Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 22 de febrero de 2026

Con estos mimbres construimos Las Merindades.

 
 
Bueno, Las Merindades y otras muchas zonas de España, se construyeron con los materiales que había en el territorio. Por lo menos hasta finales del siglo XIX. Además, la experiencia constructiva y la capacidad económica determinaba la selección de elementos. ¡Ojo! Y el coste del difícil transporte porque había gente que podía adquirir materiales en tierras más alejadas.
 
El primer género a conocer es el barro, aunque difícilmente encontraremos tapiales de este material en Las Merindades. Pero lo tenemos como argamasa de muros, como adobe en los tabiques interiores o dentro de los rellenos del entramado. También tenemos la arcilla, con diferentes durezas y calidades, como cerámica, baldosas de barro, ladrillos o tejas. En todo caso las empresas tejeras se instalaban en aquellos lugares donde la arcilla era de cierta calidad, pero ello no fue nunca obstáculo para que existieran hornos y tejeras en casi todos los municipios para el consumo local.

 
Seguimos con la madera. Imprescindible en la construcción de ayer y de hoy. Es elemento estructural, parte de los muros de entramado, de los forjados, como vigas de las cubiertas, en los encestados y como elemento sustentante vertical. La vemos en el solado de los pisos entablados y en la carpintería de puertas y ventanas. A veces hay tablones que cubren los muros y se documenta como tabique interno. Claro que dependerá de su disponibilidad. En Las Merindades se utilizó el haya, el roble, la encina, el quejigo y el pino tanto en la tablazón, como en la viguería, soportes verticales, solados, tablazón de tejados... De hecho, salía madera de Las Merindades hacia otras comarcas.
 
¡Piedra! En muros, cimientos, relleno en los entramados de madera o como material ligante transformada en yeso, cal o arena. Ocasionalmente la encontramos como pavimento en algunas plantas bajas en forma de canto rodado o enlosado, sobre todo en los zaguanes y cocinas. La arena, bien de río, mina o cantera, es uno de los componentes necesarios del calicanto -el cemento romano- utilizada como argamasa en muchos muros de mampuesto, sillarejo o sillería. La cal y el yeso se obtienen en hornos preparados al efecto y se preparan para cada obra.

 
La piedra para la construcción se obtiene de canteras distribuidas por todas Las Merindades. Había, y hay, numerosas canteras de caliza y arenisca que aportaron la piedra que, sobre todo a partir de finales del siglo XVII, se utilizará en la construcción. ¡Y, con los años, cada vez más! La arenisca o la caliza se utilizaba tanto para los aparejos de mampostería, sillarejo y de sillería como en los de emplenta o entramado para relleno.
 
Lo más habitual es que la piedra se trabaje y moldee a pie de obra. No hubo una producción “industrial” de piedra pese a que se tienda a crear sillares de medidas comunes. Los artesanos, unos con mayores conocimientos del oficio y de la técnica que otros, son hijos de su tiempo y su trabajo es fácilmente identificable. Sólo los ladrillos de tejera, tejas y demás elementos cerámicos, proceden de una producción en serie, con modelos similares a los actuales, pese a que en cada horno o tejera tuviesen sus propios moldes y modelos.

 
Un cuarto elemento será el hierro que se empleará desde el siglo XVII en las casas populares como elemento auxiliar. En algunos casos empleado como “cola de milano” de los sillares de las cadenas angulares, dinteles de las portadas y ventanas y aleros. Pero lo más habitual es tenerlo en verjas, rejas, balcones y en los herrajes de puertas y ventanas. En esta tierra la producción de hierro se localiza ante todo en el valle de Mena. En cada pueblo los herreros locales son quienes habitualmente realizan los balcones, las rejas, los goznes, los herrajes, las llaves y cerraduras siendo, en cada caso, una obra exclusiva y personal.
 
Vistos los materiales principales, porque seguro que alguien ingenioso ideó algo diferente para su construcción, nos fijaremos en las técnicas de edificación que se ejecutaron en Las Merindades. Las construcciones de tapial y adobe fueron raras dada la abundancia de piedra y madera. Al contrario de lo que ocurría con la técnica de la emplenta -o implenta- y el entramado. La emplenta es un encofrado que se rellena con reticulado, incierto, mampostería o sillarejo. Este material se aglutinaba con la argamasa. En las Merindades, la mayor parte de la arquitectura popular utiliza este tipo de muro, salvo en las hiladas de sillares angulares, los vanos y a veces los aleros.

 
El arquitecto romano M. Vitruvio Polion hace alusión a la emplenta con estas palabras “otra manera que tienen llamada emplentum, de que también usan los aldeanos. Para ella se trabajan los paramentos externos de las piedras, dejando los demás como salió de la cantera; y colocándolas alternativamente sobre las juntas, las van trabando y uniendo con el mortero. Pero los nuestros deseando brevedad levantan a plomo las dos caras del muro, cuidando sólo el exterior, y en el hueco del medio meten toda suerte de ripio y fragmentos con mortero, sin orden alguno ni travazón en las caras; de lo que vienen a resultar en estas obras tres cuerpos u hojas de pared, dos en las frentes y otra de relleno en el medio”. Así pues, la emplenta es la técnica que vemos en numerosos edificios de piedra de Las Merindades, unas veces en cuidado aparejo isódomo y otras pseudoisódomo, y con mayor frecuencia en sillarejo o mampostería, donde o bien los sillares más o menos trabajados hacen de encofrado o se utiliza unbo de madera, como a veces vernos en algunos testigos de los propios muros. Agujeros que muestran donde se fueron colocando los andamios y también del alcance de cada uno de los tajos y del encofrado.

 
Lo normal en muchos de nuestros edificios es que una parte de la fábrica siga la emplenta romana y que a partir del primero piso se trabaje con el entramado. Sólo en los edificios auxiliares el entramado se utilizó para todo el inmueble. Pero lo más habitual, creyendo de que así se evitaban humedades y se daba solidez a la construcción, es que la planta baja sea construida de emplenta y que la misma cumpla la función de zócalo. A veces vemos colocadas en ese muro, habitualmente totalmente verticales, elementos de madera que enlazan con la estructura superior, dando al conjunto de la caja una mayor solidez. Unas vigas, vamos. Tras este trabajo se enlucía la casa para protegerla de las inclemencias climáticas. Este revoque parece que se utilizó en Las Merindades desde la tardoantigüedad hasta el siglo XX. Es el adecuado para una zona húmeda como el norte de Burgos.

 
Los volados, relativamente frecuentes en Las Merindades, se dan sobre todo en los edificios que utilizan la emplenta y el entramado en su construcción. Ello es así porque se prolongan las vigas o viguetas de los forjados y sobre ellas se monta el volado. Los soportales más antiguos también se levantaron siguiendo este sistema constructivo.
 
La construcción en piedra, por su parte, tenía diferentes maneras. Son frecuentes los edificios de piedra con aparejo de mampostería y cadenas de sillares en los ángulos o marcos de los vanos. Pero es más habitual el muro de sillarejo o de cuidada sillería. Desde el punto de vista técnico y de la calidad constructiva estas últimas no son lo mejor, pero daban empaque a la casa y al propietario. Por lo que habitualmente las casas que presentan sillarejo y sillería corresponden a la élite local. En muchos casos los encargados de realizar estos trabajos son maestros canteros locales, algunos muy cotizados por haberse formado en “la ciudad”. En todo caso lo que ponen de manifiesto es la existencia de artesanos, canteros, albañiles y carpinteros, cualificados y que recibían importantes emolumentos por sus trabajos.

 
Tendríamos tres maneras de trabajar los muros de piedra: sin mezcla alguna, que llamamos piedra seca; otra con mezcla de barro; y otra con mezcla de cal y arena. El barro se utilizó en tiempos más antiguos y, tal vez desde el siglo XVIII, se utilizó solo en los edificios auxiliares. No es habitual que haya construcciones a hueso, colocando piedra sobre piedra, y las que conservamos son muros de cercados o construcciones auxiliares.
 
El tamaño de las piedras no excedía de lo manejable y no sobrepasaban el ancho del muro. Cuando se introducían piezas de mayor tamaño y longitud, que en ocasiones sobresalen, estas servían para dar mayor solidez al muro. En los muros de mampostería las piezas de mayor tamaño se colocaban abajo y su tamaño disminuye a medida que ascendemos en altura. Por lo general las fábricas de mampostería suelen estar revestidas con mortero para protegerlas. Eso sí, se dejaba a la vista las cadenas de sillares angulares o esquinazos, las jambas y dinteles de las puertas y ventanas cuando eran de sillería, los alfeizares y los aleros cuando eran de piedra. Además, en las partes de mayor debilidad estructural se colocaban piedras de mayor tamaño. Caso de vanos y puertas. Vemos que cuando hay una vano de luz amplia, sobre todo en los dinteles de las puertas, se suele colocar un dintel sobrepuesto de descarga. Este tipo de dintel suele ser de arenisca y rara vez la piedra es caliza. Además de este gran dintel en otras utilizan la forma adovelada y en ocasiones el arco de medio punto. En estos casos las dovelas son de formas redondeadas, sobre todo las calizas, pero lo más frecuente, sobre todo en la arenisca, es que utilicen dovelas pequeñas de tipo romboidal.
 

Es igualmente frecuente que, en los dinteles de las puertas o ventanas encontremos objetos simbólicos esculpidos, en huecorrelieve o en inscripciones. La temática de esta epigrafía suele ser la fecha de conclusión de la obra, a veces figura el matrimonio que la mandó hacer e incluso hay alguna invocación religiosa como: Jesús, María, José o el acróstico “JHS”. A lo anterior debemos añadir que a veces vemos una cruz, llaves, una custodia o jaculatorias. Detrás de todo ello se esconden las creencias, supersticiones y miedos populares sin olvidar el deseo de significarse socialmente. Esa religiosidad o superchería podemos llegar a encontrarla en edificios públicos esperando la protección contra los males invisibles y espíritus malignos.

 
Cuando entremos en la casa veremos que, por regla general, el suelo de la planta baja es el propio del terreno acomodado y preparado. Si es de roca se habrá labrado y si es de barro o arcilla se compacta lo más posible. Aunque en ambos casos el problema a resolver son las humedades. También podemos encontrar pavimentos compuestos por cantos rodados, enrollados o enlosados. Este tipo de pavimento de planta baja los localizamos, cuando existe, en los zaguanes o estancias auxiliares de alguna importancia como la cocina. Si hay estancias habitables en esta planta no es extraño que tengamos baldosa de barro.
 
Los forjados de las plantas son los elementos básicos de los techos y su forma está en función de las disponibilidades locales. En Las Merindades es común usar tablas o tablones clavados directamente sobre las vigas o viguetas del forjado como suelo o techo visto. Reconoceremos en ellos madera de castaño, sobre todo en las casas adineradas. También hay madera de haya, pero abunda, porque lo hay en estas tierras, el roble y el pino albar. Si la madera es de calidad y uniforme en lo que hace al grosor y longitud de las tablas, el solado es sólo de este material, sino sobre las tablas se coloca un pavimento que se compone de mortero de barro, de baldosa e incluso también se utiliza el ladrillo. A veces la albañilería completa a la madera rellenando los espacios entre las viguetas con rellenos de yeso utilizando un encofrado inferior para dar la forma que se retira una vez fraguado.

 
Lo más alto será el tejado, o cubierta, siempre inclinado. Por la forma de conformarse hay tres tipos realizados en madera: a la molinera, par y picadero y par e hilera, pero podemos encontrarlas entremezcladas. Estas formas de armar las cubiertas son las más sencillas. En el tipo de cubierta influye sin lugar a dudas el número de vertientes que tenga el edificio, la época en que se haga y la organización de la estructura sobre la que se levanta. Para los edificios auxiliares, de poca complicación estructural, lo normal es una cubierta a la molinera en la que los muros laterales son el apeo de las correas y cabrios que son el único elemento estructural. Es habitual que se apoye sobre ella la tabla o ramajes sobre los que se coloca la cubierta. Esta manera de resolver la cubierta es frecuente en casas estrechas con cubierta a dos aguas con una cumbrera transversal y otras secundarias y paralelas.
 
Otro de los sistemas utilizados es la cubierta de par y picadero. En este caso la cumbrera se sustenta por medio de muros o a través de una crujía a base de pies derechos que pueden apearse sobre una viga transversal que hace de tirante. Esta solución se suele dar en edificios que tienen un muro o punto de apoyo resistente. Se utilizará tanto en cubiertas a dos aguas como en las de tres o cuatro. No es muy habitual la cubierta de par e hilera en que la cumbrera, sustentada por pares unidos por un tirante.
 
Cuando la cubierta es cuatro aguas se utilizan apoyos centrales o simétricos que ayudan a formar la cubierta. Es bastante habitual que en los cabrios y vigas, dado que trasladan los empujes al exterior, encontrar tirantes de madera que triangulan las esquinas. Esta solución, según nos indican los técnicos, cuando las encontramos, es una señal de una etapa avanzada. En nuestra comarca la encontramos en casonas del siglo XVIII.

 
Pero hoy, la mayoría de las cubiertas de Las Merindades son de teja curva de cerámica. Las dimensiones varían de unas comarcas a otras y sobre todo se suele significar la teja de las cumbreras. En todo caso en la zona de Las Machorras aún se conserva la cubierta de lajas de piedra, testigo de una forma de cubierta que ha desaparecido en la arquitectura popular de Las Merindades.
 
La tabla de los tejados habitualmente se aislaba con barro, aunque también se utilizó el bálago, de hierba o paja según las zonas, y con mimbres o ramajes para que no resbale sobre la tablazón. Los bordes de los tejados, al igual que las cumbreras, se sustenta con cobijas ligadas con mortero e incluso puede darse el caso de que sólo haya cobijas donde más bate el agua. En Las Merindades las tejas van colocadas a canal y voladas en hiladas sucesivas y contrapeadas. De esta manera se forman también algunos aleros, aunque lo común es que estos se conformen a través de piezas de madera.

 
Frecuentemente se independizaba el alero de la estructura colocando canes a la distancia preferida siendo insertados en la fábrica y sujetos en los durmientes del muro o unidos como una pieza independiente. A veces el alero sólo puede constituirse por el volado de las vigas lo que obliga a apoyar sobre ellas otras piezas menores paralelas a la fachada para lograr un alero de cierta entidad. Las formas que presentan los canes de los aleros son muy variadas yendo desde el sencillo achaflanado de las piezas escuadras hasta unas formas y molduras más complicadas, en las que el artesano da rienda suelta a su imaginación y saber hacer.

 
Las rejas, habitualmente utilizadas en los huecos de la planta baja, son de una notable sencillez. Sólo encontramos obras de complicadas formas en las casas de mayor porte social. Tal vez donde mayor variedad haya sea en los petos de los balcones o solanas. Aquí encontramos barandillas de madera y de hierro. Las primeras están torneadas, en cuadradillo, o recortadas en tabla con figuras más o menos caprichosas. Será común en Las Merindades el empleo del barrote torneado y el remate de peto con forma. Los modelos suelen ser reproducciones de tiempos anteriores. Por lo que hace referencia al hierro, son tanto forjadas, las más antiguas y de hierro fundido las de los siglos XIX y XX.

 
El acceso a la vivienda se hará a través de un hueco amplio por el que puedan pasar las carretas y aperos y también las personas, por ello veremos una gran hoja o incluso dos, que presenta una parte central o lateral que se abre para el paso de las personas, dejando fijo el resto. La totalidad solo se abre cuando se necesita dar paso a objetos de gran porte. Cuando los vanos de las puertas son de menor tamaño lo normal es que tenga dos partes, dejándose abierta la superior en los momentos de buen tiempo para iluminar y ventilar. En los edificios destinados a pajares o almacenes, donde se precisa la entrada habitual de carros y carretas, lo normal es que tengan dos hojas verticales que se abaten hacia los lados. Lo bocarones o huecos para el acceso desde el exterior de la paja o hierba se ubican habitualmente en la planta superior y tiene una sola hoja de madera claveteada.
 
Las puertas de acceso a la vivienda son habitualmente de dos tipos por lo que respecta a su construcción: las claveteadas y las entrepañadas. Las primeras se conforman mediante un sólido armazón de madera sobre la que se colocan unos poderosos clavos que ofrecen al exterior una cabeza de mayor o menor tratamiento y trabajo. La imagen de estas puertas está tanto en la distribución y formas de los clavos como en la organización de las tablas. Suelen destacar los herrajes de las bocallaves. Las segundas se insertan en el armazón los entrepaños que pueden disponer de casetones. Un detalle de estas puertas es que en la parte inferior suelen tener un agujero, llamado gatera, que sirve para que entren libremente los gatos. Las maderas más utilizadas son el pino y el roble, aunque puede haber otras.
 
 
Bibliografía:
 
 
“Arquitectura popular en Las Merindades: aproximación al tema”. Félix Palomero Aragón.
Fototeca digital de España.
“Casas de la nobleza en Las Merindades y en la Bureba (siglo XVII). Datos para su estudio”. Lena S. Iglesias Rouco y María José Zaparaín Yáñez.
 

domingo, 15 de febrero de 2026

El Glaciar de Castro Valnera y del Trueba.

 
 
Muchos se sorprenderán al conocer que en Castro Valnera existió un glaciar. Cierto que el relativo aislamiento geográfico de esta zona ha motivado que, salvo algunos estudios geológicos generalistas del siglo XIX escritos por los pioneros de la investigación geológica en España, los trabajos al detalle comenzaron con la tesis doctoral de Mengaud (1920) que estudió los niveles inferiores del Castro Valnera, visibles en el entorno de la vertiente cántabra del Puerto de las Estacas de Trueba.

 
Clemente Sáenz (1935) evidenció la importancia del glaciarismo de los Montes de Valnera y, poco después, Raymond Ciry, de la Universidad de Dijon, dedicó varias páginas y fotografías de su tesis doctoral (1939) al entorno del Castro Valnera. Describe el abrupto escarpe hacia Cantabria y la vertiente castellana con suave inclinación hacia el Sur Este estableciendo seis niveles: margas con Plicatula sp. -un género de moluscos bivalvos-; y, sobre ese, tres niveles de areniscas y dos niveles de calizas intercalados entre los paquetes de areniscas. Estas serían las Calizas de Las Machorras en el nivel más alto, que coronarían Peña Lusa, y las Calizas del Castro, bien visibles en el propio Castro Valnera y La Cubada.
 
A mediados del siglo XX ya son habituales los trabajos geológicos sobre nuestro sector de la Cordillera Cantábrica. En 1959 resurgen las referencias a las altas cumbres calcáreas de los Montes de Valnera, del Aptiense (la quinta edad del Cretácico inferior) cantábrico de facies marina. Estos paquetes se originarían en una “transgresión marina que penetró en forma de golfo, dando lugar a sedimentos calizos y margosos alternados con areniscas, conjunto de facies litoral o de mar poco profundo”. La sucesión de entradas y salidas del mar creó alternancia estratigráfica y un clima relativamente cálido que propiciarían la formación de las calizas orgánicas y grandes arrecifes típicos de la zona. También se hace referencia a las fallas en tijera del valle del Trueba y del Curro-Valnera que levantan diferentes bloques del macizo.

 
Ese año -1959- Pierre Rat, geólogo francés también de la escuela de Dijon, realizaba su tesis doctoral resaltando que tanto las calizas como los aportes detríticos podían haberse depositado a la vez en esta zona. “Déntrico” es un patrón que tiene forma de una mano extendida donde cada afluente de los ríos principales equivale a cada dedo de las manos. Es uno de los tipos de patrones de drenajes fluviales más común que existen.
 
En 1962, el geólogo alemán Franz Lotze valoró el glaciarismo del Grupo del Valnera, no sólo en lo referente a las lenguas glaciares que descenderían por los valles cantábricos del Miera, Asón y Gándara, sino insistiendo en el modelado glaciar del valle del Trueba y afluentes, así como en sus depósitos de piedras acumuladas por un glaciar que llegarían hasta Espinosa de los Monteros.

 
A su vez, el francés Jean Hazera publicaba los depósitos asociados al cauce del río Trueba aguas abajo de Espinosa de los Monteros, así como del Cerneja que evidenciarían dos sistemas morfogenéticos diferentes. Su tesis doctoral, publicada en 1968, abarcaba buena parte de Vizcaya, la parte oriental de Cantabria y el borde septentrional de la provincia de Burgos. En ella describe las morreras del Trueba, tanto el terminal del propio Espinosa de los Monteros, como los laterales de sus afluentes principales.
 
El geógrafo burgalés José Ortega Valcárcel (1974) detallaba los aspectos más importantes de Las Montañas de Burgos, incidiendo también en la geografía urbana de la zona. Desde la Universidad de Bilbao, actual Universidad del País Vasco, los geólogos Victoriano Pujalte y Joaquín García Mondéjar, realizaron sus tesis doctorales sobre el estudio de la Cuenca Vasco-Cantábrica. Incluidos los Montes de Valnera.
 
Los estudios sobre el glaciarismo del Valnera se intensificarían con Enrique Serrano, quien ya en sus primeros trabajos (1995, 1996) demostró haber recorrido y estudiado la zona, así como cartografiado sus elementos geomorfológicos. Enrique Serrano destacaba la excepcionalidad de que las lenguas glaciares alcanzaran los 750 metros en la vertiente meridional del Trueba, tras una lengua glaciar de unos 13 kilómetros, cuando la cumbre más elevada del Valnera tiene 1.718 metros de altitud. Es decir, tendríamos un glaciar surgido a baja altura. En 2007 aparecen publicados dos trabajos centrados en la utilización de las prospecciones geofísicas (catorce sondeos eléctricos verticales y tres perfiles sísmicos de refracción) para detectar las cubetas de sobreexcavación, modeladas por el hielo, del fondo del valle del Trueba, que posteriormente se rellenaron de sedimentos. En base a su estudio, llegaron a determinar las tres últimas fases de avance del glaciarismo del Valnera por la artesa del Trueba. En los últimos años, el equipo de Serrano ha continuado con los trabajos en torno al valle del Trueba y Castro Valnera, referenciando las cubetas glaciokársticas de El Bernacho, El Curro y cursos del Trueba y Lunada, así como huellas de abrasión glaciar por todo el entorno. También ha aportado las primeras dataciones para las turberas asociadas a dos de las fases glaciares estudiadas, que implicarían que el máximo avance de los hielos fue hace 40.000 o 60.000 años.

 
Serrano y Gutiérrez (2002) explican el glaciarismo del Valnera por un “ambiente oceánico hiperhúmedo” que conllevaría una sobrealimentación nival por lo que con unas temperaturas medias moderadamente frías (entre 0 y 1ºC) en cotas altas, las lenguas descenderían extraordinariamente.
 
Por lo que se refiere al número de glaciaciones hay disparidad de criterios entre los autores que investigaron Castro Valnera. Así, Obermaier (1914) y Lotze (1962) hablan de huellas de dos glaciaciones, mientras F. Hernández-Pachecho señala, en alguna ocasión, también restos de dos y en otras, incluso, de tres. Del mismo modo, existen trabajos donde únicamente se menciona una única glaciación. Con anterioridad, Sáenz García (1935) había señalado un pequeño foco glaciar cuaternario, en Castro Valnera. Vamos que ni los de ayer ni los de hoy se ponen de acuerdo.
 
En dos trabajos de Lotze sobre Castro Valnera presupone la existencia de un gran glaciar, cuya área de neviza, de unos 30 kilómetros cuadrados, se extendería desde el Puerto de las Estacas hasta el collado de Tramasquera por las laderas meridionales y surorientales del macizo de Valnera que culmina a la escasa altitud de 1.707 metros. Este glaciar poseería varios flujos al norte, hacia las cabeceras de los valles del Miera y del Gándara, así como al sur, hacia uno de los afluentes del Trueba. La lengua principal del gran glaciar, con 11 kilómetros de desarrollo, sobrepasaría el actual núcleo de Espinosa de los Monteros (a 770 m), donde Lotze marca la presencia de arcos morrénicos en una posición que coincide con algunos de los depósitos definidos por Hazera.
 
El amplio glaciar de Castro Valnera habría existido, para Lotze, hace 200.000 años y finalizaría hace 140.000 años, mientras que se habría reducido a algunos circos en la glaciación würmiense (periodo que comenzó hace unos 110 000 años y finalizó alrededor del 9700 a. C), cuyas huellas serían las morrenas colgadas correspondientes. De ello deduce Lotze unos límites nivales que serían los más bajos de la Península Ibérica y de todo el mediterráneo durante el Pleistoceno. Es, por ello, una auténtica singularidad geográfica cuya importancia radica en que, con unas cumbres moderadas, de entre 1.500 y 1.700 metros, donde durante la última glaciación la lengua glaciar meridional del valle del Trueba alcanzaba los 13 kilómetros de longitud y los 750 metros de cota.

 
Más cosas sorprendentes ante lo que conocemos, o creemos conocer, de los glaciares: en la zona alta del macizo glaciar del valle del Trueba sobresale la ausencia de circos glaciares, lo que se interpreta como un gran domo glaciar del que partirían sucesivas lenguas divergentes. En cabecera el modelado se caracteriza por las pendientes suaves derivado de la escasa impronta de una amplia acumulación de hielo de poca potencia. Hacia el sur se desarrolla la artesa glaciar del Trueba: un valle en forma de “U” de 8 kilómetros de longitud rellenada de sedimentos glaciares que finaliza en la depresión de Espinosa de los Monteros, donde se localiza el complejo morrénico frontal. La artesa glaciar se articula en cubetas y umbrales, las primeras rellenas por tres unidades sedimentarias, la inferior glaciolacustre, la intermedia con sedimentos (till) y la superior con relleno de abanicos aluviales y depósitos fluviales. En la porción media de la citada artesa está el complejo morrénico frontal de Bárcena, y en los márgenes del valle se suceden los complejos morrénicos de obturación lateral que señalan el espesor máximo del hielo durante el Pleistoceno.
 
A su vez, el complejo morrénico frontal en donde está Espinosa de los Monteros, forma un amplio anfiteatro donde resaltan cuatro arcos que corresponderían a cuatro situaciones del glaciar. También se conservan restos en torno al polideportivo que corresponderían a otra morrena más antigua. A un momento posterior, de retroceso del glaciar, corresponderían los dos arcos morrénicos de Bárcenas.

 
Las cuatro situaciones del glaciar habrían creado cuatro terrazas. La terraza uno es una pequeña superficie plana que alcanza los 771 m al S.E. del polideportivo. La terraza dos está representada por retazos aislados que se prolonga hasta aguas abajo de la Venta de Montija. Esta terraza se trata de los restos de una plana proglaciar que distribuiría los materiales de las morrenas en un amplio sector entre Espinosa y la Venta de Montija. La terraza tercera es la terraza principal, por ser la más extensa y continua, y en este nivel se sitúa la población de Espinosa de Los Monteros. Y la terraza cuarta es de origen fluvial que se caracteriza por el dominio absoluto de los cantos redondeados. Este nivel presenta continuidad aguas arriba hasta el sector de las Machorras, donde está ampliamente representada, configurando el fondo del valle prácticamente en toda su amplitud. Constituye una fase de acumulación claramente postglaciar, en relación con los conos de deyección que invaden el fondo del valle.
 
Dicho de otro modo, los expertos han establecido, en el Trueba, una fase de Máxima expansión (fase Espinosa-Polideportivo), seguido de una fase de retroceso que permitirá el relleno glaciolacustre del valle glaciar y la deposición de la unidad inferior, y un posterior reavance señalado por el till, hasta posiciones cercanas a las de máxima extensión glaciar que genera los arcos morrénicos sucesivos y más voluminosos (Fase de Espinosa-Los Cuetos). Durante esas fases, una lengua glaciar de 8 km de longitud alimentada por un domo glaciar de aprox. 30 km2 y moderada altitud (< 2000 m s.n.m.) ocupó la artesa y generó el complejo morrénico frontal del Trueba, que finalizaba a 750 m. Aguas arriba, se ubica la morrena frontal de Bárcena, una fase de avance y equilibrio (Fase de Bárcena), con una lengua glaciar de 5 km de longitud ocupando la artesa alimentada por un domo glaciar en cabecera.
 
Es notoria la potente acumulación de till, sedimentos de origen glaciar, existente entre la carretera de acceso a las pistas de esquí y la del Puerto de Lunada, que ha sido explotada como gravas para las obras del entorno inmediato a la estación y pistas citadas. En algunos puntos de los Montes de Valnera son reconocibles las huellas de la abrasión glaciar, tanto por las formas pulidas y redondeadas propias de la fricción del hielo sobre el sustrato rocoso, como por las estrías características que dejan sobre la roca los bloques arrastrados por el glaciar. Algunos de los lugares donde se aprecian con más nitidez son en El Curro o en Valdescaño en la margen izquierda del Trueba, poco antes de Las Machorras.
 

En la Montaña Pasiega se han correlacionado cuatros fases glaciares Pleistocenas. Al máximo avance glaciar (F-I), le sigue una fase de reavance y equilibrio caracterizada por ser muy pulsadora (F-II), una fase de retroceso y estabilización glaciar alojada en el interior de la montaña en un periodo de reducción y desaparición de los domos de hielo (F-III) y finalmente, un periodo glaciar menor (F-IV), de glaciares de circo en condiciones topoclimáticas favorables.
 
 
 
 
Bibliografía:
 
“Algunos problemas de morfología glaciar en la España atlántica”. E. Martínez de Pisón y M. Arenillas Parra.
“El complejo morrenico frontal del valle del Trueba (Espinosa de los Monteros, Burgos)”. Serrano Cañadas, E.
“Marco geográfco y geológico de los Montes de Valnera (Espinosa de los Monteros, Burgos)”. Miguel Ángel Martín Merino, Francisco Ruiz García, Ana Isabel Ortega Martínez, Alfonso Benito Calvo.
“Fluctuaciones glaciares pleistocenas y cronología en las Montañas Pasiegas (Cordillera Cantábrica)”. Serrano, E.; Gómez Lende, M.; González Trueba, J.J.; Turu, V.; Ros, X.
Programa “Huellas en el Tiempo” sobre el glaciar de Espinosa de los Monteros con Enrique Serrano Cañadas.
 

domingo, 8 de febrero de 2026

Algo sobre la casa de los Villegas de Torme.

 
 
Recorrer Las Merindades y disfrutar de las casonas y los escudos que han sobrevivido hasta nuestros días nos recuerda las familias nobles -o que así pudieron sentirse- que crearon y enriquecieron nuestro patrimonio artístico. Bienes que pueden estar protegidos legalmente pero que, indefectiblemente, deben estar protegidos por el uso y el cariño.
 
Hoy nos fijaremos en una muestra de la arquitectura promovida por aquella nobleza durante el siglo XVII que tenía el fin de servir de residencia y emblema de cada linaje. Sepan que, desde finales del siglo XVI y las primeras décadas del siglo XVII, culminó el proceso de conversión de la nobleza feudal, enraizada en el territorio donde ejercía su señorío, a la nueva nobleza cortesana con residencia principal en la Villa y Corte, donde vivía el rey. Donde estaba el poder y el dinero. En consecuencia, gran parte de los recursos señoriales se orientaron a conseguir una casa digna en la Corte. Sin menoscabo de intentar mantener alojamientos presentables en sus cabezas de señorío por prestigio y mantenimiento de sus raíces sociales y financieras.

 
Pero, cuando no hubo dinero para el mantenimiento de múltiples residencias se irá prescindiendo de aquellas situadas lejos de los centros principales de la familia. Tal es el caso de Velasco y sus posesiones en Medina de Pomar o de los Villegas. Estos últimos gozaban de bienes vinculados a su mayorazgo en Torme, Villasevil y otros lugares cercanos.
 
En los protocolos del año 1671 -¡Benditos viejos documentos!- se señala a Sancho de Villegas, señor de los solares y casa torre en Torme, como miembro del Consejo de su Majestad y su alcalde de Casa y Corte, con residencia en la villa de Madrid. En el año 1675 -seguimos picoteando en los archivos- se nombra a Fernando de Villegas, del Consejo de su Majestad, como miembro del Consejo de la Suprema Santa Inquisición. Ese mismo año, además, Fernando arrienda dos solares en el pueblo de Torme, en el término de “Doña Madre”. También arrienda la casa y la huerta. Confirmamos así que no residían en Torme los Villegas. Ni siquiera ocasionalmente. En el año 1738 consta que tienen arrendados sus bienes de Torme y que estaban cobrando las rentas desde antes del año 1726, pues sobre esta renta manifiesta su administrador lo siguiente: “Que cobra, de renta, diez y siete fanegas y media de pan mediado, en el lugar de Torme, de las cuales tiene dada cuenta con pago hasta los frutos vendidos en el año pasado de mil setecientos y veinte y seis y no lo formalizado de los demás años hasta aquí, si bien tiene pagados a cuenta de ellas a Don Manuel Guerra y Cortázar, Administrador y poder habiente, por mano de Don Manuel Ponce Varruchi seiscientos reales y medio y por la de Don Francisco de [...], su hermano, mil quinientos noventa y cinco reales y medio y deja apuntado en el formulario de la cuenta y las costas que ha tenido de los reparos hechos en una casa [...]. Jacinto de Saravia de Rueda declara: “Haber estado encargado de la cobranza de la renta de un solar de casas y heredades de los nietos y herederos del Sr. Don Álvaro de Villegas”. Tal como lo dicen podría ser Álvaro el constructor de esta casa que lleva sus armas.

 
Dichas armas heráldicas presentan una cruz flordelisada de sable (negro) y en torno a ella ocho calderas de sable que tienen por asas dos cabezas de sierpe (serpiente), de sinople (verde). Las calderas alternan con castillos en oro. El lema asociado a la familia era: “Villegas por más valer, o morir o vencer”. En el caso de Torme vemos ese escudo profusamente adornado con celada, penacho, lambrequines y apoyado en una máscara situada debajo de la punta.

 
En la documentación anexa del Catastro del Marqués de la Ensenada indican que el Mayorazgo de los Villegas poseía en Torme una casa de 15 varas de ancho por 9 de largo que lindaba al Cierzo con el cauce del río; a Solano y Regañón con la huerta de la casa; y a Ábrego herraña de Félix López. Rentaban 12 fanegas de trigo. Una herraña puede ser tanto un huerto pequeño junto a la casa para retener los corderos cuando las ovejas van a pastar al campo o un lugar donde se cultiva cereal para alimento del ganado. En otra parte de esa documentación se dice: “El Mayorazgo de los Villegas, y que lleva Domingo López Salazar, tiene, en el pueblo de Torme, una casa sita en el sitio que dicen calle del Río, que tiene de frente 27 pies y de fondo 45 pies. En el primer suelo y terreno tiene un portal, una bodega pequeña con dos caballerizas y en el segundo suelo cuatro cuartos y una cocina y en lo alto de ella el pajar, y surca por Cierzo calce del río, por Ábrego herraña de Félix López, y por Solano huerta de dicha casa y al Regañón era de ella”. Si acuden al catastro presente en la internet verán que solo están las respuestas al cuestionario.
 
Esta casa, por si quieren acercarse, está situada en la calle de la Virgen y ha sido restaurada hace algunos años. Parece ser que está dividida en dos viviendas. Según nos cuenta Pedro María López Andino la parte oeste del caserón estaba habitada, en el año 2005, por Dámaso Lucio. La otra parte se abandonó en la década de 1950. El único vecino que recordaba Pedro fue Segismundo Pereda, que vivió allí hasta que construyó su casa. Posteriormente dedicó parte de la casa a la que nos estamos refiriendo, como pajar. Esta parte Este de la casa está actualmente restaurada.

 
Aunque hemos dado las dimensiones en diferentes medidas las repetimos para nuestra época. Este edificio tendría planta baja, primer piso y altillo; unos 13 metros de largo por 8 metros de ancho; y orientada en sentido Este a Oeste. Ofrece al Este una fachada de piedra sillar bien trabajada y, en ella, una puerta rematada por una ventana que forman un conjunto renacentista rematado por el escudo de los Villegas. Antes de la reforma la portada y parte de esa ventana estaban ocultas por una tosca construcción adosada a la casa y que hoy es un muro perimetral que nos impide contemplar cómodamente la fachada. La casa no estaba sola dentro del Mayorazgo en Torme: en esta población había un solar compuesto por varias heredades.
 
Los bienes que componían un mayorazgo no podían ser vendidos por sus propietarios sin la autorización expresamente concedida por la Corte, por el rey. Y en esta situación nos encontramos en el año 1804 cuando María de Noreña, viuda de Manuel de Villegas y Romate, como madre y curadora de Luís de Villegas y Romate, vecinos de la Villa y Corte de Madrid necesitan vender algunos de los bienes del mayorazgo.
 
Esta casa de Torme fue vendida a Marcos de Pereda, vecino de Pereda y a Manuel López y a Pedro Mejimolle, que lo eran de Torme, en la cantidad de 42.460 reales. Nombró a maestros en cantería y carpintería, peritos nombrados de oficio que expusieran haber reconocido una casa sita en el lugar de Torme, en el barrio de las Enrrañas, con su alto y bajo. Tejada y enmaderada y la tasaron en 16.000 reales, y una era de trillar.

 
El precio de venta incluía la casa y los terrenos de su entorno como consta en los Protocolos donde se continúa de la siguiente forma: “Decimos que por Dn. Manuel de Villegas y Romate se acudió ante S. M. y Señores de su Reverenda Cámara solicitando la venta y enajenación de varios efectos raíces correspondientes a sus Mayorazgos y entre ellos los de una Casa torre y varias heredades sitas en términos del lugar de Torme, del de Mozares, Campo, Villanueva Ladrero, y en el de La Quintana de Rueda, desta jurisdicción, que producen 17 fanegas de pan, mitad trigo y cebada. También los hay en el Valle de Pas y en el de Soba [...]. Solicitaron de la Corte la autorización de la venta de parte de los bienes raíces de su Mayorazgo “para subvenir a la satisfacción de varias deudas que le habían causado las mejoras de las casas que por necesidad habían tenido que hacer a causa de hallarse muy deterioradas, mayormente por la del incendio que había padecido la que le pertenecía en la Plaza Mayor de dicha Villa y Corte de Madrid, teniendo que reedificarla, y por los pocos beneficios que les reportan estos arrendamientos”. Otras fuentes nombran esa casa como “casa del vínculo”. Esta venta se hizo por Ramón Sánchez Bidante, natural de la Villa de Castrepol (Asturias) y Fabián de Guinea, vecino de la Villa de Villarcayo, apoderados de María de Noreña en el lugar de Villasevil en el Valle de Toranzo. Se hizo mediante tasación y pública subasta.

 
Y una última apreciación: Villasevil. En esta población hay escudos de este linaje y, allí, tuvieron dos torres, la desaparecida del Coterón y otra en la que vemos su escudo en la fachada. En su iglesia parroquial de Santa Cecilia se reproducen las armas de la familia. En la fachada exterior hay dos y en la capilla de San Andrés de esa iglesia, encontramos otra pieza en la bóveda, labrada en la clave con dichas armas heráldicas. En esa capilla leeremos esta lápida: “Esta capilla de casa de Villegas hizo y fundo el comendador Sancho Ruiz de Villegas, señor y mayor de la casa de Villegas, caballero del orden de Santiago, capitán de las guardias del señor rey don Juan, el segundo, y su gobernador en las fronteras de Alcaraz contra los moros, y de doña María de Andino y Velasco, su mujer; hundíase con el tiempo, reedificolo en la grandeza que esta y dotola el doctor don Alvaro de Villegas, su reviznieto, canonigo magistral de la santa iglesia de Toledo, primado de las Españas y gobernador de este arzobispado por el serenísimo señor infante cardenal don Fernando”.
 
 
Bibliografía:
 
“Blasones y linajes de la Provincia de Burgos. V. Partido Judicial de Villarcayo”. Francisco Oñate Gómez.
“Torme en la Merindad de Castilla la Vieja” Pedro María López Andino.
“Casas de la nobleza en Las Merindades y en La Bureba (siglo XVII). Datos para su estudio”. Lena S. Iglesias Rouco y María José Zaparaín Yáñez.
Catastro del Marqués de la Ensenada.
 

domingo, 1 de febrero de 2026

George Woodberry un Húsar que ayudó a Las Merindades y atacó la monarquía hispánica en Venezuela.

  
Debemos viajar a la católica irlanda de 1759 para asistir al nacimiento del decimonoveno Regimiento de Dragones Ligeros con el conde de Drogheda como coronel y muchos de los soldados reclutados en esa isla. En 1763 se le cambió el numeral por el decimoctavo y en 1766 por el de cuarto regimiento. El 1769 recuperara el numeral decimoctavo. Estuvo tres décadas acantonado en Irlanda pero durante la Guerra de la Convención sirvió en la isla de La Española y, luego, en la Expedición Helder a Holanda, luchando en Bergen en 1799.

 
No cambiará en número de regimiento, pero sí su nombre: en 1805, pasó a llamarse Regimiento de Dragones Ligeros Irlandeses del Rey en honor al rey Jorge III; y en 1807, se llamará ya regimiento de húsares. Durante la Guerra de la Independencia de España luchó en Sahagún (1808), Benavente (1808), La Coruña (1809), Burgos (1812), Morales (1813), Vitoria (1813), Sorauren (1813), Orthes ( 1814) y Toulouse (1814). Al año siguiente, participó en Waterloo (1815) antes de unirse al Ejército de Ocupación de Francia. En 1821 el regimiento fue disuelto.
 
Evidentemente en esta bitácora hablamos de esta unidad británica porque cabalgó por Las Merindades, y con ella, George Woodberry que fue autor de unos diarios de la guerra. Y, si son seguidores de este blog, tampoco fue el único que escribió uno. Estos diarios fueron publicados íntegramente en 1896 por Georges Helie en francés que abarcaba desde enero de 1813 hasta julio de 1815.

 
Aquellos que han estudiado estos textos se sorprendieron al encontrarse que había dos versiones. Recuérdenlo. De todas formas, el estilo de escritura de George es fluido y ordenado mostrando que fueron escritos por alguien formado y que, además, era un escritor y narrador talentoso. Las entradas del diario son frescas y despejadas, con visión retrospectiva; divertidas, pero a menudo brindan la verdad sin adornos, tal como él la vio. A pesar de que comenzó a escribir a regañadientes, pronto se convirtió el diario en una fuente de consuelo para él y dejó de ser una tarea. Y, quizá, los conservó con vistas a publicarlos.
 
George Woodberry afirmaba haber nacido el 13 de abril de 1792 y consideraba Worcester su hogar. Es casi seguro que procedía de la familia Woodberry. Su abuelo George fue bautizado en Pershore, cerca de Worcester, y se casó con Hannah Mills en Claines el 22 de enero de 1760. Nuestro George era hijo de la siguiente generación de George Woodberry, que se casó con su madre María (de soltera Pitman), en Claines el 18 de julio de 1786. Pero no hay registros del bautismo de George en 1792.

 
Tampoco sabemos cómo hizo dinero su familia, aunque, el padre de George fue un amigo cercano del teniente general Sir John James Hamilton, primer baronet (1755-1835) de Woodbrook que era un oficial respetado y experimentado de la Honorable Compañía de las Indias Orientales. Se supone que el padre hizo su dinero comerciando con el lejano oriente, pero no sería miembro de la Compañía de las Indias Orientales, ya que no se lo puede encontrar en sus registros. La idea del comercio familiar está respaldada por la declaración de George de que su hermano mayor William había muerto en Surinam el 19 de agosto de 1809 y no parece haber servido en la Marina Real.
 
George Woodberry se unió al ejército, un poco tarde para alguien que comenzaba una carrera militar, ya que tenía veinte años cuando fue nombrado alférez en el décimo Regimiento de Infantería (North Lincolnshire) el 16 de enero de 1812, en sustitución de otro alférez que había renunciado a su cargo. ¿Por qué George comenzó su carrera militar tan mayor y por qué eligió un regimiento de Lincolnshire? Misterio. Aunque bien puede haber tenido algo que ver con el hecho de que un teniente coronel John Potter Hamilton, posiblemente pariente del citado general James Hamilton, estaba sirviendo allí. Por supuesto, George había comprado este rango, el precio reglamentario era entonces de 400 libras esterlinas, lo que no era una cantidad pequeña en ese momento y demuestra que claramente provenía de un entorno adinerado.

 
No sabemos si George se incorporó al décimo Regimiento de Infantería, porque entonces servía en el Mediterráneo, dado que no tardó en pasarse al más elegante decimoctavo Regimiento de Dragones Ligeros (Húsares) como corneta el 9 de abril de 1812, bajo el mando de R. Greville, que había sido ascendido. George volvió a comprar este puesto, el precio reglamentario para un corneta en un regimiento de caballería de línea era de nada menos que 735 libras esterlinas, aunque habría recuperado 400 libras esterlinas con la venta de su insignia en la infantería. Como vemos algo alejado de esa imagen de militares profesionales que los anglosajones se construyen.
 
El registro de George en el Regimiento de Húsares le hace nacer en Worcester, que tenía 21 años y que medía 1`75 metros de altura. Habiendo servido sólo ocho meses en los húsares, apenas tiempo para completar su entrenamiento de equitación, compró un puesto de teniente el 10 de diciembre de 1812, en el regimiento de Samuel Greathead, que se había retirado. Esta compra le habría costado la suma de 997 libras y 10 chelines, aunque habría recibido 735 libras de vuelta por la venta de su puesto de corneta.

 
Los costes de convertirse en oficial de caballería eran astronómicos: se necesitaba un corcel, un segundo caballo y un caballo de carga, talabartería, uniformes de gala y de ordinario, un sable de caballería ligera curvado modelo 1796 y pertrechos, así como un equipo de campamento adecuado para que un joven caballero pudiera ir de campaña. Sin contar los necesarios sirvientes hablaríamos de unas 458 libras esterlinas. Por tanto, el padre de George habría desembolsado más de 60.000 euros de hoy para obtener su grado de teniente. Quizá esta sea una de las razones por las que los ingleses actuaron como lo hicieron en la tierra de sus aliados: el dinero. Un teniente cobraba 164 libras esterlinas y 5 chelines al año cuando se calculaba que un oficial necesitaba una asignación -en nuestro caso de su padre- de no menos de 500 libras esterlinas al año para mantener el nivel que se esperaba de un oficial subalterno.
 
El 1 de enero de 1813, al parecer de mala gana, comenzó a escribir el diario cuando el regimiento salió desde Brighton para unirse al ejército de Portugal. ¿Por qué escribía un diario? La respuesta obvia sería que era común que un oficial llevara un diario, casi con toda seguridad para fijar los recuerdos y leerlo y leérselos a su familia en años posteriores. En el caso de George existe el hecho inusual de que han existido dos versiones del primer volumen que van desde enero a septiembre de 1813, aunque la que se usó para la traducción francesa parece haberse perdido junto con los diarios que continuaron hasta 1815. ¿Por qué dos copias? Solo puede ser porque había prometido enviar una copia de su diario a casa, posiblemente en lugar de escribir cartas, ya que hay pocas pruebas en su diario de que alguna vez les escribiera, aunque a menudo menciona que escribía a su novia en Inglaterra y, por supuesto, a su contable. Las sutiles diferencias entre los textos de las dos versiones se deberían a una ligera censura porque no repite algunos encuentros con mujeres o suaviza las descripciones de algunas de sus travesuras, pero a veces también cambia ligeramente sus declaraciones, probablemente basándose en un conocimiento más completo de un incidente ocurrido en un momento posterior.

 
Como decíamos, a principios de 1813, George llega a Lisboa, donde el regimiento estaba con otros dos de húsares para unirse al Ejército del Duque de Wellington que estaba invernando a lo largo de la frontera portuguesa. Con la primavera el ejército anglo-portugués marcharía a España para continuar la guerra y arrasar tierras y franceses. E industria. Y rapiñar.
 
El ejército de nuestros “aliados” británicos desbordaba optimismo porque había llegado la noticia de que Napoleón había perdido su “Armée” en Rusia ese invierno y los franceses estaban reduciendo sus efectivos en España para compensar las pérdidas en el norte. Ese ejército avanzará derrotando a los franceses. A mitad de junio de 1813 los húsares del decimoctavo regimiento, procedentes de Burgos, llegan a Las Merindades. Su camino será por el páramo de Masa, por el camino del pescado. Pasarán por Cernégula, Puente Arenas, Los Hocinos, Horna y Medina. Allí estará el teniente de húsares George Woodberry. Y sus impresiones y experiencias escritas en sus diarios:

 
[…] Burgos, que para mí pesar sólo vi a tres kilómetros de distancia, es la capital de Castilla la Vieja, y algunos escritores dicen que es la Bravum de Tolomeo. Por mucho tiempo fue el asiento de la monarquía castellana, pero el emperador Carlos V transfirió esta dignidad a Madrid. Burgos, sin embargo, está todavía considerada como la segunda ciudad en España, en dignidad e importancia antigua [...]”. En la otra versión leemos: “El famoso convento de la cartuja de Miraflores se encuentra cerca del lugar de nuestra última acción”.
 
“Cernégula. Lunes 14 de junio [de 1813]. La carretera siguió por inmensas llanuras de montaña [...] Estábamos todos muy cansados al llegar aquí, después de haber marchado por lo menos ocho leguas. Esta aldea, con una luz bonita, está al pie de un alto monte [...] La otra versión nos dice: “La ruta continuó a través de grandes montañas y llanuras durante ocho millas hasta este hermoso pueblo, que se eleva al pie de una alta montaña, y estaba a su vez a dos mil pies sobre el nivel del mar”. Vemos que, aquí, las variaciones son mínimas.

 Horna

“Orne [Horna]. Martes 15 de junio. Poco después de las cuatro marchamos hacia este lugar, y descubrimos que estaba todavía más lejos que el de ayer, al ser nueve leguas. La carretera por las cinco primeras leguas va por un llano. Después llegamos a un paso tremendo formado por elevadas montañas [...] Aquí llegamos a Puente Arenas y pasamos el Ebro por un bonito puente. Ahora teníamos que ir por otro desfiladero por el que discurre el río. Es imposible imaginar un escenario más terriblemente salvaje que este estrecho paso entre los montes. El escenario es de lo más hermoso [...] Después de dejar el río llegamos a un hermoso valle rodeado de altas montañas, y que está ricamente adornado con campos de cereal, árboles frutales y corrientes transparentes [...] Agarré un cordero de un rebaño en la orilla del camino, lo maté al estilo húsar, con mi espada, y lo dividí con Mr. Barrett del decimoquinto de húsares. Cené aparte y pienso que no he disfrutado más una comida en mi vida. Me duele el corazón por la desafortunada infantería, a la que vi pasar hoy marchando, tanta gente tirada en la cuneta, sin poder dar un paso más. Es imposible para los pobres muchachos marchar de treinta a cuarenta millas dos días seguidos [...]”. Cómo hemos comentado las dos versiones que hay de los diarios tienen diferencias: “Partimos esta mañana a las cuatro de la mañana para Horna, un viaje de nueve leguas. Hemos visto a las columnas enemigas moverse por la llanura en dirección a Miranda de Ebro, donde cruzan el río, y donde me entero de que han tomado posición. Ellos estuvieron anoche a ocho leguas del río, y nosotros a cinco. Estuve con Barrett, del decimoquinto de Húsares, a campo a través. Tomamos un cordero de un rebaño, lo tratamos a la manera de los húsares, con el sable, lo descuartizamos y tuve una parte de él para mi cena, que me pareció muy buena. Me duele el corazón por los desafortunados soldados de infantería ¡Hay algunos tirados a un lado del camino! Es imposible que los pobres diablos hagan marchas de treinta o cuarenta millas dos o tres días seguidos en un clima tan caluroso. Pero Lord Wellington quería hacer que el ejército cruzara el río hoy. ¡Solo Dios sabe lo que puede suceder mañana!”
 
“Torres, cerca de Medina, el miércoles 16 de junio. Esta mañana marchamos a las cuatro a Medina, donde la brigada paró casi tres horas por órdenes [...] Fui a Medina y compré varías cosas para añadir a mi almacén de campaña, eso es, coñac, jamón, higos, nueces, etc. Es un pueblo muy antiguo. Tiene tres iglesias y un hermoso castillo romano [ejem], que le da un noble aspecto al lugar. También tiene muchas mujeres hermosas, a quienes vi en sus ventanas muy bien vestidas de negro. Las mujeres son de tez más clara por lo general, y mucho más hermosas que las portuguesas. Parecen encariñadas de nuestros ingleses. En mi opinión son muy parecidas a las mujeres de mi país, y las aprecio más por eso. Estamos acampados en un bosque de robles, encantadoramente situado en las orillas del Trueba, como medio kilómetro de la aldea de Torres, una aldea abandonada, debería de haber dicho, ya que no queda en ella media docena de habitantes, aunque hasta hace poco estaba habitada por 350 personas. Actualmente está en un estado ruinoso. Los restos de su antiguo estado se ven claramente por las ruinas de varias casas muy excelentes [...] Fumar es un pasatiempo favorito entre todo tipo de hombres en España. Aparte del placer que produce, ellos estiman que previene contra enfermedades resultantes del frío y la humedad de las noches de este país”.

 
Miramos ahora la otra versión de sus diarios: “Esta mañana, marcha sobre Medina, donde la brigada hizo un alto de tres horas para esperar órdenes. Fue enviado a esta ciudad el decimoprimero, decimosegundo, decimocuarto, y decimosexto de dragones ligeros; tercero y cuarto de dragones de la guardia; los dos regimientos de la Guardia y los Azules; el Regimiento de Húsares Alemanes; y nuestra brigada: décimo, decimoquinto y decimoctavo Regimientos. Ayer por la mañana, el enemigo ofreció batalla al general Hill, que la rechazó porque sólo tenía quince mil hombres, mientras que los franceses tienen cuarenta y cinco mil. He ido a Medina y he comprado, para completar mis provisiones de campaña, aguardiente, tocino, higos y nueces. Vi mujeres muy atrevidas en sus ventanas, vestidas de negro muy coquetamente; generalmente son muy rubios y mucho más hermosos que las portuguesas. Parece que les gustan mucho los ingleses, y se parecen mucho a las mujeres de mi país; las admiro aún más. Vivaqueamos en un bosque de robles deliciosamente situado a orillas del Trueba y a un cuarto de milla de Torres”. Vemos que en esta versión se acentúan las referencias militares y es, un poco, más atrevida en las descripciones de mujeres. Desde aquí sólo veremos una de las versiones, pero nos será suficiente.
 
 “San Lorente, jueves 17 de junio. El camino estaba en mal estado hoy. Más de mil hombres están acampados a cuatro millas de nosotros. Ahora estamos haciendo el servicio de puestos de avanzada. Los enemigos están en Vitoria con gran fuerza. Se retiraron de Burgos a placer, pensando que tenían a todo el ejército inglés en su retaguardia, y sólo cuando supieron que nosotros habíamos marchado por su flanco se retiraron con toda la prisa posible. Creo que mañana recogeremos a los rezagados y que tal vez podamos hacer frente a algún cuerpo de ejército francés. Mi amigo Smith es el joven más irlandés que he conocido. En este momento, cuando todos los soldados tienen que dar ejemplo, creo que está muy equivocado. Su distancia de la señora Smith puede ser la causa de esto, pero tal motivo no es aceptable para un húsar. Algunos de los guerrilleros españoles están vestidos ropas y sombreros franceses y los otros con viejos uniformes ingleses”. ¿Qué insinúa sobre el irlandés Smith? ¿Lo escribiría en la otra versión?

San Llorente
 
“Desde una campa frente a Berberana, viernes 18 de junio. Hablamos al final de la mañana. Pensamos ir hasta Vitoria, pero cuando llegamos frente a Villa Albia [Villalba de Losa], nosotros, el general Graham, nos enfrentamos al enemigo, que defendió una aldea y un paso durante casi una hora, y luego se retiró en desorden a Vitoria, pisándole los talones nuestra infantería. Como el país es montañoso, la caballería se vuelve inútil y hoy pasaremos a la retaguardia. Después de haber recorrido casi cuatro horas, durante las cuales llovió sin parar, llegó la orden de vivaquear donde pudimos encontrar agua y forraje. Nuestro campamento está debajo de una colina alta en el valle. entre Villa Albia y Berberana, cuartel general de Lord Wellington”.
 
“Sábado, 19 de junio. Al no haber recibido ninguna orden de marcha, seguimos sin información. No tenemos árboles que nos cobijen. El ejército español ha comenzado a pasar cerca de nuestro campamento a las dos de la madrugada y a las once sigue marchando, pero la lluvia me ha impedido ir a verlo. He visto al general español Ballesteros. Es un hombre guapo que parece tener sesenta años. Su estado mayor estaba compuesto por una docena de oficiales bien montados y bien vestidos. Vi a una tropa guerrillera vestida así: una pelliza de húsares y un collar con el penacho (perteneciente al séptimo), un par de calzones franceses de felpa escarlata y botas de salvavidas”.

 
Este fue el último comentario sobre Las Merindades y desde Las Merindades. Llegará a la batalla de Vitoria y a Francia, será herido en Mendionde (País Vasco francés) en un enfrentamiento con la caballería francesa mientras Wellington avanzaba. George, Jorge, tras bautizarse en la Iglesia Católica y abandonar la tierra de Napoleón, retornará a su patria. En 1818 se retiró del ejército inglés y se estableció en Trinidad para aliviar su reumatismo. Llevaba en su pecho la Medalla de Waterloo. En la isla hizo amistad con William White, amigo de Simón Bolívar. En una carta entre ambos, White recomendó a Woodberry, quien deseaba luchar contra la Corona Española. Bolívar, en carta del 29 de septiembre de 1818, lo acepta. A finales de ese año llegó George a Guayana, donde se enroló, recibió el despacho de teniente coronel y fue transferido a artillería. Entre el 15 de julio y el 5 de agosto de 1819, Rafael Urdaneta llevó a cabo una expedición armada en las provincias orientales de Venezuela, con voluntarios extranjeros en su mayoría. George Woodberry tomará parte en ella atacando la plaza realista de Barcelona. Por diversas razones los mercenarios proporcionados por la corona británica se amotinarán siendo licenciados y organizando una división con parte de esas tropas. Al mando estará el coronel Fridental y como mayor tendremos a nuestro George. En noviembre de 1819 es nombrado jefe del estado mayor de la Legión Británica. En noviembre de 1820 lo encontramos como jefe de Estado Mayor de la Guardia en carácter interino. En 1821, el teniente coronel Woodberry será nombrado Jefe de Estado Mayor de la Tercera División. En 1823 era Jefe del Estado Mayor del general Páez.

 
George, como en la Guerra de la Independencia española, escribirá un segundo diario que va desde el 25 de noviembre de 1820 en Sabana Larga hasta el 14 de junio de 1821 en Barquisimeto. Se casará y tendrá familia en Venezuela donde se retira de la vida militar. Al fallecer es enterrado y su cadáver es posteriormente trasladado de cementerio, pero sus restos desaparecen.
 
 
Bibliografía:
 
“Tras las huellas del coronel George Woodberry”. Carlos Pérez Jurado.
“Carlos Eloy Demarquet y George Woodberry, dos voluntarios extranjeros de grata recordación”. Héctor Bencomo Barrios.
“Viajeros por Las Merindades”. Ricardo San Martín Vadillo.
The Gareth Glover Collection
National Army Museum.
Diarios de George Woodberry.
Arre Caballo!
 
Para saber más:
 
Arre Caballo!