Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


domingo, 31 de mayo de 2026

“Ramales de la Victoria” empezó a serlo en Villarcayo.

  
En 1839 continuaba la guerra civil, una de tantas, entre isabelinos y carlistas. Las partes contendientes avanzaban a buena velocidad hacia la decadencia política. El carlista Rafael Maroto Yserns (1783-1853) luchaba por su supervivencia política y física, y el liberal Joaquín Baldomero Fernández-Espartero Álvarez de Toro (1793-1879) todavía buscaba un lugar donde golpear a las tropas del pretendiente, sin prisa ante el espectáculo que le ofrecían sus oponentes. Baldomero entendía que la solución, ante la dificultad de ocupar el resto de los territorios vasco y navarro, verdadero corazón del carlismo, era devastar el territorio enemigo obligándoles a rendirse. De esta visión saldrán la decisión de expulsar a la zona carlista a las familias que tenían hijos sirviendo con Carlos María Isidro, el endurecimiento del bloqueo a esa región y “la orden general de incendiar las mieses”.

Baldomero Espartero
 
Espartero, dentro de esta estrategia, descartó el ataque frontal y optó por dirigirse contra un flanco vulnerable del enemigo escogiendo la provincia de Santander. Atacando por este lado cortaba cualquier plan carlista de expandirse en dirección a Asturias. Esperaba, así, que Maroto aceptase el combate para afianzarse, el carlista, en el poder o, si perdía, “encender la tea de la discordia a proporción de sus reveses y nuestros triunfos”, ya que los opositores a Rafael Maroto lo atacarían.

Rafael Maroto y su hija.
 
El objetivo y el desarrollo de la operación fue ampliamente divulgado por la prensa del momento. ¡¡¡¿qué?!!! Por ejemplo, el periódico “El Guirigay” comentaba: “BURGOS 30 de marzo. Según los preparativos que se hacen se intenta atacar el fuerte de Ramales que no dejará de costar sangre preciosa. Lo cierto es que se están aumentando los utensilios para el hospital de Oña, y desde Vitoria se han mandado todos los necesarios para 900 hombres y sin que falte nada”. Lo de guardar secreto no parecía lo importante. O, quizá, se deseaba que Maroto no pudiese rechazar el combate. Eso sí, por su parte los carlistas explicaban cómo estaban protegiendo los fuertes de Ramales: “Santoña 3 de abril. Por fin, después de vencidas no pequeñas dificultades, lograron ya colocar los rebeldes en su fuerte de Guardamino, sobre el pueblo de Ramales, los cuatro cañones que llevaron de los fundidos en el valle de Guriezo. Dos son de á 8 y dos de á 12 y el acto de su colocación la solemnizaron con salvas y otras demostraciones de regocijo, manifestándose muy satisfechos de ella, y resueltos, según ellos decían, á defender aquellos puntos contra las fuerzas todas de Espartero, que se decía entre los mismos no tardaría en venir á atacarlos. También por aquí han corrido rumores de esto último con referencia á cartas de Las Merindades de Castilla, en donde parece que se aprestan camas, para hospitales, y raciones de pan para la tropa”. Vemos que ambas partes alardeaban de su futura victoria. ¡Incluso se sabía dónde estaban los generales en cada momento! ¡Y por los periódicos! En esta berrea se publicaba que el tres de abril el general Rafael Maroto con ocho o diez batallones durmió en Zúñiga camino de la llanada alavesa dirección la actual Cantabria. Aunque los cacareos liberales no eran menos: “Escriben de Burgos con fecha 6 de abril: La tercera división compuesta de dos batallones de guías, dos de Mallorca y dos de Borbón, pasaron ayer, según se dice, por Pancorbo en dirección á Las Merindades. También lo hizo la división de la Guardia Real, y esperaban al general Espartero. Asegúrase que las fuerzas reunidas para atacar á Ramales ascenderán al número de 17.000 hombres de infantería”. ¿Les parece suficiente dispersión de los planes? Pues esto no paraba. Y eso que no había redes sociales ni teléfonos móviles: “Logroño 8 de abril. Ayer han salido cuatro piezas de batir de grueso calibre, con dirección á Ramales, hoy se están cargando cerca de un millón de cartuchos de fusil que llevaban en esta tarde el mismo rumbo; todos estamos con vivos deseos de que el ejército emprenda su movimiento hacia aquella parte haber [sic] si de una vez (como esperamos) se destruye aquel fuerte”.
 
Evidentemente, con esta acumulación de medios militares por parte de los Cristinos es normal que se publicase la víspera de la última noticia -7 de abril- esta columna: “Nótase entre los facciosos grande actividad de unos días á esta parte, singularmente en el camino real que conduce de Laredo á Ramales. El 2 tenían cuatro compañías en Ampuero y mayores fuerzas en Reines, Gibaja, Ramales y La Nestosa, bajo las órdenes de Castor [Andéchaga], dicen que entre ellos se hallaba el quinto batallón de Vizcaya que viene en relevo del séptimo que pasaba á BaImaseda; han colocado ya algunos cañones en el fuerte de Guardamino”. Me da que en esta guerra los espías no fueron muy útiles. ¡No había secretos que guardar!

 
Así lo vemos en esta noticia fechada en Villarcayo el ocho de abril: “El gran número de raciones de todas clases que diariamente se almacenan en este punto, los efectos de sitio que se apartan sin cesar, y la aproximación á esta parte de la línea del cuartel general del Excmo. señor conde de Luchana con bastantes fuerzas, anuncian que en breve darán principió las operaciones militares sobre la línea enemiga, operaciones cuyos resultados serán gloriosos para las armas nacionales, porque así lo anuncian todas las probabilidades y el vivo entusiasmo de las tropas y la desmoralización en que han caído los enemigos á resultas de sus escisiones. Los planes de nuestro general son impenetrables, y el primer punto que se atacará no lo conocemos; pero sea Ramales ó Balmaseda, sucumbirá ante las masas de los soldados de la patria, siguiéndose á la reconquista de cualquiera de esos dos puntos, muchos bienes para el país y otras glorias para las armas de la nación. La vanguardia de las tropas que vienen hacia este punto debió: dormir anoche en Oña, y es probable que lleguen muy pronto [a Villarcayo], empezándose el momento las operaciones. Maroto con motivo de los insinuados preparativos, salió también de Estella, y aproximándose á esta línea, permanece observando los movimientos del ejército, y es seguro que sabiendo el imponente aparato que presentan nuestras fuerzas templará si piensa en su difícil posición, y en los males que puede acarrearle una derrota, que destruirá el crédito adquirido en su partido con las estrepitosas escenas de que ha sido causante”. Aquí confirmamos que la divulgación de las operaciones tenía un fin amedrentador y que, quizá, sí eran necesarios los espías para discernir si, al final, el objetivo era Valmaseda.
 
Aunque, para nosotros, los periódicos son una utilísima fuente de información -siempre que fuese cierta y corroborada por los cada vez más necesarios espías- que nos ilumina sobre el movimiento de tropas, entre otras cosas: “Oña 11 de abril. El general Ribero con un batallón del tercer regimiento de la G. R. de infantería permanece en esta [Oña] y se cree pase hoy ó mañana á pernoctar á Quintana. La artillería, de grueso calibre salió ayer de esta para Villarcayo. Los regimientos de la Guardia Real de infantería siguen acantonados desde ayer en esta, Cereceda, Condado, Quintana , Valdenoceda, y Encinillas. Se espera de un momento á otro al señor conde de Luchana con el resto del ejército”. Esta noticia se veía reforzada por la siguiente: “Logroño 12. En este momento que son las diez de la mañana se está preparando el cuartel general para salir (según voces) con dirección á Villarcayo. Quiera Dios no sea como la ida á Estella. La facción en número de 20 batallones y con bastante artillería se prepara para proteger á Ramales. Por nuestra parte tenemos buenos repuestos de efectos de boca y guerra, y solo nos falta algún metálico para que todo sea completo; sin embargo, nos prometemos felices resultados, porque el soldado está deseoso por batir al enemigo”. Nada ha cambiado desde 1839: propaganda aderezada con un poco de información veraz. Para el 18 de abril Espartero ya estaba en Villarcayo y la artillería pesada llegó un par de días después.

 
Las tropas Isabelinas se colocaban el 13 de abril en los “puntos inmediatos á Ramales, y permanecen acantonadas en Oña y pueblos comarcanos. Hoy han salido de está [Burgos] más carros de municiones con destino á Villarcayo, y son inmensos los víveres acopiados en el mismo para la subsistencia del ejercitó, que ha de operar por aquel territorio. Estamos deseosos de ver abierta la campaña, pues hace buen tiempo y el soldado lo mismo come estando quieto que atacando al enemigo”. Además, cuando ataca, nos encontramos con la ventaja de que hay menos bocas que alimentar.
 
Si esta cascada de noticias buscaba poner nervioso a Rafael Maroto parece que lo estaba consiguiendo porque mandó que todas las partidas que actuaban independientes se uniesen a los batallones y sólo los aduaneros obrasen independientes. El nueve de abril partió de Valmaseda camino de Ramales para analizar la situación. Los carlistas también estaban acumulando munición y víveres allí.
 
“BOCOS 19 de abril. El Sr. general en gefe de este ejército sigue en Villarcayo con su lúcido estado mayor y escoltas. El Sr. Rivero con su cuartel general divisionario se trasladó á ese pueblo en el día de ayer desde Medina de Pomar. Todo el ejército se halla acantonado en todos estos pueblos, y se dice será revistado dentro de breves días por el general en gefe. En el reconocimiento hecho por el Sr. conde de Luchana en el alto de Los Tornos la mañana del 17 del actual, no ocurrió más novedad que la de haberse tiroteado parte de las fuerzas que le acompañaban con algunos aduaneros facciosos que estaban á la parte de La Nestosa, y que dejaron el campo al momento, y pudo S. E. enterarse con todo detenimiento de los puntos contiguos á Ramales. De resultas de este reconocimiento ha mandado construir en el mismo alto de Los Tornos un gran reducto y habilitar la carretera que conduce a Ramales que se halla llena de cortaduras. El Sr. Castañeda con su brillante división es el destinado para proteger estas obras que creemos difieran por algunos días las operaciones”.
 
El 17 abril, por tanto, la avanzada del ejército de Baldomero Espartero se pone en movimiento marchando desde Villarcayo al puerto de Los Tornos, en el límite de la provincia de Burgos con la de Santander. Este ejército Llevará como jefe de Estado Mayor a Leopoldo O'Donnell y cuenta con la división de la Guardia, que sigue mandando Ribero, con siete batallones de esta y cuatro de la Provincial; la tercera división, de Francisco de Paula Alcalá, con dos batallones de cada uno de los regimientos de Mallorca, Guías -ya llamados de Luchana- y Borbón, más el Provincial de Pontevedra; la cuarta de Castañeda, con el segundo del Rey y de Extremadura, el primero del Infante y de Voluntarios de Aragón, y los Provinciales de Jaén, Chinchilla, Murcia, Betanzos, Oviedo y Ciudad Rodrigo; caballería, con los Húsares de la Princesa y Borbón, de línea, y más de cincuenta piezas de artillería (la prensa las reduce a treinta). Además, se habla de la presencia del batallón franco de leales meneses. Los carlistas disponen de ocho batallones: quinto de Navarra, tercero y séptimo de Vizcaya, quinto de Guipúzcoa, primero de Castilla y los dos cántabros. Además de otros nueve que llegan apresuradamente una vez que se define la ofensiva sobre Ramales y no Valmaseda.

 
Los carlistas no disputaron el terreno a Espartero. Lo habían sembrado de obstáculos, en forma de cortaduras, algunas de las cuales alcanzan hasta 96 pies de longitud, 24 de ancho y 15 de profundidad. Así lo explicaba una nota periodística: “Según comunicación del general en jefe del ejército del Norte fecha en Villarcayo el 19 del actual resulta que el día anterior practicó un minucioso y detenido reconocimiento sobre las obras y demás obstáculos que los rebeldes han opuesto en el camino de Los Tormos á Ramales para impedir las operaciones que se emprenden sobre la izquierda de nuestra línea. Dicho general, en jefe había tomado las disposiciones necesarias para vencer los medios de oposición que empleaba el enemigo, mandando al mismo tiempo construir un reducto para proteger las comunicaciones. Según los movimientos de los batallones facciosos es de presumir que Maroto trate de defender con empeño los puntos fortificados”. Aparte del baile de fechas debemos fijarnos en la insistencia sobre la técnica para afrontar las barreras. Era preciso arreglar la situación para que la artillería avanzase. Eso sí, la prensa seguía especulando sobre las tropas que tendría Maroto y lo que haría con ellas: “[…] se asegura que Maroto con 15 batallones, 600 caballos y alguna artillería de lomo y batalla se dispone a proteger sus fortificaciones presentándonos algunas veces batalla. Otros que se creen mejor informados, afirman que Villareal con estas fuerzas es el encargado de proteger sus fortificaciones mientras que Maroto se ha dirigido á Álava y Navarra con objeto de atacar nuestra línea y plazas fuertes, ya sea para llamar la atención del ejército hacia aquella parte, ya para sacar las ventajas posibles del desamparo en que ha quedado una gran parte de nuestra línea. Me inclino á creer esto último. De todos modos, opinó que, si los rebeldes se defienden con tesón, va á costar mucha sangre la toma de los indicados fuertes”.
 
La marcha del conde de Luchana de Villarcayo no significó que dejaba de ser importante para el combate. Así partieron de sus almacenes 150.000 raciones de campaña hacia la línea del frente.

"Batalla de Ramales"
Francisco de Paula Van Halen
 
Pero, volviendo a la ruta por Los Tornos, los carlistas habían talado y cortado en pequeños trozos los árboles próximos a las barreras para evitar que fuesen utilizados en las reparaciones. Lo hicieron tan bien que hasta el 23 de abril no lograron abrir la ruta. En Lanestosa se encontraron más zanjas que tuvieron que rellenar. Después de practicar varios reconocimientos, Espartero decide forzar el boquete que lleva a Pernales, lo que le obliga, el 27 de abril de 1839, a atacar las alturas del Mazo y del Moro. Al día siguiente Maroto admite la pérdida. Este día, los liberales, avanzaron tropezando con nuevas cortaduras que hubo que habilitar el día siguiente.
 
Del 1 al 6 de mayo, más zanjas, barreras de árboles, grandes peñascos desprendidos deliberadamente de las alturas, y un temporal de lluvia frenaron a Espartero. Baldomero aprovechó para construir un puente sobre el río Soba, así como baterías para la artillería pesada que había quedado en Los Tornos, y que se le incorpora. Por fin, a las seis de la mañana del 8, se inicia el bombardeo contra Ramales y sus casas fuertes. El pueblo fue incendiado y abandonado de inmediato, pero Simón de la Torre Ormaza y Cástor Andéchaga, que tenían el mando local, disputaron acremente la fortificación y el terreno en torno a ella, hasta que, casi arrasada por el cañoneo, la evacúan, tras prenderle fuego. Cinco compañías de Guías de Navarra se lucieron cubriendo el repliegue.
 
El 9 de mayo, Espartero ataca la fortificación de Guardamino. El bombardeo cristino duró dos días, bajo la lluvia y sin efectos, como admite Baldomero y ratifica su contrario: “ni los más de 1300 disparos de cañón que el enemigo hizo ayer, ni un número superior que ha hecho hoy, han causado efecto alguno en nuestro reducto”. Los liberales lanzan, el 11 de mayo, un asalto “elevándose en orden gradual desde la altura de Guardamino y, diestramente enlazadas sus trincheras, enfilaban los fuegos por los costados, frente y espalda de la entrada por donde fue preciso emprender el ataque”. Ataque que, como todos, no se ajustó al plan y obligó al conde de Luchana a lanzarse a una carga a fondo que causó la muerte del coronel que la mandaba, la mitad de los granaderos y de los coraceros y heridas a los caballos de casi todos los edecanes de Espartero. Secundada por el ataque de varios batallones dirigidos por O'Donnell lograron batir al enemigo, que se retiró en desorden perseguido por los fuegos de una batería de montaña. Muchos se ahogaron en el puente de Gibaja. A partir de entonces, Guardamino quedaba aislado. Esa noche se preparan las baterías contra esa posición carlista. Pero, antes de que amanezca el día siguiente, capitulan los carlistas quedando libre la guarnición para volver a sus filas, con el compromiso de que Rafael Maroto entregarían un número igual de prisioneros liberales.

 
Las fuerzas liberales, que inicialmente duplicaban a las de los carlistas, llegaron a cuadruplicarlas al mantener Maroto en reserva, sin llegar a emplearlos, a ocho de sus diecisiete batallones. Esto sumado al hecho de haber ordenado capitular a los defensores del fuerte de Guardamino, que defendía el comandante carlista Carreras, antes de haber sido atacados y cuando se encontraban física y moralmente dispuestos a defenderse hasta el último extremo, hizo que el general carlista fuera acusado de complicidad con Espartero, pese a que se les hubieran explotado en el combate de Ramales varios cañones mal fabricados en Guriezo.
 
El 1 de julio, Baldomero Espartero se convertiría en duque de la Victoria, desmesurado premio que no dejó de suscitar críticas. Y el pueblo re renombrará como Ramales de la Victoria. Por lo que se refiere al Ejército carlista del Norte, Ramales será su última batalla importante. A partir de entonces solo tendrá ante sí cuatro meses de lenta agonía, poblados de conspiraciones y de motines, hasta llegar a su final.
 
 
 
 
 
Bibliografía:
 
“El ejército carlista del norte (1833-1839)” Julio Albi de la Cuesta.
Periódico “El Guirigay”.
Boletín Oficial de la provincia de Palencia.
Boletín Oficial de Valladolid.
Boletín Oficial de Guadalajara.
Boletín Oficial de Segovia.
Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza.
“Anales del reinado de doña Isabel II”. Javier de Burgos.
 

domingo, 24 de mayo de 2026

Las casas merindeñas.

  
Intuitivamente vemos que a medida que nos desplazamos por un país la tipología de las casas va cambiando sutilmente. Viendo una casa de pueblo logramos identificar si la misma está en el norte o en el sur de España. Y, en nuestra comarca, que tiene casi el mismo tamaño que la vecina Vizcaya, también hay variaciones entre un extremo y otro.

 
La casa tipo de Las Merindades -si podemos definir así a algo- tiene tres alturas. La planta baja se destina a las cuadras, a guardar aperos de labranza, a alguna estancia como la cocina y al acceder nos encontramos con un zaguán que sirve como distribuidor. El piso principal es la vivienda en sí, en cuyo centro se ubica habitualmente la cocina con una amplia chimenea y varias salas o alcobas. El tercer piso sirve como granero, pajar, almacén de hierba o de grano. Reflejo de lo dicho la fachada tiene una clara estratificación. A veces tenemos una o varias edificaciones auxiliares, sobre todo en los núcleos dispersos.

 
Los estudiosos de las construcciones sostienen que el tipo de arquitectura de Las Merindades debe mucho a la casa montañesa y al caserío vasco. La cosa no es tan lineal. No. ¿Pudo ser la influencia esa en dirección opuesta a la tradicional? Es decir, hacia el norte y no hacia el sur. En todo caso, aun siendo muy importante ese tipo de construcción, este se superpondría a otro anterior, tildado de medieval que influye, a su vez, en el llamado montañés. Curiosamente esa teoría de edificación tiene un aroma presentista donde presupone que el norte está más desarrollado y, por ello, empapa a zonas atrasadas. Trasladan la situación de finales del siglo XIX y el siglo XX al periodo que nace a finales del siglo XVI, o antes. Lo cual no es óbice para ver que las áreas geográficas se influyen unas a otras sin someterse a límites administrativos.
 
Nuestra imagen de la casa norteña responde a la estampa arquetípica que creó Pío Baroja al decir: “Al pasar en el tren o en el coche por las provincias del Norte, ¿no habéis visto casas solitarias, constituyendo que sin saber por qué os daban envidia? Parece que allí dentro se debe vivir bien, se adivina una existencia dulce y apacible, las ventanas con cortinas hablan de interiores casi monásticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcos y cómodas de nogal, e inmensas camas de madera, de una existencia tranquila...”. Es una imagen literaria pero basada en ejemplos concretos. La imagen del delicado y noble aspecto exterior, como expresión de una posición social, con ser cierta, no es nada en tierras donde la hidalguía era preponderante. La abundancia de este modelo arquitectónico se debe más a hechos históricos, climatológicos, económicos y de disponibilidad de materiales de construcción.

 
¿Cómo explicaría Baroja las casas trogloditas? Bah. Nos da igual. Era un escritor y periodista y no un historiador. Recordemos que repitió la expedición del carlista Gómez de 1836 por un camino equivocado y se sorprendía de que la gente no la recordase. Volvamos a las casas trogloditas. Abundan a lo largo del cauce del río Ebro, ante todo en zonas donde va bastante encañonado. Se considera que el período al que corresponden está entre el siglo VII y al XI. Suelen ser calificados como eremitorios, pero hay posturas que determinan que serían núcleos de población. En general se aprovechan las cuevas u oquedades, de roca arenisca, que se suelen agrandar y picar para darles mayor capacidad. En algunos casos se aprecia que hacia el exterior continuaba la vivienda, pues, en la roca resisten los orificios donde estuvieron clavadas las maderas que sustentaban la cubierta, o separaban estancias. Generalmente solo encontramos, en estos casos, los restos de una iglesia rupestre que, lógicamente, debió tener un asentamiento de casa endebles a su alrededor. La única vivienda troglodita utilizada como tal se encuentra en Linares de Bricia. En ella aún se puede ver el espacio de la cocina y los restos de humo existentes en los muros.
 
Otro tipo de casa que existió en Las Merindades fue la casa de entramado. Respondía a una manera de construir con bases técnicas y materiales utilizados que hunden sus raíces en la etapa romana, pero que todo parece indicar se universalizó en la Edad Media. Cascos urbanos como el de Frías, Medina de Pomar, Villasana de Mena o Espinosa de los Monteros muestran usos constructivos medievales. En todos ellos el piso inferior se hizo de mampostería o piedra de mejor o peor porte y sobre él se elevaba el cuerpo o los cuerpos volados cerrados que apoyaban el vuelo sobre viguetas de madera que, por su escasa sección, se reforzaban con tornapuntas. La forma de construir la planta principal y el desván se llama emplenta o entramado. Es difícil datar este tipo de construcciones, sólo cuando en los huecos utilizan alféizares o molduras cercanos a los usos de los estilos podemos decir que es una obra del, por ejemplo, el siglo XVI. Estas edificaciones las encontramos por todas Las Merindades. Según donde estén ubicados los núcleos de población suele variar el relleno de los tabiques. No es frecuente en el entramado el arriostramiento, como las cruces de San Andrés. La razón de ello puede atribuirse a que las sucesivas reconstrucciones y reformas han ido eliminando esa manera de construir por desconocimiento de los artesanos de ese momento.

 
Habitualmente se ha asociado la sustitución de los edificios tradicionales de entramado por los de piedra a las décadas finales de la Edad Media y sobre todo a la modernidad (siglos XVI al XVIII). Es una constante en la documentación: por temor a los incendios se recomienda el nuevo tipo de construcción de piedra por considerarla más fiable y de mejor respuesta al fuego. Posiblemente una de las construcciones de piedra conservadas más antiguas sea la conocida como casa gótica, del municipio de Herrán.
 
En Espinosa de los Monteros las casas de piedra, al menos las más antiguas, recuerdan las casas fuertes. En algunas a la edificación se añade un portón, como sucede también en la cercana población de Quecedo, donde la posible torre del homenaje aún conserva los matacanes y las almenas.

 
A partir del siglo XVI es normal encontrar casonas de piedra sillería en su fachada principal, y a veces también en las restantes, con un cuidado tratamiento de los huecos y fachadas de acuerdo con las modas existentes en cada momento lo que permite datarlas con seguridad. Con frecuencia al edificio principal se añaden otros auxiliares que definen un corral en la parte delantera. El modelo de casona, con ciertos recuerdos de las torres defensivas medievales, se siguen levantando en Las Merindades entre el siglo XVI y XVIII en casi todos los pueblos, aldeas y villas. El modelo de casa rural tradicional se empieza a levantar de piedra sustituyendo al tradicional de entramado.

 
No podemos dejar de hablar de la famosa casa montañesa. Este tipo de construcción, así denominada por García Grinda, se caracteriza por la utilización de un balcón corrido o solana, realizado en madera en la época Moderna y hoy lo podemos ver de hierro -y hasta de metacrilato o aluminio blanco-, situado en la última o primera planta y protegido por el saliente de los muros laterales -cortafuegos- que vuelan a la par a modo de resaltes pétreos de la fachada. Con frecuencia se rematan en la parte inferior con una moldura a modo de ménsula. La parte superior de estos muros suelen tener unas molduras, mucho más toscas, pero de aires y formas clásicas, sobre los que se apea la viga del borde del tejado y sobre la que se apean los canes. Esa viga en su desarrollo descarga sobre pies derechos con zapatas.
 
La prolongación de los muros laterales a manera de cortafuegos que favorece el desarrollo de la solana parece que inicia su andadura a finales del siglo XIV y que servía también como protección contra los vientos fríos. Pero, -¡atención!- muchas de las solanas que vemos en la actualidad son ya obras del siglo XIX y primer tercio del XX. Esta estructura aparece abierta hacia la mejor orientación buscando el sol, mientras que el resto de las fachadas de la casa acaban siendo auténticas traseras, pues en ellas los huecos son mínimos y poco significativos. Incluso, en la fachada norte, no se construyen ventanas.

 
Por supuesto no es un modelo único que se repite como si fuese una urbanización de adosados, sino que hay variaciones causadas por la capacidad económica, destreza del constructor o, por ejemplo, el clima. En este último caso podremos encontrarnos con una solana rehundida, pequeña, como las que podemos ver por el valle de Losa, valle de Tobalina y zona alavesa. Por su parte, en el valle de Valdivielso veremos las casonas con tejados a cuatro aguas, huecos de reducido tamaño y poca presencia de solanas.
 
La casa montañesa claramente identificable abunda, dentro de Las Merindades, en los valles de Valdebezana y Manzanedo, Alfoz de Bricia y Arija. Lo que parece, pese a las muchas opiniones que se han vertido al hablar del origen de esta construcción, es que en muchos casos lo que hace es reemplazar los cuerpos volados de los edificios de entramado. Ello es evidente cuando se analizan algunos edificios de Espinosa de los Monteros, que se pueden datar por el tipo de ventana a finales del siglo XV o comienzos del XVI.

 
La cubierta más antigua de este tipo de casa se realiza, como indica acertadamente García Grinda, “a sopandas, presentando una configuración a dos aguas, con la cumbrera paralela a la fachada principal, a la que se añade el gran alero sobre solana organizado de forma independiente de aquella, cuyo gran vuelo evita la entrada del agua en la solana”. En este caso los pies derechos y los muros resaltados son el verdadero elemento de sustentación de la viga de apoyo de las viguetas que conforman el gran alero.
 
Cuando entramos en alguna de estas casas -en sentido amplio- vemos que el edificio principal es el destinado a la vivienda y con frecuencia, anejo a él, aparecen una serie de edificaciones destinadas a las actividades agropecuarias dominantes y auxiliares. Estos inmuebles auxiliares, bien estén adosadas o anejos tienden a diferenciarse por los materiales con que fueron construidos y por el tratamiento que reciben sus muros. A veces forman parte de la zona definida mediante una tapia como heredad principal.

 
Esas edificaciones auxiliares se suelen destinar a cuadras, pajar, leñera, protección del potro, cobertizo para carros... Son el equipamiento necesario para el trabajo en las diferentes actividades que desempeña el dueño. En este tipo de construcciones no hay un ejemplo arquetípico. Es fácil de observar en las casas tradicionales del Valle de Mena donde, por cierto, hay similitudes constructivas con el corredor del Cadagua y Las encartaciones. También podemos encontrar alguna edificación desagregada de la vivienda, como son las bardas, pero vinculada a la vivienda. Se da donde abunda el ganado cabrío.
 
La casa principal dispondría de un amplio zaguán, que puede tener un espacio anterior abierto, el portalón o socarreña. Desde el zaguán parte la escalera a las plantas superiores, colocándose a un lado o a ambos, las trojes, leñera, bodega o el almacenaje de diferentes útiles. También el zaguán tenía el acceso a la zona trasera donde estarían las cuadras. En la primera planta se ubica la vivienda. A la cocina acompaña la despensa y la recocina, un espacio de trabajo anejo. En la cocina encontramos un hogar y sobre él se levanta una campana piramidal. A ambos lados están los escaños que, a veces, acompañan una mesa plegable. El resto de las habitaciones pueden tener una distribución con una sala principal, utilizada con frecuencia como comedor, y otras salas menores comunicadas con las alcobas. Las habitaciones principales suelen dar a la fachada. A la solana o balcón corrido, un elemento bastante frecuente, es al que dan las habitaciones vivideras y en ocasiones tienen acceso a través del sobrado o desván. Este último es el espacio destinado a trastero y donde se tiende las ropas y se airean los diferentes productos. Además, puede ser pajar o granero. Lo más habitual es que las casas tengan planta baja, piso y sobrado, pero en algunos casos, sobre todo en lugares como Frías que se edifica en altura, pueden tener más pisos.

 
Un ejemplo de casa montañesa es el que recogemos en el plano que hiciera Feduchi de una de Espinosa de los Monteros. Vemos la planta baja y la planta alta con la disposición de estancias habituales en este tipo de construcción. El caserío del valle de Mena tiene un desarrollo muy similar a la casa montañesa, pero con la particularidad de un mayor desarrollo de la zona vividera, con un pasillo central que sirve de eje de la distribución de las estancias. Las salas y habitaciones suelen dar a la sola y al balcón o a la trasera.
  
 
Bibliografía:
 
“La Arquitectura popular en Las Merindades: Aproximación al tema”. Félix Palomero Aragón.
“Arquitectura popular de Burgos”. José Luis García Grinda.
 
 

domingo, 10 de mayo de 2026

Un matrimonio de alto…coste.

 
Debemos aterrizar en el 5 de abril de 1571, año de la batalla naval de Lepanto, cuando se firmaban en Berlanga las capitulaciones matrimoniales de Francisco Tomás de Borja Centelles y Juana de Velasco ante el escribano Diego López de Espinosa. Los partícipes eran el condestable Íñigo Fernández de Velasco y Tovar (1520-1585) y Francisco Juan Roca, deán de Gandía y canónigo de la Metropolitana de Valencia, en nombre del Duque de Gandía, Carlos de Borja y Castro (1550-1592), hijo del canonizado Francisco de Borja y Aragón. Lo que se dice dos pesos pesados de la política en los reinos de España. La fecha de la boda se fijó seis meses después de la llegada de la dispensa de Roma porque Juana era hija de Ana Ángela de Aragón y Guzmán (1525-1589), pariente de los Borja. El matrimonio estrecharía más los vínculos -y los intereses- de estos dos poderosos clanes nobiliarios. Finalmente, las bodas se realizarían en octubre de 1572. Casó a Francisco y Juana el patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia, Juan de Ribera.
 
El duque de Gandía cedía a su hijo el título de marqués de Lombay y una serie de tierras y rentas asociadas a ese marquesado. A su vez donaba a la futura marquesa, como aumento de dote, 32.500 ducados, cuya renta gozaría mientras viviese. Francisco entregó a su prometida 500 libras en moneda valenciana para gastos de ayuda de cámara, que serán 1.000 en el momento de efectuarse el enlace. Por su parte, Juana de Velasco llevará de dote 65.000 ducados, de los cuales recibirá 6.000 ducados en joyas, alhajas y otros objetos de valor y 2.000 ducados en moneda, dentro de los ocho días posteriores al de la boda. El resto de la dote se repartió: 4.000 ducados en ajuar y vestidos y 53.000 ducados hipotecando bienes y haciendas de los estados del Condestable.

 
Ningún problema porque sabemos que los Velasco tenían fortuna y poder. O igual no. El problema era que no disponían de liquidez para cumplir el acuerdo. No eran como el Tío Gilito y su almacén de monedas y billetes. Las cosas no funcionaban -ni funcionan- así. Muchos de los bienes estaban incluidos en un mayorazgo del cual no se podían enajenar o hipotecar. E, incluso, no se podía suplicar licencia al rey para ello.
 
Se consiguió que se enterase Felipe II -no se “suplicó”- y este, “sin verse obligado a ello”, firmó en Madrid, el 26 de junio de 1571, una cédula real permitiendo hipotecar, por una vez y como excepción, bienes del mayorazgo. Impuso la obligación de levantar las cargas lo antes posible. La firmó, también, el secretario del rey, Juan Vázquez de Salazar; la escribió el doctor Velasco y es registrada por Jorge Olalde de Vergara. Juan, hijo y heredero de la casa de Velasco y hermano de la desposada autorizó, con su firma, estas hipotecas. La tasación fue hecha ante el escribano, y encargado de los negocios del Condestable, el briviescano Diego de Bañuelos el 28 de abril de1572 en Madrid. Fueron nombrados diversos tasadores para diferentes tipos de elementos: para los vestidos y hechuras de oro y plata, Juan Navarro, Gregorio López y Benito Sáez que eran sastres; y para los bordados Diego Ramírez -que bordó el ajuar y vestido de Juana-, Lucas de Burgos y Juan de Zaragoza, bordadores todos ellos.

 
El inventario nos permite conocer los bienes y su valor. Tenemos, entre otras prendas: una saya de tela de oro encarnada bordada en canutillo de plata valorada en 300 ducados con 442 Reales y medio; saya, capote y ropa de raso pardo bordado en canutillo de plata, prensado el canutillo, se tasa en 8.758 reales y medio; una basquiña de tela de plata bordada con dos rayas de terciopelo blanco con canutillo de oro 1.682 reales y medio; dos jubones de telilla de oro y plata de Milán 616 reales; o ropa de damasco carmesí con pasamanos y alamares de oro por 780 reales. La lista concluye con dos sombreros: uno encarrujado bordado de oro y plata de canutillo por 11.250 maravedíes y otro bordado de azabache con plumas negras por 6.000 maravedíes. Las joyas, y objetos de plata, fueron numerosas: sesenta puntas de cristal guarnecidas de oro, valorado en 155.662 maravedíes; collar de diamantes y rubíes con una esmeralda grande y unas arracadas de oro y con seis diamantes y dos pinzantes de perlas que costaba 93.750 maravedíes; sortijas, botones, cruces y cadenillas; y, sobre todo, una silla de montar en plata con sus gualdrapas para mula y otra para cuartago (un caballo de mediana alzada). Toda la plata y las joyas sumaban 295.245 maravedíes. Esta valoración la acepta Francisco de Borja, marqués de Lombay, y son testigos Sancho de Viedma y Carvajal, el doctor Pérez, alcalde mayor, y el contador Gabriel de Godoy, Nicolás de Barrientos, criado del contestable, vecinos de Berlanga. No lo especifica la fuente, pero suponemos que, cuando se refiere a Berlanga, es Berlanga de Duero.
 
¿Mucho por una boda? Quizá. Pero piensen que Francisco Tomás futuro VI duque de Gandía, era el heredero de los títulos nobiliarios más importantes de España, que tenía grandeza de primera clase desde 1520. Y sería un aliado político de los Velasco en La Corte.
 
Francisco Tomás y Juana fueron padres de:
 
  • Carlos Francisco de Borja Centellas y de Velasco (1573-1632), el heredero.
  • Íñigo (1574-1622), maestre de campo en Flandes (donde en 1606 obtuvo una dramática victoria contra las tropas rebeldes del conde Mauricio) y castellano de Amberes, se casó con Hélène d’Hénin-Liétard.
  • Francisco (nacido en 1575), franciscano en el convento de San Roque de Gandía.
  • Gaspar (1580-1645), primado de España y arzobispo de Sevilla, cardenal, virrey de Nápoles, miembro del Consejo de Estado y embajador en Roma.
  • Baltasar (1586-1611), obispo y virrey de Mallorca.
  • Melchor (1587-1645), caballero de San Juan de Jerusalén y comendador de Aliaga, del Consejo de Guerra y capitán general de las Galeras de España, se casó con Leonor de Recalde.
  • Juan, quien nació en 1589 y murió, de niño, siendo ya caballero de Santiago.
  • Magdalena, quien se casó con su primo Íñigo Fernández de Velasco y Tovar (conde de Haro).
  • Catalina, clarisa en Gandía.
 
En 1576 el apoderado de los marqueses de Lombay, Bernardo de Trincado, concierta un préstamo con el convento de Santa Clara de Briviesca de 4.000 ducados. La garantía fue una hipoteca sobre la dote de la marquesa que estaba garantizada por los 53.000 ducados que gravaban, con facultad real, el mayorazgo de Velasco y de manera particular el palacio de Burgos y los juros, égidas, pastos, tierras y alcabalas, pecho y derechos en Briviesca, Cerezo, Haro y Belorado. ¡Otra vez problemas de liquidez en un Velasco! El poder para permitir a Trincado hacer esta operación está extendido en la casa palacio de los condestables de Villalpando, ante Francisco de Mayorga, escribano de la citada villa. Y lo firman Francisco de Borja y Juana de Velasco. Los réditos, 810.294 maravedíes, se pagarían en tercios: el primero en 1 de enero de cada año, el segundo el 1 de mayo y el tercero el 1 de septiembre. La escritura se firma en Briviesca ante Pedro de Aguirre, escribano y actúa en nombre de las clarisas Diego de Urna, donado del convento, que exhibe poder otorgado por la abadesa Mencía de Salazar. Cuando los Velasco levantaron las deudas por este enlace quedó olvidada esta deuda de 4.000 ducados y sus réditos sin pagar.

 
Ochenta y dos años después -repito: ¡Ochenta y dos años después!- , Miguel de Yanguas, en nombre de la abadesa y monjas de Santa Clara, pidió al alcalde mayor que obligase al condestable a pagar los intereses atrasados. Algo así como lo que hacen los políticos de nuestro país con la deuda: pasarlo a nuestros nietos. Y no pagarlas. Evidentemente, se originó un largo pleito que fue fallado a favor de las clarisas por la Real Chancillería de Valladolid. Apeló el condestable Íñigo Melchor Fernández de Velasco y Tovar y vuelve a perder el caso debiendo realizar el pago de los intereses. Años después, muriendo el siglo XVII, la casa de Velasco devuelve los 4.000 ducados del principal del préstamo, concluyendo así un enojoso problema que nació con las dificultades económicas que pesaban sobre Francisco Tomás de Borja Centelles y Juana de Velasco y cuyas salpicaduras alcanzaron casi un siglo.
 
Ellos se libraron de pagar.
 
 
 
Bibliografía:
 
“Una página olvidada de la historia de los Condestables”. Jesusa de Irazola.
PARES. Portal de archivos españoles. Ministerio de Cultura.
Real Academia de la Historia. Historia Hispánica.
 

domingo, 3 de mayo de 2026

¿De dónde viene tu nombre, Oña?

 
 
Son curiosas las palabras. ¿Qué nos lleva a llamar algo con un fonema o con dos? ¡A saber! Pero en nuestro entorno y dentro de Las Merindades hay nombres de este estilo: río Oja -en La Rioja-, río Oca -en Burgos- o nuestra protagonista: el pueblo de Oña. Esta población es conocida gracias al conde de Castilla Sancho García y de su esposa Urraca al decidir fundar un monasterio donde situar, como abadesa, a su hija Tigridia. Era el año 1011. Pero, ¿había una población allí antes de ese momento o fue fundada exnovo?

 
Lo digo porque, aunque la zona de Oña estaba apartada de la “vía aquitana” que comunicaba Astorga con el suroeste de la Galia y pasaba por Virovesca (Briviesca), teníamos cerca Salionca (Poza de la Sal). Oña, así, era paso obligado para, a lo largo del valle del río Vesga, llevar la sal hasta el Ebro y por el desfiladero de La Horadada a Trespaderne y la costa. En el desfiladero hay restos tardoromanos o visigodos (fortaleza de Tedeja) que podrían suponer un punto de control de época romana en esa vía. Carecemos de información sobre Oña hasta el siglo IX, en que los documentos conservados en las colecciones monásticas aportan algún dato. Pero es en el siglo X cuando la información se vuelve algo más densa y permite mayores precisiones.
 
Hay un documento de 967 que menciona el lugar de Sorroyo por referencia a un alfoz de Oña: “Imprimis trado memetipsa cum corpus simul et anima, deinde in alfoce de Onie uilla que uocitant Arroio de Sancti Fructuosi cum integritate”. Aunque se trata de una única cita, el texto apoya la idea de que a mediados del siglo X existía un distrito territorial cuyo centro era la villa de Oña. La cosa cambia con su elección como sede monástica al desgajar jurisdiccionalmente Oña del territorio circundante. A lo largo del siglo XI, el distrito se llamará Petralata, por su fortaleza principal, que se cita repetidamente en el período de ocupación navarra. Oña debió ser un pueblo pequeño, en una tierra accidentada y rodeado por otros similares como Penches o Tamayo. No se han hallado referencias a un monasterio en Oña entre los documentos conservados anteriores a 1011 y, de haber existido tales textos antes de la desamortización, los eruditos de época moderna se hubieran referido a ello. Seguro.

 
Retomemos el documento del año 967, donde se recogía el topónimo Oña, y la existencia de una villa de ese nombre. Bueno, eso de que “se recogía el topónimo Oña” diríamos que lo hace de forma “diversa”. La evolución del latín y la pronunciación de sus fonemas afectó a la forma en que escribían las palabras. Sobre todo, sin reglas ortográficas claras. En los documentos de compraventa de las tierras para el monasterio de Oña se observan ya formas diferentes como Honia, Onia, Onna, Onie, en el año 1011. Ongia y Hongea en el 1045; Onga, en el 1099; Unia, en el año 1103; y Onnia, 1148. Hay otras variantes como Honya u Hongia, pero la que se consolida en la lengua romance es Onna, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIII.
 
Pero, ¿de dónde procede el nombre? ¿Qué significa? La primera explicación la tenemos que buscar en Espinosa de los Monteros y en la leyenda de la Condesa Traidora. La Crónica Najerense (hacia 1160), que relata la historia, dice que el monasterio lo fundó el conde Sancho, donde fue enterrado: “Sepultus apud Onie monasterium, quod fecerat". En 1243, la “Historia de Rebus Hispaniae” del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, cuenta: "Tandem comes Sancius contriti cordis penitencia stimulatus, construxit monasterium ualde nobile quod Oniam nominavit, eo quod matrem uiuentem Mioniam more Hispanico appellabat". Hay una alusión a una tal Mionia, madre de Sancho García conde de Castilla que fue fundador del monasterio, como origen del nombre Oña. Pero no es hasta la “Primera Crónica General de España”, de Alfonso X (hacia 1290), cuando se extiende la leyenda de la condesa traidora asociada al nacimiento del topónimo. Dice la leyenda que la condesa, para entregar el señorío a Almanzor, y tras deshacerse con artimañas de su marido, quiso envenenar a su hijo, pero éste la obligó a beber primero del vaso que le ofrecía: “Et ella con aquel miedo, beuio el uino, et cayo luego muerta. Empos esto el conde don Sancho, con pesar et crebanto por que matara a su madre de aquella guisa, fizo por ende un monesterio muy noble, et pusol nombre Onna por del nombre de su madre […] Argumentaban que la razón del nombre era que, en Castilla, llamaban Mioña a las señoras y que la condesa Sancha era tenida por señora en todo el condado de Castilla. Por ello, el conde quitó de ese apelativo el “mi” quedando como nombre del monasterio Oña.

 
En el siglo XV otras crónicas hacen referencia a esta historia. Mosén Diego de Valera dice en su “Crónica abreviada de España” que “et ovo este porque en aquel tiempo por madre dezían Oña”. En “Las bienandanzas e fortunas”, de Lope García de Salazar, se explica que: “E por el nonbre de aquella mala doña Sancha ovo nonbre aquel monesterio de doña Sancha, e por tienpo dexose el de Sancha e quedose el de doña, e así se llamó e llama Oña”. Vamos, una deformación de “doña” donde se perdía la “D”.
 
Aparte de que la leyenda es ficción el nombre de la esposa del conde Garci Fernández se llamaba Aba, nombre que fue cambiado equivocadamente por Oña en una traducción al romance de una escritura otorgada por el hijo de Fernán González. Además, ya hemos visto que Oña es un nombre que aparece antes de la fundación del monasterio.

 
Gregorio de Argáiz escribe, en 1675, que el topónimo Oña deriva del nombre de un prefecto romano llamado Publio Petronio, que estuvo en la zona durante la guerra con los cántabros: [...] Aunque los tres emperadores, Julio Cesar, Octaviano, y Galba, estuvieron en España, y los tres passearon a las Provincias de Rioja y Bureba: el que más cierto es que dio nombre a este Valle y Villa de Oña, fue Publio Petronio, el Prefecto de Augusto Cesar, que viniendo de la guerra de Cantabria, entró por la Bureba, y por el dificultoso Valle de Oña (cuya entrada por los lugares de Pino, y de Castellanos, estava defendida de los Cántabros) y lo ganó con grande valor, porque subió por las espaldas de la Sierra, que llaman hoy la Mesa del Abad de Oña […]. Lo mismo al sitio donde baxó a poner sus tiendas, de llamarle Castra Petronia, que abreviado se vino a deslizar en Petronia, Pionia y vltimamente Oña”. El padre Argáiz desbarra al establecer la etimología del topónimo Oña, aunque manifiesta preocupación por aclarar el asunto.
 
Enrique Flórez, en 1772, recoge la denominación “Villa Omnia”, que aparece en una escritura de dotación del monasterio, para acercar la etimología de Oña a la palabra latina OMNIA (todo), aunque con dudas: “Acaso provino de allí Oña por la general fertilidad del valle, a quien atribuyeron el elogio de que allí nacía todo, Omnia, Onia, Oña”.

 
Juan del Álamo, en 1950, se muestra partidario de adscribir Oña al Euskera donde la voz “OIN” (pie), como “pie de monte”, encajaría con la situación topográfica de Oña. Otra lengua no indoeuropea, como la ibérica, es reivindicada por algunos autores como origen de Oña. Justo Pérez de Úrbel sugiere que el nombre está relacionado con la voz “ONI” (pie), que dice que es vasca o ibérica, participando así de la teoría del vasco-iberismo. En contra del origen eusquérico de Oña está la escasez de topónimos vascos en esta zona a pesar de que abundan en La Rioja y aledaños. Aunque estos son producto de la Reconquista y, por tanto, posteriores a la romanización. Además, Oña está incluida en el territorio que ocupaban los autrigones en el momento de llegar los romanos a la Península. Los autrigones eran un pueblo celta, que por el Este llegaba hasta el río Nervión, lo que se aprecia en los nombres del Oeste de Vizcaya y Álava que son de etimología celta, salvo los más recientes producto de la repoblación. Como apoyo hablaremos del origen celta del topónimo “Bureba” al descubrirse varias aras dedicadas al dios prerromano “Vurovius”. Es un teónimo encontrado también en Bélgica, en la demarcación de los antiguos Neruii, de donde vendría el nombre del río Nervión.
 
Siguiendo la teoría de Martín Sevilla Rodríguez, la forma céltica reconstruida ONNA (fresnos), que ha sobrevivido casi idéntica en el galés o el bretón y que procedería de la raíz indoeuropea “OS-”, podría ser el origen del topónimo Oña. En Asturias, el río Güeña aparece mencionado en un documento del siglo XII en la expresión “per flumine Onna”. Del mismo origen serían los topónimos “Bueña”, en Teruel, y “Güeñes”, en Las Encartaciones vizcaínas situadas a la izquierda del río Nervión. Hay autores que prefieren una etimología a partir de la voz precéltica ONNO, ONNA que sería un curso de agua o fuente. Se basa en la aclaración ONNO (numen) que aparece en un tratado antiguo de nombres galos.

 
Y… ¿en Oña hay manantiales, ríos o fresnos? Sí, sí y, seguramente, sí. Es un lugar propicio para los fresnos que son árboles de ribera, aunque hoy sólo los vemos replantados en el monasterio. Pero, en el momento de surgir Oña bien pudiera ser el fresno un árbol frecuente junto al río o a orillas de sus manantiales. Por otro lado, la toponimia relacionada con el fresno es muy frecuente en el norte de España (La Fresneda, Fresnedo, Fresnedilla, Lizarra (Estella), etc.). Todo esto hace pensar que el origen celta es el más probable para el topónimo Oña.
 

 
Bibliografía:
 
“Los nombres de lugar en Oña (Burgos): un caso de toponimia en el primitivo solar del castellano”. Eduardo Rojo Díez.
“Toponimia de Oña y Tamayo (Burgos) en el Catastro del marqués de la Ensenada (1751)”. Eduardo Rojo Díez.
“Amo a mi pueblo”. Emiliano Nebreda Perdiguero.
“Los orígenes de Oña y el estudio del territorio”. Francisco Reyes Téllez y Julio Escalona.
Toponimia Asturiana.
Revista “La Esfera”.
“Oña, apuntes para el recuerdo”. Asociación “El Colmillo”.