Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

El último lobo y la última lobera (Alto El Caballo).


“El hispano supo entonces que no podía demorarse más. Y, a disgusto, había llegado a la inevitable conclusión de que tan solo les quedaba una opción: cavar.

Durante largos días habían trabajado duro, acarretando tierra, cortando raíces, abriendo el suelo de la montaña. Agradecidos de que el inusual calor se hubiera llevado pronto los barros del invierno. Bañados en sudor, los hombres del general habían sachado una zanja enorme.

Una rampa que se estrechaba según descendía por la ladera. Que terminaba en un pozo disimulado con ramas y hojarasca.


Un embudo de tierra que quedó encerrado entre paredes alzadas a prisa con pedruscos arrancados de aquí y allá. La disciplina de las legiones había servido una vez más. Habían construido una trampa. Un coso.

Y esa misma mañana, bien temprano, se habían preparado para cebarla y acabar con aquel último par de bestias.

Sin embargo, por sorpresa, antes de poder empezar, a Lucio Trebellio se lo había llevado al galope uno de los guardias embozados del general, a quien tanto parecía urgirle tener noticias como para presentarse de improviso en aquel rincón del fin del mundo. Aun así, Cainos y el resto habían seguido con el plan.

Y se echaron al monte para barrer la ladera. Esparcidos, cubriendo todo el terreno del que fueron capaces, gritando a los cuatro vientos como si espantaran lémures, descendieron con la pendiente. Acorralando a las fieras. Azuzándolas. Pareció funcionar.

La loba, sin salida, había huido hacia el único resquicio que los hombres le dejaron. Hacia el pórtico de la trampa. Embocando su perdición. Y la bestia había caído en el foso.

Pero no el macho. El lobo había escapado. Una vez más.”

El párrafo que han leído corresponde a una novela reciente en la cual, en el marco del fin de la guerra civil romana entre Pompeyo y César, se produce la lucha entre unos alimañeros romanos (soldados encubiertos) y un gran lobo que busca venganza. El autor jugará a lo largo del texto con las viejas leyendas contadas en los pueblos y relatos al estilo de las novelas de Jack London, aquellas que los de EGB leímos en el colegio: "La llamada de la selva" y "Colmillo blanco". Cierto, el lobo es el protagonista.


En una cuidada presentación histórica nuestro escritor coloca la construcción de una lobera en el norte español. A su vez impregna su obra de una angustia pesimista, rendida, que acepta su fin. Un segundo fragmento de “Donde aúllan las colinas” de Francisco Narla donde el autor se pone en la piel de la loba apresada. Es ahí donde esta novela breve arriesga:

“Todavía sentía el miedo que la había perseguido durante el día.

Las voces aún resonaban. Aquellos gritos de los hombres la habían obligado a abandonar la lobera.

Había corrido alejándose de ellos, pero la acosaron ladera abajo. Había querido detenerse al notar la tierra recién excavada, al ver las piedras amontonadas. Pero venían tras ella, azuzándola. Y había seguido hacia delante, sin comprender.

Se había ido estrechando y ellos no cejaron. Vio el final y desconfió de aquellas ramas que olían a savia recién cortada, pero ellos venían, se acercaban. Se detuvo. Pero ellos venían. Gimió.

No le quedó otra que avanzar y, entonces, cayó. Había intentado escapar. No pudo. Se hundió en la trampa.

No se rindió, y no se rendiría ahora. Quizás atesorando la esperanza que había sentido al escuchar como él le respondía desde el bosque.”

Describe las actitudes de los hombres y de los animales. Pero cada uno en su plano, no humaniza a los animales pero les dota de sentimientos –primarios- y del instinto de venganza.


Y ya pasamos a hablar de la lobera de la entrada. La lobera Alto el Caballo cuyos restos los encontramos en el monte homónimo. En el siglo XX dejó de ser útil y el abandono y la repoblación de pinos realizada en el monte supuso la destrucción parcial de los muros y su deterioro. Cuando la visitó Judith Trueba Longo su estado era malo pero el proyecto “Naturaleza y Hombre, Montaña Pasiega” y el Ayuntamiento de Espinosa de los Monteros -propietario de los terrenos- reconstruyeron los muros con materiales originales.


La lobera, ubicada en la ascensión a Picón Blanco, conserva sólo parte de los dos largos muros, de 257 metros en la pared norte y 302 la del sur. Al parecer los muros estaban conformados por piedras grandes y regulares, sin mortero ni ripio. Hay restos de dos cabañuelas en el extremo de las paredes donde se apostaban los alimañeros. Félix Murga decía que el foso era largo y estrecho, rematado con piedras dispuestas en alero.

La construcción estaría entre los siglos XVII y XVIII y a sus batidas acudirían personas de espinosa de los Monteros, Montija y Valle de Soba.



Bibliografía:

“Loberas en la comarca de Las Merindades (Burgos)” Judith Trueba Longo.
“Donde aúllan las colinas” Francisco Narla.
Fundación Naturaleza y Hombre.


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