Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
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domingo, 28 de octubre de 2018

Julián, el maestro depurado de Cillaperlata.



Cedemos hoy el espacio a Javier Peñalba Hernández quien desea rendir un homenaje a los profesores purgados tras - y durante- la  Guerra Civil de 1936-1939. Les dejo con él. 

El proceso de depuración del magisterio español se inició prácticamente el 18 de julio. Realizado por el bando sublevado desde el golpe de Estado de julio de 1936. Éstos no dejaron títere con cabeza. La República, que había llevado a cabo un conjunto de reformas destinadas a mejorar la calidad del sistema educativo y dignificar las tareas docentes de los maestros pronto vio truncados sus esfuerzos.

Detalle de la fuente de Cillaperlata.

Así, la coeducación y la enseñanza laica; la modernización pedagógica; la creación de cantinas y comedores escolares; la dotación de bibliotecas escolares; y el aumento notable del número de escuelas pronto dejarían de ser el presente y el futuro del sistema educativo español. Porque la Iglesia, desbancada del sistema educativo en la Constitución de 1931, retomaría con la victoria de los sublevados la hegemonía pérdida. España era un país aconfesional y, en consecuencia, era limitada la capacidad de influencia social de la iglesia. El clero pronto se decantó por el bando sublevado.

La Segunda república suprimió la obligatoriedad de la enseñanza de la religión, basándose en la libertad religiosa y la libertad de conciencia del niño y del maestro. Pero la rebelión militar y su golpe de estado de julio de 1936, daría inmediatamente paso a las primeras fases de la depuración franquista, que de manera progresiva (y a medida que se iban arrebatando territorios fieles a la República), no sólo se aplicó a los docentes en ejercicio, fueran estos funcionarios con plaza o interinos, sino también a los alumnos que cursaban sus estudios en las escuelas de formación del Magisterio, o Escuelas Normales. Así, mediante se crearon comisiones con carácter temporal, encargadas de realizar la purga en los distintos sectores del personal docente.

Iglesia de Cillaperlata.

A todos los funcionarios públicos se les obligó a pedir su propia depuración, ya que inicialmente, desde el triunfo de la rebelión fueron separados del servicio hasta que pudiesen ser considerados aptos. Los docentes solicitaban su depuración pidiendo el reingreso. En la solicitud, el maestro se veía obligado a explicitar con que entusiasmo había recibido el alzamiento, sus actividades y afiliación política y sindical, aspectos relativos a su vida privada y una demostración de cuál iba a ser su grado de vinculación en la construcción del nuevo Estado, o lo que es lo mismo, cuantas delaciones esté dispuesto a llevar a cabo.

A continuación se ponía en marcha el procedimiento de apertura de expediente depurador a instancias de las Comisiones Depuradoras Provinciales. En el caso de Cillaperlata, y su maestro Julián Velasco Ortega, intervinieron tanto personas internas como externas, ya que se preguntó, o solicitó informe, a la gente del pueblo, al cura, al representante de Falange, y al alcalde en funciones. De hecho, el cura informó que no residía en Cillaperlata –era vecino de Trespaderne- y que se desplazaba al trabajo en bicicleta. Que no le había visto en actos patrióticos ni en los oficios religiosos. Claro que el comandante del puesto de la Guardia Civil indicó que sí había estado en actos patrióticos.

Escuelas de trespaderne.

En las hojas que se adjuntan se ve la evolución del proceso contra Julián. La primera contiene la comunicación del alcalde donde explica que ha tenido “buena conducta” tanto moral como política dirigida al rector del Distrito Universitario de Burgos. Era el 28 de agosto de 1936.


Había que andarse con pies de plomo y, consta en un escrito dirigido al inspector de primera enseñanza de Burgos, que se izó la bandera bicolor en las escuelas mixtas de Cillaperlata. El 2 de octubre de 1936 se remitió otro escrito al Rector de la universidad de Valladolid,











  
El cura de Trespaderne dijo que no le conocía y que no le había visto por misa en esa localidad. Era el 23 de noviembre de 1937.


Pero también nos encontrábamos con informes que hoy definiríamos como surrealistas: se le presenta ligando (o teniendo relaciones ilícitas con una maestra) o sembrando cizaña entre falangistas.



Estos informes fueron la base fundamental sobre la que asentó sus bases la depuración. Lo habitual en estos casos.






Y, por supuesto, la declaración jurada de su puño y letra (como los currículos que nos piden hoy en día) negando cualquier acusación y declarándose fiel patriota.


Y escritos de los poderes del pueblo declarando la virtud del investigado.






Incluso el diario de Burgos intervino:


Fue mandado su expediente regulador a la Diputación Provincial de Burgos con resolución positiva: quedó libre de cargos. Pero no en todos los casos fue así.




El 18 de marzo de 1937 se habían fijado las causas de los castigos administrativos, con un carácter lo suficientemente abierto para que cada comisión pudiera hacer interpretaciones particulares. En un principio serán susceptibles de ser sancionados.

El más grave fue sin duda las ejecuciones de aquellos docentes que se habían mostrado hostiles al alzamiento y fieles a la República. El resto de los castigos fueron:

  • La separación definitiva del cargo. Esta fue la sanción más dura y con mayor repercusión en el cuerpo del magisterio, ya que suponía la prohibición de ejercer.
  • El traslado forzoso, que fue también una de las sanciones más graves.
  • La suspensión temporal, o provisional de empleo y sueldo.
  • La jubilación forzosa.
  • También pérdida de sueldos (La suspensión de empleo y sueldo abarcaba entre un mes y dos años).
  • La inhabilitación para el desempeño de cargos directivos y de confianza. Este tipo de sanción iba dirigida para el profesorado que era sospechoso, aunque no se había podido demostrar nada.
  • Y, por último, la inhabilitación. 

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Calle de Trespaderne.

Todo ello bajo cargos políticos y sindicales, cargos sociales, particulares, cargos religiosos y cargos profesionales. Como ven, muy pocos, por decir ninguno, se libró de estar bajo la sospecha de la duda; fueran o no afines al régimen o, simplemente, maestros que lo único que les preocupó fue dar una educación a los niños de un España que se flageló con saña.

Pero no nos olvidemos del involuntario protagonista de este trabajo: Julián Velasco Ortega. En 1938 consigue trasladarse a dar clase a Quintanar de la Sierra y en 1942 aprobará las pruebas para maestros en poblaciones de más de 10.000 habitantes y marchará a San Sebastián.

Javier Peñalba Hernández (Kapi)


Anejos:

Expediente de Julián Velasco Ortega.






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