Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
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sábado, 26 de abril de 2014

Escarbando en busca de Dios (III): Cueva de San Miguel en Presillas de Bricia.

Mientras se asentaba a la población norteña los musulmanes alcanzaron Amaya, capital del ducado de Cantabria. Era el año 712 y allí derrotaron a Pedro, quien se vio obligado a desalojar la ciudad y a refugiarse en el litoral cantábrico. Se acabó el dominio efectivo visigodo en nuestra zona. 

Hispano musulmán (Foto Nueva Bardulia)


Tras su victoria, los musulmanes se instalaron, sin problemas, en el alto Ebro quizá porque no alteraron las costumbres locales, quizá por su política de pactos o, tal vez, por la asunción de los hechos por parte de los lugareños que “no tenían ganas de más bronca”. De hecho, el nuevo régimen se concentró en el cobro de tributos que ejerció utilizando el entramado administrativo visigodo del ducado de Cantabria. 

Los moros insistieron en la evolución socioeconómica de las poblaciones de Bardulia viéndose cómo durante la primera mitad del siglo VIII se llega a la ruptura entre agricultores y ganaderos al estilo de las películas del oeste. Los primeros se asentarán en el fondo de los valles formando “aldeas familiares” y los linajes ganaderos se asentaron, con sus rebaños, en castros antiguos (verdaderas posiciones dominantes) que fortificaron y desde los que controlaban a los agricultores de las cotas más bajas. En Las Merindades está el ejemplo del castro altomedieval de Peña Horrero (Fresnedo) que representa el paradigma de este tipo de castros ocupados por clanes ganaderos durante la primera mitad del siglo VIII. 

¿Cómo sabemos que Peña Horrero no era un eremitorio o una Laura? Porque las formas de religiosidad, como eremitorios o cenobios, conllevan pocas personas y en Peña Horrero como en Peña de San Clemente y, especialmente, en la Peña del Mazo, los yacimientos nos hablan de grupos pero establecidos a lo largo de varios siglos en el mismo lugar, o al menos, con el mismo lugar de enterramiento.

Mientras, nuestros eremitas también sufrieron los cambios sociales y las Lauras se disolvieron. Los ermitaños, de forma individualizada, se fueron asentando en las inmediaciones de las nuevas aldeas. Será en esas nuevas localizaciones donde construirán ermitas desde las que atenderán las necesidades espirituales de “sus” aldeanos. 

Un nuevo cambio hacia el 741: las disputas entre bereberes y árabes por el reparto del botín hispano lleva al retraimiento de la frontera andalusí al Duero. Esto deparó algo más de una década de independencia plena (741-754) en las Bardulias que finalizó con su incorporación al reino Astur en el año 754 (lo que se conoce como “repoblación de las Bardulias”) por Alfonso I. En realidad fue una articulación política y funcional de Las Merindades. 

El poder asturiano apoyará a los agricultores con lo cual será esta segunda mitad del siglo VIII la que consolide el modelo de villa campesina altomedieval: familias nucleares (los dos cónyuges más sus hijos) que cultivan unas tierras propias, no comunales, con derechos de explotación del monte y tierras marginales de propiedad comunal, y que han desarrollado una organización basada en la vecindad y no en los lazos de parentesco. Algo muy similar a lo que tenemos hoy en día. 

Los políticos asturianos no pusieron todos sus escasos huevos en la misma cesta y también respaldaron a los ganaderos al involucrarles en la agricultura convirtiéndoles en agroganaderos y otorgándoles la tutela militar, que ejercerán desde sus asentamientos fortificados (¿futuros castillos?), sobre las nuevas villas campesinas de los valles. Esto les reintegró en la nueva sociedad desde un estatus militar.

El reino, en continua lucha contra los musulmanes, lógicamente, promocionó el cristianismo como religión del estado (¿había alguna otra posibilidad?) contribuyendo así a la definitiva conversión de la sociedad nororiental y a la inserción de los eremitas en el seno de las nuevas aglomeraciones, donde edificaron centros de culto, ecclesiae, evidentes puntos de encuentro de los vecinos. Y el eremita, el osco ermitaño que buscaba a Dios en las duras y agrestes oquedades de la piedra pasó, paulatinamente, a ser clérigo cuyos mensajes servían para refrendar la nueva sociedad. Ya saben, familia nuclear y el sacramento matrimonial, y fuertes lazos solidarios y de convivencia vecinal. 

Realmente todo iba bien, bueno, bastante bien en Bardulia hasta el inicio del periodo de aceifas, en especial la de Sotoscueva. El poder andalusí buscaba boicotear la incipiente articulación que los astures habían promovido en la zona. Los sucesivos ataques solo consiguieron retrasar el avance económico y demográfico. Aumentará el número de villas campesinas y la presión sobre el espacio existente. 

Esta situación de angustia ante los próximos ataques obligó a desarrollar un sistema de basado en la colaboración y el pacto: los agroganaderos profundizaron en su condición de guardianes y sus castros fueron reforzados, convertidos en puntos de alerta y control donde los campesinos hallaban refugio. Cierto es que los villanos también estaban obligados a realizar tareas defensivas y de vigilancia. Una vez que los agarenos se retiraban regresaban a sus poblados. 

Esta situación solo es soportable mediante una gran fortaleza anímica. Para esta tarea se recurrió al apoyo moral que solo la religión da. Así, la vida cotidiana se impregnó de religiosidad, de rituales y de símbolos cristianos que contribuían a mitigar el horror en el que vivían. 

Todo se percibía bajo formas religiosas: El paso de la vida era sacralizado por un rito o un sacramento (como el nacimiento a través del bautismo); o mediante un orden y una disposición concreta (orientación de las tumbas hacia el este); había bendiciones para las cosechas, para los objetos de uso familiar; y en las piedras de las casas, aparecían cruces y otros símbolos cristianos. En cada nueva población surgía una iglesia y su clérigo atendía las necesidades espirituales de la población a través del culto, la administración del bautismo o la celebración comunitaria de la liturgia. 

"Músico con Eremita" de Moritz von Schwind (1804-1871) 


Pero las situaciones extremas obligan a soluciones extremas, cuando no desesperadas, de índole espiritual (por esa época nadie podía toser al ejército del sur). Resurgen formas religiosas marginales como el eremitismo, integrado ahora, como ya hemos contado, por los que escapaban del acoso islamita y por los expulsados del sistema de villas o aldeas. Buscaron en el sentimiento religioso la razón que les ayudase a sobrevivir dentro de una realidad que no daba opción a la debilidad ni a la inseguridad personal. 

Con relación a los cristianos llegados desde Al-andalus, que ocuparon espacios marginales, poco productivos, algunos tenían oficios como canteros, alarifes, tejedores o bordadores propios de un entorno urbano y no desarrollados en el mundo, de pura subsistencia, que les recibía en ese siglo IX. Permitiéndoles realizar bienes intercambiables comercialmente por cereales panícolas, que se producían en el territorio comunal o privado de las aldeas. Este flujo influyó, entre otras cosas, en la vestimenta, extraña por los materiales, dibujos y tejidos y en la forma de hablar y pronunciar, seguramente diferente.

Es difícil encontrar situaciones novedosas y, por ello, nos encontramos con que algunos de estos individuos optaron por el eremitismo radical o solitario, característico del siglo VI, reocupando o construyendo celdas; otros adoptaron el sistema de Lauras, celdas agrupadas, nuevas o reutilizadas. En ambos casos el sacrificio, las prácticas ascéticas y la fuerza espiritual de los ermitaños propiciaron en las poblaciones, acuciadas por la necesidad de seguridad mental, la asignación de la condición de Santos a los eremitas. Eran como dioses menores que, una vez muertos, se transformaban en reliquias milagrosas dignas de templos que las cobijasen. Probablemente esto es lo que sucedió con la figura del eremita Fermín, de Tartalés de Cilla, de cuyo santuario actualmente no poseemos rastro alguno. 

Y con estas armas (Mejores construcciones defensivas, una aceptable organización militar y productiva y la fuerza moral de una religión endurecida) los cristianos de Castilla, de Las Merindades, soportarán y reaccionarán ante cada aceifa musulmana durante ese siglo IX. En cada vía de paso susceptible de ser utilizada por los musulmanes los cristianos construyeron torres de vigilancia, trincheras y fosos y levantaron todo un aparato de apoyo logístico. Seguramente, el castillo de Tedeja se recuperaría entonces. 

Este avance en el sistema defensivo conllevó una división social del trabajo entre soldados y productores. Así, los líderes agroganaderos se convirtieron en seniores/sahib o jefes militares encargados de organizar la defensa del territorio desde sus castella/qilá. 

Las citas sobre "cella" como entidad religiosa tienen su mayor
número en la Alta Edad Media y la mayoría se concentran en
un solo documento: la fundación del Monasterio de Oña en 1011.


Cueva de San Miguel en Presillas de Bricia. 

Escondido en este pueblo encontrarán este magnífico conjunto rupestre formado por una sorprendente iglesia rupestre, conocida como la "Ermita de San Miguel", y por una serie de cavidades artificiales y naturales sitas unas alrededor de la iglesia y otras en Presillas de Bricia. Tenemos una zona solitaria, al abrigo del monte, rodeada de exuberante vegetación, con espacio para cultivos y agua en las proximidades desde la cual se divisa gran parte del valle. 

La iglesia, con una planta más larga que ancha, es muy alta, contando, Incluso, con dos pisos; en el inferior, el espacio se distribuye entre una cabecera triabsidal plana y tres naves que desembocan en la cabecera triple, mientras que el nivel superior está reservado para la tribuna o galería alta desde la que se contempla en interior del templo. 

La entrada, en el piso inferior, la encontrarán cerrada mediante una reja para proteger la iglesia. Está orientada al oeste y posee entalladuras de cerramiento. Las cortas naves están separadas por grandes pilares que sustentan potentes arcos de medio punto peraltados que dividen la bóveda de cañón en dos tramos. Cada nave desemboca en un ábside con su altar.

Cueva de San Miguel


En el sector trasero de la nave de la izquierda, junto a la puerta, encontrarán una hornacina inacabada y un poyete. El muro del ábside tiene dos oquedades. El ábside, orientado al este y elevado respecto a la nave presenta un altar de bloque prismático con agujero para las reliquias. Sobre éste hay un grueso arco de medio punto. La nave central es similar a la anterior pero su arco sobre el ábside es un trabajo más irregular. La última nave es más baja pero con el pavimento sobre elevado frente a las otras. La zona del ábside se alza sobre la nave y está cubierto con una pequeña cúpula. Su altar está muy erosionado y es también de bloque. Sobre él vemos una hornacina que va acompañada por otra situada en la pared meridional. 

Los tres ábsides están comunicados entre sí a través de arcos de medio punto peraltados y más bajos que los arcos transversales. 

En la roca situada junto a la nave izquierda nace una escalera de husillo labrada que comunica con el piso superior. Allí tenemos la tribuna o coro alto que, como un balcón, se levanta sobre la parte trasera del templo. A juzgar por los mechinales (los Agujeros que quedan en las paredes donde asentaron viguetas de andamio) y agujeros artificiales existentes en paredes y suelo la tribuna estuvo completada con obra de carpintería. Las ranuras y mechinales se extienden por el techo, paredes y arquerías interiores y no solo en el piso superior.

Al exterior, a la izquierda de la entrada, aparece una gran hornacina que pudo funcionar como altar exterior. 

Y ya que estamos fuera, rodeamos el roquedo por la izquierda hasta la llamada "Cueva de la Vieja", excavada en el mismo peñón y relacionada con la iglesia de San Miguel. El acceso a la cavidad se efectúa a través de una escalera tallada que llega hasta la entrada de la cueva. La entrada da paso a una cámara espaciosa, de planta cuadrangular y cubierta con bóveda de cañón, que en la pared del fondo presenta un banco corrido sobre el que se han grabado numerosas cruces y otros símbolos. En las paredes de la cueva se observan mechinales labrados artificialmente. 

Hay visiones que sitúan es esta sala el Baptisterio al presentar dos rebajes a modo de pilas de diferente tamaño, excavadas en la iglesia. La mayor ocupa el centro de la cámara, de forma rectangular con un canalillo artificial que desagua en su interior. Recordemos que en esta época se practicaba el bautismo por inmersión, ritual que estuvo vigente hasta la Reforma Gregoriana de finales del siglo XI.

Otra vez fuera, rodeando el roquedo por la derecha, en la parte trasera de la iglesia tendríamos tres posibles celdas, contiguas, con forma de abrigos, que presentan muescas, ranuras y cruces latinas grabadas. En la cornisa del templo, sobre la tribuna, aparece una estancia rectangular que podría haber sido un mirador o lugar de observación. 

Próximas a la iglesia se erosionan numerosas cuevas y abrigos naturales que pudieron servir como celdas eremíticas. Y lo mismo con relación a las oquedades dentro del pueblo, cerca de la fuente. Las cavidades, actualmente inaccesibles, responderían al modelo de cámaras individuales, pequeñas y agrupadas pero manteniendo su independencia frente a las demás. Sería similar a la ya explicada Cueva de los Portugueses. 

Cueva de San Miguel


Por ello, podemos concluir que: Iglesia + Celdas = Laura convertida en comunidad monástica altomedieval. La presencia de tres altares interiores y un posible altar exterior, así como la existencia de un hipotético baptisterio -"Cueva de la Vieja"-, inducen a pensar que esta iglesia de tipo monacal, desempeñaría también las funciones de iglesia parroquial destinada a los fieles. 

Para establecer la cronología recurrimos a la arqueología y el análisis estilístico. De un lado, los restos cerámicos encontrados en una excavación arqueológica realizada a finales de la década de los sesenta por M.A. García Guinea fuera del templo, arrojan una cronología que se sitúa entre los siglos VIII-X. De otro lado, la presencia de la cabecera tripartita plana con tres ábsides rectangulares situados a la misma altura, la utilización de naves muy cortas, la disposición de los tres altares de bloque en el centro de cada uno de los ábsides, la presencia de tribunas, la decoración de los ábsides con arcos ciegos o la utilización de arcos de medio punto peraltados para conseguir una mayor sensación de verticalidad, son elementos característicos del arte asturiano que se desarrolla desde la segunda mitad del siglo VIII hasta principios del siglo X.



Bibliografía: 

Eremitorios rupestres en la comarca de Las Merindades (Judith Trueba Longo)

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