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jueves, 28 de enero de 2016

¡Tamayo quiere vivir!


Para muchos es solo una palabra vacía, sin significado, a lo sumo un apellido oscuro, como muchos otros… para unos pocos es su nombre de familia, lo que les resulta suficiente, o no. Sepan que es algo más: un pueblo de la vieja Merindad de Castilla Vieja.

Pero es uno de tantos lugares convertido en ofrenda a la naturaleza donde las únicas pisadas que se sienten son fruto de caminantes o de amantes del pasado, de su pasado.

Tamayo frente a Oña (Google)

¿Por qué se abandona un pueblo? Las razones son varias que pueden actuar de forma aislada o coordinada y, a veces, sin que actúen el pueblo muere:

  • El agotamiento del sostén económico.
  • Un desastre natural.
  • La guerra con sus secuelas de exterminio.
  • Traslado de la población por causas administrativas.
  • Migración en busca de mejores sustentos. Lenta o rápida.
  • Aislamiento de las vías principales de comunicación.
  • Carencia de servicios que hacen la vida más cómoda.


¿Y Tamayo? Indaguemos.

Tamayo, que está en la vertiente sur de la sierra que separa los valles de Caderechas y Valdivielso, situado al pie y falda de una pendiente que le defiende de los vientos del Norte, a escasos dos kilómetros de Oña, en una prominencia sobre el río Oca, languidece.

Por Tamayo pasaba una strata via separada de la actual carretera que va más al sur. Este camino fue puesto de relieve por Cadiñanos puntualizando que la vía era la que enlazaba Castro Urdiales con el desfiladero de la Horadada y la Bureba. Algunos apuntan a ese cambio de la carretera como una razón de su desaparición.

Cuando nos acercamos a sus calles tomadas por las hierbas vemos sus casas caderechanas -un entramado de piedra y adobe- vacías y escombradas que cubren su desnudez con el verde de las plantas. Nada queda del pueblo famoso por sus recuas de arrieros, nada, solo el silencio.

Incluso el Street View ha recorrido la población

Los primeros rastros del pueblo los encontramos en el año 967 cuando lo sitúan como referencia para el lugar de Sorroyo. Y es que las risas, los juegos infantiles, el llanto y el espanto ante los enemigos ya crecían cuando en el 7 de marzo de 993 los hermanos Ovieco, Odesenda y Fernando venden a Diego y su mujer Prolina una heredad en Tamayo por 10 sueldos de plata. Conocemos la existencia de viñas (¿de chacolí?), huertos y viviendas.

Una leyenda atribuye a don Gómez, caballero del Rey Alfonso II “el casto”, la construcción de su casa solar y dos torres llamadas las Torres de Tamayo. Creado el monasterio benedictino, en el 1011, figura como posesión de Oña. Lo que sí sabemos es que Don Sancho, Conde de Castilla, y su mujer Doña Urraca, conceden a los vecinos de Tamayo y de Oña la plantación y el cultivo de la Nava el 28 de febrero de 1011.

Castillo de Tamayo (Cortesía de Castillos del Olvido)

Si se fijan el documento indica que son dos pueblos diferenciados. En 1148 se detallan las posesiones de Oña y… ¡No aparece Tamayo! Pero desde 1152 dependerá ya eclesiásticamente de Oña.

Hemos hablado de la construcción de una casa fuerte de la que escasamente queda un paño. Puede que de origen bajomedieval sabemos que en el siglo XV existía. Bien pudiera haber sido la primera construcción del lugar –idea afianzada por la leyenda de don Gómez- al tener una ubicación estratégica en un paso de acceso y de defensa hacia o para los pueblos habitantes del norte.

Los restos, situados en la parte alta del pueblo, no muestran escudo alguno. Desgraciadamente fueron usados como cantera para otras casas. Desde su posición se divisan los accesos, cercanías, terrenos, construcciones e incluso el pueblo de Oña.

El castillo se otorga a la familia de los Salazar a finales del siglo XII-XIII que lo reconstruyen. Pistas de ello lo vemos en los cartularios de Oña donde se hace referencia a Tamayo y a una serie de personajes como “caballeros”, “infanzones”, o cuando se habla en un apeo del siglo XVI, de los “Señor Lope de Salazar”, como “Señor de las Torres de Tamayo”.

El “Catalogo de fortificaciones medievales de la Bureba” de Ricardo Cuesta Juarrero nos cuenta que “se levanta sobre un paralelogramo alargado hacia el noroeste con una esquina, la del sureste, redondeada debido a la adaptación al montículo rocoso en el que se apoyó. Mide 45 metros de largo por unos 20 de ancho. Los muros no llegan al metro de grosor. La puerta se abrió al oeste por ser el único lado accesible a la fortaleza, Al pie de las torres mana una fuente en el interior de una cueva, en la que se asegura que hizo penitencia durante muchos años San Iñigo”.

Plano del castillo de Tamayo

Doña María Alonso, manceba del rey don Pedro, heredó el solar y fundó un mayorazgo formado por la casa, la mitad de la iglesia –donde se enterraba a la familia- ciertas otras posesiones y la torre de Tamayo. Del mayorazgo dependían también unos torrejones en las afueras de Tamayo de los que no queda nada.

En 1427 la dama de esta torre María Alfonso Delgadillo, y su hijo García de Salazar, se enfrentó al todopoderoso monasterio de Oña por una cuestión de derechos. Los frailes acusaban a la señora de construir su torre en tierras del monasterio. Ella argüía que Tamayo era Behetría suya y que, previamente, ya existía una torre en el lugar. La Chancillería dio la razón a María, aunque le prohibió seguir edificando. García de Salazar, de la Casa de los infanzones de Tamayo, mantenía la prestancia de su linaje en la Corte de Juan II.

Claro que a principios del siglo XVII parece la torre, y una venta que poseían, estaban caídas. Constan algunas reparaciones en la torre.

Interior de la Iglesia de Tamayo (Cortesía de ZaLeZ)

Aparte de los “castillos” tenemos los edificios eclesiásticos como imprescindible referencias de los pueblos. Si la advocación principal es San Miguel ya pueden suponer que la fiesta mayor era el 29 de septiembre. Y, dada la ermita, celebraban el 5 de agosto por la Virgen de las Nieves. Esta fiesta veraniega era especial. Partían en procesión llevando a San Miguel y continuaba con bailes en la calle del Sol. Cuando anochecía continuaban bajo la luz de un pellejo de vino ardiendo durante horas por la pez que les suele impregnar.

Esta ermita amenazaba ruina en 1924 cuando retiraron las imágenes que albergaba. Su Cristo Crucificado, San Juan, La Magdalena y la Virgen de las Nieves están hoy en la iglesia oniense de San Juan. Por lo visto de nada sirvió el derribo de la ermita de San Sebastián, en 1863, con la que se reconstruyó la primera. De la tercera ermita en discordia, San Frutos, no hay rastro alguno.

La iglesia está mejor. Pero cuentan que en los últimos años del pueblo, con la escalera del campanario caída, las campanas eran tocadas gracias a la facilidad para trepar el moral adherido a la espadaña. La portada es gótica con dos archivoltas superpuestas y una cornisa de guardapolvo del siglo XIV. El resto de la fachada hasta el campanario es renacentista, con arcos de medio punto del siglo XVI. Las bolas del remate de la espadaña son del siglo XVII-XVIII.

El 1752 tendrá tres sacerdotes: un cura beneficiado, un capellán de la iglesia y un capellán de Cantebrana. Las peleas con los frailes de Oña seguían y se reflejan en el catastro de Ensenada, que resalta que está rodeado de propiedades de Oña y que solo cultivaban viñas de ínfima calidad, guindas y centeno.

Página inicial del Catastro de Ensenada correspondiente a Tamayo

Gracias a Dios había colmenas, solo siete, propiedad de Matías Alonso, Pedro Alonso, dos de Tomas Martínez, Francisco Linaje y dos de María Alonso de Prado. Y 86 cabezas de carnero, ovejas y crías; 59 caballerías para el negocio del transporte; y cinco caballerías para uso de sus dueños.

Todo esto lo mantenían en marcha los 23 vecinos y sus familias que habitaban 28 casas y que se rascaban el bolsillo para hacer frente al censo de 19.800 rv. de principal y al 2% de impuestos a favor de Oña más otros pagos, incluidos los pleitos con Oña. Ni siquiera poseían tabernas donde ahogar sus penas, ni hospitales, cambistas, mercaderes, Médicos, Cirujanos, Boticarios o Escribanos. Los servicios médicos eran cubiertos por los titulares de Oña. Eso sí, arrieros, muchos: 13 y, dado que era un censo económico, se detallan nombres y número de machos o caballerías. Y un tejedor de lienzos. Y seis jornaleros que trabajaban tierras de Oña principalmente. Y sus pobres: 6 niños y una mujer que pide limosna.

El diccionario de Miñano nos remite a la entrada de las Caderechas donde nos indica la producción general de la comarca: frutas, lino y chacolí.


Llegando al diccionario de Madoz (mediados XIX) tenemos escuela primaria y más casas (70) que en el siglo anterior pero un número similar de vecinos. La población es de 25 vecinos y 90 habitantes, que viven del cultivo de cereales, legumbres, vino y fruta y de la cría y caza de perdices y palomas. Junto a la parroquia de San Miguel nos revela la presencia de una ermita bajo la advocación de la Virgen de las Nieves que hoy está totalmente arruinada. Y fuera de la población otras dos. Falla en cuanto a la antigüedad de la población: 430 años.

Madoz recoge la noticia de un terremoto que en los días 19 y 20 de marzo de 1848 pudo hacer desaparecer a Tamayo del mapa. Un arriero fue a avisar a la población del movimiento de tierras, dos días…

“(…) que fueron de terror y espanto para los vecindad de esta población, ocurrió un horroroso fenómeno que pudo haberla hecho desaparecer de la faz de la tierra dejaremos aquí consignado este acontecimiento de terrible recuerdo, para admiración de la posteridad. Un arriero que salía de la población principió a sentir que la tierra se conmovía a sus pies, y asustado retrocedió como pudo a ella, donde contó lo qué ocurría. No tardaron las gentes en convencerse de la certeza de cuanto el arriero les contaba. Las piedras se sacudían unas con otras; la tierra ostensiblemente se avanzaba hacia el lugar; el viñedo y árboles frutales que allí había desaparecieron, convirtiéndose aquel sitio ameno en peñasco árido y escabroso, las lomas y colinas en llanos, los llanos en terrenos desiguales y elevados. Ninguno conoce sus heredades, por haberse borrado las señales de sus respectivos linderos. Uno busca su heredad del trigo en punto donde a su parecer debía estar, y la encuentra sembrada de patatas, y así lo demás; de suerte que nadie absolutamente conoce sus propias fincas. Lo más particular que ofrece este fenómeno es su larga duración, sintiéndose por 2 días continuos, aunque con más o menos violencia. El cielo se cubrió como de polvo por aquella parte donde tuvo lugar esta catástrofe, que afortunadamente no llegó en el pueblo de Tamayo más que a una casa que derribó; a pesar de su proximidad a Oña, nada percibieron ni sufrieron estos habitantes hasta la relación de los de Tamayo”.

¡Alucinante!

En 1894 el inventario de M. Velasco dice que hay 94 edificios habitables, 27 vecinos o 136 habitantes. Estos datos nos hacen pensar en que se toman por edificios las diferentes casas/pisos de las que hay constancia.

Con relación a los sacerdotes detallaremos que en 1894 era párroco don Cándido Oñate; en 1897 y 1898 nos encontramos a Pablo Colina que, al año siguiente, es sustituido por Apolinar García. Dura un año porque desde 1900 a 1903 canta misa Rafael Santocildes. Desde 1904 a 1911 tenemos a Víctor Aispuro.

Estadística laboral en Tamayo

Y desembarcamos en el siglo XX. Parece ser que se produjo una “epidemia” de incendios que empujó a la emigración a sus moradores. ¿Tema de fraude de seguros? Esta es una de las razones legendarias del fin de Tamayo y de la comentada inacción de Tamayucos y vecinos de Oña. ¿Curioso? Menos que  una presunta excesiva consanguinidad de los vecinos.

Tenemos alguna referencia más sobre las construcciones que figuran en el Registro Fiscal del año 1905 donde se indica a un total de 68 edificaciones. Pero 126 vecinos de hecho y 127 de derecho. En 1908 se pasa a 87 habitantes de hecho y 92 de derecho.

En 1924 el negocio de los arrieros moría pero el ferrocarril Santander Mediterráneo vino a ayudar a la economía de los veinte vecinos, y sus familias, que aguantaban en la población. Trabajadores gallegos y portugueses se avecindaron y se abrieron dos tabernas, había herrero y un fabricante de romanas. De todas formas la economía de las viejos residentes continuó girando sobre la cosecha de uvas tempranillo y graciano, con las que hacían chacolí, y los árboles frutales que habían cubierto las tierras abandonadas por la vid.

Cuevas (ZaLeZ)

Desgraciadamente la filoxera destruyó las viñas y el recuerdo del chacolí burgalés llenándose hoy el imaginario popular con la idea de que es un producto exclusivamente vizcaíno.

La guerra civil trastocó, como en muchos lugares, la población. Tras esa catástrofe se avecindaron en Tamayo trabajadores de las serrerías y resineras de Oña; los jesuitas dieron trabajo de lavanderas a mujeres de la localidad; y la construcción del canal Cereceda-Trespaderne atrajo nuevas almas al lugar. Una ilusión de repunte de la población hasta mediados de siglo. ¡Incluso se habitaron las cuevas que habían servido de bodegas para el chacolí!

Desde ese momento, y hasta 1970, solo habrá emigración a medida que los negocios que les habían traído fueron cerrando. La puntilla fue la marcha de los jesuitas en 1967.

La cercanía a Oña implicó la ausencia de escuela. Sí dispuso de casa de concejo junto a la iglesia y de casa rectoral, aunque en los últimos años no vivió allí cura alguno asistiendo las misas un jesuita de Oña. Disfrutaron de un horno comunal y de un juego de bolos junto a la fuente medieval. En esa etapa nunca tuvieron electricidad ni agua corriente.

Nadie recuerda quién marchó el último. La última boda fue la de Eugenio García Tomás y Anastasia Arriaga García el 26 de noviembre de 1960. El último tamayuco fue Ángel Ugarte Acebes el 29 de julio de 1962 y el último enterramiento fue el de Teodoro (según Elías rubio Marcos) o Teodora (según Eduardo Tamayo Aguirre) González González el 30 de abril de 1966.

Entonces, ¿Por qué marchó la gente de Tamayo? ¿Por la filoxera? ¿Por la desviación de la carretera? ¿Por el sorprendente terremoto? ¿Por la falta de servicios? ¿Por su cercanía a Oña? ¿La guerra? ¿La emigración? ¿La endogamia? ¿Todas? ¿Ninguna?

Da igual ya. La cuestión es saber si se recuperará o la instalación de una, o dos viviendas, significa algo o será aquellos de “una golondrina no hace verano”. El ayuntamiento de Oña no tiene capacidad para recuperar todo el “barrio” de Tamayo y su propio estado de ruina impide la reurbanización que sería más sencilla en un descampado.

Ello me lleva a pensar que continuará siendo lo que es hoy: una curiosidad turística alternativa, una sorpresa para montañeros, que permite completar la oferta –ya muy elaborada- de Oña.


Bibliografía:

Catastro de Ensenada.
Diccionario geográfico-estadístico de España y Portugal (1826-1829) - Miñano y Bedoya, Sebastián de, 1779-1845
Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar (1846-1850) - Madoz, Pascual, 1806-1870
“Los pueblos del silencio” de Elías rubio Marcos.
Anuario del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración.
Anuario-Riera.
Indicador general de la industria y el comercio de Burgos (1894)
“Historia del condado de Castilla” Fray Justo Pérez Urbel.
“Las Merindades de Burgos: Un análisis jurisdiccional y socioeconómico desde la antigüedad hasta la Edad Media”
“Arquitectura fortificada en la Provincia de Burgos, de Inocencio Cardiñanos Bardeci.





4 comentarios:

  1. Muy buena información, también la gráfica, jeje. Saludos cordiales.

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    1. Saludos también. Y gracias por andar lo que yo no me muevo.

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  2. La verdad es una pena la desaparición de tantos pueblos Castellanos, si me permite una aclaración y confesando mi ignorancia sobre el chacolí burgalés, si le diré que con tempranillo o graciano es imposible hacer chacolí,eso si se puede conseguir un tinto magnifico. Para el txakoli se usa uva hondarribi zuri (blanco) o beltza (tinto) ,el mar, o mas bien sus aires, son esenciales para este tipo de uva, por esa razón se cría en Ayala y no en otras partes de Alava. Le felicito por su magnifica pagina sobre las merindades, un saludo.

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    1. Parece extraño hoy en día que asumimos que el chacolí es un producto netamente Vizcaíno pero en el siglo XIX, y probablemente anteriores, ya se producía vino del tipo del que estamos hablando por todo el norte de Castilla Vieja, La Bureba y Miranda.

      Eso no quiere decir que se ajustase a lo que marca la D.O. Txakoli o quizá sí, no lo sé.

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