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domingo, 4 de mayo de 2014

850 a 866 El tiempo del rey Ordoño I

Acaba de morir Ramiro I. Pero, a diferencia de las anteriores sucesiones, en esta no habrá grandes revueltas al tener ya rey: Ordoño. Se dice que era serio, prudente y templado, y afable y modesto... Había nacido hacia 821, se había criado en la corte de Oviedo y en Lugo donde aprendió el arte de gobernar y el uso de las armas. Y eso se vió con el levantamiento de Nepociano.

Ordoño I, Catedral de Santiago de Compostela


Desde 847 estaba casado con una noble vascona, Doña Munia o Nuña, de la familia de los Arista (los Íñigo), que reinan en Pamplona. Evidentemente un matrimonio político. Y el 2 de enero de 850 será en primer rey de Asturias que hereda el trono por derecho de sucesión. No habrá golpes palaciegos pero tendrá revueltas: una revuelta de vascones que súbitamente se convirtió en gran batalla contra los ejércitos de Córdoba. 

¿Y eso? Parece que los clanes vascones tantearon la firmeza del nuevo rey para poderle arrancar concesiones (como ahora con los nacionalistas) pero cuando se estaban encarando en la llanura alavesa durante un día de ese verano de 850 apareció una cuantiosa hueste musulmana. ¡Vaya por Dios! Salen para una aceifa veraniega y se encuentran con el ejército real. Ordoño tenía dos frentes que cubrir pero optó por los moros. Les derrotó y ante esta demostración de fuerza los clanes vascones se sometieron.

El rey de Asturias no vivirá en paz. Tras esta escaramuza se encontrará con la batalla de Albelda que conoceremos como “la de Clavijo” una fortaleza que controlaba la entrada al alto Ebro, Álava y Castilla Vieja (Las Merindades); el desastre del Guadalcelete, los Vikingos en Santiago (los mismos que secuestraron a García Íñiguez, rey de Pamplona)... 

¡Jó, con los Vikingos! Consiguieron que García replantease sus alianzas porque los Banu-Qasi no le ayudaron. Y dado que los asturianos habían derrotado dos veces a los daneses, saqueadores de París, Orleans, Al-andalus y captores de reyes resultó apetecible como amigo o, incluso, aliado. Ordoño, a su vez, buscaba como sacar su reino de las montañas, hacia el sur, al Duero y al alto Ebro. La repoblación de la Bardulia señalaba el camino. Pero al este del reino estaba Albelda, el baluarte de los Banu-Qasi, de Musa, señor del valle del Ebro y “tercer rey de España”. 

El territorio Banu-Qasi era un auténtico tapón en el centro de la península. Para que se hagan una idea, desde el año 850 no salieron caravanas desde Zaragoza hacia Córdoba. Musa influía al sur de sus dominios mediante alianzas matrimoniales (una hija con Izraq, gobernador de Muhammad en Guadalajara) y apoyo a revoltosos (su hijo Lope como gobernador de los rebeldes de Toledo). ¿Arriesgado? Claro, pero en eso consistía el juego. Y a Musa le dio muy buen resultado: el propio Carlos el Calvo, rey de los francos, trató de ganarse la voluntad del Banu-Qasi inundándole de regalos. Resumiendo, Musa era un grano en el... de todos sus vecinos. 

Albelda escocía a Asturias porque ejercía una presión permanente sobre los colonos cristianos que empezaban a cruzar el Ebro en La Rioja. Y por eso Ordoño quería borrarla del mapa. En 852 Musa soportó la embestida y respondió saqueando Álava. También lo hizo en 855 y 859. Pero no solo esa zona, la ruptura con García Íñigo por el “caso Vikingo” fue acompañada de una campaña de saqueo contra tierras pamplonesas. Ordoño debió de ver claro el paisaje: si ahora, 859, atacaba Albelda, ni pamploneses ni cordobeses acudirían en socorro del Banu-Qasi. La victoria cristiana fue completa con lo cual se abrió el camino al sur.

Dibujo de Justo Jimeno


La iniciativa privada sigue siendo el motor de la Reconquista, pero el rey se suma a la corriente, la empuja y, además, pone su nombre en muchas de las tierras recobradas. ¿Y podía el rey poner su nombre a esas tierras, adjudicárselas? Sí. Desde los tiempos de Roma, una vieja costumbre decía que las tierras vacantes, desocupadas, yermas, correspondían al soberano. Los godos mantuvieron esa costumbre y Ordoño iba a aplicarla a conciencia.

Amaya se repoblará inmediatamente después de la segunda batalla de Albelda. Era una vieja fortaleza prerromana, centro de comunicaciones bajo el imperio, capital del ducado de Cantabria en la España goda… Allí se luchó contra la invasión del islam. Después, Alfonso I, hijo del último duque godo de Cantabria, la reocupó y hasta puso un obispo, pero la ciudad estaba demasiado expuesta y se abandonó. Pero Albelda cambió las cosas. El paisaje era otro; había hombres para repoblar, había tropas para guerrear y, sobre todo, había un horizonte despejado hacia el este. 

Para ello Ordoño encargó a Rodrigo, primer conde de Castilla, que reconstruyera las murallas y ocupara el territorio. Y Amaya, que ahora iba a llamarse Amaya Patricia, sería una pieza importante de una cadena de puntos fuertes, que no frontera. Esas nuevas ciudades hay que verlas como nudos de una red sobre los cuales se constituye el orden jurídico... y militar. Desde ellas se controlan las vías hacia el corazón del reino y son base para proyectarse hacia el sur. Y todo ello sin olvidar la función política, porque materializan la presencia ordenadora de la corona, y la función económica, porque se convierten en los ejes de las comunicaciones y de los intercambios. Pero no debemos olvidar que las ciudades-fortaleza no marcaban la frontera. 

La frontera real está más al sur, donde los colonos se asentaban. En julio de 852 tenemos al abad Paulo, con el presbítero Juan y el clérigo Nuño, haciendo presuras a orillas del río Purón, en el valle de Tobalina; al año siguiente funda el monasterio de San Martín de Losa, y gracias a ese documento sabemos que Paulo controlaba tierras en los valles de Losa, Valdegovía y Tobalina, es decir, en lo que hoy es el límite de Álava y Burgos. En julio de 855 encontramos los mismos nombres en la fundación del monasterio de San Román de Dondisle, siempre en la misma zona del noreste burgalés. Un poco más al oeste, en el valle de Valdivielso, tenemos al abad Rodanio, que funda el monasterio de San Pedro de Tejada, después de haber hecho presuras en torno al cerro de Castrosiero. De este cerro, por cierto, sabemos que fue habitado durante siglos por sus cualidades defensivas. Aquí encontramos otros dos nombres: Fernando Núñez (llamado de Castrosiero) y su esposa Gutina, que aparecen vinculados a la pequeña iglesia de las santas burgalesas Centola y Elena. 

Sabemos de dos repobladores, Sonna y Munina, que en 865 entran por un año en el monasterio de San Cosme y Damián de Valderrama y le donan diversas tierras. Ojo a este asunto: Valderrama está en Tobalina, en Burgos, pero ya no al norte del Ebro burgalés, sino al sur del río. ¿Cuándo se atrevieron a dar el salto? ¿Y quiénes eran Sonna y Munina? Apenas podemos aventurar respuestas para estas preguntas. Sona o Sonna es un nombre de varón; Munina o Munia, un nombre de mujer. El primero, de origen germánico; el segundo, frecuentemente vascón. Por los documentos de la época sabemos que hubo una importante familia Sonna. También abundan los Muñios y Munias, Nuños y Nuñas, cuyos hijos son Muñoz y Núñez. Podemos conjeturar que estamos ante un matrimonio de la época, Sona y Munina que se lanza a hacer presuras al sur del Ebro. 

Los colonos descendieron hasta el Arlanzón y parece ser que empezaron a repoblar el área de lo que hoy es la ciudad de Burgos. Con más claridad consta la repoblación de Mijangos, a un paso de la línea del Ebro en Burgos. Más al este, la repoblación descendía desde los montes Obarenes a los montes de Oca, y allí, sobre las ruinas de la vieja Auca romana y goda, crecía lo que hoy es Villafranca de Montes de Oca. 

Es decir, Ordoño aprovechó el éxito de Albelda del 859, para impulsar la repoblación de Castilla Vétula, de Las Merindades. Y el emir Muhammad clamó venganza. Pero, ¿sobre quién vengarse? Pues... Pamplona, cuyo cambio de bando al de Ordoño, merecía castigo. La ofensiva serviría, además, para advertir a todos los territorios hispanos de lo peligroso que era abandonar el lado musulmán. Debió de ser en la primavera de 860 y se llevaron al heredero navarro que “disfrutó” de las excelencias de Córdoba durante 20 años. La venganza del emir empujó a los reyes de Pamplona a abrazar, ya para siempre, la causa asturiana. 

Moneda de Muhammad I


La cuestión es ¿Por qué no enfiló Asturias si fue Ordoño quién le atacó? Esta respuesta árabe significaba que Córdoba no estaba en condiciones de alinear grandes ejércitos contra el norte cristiano. Era, pues, el momento oportuno para tomar la iniciativa. Ordoño atacó Coria, la saqueó y escapó con el alcalde Zeid y, simultáneamente, Talamanca, al sur de la sierra de Guadarrama, por medio del conde Rodrigo de Castilla. La hueste partió de Castilla Vieja, o de Amaya, y vengaron lo sufrido en Álava y Bardulia. Esclavizaron a la población mora y se llevaron al alcalde de la ciudad, Mozeror, y a su esposa Balcaiz. Ordoño Fue el primer rey de Asturias que tocaba las narices, y bien, al emirato de Córdoba.

El emir de Córdoba, Muhammad I (852-866), comprendía que era imprescindible golpear ya Asturias. Para más inri, en 862 había muerto Musa, el Banu-Qasi, dejando en el valle del Ebro un peligrosísimo vacío. Atacaron, hacia 863, Talamanca donde los soldados de Rodrigo resistieron. 

¡Calma! El emir Muhammad diseñó su venganza: se aseguró que los Banu-Qasi del Ebro serían buenos chicos; que Mérida y Toledo permanecerían calmadas; y decidió que no cruzaría la meseta norte. ¿Por dónde, entonces? Por aquí, por Castilla: los valles de Mena, Losa, Tobalina, Valdivielso… Ciudades como Oca, Salinas de Añana y Oña eran todavía pequeñas aldeas de recién llegados. La frontera sur de la colonización, sobre la línea del río Tirón y en la margen norte del Ebro, carecía de estructura militar y política. Pequeños castillos actuaban como vigías, pero ni en sueños podrían pensar en frenar una invasión. Y sin embargo, era la región más peligrosa para el emirato, el punto donde podría romperse la comunicación de Córdoba con el valle del Ebro y el Pirineo. 

La primera campaña fue en aquel mismo año 863. Muhammad apuntó directamente a Castilla y Álava, la región más desguarnecida del reino cristiano. Envió un poderoso ejército. Como era costumbre en los emires, puso al frente a uno de sus hijos, Abderramán, con un general de confianza, en este caso Abd al-Malik ben Abbas. La fuerza sarracena penetró por la orilla del Ebro desde las tierras riojanas controladas por ahora domados Banu-Qasi y atacó Miranda, que por entonces era un pequeño núcleo rural perteneciente a la demarcación de Valpuesta. Será la aceifa de los diecinueve Condes Muertos. 



Volvieron en 865. Será la aceifa de La Morcuera. Las cifras del ejército movilizado son asombrosas: 2.900 jinetes de Elvira (Granada), 2.200 de Jaén, 1.800 de Cabra, 1.200 de Écija, 2.600 de Málaga, 6.800 de Sidonia, y más jinetes de Priego, Algeciras, Carmona, Murcia, Calatrava, Morón, hasta un total de 20.000 soldados de a caballo. Añadamos las tropas de caballería de la propia Córdoba, que no debían de ser menguadas, más los soldados de a pie. No será descabellado cifrar el total de la fuerza sarracena en un mínimo de 50.000 hombres. En el enfrentamiento del cañón de La Morcuera, si es que fue allí, la hueste de Rodrigo quedó totalmente aniquilada. Sin guerreros la repoblación se paró y reculó. El príncipe Abderramán volverá en 866 y 867. El rey Ordoño murió el 27 de mayo de 866, cuando fue Mena el objetivo de los agarenos.

Los castellanos (esa mezcla de cántabros, vascones, godos y mozárabes), como Mc Arthur, volverían. Será en tiempos de Alfonso III (852-910), victorioso en el campo de batalla, lúcido en los asuntos de gobierno, brillante en el plano cultural. Frente a Asturias tendremos un Al Andalus más rico, pero con una sociedad estancada que importará personas, tanto de África como de Europa, frecuentemente en condiciones de esclavitud, para llenar sus campos y sus ejércitos. 

Respecto a la España pirenaica (Aragón y los condados catalanes) todavía no son nada. 



Bibliografía:

“Atlas de Historia de España” de Fernando García de Cortazar.
“Historia de España” de Salvat.
“Batallas en Las Merindades” de Aitopr Lizarazu Pérez y Felipe González López.
"La gran aventura del reino de Asturias" de José Javier Esparza.

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