Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
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domingo, 21 de junio de 2026

Enrique III de Castilla. Ya saben: el doliente (II) o lo bueno, si es breve, dos veces bueno

 
 
Retomamos la vida de Enrique III donde la dejamos: cuando asumió la mayoría de edad con 14 años. Nada que ver con nuestros días en que a un tipo con la barba cerrada y 17 años, once meses y 20 días lo llamamos niño. Pues, con catorce años, nuestro Enrique III nombró gobierno. Los cargos de mayor relieve político recaerían en personas de su absoluta confianza. Una de las primeras decisiones que tomó Enrique III fue restar atributos a las Cortes, en particular el cobro de las alcabalas (impuestos sobre el comercio) que ahora pasarían directamente a la corona. Al mismo tiempo Enrique creaba la figura del corregidor como delegado del poder regio en las ciudades. La corona concentraba en sus manos los principales resortes del reino. Señales de un mundo medieval terminal.

Enrique III de Castilla
 
Las Cortes se abrieron el 15 de noviembre. El rey declaró que, habiendo cumplido los catorce años y tomado la dirección y regimiento del reino, libre ya de tutorías, era su voluntad confirmar y guardar los privilegios y libertades que sus pueblos gozaban; que revocaba todo lo hecho y ordenado por los tutores, sobre todo en lo tocante a donaciones, mercedes, tierras y quitamientos; y que atendidas las necesidades del reino y algunas deudas que tenía que satisfacer del tiempo de su padre, esperaba le diesen dinero. ¿Deudas del tiempo de su padre? ¿A qué se refiere? Pudiera referirse a las deudas para afianzarse en el trono procedentes del tratado de Bayona: había que pagar al duque de Lancáster la renta anual de 60.000 ducados, aunque sí se le entregó los 600.000 ducados de oro de pago inicial. Los procuradores respondieron por escrito al rey recomendándole que procurara rodearse de buenos consejeros, prelados, caballeros y hombres buenos de las ciudades; le rogaban moderase sus gastos y no se pasase con los impuestos que debían ser aprobados por las Cortes.
 
Enrique, ya que estaba en Burgos, decidió ese septiembre ir a jurar los fueros del señorío de Vizcaya. Desde Bilbao envió cartas a los vizcaínos para que se juntasen en los lugares acostumbrados. Sucesivamente juró en Larrabezúa, en Bermeo, y en Guernica. El nuevo Señor de Vizcaya concedió a los vizcaínos el derecho de tener juicio por desafío como en Castilla y en León. Luego pasó por Vitoria camino de Castilla.
 
Durante los primeros meses de 1394 fueron incorporándose al Consejo del rey sus fieles que ejercían el poder a través de los oficios en la corte. Entre ellos estaban: Juan Hurtado de Mendoza, Diego López de Zúñiga, Ruy López Dávalos, Pedro López de Ayala, Juan Fernández de Velasco, Diego Hurtado de Mendoza y Lorenzo Suárez de Figueroa. Esto enfadó a los parientes del rey. Para evitar la confrontación, se atendió algunas de las demandas de aquellos: al conde de Niebla se le confirmaron sus privilegios para que pudiera restaurar su autoridad en Sevilla, o la reconciliación con Pedro Tenorio. Aun así, los parientes de rey, que no renunciaban a ejercer el gobierno del reino, intentaron formar una liga auspiciada por la reina Leonor, los condes de Trastámara y Noreña y el duque de Benavente. El Consejo del Rey envió al mariscal Garci González Herrera con una generosa propuesta de reconciliación que fue rechazada. Los rebeldes crearon una liga en una reunión a la que asistieron el arzobispo de Santiago y el infante Juan, hijo bastardo del difunto Pedro I de Portugal, que estaba exiliado en Castilla. E hicieron un llamamiento para levantar tropas, que fue contestado de la misma forma por el Consejo. Pero la falta de un liderazgo y de un plan de acción dejo a la liga con poca capacidad de acción.

 
En abril de 1394, la tregua con el reino nazarí de Granada estuvo en peligro de romperse cuando Martín Yáñez de la Barbuda, maestre de Alcántara, influido por un ermitaño visionario, informó a Enrique III que preparaba una expedición contra los musulmanes. El rey, el maestre de Santiago y otros jefes de la frontera intentaron detener el disparatado ataque, pero no lo consiguieron. Ante ello, el Consejo ordenó al duque de Benavente y a los condes de Noreña y Trastámara que se unieran al rey con las tropas que pudieran reunir. Esta orden les permitió reunir un ejército que ya no era necesario, porque el maestre de Alcántara acababa de ser derrotado y muerto por los nazaríes en la Vega de Granada. ¿De verdad no era necesario el ejército a estos parientes del rey? Al rey no. Pero a ellos… Al poco Enrique III salió de Toledo con mil seiscientas lanzas hacia Illescas. Allí esperó al marqués de Villena, que presionado por Juan I de Aragón y Carlos III de Navarra, venía con mil quinientas lanzas. Rápidamente se constituyó una alianza alrededor del rey en la que entraron, entre otros, Pedro Tenorio, el maestre de Santiago y Juan Hurtado de Mendoza. Pero una serié de desencuentros hizo que el marqués de Villena abandonara y volviera a Aragón. A pesar de ello, la corte continuó su marcha hacia Valladolid. Allí tuvieron noticias de que: el duque de Benavente estaba en Cisneros (Palencia) con seiscientas lanzas y dos mil peones; el arzobispo de Santiago estaba en Amusco (Palencia) con quinientos caballos y mil infantes; el conde de Noreña continuaba levantando tropas en Asturias; la reina Leonor se encontraba refugiada en Roa (Burgos), y no se sabía la cantidad de tropas que el conde de Trastámara levantaba en Galicia. En junio de 1394, uno tras otro acudieron los rebeldes a Valladolid, y con la excepción del conde de Noreña y de Leonor de Navarra, prestaron y firmaron la sumisión al rey. Al día siguiente se firmó un tratado de paz y ayuda entre Castilla y Navarra. En el mismo acto, Enrique III prometió solemnemente entregar a la reina Leonor a su marido Carlos III, bajo la garantía de que recibiría buen trato, en cuanto la agarrase.

Leonor de Aragón.
 
Enrique ya estaba hasta las narices de sus parientes y ese julio de 1394 decidió el encarcelamiento de los más peligrosos: el duque de Benavente, los condes de Trastámara y Noreña, y la reina Leonor. Por ello, el de Benavente fue encarcelado y llevado al castillo de Burgos cuando asistía a una reunión del Consejo; el de Trastámara logró huir con sus tropas y refugiarse en Roa con la reina Leonor. Para hacerse con él, el rey marchó hacia Roa, pero, debido a que el conde había huido hacia Galicia, sólo consiguió hacer prisionera a la reina Leonor y enviarla al monasterio de Santa Clara en Tordesillas (Valladolid) a la espera de entregarla a su esposo.
 
En agosto, Enrique III se dirigió a Asturias para enfrentarse al conde de Noreña. Durante el trayecto, además de someter a villas y fortalezas partidarias de los rebeldes y de enviar mensajeros al conde exigiéndole la rendición, recibió en Cisneros al arzobispo de Santiago, que exageró su fidelidad a la Corona y se retiró a Galicia, desde la que más tarde huyó a Portugal por temor a Pedro Tenorio. A su paso por León, el rey recibió la petición de clemencia, que fue aceptada, del conde de Trastámara.

Castillo de Noreña.
 
En septiembre, el ejército del rey entró en Asturias apropiándose casi sin resistencia de las posesiones del conde de Noreña, que tuvo que replegarse hacia el castillo de Gijón. A principios de noviembre se inició el asedio de la fortaleza, pero tras duros combates sin conseguir la rendición y con la amenaza de la proximidad del invierno, se levantó el asedio tras negociar una tregua de seis meses. Tiempo que serviría para que, a petición de ambos contendientes, Carlos VI de Francia actuara de árbitro y determinase si las reclamaciones del conde para que se le devolviesen sus posesiones eran justas. Enrique III volvió a Valladolid y convocó Cortes para principios de diciembre de 1394 en San Esteban de Gormaz. Pero, cómo las comunicaciones eran cómo eran, las Cortes comenzaron en la última semana de diciembre en Medina del Campo con poca asistencia y escasos acuerdos. Entre ellos: petición de subsidios y las condiciones en que se haría la entrega de la reina Leonor a su esposo. En febrero de 1395, Enrique III llevó a su tía Leonor hasta la frontera con Navarra cerca de Alfaro y la entregó a su esposo, después que éste hiciera los juramentos previstos de seguridad y honra ante los legados papales: los obispos de Zamora y de Albi. Ni cumplir “órdenes de alejamiento” ni leches. El rey estaba harto de su tía.
 
Culminadas las treguas con el conde de Noreña, Enrique III comenzó un segundo cerco a Gijón haciendo caso omiso a la petición de Carlos VI de ampliar el plazo para dictar sentencia. Defendía la fortaleza la esposa del conde, Isabel, hija bastarda del difunto rey de Portugal Fernando I. Tras más de dos meses de duros combates, la condesa se rindió y huyó por mar con sus partidarios después de quemar la fortaleza (otras fuentes dicen que la quemó el rey). Una vez conseguida la caída de los enemigos además de parientes, que se rindieron o exiliaron, Enrique III comenzó la tarea de reafirmar la autoridad de la monarquía. Para ello, necesitaba pacificar los bandos nobiliarios que ensangrentaban con sus luchas algunas de las más importantes ciudades de Andalucía y Murcia, y restaurar el orden público consolidando la figura de los corregidores que se encargarían de la justicia y la represión del bandidaje, entre otras tareas.

Gijón siglo XIII (Dibujo de Gaspar Meana)

 

También en aquel año 1395, el incumplimiento de Castilla de los acuerdos suscritos con Portugal sobre la entrega de prisioneros pudo romper la tregua. Para evitarla, se reunieron dos jueces arbitrales de ambos reinos y evaluaron que los daños por el quebrantamiento ascendían a cuarenta y ocho mil doblas de oro en contra de Castilla. El rey portugués reclamó el pago y Enrique III contestó “que sí, que sí…”, pero no saldó la deuda.
 
En diciembre de 1395, Enrique III se trasladó a Sevilla donde encomendó a Pedro Tenorio y a Diego López de Zúñiga la investigación de los actos de indisciplina cometidos en la ciudad y de los saqueos de las aljamas; y a Ruy López Dávalos para poner fin a las banderías de los nobles. En enero de 1396, como resultado de las indagaciones, fueron recuperados algunos bienes robados a los judíos y encarcelado el arcediano Ferrán Martínez como único culpable de las algaradas. En lo que respecta a las luchas en las ciudades entre los nobles; hasta la primavera no fueron pacificadas las dos últimas: las jiennenses Úbeda y Baeza.

Juan I de Avis
 
El rey portugués Juan I de Avís, en mayo de 1396, para acelerar el cumplimiento de los pactos suscritos con Castilla, conquistó Badajoz y cogió prisionero a su obispo en una acción “de comando”. Como consecuencia de ello, y después de unas negociaciones de paz que fracasaron, la caballería de los maestres de Santiago, Alcántara y Calatrava invadió Portugal por la zona entre los ríos Tajo y Guadiana. Además, naves vizcaínas desvalijaron a dos grandes naos portuguesas.
 
A mediados de 1397, los portugueses incendiaron las instalaciones portuarias de Cádiz; en represalia, una flota de seis galeras portuguesa procedente de Génova fue capturada por naves castellanas. A partir de aquella actuación, comenzó una serie de ataque de corsarios castellanos contra barcos portugueses sin que Portugal pudiera presentar una defensa eficaz en el mar. Por ello, el condestable portugués Nuno Alvares Pereira atacó Cáceres, quizá buscando bajar la presión, y que terminó en un duro fracaso.
 
En enero de 1398 se descubrió en Galicia una conspiración contra Enrique III propiciada por Juan I de Portugal y apoyada por el arzobispo de Santiago, que habían aprovechado las discordias internas para intentar debilitar al rey castellano. En mayo, Los portugueses atravesaron la frontera con un ejército y tomó Salvatierra de Pontevedra y puso sitio a Tuy. También por aquellas fechas, el arzobispo de Santiago regresó a Galicia con tropas y se apoderó de la ciudad Pontevedra, que posteriormente fortificó. Enrique III intentó desestabilizar Portugal con el reconocimiento como rey por parte de Castilla del infante Dionís, hijo ilegítimo del difunto Pedro I de Portugal. En febrero de 1399 se iniciaron negociaciones de paz con Portugal que fracasaron. Ante la necesidad de encontrar una solución se pactó una tregua hasta julio para que los negociadores buscaran una solución. ¿Respetaron la tregua? Portugal no. Para tener más bazas con las que negociar, atacó en el verano la fortaleza de Alcántara. Fue socorrida por tropas castellanas que, además de conseguir que los portugueses levantaran el campo, entraron en Portugal y tomaron varias villas. En agosto, los castellanos tomaron Miranda de Duero, ciudad portuguesa fronteriza con Zamora. Por lo menos en diciembre de 1399, se firmó una tregua… de cuatro meses para reiniciar las negociaciones. Por cierto, en mayo de 1399 fallecía el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio.

 
A primeros de enero de 1400 las negociaciones fracasaron porque los portugueses pedían la devolución de los prisioneros y de las plazas conquistadas, y los castellanos querían, además, una indemnización para los exiliados y para la reina Beatriz, hija del difunto Fernando I de Portugal y segunda esposa del anterior rey de Castilla Juan I. Como no había ganas de guerra, no recomenzaron las hostilidades, pero sí se prorrogó la tregua, primero hasta octubre y luego un año más.
 
Enrique III tuvo tiempo en todo este maremágnum del 1400 para enviar una escuadra a destruir Tetuán que era un nido de piratas. Capturó a sus moradores y demolió sus edificios, dejando la ciudad despoblada por más de noventa años. El famoso Pero Niño, conde de Buelna, verificó un crucero por el Mediterráneo en busca de piratas musulmanes.
 
Enrique III, en 1401, envió una embajada a Samarcanda a Amir Timur, nuestro Tamerlán, que era el último Gran Khan del Imperio mongol y que amenazaba por el este al Imperio turco otomano. Aplicando eso de “el enemigo de tu enemigo es tu amigo”. Los mongoles asediaban Bagdad y Damasco y estrechar lazos con el poder mongol significaría atrapar a los musulmanes en una pinza. En serio. Además, el rey, ese año, convocó cortes en Tordesillas. En ellas presentaron los procuradores de las ciudades, y el rey otorgó, diez y seis peticiones unas dirigidas a corregir y refrenar la codicia de los arrendadores públicos que se enriquecían a costa de los pueblos, otras encaminadas a eliminar a los magistrados y jueces que torcían la justicia y abrían la mano al cohecho, inclinándose siempre del lado y en favor del más rico. Diríamos hoy que pedían luchar contra la corrupción.

Fernando I de Trastámara, 
rey de Aragón.
 
Para redondear el año, la reina Catalina de Lancaster dio a luz a María el 14 de noviembre de 1401. Este nacimiento empezaba a alejar al infante Fernando de la corona castellana ya que, hasta entonces, había actuado como heredero al Trono. En enero de 1402, la princesa María fue jurada heredera de Castilla y de León en unas Cortes en Toledo. María de Castilla (1401-1458)contraería matrimonio con Alfonso V de Aragón.
 
En junio de 1402, Enrique III rechaza una propuesta portuguesa de paz porque, además de sus demandas anteriores, quería ayuda militar y naval. Pero esta circunstancia dio pie la firma de una tregua de diez años, que se firmó en agosto, donde Castilla retiraba su apoyo a Beatriz y a los exiliados portugueses; ambos reinos se otorgaban libertad de comercio, excepto para el oro, plata, armas y cabalgaduras; y se devolvían las plazas tomadas: Castilla devolvía Braganza, La Piconia, Miranda de Douro, Binhaes, Pena Maçor, Pena Garza y Nódar y Portugal restituía Badajoz, Tuy, Salvatierra y Santa María de Miño.

 
Ruy González de Clavijo partirá hacia Samarcanda a finales de mayo de 1402 para entrevistarse con Tamerlán. Tardaron más de un año en llegar y aunque fueron bien tratados y agasajados, fueron despedidos debido a la inestabilidad del imperio fruto de la muerte de Tamerlán en febrero de 1405. Los embajadores castellanos tuvieron que malvender todo lo que llevaban para salvar el pellejo. Consiguieron volver a Castilla en marzo de 1406. Posteriormente Clavijo escribió un relato con las experiencias de aquel viaje al que tituló “Embajada a Tamorlán”.
 
En 1043 nacerá Catalina de Castilla (1403-1439) que se casará con su primo carnal Enrique de Trastámara, hijo del rey Fernando I de Aragón y de la reina Leonor de Alburquerque.

 
Enrique III fue el rey que inició la conquista de las islas Canarias. Esas en las que hoy Marruecos ansia clavar su bandera con aliados poderosos. La posesión castellana de las mismas fue en 1404 de la mano de dos normandos, Juan de Bethencourt y Gadifer de la Salle. ¡Anteriores en casi doscientos años a Granada o Navarra! Bethencourt era un comerciante corsario que poseía factorías textiles y tintoreras, y se había enterado de que en Canarias abundaba la orchilla, un liquen que se empleaba como colorante púrpura. Para vender la idea al rey Enrique III indicó que su posesión permitiría llegar a tierra de infieles y evangelizarlos. Con ello el Papa Martín V concedió bulas de indulgencia para quienes se sumaran a la expedición. Lo de ser estación comercial y salto para América será muy posterior, por lo que vemos.

 
A ver, ¡que todo el mundo sabía que estaban allí! Griegos y romanos supieron de su existencia. Y los árabes frecuentarán sus costas. Pero ninguno se asentó en ellas. Las cosas cambiaron entre los siglos XIII y XIV cuando barcos europeos navegarán sus aguas gracias a mejores instrumentos de navegación y búsqueda de nuevas rutas que eludan a los turcos del Mediterráneo oriental. Eran un secreto a voces tal que aparecen, en 1375, en el Atlas del mallorquín de Abraham de Cresquès que las dibuja con sus nombres actuales. De hecho, Lanzarote se llama así por el italiano Lanzarote Malocello que en 1312 se asentó en esa isla durante veinte años. Y sabemos quiénes fueron los primeros misioneros: una comunidad de franciscanos mallorquines que puso casa en Telde (Gran Canaria) hacia 1350. Aunque la mayoría de visitas fue de esclavistas.
 
Cuando llegó a Lanzarote, Bethencourt fue recibido muy amistosamente por el rey local, que se llamaba Guardafia. El normando construyó un fuerte para proteger a los isleños de ataques piratas y proteger su inversión. Constituida la alianza con Guardafia, este se comprometió a ayudar al normando en la conquista de Fuerteventura, la vecina isla del sur. Pero todo fue a peor porque los colonos, cómo después en América, se encontraron con más hambre y privaciones que gloria. Hubo peleas, motines y deseos de esclavizar a los nativos. Bethencourt regresa a Castilla en busca de ayuda. La Salle quedó gobernando la isla. Entonces los normandos que han quedado en Lanzarote aprovechan para capturar guanches con el propósito de llevarlos consigo como esclavos. El rey Guardafia les atacará. Fueron largos meses de guerra. Derrotado por Gadifer de La Salle, aceptó convertirse al cristianismo. En eso regresó Bethencourt que tenía más mano izquierda y arregló el matrimonio de la hija de Guardafia, Teguise, con su propio sobrino, Maciot de Bethencourt. Así ganó el respaldo del rey guanche para conquistar Fuerteventura. Pero Bethencourt había ganado algo más: en Castilla había obtenido el derecho de señorío sobre la isla. Gadifer de La Salle quedaba fuera de juego. Bethencourt consiguió someter Fuerteventura y Lanzarote. Después hizo lo propio con El Hierro, que repobló con colonos castellanos y normandos. No logrará los mismos éxitos en Gran Canaria y La Palma, tampoco en Tenerife. Cuando tuvo lo que quería, se marchó de allí dejando como gobernador a su sobrino Maciot quien, unos años después, venderá sus derechos de señorío al conde de Niebla.

 
Y tras este interludio en las islas afortunadas nos fijaremos en un golpe de suerte que le vino a Enrique III. Estamos en marzo de 1405 y en Toro cuando nace el príncipe Juan. Se convocaron Cortes en Valladolid donde fue jurado heredero por los procuradores. Y, aprovechando el curso del Pisuerga, en aquellas Cortes se volvió a plantear el problema del odio hacia los judíos, que con los años se había agravado. Por ello, se estableció un Ordenamiento de segregación recial entre judíos y cristianos.
 
Curiosa la preocupación con los judíos cuando el problema para los meses siguientes serán los musulmanes de Granada. Entre marzo y mayo de 1406 Muhammad VII atacó Vejer y Medina Sidonia, Estepa y Écija, y zonas de Jaén. En octubre, a pesar de que en ese mismo mes se había firmado una tregua por dos años, las tropas nazaríes entraron en Quesada y atacaron Baeza. El adelantado de León, Pedro Manrique, acudió con sus tropas y se enfrentó con los musulmanes en una batalla de resultado confuso. Pero, ¿Qué locura les había dado a los moros? ¡A saber! Pero, como en el caso de la guerra de Ucrania de 2022, hay que mirar hacia atrás en el tiempo para ver cómo se había llegado a la guerra. Debemos saber que, aunque había tregua entre el reino Nazarí y Castilla, la frontera era una zona ambigua. Recordemos el ataque de 1394 por parte de Martín Yáñez de la Barbuda. O cómo, en 1397, fray Juan Lorenzo de Cetina y fray Pedro de Dueñas, intentaron predicar el Evangelio en el reino moro y fueron degollados. El cruce de embajadas granadinas y castellanas hacía entrever la firma de una tregua que debía durar dos años. Pero Muhammad VII no quiso o no pudo controlar a los suyos -que podrían estar apoyados por los benimerines- que en plenas negociaciones intensificaron los ataques. Los cristianos se defendieron y aun cuando perdieron Ayamonte, obtuvieron una victoria cerca de Baeza en la batalla llamada de “los Collejares” (8 de octubre de 1406).

 
El rey desde Madrid despachó cartas convocando a Cortes en Toledo para obtener recursos y hombres para atacar a los nazaríes. Dada la delicada salud de Enrique III fue el infante Fernando quien habló a las cortes. Solicitaba diez mil hombres de armas, cuatro mil jinetes, cincuenta mil peones, treinta galeras armadas, cincuenta naves, seis bombardas gruesas, y correspondiente provisión de ingenios, trabucos, arneses y demás útiles de guerra. Echadas las cuentas de lo que sumarían aquellos gastos, y después de alguna resistencia por parte de los obispos, y de detenida discusión por la de los procuradores, se acordó otorgarle un servicio de cuarenta y cinco cuentos de maravedís, autorizándole además para que si la necesidad apremiase pudiese por una vez y solo por aquel año hacer un nuevo repartimiento sin necesidad de llamar las cortes.
 
Mientras se negociaba en las cortes Enrique III fallecío. Inmediatamente se buscó un culpable: El médico del rey, el judío Mayr, que fue detenido y murió bajo el tormento. Desgraciadamente no sabremos de qué expiró Enrique, aunque sabemos que su salud nunca fue buena y que en los últimos años había delegado muchas responsabilidades en su hermano Fernando de Antequera. Incluso será regente durante la minoría de su sobrino Juan II de Castilla.

Sepulcro de Enrique III de Castilla.
 
El cadáver de Enrique III fue sepultado en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo. El sepulcro está colocado sobre la sillería del coro, en el lado del Evangelio, adosado, de estilo plateresco. La cartela del epitafio dice:
 
“Aqui iace el mui temido y justiciero rei don Enrique de dulce memoria que dios de santo paraiso hijo del catholico rei don Juan nieto del noble cavallero don Enrique en 16 años que reino fue castilla temida y honrrada nacio en Burgos dia de san Francisco y murio dia de Nabidad en Toledo iendo a la guerra de los moros con los nobles del reino fino año del señor de 1407”.
 
Y, si se han fijado, hay una errata. El rey murió el 25 de diciembre de 1406 con 27 años. Pero por utilizarse entonces la era de la Natividad, era aquél el primer día del año. Esta es la razón por la que en muchos libros se da el año 1407 como fecha de su muerte.
 
El reinado de Enrique III se caracterizó por la reorganización de la administración apuntando un centralismo que se vería en los siglos siguientes en Europa. Así 1395 y 1399 reorganizó la Administración. La reordenación interna favoreció a los nobles debido a los reajustes en sus propiedades y señoríos. La caída de los parientes del Rey puso en manos de Enrique III un gran número de estados señoriales, disponibles para ser entregados como remuneración a los fieles. El sostenimiento de la forma de vida de los nobles correspondía mayoritariamente a las rentas, y en menor proporción al comercio. Las transformaciones sociales del siglo XIV habían propiciado que los sectores más elevados del tercer estado quedaran asimilados en muchos aspectos a la nobleza, y reclamaron la exención de tributos. Las Cortes de Toro de 1398 dictaminaron que hidalguía era una condición hereditaria que poseían únicamente los de solar conocido, esposas y viudas, pero no las hijas que casasen con no hidalgos. Faltaban más de cien años para las revueltas comuneras.

Medina del Campo.
 
Otra característica del reinado de Enrique III fue la administración de justicia. El Rey no quería modificar las atribuciones de los jueces locales, en los concejos y los señoríos, pero reforzó el sistema de alzadas y la intervención de los altos funcionarios reales buscando la eficiencia. La creación de los corregidores (1396) fue entendida por la nobleza como un fuerte golpe, pero a los ojos de los ciudadanos eran funcionarios reales encargados de poner orden donde éste faltaba. Ubicó la Audiencia Real, o Chancillería, en Valladolid, acometiendo una depuración entre jueces y oidores.
 
El Consejo del rey se convirtió en un verdadero órgano de gobierno en manos de algunos linajes privilegiados, que se repartían los oficios: la justicia para los Zúñiga, la mayordomía para los Mendoza, condestables son los Dávalos, camareros los Velasco... ¡Los Velasco!
 
 
 
 
Bibliografía:
 
“Historia de España”. Colección de editorial SALVAT.
“Atlas de historia de España”. Fernando García de Cortázar.
Web Reyes Medievales. 
Real Academia de la Historia. Historia Hispánica.
“Historia general de España”. Modesto Lafuente.
“La conquista de Canarias”. (Cuadernos 16).L. Diego Cuscoy, M.A. Ladero, E. Aznar y M. Ballesteros.
“Historia de Castilla: de Atapuerca a Fuensaldaña”. Juan José García González y otros autores.
“Una batalla olvidada: Collejares 1406”. Pablo López Fernández.
“Madrid, un libro abierto”. Gregorio García-Solans Molina.
 

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