periodos de tiempo que iban de 28 a 80 años. Estos debían pagar los diezmos durante los 8 o 10 primeros años; luego, iban al 50% con el monasterio. Parte de la plantación se conducía en forma de parral, armado sobre madera de sauce, según la colección diplomática del citado año.

Con todo lo dicho entendemos que el viñedo se expandiera por el noroeste peninsular durante el medioevo –más allá del recuerdo romano- con la fundación de monasterios, hospitales y albergues a lo largo del Camino de Santiago.


En la mayor parte de los pueblos incluidos en la geografía del chacolí, como indicaba arriba Bustamante Bricio, se mantienen viejos nombres que reflejan su lejano uso vinícola: La Viña o Las Viñas, El Parral o Los Parrales, Viña Vieja, Soviñas, Mendibiña, Matxueta, Maskuribai, Mastondo, Ardanza... procedentes tanto del castellano como del euskera. Podrían haberse originado a lo largo de los siglos XIX y XX para designar aquellas parcelas en las que habrían perdurado viñas, si bien ya de manera residual y en medio de otro tipo de cultivos más generalizados. Sensu contrario, tenemos documentos de los siglos XVII y XVIII que mencionan heredades en las que hubo viñedos pero cuyos topónimos no lo reflejan. Sería porque en los tiempos en que el viñedo cubría una gran extensión, no sería funcional el empleo de términos como “La Viña” o “El Parral” para designar viñedos en medio de un agro, precisamente, con abundancia de vides y emparrados.

En cuanto al proceso de producción de los chacolís castellanos, la fermentación, siempre con levaduras autóctonas, se iniciaba en el lago, donde se tenía el mosto algunos días en contacto con los hollejos, dependiendo de que se quisiera obtener un clarete – el “ojo de gallo”- o bien, un tinto. Los claretes eran propios de La Bureba y Miranda, donde existían calados subterráneos muy semejantes a los de La Rioja. Los tintos eran producidos en Poza de la Sal, Frías y Trespaderne. Los blancos: del Valle de Mena. El proceso se terminaba en las cubas de distinto volumen, que llegaban a alcanzar las 100 cántaras. Pero la media eran barriles de 40 cántaras.

Para mantener la aguja típica del chacolí, se recurría a conservar el vino en contacto con las lías dentro de las cubas, como también se hacía con los claretes de la vecina Rioja Alta, de forma similar a la técnica del madreo empleada para la obtención de rosados de Prieto Picudo en León. Las clarificaciones se realizaban con cola de pescado o claras de huevo. Las primeras pruebas de chacolí solían coincidir con la Navidad. Tranquilos porque muy poco tienen que ver los chacolís tradicionales con los comercializados actualmente.


Todo esto es muy bonito pero, ¿Por qué no encontramos esas viñas por Las Merindades, La Bureba, Miranda o Valdegovía? ¿Por qué hacia finales del XIX la producción de vino de Mena superaba las 12.000 cántaras (unas 90 hectáreas) y la extensión del viñedo en Frías era de 3.500 obreros, es decir, en torno a 700.000 cepas y ahora hay lo que hay? Les diremos que, aparte de los problemas sanitarios sobre el viñedo, desde la segunda mitad del s. XIX tenemos: la concentración parcelaria; la importación de vinos foráneos para dar de beber a la mano de obra acumulada por la industrialización (caso de Miranda) que, además, no tenía el paladar acostumbrado al ácido chacolí; el robo de las uvas; y el arranque de las cepas.

Pablo Arribas, autor del libro “El chacolí en Burgos: Vino heroico de la primitiva Castilla”, escribe que el chacolí en las áreas burgalesas aguantó hasta 1936 y, añade, que el arranque masivo de cepas se produce en la década de 1970. En la comarca burebana, muchos son los que recuerdan la producción de este caldo en localidades del Valle de Caderechas, Poza de la Sal, Llano de Bureba o Aguilar de Bureba.

Las principales plagas de la zona chacolinera antes de mediados del s. XIX eran la piral, polilla de racimo y araña roja. A partir de la segunda mitad, sin embargo, se fueron haciendo patentes los síntomas de las enfermedades criptogámicas oídio y mildiu. El primer hongo citado fue encontrado en los viñedos del Ebro, a su paso por Miranda en 1855. El segundo hacia 1885. El impacto sanitario de oídio contribuyó a que la producción mirandesa de 30.000 cántaras en 1821, se redujera a 11.541 en 1861. Gracias al empleo del azufre en polvo para combatir al parásito norteamericano, se superaron las 36.000 cántaras en 1884. Ambos patógenos afectan también a las poblaciones silvestres de la zona.


En cuanto al asunto de las vides silvestres, las encontramos en el Valle de Ayala, zona de Angulo y resto del Valle de Mena. Esta subespecie dioica pertenece al taxón Vitis vinifera L. subespecie sylvestris (Gmelin) Hegi. El mosto procedente de los ejemplares femeninos se empleaba para producir el agua de agraz, que poseía efectos medicinales, según la Noticia Histórico Corográfica del Muy Noble y Real Valle de Mena, fechada en 1796: “Hállanse muchas parras en los montes y en los costados de los caminos y ríos y su fruto es muy bueno para agua de agraz”.

Bibliografía:

Periódico digital “OK diario.com”.
Periódico “Diario de Burgos”.
Urbina vinos Blog.
Burgospedia.
“El chacolí en el País Vasco y aledaños: Bosquejo histórico y otras consideraciones” por Ricardo Cierbide Martinena.
“DICCIONARIO GEOGRAFICO-ESTADISTICO DE ESPAÑA Y PORTUGAL” por Sebastián Miñano.
“Vid cultivada y silvestre en el territorio de la antigua diócesis de Valpuesta (Álava, Burgos y Cantabria, España): un acercamiento a la historia del vino chacolí” por Juanjo Hidalgo, Teresa Sáenz de Buruaga y Rafael Ocete.

Para Saber más:

Blog “Tierras de Burgos”. (1) y (2)
Blog “Belosticalle”. (1) y (2)
El blog de Delicias de Burgos.